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PRÓXIMOS EVENTOS

Yo ya no, de María Pia López

Modos del don

Por Diego Tatián

El amor del otro es lo que sigue y persigue este hermoso relato de María Pia López. ¿Cuál es el amor del otro? ¿De dónde toma sus objetos? ¿Cómo modifica lo que encuentra? Quién no habrá sentido tantas veces, al terminar un libro, una crónica o un ensayo de Horacio González -como si naciera de su lectura un rastro de responsabilidad que no permite abandonarse a la comodidad de la gratitud o al placer del hallazgo-, la pregunta siempre clavada en la maravilla: ¿quién será capaz de escribir sobre esto? ¿Cómo se escribe sobre lo que escribe Horacio González? ¿Cómo, sobre esa prosa que hace descubrir tantos “lugares inhabituales”, estimula el deseo de saber como muy pocas son capaces de hacerlo, despierta tanta afectividad lúcida, y a la vez parece condenar lo que pueda decirse acerca de ella a quedar muy por debajo de lo que buscaba comprender?

El texto de María Pia López nos permite dejar atrás esta pregunta; libera de ella a los lectores de Horacio González, pasados y por venir. Y tal vez esto sea así por haber encontrado el lugar, pudorosamente oculto, desde donde tiene sentido -e incluso, una vez hallado, resultará fácil- escribir sobre esa obra esquiva. El amor del otro. En este caso, el amor de Horacio González hacia el mundo –que seguramente no es posible descubrir sin que el genitivo de la expresión tenga también un sentido objetivo. Evocada aquí, acaso la antigua fórmula “amor intelectual” permita designar -o siquiera tocar- la experiencia de mundo de la que se trata en el pensamiento de Horacio González; una experiencia de singularidades, producidas o encontradas, “modos del don” que convocan nuestra atención por lo que se pierde, por lo que nace, y un deseo de trabajo junto a otros.
El vitalismo -la contigüidad de la cultura y la vida- que María Pia López ha indagado en otros libros de manera teórica se aloja aquí en una experiencia que tal vez como ninguna otra atesora esa contigüidad: “no imagino -dice- cómo sería mi vida sin esa persistente amistad”. Acaso la amistad sea lo único que permite desentrañar el amor del otro, además de reconocer en él una inspiración, que no siempre es voluntaria –más: casi nunca lo es. Yo ya no recorre los modos del don que, en la amistad conversada, adoptan una universalidad concreta –y por ello es necesario darlos a su vez en ofrenda. Vitalidad de Horacio González profesor, que enseña “a no enseñar”, sensible a lo que sus estudiantes saben en lugar de elegir obcecarse en lo que ignoran (¿no es acaso Palabras sobre los exámenes de Deodoro Roca un texto anacrónicamente gonzaliano?); vitalidad como lector, que encuentra lo que nadie había visto en lo que todos habían leído, o toma con desparpajo palabras como “bricollàge”, “quiasmo” y otras sin ostentar levistraussismo ni merleaupontysmo, sólo para pensar lo que necesitamos pensar aquí (¿no puede leerse la escritura de Horacio como una larga indagación acerca del ensayista argentino y la tradición?).
“Generación” es una palabra vitalista, en sus varios sentidos. ¿Qué es una generación? No siempre la hay. No es suficiente una contemporaneidad de personas para que la haya. Lo esencial de una generación es lo que ella es capaz de generar: acontecimientos políticos, ideas, libros, resistencias, una inspiración y una memoria que será compartida por los que lleguen después. Envido, Unidos, El ojo mocho, La biblioteca, La ballena azul, Estado crítico… no son únicamente revistas que marcan un recorrido generacional; son también los rastros dejados en los años de una fundamental generosidad–otra palabra vitalista: “su generosidad es capaz de encontrar agua fresca en toscas piedras pero a la vez ante toda obra, aun las que admira, se sitúa como lector crítico”. Esa generosidad es lo que permite también -¿de qué otro modo, si no, sería posible?- un encuentro entre generaciones cuya común fecundidad no tiene aún un nombre preciso.
Horacio González y María Pia López, dos generaciones en ellos que afirman su composición (que lo es de modos de hablar, de experiencias políticas, de emociones históricas…) en una siempre rara generosidad –acaso lo mismo que María Pia llama aquí “amistad”. Que por tanto es una forma de romper el tiempo, y también de recobrarlo en común una vez perdido. En el capítulo sobre el exilio en el barrio paulista de Consolação, María Pia buscar recobrar el momento de su infancia simultáneo al destierro brasileño de quien había quedado marcado por el año 1973 y ahora escribía en Folha, era protagonista del nacimiento del PT y redactaba pequeños libros -en portugués- sobre Evita, Marx o la Comuna de París para lectores populares. “Por ese tiempo, yo jugaba en una habitación de la casa de Barrio Obrero…”. El tiempo de la amistad se extiende, pues, a un pasado no compartido -hasta ese momento-, y también a la historia. Si “los muertos son el adobe de la patria” (Lugones), los vivos que componen sus generaciones permiten que haya historia –y no es tanto ella la que hace posible la comprensión del presente sino más bien al revés. O más radicalmente dicho con una frase de Mariátegui que cita María Pia: “solo conoce el pasado quien es capaz de imaginar el futuro”. Imaginar el futuro en común es también lo que da existencia a una generación, y al encuentro entre generaciones –y no es fácil que suceda ni una cosa ni la otra.
En una línea escrita como al pasar -como si haberlo hecho no hubiera costado nada- María Pia López enuncia de manera breve su vitalismo de lo común: “Vivir es menos un acontecer biológico que las razones que se van acumulando para mantenerlo. Entre ellas, los afectos y las ideas que fundan espacios para la vida en común”.Esa línea nos motiva la pregunta por las tareas de una “vida en común” cuando, capturado el tiempo por el oprobio que se abate sobre ella, debe asumir el arte de la resistencia paciente. Forman parte de esa resistencia la acuñación de las palabras capaces de expresar la adversidad; una delicada práctica de la atención que detecte los signos ocultos del drama social y los brotes de lo que no había antes; la activación del deseo de comunidad –que no podrá estar ausente si algo distinto debe ocurrir (¡y debe ocurrir!). Pero sobre todo una responsabilidad mayor: construir la memoria de los años por venir. Vivir lo que sucede, y lo que resiste a lo que sucede, como si ya estuviéramos en el recuerdo de quienes habrán sabido emancipar al tiempo del oprobio que lo desquicia –y desquicia con él la imaginación, los cuerpos, la economía, la cultura, los sueños de los que duermen…
Únicamente la amistad (el interés por el amor del otro) hace posible el hallazgo de palabras jamás escuchadas -no así-, de las que en el futuro no podrá prescindir ningún museo de la lengua.

