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Sale Papusa #22

La revuelta. Modos actuales de la revuelta frente a la idea de revolución. Antonio Gramsci, la revolución rusa y la dificultad de una revolución europea. Ecuador, Bolivia, Colombia: el continente «revoltoso». La gramática de la revuelta: concepto de multitud en Paolo Virno. La posmodernidad, el fin de la historia y de la revolución. Germán García y la revuelta. Mayo del 68, ¿la primera revuelta de la posmodernidad? Críticas a la teleología y a la idea clásica de poder. La Revuelta de Cesare Pavese en su obra poética. La mirada poética carioca de las manifestaciones de Carlito Azevedo. La novela naturalista Germinal de Émile Zola y las revueltas de los mineros en Francia en 1860. Manuel Scorza y las rebeliones que terminan en masacre en Redoble por Rancas. La narrativa del exilio de Arturo Barea en la trilogía La Forja de un Rebelde como testimonio de la guerra civil española. La situación de la revuelta en Chile: condiciones y alcances. ¿Cae el gobierno de Piñera?

Banda de sonido del episodio – Vía Dra. Melómana

22 de noviembre

Veladas literarias latinoamericanas

A las 19 hs. Entrada libre y gratuita

El ciclo se inició en marzo de 2018, a través de la idea y de la gestión de Ana Ojeda y de Jimena Néspolo, con el objeto de reunir a escritorxs y especialistas a fin de reflexionar, leer, discutir y/o polemizar sobre problemáticas inherentes al quehacer literario y cultural a partir de la escritura de mujeres argentinas.

En 2019 se proyecta el mismo ideario sobre la escena latinoamericana, intentando superar ya toda normatividad de género. En todo caso se asume a la “tradición” como heterodoxia que es preciso construir y de-construir desde el presente de la enunciación. En este escenario complejo, se privilegian pues los temas acuciantes hoy.

Idea y coordinación: Jimena Néspolo

La decisión de publicar en las escrituras del yo

Por Martín Glozman

Texto presentado en Rosario. en el V Coloquio Internacional “Literatura y vida.” 11 de octubre de 2019.

La propuesta de este trabajo es pensar la escritura autobiográfica actual en el marco de algunos campos de tensión explorados desde la lectura y desde la escritura.

Se retoman algunos trabajos previos en los que esta escritura del yo ha sido puesta en relación con la teoría bajtiniana. Por un lado como un diálogo con otro constitutivo de la posibilidad de enunciación y como una forma ontológica de la conformación del yo. El lector real que será destinatario en un campo literario específico, y el lector virtual, esos otros imaginados por el que escribe en el acto de la escritura.

Se tiene en cuenta también la relectura del libro de Alberto Giordano, El giro autobiográfico en la literatura argentina, que impactó anteriormente en estos recorridos y procesos de trabajo.

Pensaremos la escritura en tanto acto. La escritura como acto se diferencia de las tramas clásicas que se construyen por la forma en que es contada una historia, cuyo referente es más distante e incluso ausente respecto de la palabra escrita y su propio volumen.

Los textos del yo que enuncia como acto se emparentan con la tradición de la Confesión. Entendida como acto de entrega a través del verbo. Berdiaiev leía así las Confesiones dostoievskianas, en el marco de la ortodoxia rusa, como entrega de la carne viva de la palabra.

La relación de las confesiones dostoievskianas con la literatura autobiográfica actual establece un lazo con las narrativas en primera persona contemporáneas de la revolución rusa, como el Salvoconducto de Pasternak, o Viaje Sentimental de Shklovski o los relatos de Brodski en Menos que uno, entre muchos otros, pero también con las Confesiones de San Agustín hacia el pasado.

Con esto queremos señalar que lo que se actualiza en ese acto escritural del yo es postautónomo como se lee a partir de Ludmer pero también remite a instancias previas a la autonomía como la hemos conocido.

La literatura autobiográfica pensada de este modo no excluye la posibilidad de la contradicción, como las confesiones del Hombre del Subsuelo enfatizan. Lo que vale es el presente de la enunciación, la validez de decir yo, de enunciar, aunque se vaya contra el mundo, contra uno mismo. El yo como última afirmación de la vida. Antes que la enunciación de una trama lineal y continua.

En este sentido podemos relacionar lo dicho con los enunciados del libro clásico que citaremos en lo que sigue de Alberto Giordano, El giro autobiográfico de la literatura argentina, sobre Pablo Pérez especialmente. Por un lado la idea de la confesión como acto performativo, pero por otro lado la idea de que este acto se basa en una fe y una purificación.

“Pérez fue el único de los invitados a confesarse en público que respondió con auténtico ejercicio espiritual (“Confesiones”), que si a veces se vuelve escandaloso, por desprecio a la cultura o por necesidad de no traicionar el núcleo abyecto de algunas experiencias, siempre se toma en serio como posibilidad de perfeccionamiento y purificación.” P34

De este modo se busca una realización y una transformación en el acto performativo de realización del texto.

Son estas tramas que toman la escritura como acto y se diferencian del relato en formatos convencionales, las que se caracterizan por la exploración y permiten pensar en una instancia dialógica de elaboración de aspectos personales a través de recursos estéticos. Es decir lo estético como una ontología relacional del yo y el otro. En el sentido bajtiniano.

En esta presencia de la contradicción y la búsqueda de una transformación como puede ser un duelo, un camino de aprendizaje, un proceso de enfermedad, una toma de conciencia, una ruptura, un trabajo de elaboración de la memoria, etc., las escrituras autobiográficas de jóvenes escritores se diferencian de las escrituras autobiográficas de personas mayores con algún grado de consagración personal que quieren transmitir un legado, las autobiografías “al final de la vida” que buscan construir o mantener una imagen positiva.

