Sueltos

 

Sueltos es el espacio donde publicamos textos inéditos de narrativa y ensayo para que los amigos de Caburé puedan disfrutar de buenas lecturas.

 

Orbitando la gauchesca – O formas de una melancolía infantil.

Por Vanesa Guerra

En octubre 2013, a propósito de una investigación en la que andaba Gabriela Cabezón Cámara y que posiblemente derivase en su China Iron, algunxs amigxs recibimos de su parte una serie de preguntas que invitaban a reflexionar sobre el tema de la gauchesca. Las preguntas francamente me convocaron y así surgió este texto -que de aquel entonces traigo, para compartir algunos años después con ustedes.

En mi vida la literatura gauchesca está ligada a la infancia. Fue una enredadera que trepó todas las estancias de lectura en el colegio tornándolo

aburrido y siestero. Pero un día conocí el campo, me llevaron mis padres, viajamos una jornada entera por una ruta angosta y solitaria. Estoy hablando de 1970, tal vez 1972; era el camino al suroeste de Buenos Aires, pueblos pequeños: Salliqueló, Ingeniero Thompson, las afueras de Tres Lomas. Allá vivían desperdigados mis bisabuelos y más de veinte primos de diversas edades; también “vivían” las vacas, las comadrejas, las vizcachas, las liebres y las perdices que se cazaban a escopetazos durante la noche. De los peludos buscaban siempre las cuevas, con los faros altos abiertos al campo; campo traviesa, bajo el primer rocío. Entonces reconocí palabras leídas: tranqueras, alambrados, postes, luz de luna, viento, niebla y también lluvia, yo vi llover, y creo que esa lluvia vista por primera vez en un espacio tan oferente como es la pampa dejó una marca indeleble.

Entonces la gauchesca tomó otro lugar. Yo volví y fui buscando y desencontrándome con esa lluvia, en cada libro, en cada verso, fui buscando y a veces reencontrando ese paisaje que me hizo experimentar, posiblemente, una primera forma de la melancolía infantil –que no es muy diferente a la melancolía de lxs adultx, ni siquiera diferente a la melancolía con la que carga, irreparable, la lengua. Debo aclarar que jamás me interesaron los gauchos de la literatura, pero sí y mucho aquellos que conocí viajando, -puesteros, baquianos, troperos, peones- gente chúcara, pícara, gente de la tierra que por olfato nomás sabe del tiempo o del humor de los animales  (-esto último que podría entenderse como un lugar común, estaría tan vaciado de sentido como comprimidas están las voces que lo habitan, saberes populares que construyen una y alguna representación a fuerza de desborde o resto); para el caso, el gaucho Fierro ha quedado como el gaucho universal, un gaucho más gaucho que cualquier gaucho que otea horizonte, quiero decir que Fierro es para muchos la mismísima gauchedad y eso, en un punto, es ridículamente adorable (-porque toda adoración en alguna de las vueltas exige ridiculizar su objeto, -ya sabemos que el sujeto que adora es ridículamente adorable por el brillo del objeto refractándole.)

Pero son los paisajes, su enumeración, su descripción, su metáfora, su canto; es el trastabillar de la lengua cuando se cuenta una forma de la inmensidad del desierto, de la noche, del pájaro que sobrevuela el maizal, del árbol solo bajo el rumor final de una guitarra, son -todas- sus infinitas imágenes lo que siempre me interpela y me convoca cuando vuelvo a la gauchesca.

La búsqueda de ese paisaje en la invención de las diversas voces –esa búsqueda que se precipita porque el paisaje real por el que fui afectada desvaneció para siempre su agalma no bien quise traducirlo a la materia que compone el lenguaje y, aún, cuando quise leerlo en esas otras voces, me reencuentra (y me ha reencontrado) en el intento de construir el fallidísimo recuerdo de una emoción tan desajustada a su objeto perdido, como aquel que boqueando añora y anhela reencontrar a su país en la voz quebrada de otrx exiliadx.

Todo esto me obligó al folklore, y del folklore a su música; en las zambas, por ejemplo, el paisaje envuelto en alguna pena -penas fundadas en la nostalgia- o evocaciones en el orden celebratorio por la construcción de un amor o un destino, revela o evidencia emociones en donde la mujer existe -no así en la gauchesca donde la mujer pareciera estar fuera de juego.

La mujer en esa música produce un nuevo paisaje, el hombre en esa trama también produce un paisaje que lo implica para producir finalmente un hombre que se diferencia del gaucho literario, al tiempo que se diferencia del hombre que cuenta el tango, al tiempo que se diferencia del cuchillero de los arrabales de las milongas -por ejemplo- de las borgeanas (ver Para las seis cuerdas).

También me ha dejado una impronta fortísima el trabajo de Ezequiel Martínez Estrada, la poética de su obra en esos ensayos tremendos y dramáticos, muestran al hombre dolido de tal modo por el país que habitaba, que bien supo decir –fuera y dentro de obra- que de ese dolor estaba enfermo.

Pero Martínez Estrada no fue en mí sin antes Borges, y Borges no fue en mí sin antes José Hernández, y J. Hernández no fue en mí sin antes los cancioneros populares, los trabalenguas, las zambas, y todo esto no fue en mí sin antes la lluvia en el campo de la infancia.

Un día llegó a casa un libro enorme, apenas lo podíamos levantar. Mi padre fue encuadernador toda su vida. De sus talleres, gran parte de los volúmenes de Enciclopedias, Diccionarios, Historias, Atlas, Biblias… que circularon en el país, vendiéndose al timbreo en las casas de barrio, vieron su realización. Para este libro en particular, sumó el asociarse como editor, entonces fue que apareció una edición limitada del Martín Fierro, con tapas de madera vitrificada, el lomo en cuero oscuro con letras doradas, ilustrado con acuarelas de Ditaranto, versión polilingüe (español, inglés, francés e italiano) y en la tapa el retrato de Martin Fierro.

Para esa época -1974- otro libro enorme salió del taller y enfrentó posiciones de exhibición en los anaqueles de la biblioteca de nuestra familia; se trataba del primer volumen de las obras completas de J. L. Borges, editado por Emecé, encuadernado en verde inglés, también con letras doradas, presentado en una caja de cartón que lo contenía. De Borges nadie hablaba claro, o al menos yo nada claro entendía, pero del MF sí y en las reuniones familiares siempre había una guitarra, y entre zamba y Jazz, alguien montaba una pierna en algún banquito y recitaba el MF en italiano, como si payara:

Incomincio qui a cantare/

pizzicando la mandola…

 

la idea de “pizzicando” (la traducción de ese verso es de Folco Testena) los hacía celebrar de lo lindo.

Creo que de alguna manera la gente se fue apropiando de los versos de José Hernández para “restituírselos” a Martín Fierro, y en esa operatoria compleja al tiempo que espontanea, la reformulación ocurría.

Eso es, a mi entender, lo popular.

En mayo de 2001 necesité comenzar escribir para dejar de dibujar los mapas de un caserío que se me hacía pequeñísimo. Entonces, toda superficie que se me cruzaba ganaba una suerte de garabato como si fuera un caracol en cuyo centro se adivinara un ombligo que bien podía semejar una plaza. En siete años de trabajo apareció el texto de una novela. En el comienzo hubo una suerte de diálogo entre Borges y Martínez Estrada, finalmente ellos abrieron la historia con dos epígrafes que robé como amparo. El resto se diseminó, se pulverizó. Los afanes de un comienzo tienen por destino la disolución; la escritura es un animal salvaje, no resiste planes, la lengua íntima siempre traduce de otra forma. Yo acepto esa convulsión, no me es posible domarla. Pero allí está, más que en otros trabajos, la marca de lo que en mí podría haber sido la gauchesca. La novela tuvo dos nombres, el primero fue El mapa de las cinco esquinas. A la hora de publicarla (once años después) consideré más cercano a su nombre secreto –ése que en su potencia ignoro- este otro: Cómo sopla el Serpentino cuando no canta el gallo.

Y así fue.

Notas sin numerar

La gauchedad:

“el gaucho es una confusión que desfigura la notoria verdad.”  J.L. Borges: La poesía gauchesca. Pág 179. O.C. Emecé, 1974

“el gaucho es un objeto ideal, prototípico. De ahí un dilema: si la figura que el autor nos propone se ajusta con rigor a ese prototipo, la juzgamos trillada y convencional; si difiere, nos sentimos burlados y defraudados. (…) Fierro es el más individual, el que menos responde a una tradición. El arte, siempre opta por lo individual, lo concreto; el arte no es platónico.”   J.L. Borges: La poesía gauchesca. Pág 180. O.C. Emecé, 1974

El arte no es platónico, más los efectos-afectos que produce, tal vez sí, por ejemplo se podría decir que la mayoría de los argentinos sabe qué diablos es el Martín Fierro, al tiempo que la mayoría no sabe qué diablos es diablos. Entonces se está a mano: MF también es la sombra que se proyecta en la caverna.

El trastabillar de la lengua:

“un diablo se cayó al fuego/ otro diablo lo sacó/ y otro diablo le decía/ ¿cómo diablo se cayó? Cancionero tradicional argentino H.J. Becco. Pág 207. Edicial S.A. 1994 (Hachette, 1960)

¿Quién es este que se arrima/trayendo su rancho encima?

(el caracol)

Cancionero tradicional argentino –adivinanza- H.J. Becco. Pág 295. Edicial S.A. 1994 (Hachette, 1960)

 

En el trastabillar de la lengua sucede la experiencia del lenguaje. En los versos populares, en las payadas camperas, en los dichos y refranes, habita “lo otro” lo que podría quedar al margen. Lo marginal/ lo no familiar encarnado en la lengua se deja oir y gana terreno cuando entra en su lúdica y se zafa de la pereza funcional del idioma.

Zambas y paisajes:

En los ojos de las llamas/ se mira solita la luna del sal/y están los remolinos/en los arenales dele bailar/Ramito de albahaca/niña Yolanda ¿dónde estará?

(Gustavo Leguizamón- Manuel J. Castilla. Zamba de Lozano)

 

Entre las sendas del monte/Trapito de nube oscura/ Desflecándose en el aire/ Va la sombra de la viuda/ La dibuja el refusilo/ le moja el pelo la lluvia.

(Gustavo Leguizamón- Miguel Ángel Pérez. Zamba de la viuda)

 

En su lomo de distancias/No cabalgaba ni un pájaro/Era un fantasma ese viento/Un alma en pena penando.

(Roberto Yacomuzzi- Juan Falú. Confesiones del viento)

 

Cuando se abandona el pago /Y se empieza la repechar/Tira el caballo adelante/y el alma tira pa´ tras.

(Atahualpa Yupanqui. La añera)

 

Albornoz pasa silbando/ una milonga entrerriana/ bajo el ala del chambergo/ sus ojos ven la mañana.

(J.L. Borges- José Basso. Milonga de Albornoz)

 

Ezequiel Martínez Estrada

“Hay en la Argentina un viento, un huracán que corre hacia el Atlántico, que descuaja los árboles de la llanura y derriba las casas de los agricultores. Lo que tiene raíz es arrancado de cuajo; lo que está superpuesto y aplanado sobre el suelo, permanece. No hay árboles corpulentos; el ombú es una enorme planta que da sombra maléfica, y prosperan los arbustos achaparrados. El hombre debe tenderse de bruces para no ser derribado…”

Febrero 1960, discurso en la cena de celebración del XVIII aniversario de Cuadernos Americanos. México.

 

“Se diría que el viento es el cuerpo sensible de  la soledad…”

  1. Martínez Estrada, Radiografía de la pampa. 1933 Editorial Losada, 2001

 

Pizzicando la mandola

José Hernández: Martín Fierro en traducción de Folco Testena Pág 261. Ediciones Libra, 1970

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Libros publicados>> Walser, el traductor del limbo –un ensayo Editorial Bajo La Luna 2017 Cómo sopla el Serpentino cuando no canta el gallo (novela ) Editorial Bajo La luna, 2012;  La sombra del animal (relatos) Bajo La luna, 2008 – Primer Premio Fondo Nacional de las Artes; Metáforas del lunar conyugal (relatos) Editorial Nueva Generación, 2000.

En preparación: La Lengua del desierto. Notas- Editorial Buena Vista, Córdoba, 2019

 

 

Fragmenos de novela

Por Guadalupe Faraj

Hay olor, vaho a amoníaco, Peggy se tapa la boca, tose, frunce la nariz igual que un conejo o una ardilla. A veces ella misma siente que es como uno de esos animalitos inquietos que ya no existen (¿o existen y no sabe donde están?). En otra época, cuando los destinos de Paez eran los de un militar en ascenso, y Boris no había nacido, ellos viajaban de una base a otra por caminos de fauna verde y húmeda donde había animales echados en el

pasto.  Vacas mirándolos pasar como si viajaran arriba de una nave llevando prosperidad de un lugar a otro. Paez frenaba la camioneta para estudiar el mapa y ella abría la puerta, se descalzaba, caminaba sobre el pasto carnoso como las hojas de una suculenta, un colibrí aleteaba cerca, o no, tal vez está exagerando, no un colibrí, pero sí una mariposa. Cómo fue que las mariposas se convirtieron en bichos de alas grises que apenas levantan medio metro de vuelo se deshacen en el aire, caen al piso, muertos. Una vez, por el camino se cruzó una liebre, fue un momento dichoso, pudo verla correr, estirar las patas y avanzar elegante. Qué pacificador identificarse con ese animal, el corazón se le expandió como queriendo correr detrás. Cuando le venía nostalgia de esa época en la que habitaban bases militares que eran paraísos, la recordaba en voz alta, hablaba durante horas. Boris la observaba y ella lo esquivaba. Lo mantenía a la distancia, le contaba algunas cosas, no muchas, las que ella quería y no las que él preguntaba. ¿Por qué no podemos ver todo eso?, decía él, y Peggy seguía de largo como si estuviera arriba de la nave de aquel entonces. Los pensamientos eran más ligeros que las preguntas de su hijo. Pero ahora se siente chiquita -no es más una liebre elegante-, y no puede evitarlo. Golpea con un puño la camioneta, por qué el mundo se volvió igual a la tela de un vestido viejo. Quiere gritar, que ni Paez ni Boris le digan una sola palabra, que ni se enteren de que está en la camioneta, quiere hacer lo que se le dé la gana y no sentir que alguien la metió adentro de una caja dejándole cinco agujeros para respirar y un poco de espacio para moverse.

* * *

Revuelve la comida haciendo círculos con el tenedor. Por momentos lo apunta al aire, parece que va a dar una bendición. Podría ponerse a hablar, pero si lo hace corre peligro de encarar pendiente abajo y no frenar, le llevó toda la tarde componerse del llanto en la camioneta. Tiene que reprimir las ganas de decirle a su marido que se está comportando como un cabo raso. ¿Por qué tienen que dormir en el casino de oficiales teniendo una casa?  Su marido no insiste porque piensa en clave de guerra: a nadie se le ocurriría decir que una trinchera es incómoda o que no quiere dormir en un catre. Por cosas así lo odia. El olor a amoníaco la está dejando tonta, es como si alguien le hubiera abierto una zanja en la cabeza y le entraran pensamientos nuevos: se está cansando de seguir a Paez. Los llevó a este páramo que tranquilamente podría ser el lugar de los muertos. Revuelve la comida. Sobre la pared que tiene enfrente hay un cuadro negro. Su hijo la mira, no va a sacarle la vista de encima hasta que ella se meta la carne de charata en la boca. Peggy golpea el plato con el tenedor. ¿Qué pasa, hijo? Quiere decirle. No tengo ganas de comer esta inmundicia, tampoco tengo amor para vos.  Apenas me alcanza el cuerpo para sostenerme.  Eso quiere decir. ¿Por qué nunca se le había ocurrido?  Acaso la cercanía con la muerte le traiga ideas reveladoras.  Si no quiere comer, no va a comer. Si quiere ponerse el plato de sombrero, si quiere pararse y saltar arriba de la mesa. ¿Qué? Deja caer los hombros, siente que le cabe más aire cuando respira. Por supuesto, no tiene obligación de querer a su hijo. No sabe si lo que acaba de descubrir la emociona o la entristece, otra vez se le cierra la garganta.  No importa, la duda le limpia los pensamientos y eso le parece bien.