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Presentación

Ensayo sobre el testimonio

Por Daniel Scarfó

Presentación en Caburé libros de: Ensayo sobre el testimonio. Ruina y Escritura, editorial La Cebra.

¿Cómo desafiar nuestras imposibilidades històricas? Ese es el lugar del arte, siempre por ser revelado, siempre por hablar, debatiendo todos los signos, los signos de su linaje, sus desconocidas genealogías. Este es el libro de un alma vagabunda que se expande en la desesperación de su lucha pero también en la desesperación màs profunda del abandono de la misma, entre dioses anticuados y dioses por venir.

Este es un texto que, sin hacerlo, nos llama a resistir veredictos, la experiencia de una pasión infinita, la resistencia infinita de lo imborrable. La opción de Claudio en este libro negro, es una opción oscura, fracturada, fruto de lo que Adorno llamaba una vida dañada, pero cercano a la pasión y a lo perdido. Claudio ha decidido enfrentar en este libro el desacuerdo entre el arte y la historia, y soporta dignamente la carencia de esa armonía, acarrea una tragedia y busca una salida de lo insoportable pero no de una manera desesperada. Es la escritura de un espíritu de la espera en expansión interna, con la calma kafkiana necesaria para sobrevivir.

En este libro está muy presente la violencia aunque casi ni se la nombre. La violencia y tortura de las instituciones, las leyes, los límites, las academias, las teorías, los juicios. Está mucho más en su color y en las vueltas del trompo del testimonio, tan precoz y arriesgado e impredecible como el trompo.

