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Orbitando la gauchesca – O formas de una melancolía infantil.

Por Vanesa Guerra

En octubre 2013, a propósito de una investigación en la que andaba Gabriela Cabezón Cámara y que posiblemente derivase en su China Iron, algunxs amigxs recibimos de su parte una serie de preguntas que invitaban a reflexionar sobre el tema de la gauchesca. Las preguntas francamente me convocaron y así surgió este texto -que de aquel entonces traigo, para compartir algunos años después con ustedes.

En mi vida la literatura gauchesca está ligada a la infancia. Fue una enredadera que trepó todas las estancias de lectura en el colegio tornándolo

aburrido y siestero. Pero un día conocí el campo, me llevaron mis padres, viajamos una jornada entera por una ruta angosta y solitaria. Estoy hablando de 1970, tal vez 1972; era el camino al suroeste de Buenos Aires, pueblos pequeños: Salliqueló, Ingeniero Thompson, las afueras de Tres Lomas. Allá vivían desperdigados mis bisabuelos y más de veinte primos de diversas edades; también “vivían” las vacas, las comadrejas, las vizcachas, las liebres y las perdices que se cazaban a escopetazos durante la noche. De los peludos buscaban siempre las cuevas, con los faros altos abiertos al campo; campo traviesa, bajo el primer rocío. Entonces reconocí palabras leídas: tranqueras, alambrados, postes, luz de luna, viento, niebla y también lluvia, yo vi llover, y creo que esa lluvia vista por primera vez en un espacio tan oferente como es la pampa dejó una marca indeleble.

Entonces la gauchesca tomó otro lugar. Yo volví y fui buscando y desencontrándome con esa lluvia, en cada libro, en cada verso, fui buscando y a veces reencontrando ese paisaje que me hizo experimentar, posiblemente, una primera forma de la melancolía infantil –que no es muy diferente a la melancolía de lxs adultx, ni siquiera diferente a la melancolía con la que carga, irreparable, la lengua. Debo aclarar que jamás me interesaron los gauchos de la literatura, pero sí y mucho aquellos que conocí viajando, -puesteros, baquianos, troperos, peones- gente chúcara, pícara, gente de la tierra que por olfato nomás sabe del tiempo o del humor de los animales  (-esto último que podría entenderse como un lugar común, estaría tan vaciado de sentido como comprimidas están las voces que lo habitan, saberes populares que construyen una y alguna representación a fuerza de desborde o resto); para el caso, el gaucho Fierro ha quedado como el gaucho universal, un gaucho más gaucho que cualquier gaucho que otea horizonte, quiero decir que Fierro es para muchos la mismísima gauchedad y eso, en un punto, es ridículamente adorable (-porque toda adoración en alguna de las vueltas exige ridiculizar su objeto, -ya sabemos que el sujeto que adora es ridículamente adorable por el brillo del objeto refractándole.)

Pero son los paisajes, su enumeración, su descripción, su metáfora, su canto; es el trastabillar de la lengua cuando se cuenta una forma de la inmensidad del desierto, de la noche, del pájaro que sobrevuela el maizal, del árbol solo bajo el rumor final de una guitarra, son -todas- sus infinitas imágenes lo que siempre me interpela y me convoca cuando vuelvo a la gauchesca.

La búsqueda de ese paisaje en la invención de las diversas voces –esa búsqueda que se precipita porque el paisaje real por el que fui afectada desvaneció para siempre su agalma no bien quise traducirlo a la materia que compone el lenguaje y, aún, cuando quise leerlo en esas otras voces, me reencuentra (y me ha reencontrado) en el intento de construir el fallidísimo recuerdo de una emoción tan desajustada a su objeto perdido, como aquel que boqueando añora y anhela reencontrar a su país en la voz quebrada de otrx exiliadx.

Todo esto me obligó al folklore, y del folklore a su música; en las zambas, por ejemplo, el paisaje envuelto en alguna pena -penas fundadas en la nostalgia- o evocaciones en el orden celebratorio por la construcción de un amor o un destino, revela o evidencia emociones en donde la mujer existe -no así en la gauchesca donde la mujer pareciera estar fuera de juego.