En el primer caso se trata de un yo que enuncia en un campo de tensiones y que por el acto mismo de la enunciación trastoca una y más veces ese campo.

Esto puede ser una tendencia contemporánea pero también puede entenderse como la validación de lo no ficcional en tanto acto performativo, que une la palabra a una forma de verdad y a una búsqueda más allá de la ficción.

En ese sentido, más allá de una tendencia o moda, es una tradición extensa actualizada en el acto del escritor como un acto poderoso que impactará luego en las instituciones de la convención social. Cierto puede ser que el sistema literario ponga los nombres en primer plano o las estrategias de promoción del libro y ese acto quede para ser vivido en la lectura.

“Todo lo que escribí es cierto -cita Giordano a Escari- y no se trata de que no haya mentido (problema moral) sino de que en ningún momento quise hacer literatura a costa de mí mismo”. P. 16

Es interesante este estatuto de verdad señalado que es superador de alguna manera de la diferencia entre ficción y no ficción. Más que en este sentido la ficción también es verdad. Es el compromiso con el texto y la escritura el que se transfiere al lector como otro a la luz del estatuto de verdad.

“Abusamos tanto de la palabra ficción que terminamos reduciendo su sentido al de artificio o artefacto retórico, y así fue como nos olvidamos de la verdad, que es lo que realmente importa cuando se trata de seguir el paso de la vida por las palabras” 17

Con estas citas lo que queremos destacar es la fuerza del acto de escritura que precede a las formas de circulación y que se funda en el estatuto de verdad mentado. Sostenido sobre la premisa de que el escritor autobiográfico es escritor siempre y cuando de con el anzuelo que sostiene la carne de la verdad. Esta búsqueda es incesante. Una búsqueda ética que compromete al autor como persona en el contexto vital y lo pone en el primer plano del escenario como performer y equilibrista.

Una búsqueda casi perversa en su extremo de honestidad que compromete al autor y a sus allegados y personajes. Trata a su vida como trama de una ficción, más real en la trama de la lectura que la trama de cualquier texto. En este sentido el texto autobiográfico se emparenta con la idea bíblica del árbol de la vida, con una idea cabalística que lee los signos de la vida cotidiana como las cifras de un gran libro del que participamos, en el que intervenimos con nuestra palabra y actos.

La escritura como fatum, habla y destino, pone al escritor en el vértice pendular de las dicotomías sin resolver: salud y enfermedad, vida y muerte, ficción y no ficción, yo y otro, femenino y masculino, etc.

La escritura es un tránsito abierto por un presente que como acontecimiento estético tendrá registro y será compartido con el lector, con la comunidad literaria a través de sus mediaciones.

Señala Giordano: “Al Diario de Rama le debo la revelación, que después confirmaron Un año sin amor de Pablo Perez y Dos relatos porteños de Raul Escari, de que esa forma de escritura autobiográfica puede ser la más auténtica de todas, porque presenta la vida como un proceso que está siempre in medias res, que recomienza cada día sin una orientación predeterminada, en diálogo secreto con la posibilidad de morir” 10

Esta comprensión de la vida como proceso abierto en el que se interviene a través de la escritura que es también un proceso abierto y de tradición antigua, preliteraria, conecta al género con la religión: el autobiógrafo hace un salto de fe.

Cuando el escritor autobiográfico se expone y da su carne vital en el texto, esto pesa más para ciertos aspectos que la ceremonia literaria que lo concibe como ficción y trabajo literario y lo hace circular en esa clave.

Desde la perspectiva de la producción la decisión de escribir y abrir un proceso y la decisión de publicar y llevar ese proceso a lo literario requieren una fe y un riesgo tal como señala también Giordano. El riesgo es grande e involucra los compromisos laborales, sociales, personales y cotidianos.

Es cierto que valoramos este riesgo, y este producto literario de la carne viva en el texto, este procedimiento vital del acontecer textual por única y última vez en ese acto escritural que no se repite, pero también es cierto que quienes no llevan adelante esta decisión escritural no hablan del vacío, o asumen una responsabilidad respecto del texto que habilita la escritura pero pueden estar asumiendo una responsabilidad sobre los vínculos y la vida. Como si se tratara de una disyuntiva.

Cierto es que lo publicado puede leerse como ficción y que el autor también juega con eso, como se señala en torno a Daniel Link en el capítulo dedicado a él en el Giro autobiográfico, pero esa relación entre ficción y no ficción es precisamente dialéctica, no se termina de decidir, y es esa libertad de poder ser ficción aquello que complejiza la palabra y la conecta con otra antinomia más antigua entre la idea de la verdad como algo que preexiste a la palabra, y la idea de la verdad como artificio articulado en el discurso y su pragmática. El escritor sabe que en esta antinomia hay un arma de doble filo en el que se desarrolla el poder de la confesión. También su posible futilidad.

Pero respecto de la relación entre la confesión y la publicación aquello que se confiesa y es relacional afecta directamente los vínculos con personas o personajes que no han tomado la misma decisión.

Giordano menciona que Pauls sea quizás el escritor más dotado de su generación pero que le falta en sus textos la tensión sentimental que es “la huella del perseguido encuentro de la literatura con la vida.” 31

Es posible seguir la pregunta sobre ese encuentro. Pero también la desviación de que muchas veces los escritores conservan su intimidad y vida privada con los defectos naturales que pueda tener a través de la literaturización del texto.

No es cuestión de idealizar, pero sí transfigurar una aparente encrucijada de una literatura que piensa que a través del texto y la profundización sin tabiques del imaginario personal se alcanza una transformación de la vida, con el tope de la vida, la familia y la inserción social.