La escritura de Claudio es la escritura de quien busca testimoniar una verdad imposible. Cuál es la relación entre la pasión y las cosas perdidas, el testimonio y la pérdida? Claudio sabe que si la filosofía puede continuar existiendo debe tener en cuenta los testimonios y los sujetos de la espera que, de repente, inesperadamente, hablan. Claudio podría no haber escrito nada. Escribe porque la violencia de su escritura no importa. O porque importa demasiado. Entonces para hablar del ensayo de Claudio voy a ensayar no hablar, Pero estoy hablando cuando digo esto. Y estoy hablando de lo que tengo que hablar. Y sobre cómo tengo que hablar de ello en relación a nuestras escrituras y nuestras vidas. ¿Cómo escribir? ¿Cómo hablar? Bueno, para empezar no estoy presentando este libro porque tuviera que presentarlo. De hecho ni podría presentarlo. Voy a hablar y, sobre todo, trataré de hacerlo hablar. Trataré de descubrir lo que este libro ha significado para mí. Y para esta ocasión especial de la presentación de un libro. Trataré de hablar del libro haciendo hablar al mismo libro, que habla solo.. Este libro sobre lo atroz, palabra que le gustaba al poeta del barco ebrio. Porque Claudio nos recuerda aquí tanto la belleza como el horror, el desastre que trató de concebir Blanchot con la dificultad de asumir al pensamiento como el mismo desastre, un oscuro desastre. Pero el libro es un alivio de ese desastre, el alivio de una nota fuerte en una débil, el alivio, la necesidad y la dificultad de testimoniar y de escribir. Y ahora, para mí, de hablar. Cuando hay tan poco que decir y tanto por leer. Después de todo, me podrían escuchar? No habré sido ya juzgado? Claudio necesita todas estas palabras porque sabe la dificultad de la tarea, porque necesita escribir a pesar de la imposibilidad de escribir sobre ciertas cosas. Y tiene que reemplazar la falta de lenguaje detrás de esas cosas, la falta de lenguaje de los niños de su libro. Testimoniar es encontrar un idioma, el idioma de la noche incierta y del llameante día de Rimbaud. ¿Còmo testimoniar en la casa de Wittgenstein donde no podemos hablar? El libro de Claudio es un acto de existencia y voluntad poéticas, sus palabras conocen el riesgo de las palabras atrapadas en su libertad, secretando sus propias leyes, escribiendo sin saber muy bien cómo, pues la pasión no sabe bien cómo y conoce los desiertos y la desolación. Su escritura es una actividad del corazón que golpea en la negrura. Claudio nos muestra las heridas de una realidad solo comprensible dentro del material del que está hecha: ficciones, lenguaje, que reclaman una ternura con nosotros mismos, que generan una meditación y un testimonio que es la continuación de una herida por otros medios. Una herida “enternecida” que nos ayuda a leer otras heridas: los libros, su mismo libro, y el mundo.

El libro de Claudio un libro que habla de sí mismo sin decirlo, que se examina, como nosotros lo hacemos al leerlo, se desviste y nos desviste. Quizàs se escapó de una ficción para entrar en otra escribiendo este libro, ilusión reforzada por una pasión, por un deseo, por cierta música que pueda ser una alegoría de un acto de habla que nos lleve a algún otro lugar como un testimonio, temporariamente.

Claudio ha escrito un libro verdadero, porque sus pensamientos no siempre consiguen entenderse a sí mismos, porque a medida que crece la intensidad de su reflexión los mismos contenidos de su libro participan de aquello que intentan apresar. ¿Cuál es la relación entre el escritor y el testigo en esta obra? ¿El autor? ¿El lector? Historias que se repiten, que continúan. Porque los testimonios, las conversiones, las revoluciones, necesitan repetirse, ser actuadas nuevamente en cada lectura, en cada escucha. Solo repitiendo podemos empezar un nuevo camino.

Este ensayo sobre el testimonio. Ruina y escritura, producto de la delicada y profunda pluma de Claudio Martyniuk, que dialoga a través de muchas citas con un muy recomendable viaje en trompo, medio de transporte central al texto. Comienza con 5 citas, entre ellas una de Sloterdijk diciendo que llamamos posmoderna a la desolación que ni siquiera podemos formular de un modo original, de allí la necesidad de recurrir a las citas para expresar las contrariedades más actuales. Y una cita de Diderot, la última de la primera página del libro: “La tierra es un inmenso museo”.

Comienza el prólogo preguntándose si acaso se pueda escribir y leer filosofía como si fuera poesía. La prosa filosófica, dice, testimonia que la nuestra dejó hace mucho de ser una época de aventura y experimentación lingüística. Ante ello, halló básico inscribir la cuestión del testimoniar en el ensayar.