La mujer en esa música produce un nuevo paisaje, el hombre en esa trama también produce un paisaje que lo implica para producir finalmente un hombre que se diferencia del gaucho literario, al tiempo que se diferencia del hombre que cuenta el tango, al tiempo que se diferencia del cuchillero de los arrabales de las milongas -por ejemplo- de las borgeanas (ver Para las seis cuerdas).

También me ha dejado una impronta fortísima el trabajo de Ezequiel Martínez Estrada, la poética de su obra en esos ensayos tremendos y dramáticos, muestran al hombre dolido de tal modo por el país que habitaba, que bien supo decir –fuera y dentro de obra- que de ese dolor estaba enfermo.

Pero Martínez Estrada no fue en mí sin antes Borges, y Borges no fue en mí sin antes José Hernández, y J. Hernández no fue en mí sin antes los cancioneros populares, los trabalenguas, las zambas, y todo esto no fue en mí sin antes la lluvia en el campo de la infancia.

Un día llegó a casa un libro enorme, apenas lo podíamos levantar. Mi padre fue encuadernador toda su vida. De sus talleres, gran parte de los volúmenes de Enciclopedias, Diccionarios, Historias, Atlas, Biblias… que circularon en el país, vendiéndose al timbreo en las casas de barrio, vieron su realización. Para este libro en particular, sumó el asociarse como editor, entonces fue que apareció una edición limitada del Martín Fierro, con tapas de madera vitrificada, el lomo en cuero oscuro con letras doradas, ilustrado con acuarelas de Ditaranto, versión polilingüe (español, inglés, francés e italiano) y en la tapa el retrato de Martin Fierro.

Para esa época -1974- otro libro enorme salió del taller y enfrentó posiciones de exhibición en los anaqueles de la biblioteca de nuestra familia; se trataba del primer volumen de las obras completas de J. L. Borges, editado por Emecé, encuadernado en verde inglés, también con letras doradas, presentado en una caja de cartón que lo contenía. De Borges nadie hablaba claro, o al menos yo nada claro entendía, pero del MF sí y en las reuniones familiares siempre había una guitarra, y entre zamba y Jazz, alguien montaba una pierna en algún banquito y recitaba el MF en italiano, como si payara:

Incomincio qui a cantare/

pizzicando la mandola…

 

la idea de “pizzicando” (la traducción de ese verso es de Folco Testena) los hacía celebrar de lo lindo.

Creo que de alguna manera la gente se fue apropiando de los versos de José Hernández para “restituírselos” a Martín Fierro, y en esa operatoria compleja al tiempo que espontanea, la reformulación ocurría.

Eso es, a mi entender, lo popular.

En mayo de 2001 necesité comenzar escribir para dejar de dibujar los mapas de un caserío que se me hacía pequeñísimo. Entonces, toda superficie que se me cruzaba ganaba una suerte de garabato como si fuera un caracol en cuyo centro se adivinara un ombligo que bien podía semejar una plaza. En siete años de trabajo apareció el texto de una novela. En el comienzo hubo una suerte de diálogo entre Borges y Martínez Estrada, finalmente ellos abrieron la historia con dos epígrafes que robé como amparo. El resto se diseminó, se pulverizó. Los afanes de un comienzo tienen por destino la disolución; la escritura es un animal salvaje, no resiste planes, la lengua íntima siempre traduce de otra forma. Yo acepto esa convulsión, no me es posible domarla. Pero allí está, más que en otros trabajos, la marca de lo que en mí podría haber sido la gauchesca. La novela tuvo dos nombres, el primero fue El mapa de las cinco esquinas. A la hora de publicarla (once años después) consideré más cercano a su nombre secreto –ése que en su potencia ignoro- este otro: Cómo sopla el Serpentino cuando no canta el gallo.

Y así fue.