* * *

Elige un catre, se acomoda arriba de la lona tensa sostenida con resortes, es un catre duro como cualquier otro. Busca un pomo con crema de cara, cierra los ojos y se la esparce hasta que la piel se cubre por una fina capa verde. La crema se va secando y endureciendo sin que ella pueda hacer el mínimo gesto. Esta quieta, deja que vuelva el recuerdo que aparece cada noche. Tenía veinte años y la cara cubierta con la misma mascarilla verde. Estaba en una sala junto a otras mujeres, algunas se ponían barro en la piel, probaban con piedras calientes o se acostaban por media hora debajo de lámparas que echaban luz violeta, otras se pasaban limas o cera hirviendo sobre las piernas, los brazos. Era el concurso anual de pieles, ganaba la que tuviera la piel más limpia, sedosa y fina. También era el lugar donde se juntaban civiles y militares a elegir mujeres. Peggy no sabía qué prefería: el mundo civil no tenía tantos riesgos como el otro, había comida y luz asegurada, pero también era monótono, hasta las flores aburrían. El militar en cambio podía convertirse en una porquería o en un paraíso de alto rango, viajes de una base buena a otra mejor y fiestas. Tenía posibilidades de ganar el concurso, había estado un año entero bañandose en piletones de leche tibia, había comido zanahorias tiernas que ella misma sembraba y cosechaba en las macetas de su casa. Repasaba este recuerdo cada noche hacía veinte años: los días en que odiaba a Páez, no sabía si era un buen recuerdo o la certeza de que había tomado la peor decisión de su vida. Las mujeres se formaron una al lado de la otra arriba del escenario. Había gente en el público que miraba una pantalla colgada del techo. Cinco jurados. Un secretario que pasaba un sensor sobre la cara, los brazos, las piernas y espalda de las participantes. Era el turno de ella, el secretario le deslizó el aparato tibio. Peggy pudo sentir los pelitos erizándose, un cosquilleo. En la pantalla salió el número tres: Pieles tipo 3. El público aplaudió. El secretario le pasó el sensor por la espalda y el número continuaba estable. Uno de los jurados asintió con la cabeza. Pieles tipo 3. Peggy estaba en el primer puesto. Llegó el turno de la siguiente. La chica dio un paso adelante. El secretario se acercó con el sensor, se lo pasó por la espalda. Peggy no quiso mirar al jurado, corrió la vista, se quedó en la primera hilera del público, saltaba de un asiento a otro, mujeres y hombres callados esperaban que un número apareciera en la pantalla. El sensor de piel sonó más alto: Pieles tipo 2. El publico se paró y aplaudió. Peggy sonrió porque la estaban filmando y no era bueno mostrarse desagradecida. Dió un paso adelante, empezó a caminar en dirección a la chica, la espalda recta, las piernas estiradas como si fuera un caballo de salto, uno de esos animales que no ve hace tiempo. Se enfrentó a ella. Era más flaca, la piel transparente parecía que iba a cuartearse. Peggy intentaba sonreir, pero la boca se iba a un gesto extraño, una mueca ridícula. Levantó el brazo para estamparle la palma abierta en medio de la cara, pero alguien salió del costado del escenario y la atajó. Era Páez, la había elegido a ella.

¿Existe una melancolía de izquierda?

Por Gerardo Oviedo

Hay una frase de El Mito Gaucho de Carlos Astrada (1948) que sólo desde hace unos pocos años acude a mi conciencia lectora, o si se prefiere, a mi práctica letrada, con una intensidad afectiva especial. Es un pasaje referido al 17 de octubre de 1945, y supongo que no disgustaba a Nicolás Casullo: “un día de octubre de la época contemporánea –bajo una plúmbea dictadura castrense-, día luminoso y templado, en que el ánimo de los argentinos se sentía eufórico y con fe renaciente en los destinos nacionales”, “aparecieron en escena, dando animación inusitada a la plaza pública, los hijos de Martín Fierro”. “Venían desde el fondo de la pampa, decididos a reclamar y a tomar lo suyo, la herencia legada por sus mayores”.

Me interesa, antes que la carga reparadora de la última parte de la frase, más bien la idea de que hay un legado donador que nos pertenece previamente, y que tenemos derecho a reclamar, pero en forma de elección, apropiación, intervención, y en fin, decisión. Hay aquí un arduo nudo dialéctico de libertad y destino, contingencia y mandato que no cabe ni siquiera insinuar. Pero tiene que ver, entre otros aspectos con lo que Borges propuso, en términos ya canónicos, es decir, ineludibles, como el tema del escritor argentino y la tradición. No voy a desarrollar este flanco.

Lo que sí quisiera proclamar, desde el comienzo, es que actualmente me represento a Casullo como uno de mis mayores. Aclarando que no se trata de un sentimiento personal, ni mucho menos, por recostarme en un linaje biográfico. No en mi caso. Diría sencillamente que uno de mis mayores, hoy, es un libro: Las cuestiones (2007). Preciada gema filosófica de la tradición argentina. Lo que voy a comunicar aquí será una justificación fragmentaria y unilateral aunque no insincera ni evasiva de mi aserto, sin poder murmurarlo, musitarlo como un salmo laico, contrito y sereno. La historicidad argentina me lo impide. Su presente nos exige palabras fuertes en cuerpos frágiles, como alguna vez dijera Horacio González de Carlos Astrada.

Si se me permitiera, concibo esta intervención de hoy como un desagravio a Casullo. Víctima de una filípica de Juan José Sebreli en su Dios en el laberinto, crítica de las religiones. Devenido inquisidor ilustrado, ungido agnóstico, en un momento Sebreli lanza una diatriba, antes de citar Las cuestiones. Leo la página 460: “El anticapitalismo romántico fue un descubrimiento tardío de los intelectuales académicos argentinos que injertaron ese producto centroeuropeo del siglo XX temprano al neopopulismo latinoamericano del siglo XXI. Un ejemplo de estas bizarras ascendencias lo da el grupo de escritores y profesores de filosofía y ciencias políticas previamente reunidos en las revistas Confines y El ojo mocho –dirigida por Horacio González-, y luego agrupados en Carta Abierta, que realizaba sus reuniones en la Biblioteca Nacional, dirigida por González, para apoyar el ciclo neopopulista liderado por Néstor y Cristina Kirnchner. Su fundador fue Nicolás Casullo, de origen distinto de los demás participantes: pertenecía a una familia de metodistas. Por un tiempo fue él mismo pastor metodista y descubrió en la Biblia las raíces del cristianismo revolucionario, como Bloch y Benjamin lo habían visto desde una lectura mesiánica judía; esos autores incidieron, igualmente, en el movimiento argentino”.

No quiero limitarme a replicar este desdén chocarreramente infamante. Porque en su socarrona invectiva, Sebreli advierte algo fundamental, procedente, en signo inverso, de un frente político-ideológico antagonista, pero susceptible de reconducirse temáticamente en clave afirmativa, virtualmente potenciadora, si seguimos una regla luckacasiana que Jacob Taubes aplicara para Carl Schmitt, y entre nosotros Oscar Massota: arrancarle a la derecha sus tesoros conceptuales. Las cuestiones, comprende cabalmente Sebreli, incide en el surgimiento del kirchnerismo como implicancia teórica de un movimiento argentino revolucionario cuya matriz de secularización occidental es el mesianismo escatológico judeo-cristiano. El kirchnerismo, sindica el viejo ensayista, imagina una apocalíptica profana. Pero lo que en Sebreli es un denuesto comporta un elogio. Dicho una vez más: el que dice que Casullo recupera a Bloch y Benjamin para interpretar el modo de aparición utópico-redencionista del primer kirchnerismo es Sebreli. Dios en el laberinto, panfleto de 700 páginas alegóricamente dirigido en contra del Papa Francisco (a quien evita nombrar todo lo que puede), no olvida lo que corresponde anotar a la cuenta de Casullo: el aura mesiánica del kirchnerismo emergente es obra suya, al menos en lo que concierne al sentido salvífico último –el salto al Reino profano del anticapitalismo igualitarista- que impulsara el neoperonismo centro-izquierdista de Néstor. Y el hecho de que el desvelo de Sebreli en 2017 apunte adversativamente al surgimiento de Néstor adquiere precisamente hoy una singularidad impensada, una fuerza kairológica inusitada que ni Sebreli, ni nosotros, hubiéramos previsto para este nuevo octubre soleado de 2019. ¿Tanto se equivoca el denuncialista reaccionario Sebreli, o el ex contornista sartreano, involuntariamente profetiza un acontecimiento sustantivo y vital que debemos saber captar y recapturar?

Voy a tomar una hebra aparentemente menor de Las cuestiones, porque habilita un espacio de tránsito hacia una de sus vigas maestras: el problema de la guerra civil revolucionaria en tanto experiencia de redención aquende el Cielo asaltado. Ese filamento casi perdido entre las páginas de Las cuestiones, pero filoso como una espina cada vez que asoma, porta el nombre de Sarmiento. Sería como abordar la cuestión del intelectual revolucionario, no sobre el firmamento iluminado de llamas que cubre lo que Enzo Traverso denomina “la era de guerras civiles” del breve siglo XX europeo (en su libro A sangre y fuego), sino sobre el resplandor, más lejano pero no menos intenso, de nuestro destino sudamericano, si se me acepta el tópico borgeano.

Podría sorprender la operación canónica de Casullo frente al Facundo, en tiempos actuales en que, comprensiblemente, Fierro ha vuelto una vez más a ganar la partida, incluso y quizá en primer término, en la cultura áulica de la investigación académica. Pero en Las cuestiones es el Facundo el texto que retorna recurrentemente como un síntoma, la letra cartográfica –ya se ha dicho mucho sobre esto- que traza un espacio de destino. ¿Por qué? Bueno, se debe a que para Casullo, el Facundo es el escrito fundador de la nación revolucionaria, su invariante textual último. Revolución que Sarmiento quería refundar, si acaso fue el Plan de Operaciones la que la funda, como en Las cuestiones parece sugerirse. A tal punto el Facundo funciona en Las cuestiones como una invarianza oblicua de la temporalidad nacional (sin necesidad alguna de autorizarse en Martínez Estrada) que el drama biográfico-político que subyace en la correspondencia Perón-Cooke es leído desde el dispositivo hermenéutico que inaugura el Facundo. Y porque lo que no pierde de vista Casullo, es que las peripecias trágicas de Facundo Quiroga se desenvuelven, hasta el episodio de Barranca Yaco, en cuatro capítulos que llevan el mismo título: “Guerra Social”. Y como subtítulos, sus sucesivos campos de batallas: La Tablada, Oncativo, Chacón, Ciudadela. Hay un estrato narrativo profundo cuya enumeración organiza la serie semántica agonal de Las cuestiones, proyectada (“amplificada”, como se dice en la tradición retórica), desde Sarmiento a la era de las guerras sociales revolucionarias del siglo XX. Secuencia de la guerra civil mundial prefigurada por Sarmiento en el siglo XIX sudamericano. No como abstracta legibilidad ascendente de una espiral de acontecimientos, sino como hermeneuta invertido de la barbarie moderna concretizada. Escenificada como margen y desvío desde esos capítulos del Facundo.

Casullo describe lo que considera un periplo cumplido. Manifiesta que para “Sarmiento y su Facundo, en el corazón del siglo XIX, la revolución era una figura durmiente en sus bárbaros caudillos, que explicaba en su sonoridad acallada o profetizada el movimiento escénico político consecuente entre los pasados y los futuros, entre memorias y errancias, sueños y realidades, extravíos y destinos de cada situación nacional y de sus actores dominantes y dominados”. Casullo valora a esta “revolución primera” como el “plexo amparador de las otras revoluciones posibles con que la nación se completaría en el itinerario de una extensa ruta que unió los diferentes ‘pueblos’ de una crónica: el de mayo, el del caudillaje, el del anarquista del principio de siglo, el del Parque radical, el del extraviado en la década infame, el del peronista, el de la liberación; un viaje tumultuoso, fallido, pero de inmensos contenidos democráticos, y que ahora devino historiográficamente parte de la tradición moderna desde hace al menos casi tres décadas” .

Junto a leer el siglo XX occidental desde sus confines facúndicos, Casullo declara que es con Sarmiento que “se tiene la primera escritura política de orden fundacional sobre la Argentina en que la experiencia de la revolución para el autor devino ‘enigma’, ‘revolución desfigurada’, revolución que canibalmente se habría comido a sí misma conjuntamente con una <>”. Como sucede con Sarmiento, refiere Casullo, otro “antecedente significativo como estudio de la revolución frustrada que adquirió relevancia en la historia argentina, en este caso en el siglo XX, fueron los muchos trabajos del político, ensayista y teórico peronista John William Cooke” .

Bien, en Las cuestiones es Casullo quien asume el lugar enunciativo posrevolucionario de Sarmiento y Cooke. Es como creo que podría interpretarse un pasaje crucial de Las cuestiones que viene en seguida, y es cuando Casullo aclara que “el análisis de Cooke sobre la experiencia del populismo peronista encontró su principal sustento explicativo en la idea de la revolución cancelada, pero que en su claudicación abrió la posibilidad de un análisis teórico crítico de la historia en cuanto al papel posterior de los actores sociales, a la comprensión de los intereses en pugna, a las causas de las muchas violencias políticas que atravesaron luego la crónica argentina”, ya que tanto “en la visión examinadora de Sarmiento como en la de Cooke, separadas por más de un siglo de distancia, se destaca el soporte reflexivo de la figura de la revolución revocada”.

¿No sería éste acaso el soporte reflexivo fundamental de Las cuestiones, que en pleno ascenso del kircnherismo se interroga por la “revolución revocada”, cuyo linaje argentino recogería el propio Casullo desde Sarmiento y Cooke? Si es que estas palabras dirigidas a Sarmiento –pero no menos congruentes con Cooke- son las que Casullo dirige alusivamente a la experiencia kirchnerista: “el sueño de un progreso que deje atrás la desolada y deshabitada pampa de la revolución inconclusa, la ambición de politizar su vida en extremo”.

Ya promediando, no olvidemos que Sarmiento es el poeta político que devela antropológicamente la revolución como un estado de guerra social prolongada (que en las largas marchas del siglo XX se sustituya la sangre equina por la carrocería de acero no hace más que confirmar esa distracción predictiva). La enumeración que recojo a continuación de la voz de Casullo no surge de una plegaria, precisamente. Resta del eco metálico de viejas arengas y desde luego voces de mando, que sin embargo nuestro ensayista nunca baja de su cruz invertida, ni mucho menos, expía vía contexto, a cargo de un relativismo neutralizador de temporalidades conjuradas. Casullo recuerda que “el acontecimiento revolucionario leninista se consideró parte de una extensa guerra inevitable que recién comenzaba”, y que “llevó la estrategia y la táctica política hacia nuevos y tensos manuales bélicos sobre largas marchas de combatientes rurales, sobre insurrecciones armadas y confrontaciones contra los capitalismos ‘fascistas y no fascistas’: sobre futuras pero muy próximas guerras inevitables”. Se trataba de “referencias duras, insertas en tiempos excepcionales”, encarnadas por un “partido revolucionario proto-Estado dictatorial”, en tanto “vanguardia férrea, cabeza de un ejército de masas, espacio reducido de cuadros portadores de la máxima e indiscutible conciencia y del sacrificio que podría proveer la cultura moderna: el militante convencido”. Desde este cuadrante marxista-leninista se produjo, dice Casullo, “la idea de revolución que imperó en las montañas chinas, en las selvas vietnamitas, en los desiertos árabes, y también terminó imperando en aquellas experiencias de las sierras centroamericanas”, pues la “revolución verdadera debía asumir la respuesta de la violencia de un capitalismo mundializado en perpetuo estado bélico y en sociedades masificadas, historias donde ambos bandos no reparaban en medios, formas, muertes y crueldades para alcanzar los objetivos”. Y entonces, una consideración nada melancólica: paradójicamente, en “los años sesenta y setenta, las variables maoístas, las gramscianas críticas, las juveniles y universitarias protestarias, las guerrillas guevaristas, las insurreccionales, las cristianas armadas y las nacionalistas de liberación llevaron a la práctica el encuadre leninista como diseño organizativo de fondo, difiriendo en ciertas metodologías”.

Como oímos, Casullo repone todos los nombres del espacio de experiencia abismado al futuro de una juventud entregándose, prodigándose, ofrendándose en ablución a la tromba devorante del tiempo-eje liberacionista, que succiona toda brizna biográfica, temblorosamente carnal, en el torbellino axial del sentido de la historia cristológicamente inculturado, terrenalmente trascendente, ya sin ningún trasmundo a la vista que no sea la promisión anticipatoria de los cuerpos combatientes, gloriosamente dispensada –gloria entre pares- de tener que responder por los medios disponibles.

Sobre este trasfondo bélico-político, se comprende el modo en que Casullo se acompaña de Raymond Williams –pero podría ser otro envío- para admitir, sin tono penitente ni confidente, pero sí con recapacitación reflexiva y prescindiendo de virajes perifrásticos, la necesidad de ver, dice, “la revolución en su tragedia moderna”, esto es, no ya “sólo sus radicaciones fundadas en fraternidad y justicia, sino la contratrama de sus legitimidades”, cuando sobreviene el “peligro de perder de vista la delgada línea divisoria donde ella deja se ser emancipación y deviene su contracara”: asistir a “un mundo signado permanentemente por la confrontación y la sangre”; aceptar “las muertes y las cuotas de crueldad que exigía la cada vez más acentuada guerra de clases”.

