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SALE PAPUSA #6

La clandestinidad. Lo oculto y lo ilegal. El fiscal Ernst Pinard pone en el banquillo a Flaubert pero también a Emma Bovary. “Madame Bovary soy yo”. Louise Colet, la verdadera Emma. Dr. Jekyll y Mr. Hyde como clandestinidad en la moral victoriana. La vida secreta en Pascal Quignard. La poesía de los que luchan: Roque Dalton y Wislawa Szymborska. La clandestinidad en la Argentina: Rodolfo Walsh y su novela de no ficción; Martín Kohan y la dictadura. De la realidad a la ficción: leer en la clandestinidad y la quema de libros en Farenheit 451. La dictadura y la clandestinidad. Victimas y victimarios. La larga noche de la dictadura chilena. Mariana Callejas, “servicio” y escritora. Claudio Martyniuk sobre la fenomenología de la desaparición en la ESMA. El campo de concentración. Primo Levi y la condición humana: Si esto es un hombre. Doble valencia de la clandestinidad: deseo subversivo versus cosificación inhumana. La clandestinidad contemporánea: virtualidad y off-shores.

Banda de sonido del episodio – Vía Dra. Melómana

Rojo

Este viernes 12 de octubre, un nuevo ciclo de lecturas en Caburé. A partir de las 20 hs.

 

Vienen a leer: Dolores Reyes, Silvia Hopenhayn, Gabriela Álvarez y Agustina Bazterrica.

Coordinan y organizan: Selva Almada y Marcelo Carnero

Entrada libre y gratuita

 

 

Sobre Cultura de clase 

Radio y cine en la creación de una Argentina dividida (1920-1946) de Matthew Karush

(Ariel, 2013)
Por Martín Prestia

Matthew B. Karush es profesor de Historia de América Latina en la George Mason University, en Virginia. Cultura de clase. Radio y cine en la creación de una Argentina dividida (1920-1946) es su primer libro editado en español, y continúa una serie de trabajos que tienen a la Argentina como objeto de análisis, enfatizando los problemas de la identidad y la cultura popular y obrera de principios del siglo XX: Workers or Citizens: Democracy and Identity in Rosario, Argentina (1912-1930), de 2002, y The New Cultural History of Peronism: Power and Identity in Mid Twentieth Century Argentina, de 2010, que compiló junto con Oscar Chamosa. 

El libro de Karush gira en torno a los productos culturales de consumo masivo en el período de entreguerras en Argentina, fundamentalmente películas, tangos, canciones populares y programas radiales. Esa cultura de masas abrevaba en la tradición melodramática de diversas manifestaciones artísticas previas que, al tiempo que promovía el conformismo, el escapismo y las fantasías de ascenso social –expresiones todas de una visión conservadora del mundo–, también ponía en circulación una serie de representaciones maniqueas de la sociedad, polarizaciones irreductibles que enaltecían la dignidad y la solidaridad obreras y populares, mientras denigraban al rico como portador de valores negativos, reproduciendo e intensificando las divisiones de clase. Según el autor, ése fue el “material narrativo en bruto con el cual Juan y Eva Perón construyeron su movimiento de masas” (19).

La hipótesis central del trabajo de Karush es que la expansión de la cultura de masas y el consumo durante la primera posguerra no produjo una disminución de la conciencia de la clase trabajadora. Ciertas versiones de la historiografía argentina han admitido, prácticamente como un presupuesto de investigación, que la expansión de valores como el ascenso social y la abundancia material habría llevado necesariamente a una caída de la conciencia de clase y del activismo político obrero. Esas investigaciones enfatizan la integración social generalizada y la expectativa de movilidad social que se habría dado en el período mencionado, dando por resultado una cultura y una política que descartaban el conflicto y aceptaban el orden establecido, limitándose a intentar corregirlo o “humanizarlo”[1]. Sin embargo, como advierte el autor, “estas suposiciones dejan a los investigadores en la lucha por dar cuenta de la reaparición repentina de la clase en la imaginación popular luego del advenimiento del peronismo” (35). Lo que intenta demostrar Karush al analizar los diversos productos culturales de consumo masivo que proliferaron durante los años veinte y treinta es que la clase no desapareció sino que habría sufrido una reconfiguración. Junto con la celebración del ascenso individual y el conformismo, la cultura de masas diseminó una visión clasista y maniquea de la realidad, que arraigaba en la larga tradición del melodrama popular y que homologaba la identidad nacional con los valores de los humildes, rechazando y condenando como moralmente inferiores a los ricos. Como puede observarse, las mercancías culturales que Karush examina están atravesadas por numerosas contradicciones, albergando en su interior potencialidades conservadoras y subversivas. Rastreando la emergencia de estos diversos elementos populistas en el seno de la cultura de masas de los años veinte y treinta, el libro de Karush busca echar luz, tanto sobre algunas de las dinámicas y capacidades políticas del peronismo, como también sobre las contradicciones que lo recorren, heredadas en parte de la tradición melodramática y que no siempre fue capaz de resolver.

En el aspecto metodológico, Cultura de clase… puede inscribirse en una serie de trabajos dedicada a explorar las conexiones profundas entre la cultura y el poder, en continuo diálogo con la historia social y el extenso e impreciso campo de los estudios culturales. Habilitada por la tradición gramsciana, la investigación de Karush se centra en el proceso que inevitablemente configura a la cultura en su relación con las restantes dimensiones de la vida social. Desde esta óptica, la cultura no es un simple reflejo de la realidad en la que se inscribe, sino que ambas dimensiones son parte de un proceso dialéctico de mutuo e inextricable condicionamiento. Al poner el foco sobre los problemas del poder, la investigación intenta desandar la senda de una cultura de masas mercantilizada que esparce discursos hegemónicos que son parte fundamental del proceso de subjetivación de sus consumidores. Centrando el análisis en las tensiones y contradicciones de esos productos culturales, y poniendo de manifiesto su carácter esencialmente polisémico, el trabajo de Karush pretende aportar nuevas interpretaciones para la historia política, social y económica del siglo XX argentino.