Notas sin numerar

La gauchedad:

“el gaucho es una confusión que desfigura la notoria verdad.”  J.L. Borges: La poesía gauchesca. Pág 179. O.C. Emecé, 1974

“el gaucho es un objeto ideal, prototípico. De ahí un dilema: si la figura que el autor nos propone se ajusta con rigor a ese prototipo, la juzgamos trillada y convencional; si difiere, nos sentimos burlados y defraudados. (…) Fierro es el más individual, el que menos responde a una tradición. El arte, siempre opta por lo individual, lo concreto; el arte no es platónico.”   J.L. Borges: La poesía gauchesca. Pág 180. O.C. Emecé, 1974

El arte no es platónico, más los efectos-afectos que produce, tal vez sí, por ejemplo se podría decir que la mayoría de los argentinos sabe qué diablos es el Martín Fierro, al tiempo que la mayoría no sabe qué diablos es diablos. Entonces se está a mano: MF también es la sombra que se proyecta en la caverna.

El trastabillar de la lengua:

“un diablo se cayó al fuego/ otro diablo lo sacó/ y otro diablo le decía/ ¿cómo diablo se cayó? Cancionero tradicional argentino H.J. Becco. Pág 207. Edicial S.A. 1994 (Hachette, 1960)

¿Quién es este que se arrima/trayendo su rancho encima?

(el caracol)

Cancionero tradicional argentino –adivinanza- H.J. Becco. Pág 295. Edicial S.A. 1994 (Hachette, 1960)

 

En el trastabillar de la lengua sucede la experiencia del lenguaje. En los versos populares, en las payadas camperas, en los dichos y refranes, habita “lo otro” lo que podría quedar al margen. Lo marginal/ lo no familiar encarnado en la lengua se deja oir y gana terreno cuando entra en su lúdica y se zafa de la pereza funcional del idioma.

Zambas y paisajes:

En los ojos de las llamas/ se mira solita la luna del sal/y están los remolinos/en los arenales dele bailar/Ramito de albahaca/niña Yolanda ¿dónde estará?

(Gustavo Leguizamón- Manuel J. Castilla. Zamba de Lozano)

 

Entre las sendas del monte/Trapito de nube oscura/ Desflecándose en el aire/ Va la sombra de la viuda/ La dibuja el refusilo/ le moja el pelo la lluvia.

(Gustavo Leguizamón- Miguel Ángel Pérez. Zamba de la viuda)

 

En su lomo de distancias/No cabalgaba ni un pájaro/Era un fantasma ese viento/Un alma en pena penando.

(Roberto Yacomuzzi- Juan Falú. Confesiones del viento)

 

Cuando se abandona el pago /Y se empieza la repechar/Tira el caballo adelante/y el alma tira pa´ tras.

(Atahualpa Yupanqui. La añera)

 

Albornoz pasa silbando/ una milonga entrerriana/ bajo el ala del chambergo/ sus ojos ven la mañana.

(J.L. Borges- José Basso. Milonga de Albornoz)

 

Ezequiel Martínez Estrada

“Hay en la Argentina un viento, un huracán que corre hacia el Atlántico, que descuaja los árboles de la llanura y derriba las casas de los agricultores. Lo que tiene raíz es arrancado de cuajo; lo que está superpuesto y aplanado sobre el suelo, permanece. No hay árboles corpulentos; el ombú es una enorme planta que da sombra maléfica, y prosperan los arbustos achaparrados. El hombre debe tenderse de bruces para no ser derribado…”

Febrero 1960, discurso en la cena de celebración del XVIII aniversario de Cuadernos Americanos. México.

 

“Se diría que el viento es el cuerpo sensible de  la soledad…”

  1. Martínez Estrada, Radiografía de la pampa. 1933 Editorial Losada, 2001

 

Pizzicando la mandola

José Hernández: Martín Fierro en traducción de Folco Testena Pág 261. Ediciones Libra, 1970

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Libros publicados>> Walser, el traductor del limbo –un ensayo Editorial Bajo La Luna 2017 Cómo sopla el Serpentino cuando no canta el gallo (novela ) Editorial Bajo La luna, 2012;  La sombra del animal (relatos) Bajo La luna, 2008 – Primer Premio Fondo Nacional de las Artes; Metáforas del lunar conyugal (relatos) Editorial Nueva Generación, 2000.