Frases como éstas, sin expiación y menos autocomplacencia, proliferan en el texto, algunas verbalizan paños enrojecidos y otras costras coaguladas. Otro ejemplo, más cercano a Sangre y Fuego. De la guerra civil europea, de Enzo Traverso (digo yo, infringiendo la convocatoria bibliográfica de hoy, pero no tanto). Ahora beneficiándose de Massimo Cacciari –porque Casullo no emplea citas de autoridad, sino de solidaridad testimonial-, reconoce que “había nacido el siglo de la catástrofe europea, y la guerra saturó el pensar las políticas enfrentadas interna y externamente”.

En un momento de Las cuestiones se nos revela una de sus claves determinantes: “La hondura de lo extraviado en el horizonte no tiene nada que ver con una melancolía o revalorización de una revolución, que quedó en sí misma como dato inapelable” (122). Si no me equivoco demasiado, esta frase define también una cifra decisiva del kirchnerismo. Pero no soy yo el más indicado para proseguir ese hilo de sentido. Solamente me resguardaría de no olvidar que con aquella predicación, Casullo participa de esta estructura de experiencia expectante que refiere Enzo Traverso en Melancolía de izquierda: “La melancolía de izquierda no significa necesariamente una nostalgia por el socialismo real y otras formas arrasadas de estalinismo. Más que un régimen o una ideología, el objeto perdido puede ser la lucha por la emancipación como una experiencia histórica que merece recordarse y tenerse en cuenta a pesar de su frágil, precaria y efímera duración. Desde este punto de vista, la melancolía significa memoria y conciencia de las potencialidades del pasado: una fidelidad a las promesas emancipatorias de la revolución, no a sus consecuencias”.

Para ir terminando. Hay una tema folklórico que quiero evocar aquí. Es el Escondido de la Alabanza, cuya letra pertenece a Carlos Carabajal. Tomo ahora una estrofa (que me resuena deleitosamente en la versión del dúo Coplanacu). Es completamente cristiano-americana. Dicen sus austeros versos: “Polvaderal, sigo tu luz/ quiero llegar hasta tu cruz”. No es ésta la forma de religiosidad popular que Casullo vendría a plantear en una celebración incauta, expurgada de su historia de violencias soteriológicas. Pero jamás clausura el horizonte del fulgor mesiánico que se abre en el polvaderal todavía no del todo asentado que dejaran nuestras seculares guerras sociales, si se considera nada más, contrafácticamente cierto, el año 2008. Fecha que no pudo ser tematizada ya en Las cuestiones, si la llanura de las hierbas prodigiosas hubiera finalmente invadido la ciudad, cubriéndola hasta el ahogo final con sus napas expuestas de resentimiento y represalia (contrafigura corporativo-empresarial de la insurrección agraria con que soñara Astrada en su reversión maoísta de El Mito Gaucho, 1964). No sería ésta la percepción exacta de Casullo, quizá. Pero me basta con tomar nota de una observación de Horacio González en su libro Kirchnerismo: una controversia cultural, a saber, que si Casullo era “un inventor clásico; disconforme con sus invenciones”, el extraño colectivo Carta Abierta mantiene su espíritu “operante en el recuerdo”.

A mí, mero lector anarcoindivualista pero acuciado por el drama democrático-popular de la Nación (que creo también entraña el problema teológico-político fundamental),  no me corresponde decir más al respecto. No obstante, no me sería impedido señalar que ese inventor inconformista es alguien que en Las cuestiones profiere lo grave, y lo gravísimo. Revolución, guerra, Dios. Las cuestiones es de esos libros aureolares por el cual toda aproximación hermenéutica tiene algo de ingreso profanador, y su tentativa de explicarlo, de tabú lingüísticamente estremecedor. Y ningún comentario exegético estaría a la par de la coloquialidad cultual, oralmente pastoral de Las cuestiones, que no fuera descifrando el resto escatológico que relampaguea en su modo ensayístico de declinar el idioma argentino, ese mito elocutivo de la nación dicente que también consagra su politeísmo comunicológico, el emblema polifónico de una responsabilidad pública.

Para concluir, una estrofa más de aquel escondido de la alabanza. “Ya se escucha en lontananzas el gemido de un violín/ con sus notas va llamando al promesante a cumplir”.

Yo no soy quien para reclamarle a Las cuestiones –es decir, ya no podría confiarme sin más a una lectura fideísta de este ensayo catedralicio- que en los gemidos violinísticos de su retórica nacionalista libertaria, si puedo decirlo así, se cumpla la buena nueva de su alabanza promesante, laica y cotidianizada, acósmica, terrenal, humana demasiado humana. Necesidad inaudita de honrar la existencia, es una de esas oraciones profanas. Cuidar el antiguo lenguaje sagrado con que el hombre le puso sentido, imaginación y capacidad de escucha a la zarza ardiente, es otra. Ello se lee en la última página de Las cuestiones. Creo poder transmitir sin fingido misticismo pero con suficiente veracidad que esos enunciados emiten la luz mesiánica que algunos de nuestros mayores (lo constato una última vez aquí, esos mayores que son ciertos textos argentinos) dejaron centelleando en el polvaderal. Que todavía no se asienta. Muchas gracias.

Because the night

Por Pia Bouzas

Era salir de casa. Sentarme en el asiento de copiloto del Chevrolet o del Citroen y aceptar que ella manejara sin destino fijo. Solo fuera de la ciudad, solo unas horas, esa era la clave. Podía ser un domingo o un día de semana, a la vuelta de la escuela. Dependía de mi madre, si hacía sonar las llaves entre los dedos o las buscaba mientras hablaba por teléfono, ese día nos íbamos. A veces llegábamos hasta algún pueblo y a veces coincidía con

alguna celebración, una feria popular, una kermesse, y todo parecía tener más sentido; otras simplemente llegábamos hasta el medio del campo. Estacionaba en la banquina y nos bajábamos. Mirábamos lo que tuviéramos enfrente; alguna sierra, un campo cultivado, la llanura seca o una ruta sin curvas. Lo importante: que los ojos no encontraran final, respirar otro aire; incluso mejor si hasta cambiaba el clima, si salía el sol o nevaba; ver que había mundo más allá de casa, decía ella. Lo repetía como un mantra, aunque yo me lo sabía de memoria. En la guantera del auto teníamos un arsenal de casetes para no depender de las radios locales. Siempre en constante reposición porque después de cierto uso las cintas se trababan, se enganchaban en el cabezal o patinaban como si el cantante se estuviera derritiendo. Al final se plegaban como el film de una película vieja y había que estirarlas, aplanarlas y volver a enrollarlas haciendo girar un lápiz en el carrete del casete, pero al rato ya no se podían usar. A medida que se iban rompiendo los dejábamos en algún restaurante de la ruta. En esos restaurantes donde parábamos a tomar un café con leche o comer un sándwich. Donde había una camarera desalineada o triste, y un hombre con panza atrás de la caja registradora. Restaurantes donde nunca había mucha gente. Los dejábamos sobre la mesa cuando nos íbamos, como si no nos diéramos cuenta, como si fuera algo que había quedado olvidado y que después lamentaríamos. Algo que quizás la camarera al principio guardaba en el bolsillo de su uniforme o ponía sobre la barra por si volvíamos a buscarlo, algo que quizás después se llevaba a su casa, que al final desechaba con algún diario viejo. La guantera de todas formas siempre estaba llena. No sé de dónde aparecían, si ella los compraba o alguien se los grababa. Sonaban durante todo el viaje. Era lo único que se escuchaba en el auto porque prácticamente no hablábamos, o si lo hacíamos era para señalar la aparición de una liebre o de un caballo suelto. Decíamos uy, un caballo salvaje, pero en realidad siempre tenían una soga atada a una pata, o un cabestro, o algo. Nunca encontramos un caballo salvaje. Había canciones para escuchar y otras para cantar a los gritos. Esta que ahora escucho otra vez, después de muchos años, ella la cantaba apasionadamente. Cada vez que aparecía la cantaba con la misma pasión. Con los primeros acordes se preparaba. Largaba el humo del cigarrillo por la ventanilla baja, tamborileaba en el volante y movía la cabeza. Because the night belongs to lovers, because the night belongs to lust. Y repetía. Yo apenas alcanzaba a entender la palabra because por más que ya estuviera habituada al inglés; ella en cambio la sabía desde el comienzo al final. El estribillo tenía la fuerza de un himno. Ahora me pregunto si era la letra lo que la conmovía o la voz de la cantante, como hambrienta, con el cuerpo tenso, un animal a la espera. ¿Quién canta?, me pregunta de repente mi hija mayor y su pregunta es tan intempestiva como su pelo violeta.  Eargasm es el comentario que alguien dejó en internet al video, descubre al googlear la canción de Patti Smith. Pienso que la palabra es perfecta y extraña, la combinación propia de un idioma extranjero. Sigo el ritmo con los dedos en el volante, y es mi hija quien se deja llevar por la corriente del estribillo como si fuera un himno. Es salvaje, dice. Es un domingo de fines de invierno, y el auto se desliza con suavidad, en parte porque es el primer auto que tenemos que no es tan viejo, en parte porque la ruta está en excelentes condiciones, como casi todas en este país ajeno. Mi hija mayor viaja en el asiento de copiloto. Se mira insistentemente en el espejo para reconocerse en su peinado nuevo, estallado. Mi hija menor mira por la ventanilla, no participa de la conversación, escucha su propia música con unos auriculares rosados clavados como vincha en su cabeza infantil.  A la derecha se extiende un campo amarillo ocre, recién cosechado; los fardos de pasturas quedaron allí, como desparramados. Pero nada más lejos del desorden, tienen formas tubulares perfectas, de boca ancha, y están recubiertos con un nylon blanco para protegerlos de la lluvia. Es un paisaje común que sin embargo remite a un mundo extraño. De repente, mi hija menor se quita los auriculares, me toca en el hombro y dice: hay una nube redonda perfecta en el horizonte. Miramos. Es verdad. Es tan blanca. Una señal, dice la más chica. Y al rato ¿Podemos parar?

Mis hijas acaban de bajarse del auto y caminan hacia el restaurante que encontramos al lado de la ruta. Una casa de madera oscura, con alero y un cartel luminoso roto. Caminan casi a la par, la más chica apunta con el dedo hacia la nube, que sigue a la vista. Hablan entre ellas. Hace frío. Me pongo mi viejo abrigo de corderoy azul, y tanteo en los bolsillos como quien busca algo; qué tonta, ya nadie escucha la música en casetes. Las chicas me llaman desde la puerta del restaurante. Voy. El aire es filoso y estimulante. Solo hay una camioneta estacionada frente a la puerta. Estará casi vacío, como todos los restaurantes donde siempre paramos. Después de comer algo podemos volver a casa, les digo. Mañana hay clases. Me observan sorprendidas, casi decepcionadas. O seguir, dicen las chicas casi al mismo tiempo. Nos quedamos en la puerta un rato. Para tomar una decisión. Miro hacia adelante. La nube sigue clavada en el cielo, perfecta. No se ven autos en la ruta. Parece dibujada, pienso. O un sueño, dicen ellas. ¿Qué habrá más allá? La ruta gira hacia la derecha en un movimiento amplio y lento. Amable, invitando a seguir. Incluso si llega la noche.

Poemas

Por Verónica Laurino.

Estos poemas inéditos pertenecen a un futuro libro que se llamaría Universo familiar.

A la deriva.

Harta ya de policiales
me sumerjo en la paz de los poetas entrerrianos.
Tomás me habla de los cantos de Pound
los lee a las siete de la mañana
como un samurái de la poesía.
Mientras ellos se toman uno porrones.
Ian convertido en Juan
me explica en el supermercado chino
la plusvalía:
siempre todo, es a su favor.
Suspendida en la palabra góndola
me paseo por esos canales comparando precios.
Compro atún desmenuzado y al natural
para mi gato Groucho
que en su enorme sabiduría
decidió dejar de comer alimento balanceado.
Vio a su madre morir de insuficiencia renal.

Cuidados.

Mi padre improvisa un cerco
alrededor del árbol de nísperos,
no es para evitar
el robo de sus frutos
sino porque protege
el nido del zorzal
que este año decidió
vivir en el perfume de sus ramas.

Las recolectoras.

Fuimos a recoger flores de manzanilla.
Mi papá insistió y nos llevó en el auto hasta allí.
Mi mamá nos enseñó a poner los dedos como una tijera
de abajo hacia arriba arrancamos las hermosas margaritas.
Caen en la palma de nuestras manos
las guardamos en una bolsa de papel.
Nos queda por un momento su perfume.
Lo principal es retirar la parte amarilla del centro.
Somos tres las recolectoras:
Mi madre, la experta;
yo, siempre fui la curiosa
y Mercedes, mi sobrina niña.
Los perros no nos siguieron
por haber venido en auto.
Mi papá piensa en todo.
Estamos en el campo de los polleros,
esos misterios de las semillas
que hacen que aquí,
en medio de esta pampa inmensa
sigan creciendo estas flores silvestres.

Verónica Laurino nació en Rosario en 1967 y actualmente vive allí, trabaja de bibliotecaria. Su primera novela “Breves Fragmentos” ganó el Concurso del Concejo Municipal y se publicó en 2007. Su libro de poesía “25 malestares y algunos placeres” se publica en Ciudad Gótica en 2006. En 2007 publica por Vox su libro de poesía “Ruta 11” y en coautoría con Carlos Descarga sale en editorial Alción “Comida china”. La novela infanto juvenil “Vergüenza” escrita junto a Tomás Boasso se publicó en Sigmar en 2011. En 2013 Erizo publica la novela “Jardines del Infierno”. En 2014 sale “Sanguíneo” escrito junto con Fernando Marquínez (Baltasara) y en 2016 publica un libro para niños “Paren de pisar a ese gato” (Libros Silvestres) En 2019 publica dos libros infantiles: “Mula” (Ciudad Gótica) y “Alimañas en la casa nueva” (Libros Silvestres). Participó de numerosas antologías: “El libro oscuro”, “Nada que ver”, “De la calle inclinada”, “Los reinos de Poesía” y también de numerosas lecturas y festivales.

 

 

El poeta constante

Por Jimena Néspolo

Aquello era bastante bochornoso y nadie se imaginaba cómo podía terminar. Mariana había sido designada como coordinadora del Foro desde hacía unos meses; si bien no le agradaba totalmente su rol de moderadora, tampoco le disgustaba. Contaba con tiempo: sus hijos se habían independizado y su marido la había dejado pocos meses después de que se fuera de la casa el más chico. Siempre había pensado que su esposo era un hijo más y él parecía empecinado en confirmárselo. “¡Hace vida de pendejo! —le contaba a sus amigas—: va al club, sale a bailar, cambia de novia cada dos por tres”. Era como si quisiera volver a vivir la juventud, enterado de pronto de todo lo que años atrás no había hecho.

—¡Es que nos casamos muy jóvenes! —explicaba Mariana al finalizar las asambleas del Foro, cuando se hacían esas rondas espontáneas donde cada una aprovechaba para monologar sus problemas—. Entonces casarse era la única forma de que los padres te dejaran ir de casa. ¡Si no: olvídate! Y los hijos vinieron luego por obligación, con el trabajo y los horarios… ¡Ahora es muy distinto todo!

Mariana comprendía tanto a su marido que su comprensión más bien parecía una invitación a la huida. Eso le había soltado una de sus compañeras militantes; esa actitud maternal que había asumido al interior de la pareja había sellado la suerte de su matrimonio. Aunque era una mujer madura sentía que tenía mucha vida por delante y con sus cincuenta años deseaba afrontar cada experiencia como si fuera nueva. Ahora tenía en sus manos el caso del escrache al poeta editor, debía redactar la carta pública y entre una frase y otra le parecía escuchar el coro de las más jóvenes, alentándola: —¡Deconstruite Mariana! ¡Vamos Mariana! ¡Deconstruite!

¿“Deconstruirse”? ¿Qué quería decir eso? La palabrita le empezó a dar vueltas en la cabeza desde la primera vez que cayó en una de las reuniones del Foro de Mujeres, casi llevada a la fuerza por una de sus amigas de yoga que se había cansado de escuchar una y otra vez sus lamentos. De esto hacía ya casi dos años, y todavía no entendía bien qué significaba “deconstruirse”. Pero a falta de una comprensión total, Mariana se plegaba a cada una de las acciones del colectivo con la fe ciega del idólatra. Siempre había querido tener una hija mujer, y aunque sus compañeras más jóvenes se burlaran de su “maternismo” (¡otra palabreja que había aprendido ahí!), le era imposible no ver en cada una de ellas a esa hija que no se había decidido a tener. Si había que ponerse un mapamundi en la cabeza y marchar vestida con una túnica blanca chorreada de pintura roja alrededor del Congreso durante toda una madrugada y la mañana del 25 de noviembre, para conmemorar el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia hacia la Mujer: allí estaba ella, cosiendo las túnicas para decenas de compañeras e inflando los globos terráqueos antes de colocarse primera en la columna. Si había que plantarse un antifaz con plumas y un arnés de rayos solares y marchar entangada en los festejos del Día del Orgullo Gay, ¡allí estaba Mariana!: munida de conchero y de plumas en la línea de avanzada del LGBT.