La víctima sobreviviente en el testimoniar transmite sus agonías personales, sus vivencias se convierten en enriquecedoras e impersonales, justamente por la potencia de esa singularidad testimonial.

La experiencia de un testimonio, para Claudio, es la experiencia de la aniquilación. El testigo que así se hace tal en el testimoniar ejercita una fortaleza capaz de abrir el estudio del propio sufrimiento. Y ese testimoniar cava en el lenguaje.

Sensibilidad, la de Claudio, tejida en el pensamiento y la escritura en tiempos en que la escritura ha ido debilitando su potencia de pensar. Contra esa desatención en la que avanza la desaparición, Claudio nos regala estos acompañamientos en la aventura del testimoniar. Y se cuida de como hacerlo porque sabe que en las maneras de escribir se juegan políticas y estéticas de la teoría. Y Recuerda a La Boétie: lo único que los hombres no desean es la libertad.

Martiniuk ve que no hay rebelión contra ese modo de constitución del sujeto. Y sabe que ya no es eficaz la crítica de la “falsa conciencia”. Llama al oficio de vivir “los procedimientos de desconocimiento enmascarados”, “el lastre que respiramos, que nos consume y que debería despertar el odio. Pero seguimos la cadena de significantes”.

“Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido” (M. Duras)

“Demos testimonio al menos (…) del pensamiento como desastre”, dice en otra cita Lyotard. Pero “al testimoniar, también se extermina. El testigo es un traidor”. Claudio nos invita a persistir, entonces, como en Beckett, aun en la prolongación de una agonía. Fracaso del testimonio, fracaso cada vez mejor.

La “desconfianza de la gramática es la primera condición para filosofar” (Wittgenstein), nos recuerda, proponiendo una filosofía del testimonio que implica una distancia del pensamiento dogmático del derecho y también de la literatura testimonial. El testimonio como versión arrugada, dice, arte insaciable de la carencia de lenguaje.

Testimonio, modalidad de la parrhesía (el paresiastes que dice siempre la verdad) devenida experiencia. Testimonio de la ruina de los espacios de encuentro y que implica el examen de conciencia apoyado en la presencia del otro. Actividad con otro. De allí también las citas.
El decir responsable aliado a la verdad de Simone Weil, parresía como coraje que implica el riesgo de deshacer la relación con el otro. Exilio de Heráclito impuesto a quien fuera capaz de decir verdades y se va a jugar a la taba cono los niños antes de compartir la vida política con los poderosos, escribiendo oscuro para que no todos pudieran leerlo, como Aristóteles tranquilizando a Alejandro Magno. Sabio que calla porque su saber es inútil. El interrogar en el testimonio conserva herencias socráticas y sofísticas y recuerda parresiásticamente que hablar en contra de la voluntad de todos tiene costos. De nuevo con Simone Weil, determinación estética más que ética de la parresía, sensibilidad intensamente atenta y respetuosa.

Libro pregunta sobre la filosofía en un mundo en que los testigos son mártires de la verdad, en el que Wittgenstein se hizo pobre y quedó a merced de la academia. Pregunta por la verdadera vida, la vida otra, ruptura y transgresión, libro de alguien para quién la filosofía es hacer vibrar el relámpago de una alteridad, como le recuerda Foucault, para quien la verdad nunca es lo mismo.

Radicalidad del testimoniar: el lenguaje acosado en sus límites o, peor, floreciendo en la aniquilación. En esa opresión, Claudio se pregunta: ¿cómo desenvolver el espacio del ensayo? Lugar triste la escritura, nos dice. Con Auden, sigue las reflexiones sobre el lenguaje privado y la expresión del dolor de Wittgenstein en un horizonte que se extiende con Bergson, desdibujándose sus imágenes sobre un fondo más uniforme y haciéndoseles indiferentes, pero en ese horizonte internado en lo minúsculo, nos dice, cada mónada parece un espejo del universo.

Así como toda acción es un debilitamiento de la contemplación, para Claudio Bartleby (prefería no hacerlo) invierte a Marx. Porque el verdadero problema deja de ser la acción y pasa a ser la escucha.
El verdadero problema estriba en escuchar, dice Semprún. Contar bien significa: de manera que sea escuchado.