En cuanto a la antinomia salud enfermedad, la literatura del yo parece instalarse ahí mismo para disolverla en una identidad dinámica que supera la antinomia, donde no hay salud sin enfermedad, y la enfermedad expresada literariamente es una forma de salud, que rescata al que la escribe, que rompe tabiques de tabúes y que habilita procesos de curación. Sin negación. Con articulación escritural. Más allá de la cultura como principio de conservación que es lo que mantiene oculto aquello que se padece y no se expresa, esa huella que la escritura del yo busca perseguir.

“Para sortear los peligros de la objetivación narcisista, hay que asumir los riesgos del acto confesional, recrearse a través de la exploración de algo íntimo sin apariencia ni valores definidos, aventurarse en la propia impersonalidad”. 39.

Por qué aventurarse a esta búsqueda sin valores definidos, exploratoria, más allá de la conservación de una imagen positiva.

La hipótesis es que hay una fe en la búsqueda de lo literario que es personal pero que lo trasciende una impersonalidad mucho más allá de lo subjetivo. Podemos tomar el lema contemporáneo: Lo personal es político. La idea de que quien da con el fondo de lo subjetivo da con el fondo de lo colectivo, lo objetualiza, lo comunica. ¿Hasta dónde es posible llegar con esta Fe? ¿Hasta dónde nos permitirá asumir un riesgo?

Pero finalmente para resumir las dos capas de lectura que se superponen como capas geológicas de un criterio en formación sin estabilidad aparente, la literatura del yo que da con la carne viva de la palabra como acto asume un riesgo, pero en qué medida la responsabilidad asumida en el texto se refleja en una responsabilidad social o interpersonal es complejo de defender y abre líneas de lectura que en este contexto yo no estoy en condiciones de explorar. Sí puedo soslayar que esta contradicción parece preexistirnos en las formas de exploración de las vanguardias y las formas que tendieron a preservar lo representacional hacia un lenguaje comprensible por el pueblo.

Para decirlo en palabras más asequibles, los lazos y vínculos son delicados y querer perforarlos con la literatura tiene su riesgo también porque aquello de lo que se hace el imaginario de los individuos en las relaciones es delicado y tiene tabiques sobre los que tal vez se pueda hacer un proyecto literario efectivo con otro tipo de estrategia.

Es decir: ¿Es posible una literatura consistente, que haga mella en el acto presente, con una base fuerte que no necesite del movimiento de la aventura, perderse para encontrarse y de la dinámica permanente de la exploración?

Tal vez responder a esto requiera una idea de presente renovada y una nueva forma de responsabilidad, fortalecida por los lazos, que en la otra dinámica se vulneraban para ponerlos a prueba en su consistencia de realidad. Tal vez hacia un horizonte ahora de una escritura colectiva, dialógica, más allá del yo.

¿Existe una melancolía de izquierda?

Por Gerardo Oviedo

Hay una frase de El Mito Gaucho de Carlos Astrada (1948) que sólo desde hace unos pocos años acude a mi conciencia lectora, o si se prefiere, a mi práctica letrada, con una intensidad afectiva especial. Es un pasaje referido al 17 de octubre de 1945, y supongo que no disgustaba a Nicolás Casullo: “un día de octubre de la época contemporánea –bajo una plúmbea dictadura castrense-, día luminoso y templado, en que el ánimo de los argentinos se sentía eufórico y con fe renaciente en los destinos nacionales”, “aparecieron en escena, dando animación inusitada a la plaza pública, los hijos de Martín Fierro”. “Venían desde el fondo de la pampa, decididos a reclamar y a tomar lo suyo, la herencia legada por sus mayores”.

Me interesa, antes que la carga reparadora de la última parte de la frase, más bien la idea de que hay un legado donador que nos pertenece previamente, y que tenemos derecho a reclamar, pero en forma de elección, apropiación, intervención, y en fin, decisión. Hay aquí un arduo nudo dialéctico de libertad y destino, contingencia y mandato que no cabe ni siquiera insinuar. Pero tiene que ver, entre otros aspectos con lo que Borges propuso, en términos ya canónicos, es decir, ineludibles, como el tema del escritor argentino y la tradición. No voy a desarrollar este flanco.

Lo que sí quisiera proclamar, desde el comienzo, es que actualmente me represento a Casullo como uno de mis mayores. Aclarando que no se trata de un sentimiento personal, ni mucho menos, por recostarme en un linaje biográfico. No en mi caso. Diría sencillamente que uno de mis mayores, hoy, es un libro: Las cuestiones (2007). Preciada gema filosófica de la tradición argentina. Lo que voy a comunicar aquí será una justificación fragmentaria y unilateral aunque no insincera ni evasiva de mi aserto, sin poder murmurarlo, musitarlo como un salmo laico, contrito y sereno. La historicidad argentina me lo impide. Su presente nos exige palabras fuertes en cuerpos frágiles, como alguna vez dijera Horacio González de Carlos Astrada.

Si se me permitiera, concibo esta intervención de hoy como un desagravio a Casullo. Víctima de una filípica de Juan José Sebreli en su Dios en el laberinto, crítica de las religiones. Devenido inquisidor ilustrado, ungido agnóstico, en un momento Sebreli lanza una diatriba, antes de citar Las cuestiones. Leo la página 460: “El anticapitalismo romántico fue un descubrimiento tardío de los intelectuales académicos argentinos que injertaron ese producto centroeuropeo del siglo XX temprano al neopopulismo latinoamericano del siglo XXI. Un ejemplo de estas bizarras ascendencias lo da el grupo de escritores y profesores de filosofía y ciencias políticas previamente reunidos en las revistas Confines y El ojo mocho –dirigida por Horacio González-, y luego agrupados en Carta Abierta, que realizaba sus reuniones en la Biblioteca Nacional, dirigida por González, para apoyar el ciclo neopopulista liderado por Néstor y Cristina Kirnchner. Su fundador fue Nicolás Casullo, de origen distinto de los demás participantes: pertenecía a una familia de metodistas. Por un tiempo fue él mismo pastor metodista y descubrió en la Biblia las raíces del cristianismo revolucionario, como Bloch y Benjamin lo habían visto desde una lectura mesiánica judía; esos autores incidieron, igualmente, en el movimiento argentino”.