El objeto central de análisis es una serie de productos culturales de consumo masivo: letras y registros fonográficos de tangos y canciones populares, programas de radio y películas. La lectura de Karush analiza dichas producciones artísticas como mercancías sujetas a la lógica de la competencia en el mercado capitalista transnacional. Por ello es que examinará las estrategias a través de las cuales las pequeñas compañías locales intentaban posicionar sus productos por encima de las opciones brindadas por el mayor competidor, Estados Unidos. Ante la imposibilidad de replicar plenamente los avances técnicos extranjeros, las compañías locales buscaron ofrecer opciones en las que los consumidores pudieran identificarse. Presentando productos que combinaban la universalidad técnica, patrón de medida de la modernidad, con la particularidad local, los empresarios argentinos desarrollaron un “modernismo alternativo”, capaz de competir en el mercado con los productos norteamericanos –fundamentalmente, el jazz y las películas de Hollywood, productos culturales con los que Karush establecerá un diálogo constante a lo largo de todo el libro. Aunque no descarta las elaboraciones de los intelectuales y las decisiones del Estado como factores explicativos, el estudio de Karush prioriza ampliamente la dinámica y presiones del mercado transnacional a la hora de definir las tendencias de producción artística. La reapropiación del lenguaje melodramático para el desarrollo de la práctica totalidad de las mercancías de consumo masivo del período es un hecho que debe entenderse como parte de ese proceso mediado por el mercado. En efecto, según el autor, el melodrama fue la particularidad local que, adosada al universalismo técnico, fue capaz de presentar una modernidad cultural alternativa.

Pero la tradición del melodrama argentino estaba imbuida de mensajes contradictorios. Basada en una concepción del mundo fatalista, en la que los individuos eran víctimas del destino incapaces de ofrecer ninguna resistencia, el melodrama propagaba una postura conformista ante la realidad social. Incluso cuando esos moldes se trastocaban, presentándose historias de ascenso social, éste era a expensas de la autenticidad de los sujetos, por lo que era condenado. Así, otra de las características fundamentales del lenguaje melodramático era la presentación de un cosmos profundamente maniqueo, donde la pobreza y la humildad eran garantes de la autenticidad, la virtud y los valores morales positivos, y la riqueza era sinónimo de perversión y falsedad. Estas características redundaban en la presentación de una Argentina dividida irreductiblemente en dos sectores jerárquicamente dispuestos, donde los pobres eran considerados los verdaderos representantes de la comunidad argentina y la identidad nacional. De este modo, según Karush, al buscarse una característica local que sirviera como sustento de un modernismo alternativo, se terminó promoviendo una serie de discursos de fuerte contenido clasista, donde la reconciliación y totalización necesarias para la unidad de la nación se volvía imposible. Incluso cuando se dieron intentos de, utilizando una expresión del autor, “sanear y mejorar” la cultura popular elevando su calidad artística, esos intentos chocaron con lo que se veía como una pérdida de lo auténtico. A su vez, al intentar construir conscientemente una cultura masiva capaz de integrar la nación –y aquí Karush presta especial atención al giro rural y folklórico que realizan ciertos productores culturales–, el lenguaje melodramático obturó la posibilidad de elaborar mitos nacionales capaces de armonizar los antagonismos.

Esa cultura de masas que se había ido desarrollando durante el período de entreguerras fue apropiada políticamente por el peronismo. El análisis de Karush no busca establecer ningún tipo de causalidad efectiva sino, más bien, señalar ciertas “afinidades electivas” que pueden ayudar a comprender mejor los logros políticos del movimiento y la utilización política que Perón le habría dado a una serie de discursos diseminados por todo el cuerpo social. Los fuertes contenidos populistas de la cultura masiva se adaptaban bien al proyecto político de la “Nueva Argentina”, y Perón se dirigió a los trabajadores con “la lengua popular del melodrama, tal como había sido rediseñada en la radio y el cine de los años treinta” (252). Si las mercancías de la cultura popular masiva habían, en parte, contribuido a modelar la conciencia obrera, la visión profundamente maniquea del peronismo y su concepción del conflicto de clase como un problema moral, junto con su crítica a la improductividad de los ricos y la celebración de la humildad, deben haber generado eco en los oídos de los trabajadores, que se sintieron interpelados por un líder que utilizaba una retórica que era fácil de reconocer.

A la par de las características mencionadas, el peronismo heredó también algunas de las contradicciones del melodrama popular argentino; parte del éxito de Perón descansó, según Karush, en su capacidad para resolver esas contradicciones. En efecto, Perón fue capaz de conciliar el binarismo moral del melodrama y, a un tiempo, rechazar su fatalismo, presentando la posibilidad de ascenso social colectivo –ya no individual– como modo de concreción de los deseos de mejorar la calidad de vida sin perder la pertenencia a la clase y la “autenticidad”.

Sin embargo, el peronismo no pudo resolver una de las contradicciones heredadas del melodrama. La tensión en que los productos culturales de las décadas del veinte y el treinta navegaban –la búsqueda por integrar la nación y la pulsiones polarizantes de la realidad social– se vio replicada por el nuevo movimiento político, que encontró sus límites al intentar combinar un proyecto armonía social que suspendiera el conflicto de clases y posicionara al Estado como garante de la relación entre el capital y el trabajo –la comunidad organizada–, con la promoción y exacerbación del conflicto como modo de hacer política –la lógica binaria del amigo y el enemigo. De este modo, según Karush, si el peronismo fue incapaz de plasmar la unidad nacional que proyectaba, en parte fue porque su retórica y visión del mundo enraizaba profundamente en las concepciones maniqueas del melodrama popular.

La investigación de Karush constituye un aporte muy valioso en numerosos sentidos. Si bien su tema de análisis está basado, en parte y como él mismo reconoce, en algunas intuiciones de Daniel James sobre el peronismo y el lenguaje melodramático[2], Cultura de clase… logra un aporte original, al fundamentar su investigación con un sólido rastreo empírico de los signos del populismo en los productos culturales masivos de la era pre-peronista. En ese sentido, sus desarrollos del diálogo de estas mercancías culturales con el proyecto político de Perón son sumamente provechosos, pero también sus contrapuntos con la producción norteamericana a la hora de competir en el mercado transnacional, donde se destaca la iluminadora comparación entre la hollywoodense It happened one night (Capra, 1934) y la película de Manuel Romero La rubia del camino (1938). De ese modo, la concepción de “modernismo alternativo”, que está en la base de los desarrollos de Karush, puede brindar una cantidad de perspectivas originales para profundizar el estudio de los productos culturales de consumo masivo –la radio, el tango, el cine–, como también su innegable interrelación.