En preparación: La Lengua del desierto. Notas- Editorial Buena Vista, Córdoba, 2019

 

 

Sale Papusa #18

La ternura. La suavidad propia de la ternura. Roland Barthes y la entrada “ternura” en Fragmentos de un discurso amoroso. La ternura contrapuesta a la pasión sexual. El gesto tierno como algo esencialmente plural. En los frutos: la ternura como lo opuesto a la madurez. Witold Gombrowicz y su amor por lo inmaduro, lo incompleto. “¿Y la ternura? ¿Qué hacés con la ternura?” en la película La mujer del panadero de Marcel Pagnol. La genealogía de la ternura en el cine según Fernando Domínguez. Juan Carlos Onetti y su ternura amorosa al despedirse en Los adioses. La idiotez como ternura en Las primas de Aurora Venturini. El adorable Bohumil Hrabal y Una soledad demasiado ruidosa y cómo el amor por los libros nos salva. ¿Es la ternura una forma de amor? La ternura y lo íntimo. François Jullien y la intimidad como lo opuesto al ruidoso amor. Georges Simenon y su novela El tren: la ternura como aquello que abre una brecha frente al caótico afuera. F. S. Fitzgerald y la ternura en la Riviera Francesa, post crack up: Tierna es la noche.

Fragmenos de novela

Por Guadalupe Faraj

Hay olor, vaho a amoníaco, Peggy se tapa la boca, tose, frunce la nariz igual que un conejo o una ardilla. A veces ella misma siente que es como uno de esos animalitos inquietos que ya no existen (¿o existen y no sabe donde están?). En otra época, cuando los destinos de Paez eran los de un militar en ascenso, y Boris no había nacido, ellos viajaban de una base a otra por caminos de fauna verde y húmeda donde había animales echados en el

pasto.  Vacas mirándolos pasar como si viajaran arriba de una nave llevando prosperidad de un lugar a otro. Paez frenaba la camioneta para estudiar el mapa y ella abría la puerta, se descalzaba, caminaba sobre el pasto carnoso como las hojas de una suculenta, un colibrí aleteaba cerca, o no, tal vez está exagerando, no un colibrí, pero sí una mariposa. Cómo fue que las mariposas se convirtieron en bichos de alas grises que apenas levantan medio metro de vuelo se deshacen en el aire, caen al piso, muertos. Una vez, por el camino se cruzó una liebre, fue un momento dichoso, pudo verla correr, estirar las patas y avanzar elegante. Qué pacificador identificarse con ese animal, el corazón se le expandió como queriendo correr detrás. Cuando le venía nostalgia de esa época en la que habitaban bases militares que eran paraísos, la recordaba en voz alta, hablaba durante horas. Boris la observaba y ella lo esquivaba. Lo mantenía a la distancia, le contaba algunas cosas, no muchas, las que ella quería y no las que él preguntaba. ¿Por qué no podemos ver todo eso?, decía él, y Peggy seguía de largo como si estuviera arriba de la nave de aquel entonces. Los pensamientos eran más ligeros que las preguntas de su hijo. Pero ahora se siente chiquita -no es más una liebre elegante-, y no puede evitarlo. Golpea con un puño la camioneta, por qué el mundo se volvió igual a la tela de un vestido viejo. Quiere gritar, que ni Paez ni Boris le digan una sola palabra, que ni se enteren de que está en la camioneta, quiere hacer lo que se le dé la gana y no sentir que alguien la metió adentro de una caja dejándole cinco agujeros para respirar y un poco de espacio para moverse.