No quiero limitarme a replicar este desdén chocarreramente infamante. Porque en su socarrona invectiva, Sebreli advierte algo fundamental, procedente, en signo inverso, de un frente político-ideológico antagonista, pero susceptible de reconducirse temáticamente en clave afirmativa, virtualmente potenciadora, si seguimos una regla luckacasiana que Jacob Taubes aplicara para Carl Schmitt, y entre nosotros Oscar Massota: arrancarle a la derecha sus tesoros conceptuales. Las cuestiones, comprende cabalmente Sebreli, incide en el surgimiento del kirchnerismo como implicancia teórica de un movimiento argentino revolucionario cuya matriz de secularización occidental es el mesianismo escatológico judeo-cristiano. El kirchnerismo, sindica el viejo ensayista, imagina una apocalíptica profana. Pero lo que en Sebreli es un denuesto comporta un elogio. Dicho una vez más: el que dice que Casullo recupera a Bloch y Benjamin para interpretar el modo de aparición utópico-redencionista del primer kirchnerismo es Sebreli. Dios en el laberinto, panfleto de 700 páginas alegóricamente dirigido en contra del Papa Francisco (a quien evita nombrar todo lo que puede), no olvida lo que corresponde anotar a la cuenta de Casullo: el aura mesiánica del kirchnerismo emergente es obra suya, al menos en lo que concierne al sentido salvífico último –el salto al Reino profano del anticapitalismo igualitarista- que impulsara el neoperonismo centro-izquierdista de Néstor. Y el hecho de que el desvelo de Sebreli en 2017 apunte adversativamente al surgimiento de Néstor adquiere precisamente hoy una singularidad impensada, una fuerza kairológica inusitada que ni Sebreli, ni nosotros, hubiéramos previsto para este nuevo octubre soleado de 2019. ¿Tanto se equivoca el denuncialista reaccionario Sebreli, o el ex contornista sartreano, involuntariamente profetiza un acontecimiento sustantivo y vital que debemos saber captar y recapturar?

Voy a tomar una hebra aparentemente menor de Las cuestiones, porque habilita un espacio de tránsito hacia una de sus vigas maestras: el problema de la guerra civil revolucionaria en tanto experiencia de redención aquende el Cielo asaltado. Ese filamento casi perdido entre las páginas de Las cuestiones, pero filoso como una espina cada vez que asoma, porta el nombre de Sarmiento. Sería como abordar la cuestión del intelectual revolucionario, no sobre el firmamento iluminado de llamas que cubre lo que Enzo Traverso denomina “la era de guerras civiles” del breve siglo XX europeo (en su libro A sangre y fuego), sino sobre el resplandor, más lejano pero no menos intenso, de nuestro destino sudamericano, si se me acepta el tópico borgeano.

Podría sorprender la operación canónica de Casullo frente al Facundo, en tiempos actuales en que, comprensiblemente, Fierro ha vuelto una vez más a ganar la partida, incluso y quizá en primer término, en la cultura áulica de la investigación académica. Pero en Las cuestiones es el Facundo el texto que retorna recurrentemente como un síntoma, la letra cartográfica –ya se ha dicho mucho sobre esto- que traza un espacio de destino. ¿Por qué? Bueno, se debe a que para Casullo, el Facundo es el escrito fundador de la nación revolucionaria, su invariante textual último. Revolución que Sarmiento quería refundar, si acaso fue el Plan de Operaciones la que la funda, como en Las cuestiones parece sugerirse. A tal punto el Facundo funciona en Las cuestiones como una invarianza oblicua de la temporalidad nacional (sin necesidad alguna de autorizarse en Martínez Estrada) que el drama biográfico-político que subyace en la correspondencia Perón-Cooke es leído desde el dispositivo hermenéutico que inaugura el Facundo. Y porque lo que no pierde de vista Casullo, es que las peripecias trágicas de Facundo Quiroga se desenvuelven, hasta el episodio de Barranca Yaco, en cuatro capítulos que llevan el mismo título: “Guerra Social”. Y como subtítulos, sus sucesivos campos de batallas: La Tablada, Oncativo, Chacón, Ciudadela. Hay un estrato narrativo profundo cuya enumeración organiza la serie semántica agonal de Las cuestiones, proyectada (“amplificada”, como se dice en la tradición retórica), desde Sarmiento a la era de las guerras sociales revolucionarias del siglo XX. Secuencia de la guerra civil mundial prefigurada por Sarmiento en el siglo XIX sudamericano. No como abstracta legibilidad ascendente de una espiral de acontecimientos, sino como hermeneuta invertido de la barbarie moderna concretizada. Escenificada como margen y desvío desde esos capítulos del Facundo.

Casullo describe lo que considera un periplo cumplido. Manifiesta que para “Sarmiento y su Facundo, en el corazón del siglo XIX, la revolución era una figura durmiente en sus bárbaros caudillos, que explicaba en su sonoridad acallada o profetizada el movimiento escénico político consecuente entre los pasados y los futuros, entre memorias y errancias, sueños y realidades, extravíos y destinos de cada situación nacional y de sus actores dominantes y dominados”. Casullo valora a esta “revolución primera” como el “plexo amparador de las otras revoluciones posibles con que la nación se completaría en el itinerario de una extensa ruta que unió los diferentes ‘pueblos’ de una crónica: el de mayo, el del caudillaje, el del anarquista del principio de siglo, el del Parque radical, el del extraviado en la década infame, el del peronista, el de la liberación; un viaje tumultuoso, fallido, pero de inmensos contenidos democráticos, y que ahora devino historiográficamente parte de la tradición moderna desde hace al menos casi tres décadas” .