Teatro institucional del testimonio, entonces, testimonio que ya dijo “nunca más” y se archiva.
Frente a ello, la escritura que oscila entre lo sagrado y lo absurdo. Escritura, la de Martiniuk, que habla de sí misma. Historia del testimonio, cultura del testimonio, ciencia del testimonio. Dar testimonio permite oponer una verdad sin poder a un poder sin verdad, nos recuerda, pero en una sociedad que hace del testimonio también espectáculo. Y asistimos al ocaso de la práctica de la parrhesía.

Libro que se comenta a sí mismo, insistimos, que vuelve redundantes mis palabras que no son mías y mi presencia aquí, que tal vez también lo sea. No hay palabras que expliquen mejor el libro de Claudio que las propias palabras de Claudio. La escritura testimonial interpela el sentido de la escritura y el libro, nos dice. Libro del recuerdo que testimonia y que a fuerza de texto se quita el velo, se hace revelación (apocalipsis).Y ensaya, tras el colapso de los modos cognitivos. Ensayo del testimonio, ensayar fagocitado por la industria académica y el periodismo, ensayar ascético, intenso, como rescate de la inocencia y la simplicidad. Ensayar que ensancha, elusivo, y que se expande en cavernas y laberintos de una búsqueda en la cual los senderos se hacen infinitos pues “la verdadera naturaleza gusta de ocultarse” (Heráclito) y lo hace desde la facultad asombrosa de decir lo que no es (Koyré).

En el ensayo, la memoria de la destrucción de la memoria, el lenguaje de Rimbaud, testimonio poético porque, como recuerda Claudio que dijera Primo Levi contradiciendo a Adorno, solo se puede escribir poesía sobre Auschwitz. Un sesgo ensayístico es capaz de ser poesía, nos dice y hace Claudio contando que Vico consideraba que Homero fue un poeta que no quiso ser poeta: expresó el saber que los hombres de su tiempo tenían de sí de la única manera que podía hacerlo.

Ensayo como espejo quebrado, escribe, ardua persistencia con la avería en el lenguaje. El espacio más intenso del ensayo se halla en el trabajo del lenguaje sobre las experiencias que jaquean lo decible, dice. Ensayo que parece configurado en los entresueños, que pule las palabras hasta devolverles opacidad, que se refugia en la poesía. ¿Y acaso la poesía que danza con la filosofía no es aventura en su ensayo?

Claudio nos habla del desencanto y pérdida de valor del recurso testimonial en la justicia. ¿Qué imposturas emergen en la edad del testimonio? Se pregunta. En todo testimonio se aloja un testamento, nos dice. El derecho unido a la escritura, y denuncia “la escritura sacramental coagulada levantando cordilleras burocráticas”.

Poética como mínima filosofía en las tinieblas. Apropiación íntima de la escritura que se hace comentario brindando siempre la posibilidad de escribir y leer, escritura y lectura de la sensibilidad y el entendimiento, el juez poeta de Aira. Qué elige Claudio? ¿El resentimiento de Améry o el perdón de Levi? Del primero, su nervio de la intensidad estética, su sensible escritura, su parrhesía, su literatura como único testimonio de la vida, como artefacto empleado para compensar la “huelga de acontecimientos” (Macedonio) y el fin de la experiencia. Pero después remite a Weil para recordar que debemos perdonar las deudas a los hombres de lo que nos imaginábamos que harían.
Búsqueda imposible de sí mismo y del misterio del encuentro, revuelta contra lo que se es y se es. En ese “sentirse continuamente impulsado a salir del estado presente” se halla la vida, según Kant, y es la vida que busca Claudio, recordando que “Las páginas sombrías no llevan impreso nada / excepto un rastro de ardientes estrellas / en el gélido cielo” Wallace Stevens

Escritura de la deserción (“Cuanto más se escribe, menos se piensa”, Valéry). “En un mundo en que hace tiempo que los libro son parecen libros, sólo valen como tales los que no lo son” Theodor Adorno

Sacrificio de las víctimas animales ¿con qué palabra decir, cuando ya no se puede narrar y la desarticulación abarca lenguaje y experiencia, estandariza el testimonio y parece completarse el despojo y la integración absoluta?, se pregunta. Testimonio que despliega interrogatorios que atormentan y lo atormentan. Lo indefinible de la libertad en la música de lo escrito. Escritura de la desviación y el escape. Escritura viscosa que destrenza los nudos sonámbulos, en un territorio que ahuyenta toda experiencia y dispersa, escribe, se escribe y se deja escribir. Todo se dispersa, dice Sebald. Nuestro mundo como campana agrietada. Y lo insumiso queda ilegible, o peor, dice: se lo gasta en la cultura.