* * *

Revuelve la comida haciendo círculos con el tenedor. Por momentos lo apunta al aire, parece que va a dar una bendición. Podría ponerse a hablar, pero si lo hace corre peligro de encarar pendiente abajo y no frenar, le llevó toda la tarde componerse del llanto en la camioneta. Tiene que reprimir las ganas de decirle a su marido que se está comportando como un cabo raso. ¿Por qué tienen que dormir en el casino de oficiales teniendo una casa?  Su marido no insiste porque piensa en clave de guerra: a nadie se le ocurriría decir que una trinchera es incómoda o que no quiere dormir en un catre. Por cosas así lo odia. El olor a amoníaco la está dejando tonta, es como si alguien le hubiera abierto una zanja en la cabeza y le entraran pensamientos nuevos: se está cansando de seguir a Paez. Los llevó a este páramo que tranquilamente podría ser el lugar de los muertos. Revuelve la comida. Sobre la pared que tiene enfrente hay un cuadro negro. Su hijo la mira, no va a sacarle la vista de encima hasta que ella se meta la carne de charata en la boca. Peggy golpea el plato con el tenedor. ¿Qué pasa, hijo? Quiere decirle. No tengo ganas de comer esta inmundicia, tampoco tengo amor para vos.  Apenas me alcanza el cuerpo para sostenerme.  Eso quiere decir. ¿Por qué nunca se le había ocurrido?  Acaso la cercanía con la muerte le traiga ideas reveladoras.  Si no quiere comer, no va a comer. Si quiere ponerse el plato de sombrero, si quiere pararse y saltar arriba de la mesa. ¿Qué? Deja caer los hombros, siente que le cabe más aire cuando respira. Por supuesto, no tiene obligación de querer a su hijo. No sabe si lo que acaba de descubrir la emociona o la entristece, otra vez se le cierra la garganta.  No importa, la duda le limpia los pensamientos y eso le parece bien.

* * *

Elige un catre, se acomoda arriba de la lona tensa sostenida con resortes, es un catre duro como cualquier otro. Busca un pomo con crema de cara, cierra los ojos y se la esparce hasta que la piel se cubre por una fina capa verde. La crema se va secando y endureciendo sin que ella pueda hacer el mínimo gesto. Esta quieta, deja que vuelva el recuerdo que aparece cada noche. Tenía veinte años y la cara cubierta con la misma mascarilla verde. Estaba en una sala junto a otras mujeres, algunas se ponían barro en la piel, probaban con piedras calientes o se acostaban por media hora debajo de lámparas que echaban luz violeta, otras se pasaban limas o cera hirviendo sobre las piernas, los brazos. Era el concurso anual de pieles, ganaba la que tuviera la piel más limpia, sedosa y fina. También era el lugar donde se juntaban civiles y militares a elegir mujeres. Peggy no sabía qué prefería: el mundo civil no tenía tantos riesgos como el otro, había comida y luz asegurada, pero también era monótono, hasta las flores aburrían. El militar en cambio podía convertirse en una porquería o en un paraíso de alto rango, viajes de una base buena a otra mejor y fiestas. Tenía posibilidades de ganar el concurso, había estado un año entero bañandose en piletones de leche tibia, había comido zanahorias tiernas que ella misma sembraba y cosechaba en las macetas de su casa. Repasaba este recuerdo cada noche hacía veinte años: los días en que odiaba a Páez, no sabía si era un buen recuerdo o la certeza de que había tomado la peor decisión de su vida. Las mujeres se formaron una al lado de la otra arriba del escenario. Había gente en el público que miraba una pantalla colgada del techo. Cinco jurados. Un secretario que pasaba un sensor sobre la cara, los brazos, las piernas y espalda de las participantes. Era el turno de ella, el secretario le deslizó el aparato tibio. Peggy pudo sentir los pelitos erizándose, un cosquilleo. En la pantalla salió el número tres: Pieles tipo 3. El público aplaudió. El secretario le pasó el sensor por la espalda y el número continuaba estable. Uno de los jurados asintió con la cabeza. Pieles tipo 3. Peggy estaba en el primer puesto. Llegó el turno de la siguiente. La chica dio un paso adelante. El secretario se acercó con el sensor, se lo pasó por la espalda. Peggy no quiso mirar al jurado, corrió la vista, se quedó en la primera hilera del público, saltaba de un asiento a otro, mujeres y hombres callados esperaban que un número apareciera en la pantalla. El sensor de piel sonó más alto: Pieles tipo 2. El publico se paró y aplaudió. Peggy sonrió porque la estaban filmando y no era bueno mostrarse desagradecida. Dió un paso adelante, empezó a caminar en dirección a la chica, la espalda recta, las piernas estiradas como si fuera un caballo de salto, uno de esos animales que no ve hace tiempo. Se enfrentó a ella. Era más flaca, la piel transparente parecía que iba a cuartearse. Peggy intentaba sonreir, pero la boca se iba a un gesto extraño, una mueca ridícula. Levantó el brazo para estamparle la palma abierta en medio de la cara, pero alguien salió del costado del escenario y la atajó. Era Páez, la había elegido a ella.