Junto a leer el siglo XX occidental desde sus confines facúndicos, Casullo declara que es con Sarmiento que “se tiene la primera escritura política de orden fundacional sobre la Argentina en que la experiencia de la revolución para el autor devino ‘enigma’, ‘revolución desfigurada’, revolución que canibalmente se habría comido a sí misma conjuntamente con una <>”. Como sucede con Sarmiento, refiere Casullo, otro “antecedente significativo como estudio de la revolución frustrada que adquirió relevancia en la historia argentina, en este caso en el siglo XX, fueron los muchos trabajos del político, ensayista y teórico peronista John William Cooke” .

Bien, en Las cuestiones es Casullo quien asume el lugar enunciativo posrevolucionario de Sarmiento y Cooke. Es como creo que podría interpretarse un pasaje crucial de Las cuestiones que viene en seguida, y es cuando Casullo aclara que “el análisis de Cooke sobre la experiencia del populismo peronista encontró su principal sustento explicativo en la idea de la revolución cancelada, pero que en su claudicación abrió la posibilidad de un análisis teórico crítico de la historia en cuanto al papel posterior de los actores sociales, a la comprensión de los intereses en pugna, a las causas de las muchas violencias políticas que atravesaron luego la crónica argentina”, ya que tanto “en la visión examinadora de Sarmiento como en la de Cooke, separadas por más de un siglo de distancia, se destaca el soporte reflexivo de la figura de la revolución revocada”.

¿No sería éste acaso el soporte reflexivo fundamental de Las cuestiones, que en pleno ascenso del kircnherismo se interroga por la “revolución revocada”, cuyo linaje argentino recogería el propio Casullo desde Sarmiento y Cooke? Si es que estas palabras dirigidas a Sarmiento –pero no menos congruentes con Cooke- son las que Casullo dirige alusivamente a la experiencia kirchnerista: “el sueño de un progreso que deje atrás la desolada y deshabitada pampa de la revolución inconclusa, la ambición de politizar su vida en extremo”.

Ya promediando, no olvidemos que Sarmiento es el poeta político que devela antropológicamente la revolución como un estado de guerra social prolongada (que en las largas marchas del siglo XX se sustituya la sangre equina por la carrocería de acero no hace más que confirmar esa distracción predictiva). La enumeración que recojo a continuación de la voz de Casullo no surge de una plegaria, precisamente. Resta del eco metálico de viejas arengas y desde luego voces de mando, que sin embargo nuestro ensayista nunca baja de su cruz invertida, ni mucho menos, expía vía contexto, a cargo de un relativismo neutralizador de temporalidades conjuradas. Casullo recuerda que “el acontecimiento revolucionario leninista se consideró parte de una extensa guerra inevitable que recién comenzaba”, y que “llevó la estrategia y la táctica política hacia nuevos y tensos manuales bélicos sobre largas marchas de combatientes rurales, sobre insurrecciones armadas y confrontaciones contra los capitalismos ‘fascistas y no fascistas’: sobre futuras pero muy próximas guerras inevitables”. Se trataba de “referencias duras, insertas en tiempos excepcionales”, encarnadas por un “partido revolucionario proto-Estado dictatorial”, en tanto “vanguardia férrea, cabeza de un ejército de masas, espacio reducido de cuadros portadores de la máxima e indiscutible conciencia y del sacrificio que podría proveer la cultura moderna: el militante convencido”. Desde este cuadrante marxista-leninista se produjo, dice Casullo, “la idea de revolución que imperó en las montañas chinas, en las selvas vietnamitas, en los desiertos árabes, y también terminó imperando en aquellas experiencias de las sierras centroamericanas”, pues la “revolución verdadera debía asumir la respuesta de la violencia de un capitalismo mundializado en perpetuo estado bélico y en sociedades masificadas, historias donde ambos bandos no reparaban en medios, formas, muertes y crueldades para alcanzar los objetivos”. Y entonces, una consideración nada melancólica: paradójicamente, en “los años sesenta y setenta, las variables maoístas, las gramscianas críticas, las juveniles y universitarias protestarias, las guerrillas guevaristas, las insurreccionales, las cristianas armadas y las nacionalistas de liberación llevaron a la práctica el encuadre leninista como diseño organizativo de fondo, difiriendo en ciertas metodologías”.

Como oímos, Casullo repone todos los nombres del espacio de experiencia abismado al futuro de una juventud entregándose, prodigándose, ofrendándose en ablución a la tromba devorante del tiempo-eje liberacionista, que succiona toda brizna biográfica, temblorosamente carnal, en el torbellino axial del sentido de la historia cristológicamente inculturado, terrenalmente trascendente, ya sin ningún trasmundo a la vista que no sea la promisión anticipatoria de los cuerpos combatientes, gloriosamente dispensada –gloria entre pares- de tener que responder por los medios disponibles.

Sobre este trasfondo bélico-político, se comprende el modo en que Casullo se acompaña de Raymond Williams –pero podría ser otro envío- para admitir, sin tono penitente ni confidente, pero sí con recapacitación reflexiva y prescindiendo de virajes perifrásticos, la necesidad de ver, dice, “la revolución en su tragedia moderna”, esto es, no ya “sólo sus radicaciones fundadas en fraternidad y justicia, sino la contratrama de sus legitimidades”, cuando sobreviene el “peligro de perder de vista la delgada línea divisoria donde ella deja se ser emancipación y deviene su contracara”: asistir a “un mundo signado permanentemente por la confrontación y la sangre”; aceptar “las muertes y las cuotas de crueldad que exigía la cada vez más acentuada guerra de clases”.