Y cita a Machen: “La poesía es la única manera posible de decir lo único que vale la pena decir”

Y para ello, Nada es tan expresivo como los ojos de los animales, al decir de Adorno.

Empequeñecimiento de fragmento y escombro, empequeñecerse para escapar de la sumisión de las esencias y de la imposición de magnitudes, escribe el Pequeño Martyniuk mientras da fe de la vida de espectros en las antípodas de la posesión presente de la vida. “La realidad puede prescindir de ser interesante, pero no las hipótesis” Borges.

Acaso entre el testimoniar y el filosofar, en el ensayo la búsqueda poética y el testimonio de la amargura a la que conduce la desesperanza en la palabra escrita. Claudio nos recuerda sin embargo con Heráclito los testimonios de una savia que nutre la atención y templa el ánimo insumiso, matrices de una ciencia jovial, que la arrogancia es necesario extinguirla todavía más uqe el estallido de un incendio

El ensayo del testimoniar es para Claudio un vacilante persistir de lo experimentado, acaso en espera, en espera activa de escucha, de reparación siempre inalcanzable, de justicia utópica, inscribiendo en su modo propio un habla del dolor y la emoción. Esa singularidad lograrìa así en el testimoniar un transhumanar. Y de esa manera, ese testimoniar persistiría como modo de salvataje, desdén a la barbarie del presente, perturbación del testimoniar. “Los labios cantan cuando no pueden besar” James Thomson

Y se tambaleaba como un trompo bajo una cuerda torpe, escribe Kafka en “El trompo”, y así nos introduce Claudio al trompo del texto, que gira y repite su giro al punto tal de no verlo: “La repetición es la realidad y lo serio de la existencia”, cita a Kierkegaard. El libro, entonces, como la exploración y la extensión artística de un trompo, su arte. Un juego en el que lo ético se hace estético. Un entregarse al otro en giros siempre insuficientes, la fisura de una sensibilidad atenta

Con Simone Weil ilumina, con Kafka espera, con Wittgenstein ejemplifica, como el mismo dice. Insisto, el mismo Claudio comenta su texto que llega al punto de decir que toda constitución es cosmología y que se mueve en los grises del más negro nihilismo -discurso filosófico muy presente en su escritura. Nihilismo y no relativismo, versión edulcorada del primero que trae la amenaza de la nada y, por ende, del nazismo, como anuncia la cita de Claude Lefort. Archivo y nihilismo, filosofía estética porque es una filosofía del espíritu, fragmentos, inoperancia de la escritura en el ensayo de un autor que llama a perderse en la intensidad y está perdido en la intensidad de un todo que se escurre mientras se tantea la nada. Fuego del testimonio, actitud estética que es siempre inquisitiva, dotando de emociones al entendimiento.

¿Còmo se podría desplegar, manifestar y hacer operativas en el campo público a las màs intensas libertades de sentir, pensar y hacer? se pregunta Claudio después de mostrar como Spinoza concibe a la seguridad como virtud del estado. El sentimiento social implica la imaginación de los otros y de uno mismo como causa de felicidad. El núcleo estètico de la política para Claudio es la sensibilidad que emerge como entrega a la acción.

Pensar, nos recuerda después de dialogar con Esperando a Godot, se halla en la génesis de la conciencia y es la llave de la libertad frente a la fracturada (pero imprescindible) letanía de las repeticiones que hace sospechosa toda epistemología y política, teología y psicología.

Claudio nos habla del lenguaje como rìo de aguas que vienen de la ausencia. Porque el testimonio es del lenguaje y la escritura. Y nos propone salvar cosas y el testimonio como examen socrático. Testimonio del vivir sitiado, testimonio sitiado en sì mismo. Testimonio como lectura, testamento dejándole a los hijos la causa. Testimonio en el eterno retorno. Testimoniante que no siempre logra imponer lo que sabe sobre lo que dice. Testimonio no dicho, testimonio de la humildad. Fracaso del testimonio. Testimonio del funcionamiento cognitivo de la emoción y el sentimiento. Todo lo pasible de testimoniar y de ser testimoniado. Derrumbe de lo testimoniado en el acta. Testimonio de la distancia entre Atenas y Hollywood. Testimonio como ontología evanescente.¿Què modelo ha podido, en su amistad con Paul de Man, deconstruir Derrida de los testimonios nazis de aquel? Acaso un ensayo del autoengaño, iluminación de la vanidad, esnobismo, falta de honradez y de piedad. La flecha testimonial, la de Claudio, que es la misma de la que él habla sin decir que es la suya, esparce esquirlas en todas las direcciones imaginables.