15 de agosto

A las 19 hs.

Presentación de ¿Qué memoria y justicia? compilado por Claudio Martyniuk y Oriana Seccia.

Presentan: Oriana Seccia y Paula Viturro

Invitan: La cebra y Caburé libros

 

16 de agosto

Bienvenido Bob

A las 19 hs. La entrada es libre y gratuita.

“Bienvenido Bob” es un ciclo donde los autores invitados leen textos propios y conversan sobre la construcción de las historias, su relación con la escritura y su forma de trabajo.

Este viernes vienen a leer: Gerardo Quirós, Florencia Lobo, Macarena Moraña y Matías Aldaz

Coordinan: Mauricio Koch y Pablo Delgado.

 

Because the night

Por Pia Bouzas

Era salir de casa. Sentarme en el asiento de copiloto del Chevrolet o del Citroen y aceptar que ella manejara sin destino fijo. Solo fuera de la ciudad, solo unas horas, esa era la clave. Podía ser un domingo o un día de semana, a la vuelta de la escuela. Dependía de mi madre, si hacía sonar las llaves entre los dedos o las buscaba mientras hablaba por teléfono, ese día nos íbamos. A veces llegábamos hasta algún pueblo y a veces coincidía con

alguna celebración, una feria popular, una kermesse, y todo parecía tener más sentido; otras simplemente llegábamos hasta el medio del campo. Estacionaba en la banquina y nos bajábamos. Mirábamos lo que tuviéramos enfrente; alguna sierra, un campo cultivado, la llanura seca o una ruta sin curvas. Lo importante: que los ojos no encontraran final, respirar otro aire; incluso mejor si hasta cambiaba el clima, si salía el sol o nevaba; ver que había mundo más allá de casa, decía ella. Lo repetía como un mantra, aunque yo me lo sabía de memoria. En la guantera del auto teníamos un arsenal de casetes para no depender de las radios locales. Siempre en constante reposición porque después de cierto uso las cintas se trababan, se enganchaban en el cabezal o patinaban como si el cantante se estuviera derritiendo. Al final se plegaban como el film de una película vieja y había que estirarlas, aplanarlas y volver a enrollarlas haciendo girar un lápiz en el carrete del casete, pero al rato ya no se podían usar. A medida que se iban rompiendo los dejábamos en algún restaurante de la ruta. En esos restaurantes donde parábamos a tomar un café con leche o comer un sándwich. Donde había una camarera desalineada o triste, y un hombre con panza atrás de la caja registradora. Restaurantes donde nunca había mucha gente. Los dejábamos sobre la mesa cuando nos íbamos, como si no nos diéramos cuenta, como si fuera algo que había quedado olvidado y que después lamentaríamos. Algo que quizás la camarera al principio guardaba en el bolsillo de su uniforme o ponía sobre la barra por si volvíamos a buscarlo, algo que quizás después se llevaba a su casa, que al final desechaba con algún diario viejo. La guantera de todas formas siempre estaba llena. No sé de dónde aparecían, si ella los compraba o alguien se los grababa. Sonaban durante todo el viaje. Era lo único que se escuchaba en el auto porque prácticamente no hablábamos, o si lo hacíamos era para señalar la aparición de una liebre o de un caballo suelto. Decíamos uy, un caballo salvaje, pero en realidad siempre tenían una soga atada a una pata, o un cabestro, o algo. Nunca encontramos un caballo salvaje. Había canciones para escuchar y otras para cantar a los gritos. Esta que ahora escucho otra vez, después de muchos