Frases como éstas, sin expiación y menos autocomplacencia, proliferan en el texto, algunas verbalizan paños enrojecidos y otras costras coaguladas. Otro ejemplo, más cercano a Sangre y Fuego. De la guerra civil europea, de Enzo Traverso (digo yo, infringiendo la convocatoria bibliográfica de hoy, pero no tanto). Ahora beneficiándose de Massimo Cacciari –porque Casullo no emplea citas de autoridad, sino de solidaridad testimonial-, reconoce que “había nacido el siglo de la catástrofe europea, y la guerra saturó el pensar las políticas enfrentadas interna y externamente”.

En un momento de Las cuestiones se nos revela una de sus claves determinantes: “La hondura de lo extraviado en el horizonte no tiene nada que ver con una melancolía o revalorización de una revolución, que quedó en sí misma como dato inapelable” (122). Si no me equivoco demasiado, esta frase define también una cifra decisiva del kirchnerismo. Pero no soy yo el más indicado para proseguir ese hilo de sentido. Solamente me resguardaría de no olvidar que con aquella predicación, Casullo participa de esta estructura de experiencia expectante que refiere Enzo Traverso en Melancolía de izquierda: “La melancolía de izquierda no significa necesariamente una nostalgia por el socialismo real y otras formas arrasadas de estalinismo. Más que un régimen o una ideología, el objeto perdido puede ser la lucha por la emancipación como una experiencia histórica que merece recordarse y tenerse en cuenta a pesar de su frágil, precaria y efímera duración. Desde este punto de vista, la melancolía significa memoria y conciencia de las potencialidades del pasado: una fidelidad a las promesas emancipatorias de la revolución, no a sus consecuencias”.

Para ir terminando. Hay una tema folklórico que quiero evocar aquí. Es el Escondido de la Alabanza, cuya letra pertenece a Carlos Carabajal. Tomo ahora una estrofa (que me resuena deleitosamente en la versión del dúo Coplanacu). Es completamente cristiano-americana. Dicen sus austeros versos: “Polvaderal, sigo tu luz/ quiero llegar hasta tu cruz”. No es ésta la forma de religiosidad popular que Casullo vendría a plantear en una celebración incauta, expurgada de su historia de violencias soteriológicas. Pero jamás clausura el horizonte del fulgor mesiánico que se abre en el polvaderal todavía no del todo asentado que dejaran nuestras seculares guerras sociales, si se considera nada más, contrafácticamente cierto, el año 2008. Fecha que no pudo ser tematizada ya en Las cuestiones, si la llanura de las hierbas prodigiosas hubiera finalmente invadido la ciudad, cubriéndola hasta el ahogo final con sus napas expuestas de resentimiento y represalia (contrafigura corporativo-empresarial de la insurrección agraria con que soñara Astrada en su reversión maoísta de El Mito Gaucho, 1964). No sería ésta la percepción exacta de Casullo, quizá. Pero me basta con tomar nota de una observación de Horacio González en su libro Kirchnerismo: una controversia cultural, a saber, que si Casullo era “un inventor clásico; disconforme con sus invenciones”, el extraño colectivo Carta Abierta mantiene su espíritu “operante en el recuerdo”.

A mí, mero lector anarcoindivualista pero acuciado por el drama democrático-popular de la Nación (que creo también entraña el problema teológico-político fundamental),  no me corresponde decir más al respecto. No obstante, no me sería impedido señalar que ese inventor inconformista es alguien que en Las cuestiones profiere lo grave, y lo gravísimo. Revolución, guerra, Dios. Las cuestiones es de esos libros aureolares por el cual toda aproximación hermenéutica tiene algo de ingreso profanador, y su tentativa de explicarlo, de tabú lingüísticamente estremecedor. Y ningún comentario exegético estaría a la par de la coloquialidad cultual, oralmente pastoral de Las cuestiones, que no fuera descifrando el resto escatológico que relampaguea en su modo ensayístico de declinar el idioma argentino, ese mito elocutivo de la nación dicente que también consagra su politeísmo comunicológico, el emblema polifónico de una responsabilidad pública.

Para concluir, una estrofa más de aquel escondido de la alabanza. “Ya se escucha en lontananzas el gemido de un violín/ con sus notas va llamando al promesante a cumplir”.

Yo no soy quien para reclamarle a Las cuestiones –es decir, ya no podría confiarme sin más a una lectura fideísta de este ensayo catedralicio- que en los gemidos violinísticos de su retórica nacionalista libertaria, si puedo decirlo así, se cumpla la buena nueva de su alabanza promesante, laica y cotidianizada, acósmica, terrenal, humana demasiado humana. Necesidad inaudita de honrar la existencia, es una de esas oraciones profanas. Cuidar el antiguo lenguaje sagrado con que el hombre le puso sentido, imaginación y capacidad de escucha a la zarza ardiente, es otra. Ello se lee en la última página de Las cuestiones. Creo poder transmitir sin fingido misticismo pero con suficiente veracidad que esos enunciados emiten la luz mesiánica que algunos de nuestros mayores (lo constato una última vez aquí, esos mayores que son ciertos textos argentinos) dejaron centelleando en el polvaderal. Que todavía no se asienta. Muchas gracias.

 

En cuatro patas el mundo

(muta, cruje y galopa).

Sobre Las cuatro patas del amor de Jimena Néspolo (Texto leído en la presentación del libro en Caburé libros el 21 de septiembre de 2019)

(Caterva – 2019)
Por Mercedes Araujo

En Las cuatro patas del amor, se cuenta con regocijo. Quiero decir, hay una escritura erecta que se regodea en el lenguaje, goza y acierta. El libro, en sus doce cuentos, arma una experiencia de lectura densa y destilada. En el camino de la mejor ficción narrativa, no hay señas obvias de la escritora, no hay neurosis de autor, hay sí un artefacto literario que opera en y desde el lenguaje, con belleza y precisión, erotismo y lucidez.