Finalmente, extravío del por qué en proposiciones de nubes y polvos frente al archivo como piedra que guarda capas de inscripciones en la geología testimonial. Testimonio de sedimentaciones. En esa física de lo que queda en el teatro tras la función, desde ese lugar, que despierta màs allà del olvido y la memoria, apenas rozando el testimonio de la eternidad, en ese encadenar geológico, tironea un cosmos, describe bellamente. Por eso termina el libro con la figura del Gambusino, el buscador de minerales, el arqueólogo-filòsofo –pero hay otros arqueólogos-filósofos –nos dice, e inventa las figuras del canbusino (que deriva en aventurero), al gamblebusiness, que se hace aplicando a becas y jugando con dineros públicos y el gamusino, ser borgeano que solo puede ser reconocido en archivos, simulando una zoología fantástica borgeana. Todos comparten un chaplinesco ir por la quimera del oro –nos dice- y luego, nihilistas, quedan en compañía de Bartleby, ese que prefería siempre no hacerlo y había trabajado en una oficina de cartas perdidas.

Agitar inconforme con lo que es, sabiendo que en la neolengua del testimonio digital se levanta un muro, testimonio de spam. ¿Acaso pueda ser el espacio digital una polis, un suelo y horizonte de sentido, un paradigma para comprender al individuo y la comunidad, para alojar, trabajar y desplazar el dolor? se pregunta.

Escritura que no está en paz consigo misma, ese hilo que seremos, el testimonio horadado, la oración que es rapto, Y la escritura, sobre la que escribe y la que es, aspira el polvo que halla en su trayectoria.

Claudio nos recuerda que la poesía, en sus líneas irregulares e irregularizables, no sabe olvidar. Asì son sus líneas. Sabe que en una escala más larga, todo es piedra, todo es ruina. Y el libro es casa de decepción. Todo es piedra y hay que observar con atención. “Piedra sobre piedra, el hombre donde estuvo”. Piedra de sol, de Octgavio Paz.

Claudio no es indiferente a lo nefasto, lo nefasto definido aquí precisamente ese tiempo sin justicia que corresponde a lo indiferente. Los movimientos aberrantes de Delezue. Y Claudio pretende acceder a lo justo como los viejos jueces atenienses a los que hace referencia: por la conciencia. Nos recuerda que somos la memoria de lo que olvida. Lo que viene de donde ya parece no haber nada, un tono y un silencio de Bach, un àngel de Klee, un umbral de Kafka, esa piedra, que perseguimos como testigos de la eternidad.

Hay dolor acumulado en la atmósfera y acaso el desarchivo, como en el mito de Pandora, sea fuente de cataclismos, nos dice. Quizàs, y así termina su libro, fermento de indiferencia. Así termina, con la indiferencia del frío y del canto de los pàjaros la que antes refiriera en el libro.

Para terminar, el libro de Claudio me recordò que es necesario estar listos nuevamente para las ruinas de una sonrisa, para desplazarse infinitamente como Rimbaud, para crear un tiempo contra el tiempo, escape imposible pero necesario de una filosofía que no se aguanta a sí misma, que podría escoger el silencio como disconformidad pero que sabe que el silencio es siempre sospechoso y que , como dijera Adorno, tenderle una mano, una voz al sufrimiento es una condición para toda verdad.

El estilo de este ensayo, dijimos, también es revelador de su objeto. Es un libro sobre cómo contar, que interrumpe el discurso continuo, de líneas rotas, fragmentos: testimonios a ser analizados en su resistencia al testimonio. En lo que no dicen.

Claudio, un escritor atrapado en el ritmo de su escritura mientras, a la vez, intenta evitar la continuidad anónima del ritmo. Está atrapado en un desastre tras el cual no hay restauración del balance ético, y frente a esa imposibilidad, da un inevitable salto mortal -como buen escritor- a través de cosas innombrables. Claudio, una especie de nadador que se resiste a la nada, a su propio nihilismo y que, sin embargo, o precisamente por ello, nada, sigue nadando.