Ahora se debatía entre palabreja y palabrita, viendo dónde diablos debía meter la “e” del lenguaje inclusivo, cuyo uso —le habían indicado sus compañeras— era absolutamente necesario en todas las comunicaciones del Foro, incluso en esta carta pública que estaba redactando.

Pobre muchacho, el poeta constante. Mariana no podía evitar sentir pena ante semejante idiota. Hacía quince años que gestionaba una editorial que se decía independiente, tenía un hijo con una profesora universitaria y estaba divorciado. Todo empezó con el testimonio de una de las más jóvenes del grupo, una chica que apenas superaba los veinte años se había largado a contar que el editor le había puesto una mano sobre la rodilla y le había guiñado un ojo cuando le hacía la devolución de sus poemas, con vistas a ser publicados en su editorial. Dos escritoras, ya maduras y con libros publicados, se despacharon contando escenas más subidas de tono. Hubo quien sumó comentarios sobre su esposa, que estaba en tratamiento psiquiátrico, que lo había dejado porque era violento, etc. etc. La indignación fue creciendo, como una bola de totora desovillando la ira, atizada por el grupo de lesbianas más radical. La primera chica que había denunciado el acoso estaba indignada, no tanto por el lance en sí, decía la misma implicada, sino porque el editor se había negado a publicar sus poemas; ella aseguraba que era porque no había accedido a los favores sexuales que el editor solicitaba.

—¡Despachar poemitas y publicaciones por aquí y por allá, todo para cojer! ¡Qué hijo de puta!

—¿¡Cuántos casos de acoso habrá!? ¿¡Cuántas cumpas que no se atreven a denunciar habrán sufrido a este pejerto!? —se azoraba alguna más.

—¡Definitivamente aberrante!

—¡Qué bruto miserable! Eso que llaman “amor” es un polvo no remunerado —espetaba otra, que pujaba por desterrar del Foro a las militantes Abolicionistas.

—Algo hay que hacer.

—¡Constante no sabe la que le espera! —vaticinaba una más.

—¿Y si un día Constante se violenta ante la negativa de una joven poeta y la asesina? ¿Debemos esperar a que esto suceda para actuar? —preguntaba otra.

—¡Un femicidio cada treinta horas!

—¡Este tipo tiene que pagar por todo lo que nos han hecho sufrir! —auguraba aquélla.

—Un castigo ejemplar, sí, ¡venga!

Pasaban los días y los ánimos se enardecían cada vez más. Alguien llevó a una de las reuniones el libro Cien poemas de amor y una leche desesperada, publicado en la década de los noventa, con el que Constante se había dado a conocer en el mundillo de las letras y leyó a viva voz varios de sus versos. Allí donde decía “entro a la cancha como Maradona, dispuesto a hacer un gol con la mano”, tempranamente se anunciaba al editor manoseador; en “cumplidora a las cinco, serviste el té mirándome la bragueta” había una clara provocación a su sirvienta (las compañeras eran fanáticas de la novela y la teleserie The Handmaidʼs Tale); en “hoy probé culo en un bar de Constitución” el yo-poético ya se declaraba abiertamente culpable de sodomía. ¿Es que nadie había leído al monstruo?, se preguntaban unas y otras en el Foro.

Como se había formado en el taller del poeta Arturo Capeletti, la vaca sagrada de la poesía en esos años, los poemas de Constante habían encontrado pronta circulación en el Diario de Cuitas Literarias, la prestigiosa revista donde pastaba la vaca y su grupo. De ahí a entrar en los programas de estudio de académicos y amanuenses de toda laya sólo fue cuestión de tiempo… y de la asunción del padre del poeta, Julio Constante, al Ministerio de Economía. El poder, como la lectura retrospectiva, produce espejismos por sobre-interpretación. De pronto ese joven pelilargo, que solía transitar por las tertulias con un estilo ropavejero harto desastroso, jeans de marca rotos, zapatillas agujereadas y pullovers apolillados, que escribía esos poemas de un minimalismo sencillista y procaz, estaba dotado de un encanto especial: el aura romántica de quien abandona sus peculios por abrazar su vocación de poeta, la pobreza, la intemperie, ¡el espanto! Hasta su nombre sonaba profético: ¡Santiago Constante! De buenas a primeras se convirtió en “la” promesa de la poesía argentina, mientras su padre hacía negocios con el capital extranjero que sólo una década más tarde habrían de conocerse. Nadie elije a sus padres, repetía Mariana, cada vez que alguna compañera del Foro le acercaba a su casilla un nuevo dato sobre el prontuario familiar, que también era económico y político, del poeta Constante. El padre había hundido económicamente a la Argentina y, aunque nadie podía demostrar que algún denario espurio hubiera robustecido el emprendimiento editorial del hijo, más de una militante se inmolaba asegurando que allí se lavaba dinero sucio: ¿Quién compra hoy poesía, cómo sobrevive ese emprendimiento si no? —argüían.

En los últimos meses, la nominación de Constante para ser jurado en los Juegos Florales y Poéticos de la Juventud había terminado de sellar su suerte. “¿Y si yo quiero presentarme? —barruntó la veinteañera— ¿Qué: me voy a tener que cojer a todo el Jurado?”. La carta pública iba tomando forma en los sucesivos borradores presentados por Mariana. Navegando por las redes, había dado también con el e-mail del poeta. Después de titubear durante unos días, se animó a escribirle un mensaje breve pero conciso. Estaba segura de que apenas saliera publicada la carta, Santiago Constante iba a resultar envuelto en un escándalo que sería su ruina. Intentaría hacerlo recapacitar de su actitud equivocada con el género femenino, que se comunicara con las dos chicas que estaban dispuestas a sostener la denuncia, que les pidiera disculpas y, finalmente, que considerara renunciar a los Juegos Florales. Eran personas adultas y hablando tenían que poder solucionar sus diferencias.

Pasaron unos días hasta que la respuesta llegó a su casilla de e-mail. Constante la citaba en su departamento del barrio de Palermo, su “oficina” decía; fijaba el día y la hora sin siquiera consultarla. ¡Qué extraño, parece un nene déspota! ¡Podría ser mi hijo! —se dijo, en un arrebato de sentimentalidad, sin calibrar a ciencia cierta la edad del poeta. ¿Creerá que quiero publicar en su editorial? Mariana había solicitado la entrevista, anunciando un asunto urgente. Sonrió para sus adentros por su picardía: ser una señora mayor otorgaba la licencia del misterio.

El día de la cita llegó sin que Mariana hubiera encontrado la oportunidad de comentar en el Foro su iniciativa. Antes de cursar la comunicación no se le había ocurrido consultar; y después de cursada, temió que sus compañeras la tomaran a mal, los ánimos seguían incendiarios y todo llamado a la mesura parecía una afrenta. La carta pública estaba redactada, y se sospechaba incluso que había sido filtrada porque un par de compañeras habían sido amenazadas. No obstante, apenas se terminara de recabar las firmas de puño y letra de las adherentes, sería entregada en varios portales de noticas a través de la comisión de prensa del Foro.

Mariana llegó al edificio donde vivía el poeta Constante y antes de anunciarse desde el portero eléctrico, revisó su cartera, no fuera que se hubiera olvidado la copia de la carta que presurosamente había impreso antes de salir. Allí estaban los tres folios de letra apretada, con los pormenores de la acusación y las sanciones públicas que se esperaba obtener. Aprovechó para ponerse unas gotas de perfume atrás de las orejas y en el cuello. También buscó su teléfono, para revisar si tenía algún mensaje, pero no: se lo había olvidado en su casa. ¡Qué despistada soy, qué cabeza de novia! —se dijo. Nadie de su entorno sabía que estaba allí.

Apretó el botón del 6° B y franqueó el umbral del hall, sin que voz alguna se hiciera oír o preguntara quién estaba llamando. Este muchacho es muy poco precavido —pensó Mariana—, así pasan las cosas después. Esa misma noche llamaría al menor de sus hijos, que era el más despistado de sus tres varoncitos, y al que siempre estaba temiendo que le sucediera algo. El ascensor la llevó al sexto piso y sus piernas la depositaron frente a una puerta que golpeó indecisa, por no encontrar el timbre. La puerta se abrió y ella entró con pasos dudosos, buscando en la semioscuridad un punto de apoyo, de pronto sentía las piernas flojas y la garganta cerrada porque comprendía también, como si la usina eléctrica de su mente se hubiera puesto al fin a funcionar, la diferencia entre la palabra “deconstruirse” y la palabra “destruirse”. Hilachas del atardecer entraban por el balcón, dejando en penumbras una sala escueta. Sobre la mesa ratona y los sillones de estilo vintage se amontonaban libros. Una voz de hombre que en nada se parecía a la de sus hijos dijo algo atrás suyo, pero Mariana sólo escuchó el ruido de la puerta cerrándose con un golpe seco.

Jimena Néspolo nació y vive en Argentina. Narradora, poeta, dirige la revista Boca de Sapo (www.bocadesapo.com.ar). Es investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina. En 2011 publicó la novela El pozo y las ruinas, seleccionada por el diario El País (España) como una de las novedades editoriales destacadas del año. Su libro de cuentos Las cuatro patas del amor fue galardonado en la 59° edición del Premio Casa de las Américas (Cuba, 2018). Su distopía feminista Pentalogía de Artemisa, lleva publicada las dos primeras entregas: Episodios de cacería (2015) y Círculo polar (2017).  Publicó varios ensayos, libros de poesía, y la crónica ¿Quién mató a Cafrune? (2018).

 

El ser patria (ante el cuerpo de Eva)

Por Maximiliano Feroleto

Introducción

Las decisiones y acciones tomadas y llevadas a cabo por la cúpula peronista y, posteriormente, por los líderes de La Revolución Libertadora respecto al cadáver de Evita, dejan al descubierto -una vez más- el drama pasional que, periódicamente, va trazando una topografía peculiar sobre nuestro corpus social. Por eso, reflexionar acerca de aquello que se hallaba inscripto en ese cuerpo capaz de despertar al mismo tiempo el deseo de conservarlo impoluto y el de exterminarlo, es también una forma de interpelar la idea de Patria y poner en cuestión el sentido de unidad circunscriptos a un territorio delimitado.

Puesto que se trata de una complejidad configurada por una red de pasiones en pugna, pasiones que rayan nuestra tierra dejando grietas y estigmas en nuestros cuerpos, cabe preguntarse si: con todo y a pesar de todo, ¿es posible hablar de Identidad Nacional y del Gran Pueblo al que saludan los libres del mundo? Teniendo en cuenta ese carácter pasional y la tradición literaria que nos caracteriza, se considerarán ciertos escritos a través de los cuales se expresaron determinadas figuras influyentes en la construcción del ideario social argentino que, con su lenguaje poético supieron interpelar -y lo continúan haciendo- nuestro pensamiento, más allá de cualquier prejuicio.

Hacer este ejercicio es ya una forma de pararse frente a una problemática que nos atañe desde hace tiempo y que en reiteradas oportunidades quedó relegada por el carácter imperativo de lo coyuntural, pero que subsiste como condición de superación y horizonte de verdad. Una problemática que contiene en sí misma su respuesta, cuyo peso específico es de una magnitud tal que, por más que se intente, resulta imposible de esconder.

 

CONSTITUIDOS-CONSTITUYENTES

Tantas veces estuvimos a punto de enfrentar nuestro verdadero problema, esa marca fundacional que nos aqueja. Tantas veces como la cantidad de giros esquivos que dimos a cuenta de cuestiones coyunturales: conquistas, bloqueos, amenazas externas, guerras civiles, etc. Es cierto que el tiempo es tirano y apremia, tan cierto como falsa es su capacidad para curar las heridas. Conocer la cantidad de tiempo transcurrido entre un momento y otro sirve a los fines de sistematizar acontecimientos de características afines dentro de un conjunto, es decir, para aislar una muestra y poder analizarla extrayéndola de un universo inconmensurable; pero esa manta, ese envoltorio abstracto, no conoce cualidades ni ejerce voluntades. El tiempo, tal que unidad de medida, es contrafáctico, no antecede a los hechos puesto que no puede medir lo que no existe. Entonces podremos conocer cuánto tiempo lleva abierta una herida o cuanto ha transcurrido hasta que cicatrice, pero el proceso dependerá de cada cuerpo y su potencia vital.

Desde el comienzo –no importa dónde lo situemos cronológicamente, no es una cuestión histórica sino ontológica-, nos encontramos en una situación incómoda, nos ponemos de pie frente a un horizonte que nos parece infinito y de pronto, como si nos faltase el equilibrio, un mareo que obliga a bajar la vista; tomamos conciencia de nuestra exposición a los avatares del mundo: si levantamos la cabeza nos descubren, si no alzamos la mirada nos perdemos el paraíso. ¿Qué es este suelo que nos soporta? ¿Cuántas capas culturales tiene nuestra tierra? Es un alivio estar de este lado, pero aquello de abajo se mueve, late. El pasado nos muestra un posible futuro que podemos imitar –lo cual resultaría un fracaso a priori- o bien, modificar; lo cierto es que el primero siempre tendrá injerencia en el último y que ambos confluyen en este momento. Nuestro pensamiento parece estar fijado según ese sistema de coordenadas.

Entonces hay redención, pero también condena. Nuestra situación paradójica es la de un disfrute subsidiado por la sangre que hidrató este suelo. Ante esto, algunos sentirán entusiasmo ante un porvenir provechoso[1] y otros, por el contrario, verán el fatal fracaso cultural propinado por las fuerzas telúricas[2]. Pronósticos que, en cada caso, encontraron su correlación empírica o, mejor dicho, la experiencia de su época fue materia de sus reflexiones. Lo interesante es que ambas posturas dan cuenta de un enigma que, a pesar de intentarlo, aún no hemos resuelto; una paz interior que no conseguimos conciliar. Y eso configura la trama pasional del cuerpo argentino.

Hay un cuerpo que siente a través nuestro. Un cuerpo trascendental, para algunos, atemporal[3], para otros, tan vasto que aqueja[4]. Lo hemos ignorado tantas veces y sin embargo seguimos enraizados. Cuando alzamos la mirada a la vez que nos afirmamos en la tierra cuyos poros son también los nuestros y sentimos cómo sus vibraciones marcan el pulso de nuestros días, hay Patria. Todo cuanto hagamos repercute en este cuerpo compuesto que constituimos a la vez que nos constituye. Somos constituyentes-constituidos. Esta dialéctica constitutiva se actualiza a cada momento y es parte nutritiva de nuestro inconsciente puesto que va tomando formas y manifestaciones ignoradas en nuestra cotidianeidad. Y si es posible hablar de un inconsciente colectivo se debe a que hay un cuerpo social que lo alimenta con sus experiencias, las cuales son posteriormente transformadas y vertidas sobre el plano sociopolítico.

 

DIVISIÓN POLÍTICA Y ENCARNACIÓN

Cuando nos adentramos en la ruta y vemos a nuestro alrededor aparece esa sensación de inmensidad que nos impresiona, pero también nos agobia. Y ese agobio, esa pesadumbre, se explica, por un lado, porque al compararla con nuestra extensión individual se nos vuelve inabarcable, y, por otro -el lado más oscuro-, porque nos damos cuenta que todo eso con lo que estamos conectados siempre tuvo dueño y nos está vedado.

La división política de nuestros cuerpos es, al igual que la de nuestro territorio, un producto cultural y no una mera cuestión de accidentes geográficos. Sangre y ríos, carne y tierra, piel y vegetación, son los soportes materiales donde se hallan inscriptos los signos que nos definen como sociedad. Cada hecho histórico queda escrito, solo hay que buscar en las piedras, en los músculos, en las orillas, o en las fibras su relato. En los títulos de propiedad solo encontraremos rastros de tinta estéril frente al derecho consuetudinario que yerra[5] nuestro pellejo.

Las biografías de aquellas figuras que marcaron hitos en la historia no aportan lo suficiente para comprender esos hechos sociales que protagonizaron, allí reside la importancia de una sociología que buscará identificar y sistematizar las relaciones de fuerza inscriptas en la cosa pública, esto es: lucha de poder entre cuerpos transfigurados[6] que están interpelando las formas establecidas según un mandato colectivo encarnado en ellos. Analizar la vida de esos exponentes que en determinado momento sobresalen de la muchedumbre, puesto que son empujados por voluntades demandantes y asoman su cabeza eclipsando al resto, contribuye al armado del despiece social. Se trata de piezas que no tienen un lugar asignado, sino que obligan replantear todo lo realizado y permiten pensar nuevas perspectivas.