Como se ha mencionado, el libro intenta desmontar los presupuestos de ciertas visiones historiográficas que reemplazan la categoría de clase por la de sectores populares urbanos para analizar las configuraciones sociales y simbólicas del período de entreguerras. La visión de una pérdida de la identidad en términos clasistas ya había sido cuestionada desde algunas perspectivas marxistas[3] que, como Karush, subrayaban el hecho de que, junto con una extensión de prácticas reformistas y expectativas de ascenso social en un espacio urbano cada vez más creciente, se habría desarrollado una serie de experiencias específicamente obreras y cuestionadoras del orden establecido. Para estas visiones, los términos populista y sectores populares deben ser reservados a la experiencia peronista, momento en el que las masas trabajadoras fueron integradas a un proyecto político, identificadas con el “pueblo”. La gran apuesta de Karush, sin embargo, consiste en rastrear los signos populistas en la cultura de masas previa.

Y es allí que surge la pregunta por la exactitud de la igualación que Karush hace de los trabajadores, el pueblo y los pobres en el melodrama de la década de los veinte y los treinta. El estudio de Karush tiene la virtud de realizar un análisis que no vincula de manera mecanicista la clase obrera a una supuesta necesidad revolucionaria. Por el contrario, hay un esfuerzo por mostrar que las potencialidades subversivas convivían contradictoriamente con las conservadoras, y esto no como un “desvío” de una abstracta conciencia de clase “ideal”, sino como las posibilidades y los límites de una subjetividad popular. Sin adscribir a ninguna corriente en particular, lo que aquí busca ponerse de manifiesto es que, metodológicamente, el libro carece de una definición concreta de dicha categoría, lo que sin dudas constituye un punto débil en la argumentación. En efecto, si por momentos parece que la categoría responde a condiciones objetivas, en razón del lugar de los sujetos en el proceso productivo, por otros parece que la clase hace referencia únicamente a la capacidad de consumo de los mismos. Asimismo, las relaciones entre las dimensiones “objetivas” y el proceso de subjetivación o de constitución identitaria tampoco aparecen desarrolladas o especificadas.

Si se acepta la premisa de Karush, por la cual los productos culturales de consumo masivo aportaron a una reconfiguración de la identidad de la clase obrera, la relación entre la determinación objetiva de los trabajadores y el proceso de subjetivación del que los discursos melodramáticos habrían cumplido una función especial merece aclararse. Si bien la gran mayoría de los consumidores del melodrama eran trabajadores, no siempre los productos culturales los interpelaban de ese modo. En otras palabras, ¿la cultura popular masiva de entreguerras interpelaba a los trabajadores como trabajadores? ¿O, por el contrario, como pobres, representantes auténticos del pueblo y la nación? Sin una definición concreta de la categoría “clase”, ni una especificación de los modos en que se produce la subjetivación, Karush homologa esas tres dimensiones a la hora de analizar los productos culturales del período pre-peronista, aún cuando dicha homologación no se verifique en todos los discursos que esos productos ponen en juego.

Por eso es que nos gustaría ir, a partir de Karush, más allá de él. Nos parece que la reconfiguración de la “clase” por obra de las mercancías culturales de masas melodramáticas implicó un desplazamiento de la especificidad identitaria obrera por otra popularpobre. Por eso, si bien es cierto que “desde la visión maniquea del típico melodrama popular argentino hasta los mensajes ostensiblemente peronistas había un pequeño paso” (238), ese “pequeño paso” era, justamente, construir y cerrar definitivamente la identificación pueblo–pobres–trabajadores. Ese giro discursivo y político es, creemos, lo específico del peronismo, relacionado directamente con la forma concreta que asume el populismo en Argentina: como proyecto político industrial y como movimiento respaldado, fundamentalmente, por la clase obrera.

 

[1] Fundamentalmente a partir del trabajo de Gutiérrez y Romero, que el autor cita. Gutiérrez, Leandro y Romero, Luis Alberto, Sectores populares, cultura y política. Buenos Aires en la entreguerra, Buenos Aires, Sudamericana, 1995.

[2] James, Daniel, Doña María, historia de mi vida, memoria e identidad política, Buenos Aires, Manantial, 2004.

[3] Ver, por ejemplo: Camarero, Hernán, “Consideraciones sobre la historia social de la Argentina urbana en las décadas de 1920 y 1930: clase obrera y sectores populares”, en Nuevo Topo, nº 4, Septiembre-Octubre de 2007. Camarero se centra, fundamentalmente, en el estudio del desarrollo de las formas político-organizativas de los trabajadores.

 

—-PREVENTA—-

Desierto y nación

II. Estados

de Guillermo Korn y Matías Farías

Prólogo de Veronica Stedile Luna

Estos dos ensayos (Mansillescas, de Guillermo Korn y Nuestra América: una modernidad alternativa. Poesía y revolución en Martí, de Matías Farías) que se publican como un diálogo continuado en torno a las imágenes de estado, desierto y nación, punzan dos aristas –tal vez escollos– de la imaginación política que nos interpelan por lo menos desde el retorno democrático a esta parte: el problema de hacer de la coherencia una política –devenida muchas veces falsa política de archivo– o un método de lectura histórica que hace de la traición el tamiz por donde pasar; la otra cuestión que este libro pone en escena es la necesidad de reapropiarnos de la frontera como espacio de revueltas.  

Pensar un estado en la frontera como instancia contraria a llevar la gendarmería a la villa, las fuerzas armadas a la seguridad interior. Un estado en la frontera es –en la imaginación misma que plantean los ensayos, o el camino que se arma entre ellos– aquel capaz de desarmar las nociones restrictivas de nación e individuo para desplegar una ampliación de derechos en torno a lo común. Un estado en la frontera necesita repensarse de genocidio a genocidio –de la frontera que justificó la avanzada contra los pueblos originarios a fines del siglo XIX al “enemigo interno” de la dictadura cívico-militar– para hacer de la frontera no una zanja, un fortín o centro clandestino de detención, ni una línea de luces azules patrullando a la caza, sino el espacio de derechos por formular.

160 pag. – Disponible: Noviembre 2018
$300 PVP    $250 (solo en preventa)

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Sobre La habitación alemana

de Carla Maliandi

(Mardulce, 2017)
por Sandra Buenaventura

 

En esta primera novela de Carla Maliandi, La habitación alemana, la narradora camina, duerme, camina y contempla y parece sentarse en un borde desactivado de la feérica ciudad de Heidelberg, porque ella, la narradora, también parece desactivada del entorno, sobre todo de ella misma. Y nosotros nos ponemos los zapatos, queremos caminar con la narradora, desde la primera frase, que es un mirar a las constelaciones, un caminar por entre las estrellas. 