Novela

No tenemos apuro

Por Fernanda García Lao

Texto para la presentación de No tenemos apuro, de Carolina Bruck, en Caburé Libros el pasado viernes 18 de noviembre.
Prestó su garganta: Nelson Mallach

Desde el mutismo que me impone la laringe, resuelvo estas líneas. Hubiera preferido contarles, sin recurrir a la ausencia, las impresiones que me dejó No tenemos apuro, lo nuevo de Carolina Bruck.

Pero me temo que su prosa se trasladó del cuerpo del libro al mío propio y, siguiendo esa lógica, estas líneas podrían ser un cuento suyo: una de las escritoras convocadas para presentar No tenemos apuro se enferma el lunes y suspende cada una de sus actividades para llegar recuperada al viernes, el día convenido. Sin embargo, va enmudeciendo y empeorando con el correr de las horas. A pesar de las gárgaras con sal, del jengibre, de los caramelos de propóleo o los baños de vapor, sus cuerdas vocales no se recuperan. La fiebre de los primeros días la lleva a pernoctar con una serie de seres estrafalarios que pululan por los diez cuentos leídos. Junto a ellos, escribe notas que olvida en la mañana. Apenas el viernes, cuando ya no hay más tiempo y tiene que resolver qué hacer, descubre, sobre el manuscrito en su mesita de luz, apostillas que no recuerda haber escrito. Decide transcribirlas sin moverse de la cama:
Una niña árbol se balancea y se cae de sí misma. Newton es cubano. La Soledad vive en Almagro y rebosa de leche. Poner carne picada entre las uñas es una idea genital. El futuro será de los contorsionistas, o no será. Los suicidas a veces no son escritores, y viceversa. El mingitorio de Duchamp no huele a pis pero es un objeto terminal. La tele y la felicidad nunca se encuentran en Constitución. En Argentina hay una Frida judía y sin bigote. Kafka es comestible.
Ahora, sin fiebre, puedo observar el libro con un poco más de frialdad, de distancia. Y encuentro que Bruck tiene la vitalidad y la osadía de desdecir cada una de sus construcciones en la siguiente. Cuando creí estar leyendo un libro de mujeres, me desmintió. Cuando reí, las comisuras se me torcieron hacia abajo en los cuentos sucesivos. Se maneja desde distintas perspectivas siempre con una mirada irónica pero desprovista de cinismo. Logra empatarse con sus personajes como una vitalista: dando la sensación de haber vivido lo que cuenta, y de que uno estuvo ahí con ella. Construye voces, abre y cierra historias, con la soltura del que sabe ver y desplazarse. Trabaja una suerte de hiperrealismo sensitivo que no es impostado ni tibio, donde el territorio de lo leído participa desde la referencia menos pensada. Bruck hace sistema entre sujeto, lenguaje, trama y objeto para narrar cada cosmogonía, y es ahí donde se vuelve sumamente original: en la construcción de esos espacios y sus cosas en función del argumento. Cosas usadas, objets trouvés desprovistos de literatura. No es coleccionismo ilustrado, Bruck sabe que cada tragedia requiere de una puesta en escena particular. No decora, habita con la exactitud de una documentalista.
Antes de cerrar y hacer un mutis elegante mientras mastico un limón ya sin esperanza de recuperarme, transcribo aquí un fragmento de su cuento Naked Almagro:
“La única mesa del departamento estaba cubierta de un vinílico de ositos, y sobre los ositos que (como Luciana) nunca dejaban de sonreír, se amontonaban el sacaleche eléctrico y el manual, las pezoneras, diferentes tipos de chupete que no habían funcionado con Matilde, óleo calcáreo y un pedazo de pan a esta altura un tanto verdoso. El sacaleche eléctrico me había pegado una patada y no lo usaba más; el manual me recordaba a un novio de la adolescencia que insistía en morderme los pezones como si fueran un pedazo de chicle jirafa. Así que tenía los dos sacaleches de centro de mesa y me ordeñaba en un tupper con agua tibia. Mientras me apretaba las tetas y veía cómo una anguila blanca y delgadísima salía de mi pezón, y se desplazaba haciendo espirales en el agua, me sentía una especie de animal fantástico, autosuficiente”.

CONVERSAS DEL CABURÉ

Ciclo de entrevistas en vivo

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