El cuerpo de Evita[7] fue el territorio donde se pusieron en juego la voluntad y la estética argentina. Todas sus células se agitaron entre el afecto y el desprecio de un pueblo por su patria. En aquella época la tierra volvió a convulsionarse, a inflamarse, como decía Scalabrini Ortiz[8], pero esta vez su inflamación no fue por el “vigor europeo” sino por los cabecitas negras[9] que llegaban a la ciudad atraídos por la fuerza inmanente de un volcán que pretendía dar sepultura a una estructura de clases que había muerto luego de haber agonizado durante más de una década en la infamia. Buenos Aires, que se había acostumbrado a replegarse sobre sí misma, era ahora una dermis expandida que alojaba a los “sin tierra”. Ese esfuerzo del cuerpo contorsionado presuponía dolor en cada una de sus fibras. Por eso los gritos y la indignación de aquellos que habitaban en la comodidad de un cuerpo dormido e insensible.

 

FANTASÍA Y REALIDAD: POLÍTICA LITERARIA ARGENTINA

El género literario argentino es la ficción, sin dudas. Si ésta nos resulta tan apetecible de leer y tan natural de escribir es porque encontramos en ella la manera de enunciar lo que desde el lenguaje formal parece indecible. Fue el caso, por citar un clásico, de Facundo o Civilización y Barbarie; en ella Sarmiento pudo plasmar sus ideas acerca de aquella “imposibilidad” de la sociedad argentina y al mismo tiempo embeber en la poesía su proyecto político. Ficción no es otra cosa que el resultado dialéctico de la estrecha relación entre literatura y política, donde lo real se vuelve posible, donde se vuelve: realidad, y buscará legitimarse como verdad por encima del resto de las interpretaciones, puesto que ésta es construida de acuerdo al sentido y la significación que el autor logre imponer hegemónicamente sobre el resto.[10]

La Argentina que encarnó en Evita recuperó su capacidad erógena. Se despertó exaltada de la siesta; no sabe si fueron las pesadillas provocadas por el último banquete o, por el contrario, el hambre acumulada de los arrabales –en cualquier caso, se trató de una inequidad, un desequilibrio. Debió vestirse rápido para llegar a la reunión donde el monstruo festejaría[11] con su “séquito de acólitos” el inicio del caos. Todo orden entró en disputa, lo único seguro es que se habría una reconfiguración. El corpus se estaba transformando y eso repercutía en cada fibra de La Patria.

Aquella siesta, aquel reposo patriótico fue el último de su adolescencia y la antesala de una adultez cuya inauguración estaría signada por los traumas de su infancia. El crisol argentino colapsó y estalló en síntomas que poblaron las ciudades grises y los pueblitos de la República. Y ahí estaba, producto de una adolescencia larga, insensible y ciega, el síndrome del Gran Pueblo caprichoso que encontró, al mismo tiempo, en la figura carismática de la pareja presidencial, el afecto y la tiranía hechos carne y hueso. Por un lado, el líder y su jefa espiritual -símbolos de la justicia social- redimiendo a las bastardeadas familias humildes y, simultáneamente, por el otro, un militar demagogo junto a su prostituta de turno ofendiendo la moral del Jockey Club y los estándares de la intelligenzia[12]. Otra vez, la sombra de Facundo.

El sujeto nacional, proyectó una escena fantástica –“increíble pero cierta”, como ocurre en los cuentos borgeanos-, que tuvo entre sus aristas la emancipación de la clase obrera[13] así como también el asesinato del tirano y el goce profano de la diosa.

El bombardeo del ‘55[14], el exilio de Juan. D. Perón y la proscripción política del peronismo fueron la representación material de un asesinato. Un asesinato a la amenaza de castración del decenio precedente: castración de una realidad reflejada en el espejo de un ideario que excluía las partes más íntimas, esas zonas del cuerpo que al ser desvestidas causarían vergüenza y escozor ante las miradas aristocráticas. Asesinato cuya culpabilidad presupuesta e ineludible quiso abordarse mediante el diseño de una estrategia basada en el extermino y la amnesia[15], cuyo fracaso estaba inscripto en las huellas mnémicas que habían dejado aquellos “años peronistas” en el sujeto argentino.

En el robo y la manipulación del cadáver de Evita quedó al descubierto la perversidad que habita las profundidades de la República. La señora muerta fue objeto de goce para los “libertadores revolucionarios” y sus seguidores. Quiso despojársele de toda historia. Sin embargo, esa imagen que nos pinta David Viñas en su cuento sobre el funeral de Eva Duarte muestra de manera elocuente cómo el poder simbólico opera sobre las pasiones y es más fuerte que el oportunismo que busca aprovecharse de la debilidad coyuntural; porque si ese muchacho –Moure- no concretó su plan, a pesar de toda la vulnerabilidad que revestía a su pretendida, fue gracias al trabajo de dignificación y empoderamiento femenino que practicó la señora muerta:

—Estaba de Dios que tenía que pasar esto —cabeceó Moure.

—Hay que aguantarse —el chofer permanecía rígido, conciliador—. Es por la señora.

—¿Por la muerte de?… —necesitó Moure que le precisaran.

—Sí, sí.

—¡Es demasiado por la yegua esa!

Entonces bruscamente, esa mujer dejó de reírse y empezó a decir que no, con un gesto arisco, no, no, y a buscar la manija de la puerta.

—Ah, no… Eso sí que no —murmuraba hasta que encontró la manija y abrió la puerta—. Eso sí que no se lo permito…, — y se bajó.[16]

Para entender nuestra realidad es preciso afirmar que lo simbólico da sentido a los hechos, pero poniendo énfasis en el soporte físico que todo símbolo necesita para operar: la cosa, el cuerpo. De otra manera el relato –mítico, científico, político, etc.- no se cumple y pierde su capacidad exegética.

En el cuento Emma Zunz, Borges recrea espectacularmente aquello que Spinoza resaltaba con respecto a “lo que puede un cuerpo”[17] y que Sarlo[18] analiza agudamente con respecto a la imposición de condiciones que el cuerpo de la señorita Zunz realiza sobre la conciencia. No obstante, podríamos ir más lejos en el análisis extrapolando esta cuestión con otro cuento borgeano –otra historia increíble- en el cual se narra un Simulacro[19](en alusión al funeral de Evita) y aparece sintetizada la representación que el autor tenía del peronismo: una farsa que constituyó “para el crédulo amor de los arrabales, una crasa mitología”. Empero, previamente, dice algo aún más elocuente y que sirve como punto nodal respecto a lo expuesto más arriba: “El enlutado no era Perón y la muñeca rubia no era la mujer Eva, pero tampoco Perón era Perón ni Eva era Eva…”. Y sería justo agregar que Emma no era Emma ni Loewenthal era Loewenthal, puesto que la escisión jerárquica cuerpo-mente o, mejor dicho: pasión-razón, cuyo ordenamiento asigna un nivel superior a una conciencia guiada por la razón que domina las pasiones del cuerpo, resulta inadecuada en tanto que éste es fuente de un conocimiento capaz de resignificar el montaje de cualquier escena alucinada, pasando así de lo simulado a lo vivido.

 

CONATUS. AFIRMACIÓN Y RESISTENCIA

El cuerpo de Eva aportó una verdad que fue ignorada por algunas conciencias individuales. Tanto la cúpula peronista como los líderes de la Libertadora desconocieron aquella revelación y desoyeron el reclamo incansable de la madre tierra. Ambas facciones concurrieron en el error de tomar el cadáver de Eva como reservorio simbólico de todo aquello que o bien quería conservarse impoluto, o bien extirpar de la sociedad argentina. El cuerpo de Eva había transmutado, ya no reconocía los límites esqueléticos, concluyó un proceso en el cual definitivamente pasó a formar parte íntegra del corpus social.

Su cuerpo embalsamado no pudo ser cubierto por el Monumento al Descamisado como imaginó Juan Perón. No hubo paz en el edificio de la CGT ni tampoco en los hogares de quienes -entre paranoia y perversión- quisieron ocultar a Esa Mujer[20]. Su falso entierro en Milán pergeñado por la cúpula militar y la católica Orden de San Pablo, tampoco perduró tanto como ellos hubiesen querido; aquel suelo no tardó en devolverla. La momia que Lanusse hizo llegar a Perón en Puerta de Hierro representaba más el resultado de una exitosa labor tanatológica que un instrumento de negociación política- uno de los hechos que prueban lo mal orientado que estuvo el GAN[21] desde el comienzo. Tampoco ocurrió en 1976 –a pesar de sus ocho metros de profundidad en Recoleta y de esas extremas medidas de seguridad[22]– el reencuentro de ambos cuerpos, puesto que nunca hubo separación ni tampoco repatriación, sino más bien y a pesar de los enormes gastos de energía invertidos, afirmación y resistencia de uno en y por el otro. Y esto último se debe a que esta “tierra argenta”, absorbente, atemporal y ávida por germinar, a la cual nuestros destinos están afectiva e inmodificablemente trenzados[23], había hecho su trabajo.

Las raíces que los cuerpos van echando son a veces invisibles, subterráneas, pero no así sus frutos, que florecen y marchitan recomenzando un ciclo interminable. Si es verdad lo que Spinoza creía, esto es: que “cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser”[24], entonces es posible explicar lo acontecido en nuestra sociedad durante aquellas décadas sin recurrir tanto a los detalles de la odisea atravesada por el cadáver, sino apuntando hacia los esfuerzos que el ser nacional hubo y ha de realizar para no perecer entre tanta oscuridad. De lo que se sigue, toda esa potencia de vida proviene del corpus Patria que encarna nuestro ser colectivo en tanto argentino; esto es: una res extensa cuya esencia nacional no reposa en un ideario abstracto sino en la carne y la tierra que la componen.

La verdad que aportó el cuerpo de Evita es la de un país cuya razón solo puede afirmarse en la medida que reconozca su pertenencia a esta porción de tierra que con cada latido marca el ritmo de sus días. Una verdad que deja expuestas las consecuencias del pensamiento individualista, desinteresado en el bien común del pueblo y abocado al imposible mérito personal que promulgan algunas falacias importadas a bajo costo. La pasión de ese cuerpo es un trozo de la verdad argentina, aquella que no encuentra paz porque su naturaleza es la de un territorio en disputa. Toda su historia está envuelta en una lucha por no sucumbir políticamente y afirmarse como Nación. Una verdad suspendida sobre una red de fuerzas vivas movidas por el deseo de prevalecer en su ser, cuya esencia es pura controversia.

 

MUERTE POLÍTICA Y PARANOIA

“Esto es pueblo. Esto es el pueblo sufriente que representa el dolor de la tierra madre, que hemos de reivindicar. Es el pueblo de la Patria.”[25]

 

La historia de un país debe buscarse desentramando sus manifestaciones políticas –sus aciertos y fracasos- entendiendo que en ellas están condensadas y desplazadas las experiencias del corpus misterioso llamado Patria. De manera que en toda acción política encontraremos las puertas de acceso al autoconocimiento de nuestro devenir. Por lo tanto, un pueblo que aborrece la política se convierte en una sombra cuyo destino es estar condenado al olvido puesto que ha negado el acceso a su verdad histórica, sin la cual es imposible pensar un porvenir.

Una sociedad se quiebra cuando pierde el sentido político de la vida. Las pulsiones que agitan al pueblo hasta erizarle la piel encuentran sublimación en la política. Ésta las reconduce por los cauces de la moral y el sentido público. Las formas de gobierno que no cumplan ese rol se verán rebalsadas. Cuando el revanchismo está por encima del interés general, cuando se exacerba el carácter fragmentario del arquetipo individualista y el mérito personal se postula como la única forma verdadera de realización, se secan los vasos conductores que abastecen el espíritu colectivo. La cultura y la tradición ya no resignifican sus deseos. La flor de la moral pierde universalidad, sus valores cuyos colores y perfumes son el distintivo nacional, se marchitan. Los símbolos pierden el carácter arbitrario y el mito de la Patria se desconecta del presente. La retórica deja ser esa maravillosa música y se confunde con los estruendos de las bombas que caen sobre los esqueletos de cemento.

El cuerpo enferma rápidamente porque las células de su sistema inmunológico ya no reconocen, no sienten, la pertenencia al lugar que habitan. Se hace daño a sí mismo, se aísla del ambiente, se retuerce en la incomodidad. Ese auto-flagelo le produce úlceras, nidos, donde cuajan lo reprimido y la nostalgia de los años dorados. Vive atormentado alucinando espectros. Todo acontecimiento le parece un simulacro. Entra en pánico. Se acuartela y conspira. Lo envuelve una paranoia en la cual es su propio enemigo y la enfermedad su único aliado. El enemigo interno debe ser exterminado. ¡Viva el cáncer!

Pero no alcanza, no hay lugar donde no se sienta amenazado. Su auto-exterminio, esa parece ser la única salida. Desaparecer deja de ser una utopía, una ilusión, y se vuelve posible aceptando despojarse de toda humanidad. Entonces reza y se encomienda a la fe para ser un instrumento en la santa misión de salud pública al grito de ¡Cristo vence!

Lo acontecido a mediados de siglo pasado en nuestro país merece ser repensado siempre, cada vez que sea invocado. Porque permitirá entender lo que sucedió después en la escena nacional: sus repercusiones sociales inmediatas, los tipos de subjetividades que fueron forjándose al calor de las reivindicaciones, la sed de venganza, el desinterés y el tormento políticos, el terror, y esta democracia que hasta ahora no ha logrado conformarnos. Esa es nuestra tarea.

 

[1] Echeverría y Alberdi, por nombrar a algunos.

[2] Martínez Estrada, el mayor referente.

[3] “La pampa abate al hombre. La pampa no promete nada a la fantasía; no entrega nada a la imaginación. El espíritu patina sobre su lisura y vuela. Arriba está la fatídica idea del tiempo”. (Scalabrini Ortiz. La tierra invisible, en Obras Completas -Tomo I – El hombre que está solo y espera. Buenos Aires: Editorial Fundación Ross. 2008, pp. 35-37).

[4] “El mal que aqueja a la República Argentina es la extensión”. (Sarmiento. Facundo o Civilización y Barbarie en las Pampas Argentinas. Colección Biblioteca La Nación, Buenos aires.1999, p. 39).

[5] Acto que consiste en la marcación del ganado utilizando un hierro caliente.

[6] Cuerpos que salen de sus límites anatómicos, adoptando una topografía representativa del conjunto de valores y demandas de uno o más grupos sociales.

[7] María Eva Duarte de Perón, Primera Dama de la Nación Argentina (1946-1952).

[8] “La llanura se inflamó un rato, alborotada por el animoso vigor europeo”. Sarmiento. Op. cit., p. 36.

[9] También hubo participación de nueva sangre europea, pero esta vez no traían consigo el vigor sino el terror de lo que acontecía en sus lugares de origen.

[10] Estas ideas están conceptualizadas en otro ensayo de mi autoría titulado “Lengua, literatura y emancipación. Ficción literaria como estrategia política en Argentina”.

[11] En alusión a La fiesta del monstruo: cuento publicado en 1967 por Borges y Bioy Casares bajo el seudónimo Bustos Domeq. Allí se relata en clave grotesca el episodio del 17 de octubre de 1945 con el sarcasmo característico de los autores, donde Perón es el monstruo vivado por el populacho salvaje.

[12] Término acuñado por Jauretche, A. en referencia a los intelectuales que nutrían el colonialismo pedagógico.

[13] Véase, James, D. Resistencia e Integración. El peronismo y la clase trabajadora argentina. Buenos Aires: Siglo XXI Editores S.A. 2013.

[14] Hito dentro del proceso de La Revolución Libertadora iniciado el 16 de septiembre de 1955.

[15]La política del nuevo gobierno se basó en el supuesto de que el peronismo constituía una aberración que debía ser borrada de la sociedad argentina, un mal sueño que debía ser exorcizado de las mentes que había subyugado”. James. Op. cit., p. 82.

[16] El texto aparece publicado por primera vez en 1963. (Viñas, D. “La señora muerta”, en Las malas costumbres. Recuperado de: https://docplayer.es/73115605-La-senora-muerta-david-vinas-las-malas-costumbres-1963.html)

[17] “Y el hecho es que nadie, hasta ahora, ha determinado lo que puede el cuerpo (…) De donde se sigue que cuando los hombres dicen que tal o cual acción del cuerpo proviene del alma, por tener ésta imperio sobre el cuerpo, no saben lo que se dicen, y no hacen sino confesar, con palabras especiosas, su ignorancia…” (Spinoza, B. “Ética, Parte III, Proposición II, Escolio”, en Ética demostrada según el orden geométrico. Madrid: Editora Nacional. 1980, pp. 126-129).

[18] Sarlo, B. La Pasión y la excepción. Buenos Aires: Siglo XXI Editores S.A. 2003, p. 126.

[19] Así se titula el cuento de Borges, J. incluido en El Hacedor. Allí narra cómo en distintos pueblos del interior se realizaban falsos funerales en conmemoración a Evita, bajo el engaño y el cinismo –un señor hacía de Perón, se cobraba una entrada para ver a la “difunta” que era una muñeca, etc.-, trazando un paralelo con la expresión política del peronismo como verdadero simulacro. (Borges, J. L., “El simulacro”, en Biblioteca Esencial de La Nación (Ed.), El Hacedor. Buenos Aires: Emecé Editores S.A. 2005, pp. 23-24).