La narradora llega, desde Buenos Aires, a una residencia de estudiantes en Heidelberg, donde, una vez, se conformó algo de su infancia. Pero ella no va a estudiar nada, solo va a tratar de dormir. La suspensión del sujeto, la inmovilidad del cuerpo, las visiones congeladas de la realidad, algunas de las figuras de la depresión tan presentes en el arte contemporáneo y en artistas de la vanguardia, recorren la novela como nervio potenciador. Un primer arrebato de la figura depresiva llega con el disfraz de karaoke de Shanice, una estudiante japonesa que vive en la residencia. Shanice lleva una peluca fucsia. Quizás lo primero que pensemos es en la protagonista de Lost in Translation, Scarlett Johansson empelucada de fucsia en un karaoke de un barrio de Tokyo. Porque La habitación alemana, de lo que nos habla, es de una multiplicidad de traducciones. Traducir es esto, lo de aquí, y aterrizar en lo otro, lo de más allá, es una metáfora también, un desplazamiento y un mudarse de sí, y un devenir-loco de identidades infinitas, diseminarse y estallarse y juntar todo y ser otra cosa, otro espacio, otro color en el fluir de un campo de flores cualquiera, podría ser yo pero también podría ser otra, nos dice la narradora. ¿Pero de qué traducción nos habla la novela, de la traducción del espacio que pasa de vital a episódico y viceversa, del cuerpo que nunca es el ideal, del cielo que es la constancia de lo cambiante? ¿De traducirnos nosotros, nuestra subjetividad, porque no queremos ser espectadores de la ardilla suicidada de Maurizio Cattelan, la ardillita linda de la infancia?

A la narradora, sujeto desactivado, inmovilizado, se le abre otro círculo de la figura depresiva con la irrupción del hielo, la figura de la glaciación: el jardín blanco de nieve, un lago helado, pisar el hielo, oler el hielo, quedé parada, inmóvil. Preservar la vida a través de la inercia, un caminar despacio para estar más viva y que el entorno se agilice, a pesar de que mis pies están duros, y todo mi cuerpo, cansado, pesa. Esta neurosis glacial conservaría la corriente vital de la narradora. La señora Takahashi, madre de una Shanice ahora ausente, le va pisando los talones, la importuna, la asusta, la agobia, pero también es el soplo que empuja a la narradora-deambulante, la que ayuda a traducir, la traductora-medium, la que, como un Nightwalker, Shishigami o Espíritu del Bosque de la mitología japonesa, como diosa que da y quita vida, transforma un lago de hielo en calor. Y nos desplazamos por el bosque frío y nos preguntamos si siempre hay, finalmente, una posible traducción para el hielo.

Sale Papusa #5

Muerte y destrucción. La crisis y la “zona de angustia” en Los siete locos de Roberto Arlt. Apocalipsis y destrucción de la guerra: “los soldados volvían mudos”. La poesía después de Auschwitz. La imaginación del desastre de Susan Sontag: Godzilla y el desastre nuclear, King Kong y la barbarie. W. G. Sebald: Historia natural de la destrucción. La inercia de continuar con la vida luego del bombardeo, según Alexander Kluge. Marcelo Cohen, las guerras climáticas y los mares de plástico. La locura y la paz apocalíptica en la poesía de Beatriz Vignoli y Osvaldo Lamborghini. Los narcos y la muerte en El poder del perro de Don Winslow. La Carretera de Cormac McCarthy y las preguntas sobre la condición humana. Las 1280 almas de Jim Thompson. Lo cíclico de la historia, la estupidez humana y lo inevitable en Matadero 5 de Kurt Vonnegut. El nihilismo contemporáneo. Nietzsche y el desierto que crece. El último poema de Georg Trakl: Grodek. La incertidumbre de la guerra. El aniquilamiento de las dictaduras. Formado para matar: Magnetizado de Carlos Busqued. Los campos y la producción de cadáveres. La destrucción de la dictadura y la del neoliberalismo: de matar a dejar morir. ¿Nos acercamos a un nuevo 2001?

 

Elogio de la crítica en tiempos aciagos

Sobre La gorra coronada. Diarios del macrismo, del Colectivo Juguetes Perdidos.

(Tinta Limón, 2017).
Por Andrés Tzeiman

 

Como es lógico en todo tiempo en que las fuerzas populares atraviesan una dura derrota política, el campo ideológico no resulta inmune. Desde ya, siempre existen elementos latentes de forma previa a la derrota, para que de pronto se pueda producir ese vuelco inesperado (enfatizaremos en ello más adelante). Pero, en cualquier caso, ya a esta altura parece evidente que cuando sobreviene la catástrofe, ciertas “certezas” hasta entonces supuestamente consolidadas, entran en conmoción. Así, el ejercicio de la crítica es puesto súbitamente en jaque. Los apologetas de ayer, se vuelven los desentendidos de hoy, y murmuran contra un pasado al que no se debe regresar. De ese modo, claman por convertir el debate público en puro presente. Y se colocan el traje de artífices de un análisis fenoménico que deviene moda. Con ello, el cuestionamiento de lo dado se transforma en una herejía: lo que es, es, y punto. La tarea por excelencia, por lo tanto, es comprender objetivamente lo que hay.

Frente al asedio de la crítica que atraviesa el campo ideológico de la Argentina actual, y ante la transformación de las relaciones de fuerzas al que asistimos en el universo intelectual, La gorra coronada es un trabajo que guarda una enorme valía. Porque, creemos, su estudio de la realidad nacional parte de una crítica de la ideología contemporánea: niega de plano la posibilidad de replicar lo que el macrismo dice acerca de sí mismo. En sus propios términos y acuñando sus propias metáforas, categorías y conceptos (osados, irreverentes, desarropados) realiza un análisis de la sociedad argentina sobre la base de las condiciones de vida de las mayorías populares en nuestro país. Para el cual no se estanca en lo que sucede en la superficie. Por el contrario, coloca su foco de atención en las corrientes subterráneas de la sociedad civil argentina.

En ese sentido, quisiéramos aquí sostener una hipótesis sobre el libro de referencia. Según nuestra mirada, La gorra coronada es capaz de realizar una crítica de la ideología en el proceso político del macrismo, porque previamente ha realizado (o realiza a la par) una crítica de la ideología en torno a la Argentina kirchnerista. Más allá de nuestro acuerdo o desacuerdo con la valoración política de los autores acerca de la experiencia del kirchnerismo, el libro pone en cuestión ciertos lugares comunes que desde los núcleos de apoyo más férreos a los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner tendieron a repetirse quizá con demasiada frivolidad. “Crecimiento con inclusión social”, “volvió la política”, “los jóvenes regresaron a la militancia”, “recuperamos el Estado”, o a la luz de los acontecimientos, la más trágica de este tipo de afirmaciones… “esto es irreversible”. Pensamos que la crítica de lo que el kirchnerismo supo decir acerca de sí mismo, es una condición de posibilidad imprescindible para no hacer lo propio con el macrismo. Y ello resulta un punto de partida fundamental en La gorra coronada.