años, ella la cantaba apasionadamente. Cada vez que aparecía la cantaba con la misma pasión. Con los primeros acordes se preparaba. Largaba el humo del cigarrillo por la ventanilla baja, tamborileaba en el volante y movía la cabeza. Because the night belongs to lovers, because the night belongs to lust. Y repetía. Yo apenas alcanzaba a entender la palabra because por más que ya estuviera habituada al inglés; ella en cambio la sabía desde el comienzo al final. El estribillo tenía la fuerza de un himno. Ahora me pregunto si era la letra lo que la conmovía o la voz de la cantante, como hambrienta, con el cuerpo tenso, un animal a la espera. ¿Quién canta?, me pregunta de repente mi hija mayor y su pregunta es tan intempestiva como su pelo violeta.  Eargasm es el comentario que alguien dejó en internet al video, descubre al googlear la canción de Patti Smith. Pienso que la palabra es perfecta y extraña, la combinación propia de un idioma extranjero. Sigo el ritmo con los dedos en el volante, y es mi hija quien se deja llevar por la corriente del estribillo como si fuera un himno. Es salvaje, dice. Es un domingo de fines de invierno, y el auto se desliza con suavidad, en parte porque es el primer auto que tenemos que no es tan viejo, en parte porque la ruta está en excelentes condiciones, como casi todas en este país ajeno. Mi hija mayor viaja en el asiento de copiloto. Se mira insistentemente en el espejo para reconocerse en su peinado nuevo, estallado. Mi hija menor mira por la ventanilla, no participa de la conversación, escucha su propia música con unos auriculares rosados clavados como vincha en su cabeza infantil.  A la derecha se extiende un campo amarillo ocre, recién cosechado; los fardos de pasturas quedaron allí, como desparramados. Pero nada más lejos del desorden, tienen formas tubulares perfectas, de boca ancha, y están recubiertos con un nylon blanco para protegerlos de la lluvia. Es un paisaje común que sin embargo remite a un mundo extraño. De repente, mi hija menor se quita los auriculares, me toca en el hombro y dice: hay una nube redonda perfecta en el horizonte. Miramos. Es verdad. Es tan blanca. Una señal, dice la más chica. Y al rato ¿Podemos parar?

Mis hijas acaban de bajarse del auto y caminan hacia el restaurante que encontramos al lado de la ruta. Una casa de madera oscura, con alero y un cartel luminoso roto. Caminan casi a la par, la más chica apunta con el dedo hacia la nube, que sigue a la vista. Hablan entre ellas. Hace frío. Me pongo mi viejo abrigo de corderoy azul, y tanteo en los bolsillos como quien busca algo; qué tonta, ya nadie escucha la música en casetes. Las chicas me llaman desde la puerta del restaurante. Voy. El aire es filoso y estimulante. Solo hay una camioneta estacionada frente a la puerta. Estará casi vacío, como todos los restaurantes donde siempre paramos. Después de comer algo podemos volver a casa, les digo. Mañana hay clases. Me observan sorprendidas, casi decepcionadas. O seguir, dicen las chicas casi al mismo tiempo. Nos quedamos en la puerta un rato. Para tomar una decisión. Miro hacia adelante. La nube sigue clavada en el cielo, perfecta. No se ven autos en la ruta. Parece dibujada, pienso. O un sueño, dicen ellas. ¿Qué habrá más allá? La ruta gira hacia la derecha en un movimiento amplio y lento. Amable, invitando a seguir. Incluso si llega la noche.