[20] En el cuento así titulado de Rodolfo Walsh aparecen los primeros detalles sobre el tratamiento del cadáver embalsamado luego de ser robado hasta su “desaparición”. Puesto que fue escrito en 1966, aún no había demasiadas certezas sobre su paradero. (Walsh, R., “Esa mujer”, en Los oficios terrestres. Recuperado de: http://www.oei.org.ar/edumedia/pdfs/T11_Docu8_Walsh.pdf

[21] Gran Acuerdo Nacional: propuesta lanzada en 1971 por el gobierno de facto de la Revolución Argentina que buscaba un acercamiento con las principales fuerzas políticas para encontrar una salida mediante elecciones y conformar un gobierno democrático.

[22] El último gobierno dictatorial determinó un régimen de visitas especial para quienes acudieran a su tumba. Al respecto, véase el testimonio brindado por Cristina Álvarez Rodríguez (sobrina nieta de Eva Duarte) en el documental: De Skalon, A. (productora), Bauer, T. (director), Bonasso, M. (guión). Evita, la tumba sin paz. Argentina-Reino Unido: South Productions Ltd. 1997.

[23] Scalabrini Ortiz, R. “Delegación de un destino”, en Obras Completas, Tomo I, El hombre que está solo y espera. Buenos Aires: Editorial Fundación Ross. 2008, pp. 56-58.

[24] Spinoza, B. Op. cit., p. 130.

 

[25] Fragmento del discurso que diera Juan D. Perón el 17 de octubre de 1945. Puede leerse completo en: https://www.educ.ar/recursos/129178/discurso-de-juan-d-peron-17-de-octubre-de-1945

Imagen fotográfica a cargo de Sebastián Freyre.

Puerco  (fábula inmoral)

Por Mariana Docampo

El hijo único de Ersilia Smith, intendenta de De la Cruz, fue maldecido el día de su nacimiento por la partera, que le propinó este destino: se convertiría en un cerdo.  En sus primeros días de vida, y pese al horrible pronóstico, el bebé fue hermoso: tenía rulitos delicados y un rostro de capullo.  La madre olvidó de inmediato la maldición; pero a los pocos meses, el bebito tornose rechoncho y feo.  Los lagrimales se le ahuecaron,  la cara se ensanchó, los rulitos cayeron y se quedó pelado.  La nariz era redonda, rosada y chata, y la boca parecía un tajo con dientes.  Ersilia se negó a criar a su hijo como un animal y lo mandó al colegio.  Dentro de esa institución le pusieron de sobrenombre “Puerco”.  Los compañeros de grado, las maestras y directivos se reían de él a sus espaldas; pero como era el hijo de la intendenta no eran sinceros con él y le decían en cambio que era muy bonito.  Su madre construyó un corral dentro de la habitación para hacerlo sentir cómodo, pero estaba tan ocupada en cuestiones de política que apenas lo veía un ratito cada mes.  Lo cuidaban las mucamas, que sentían por Puerco una gran repulsión, pues estaba siempre sucio y oloroso por más que lo bañaran y cepillaran todos los días.

Cuando Puerco cumplió dieciocho años y Ersilia fuera reelecta como intendenta por quinta vez, decidió prepararle una cena para agasajarlo.  Estaba atravesando un período de gran satisfacción profesional y sintió que era hora de compensar el tiempo que no había podido dedicarle a su hijo hasta entonces.  Esa noche, Puerco habló muy poco, y al observarlo comer, Ersilia notó con preocupación que el joven tenía maneras refinadas a pesar de ser un cerdo.  Había comprado para él un gran pote de bellotas que sirvió sobre el mantel de puntillas.  Notó que el hijo hundía el hocico, olía las bellotas y las lamía con delicadeza antes de comerlas.  Tras algunas indagaciones, se enteró Ersilia de que Puerco no tenía ni había tenido nunca novia, y que casi no salía del corral desde que terminara el colegio.  De pronto, sintió un aguijón en el pecho: temió que su hijo fuera homosexual.  Para evitar que la inclinación se desarrollara, Ersilia decidió llevarlo al prostíbulo de la ruta a fin de que perdiera su virginidad con una mujer.  Fue sola al local, una noche, y como era una persona muy importante en De la Cruz y podían reconocerla, entró por la puerta trasera cubierto el rostro por un pañuelo.  Era un pequeño saloncito lleno de espejos y grueso tapizado rojo.  Mandó llamar al dueño y éste la saludó con respeto.  Ersilia le explicó la situación, y le pidió que preparara para su hijo “carne fresca”, recordándole que le debía algunos favores.

Cuando Puerco escuchó los propósitos de su madre, se negó a ir al prostíbulo, y enseguida comenzó a referirse a él como “ese inmundo piringundín”.  Exclamaba a viva voz, paseándose por el corral, que las mujeres de ahí le daban asco.  No quería perder su virginidad con una profesional o sometida por muchos; quería elegir a su chica.   La madre trató de calmarlo.  Le dijo que lo entendía, y que no se preocupara por nada; ella lo ayudaría con este tema.   Ersilia sintió que comenzaba a gestarse una transformación en su interior, el amor maternal afloraba por primera vez en su vida con una potencia arrolladora.  “Se trata de un sentimiento muy hermoso, incontenible”.  Se decía mientras miraba al cerdo dormir en el corral con sus anchas ancas desparramadas. 

Fue entonces que Ersilia decidió comprar para Puerco a una de las tres bellas hijas de una peona.  Era una mujer pobrísima que vivía en una casita de chapa, cerca del riacho de aguas podridas al que iban a parar los desagües de la fábrica.  Al escuchar el ofrecimiento de Ersilia, la mujer se angustió.  No sabía cómo negarse a la patrona.  Pero se armó de valor y dijo: “No, señora, mis hijas no tienen precio”.  Ersilia argumentó: “Yo tengo un solo hijo, Juanita, y todas las mujeres lo rechazan.  En cambio vos tenés tres hermosas hijas que todos desean.  Nada te cuesta pedirle a alguna de ellas que haga hombre a Puerco”.  La mujer, con lágrimas en los ojos, convenció a Adela, la mayor, de subirse sin resistencias a la camioneta de la patrona.

Ersilia había hecho construir una casa en el bosque que va camino a Los Sauces para que su hijo tuviera los encuentros sexuales con la hija de la peona y allí la llevó.  Puerco había pedido a su madre que la maquillara y la vistiera con ropas elegantes.  Él estaba en la cama cuando Adela entró.  Se revolcaba entre las sábanas ofreciendo a la mirada femenina sus nalgas rosadas y grasosas.  Ella quedó desconcertada.  Puerco comía ahora inmundicias de un balde que estaba a un costado.  Entonces la joven dijo en voz alta, sin darse cuenta de que el otro entendería su lengua humana “¿Qué voy a hacer yo con esta maloliente bestia?  Me repugna. ¡Voy a matarlo!”.  Cuando Puerco escuchó estas palabras se entristeció y apenas ella se hubo sentado al borde de la cama, le pegó un tarascón en el cuello y, con ávidas  dentelladas, la mató.

La madre esperaba en el saloncito.  Había oído los ensordecedores chillidos pero creyéndolos parte del coito, no intervino.  Después de algunas horas, y al sentir que la casa había quedado sumida en un  hondo silencio, entró en la habitación y vio que el cadáver de Adela yacía en el suelo cubierto de sangre.  Ersinia decidió tapar el crimen y con la ayuda de un peón de confianza, enterró a Adela en el jardín, a la luz de la luna.  Volvieron juntos a la casa familiar.

A los pocos días, Puerco comenzó a pedirle a Ersilia que le consiguiera otra chica.  El deseo de la madre se había convertido en el deseo del hijo: quería sentirse hombre poseyendo a una mujer.   Ersilia le dijo a Puerco que tuviera un poco de paciencia, pues no debía olvidar que ella ocupaba un alto cargo en el pueblo.  Temía que hubiera rumores por el asesinato.  Pero tanta fue la insistencia de Puerco, que volvió  a la casa de Juanita y le pidió a su segunda hija, Magdalena.  Si había cedido una, bien podía ceder otra, y a Puerco ésta le gustaba mucho, mucho.  Juanita no preguntó qué había pasado con Adela, y negó tres veces.  Pero al comprender que la decisión ya estaba tomada, fue a preparar una vianda para su hija, se la puso en una carterita y la acompañó hasta la camioneta.

Cuando Magdalena estuvo encerrada a solas con Puerco en la habitación, dijo en voz alta que ese era un cerdo inmundo y que lo mataría.   Puerco le pegó un tarascón y la despedazó con violencia.  Corrió al saloncito donde esperaba la madre; caminaba en cuatro patas.  Ella vio por el marco de la puerta el cuerpo ensangrentado de la joven y se llevó las manos al pecho.  Le gritó a Puerco, sin mirarlo, que qué había hecho.  Él ahora lloraba.  Le juraba que no había querido hacerlo, pero es que Magdalena había amenazado con matarlo.  De pronto, Ersilia se agachó y abrazó el lomo de su hijo, le daba besos en el hocico y lo acariciaba.  Puerco le suplicaba a la mamá que le consiguiera una mujer nueva, una que lo tratara bien y que lo quisiera de verdad.  Ersilia, loca de amor por este hijo, enjugó sus lágrimas con un pañuelo y le pidió que se quedara tranquilo; ella se haría cargo de todo.

Ayudada por el peón, Ersilia enterró a Magdalena en el jardín, al lado del cadáver de Adela.  Se engalanó con suntuosas joyas, y se presentó en el rancho de Juanita.  Pidió a la tercera hija.  “De ningún modo”, dijo con firmeza la peona.  Era ésta la más pequeña y más querida de las tres hijas, la que la cuidaría en su vejez.  La mujer corrió a la habitación en donde estaba la niña y se interpuso entre ella y la patrona.  Pero para su sorpresa, la hija habló desde adentro.  Pidió a su mamá que se hiciera a un lado.  Mientras daba pasos firmes hacia adelante, dijo a la poderosa con voz clara y sin titubeos, que aceptaba desvirgar al puerco.  Sabía que en el fondo era un hombre bueno, y que ella podía brindarle el amor que necesitaba.  Tras decir estas palabras, la niña se despidió de Juanita, abrazola y lloró abundantes lágrimas.  Ersilia aprovechó para hacerle un gesto rápido al chofer para que abriera la puerta de la camioneta.  “Quedate tranquila —le dijo a la mujer, al verla pálida—  va a estar bien con nosotros”.

La camioneta se detuvo en la casa rumbo a Los Sauces, y allí bajó Ersilia con la tercera hija de la peona, a la que vistió con las mejores ropas del placard, y maquilló según las apetencias del hijo.  Una vez que la niña estuvo a solas con el cerdo, se acercó a éste y le acarició las orejas, el hocico y lo llevó a la cama para hacerle cosquillas en las pezuñas, mientras él la lamía y reía de gozo.  La púber se tendió desnuda sobre las sábanas, con mucha excitación, para dejarse penetrar por Puerco, que estaba totalmente eufórico.  Sin embargo, cuando él se ubicó sobre ella, sintió un deseo feroz de someter a la santa y la violó brutalmente, a pesar de su consentimiento.  La lastimó, mordiéndola en el cuello y en los brazos con tanta vehemencia que la niña se desmayó. La tuvo encerrada en esa habitación durante varios meses saciando, cada vez, sus ganas.

Al cabo de un año, la joven tuvo un hijo, nieto de la patrona y de la peona, al que llamaron Raulito, y que sobrevivió a su madre, muerta en el parto, y enterrada en el jardín al lado de sus dos hermanas.  Con el correr del tiempo, el padre perdió su aspecto de cerdo y dedicado a la política igual que su mamá, crió a Raulito en la casa familiar junto con Ersilia y las viejas mucamas.  Por sus pasadas andanzas, lo bautizaron en el pueblo  “el Rey Puerco”, y a su hijo, “el Principito”.

La fugada

Por Alejandra Zina

Estábamos sentados en el jardín del fondo, en un banco de cemento con cerámicas de colores incrustadas. Papá me contó que el día anterior se había escapado una mujer, a las seis de la mañana aprovechó el descuido de alguna enfermera y se fugó. Recién se dieron cuenta de que faltaba un par de horas después, entonces hicieron la denuncia, la policía la buscó por la ciudad y al rato una vecina la trajo de vuelta, la había encontrado perdida a pocas cuadras del geriátrico. No sé el nombre de la mujer que se escapó, pude habérselo preguntado porque un rato después la conocí y hablé con ella. Pero no lo hice.

Ella se acercó sigilosa a nuestra mesa.

-Señorita, ¿cuando termine de hablar puedo hacerle una pregunta?

Papá me hizo un cabeceo como para avivarme de que la mujer que acababa de sentarse con nosotros era la que se había escapado. Intentamos seguir nuestra conversación pero la presencia extraña nos había cortado el hilo. En cuanto hicimos una pausa, la mujer volvió a hablarme pero esta vez acercó su cara a centímetros de la mía. Una enfermera que salió a fumar me dijo que le hablara fuerte porque era sorda.

-Señorita, ¿sabe dónde queda la comisaría?

Le contesté que yo no era de la ciudad.

Papá me dijo que no era la única que se había escapado. Unos meses antes un viejo había logrado cruzar el alambrado que daba a la casa vecina y salió por la puerta de calle como si nada. Fue hasta la agencia a jugar unos números al Quini y de ahí siguió derecho hasta la casa de un amigo que vivía cerca de la laguna. Lo trajo de vuelta su hijo después de que lo llamaran para avisarle que había desaparecido, se ve que ya sabía dónde buscarlo.

La mujer se levantó de la mesa y se fue para dentro. Al rato volvió a sentarse en un banco cercano y nos preguntó cómo podía hacer para salir de ese lugar y volver a Monte. Papá alzó las cejas como hacía cada vez que la situación no merecía tanta atención, cambió la yerba del mate mientras le contestaba sin mirarla.

-Esto es Monte. Estamos en Monte.

La mujer lo miraba muda, como si no entendiera muy bien el significado de esas palabras. Papá se fue al baño y quedamos las dos solas.

-Vos sos mujer, ¿qué te parece? –me preguntó convencida de que ahora iba a oír algo más razonable.

Yo miré alrededor por si pudiese aparecer alguien dispuesto a tomar mi lugar. La mujer volvió a ponerse a centímetros de mi cara.

-¿Y?

-Que debe ser muy difícil –respondí sin saber qué decir.

-Es tremendo. Estar lejos, querer salir –me dijo la mujer con voz quejumbrosa y bajó el mentón sobre el pecho-. Dios Todopoderoso, ayudáme a salir. Amén, amén, amén –rogaba en voz baja.

Le pregunté por qué quería salir.

-¡¿Cómo por qué?! Para volver a mi casa, a mis cosas, a mis hijos. Me están esperando –contestó indignada.

Ella creía que había dejado una vida afuera. Pero la casa y las cosas que ella recordaba seguramente ya no existían. Y sus hijos ya tenían sus familias. Nada ni nadie la estaba esperando.

La mujer escarbó en sus bolsillos y se palpó la ropa que llevaba puesta, quería darme plata para que la ayudara a salir, pero en la mano solo tenía caramelos ácidos, papelitos y pelusas. Me dijo varias veces que si tuviera plata me la daría, que la ayude, que por favor la ayude a volver a su casa.

Papá volvió a la mesa en donde estábamos sentados. En cualquier momento vendría el juez de paz para certificar que él estaba vivo, me daría un papel firmado y con eso yo iba a poder cobrar la jubilación en el banco. Papá siguió cebando sin darle bolilla a los ruegos de la fugada, los oía todo el día y no tenía paciencia para esas mujeres y sus demencias. Él observaba la vida de las viejas y los viejos que lo rodeaban como si no tuviera nada que ver con ellos, como si un barco lo hubiese dejado en ese lugar por error: tarde o temprano se daría cuenta y volvería a buscarlo. Papá era una persona tan extraña, tan impredecible.

Cuando volvimos a quedarnos solos, estuve por preguntarle si él también había querido escaparse alguna vez, pero no lo hice. Intuyo que me hubiese respondido con otra pregunta:

-¿Y adónde voy a ir?

Imagen fotográfica a cargo de Laura Rivas

LAS GALLINAS

Por Fabián Soberón

*

   Mi jefe era el encargado de un observatorio en La Cocha. Todos los días anotaba mensajes del cielo. Escribía lo que veía a través de esos lentes especiales del observatorio. Era ingeniero, mi jefe. Era alemán. Era delgado, y parco y tranquilo y amable. Era un buen hombre. Desde hacía años trabajaba en ese observatorio perdido en el monte de La Cocha. Yo siempre le tendré agradecimiento. Si no hubiera sido por él, yo no sería el que soy. Si no fuera por él, yo, Antonio Soldati, no habría entendido la suerte adversa de esa raza y no los odiaría como los odio.