Decimos esto porque La gorra coronada concentra su análisis de la Argentina contemporánea en un aspecto que consideramos clave para pensar las formas de opresión que son características de nuestra época. Así, el libro establece como eje de gravedad el problema de la precariedad de la vida. Es eso que los autores denominan precariedad totalitaria, es decir, la inestabilidad o la incertidumbre que recorren el conjunto de las esferas en la vida de los sectores populares. El libro habla de una “intranquilidad permanente”, de un “terror anímico” inmanente que exuda en todos los poros de la sociedad. Esa flexibilidad que es entendida por el neoliberalismo como virtud social y como articuladora exitosa de las vidas, es en este trabajo decodificada como precariedad absoluta.

Tal idea de precariedad totalitaria se vuelve un elemento sustancial para pensar el macrismo porque ella es el huevo de la serpiente de la violencia que circula en lo más cotidiano de las vidas populares: el barrio, el transporte público, el trabajo, la familia, la pareja. La precariedad invade y se impone como constricción en el desenvolvimiento del conjunto de las esferas en que transcurren las relaciones sociales. ¿Qué tiene que ver el macrismo con todo esto? Allí se focaliza la problematización que propone La gorra coronada. Pues en el procesamiento ideológico de esa precariedad trabaja rigurosamente el macrismo. La llave para comprender críticamente tal experiencia política se halla, entonces, en la dimensión protagónica que asume el autoritarismo social. El engorramiento, tal como lo llaman creativamente los autores, está ampliamente difundido “por abajo”. El macrismo, dice el libro sobre el engorramiento, “lo lee, lo registra”, en vistas de operar sobre las fuerzas más oscuras de la sociedad argentina. Allí está, pues, la nota distintiva del macrismo: “la sensibilidad y la liturgia gorrera llegaron al palacio”. Hablamos, por lo tanto, de un intento deliberado por convertir el engorramiento en política de Estado.

La gorra coronada siembra interrogantes. Con ese fin, su verborragia no resulta en vano. Funciona como un modo de impactar, de sacudir al lector, de forma tal de poder convidarle con efectividad discursiva ciertos dilemas que no suelen integrar el menú principal de la urgencia política, pero que constituyen la sustancia en que ella se despliega. Mucho podríamos decir sobre el proyecto estratégico del macrismo como ofensiva salvaje del capital contra el trabajo, como ariete de las clases dominantes para inscribir a la Argentina de forma subordinada en el concierto del capitalismo internacional contemporáneo. Desde nuestro punto de vista, ello no resulta un aspecto secundario. Más bien, diríamos todo lo contrario. Pero La gorra coronada nos propone una mirada alternativa, que según nuestra consideración no se contrapone con aquel abordaje. El libro nos invita a reflexionar sobre la precariedad de la vida, que aun cuando no constituye una novedad en Argentina, sí ha encontrado en el macrismo un modo novedoso de administrarla ideológica y políticamente. Se trata de un gobierno que se encarga eficientemente de garantizar y promover desde el ejercicio de la dirección estatal que cada sujeto pueda gozar de un uso indiscriminado de su gorra, reproduciendo no solo las condiciones de vida existentes, sino también el modo brutal y violento de vivirlas cotidianamente. La crítica de ese “engorramiento” coronado y de esas “fuerzas anti-todo” que se embarcan apasionadamente en la profundización del modo de vida violento y autoritario, es materia excluyente de las reflexiones que componen el libro en cuestión. Así, dicho trabajo capta sensiblemente un interrogante esencial de la Argentina actual, que para muchos ojos permanece invisible y oculto. Por eso, creemos que en estos tiempos aciagos, donde la indignación ante lo existente pareciera difundirse como un aspecto indeseado y contaminante en la práctica intelectual, los argumentos sostenidos en La gorra coronada resultan un urgente y necesario elogio de la crítica.

Perdí la confianza en la historia y la volví a recobrar.

Memoria lúdica: viajes en Berlín hacia el 2018

Por Martín Glozman

 

GloZa

 

Ocupación de la cita

 

 En este caso la cita abarca un libro entero, un libro fuera de lo común, agitado y vivo, que nos excede. En su traducción de El libro de David, Robert Alter dice que no se sabe si, entre los judíos, narradores y contadores de historias encargados de entretener a la audiencia, a la manera de los bardos griegos, pero que la historia del rey David fue escrita sin conformidad para establecer que existirá testimonio del peso del tiempo, del grosor de cada grano de arena digna de medirlo, cuando detengamos toda ocupación y restablezcamos el recodo y el reposo de la lectura.#

 Con una convicción si se puede llamar de esta naturaleza (si resulta imprescindible buscarle un nombre) actúa “con las palabras” Martín Glozman. David establece: “Hacia él me dirijo. Él nunca volverá a mí.”, y esta… Podemos cambiarle el valor a la oración cambiando de sujeto, sin alterar el predicado. Con esa exactitud de itinerario (¿Calvario?), clavándole la mirada al desierto y sabiendo cuánta sed es necesaria exactamente para ir que (“Él nunca volverá a mí”), librándonos a la vez de la luz del día y la fatiga de la jornada solo porque la oscuridad es un camino que no exige frío ni renuncia a la dulzura, fue escrita Documento de María. Su libertad de expresión está en relación directa con el uso de la materialidad de la palabra como bien diametral, que lejos de dividir las cosas, va imponiéndole el peso mientras avanza: alforja, limo, salmo, río…

 De modo que no hay imprecisión alguna aunque el grito se ahogue en el llanto incontenible o la risa estruendosa de la metáfora. No hay arrepentimiento porque no hay regreso. “Lo inferior está dotado de poder desde el origen; lo superior es naturalmente impotente”. En Documento de María se ejerce hasta el silencio una justicia que deja de ser circunstancial cuando advertimos que nunca cumplió el propósito de un divertimento. La ficción no nos deja mentir.

Luis Chitarroni[i]

 

 

Llegué a Berlín el día 24 de septiembre de 2018, acompañado por Elisa Petroni, mi esposa.