Con tono, ritmo, mirada y oído personal Néspolo hace hablar a sus personajes que no son “les humanes” y sus vicisitudes. La autora hace hablar (y crujir), a los días, al paso del tiempo, a los pájaros, a los atardeceres, al paisaje, a la violencia, a las mujeres, a los animales, a los hombres,a la ciudad, al amor, al desencuentro y al destino, en el mismo plano de centralidad e interrelación. Hablan de sí, de su materialidad, de su drama y goce pero siempre en relación. Por eso el libro es sorprendente y a quien lee le da sensación de que oye por primera vez algo. Digo la sensación porque en el libro se teje además una larga conversación con otras escritoras igual de irreverentes, risueñas y eróticas, Ocampo, Gallardo, Marosa Di Giorgio.

El amor por el lenguaje y el paisaje es sorprendente,también lo es la atención minuciosa y  perpleja ante la mutación de la vida, el movimiento y el desborde: en estos cuentos, los cuis se vuelven parientes, los jardines se llenan de cráteres, los pájaros cuentan la historia, las mujeres aman caballos o los engendran, cobijan huevos y peces en sus vaginas o cerca, acarician sus verrugas como fiordos.

Todo se deforma y  es un poco siniestro porque el universo Néspolo está en mutación, es inestable como la materia, misterioso como la emoción, migrante e intrincado en otro elemento. La realidad, en estos cuentos, trabaja doble turno, como dice Flannery O’ connor, se expande y desestabiliza, rebalsa.

En las historias hay risa, sorpresa y dolor, geografías diversas, climas, agobio, decadencia, animales domésticos, misterios,ocultamiento y terror a la muerte, pudor, represión y desbocamiento, casi siempre dicho en el borde, sin revelación ni pedagogía.Además cada una de ellas traealgo de veneno, no mortífero, sí perturbador y malicioso como una picadura de avispa.

No voy a hablar de las historias, están ahí, las van a leer.

Pero sí quiero decir algo sobre mi experiencia de lectura. Mis subrayados. Las notas que tomé:

-Formas del paisaje, sus elementos y relación: Una escritura transespecie, política y anti narcisista. El paisaje, la geografía y las especies no humanas, no son escenario sino protagonistas o coprotagonistas. La mutación tiene su propia voz.

“El día en que Juan dejó de ser Juan las aguas del río hicieron crujir con temible fiereza las viejas maderas de los botes amarrados en las orillas. Y el cielo, el mismo que midiera día y noche su esperanza, se cubrió de negros nubarrones que pronto descargaron su desidia sobre el delta.”

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“El valle se extasiaba en miríada de senderos arbolados con álamos de todas las clases existentes que en otoño ofrecían el espectáculo de su caducidad en ocres y dorados de belleza pasmosa.”

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“Aspirar un poco más de ese aire, sentir el rumor de las aguas cuando acarician el barro y anegan los bordes de un cauce que es voluble, que crece y decrece con los días y las noches, que se lleva la esperanza y trae a cambio ramas secas, pájaros muertos y un puñado de sombras.”

-Amor:   El amor y el desamor en los cuentos (como en la vida) excede a los protagonistas humanos, paisaje y animales. No se lo nombra, a pesar de llevarlo en el título, la palabra amor aparece apenas unas tres veces en el libro, y dos en relación al amor por los animales. Pensé en Kristeva cuando dice que hay que admitir también que, por muy vivificante que sea, el amor siempre nos quema. Hablar de él, aunque sea después, no es posible más que a partir de esa quemadura.

“Me dijo que para ella el amor tenía cuatro patas. Cuatro patas y la belleza de un caballo. Eso dijo y luego calló.”

“…amor por un jabalí feroz de nombre Igname.”

“No busca respuestas porque se sabe, el amor es a la vez, el enigma y el anhelo.”

-Personajes: los personajes no se hacen ilusiones sobre sí mismos, son sus gracias y sus desgracias,enfrentan la vida, están siempre en relación a algo, aún cuando sea misterio, pérdida, violencia o la nada. Habitan tanto el aburrimiento como la excitación, tierra conocida como extraña. No son sabios ni serenos, aman la sed y la fiebre, las búsquedas inquietas y los errores. (Cita propia de Ladie Fu Hao generala china, que alguna vez leí y copié a mi cuaderno).

Néspolo arma personajes en unas pocas líneas con maestría y precisión:

“Con su cara de badulaque, sus ojos claros muy abiertos y su jeta de sorpresa. Se sacó su gorra de obrero portuario y la apretó fuerte entre sus manos como si fuera una gallina a la que le rompería en breve el cuello”.

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“Era un enero rabioso como solía serlo en los treinta cuando teníamos pocos años en la sangre y nos quedába­mos hasta tarde en las orillas barrosas del río, asistiendo a largas sesiones involucradas en el consumo de cigarrillos y de infelices planes sobre lo que sería nuestra vida”.

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“Abrasada por el sol inevitable de la estepa junto a un hombre de sombrero aventurero y bigotes tupidos que se derramaban hacia la comisura de los labios como un helecho vigoroso”.

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“Tanto él como Teodoro eran hombres que copiaban la brisa y el aroma de las novelas de Salgari, eran hombres que insistían en hacer de sus vidas un tapiz de triunfos y combates privados en los que la naturaleza era sólo el paño donde dibujaban el perfil de su sombra”.

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“..tenía extraños ribetes; algo así como un salvajismo mudo no resuelto, como si su rostro y su cuerpo infligieran en cada movimiento una violencia inaudita sobre sus propias carnes para sofrenar una energía bárbara, quizá de otros tiempos, y en ese tironeo entre la violencia de la carne que impulsaba a la acción y la necesidad de un reposo ante el inminente agotamiento, en ese tironeo —digo— su rostro se escindiera en gestos contradictorios, infinitamente irreconciliables.”