Sale Papusa #17

La fiesta. Roger Caillois y la fiesta como suspensión de la norma. La fiesta como el día más feliz: Catulo y la orgía. Ovidio y los Fastos romanos: saturnalia, matronalia y lupercalia. Carnevale y carnelevare, la fiesta religiosa en el origen del carnaval. Bajtin y su teoría del carnaval. La inversión de las jerarquías. Gauguin y su Martes de Carnaval en su Diario. La droga, los excesos y muerte. ¿Cuáles son los límites de la fiesta? La fiesta poética rioplatense de Ida Vitale y Estela Figueroa. Ernest Hemingway y cómo se vive la fiesta en la Generación Perdida en plena guerra. Los locos años veinte en Scott Fitzgerald. John Cheever y cómo nadar en los suburbios un domingo de verano en plena festividades. ¿Hay que pagar la fiesta? Borges, Bioy y la fiesta del Monstruo. Lo cíclico de las fiestas patrias. La fiesta exclusiva: desde tirar manteca al techo hasta la fiesta menemista. Los globos de Macri versus la fiesta popular del Bicentenario. Federico Peralta Ramos y la fiesta pagada con la beca Guggenheim.

Poemas

Por Verónica Laurino.

Estos poemas inéditos pertenecen a un futuro libro que se llamaría Universo familiar.

A la deriva.

Harta ya de policiales
me sumerjo en la paz de los poetas entrerrianos.
Tomás me habla de los cantos de Pound
los lee a las siete de la mañana
como un samurái de la poesía.
Mientras ellos se toman uno porrones.
Ian convertido en Juan
me explica en el supermercado chino
la plusvalía:
siempre todo, es a su favor.
Suspendida en la palabra góndola
me paseo por esos canales comparando precios.
Compro atún desmenuzado y al natural
para mi gato Groucho
que en su enorme sabiduría
decidió dejar de comer alimento balanceado.
Vio a su madre morir de insuficiencia renal.

Cuidados.

Mi padre improvisa un cerco
alrededor del árbol de nísperos,
no es para evitar
el robo de sus frutos
sino porque protege
el nido del zorzal
que este año decidió
vivir en el perfume de sus ramas.

Las recolectoras.

Fuimos a recoger flores de manzanilla.
Mi papá insistió y nos llevó en el auto hasta allí.
Mi mamá nos enseñó a poner los dedos como una tijera
de abajo hacia arriba arrancamos las hermosas margaritas.
Caen en la palma de nuestras manos
las guardamos en una bolsa de papel.
Nos queda por un momento su perfume.
Lo principal es retirar la parte amarilla del centro.
Somos tres las recolectoras:
Mi madre, la experta;
yo, siempre fui la curiosa
y Mercedes, mi sobrina niña.
Los perros no nos siguieron
por haber venido en auto.
Mi papá piensa en todo.
Estamos en el campo de los polleros,
esos misterios de las semillas
que hacen que aquí,
en medio de esta pampa inmensa
sigan creciendo estas flores silvestres.

Verónica Laurino nació en Rosario en 1967 y actualmente vive allí, trabaja de bibliotecaria. Su primera novela “Breves Fragmentos” ganó el Concurso del Concejo Municipal y se publicó en 2007. Su libro de poesía “25 malestares y algunos placeres” se publica en Ciudad Gótica en 2006. En 2007 publica por Vox su libro de poesía “Ruta 11” y en coautoría con Carlos Descarga sale en editorial Alción “Comida china”. La novela infanto juvenil “Vergüenza” escrita junto a Tomás Boasso se publicó en Sigmar en 2011. En 2013 Erizo publica la novela “Jardines del Infierno”. En 2014 sale “Sanguíneo” escrito junto con Fernando Marquínez (Baltasara) y en 2016 publica un libro para niños “Paren de pisar a ese gato” (Libros Silvestres) En 2019 publica dos libros infantiles: “Mula” (Ciudad Gótica) y “Alimañas en la casa nueva” (Libros Silvestres). Participó de numerosas antologías: “El libro oscuro”, “Nada que ver”, “De la calle inclinada”, “Los reinos de Poesía” y también de numerosas lecturas y festivales.

 

 

CONVERSAS DEL CABURÉ

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