Veníamos de Praga, escala en el camino desde Brno, una hermosa ciudad fronteriza con Austria, donde disfrutamos de la compañía de amigos y colegas en un seminario de duración de cinco días sobre psicoterapia y dialogismo, organizado por la Red Internacional de Prácticas Dialógicas. Nunca sé cómo describir de qué se trata esta disciplina, cada uno se interesa de otra manera, pero no siempre se hace asequible a la escucha.

Afortunadamente la quinta Conferencia de Prácticas Dialógicas se va a realizar en Buenos Aires en noviembre de 2019 y va a ser una oportunidad para presentar este modelo de trabajo en Latinoamérica e intercambiar con otros modelos locales.

Algo similar sucedió el día 25 de septiembre en la Librería la Escalera en Berlín al presentar mi novela Documento de María. Fue tanto lo que sucedió en tan poco tiempo que me ha sido muy difícil poder relatarlo. Un efecto tren de la distancia.

Una condensación contemporánea de las relaciones.

 

Después de volver de Berlín, luego de una semana porteña de retomar las viejas funciones y de nuevos trabajos en contexto de incertidumbre social y económica, venir a escribir a Varela Varelita es como una bocanda de aire, no sé si fresco, pero seguro como una transfusión de sangre.

Desde que me fui a escribir a Tigre en verano empecé a tener visiones con serpientes a la altura de la frente, proyectadas por mi mente. Pero luego de realizar una constelación familiar en lo de María de Los Hoyos esa serpiente se superpuso con una espada, que entendí era una cruz, y después sobre bastones de esculapio, dándome a entender que el veneno y la salud van muy de la mano.

María y espada con serpientes. Diseño Juan Pablo Cambariere.

 

Así pude saber que las concentraciones de veneno que estos días siento en el vientre o a veces en el espesor de la vida cotidiana, cuando entran en movimiento son saludables, siempre que eviten la explosión, recordando la experiencia del 2001.

A veces envenenarse un poco es bueno, como ahora que me tomo una Stella Artois, es viernes, son las 15 de la tarde, y ya no podía estar en casa por la invasión de ansiedad y deseos de acciones simultáneas. ¿Cómo ordenar el tiempo? Si no es el tiempo el que nos ordena a nosotros.

Hablando de tiempo y de orden quisiera referirme a la memoria del Holocausto en Berlín, suena muy magnificante, pero quiero decir para empezar que este tema en esta ciudad está tratado lúdicamente, hay un espacio para entrar en la memoria y jugar.

íbamos a ir a Polonia, Varsovia y los campos, donde estuvo prisionero mi abuelo Salomón Rotenberg.

Pero prohibieron la entrada de Federico Pavlovsky que iba a viajar con nosotros por una nota que había publicado en Página 12 sobre una matanza de judíos a manos de polacos en el pueblo Jedwabne en Polonia.

Decidimos ir a Berlín. Nunca había estado en Alemania pese a haber viajado mucho en Europa, por elección, y no estaba seguro de que fuera la decisión adecuada.

Tomé una cerveza en el tren mirando el rio que recorría el territorio previo a las montañas a mi lado. Richard, un viejo inglés me había sugerido que lo hiciera al entrar al país germano, al finalizar el seminario checo.

Entrada a Berlín.

 

Lo hice. Estaba conmocionado. Al bajar de la estación de subte para llegar al departamento Airbnb odiaba a todos en lo secreto de mi alma, veía los nietos de los nazis, y así me explicaba que fueran tan libres y heterogéneos. Terribles emociones. Me prometía evitar exteriorizar ese odio.

En cambio hacía una respiración zen para que el odio circulara sin llegar a los otros. Lo lograba o no lo lograba, no lo sé. Un muchacho alemán descalzo y borracho arrastrado por su amigo se tiró encima de mí en las escaleras al salir del subte, y me dijo we are the fucking germans.

Al llegar al departamento Airbnb a eso de las 12 de la noche ya que habíamos perdido una conexión del tren en Praga por un retraso, vi que la casa estaba llena de raíces y maderas elegidas con cuidados entre otros objetos. Plantas especiales, la piel de una oveja, situada en el centro del sillón en L exactamente como yo había colocado en casa esa piel que compré en San Antonio de Areco antes de partir. Y lo más llamativo: en el baño una menorá con velas, de bronce, antigua. La menorá es un símbolo judío muy importante vinculado con las celebraciones y la memoria. Y así, lleno de detalles, algunos vinculados con Rusia. No habíamos conocido personalmente a la dueña, pero le había prometido que me ocuparía de sus plantas con cuidado y así lo hice.

En la presentación de la Escalera, Germán el dueño de la librería, luego de atender especialmente a la lectura junto al grupo que asistió me propuso el desconcierto frente a una voz que pasa de la humillación a la soberbia, de la mística y la lectura del Zohar a la simpleza de las palabras, y lo que me pareció fundamental, de la confianza en la verdad a la desconfianza en los significados y las alianzas. Me habló de Primo Levi y Isaac Bashevi Singer, como de otros escritores que no traicionaron la búsqueda de la verdad y la fe en la comunicación y la poesía.

Me hizo acordar a Iair Kon, quien me conectó con José Luis Pizzi para hacer esta presentación, ya que él transmite esos valores vinculados con la tradición de la izquierda, la memoria, las experiencias del exilio. Expliqué a Germán que yo creía en él y en Iair, pero que en mi caso había sido defraudado tantas veces que solo podía creer en algo si en simultáneo dudaba de la fe. Solo en la ambivalencia dialéctica del compromiso podía mantenerme cerca del otro.

Me parece que esto es algo propio de generaciones más jóvenes que perdimos la fe en la palabra, aunque podamos haberla vuelto a recobrar. Creo que las opciones oscilan pendularmente entre el cinismo que por suerte va quedando en las décadas anteriores al 2001 y la búsqueda de la creencia, pero con la sabiduría de que aun así esa fe no se puede probar y las operaciones que conlleva están del lado de la construcción. Horadar la lengua para llegar al laberinto del encuentro perdido en la voz.

Lectura del Documento de María en el Memorial del Holocausto

 

Dónde están los padres que no nos hayan defraudado, dónde están los ideales.

Había una sobreviviente que se identificó mucho conmigo y me quiso enseñar sus certezas. Me saqué una foto con Dorita.

La Escalera es una casa de encuentro. Para mí fue importante rescatar que el libro Documento de María refería a una experiencia pero era una articulación estética, con operaciones de lenguaje, que disputaba un espacio social para afirmarse como literatura en un conjunto de instituciones compartidas.