Mi jefe se llamaba Ricardo Klement y observaba la noche y deletreaba el orden de las estrellas. ¿Quién podría imaginar que en 1949 un ingeniero alemán estaba perdido en un observatorio, leyendo el orden de las estrellas, en un pueblo de Tucumán?

*

Conocí al ingeniero una noche negra y amplia, de esas que hay en el campo, a cielo abierto, al frente de la plaza principal, cerca de la casa de los Montag. Yo había salido del ejército y él estaba parado, en la esquina, antes de cruzar la calle.

El ingeniero miraba cómo el agua de la lluvia mojaba las baldosas de la vereda. Estaba solo, como casi siempre, y su mirada recia se perdía en el agua de los charcos. Esa mirada es un recuerdo imborrable. Nunca olvidaré su mirada de hombre.

Ese día me contó del proyecto. Aunque yo era un extraño, me habló del observatorio. Él tenía una percepción especial. Eso es así. Él supo desde el primer momento que yo podía ayudarlo. Y por eso me habló de las mediciones y los cálculos.

Cuando hablaba no miraba a la cara. Dejaba que sus ojos se fugaran hacia los cerros. Yo observaba los cerros y esperaba encontrar algo distinto, aquello que él estuviera siguiendo. Pero no había nada. Sólo dejaba que sus ojos se perdieran en la lejanía, como si allí radicara una parte de su escondida felicidad.

*

Esa noche me ofreció trabajo. Me dijo que necesitaba un ayudante en el observatorio. Yo había escuchado hablar de una torre oculta en el monte. Pero nunca pensé que mi destino estaría ligado a sus paredes y a sus silencios. ¿Cuántas noches estrelladas, cuántos crepúsculos solitarios estuvimos sentados en la sala cuadrada y blanca del observatorio?

Aun hoy escucho el viento que atraviesa las ventanas pequeñas, el agua que chapotea en los alerones y que habla en una lengua muerta. ¿Cuánta agua se pierde en la memoria?

Yo estaba solo. Había abandonado a mi familia. El ejército había sido una cura para mí. El ejército violento y crudo me había obligado a pensar en otra cosa y olvidar por un tiempo –aunque el olvido sea un espejo falso– a mi mujer y al bebé. El ejército fue lo mejor que hice. Pero la culpa no se va, siempre retorna como un boomerang irreversible.

*

Cuando lo vi al día siguiente, frente a la luz, me impactó su aspecto físico. Aunque era un hombre mayor que yo, parecía más joven. Tenía los músculos marcados en los brazos, el rostro anguloso, la frente recta, los labios finos, los dientes enteros y limpios. Llevaba anteojos y un poncho encima de la espalda. Era un gringo delgado pero fuerte y decidido. Sus ojos celestes brillaban con el sol.

*

Amaba las máquinas. Era un devoto de todo lo que fuera mecánico. Una tarde trajo su cámara y la puso sobre la mesa. La miró un rato sin decir nada. Tenía unas fotos viejas en una caja. Las sacó de ahí. Olían a humedad. Yo las miré desde la banqueta. Y después me acerqué. Había una mujer, rubia, una beba y un cochecito tirado en el pasto. Supuse que era su familia. Él no dijo nada. No quería hablar. ¿Tenía los ojos llorosos por el sol?

*

La casa de Doña Berta tenía un frente ancho y dos amplias ventanas, una a cada lado de la única puerta. Ella la había convertido en un improvisado restaurante.

Doña Berta era una morocha de caderas gruesas. Una matrona. Su voz y su tonada abrumaban a los comensales. Era una voz aguda, histérica. Esa noche entramos a la casa como dos amigos que se conocen desde hace tiempo. Ella supuso que iríamos a almorzar.

Doña Berta, la llamó Klement, traiga el plato de la casa. Y ella hizo trancos cortos desde el mostrador hasta la cocina, y nos trajo la comida.

Mientras almorzábamos, Klement sacó de su bolso, de repente, un libro de tapas gruesas y rojas. Lo destapó y me lo mostró. Era sobre masonería. Yo no sabía nada del tema. Alguna vez había leído algo sobre eso en la Rider digest pero nada más. Me habló de nombres, escudos, banderas, fechas, títulos. Se entusiasmó tanto que hasta doña Berta se acercó y empezó a opinar. Klement se sonrió y la dejó hablar. Ellos se conocían. Sin darse cuenta, la mujer habló y habló y Klement se levantó y se paró en el marco de la puerta. Sacó un cigarrillo y empezó a fumar. El humo se perdió en el horizonte y doña Berta siguió con su historia de desaparecidos. En esa época, hablar de eso no era un crimen. La mujer se ubicó en la silla y no le importó que Klement se hubiera levantado. Me contaba a mí sus historias y se reía cada tanto. Era una carcajada fuerte, estridente, que hacía que los otros comensales se dieran la vuelta y mirasen hacia nuestra mesa. Klement seguía fumando, plácido y solitario, al lado de la puerta.

En un instante, me di la vuelta y no lo encontré. Me sorprendió. Doña Berta se levantó y se fue a servir un vaso de vino para otro cliente. Yo me paré y vi que Klement estaba mirando el cielo. ¿Qué miraba?

Al rato volvió a la mesa y se quedó callado un buen rato, como si no quisiera volver al tema de los masones. Algo le había pasado. Parecía que había encontrado la clave para algún problema. Me dijo algo sobre las sectas y sobre los grupos religiosos. Estaba distendido y relajado. Este pueblo me gusta, dijo, y se tocó la frente.

Le propuse un brindis. Miró hacia la mesa vecina y volvió a sonreír. Un hombre leía el diario y se rascaba la cabeza haciendo ruido. Aquí son todos ruidosos, dijo. Y se sonrió. Él estaba acostumbrado a los silencios. Creo que por eso se fue afuera cuando doña Berta había hablado. Se había aturdido.

Bueno, dijo enseguida, me tengo que ir. Se paró y partió bruscamente.

Yo me quedé un rato solo, intrigado. Pero no podía preguntarle a nadie sobre mi jefe. Después me fui con mi inquietud a la pensión.

*

Klement fue protegido por Helmut Montag. Montag vivía en La Cocha desde los años veinte. Había llegado en busca de un horizonte mejor que la terrible hambruna que destilaba Alemania.

Helmut Montag era un militar que había llegado después de la Primera Guerra y era uno de los hombres más ricos del pueblo. Helmut recibió a Klement en su casa y le dio trabajo y comida. Ingrid, la hija de Montag, me dijo que al principio Klement vivía en una casa que estaba al lado de su casa. Después se fue a vivir a la pieza del fondo.

Klement era adorado por los Montag. Charlaba y cenaba con ellos, y siempre tenía reuniones con Helmut.

Ingrid fue mi confidente. Ella decía que su padre había llegado a la Argentina por un premio que le había otorgado el gobierno alemán debido a su excelente desempeño como militar.

Mi papá no quería quedarse aquí, me dijo Ingrid debajo de una parra, pero se enamoró de una criolla y ya no se pudo ir. Lo que pasa es que él quería conocer la Argentina. Le habían dicho que aquí tendría trabajo, que era una llanura fértil, que estaba todo por hacerse y quiso conocer. Cuando se enamoró de mi mamá se tuvo que quedar.

Helmut Montag lo atendía como si fuera de la familia. Le prestaba dinero, le regalaba comida. Eran íntimos.

*

Después del trabajo en el observatorio, lo vi pasar por el frente de la plaza. En la esquina lo paró un hombre sentado en una moto. La máquina hacía un ruido incomparable. El hombre le hizo una seña y Klement se subió a la moto. Y después se fueron.

El amigo de la moto era alemán, también. A partir de ese día, el amigo lo buscó muchas veces. Pero nunca habló con nadie. Yo nunca quise preguntarle nada. Le tenía un poco de miedo, un respeto reverencial, como si fuera un sacerdote o un fantasma.

*

Klement recordaba a su esposa y a su hija como si las tuviera al frente. Sus siluetas se dibujaban en la sombra de la mora o en el espejo moteado de la pensión.

A veces no hablaba mucho. Decía algunas palabras sueltas, como si ahí se cifrara la silueta de esas personas desconocidas.

El sentido de sus palabras era escurridizo. Yo sentía que cuando hablaba, las palabras dejaban hilos, motas de polvo, granos, puntos inconexos.

Hablaba de esos puntos como si fueran hebras de una trama enorme. A mí me llegaban sólo los pozos y los huecos. Klement se guardaba para sí una red infinita y rica, algo que había brillado en el pasado con todo su esplendor. Yo me quedaba con las huellas, con las cenizas del pasado. Pero sentía el calor del fuego, el horno que ardía ante mis ojos como una llama de humo rojo.

Yo creo que Klement ocultaba algo. No sé por qué. Los hombres importantes siempre ocultan cosas. Él actuaba con mucha humildad y sólo recordaba una parte (y sólo una parte) para no parecer vanidoso.

Sé que él era un grande, un grande de corazón.

*

Una vez él me pidió que le alcanzara unos papeles. Y entonces entré a su pieza.

Llevaba una vida ascética. Su pieza era una especie de tumba seca y despojada. Un foco, una cama larga, una mesa chica de pino sin lijar.

Los anteojos estaban apoyados en la mesa rústica. Al lado de la cama, en el piso, había un libro. Me fijé bien en su posición. No quería desordenar nada. Levanté el libro despacio, con precaución. Era un estudio de la religión judía. Estaba en alemán.

Yo sabía que Klement era muy lector. Pero nunca le preguntaba por lo que leía. En ese momento no me resultaba extraño.

Saqué los papeles que me pedía. Me senté en la cama. Quería estar un momento en su lugar. Miré el árbol alto que se veía desde su ventana. El canto de los pájaros inundaba la pieza. Las paredes sin pintura, el espacio estrecho, la ventana angosta y la rigidez de todo me hicieron pensar en la pobreza. ¿Por qué el gobierno no destinaba más dinero a los trabajadores del cielo? ¿Por qué?

Después pensé: la astronomía no ha enriquecido a nadie.

*

Klement y el amigo paseaban en la moto por las calles de La Cocha. El ruido del escape causaba un gran revuelo. La Cocha era un villorrio de unas pocas casas bajas. Aún hoy, después de tantos años, está compuesto por barrios de casas bajas en medio de una frondosa vegetación.

Klement llevaba un casco ajustado a la cabeza. Era un hombre ario quemado por el sol. Tenía la cara roja.

Cuando recuerdo los viajes de Klement en la moto, lo veo con la cara tostada por el sol terco del monte detrás de los anteojos finos y elegantes. Las muchas horas al aire libre le quemaban la piel, esa piel que él cuidaba con tanto esmero.

*

Un día me dijo que tenía una doble vida. Me quedé paralizado. Cruzó su mirada hacia los cerros y se quejó por el mal tiempo. Hacía una semana que llovía.

¿Cómo es eso, jefe?

Me dijo que tenía dos trabajos. El amigo de la moto lo llevaba a Alberdi. Trabajaba en la construcción del Dique Escaba. ¿Con qué fuerza podía hacer todo lo que hacía? Era un hombre rudo, duro. Parecía Jack Palance.

Lo que pasa es que el sueldo no alcanza, agregó.

Y tenía razón.

*

Klement tocó el violín en la noche de su cumpleaños, en casa de los Kappeck. Estábamos de festejo. Había vino espumoso y mucha comida.

Klement tocó una música de Bach en medio del barullo respetuoso de las gallinas.

Lo único que sonaba era el violín en medio de las gallinas y del titilar de las estrellas.

Esto es para ellas, dijo de manera misteriosa. Ellas me acompañaron toda la vida, dijo y señaló a las gallinas.

A la mañana siguiente, en el observatorio, mientras preparaba el telescopio, me dijo que él no era otra cosa que un criador de gallinas.

*

Yo no escuchaba las charlas de Klement y Helmut Montag. Eran charlas privadas. Solo asistía a las reuniones de la familia. Ahí estaban Ingrid, la esposa de Montag y los dos hermanos, como le decía Ingrid. Kappeck y Montag vivían como siameses. Se reían juntos y contaban cosas de Berlín y del esplendor alemán. A veces hacían chistes y nadie los entendía.

*

Klement no era un hombre violento.

Ingrid me dijo una vez que para ella era un hombre con cara de niño, delgado y parco.

Solía tomar la merienda con los Montag. Yo fui una vez.

Klement se paró y levantó la tetera. Sirvió el té para todos. Incluso puso la infusión en mi taza. Era muy servicial con esas cosas.

Dejó la tetera al lado y puso sus ojos en el horizonte, como solía hacer. No miró a nadie. Yo pensé que rezaba.

Ingrid se rió. Soltó una risita cómplice, como si ella supiera lo que él estaba pensando. Quizás pensaba en ella, en el cuerpo de ella. Quizás ella pensaba en él.

Klement levantó la taza y se puso a tomar lentamente. Levantaba la taza y bebía como si fuera una ceremonia religiosa. Como todos estaban callados y parecía una misa, Helmut, su amigo del alma, dijo algo sobre las carreras de caballos que se organizaban en el pueblo. Y ahí yo dije que me encantaban los caballos. Klement se quedó callado.

De él aprendí a escuchar. Por él supe que más importante que hablar es atender.

Después del té y las masitas, se fue a su pieza del fondo y sacó un cigarro armado por él mismo. Dejó que el humo se perdiera en el aire. Dejó que las volutas formaran una hilera larga y sentenciosa. Hizo una pitada. Y después otras. Fumó, parco, apoyado en la pared de cemento pelado durante una hora, al menos.

Después yo lo saludé desde lejos, y le hice una seña con la mano. Le indiqué que nos veíamos al otro día.

No quise hablarle. No quise interrumpir su pitada.

Pensé que el silencio era lo mejor que tenía.

*

De lunes a viernes trabajaba en el observatorio. Los domingos solía visitar a Estela.

Ella era mi perdición.

De lunes a viernes, por las noches, jugaba a las cartas con el gordo y el chino en el bar.

*

Klement conoció a un director de cine norteamericano. Un tipo extraño. Me quería filmar, dijo Klement, estaba interesado en hacer una película sobre mi vida. Era un tipo pobre que quería hacer plata con mi vida.

Yo nunca entendí cómo un director de Hollywood se podía interesar por un ingeniero alemán que vivía en el campo y que se dedicaba a la astronomía.

En fin. Klement decía que recordaba conversaciones completas con el director. A él no le gustaban los yanquis. Decía que eran agrandados, vanidosos, que se creían los dueños del mundo.

*

Escuchar el ruido de la roca que explota en medio del silencio del monte es uno de los mayores placeres, decía Klement.

Klement era amigo del profesor Armín. Me contó que Armín era el autor de un tratado de ingeniería hidráulica. Junto con su amigo de la moto, iban todas las semanas a Alberdi. Entre viaje y viaje, yo me daba cuenta de que descuidaba el observatorio. Pero atendía a una de sus pasiones: poner dinamita en la roca.

Una tarde me contó que cuando era chico le ayudaba a su padre en la búsqueda de petróleo. El oro negro, decía Klement, es el futuro. Mi papá lo sabía. Y por eso me llevaba a dinamitar la roca, allá, en la vieja Austria. ¿Dónde están los días pasados? ¿Dónde se han ido?, se preguntaba y se tocaba la barbilla, melancólico. Cada vez que hablaba de su padre se ponía muy triste.

Pero se ponía contento al retomar la tarea. Por eso volvía feliz cada vez que venía de Alberdi.

Romper la roca. Eso es lo que hacía en el laboratorio y en las montañas. Eso es lo que hizo toda su vida.

*

Pensar que viví solo tanto tiempo. Lo único que tenía era el laboratorio, Estela y los muchachos del bar. Vivía como un paria, como un perro solo y triste. Pero esa era mi vida. Y me gustaba. Había algo ahí que me gustaba. Más me envolvían el trabajo y las cartas que la inteligencia o el amor. Pagaba la pieza, trabajaba como negro y me encamaba con Estela.

Esa era mi vida. No tenía otra. Yo estaba conforme, como los perros que se bastan con la comida en el plato tirado en el piso.

Mi familia estaba en el pasado. Era una mancha en mi memoria, un torbellino lento de motas de polvo.

Cuando hablaba con Klement me olvidaba de todo. Cuando jugaba a las cartas con el chino y el gordo me olvidaba de todo. Cuando me iba con Estela me olvidaba de todo. Y a veces me perdía en el monte, solo, como si quisiera escapar de la monotonía del trabajo. Pero nadie puede escapar de sí mismo.

*

Helmut Montag era un hombre risueño y generoso. Un hombre que había sido rico y que seguía siendo rico. Tenía sus tierras y de eso vivía. Y solía ayudar a los pobres. Les regalaba comida cuando no tenían qué comer. Era un hombre increíble.