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“La noche era una escuela de sombras. Un manto perlado de estrellas que nos abrigaba indiferente mientras caminábamos por las calles adoquinadas hacia las afueras del pueblo. El cuerpo pesado de Inés Heredia imponía el ritmo detenido de la marcha: el paso corto, la respiración algo agitada. Al instante, quizá alguna crepitación interior le hizo emitir un quejido ahogado y detener el paso. Se tomó de mi brazo y continuamos la marcha.”

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“Nací en febrero, en una noche de luna llena. No tengo demasiadas preferencias, me gustan las lilas y los caminos solitarios en otoño. Antes de casarme adoraba acompañar a mi padre a la hacienda, montar a mi yegua y contemplar sin esmero el girar monótono del molino herrumbrado que está tras el solar. ¿Cómo decirlo? Nunca tuve grandes ambiciones. Un marido, hijos, una casa. Tres cosas que he aprendido a olvidar antes de tenerlas.”

Concepto y definición. Las cuatro patas del amor nos trae logradas y precisas imágenes sobre conceptos tan inasibles como el destino, espeluznantes como la destrucción de la naturaleza y esquivos como la experiencia de la vida en la ciudad. Me detengo y subrayo, tomo nota, me deslumbra la precisión con que lo hace.

-Destrucción de la naturaleza: en un tiempo en el que el capitalismo avanza y destroza con saña y velocidad y muchas veces nos deja sin palabras, la autora construye otra vez una imagen perfecta sobre el desastre.

“…la ciudad enviciada en capitales ingleses fue devorándose al monte como una perra hambrienta que lamiera con ardor a sus hijos recién paridos hasta que con lujuria o impericia terminara tragándoselos.”

“Luego de casi veinte años de traba­jo violento a través del cual las industrias devastaron el viejo monte de quebrachales hasta hacer de esa lujuria de la naturaleza, una tierra yerma, irreconocible, una pampa importada, oxidada y decadente como un desierto de cenizas; luego —digo— de esa condena, se fueron tan prontamente como habían llegado sin haberle robado al monte ni uno de sus secretos.”

-La ciudad

“A Simona se le ocurre que esta noche, esta ciudad, ellas y todas las personas que la transitan queriendo y creyendo llegar a algún lado, viven y mueren dentro de una heladera, tontamente atrapados sin saberlo. Sólo anhelando una mejor posición dentro de la incomodidad del espacio. Deseando pasar de la rigidez vertical de la puerta a la horizontalidad de algún estante, lidiando por un lugar entre los vegetales, los huevos o la carne, buscando a los pares, con quienes compartir el frío. Se  figura al fin a los lácteos, como un delgado cartón de leche descremada.”

Por último, sin definición que cierre o restrinja, en varios de los cuentos se enfoca sobre la violencia contra las mujeres haciendo especial hincapié en sus variantes y diversas formas de la complicidad.

Les invito a leer estos cuentos y a brindar por Jimena: brillan.

18 de octubre

Bienvenido Bob

A las 19 hs. La entrada es libre y gratuita.

“Bienvenido Bob” es un ciclo donde los autores invitados leen textos propios y conversan sobre la construcción de las historias, su relación con la escritura y su forma de trabajo.

Este viernes vienen a leer: Jimena Néspolo, Martín Sancia Kawamichi, Ana Caldeiro y María Ferreyra.

Coordinan: Mauricio Koch y Pablo Delgado.

Sale Papusa #20

La playa. El paisaje y sus formas. Mar del Plata y el ocio represivo según Juan José Sebreli. Las vacaciones en la playa. Alan Pauls y La vida descalzo: la playa como territorio de guerra y erotismo. La playa y la muerte: la escena fundamental de El extranjero en las playas de Argelia. El viejo y el mar de Hemingway: cómo salimos a buscar historias al mar y cómo llegan a la orilla de la playa. Fabio Mórabito advierte sobre la ola que regresa. Comulgado y en éxtasis en la playa: el nadador según Hector Viel Temperley. Reinaldo Arenas y Antes que anochezca. El cuerpo y la playa en La vida Tranquila de Marguerite Duras. Las verdades humanas se revelan en el Océano mar de Alessandro Baricco. La contemplación paradisíaca según Pascal Quignard. La costa italiana frente a la costa francesa: voluptuosidad versus melancolía. Jean-Philippe Toussaint y su novela Huir: las playas de la Isla de Elba, el desamor y nuevamente la muerte.

Banda de sonido del episodio – Vía Dra. Melómana

Sale Papusa #19

La traición. La eterna profecía de la política. Tradición y traición. Dante y el noveno círculo del infierno: Judas, Bruto y Casio en las lenguas de Lucifer. Julio César de Shakespeare: «¿Y tú, Bruto?». Borges, su héroe y traidor: Fergus Kilpatrick y la traición como el eterno retorno de una escena primordial. Cuando la historia copia la literatura. La Divina comedia en la poética borgeana. La traición en Roberto Arlt según Masotta. Antonio Machado es traicionado en sueños. Dos novelas icónicas: El tiro de gracia de Marguerite Yourcenar y El beso de la mujer araña de Manuel Puig. La frontera del amor propio y la traición en Madame Bovary. La traducción como una forma de la traición: breve historia de la traducción de Javier Calvo. Cicerón como gran traductor romano y Borges como traductor del siglo XIX. Kafka y la supuesta traición de su amigo y albacea literario Max Brod. La traición y la política: Vandor y el peronismo sin Perón. ¿Quién mató a Rosendo? de Rodolfo Walsh. «Cobos traidor, saludos a Vandor». Pichetto, Judas y la 125.

Banda de sonido del episodio – Vía Dra. Melómana

CONVERSAS DEL CABURÉ

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