El domingo fuimos al Memorial de las víctimas de asesinatos en el Holocausto, ubicado en el centro de Berlín, grande como su plaza central, paseamos por sus laberintos con Carsten Regling, el traductor de Piglia al alemán, amigo de Elisa y mío, Friedrerike, su mujer, y Julius, su hermoso hijo de 9 años, también estábamos con Khatharina, nuestra amiga alemana que vive en Londres. Vino a vernos especialmente y compartir estos días. Nos perdíamos y encontrábamos en esas hermosas columnas que no sé qué recuerdan pero no me lo pregunté porque no son más que concreto erigiéndose hacia el cielo evocando presencias que ya no están, y los pasadizos de aquellos que vivos nos escurrimos por allí. Leí una tira de Documento, lo firmé para los muertos, los sobrevivientes, los descendientes y las víctimas de todas las guerras.

Tiré el libro luego a los lápices bien arriba, como los llamó Timo Berger después.

Julius preguntó a Elisa qué estaba haciendo y le conté.

Después nos fuimos esparciendo espontáneamente, las mujeres fueron hacia un bloque y se subieron, varios pasillos más allá, Carsten, Julius y yo hicimos lo mismo, luego Julius jugó hasta reunirse con la madre. Carsten y yo fuimos hacia ellos para hacernos todos juntos una foto.

Bajamos al museo debajo del juego de paredes, y pude empezar a ver que la información sobre el Holocausto se divide en dos, en tercera persona y en primera. La neta información narrada objetivamente, y la “información” contada en primera muchas veces en forma de carta dirigida a otro, o bien en diarios.

La primera parte, que era la información objetiva la salteé por molestia, por naturaleza, y por acumulación de gente, eran cuadros, fechas, hechos. La segunda sala en cambio me resultó atrapante, eran recuadros de texto en el suelo con iluminación cuidada en lenguas originales y traducciones al inglés, leí uno por uno esos fragmentos de cartas y cuadernos, diarios, fotos y poemas. Es esa voz en primera, esa subjetividad en el discurso la que me permite construir la historia. Dialogo con el otro.

Esto recobró sentido porque un día después fuimos a la New Sinagogue, una sinagoga que en el siglo XIX reunió a la comunidad judía en Berlín y que fue bombardeada en la guerra. Hay un monumento a la ausencia y un museo, donde se enseñan algunas fotos.

Fachada restaurada de la New Sinagogue

 

Una reproducción sonora del Hasan, cantor litúrgico, en la ceremonia superpuesta con una imagen en movimiento de la escena ceremonial llena de gente, y luego relatos en tercera persona con documentos de las familias que pasaron por allí. Leí una por una esas historias documentadas, aunque estuvieran escritas en tercera. Si me iba hacia atrás con el cuerpo me distraía con pensamientos y fantasmas, como ver películas de terror con ideas nefastas, sobre mí, sobre mi memoria, sobre mis muertos y mi infancia. En cambio, si me adelantaba y proyectaba mi mente en la imagen y el texto, me sentía conectado profundamente, y ahí me di cuenta de que lo que en verdad me pasa es que no confío en la voz del narrador.

Perdí la confianza en la voz de la historia. De los narradores en tercera. Me había prometido en ese contexto volver a creer y lo hice pero fue un gasto de energía enorme y un proceso cognitivo complejísimo.

Además y sobre todo creo que hubo algo espiritual y de deber religioso respecto de esas familias, como si leerlas con esa atención fuera resucitarlas en el fugaz sentido del deber de la historia. Elisa y Emma, nuestra amiga inglesa, que nos acompañaba, no me entendían pero tampoco se animaban a interrumpirme, se paraban frente a mí para observarme y hablaban de lo que veían pero no me interrumpían y yo no podía y no quería salir de mi trance puesto que era un imperativo impuesto, una suerte de misión. Una locura.

¿Cuántas veces se puede hacer algo así?

Necesitaba hablar con alguien de estas emociones, con alguien que entendiera de literatura, que pudiera entender lo que significaba para mí darme cuenta de la sutileza de desconfiar del narrador en tercera.

Cuando alguien narra en primera no me importa la verdad del referente, simplemente le creo a la verdad de la articulación de su discurso, pero cuando hay un narrador que se presta a ser objetivo y narrar en tercera me mata su soberbia, su pretensión de moral, de autoridad, y me traiciona de entrada, no puedo encomendarme a esa misión que se propone con tanta autoestima. Mientras escribo siento olor a flores.

Antes de viajar, junto con mi primo Adrián hicimos una sesión de Foley para la postproducción de sonido de nuestro documental sobre la historia del Holocausto en nuestras familias, y en la última escena, que plantamos un árbol, de duración de diez minutos hicimos la mímica de toda la operación riéndonos, disfrutando, recordando ese cierre del documental en el campo de Javi y Curu en Tomas Jofré donde además me casé con Elisa. Esa escena de síntesis, de dolor, de cierre, de alegría, se repitió en el Foley en una dimensión superior atravesada por el sonido. Se me abrió una nueva dimensión que atraviesa los oídos. Una dimensión poderosa, creo que más que la vista.

Después de la New Sinagogue me encontraba con Cristian Forte, y esperaba poder hablar con él de la experiencia que me tenía impactado. Es un amigo de Matías Reck que hizo Milena Berlín durante muchos años. Llegué al lugar de encuentro, era una plaza poblada por la comunidad turca con una feria de comidas. Pedí un café y observé mientras era observado. El café turco era el mejor que probé. Veía a los jóvenes charlar con los mayores, darse las manos, saludarse apoyando las palmas en los corazones y pasé en un rato de ser forastero a estar adentro. Muy raro.

Temía que me preguntaran si era judío.

Hace poco leí en Maldita Ginebra y unos chicos de una banda de rock que tenían espíritu palestino querían medio asesinarme.

Estoy por la paz de los pueblos pero poner la corporeidad en la frontera por más alma beduina que se tenga no da garantía de continuidad. Miré unos souvenirs en plata y metales, un búho parecido al que traje de Luján, pero esperaba encontrar una serpiente enroscada en una espada. La simpatía con el vendedor era cautivante, me hacía acordar a la tarde en el mercado de pulgas de Jerusalem a los 8 años, cuando vi la serpiente hipnotizada por el flautista, bailando al son de su música.

Cristian Forte llegó retrasado, yo ya había tirado la bora del café y leía las mil vainas.

Lectura de café y Zohar con Reck antes de la partida

 

Fuimos en subte a otro barrio para conocer una librería de libros objeto y charlar con el librero para que él hiciera una presentación, compartimos en un café adorable con mesas en la calle una pieza de harina y espinaca que él había comprado en la feria, y unas aguas. Vi sus libros e intercambiamos materiales. Le conté de mi experiencia en la Sinagoga, creo que entendió. Además estaba trabajando en el sonido de la muestra “Mastur Beer” de la Bienale de Berlín donde yo había estado esa misma mañana, y entendía perfectamente esta nueva dimensión sonora.

Cristian se estaba yendo a vivir a Jordania por un proyecto artístico llevado adelante por su pareja.

Después de esto quedé tildado, había abierto un montón de cosas, no me quedaba otra, pero era demasiado. No sé a dónde llevará esto, tanta tierra sembrada con alguien que apenas conozco.

El paseo por el cementerio judío junto a Carsten y Elisa, y la visita al Museo judío que hice, alternaron también con los encuentros con Jorge Locane y Timo Berger, con quienes me introdujeron Matías Reck -con quien hago la Colección Naufragios en Milena Caserola- y Daniela Szpilbarg, su pareja. Jorge me resultó una persona extremadamente amable por su recepción previa a llegar y su estilo de fuerte presencia dispuesta al otro.

Además, todos los paseos con los amigos más cercanos, las cenas, las cervezas y los momentos de disfrute, incluido el paseo en bici por el antiguo aeropuerto Tempelhof, ahora convertido en parque pero sin modificaciones, por el que nos guió nuestra muy querida amiga Dita, de Eslovaquia, que conocimos en el Seminario en Brno, alternaron con el juego y recorrido de la memoria, que fue radical.

Nunca había estado en Alemania y este fue el momento de madurez justo para entrar en contacto con esta difícil historia que obtura toda forma de información objetiva. Además, Berlín es una ciudad muy viva, donde la gente se conecta a través de la mirada de forma singular en la calle y sin saber por qué uno anda saludando y recibiendo saludos de otros. Pero sobre todo por este carácter lúdico de la memoria. Quiero decir que en el museo judío en la zona más intensa de la muestra, la curadería no trata de dar información sino de una selección intensiva, pensado a la disposición en que se presenta al espectador y caminante por los espacios vacío a recorrer. Incluye y propone una experiencia integradora, con lo espacial, lo sonoro y lo perceptivo en todo concepto, que habilita el recuerdo de lo vacío en la emoción y el tiempo de la coexistencia.

En diez vitrinas se logran ver cartas, historias, diarios, objetos reencontrados, una menorá, fotos, formas de llegar al otro y estar presentes en lo que pasó. Observamos estas pequeñas e iluminadas vitrinas desde cerca, para leer los originales y compartimos el espacio de la mirada con los demás visitantes al museo. Recuerdo el llanto de una joven frente a la vitrina que mirábamos juntos como compartiendo el cuerpo o spot de la mirada. Quería saber qué hacer, si seguir sintiendo esa emocionalidad o si desprenderme de la escena y era un total carpe diem. Podía decidir libremente sobre mi destino. También recuerdo la seriedad de un hombre, frente a quien me dividía reflexionando sobre otras formas de ver y de posicionarse ante lo mismo. Habitamos y cohabitamos los que recuerdan, y lo que recordamos, en un espacio llamado las tres cruces que invita a pensar sobre la continuidad de la historia. ¿Qué otras líneas posibles hubo? ¿Qué otras líneas hay ahora? ¿Cuántas cosas podríamos percibir, o cuántas estamos percibiendo sin saberlo en esta línea horizontal del tiempo en la que solo cabe una intensidad detrás de otra? ¿Y si todos los espectadores estamos conectados? ¿Y si todos somos bocas de expendio de una unidad mayor a la que percibimos y le damos nuestras percepciones? ¿Y si se pudiera tomar conciencia de esto? ¿Si pudiera percibir junto con el hombre serio, o con la mujer conmovida, si pudiera comunicarme supraconcientemente con esa expendedora de realidad, acaso podríamos curarnos un poco mejor, a último momento? ¿No nos haríamos bien, no recuperaríamos las huellas de nuestras heridas, nuestros daños? ¿No le haríamos bien a los muertos, sin necesidad de bronca y odio por los perpetradores del asesinato? ¿No es este un dilema de la humanidad? ¿No buscamos la paz, padre, hermano?

Es todo verdad, pero también hay sufrimiento.

Sus cuerpos, sus miradas, sus llantos, sus angustias. Al final de ese pasillo una sala espacial y especial abre un espacio para la memoria en cuerpo propio.

Hay tres cruces en esa muestra: del Holocausto, que acabo de describir, del exilio que tiene un pasillo vacío de información y termina en un laberinto de bloques que recuerda el memorial antes relatado y la x de la continuidad que subiendo de piso tiene una curadería de arte que evoca la reconstrucción de la memoria en el presente y más allá la sala de la 10000 hojas: 10000 caras de acero pesadas sobre las que se entra a un gran espacio vacío para caminar sobre ellas pensando que todas son lo mismo, puestos en el lugar del perpetrador que aniquila el objeto rememorado para luego llegar al fondo y experimentar que cada una es única y diferente, que se pueden tomar en las manos, usar de máscara, sentarse en ellas y en algún momento despedirse, habiendo dejado algo de la alegría del juego en un espacio triste, pero compartido, para reinventar.

El cementerio fue caminar entre tumbas históricas rodeados de naturaleza, en una modalidad que no corta árboles ni poda pasto, más recoge las hojas caídas en una zona que no es de guerra sino de recuerdo, a diferencia de lo que me pasó en la New Sinagogue destruida por la bomba, huella del agujero de la memoria, aquí la memoria fluye como el río de la naturaleza que se lleva todo hacia el más allá con la frescura del sol de verano colándose entre las tumbas de donde crecen a veces árboles mismos de sus centros.

Árboles de sus centros

 

¿Cuántos somos los que nos alegramos en los cementerios? Que sentimos la realidad de todo allí mismo, en ese eje que viene después del más allá, donde las familias se reúnen. Espacio sagrado de la consagración. Como si después de la guerra se terminaran los relatos, como si después de la muerte se terminara la guerra de los relatos.

 

Espacio hermoso para recorrer en paz entre los vivos.

Paraíso de la contemplación

 

Martín Glozman

24-9-2018

[i] Texto de presentación de Documento de María (Bestia Equilátera, 2017) en La Escalera, Berlín, 25-08-2018.

 

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