Solía enojarse mucho cuando los muchachos miraban a Ingrid. Tenía corazón de militar. Era celoso y recio. Yo creo que él sabía lo de Ingrid y Klement. Nunca quiso decir nada. Era una cosa que lo hostigaba, seguramente. Helmut hacía como que no pasaba nada. Esa fue la mejor forma de saltar por encima de las cosas. Klement era su mejor amigo. Con él compartía todo: el esplendor que ya no tenían, el amor por las ciudades europeas, la música alemana, las canciones, el gusto por los autos y las máquinas, la infancia en una tierra lejana y perdida. Klement era él mismo pero visto en otra persona.

Ahora que Helmut ha muerto puedo decir algunas cosas que vi. Helmut tenía unas fotos extrañas. Sé que eran fotos muy queridas. Klement nunca me habló de esas fotos. Jamás mencionó nada relacionado con ellas. Y eso que él era un fotógrafo aficionado.

En lugar de hablar de las fotos, una vez me dijo que quería ser escritor. Me dijo que estaba escribiendo una novela. Y me lo dijo cerca del árbol del fondo, ese eucalipto grande que tiraba las hojas en el techo de su pieza.

¿Qué historias habrá contado Klement?

*

A él le gustaba la caza. El día que salimos a cazar montó en un caballo y nos dirigimos al monte. Llevaba un poncho marrón. Tenía la cara aniñada, muy blanca, pequeña, y eso le daba un rostro limpio y cuidado. Ese día llevaba en su cabeza un sombrero alón. No estaba solo. Iba con el baquiano. A veces se perdía y miraba al cielo por varios minutos. Y después hablaba solo, en alemán.

No se bajó nunca del caballo. Hizo dos tiros. Y eso le bastó para matar dos comadrejas, como si nada. Yo me quedé con la boca abierta.

*

Antonio, me llamaba mi jefe. Yo sentía que esa voz gruesa y tranquila guardaba en sus pliegues algo de un pasado esplendor. No había razones para pensar eso. Pero yo lo pensaba. Él fue el que me enseñó todo sobre el escrutamiento de los cielos y sobre la diferencia entre las razas.

*

Si no fuera por el cielo estrellado, si no fuera por las charlas con Klement, si no fuera por las confesiones de Ingrid, si no fuera por el cuerpo moreno de Estela, yo no sería el que soy.

Esas noches largas y perdidas en la cama maltrecha de la pensión son inolvidables. Estela se metía en el baño y se demoraba para generar suspenso. Yo veía las fotos de las mujeres en las revistas prohibidas y se las mostraba y ella quería ser de las mujeres que los hombres desean.

Salía del baño, envuelta en una colcha y se metía denuda en la cama y empezaba el ritual. Primero me chupaba todo lo que podía y después yo me perdía en ella como me perdía en las miles de estrellas con el telescopio.

Y cuando Estela me tocaba en la oscuridad, yo pensaba en su cuerpo abrasivo y quería comerla hasta el tuétano y la besaba y la acariciaba hasta que no podía más.

Esa fue una parte de mi vida en La Cocha. La otra, la del dolor inevitable, también existió.

*

Klement dijo que el cielo es como una mujer desnuda tirada en una alfombra negra, muerta. Un cadáver.

*

Golpeé las manos en casa de los Montag. Ingrid me abrió la puerta.

Pasá, dijo. Están en el fondo. Ya vienen.

Lo espero acá.

No, no. Pasá.

Bueno.

Me senté en la mesa del comedor. Todo estaba ordenado. Ingrid se sentó a mi lado.

¿Cómo va el trabajo?

Muy bien.

El señor Klement está conversando con mi padre. Hablan de cosas que ellos dos entienden.

Claro.

Al rato entró Oscar.

Nos vamos a demorar, dijo. Vení.

Me invitó al gallinero. Yo no entendía nada. ¿Qué hacían ahí? Había un olor a caca impresionante y las gallinas estaban alborotadas. Klement levantaba un brazo con un palo y decía unas frases en alemán y Helmut lo seguía con la mirada de alguien que observa a un maestro. En un instante, Klement se detuvo y me miró.

¿Entiendes algo?, me preguntó

No, dije con vergüenza.

Hizo dos pasos. Levantó de las gradas de madera una gallina y la dejó colgando en el vacío. La gallina hizo un ruido ensordecedor.

Hablaba de las gallinas. Son animalitos de Dios, dijo y la soltó.

La gallina saltó y corrió, despavorida, en el espacio estrecho del gallinero.

Hay gallinas buenas, de buena raza, y otras malas, mezcladas. Lo que importa con las gallinas es la raza pura, dijo.

Helmut asintió.

Tiene toda la razón, agregó.

Yo no dije nada. No podía opinar sobre algo que no sabía.
*

Klement era un hombre rutinario. Por todo lo que hacía era un hombre común. Se levantaba a la mañana muy temprano, iba hacia el observatorio, observaba minuciosamente el cielo, realizaba sus mediciones acostumbradas, me dictaba las mediciones, yo anotaba lo que me dictaba, almorzábamos juntos la mayoría de las veces, dormíamos una siesta y volvíamos a la tarde al observatorio. Repetíamos la rutina todos los días. Después del trabajo diario y del cansancio diario, él se iba a dormir.

Mi jefe era un hombre rutinario. Hablaba muy poco, pero a veces, cuando hablaba, yo le escuchaba un tono raro, un no sé qué en sus palabras.

Muy pocas veces me preguntó por mi vida. Yo le dije que mi familia quedó en Rosario, le dije que me tuve que ir, que ya no podía aguantar más, le dije que Rosario es una gran mancha en mi memoria, pero que, por el momento, es imposible volver.

Y él me dijo algo parecido. Me dijo que su familia había quedado en Europa. Por la guerra, todo se perdió. Muchos hombres murieron en la guerra y muchas personas se perdieron.

Mi familia se perdió, me dijo. Y yo le dije, yo he perdido a mi familia. No sé por qué, le dije, pero yo sentí que ya no aguantaba más, que me tenía que ir, que ya era suficiente, que había llegado al borde de todo. Sentí, le dije, que debía partir, que debía sacrificar todo lo que tenía y que tenía que buscar mi salvación.

Y mi jefe me dijo que a él le había pasado lo mismo. Toda su vida estaba arruinada por la guerra, pero, a veces, la vida nos juega una mala pasada, me dijo. Él había sentido que tenía que empezar de nuevo. Y así, consiguió un pasaporte para venir a la Argentina. Me dijo que él no sabía dónde estaba la Argentina y que nunca había visto un mapa de América del Sur. Y yo le dije, no se preocupe jefe, no se preocupe, muy pocos gringos saben dónde está la Argentina. Y él me dijo que me pedía disculpas, que él no sabía dónde estaba mi país, pero que sí sabía quién era Perón. Y yo le dije, claro, todo el mundo conoce al general Perón, todo el mundo.

Sin darnos cuenta, habíamos llegado a la conclusión de que nuestras vidas se parecían.

Él me dijo que había perdido a su familia, que no sabía dónde estaban su esposa querida y sus hijos, que no tenía la menor idea de si habían muerto o de si estaban vivos, o de si vivían recluidos en algún hospital del Estado alemán.

He perdido a mi familia y he quedado solo en el mundo, dijo.

Yo le dije que había abandonado a mi familia, que había quedado solo y que ellos no tenían la menor idea de dónde estaba yo.

Qué miseria la nuestra, me dijo, nuestras vidas se parecen, nuestras tristezas se parecen.

Y yo le dije, tiene razón, jefe, tiene toda la razón.

*

El chino se sentaba en la mesa de la ventana. Y solía llegar temprano. Desde ahí podía ver las chicas. Esa era su estrategia. Y yo también miraba. ¿Quién no?

En un abrir y cerrar de ojos el chino sacó una carta y la escondió debajo de la pierna. El gordo y yo nos dimos cuenta. Siempre hacía lo mismo. Era un pícaro, el chino. Mientras manejaba la baraja, se las arreglaba para sacarla.

Pero esa noche me cansé. Le dije que tenía que mostrar lo que había robado. El chino se hizo el tonto y se rió. El gordo también le pidió que saque y que muestre. El chino pidió asilo político en la mesada y Doña Berta le guiñó el ojo. Doña Berta le tenía hambre al chino así que esa fue su oportunidad.

Doña Berta se vino a la mesa y dijo que lo teníamos que perdonar. Que el chino era un tipo bueno y que era un ganador. Yo me paré, lo empujé, se cayó y vi la carta que había quedado intacta en la silla.

Desde el piso, el chino lanzó la carcajada y se paró. Doña Berta lo llevó a la mesada y le invitó un trago. El gordo y yo estábamos expectantes y nos miramos con bronca.

Vení chino, dijo el gordo. Vení y arreglá esto. No jugamos más con vos si no venís, dije.  Doña Berta hizo una mueca desde la mesada y se rieron con el chino.

Bueno, hagamos una cosa, le dije al gordo en un murmullo. Si el chino no viene, le vamos a hacer lo mismo a partir de mañana. El gordo estuvo de acuerdo.

El chino se quedó en la mesada con Doña Berta.

Yo me cansé de esperar. Y el gordo, también.

Esa noche iniciamos la guerra.

*

Klement no era un hombre joven. Pero disfrutaba del aire libre, de las vacas, del monte y de las tareas en el campo. Una vez me dijo que había querido dedicarse a la pintura, como un viejo amigo de Munich. Pero que nunca había podido hacerlo. A Klemnet le gustaba el arte y el cine. Un día me invitó a que fuéramos a ver una película al cine de la anguila Torres, en Alberdi. Era el único que había a la redonda. Así que nos subimos al ómnibus y nos bajamos en la terminal.  En la vereda de la sala había algunas personas esperando.

Una chica saltaba en el cordón, entusiasmada. Era blanca, de pelo rojo y dientes muy claros. Lo recuerdo porque había un contraste muy grande con las otras chicas. Todos llevaban paraguas. Era la época de las lluvias. Y Klement tenía un piloto y yo estaba sin nada. Me puse debajo del techo para protegerme. Klement sacó su cigarro y empezó a lanzar el humo como una forma de esperar.

Yo era ansioso. Ya había ido al cine en mi ciudad. Pero en La Cocha era la primera vez.    Vimos una película de espías. Eso lo gustaba mucho a mi jefe.

Los espías son reales, me dijo a la salida del cine. Son muy útiles. Los americanos los hacen falsos y ridículos. Pero entre nosotros son útiles, dijo con un sentido críptico.

Caminamos hasta la esquina y él se paró y miró cómo el agua turbia recorría la calle. Se quedó un rato, quieto, mirando, y yo miré hacia el cielo nuboso y gris y recordé la cara de mi bebé. La espera se hizo una tortura.

Qué hacemos, jefe, le dije para salir del infierno interior.

Nos volvemos, dijo, y enfilamos para la terminal de ómnibus.

El pueblo de Alberdi era chico, también, había más autos y tenían una plaza bonita y llena de caballos y naranjos. Ahí se podía uno tomar unas fotos y entrar a la iglesia a confesarse.

*

El médico alemán vino en un Ford desde Bariloche. A mí me llamó la atención que viniera de tan lejos. Fue directo a la casa de los Montag. Klement me dijo que él desconfiaba de los médicos de la zona, que prefería que lo viera uno de los suyos. Eso dijo: uno de los suyos. Él se sentía de allá. Yo a veces pensaba que él estaba lejos, que nunca había salido de Europa.

El auto del médico era plateado, un poco gastado, como un caballo de plata.

Se metió en el gallinero y ahí se puso a hablar con Helmut y con Klement. No sé de qué hablaron. Klement no contó nada. Yo vi, desde el comedor de la casa (estaba con Ingrid escuchando radio) que él le mostraba la panza. Se levantó la camisa y le mostró la panza hinchada. Eso fue todo. Después salieron del gallinero y entraron a la pieza de Klement. Ahí estuvieron como media hora.

Sólo dijo que el hombre era médico y que lo visitaba por un problema de salud. Yo pensé que estaba enfermo y que no quería contar nada.

Klement era muy desconfiado. Por eso se hacía atender por un compatriota. El médico se fue al día siguiente. Y klement se quedó varias noches sentado en el gallinero, como si quisiera captar alguna energía que había quedado flotando.

Ahí no había luz. Solo brillaba el foco de la pieza. Su cuerpo era una silueta negra en medio del ruido de las gallinas.

 

*

Un poco después, se hizo amigo de Villagrita, un fotógrafo que vivía en Alberdi. Supongo que se conocieron cuando él iba a trabajar al Dique.

Villagrita era petiso, algo rubicundo, hablaba lento, con una voz rasposa y aguda, como una trompeta rota o perdida en un vagón. Su cuerpo tenía la forma de un cono invertido. Usaba pantalón ancho y largos zapatos marrones, de punta fina. Caminaba despacio, casi de costado. Llevaba un sombrero de ala ancha, tenía bigote corto y fino, como un Chaplin gordo.

Las nubes horadaban la tarde y el gordo Villagrita levantó su brazo para mirar el cielo y se tropezó con el cordón antes de entrar a la casa de los Montag.

Llegó agitado, con demora. Pero no explicó su tardanza. En Alberdi o en La Cocha todo estaba cerca. No había razón para los contratiempos. Salvo un casamiento o una comunión arreglada a último momento.

Villagrita era risueño, aunque guardaba un tono melancólico y canyengue cuando contaba su vida. Al presentarse, decía con alegría que era fotógrafo y que lo suyo era un oficio centenario. Él había heredado la cámara de su padre, el mejor fotógrafo del norte.

Klement estaba en la galería, con la radio encendida. No estaba solo. También estaba Ingrid. Ella le acercó un mate y él sopló con fuerza, haciendo ruido hasta el fondo.

Villagrita lo saludó y se rió, casi como un acto reflejo. Ingrid le estiró el brazo y dejó el mate sobre la mesa.

Villagrita corrió su bolso de cuero y lo apoyó en el brazo. Sacó la cámara y la mostró con orgullo.

Ya la conozco, dijo Klement, con la autoridad del experto. La cámara era del padre de Villagrita. La  levantó y ostentó sus formas. Estaba orgulloso del legado de su padre. Sentía que en esa máquina se cifraba el apellido y el esplendor.

Qué hacemos, le dijo Klement.

Lo que tenemos pensado, dijo Villagrita con un tono enigmático.

Lo que yo dije, reafirmó.

Eso, eso.

Vení muchacha, dijo Klement y caminó unos pasos hacia Ingrid.

Aquí voy, respondió ella. Klement le guiñó un ojo y ella se sonrojó. Creo que le recordaba a su hija.

Tenemos que hacer la foto.

Allá, indicó Villagrita y señaló un montón de ladrillos rojos que estaban detrás del gallinero. Klement la agarró del abrazo y la ayudó como si fuera una niña.

Ingrid también lo quería.

Klement se puso de costado y la tomó del brazo. Ella miró a las gallinas, como si no quisiera olvidar el momento. klement tenía el mate en la otra mano, con cierta osadía, como si se jactara de una pose cinematográfica. Aunque no trabajó en el cine, sí lo hizo en el teatro cuando era muy joven. Esa marca histriónica y burlesca se mantenía en su gesto.

Villagrita apoyó el trípode en un pequeño montículo de tierra. Midió la distancia. Miró el visor pequeño, como un punto infinito. La panza le colgaba por el peso y él trató de acomodar la tela que caía pero no pudo.

Miró nuevamente el visor. Klement se rió e Ingrid apenas abrió la boca.

Recuerde amigo que esto es historia, documento, alardeó Villagrita.

No dé tantas vueltas, dijo Klement, con un tono severo.

Sonó en el aire el ladrido de un perro lejano e Ingrid levantó la cara siguiendo el eco. Sabía que era el perro del vecino.

Ese debe ser el caschi de Belindo, dijo.

¿Listos?

Klement miró hacia arriba. Murmuró algo, ininteligible. Parecía que rezaba. Ingrid estaba inquieta. Ella era muy religiosa y en la iglesia le decían que no había que confiar en las imágenes.

Sonó un click extraño, desencajado, distante.

Klement se movió y ella, también.

Ya está, dijo Villagrita.

Klement se corrió rápidamente y dejó a Ingrid sola, abandonada. Le pidió que se quede quieta e hizo un gesto mudo con la mano: le dijo a Villagrita que la tome de perfil sin que elle se dé cuenta.

Qué pasa, don Klement, dijo ella, con sospecha. Era un poco ingenua.

Nada, Ingrid, nada.

Villagra sacó la foto. En la quietud escultórica de la tarde, Villagrita tomó un retrato de perfil. La nariz aguileña y la boca fina aparecieron en primer plano. Tenía el gesto torcido, como si guardara una huella de ingenuidad, como si supiera algo del futuro violento o de lo que ocurriría fuera de Argentina.

Esa fue la primera imagen de Klement y de Ingrid.

Y Klement le pidió a Villagrita que las revele lo antes posible. Villagrita prometió traerlas rápidamente.

Yo estoy seguro de que ella lo quería, como si hubiera sido su primer novio.

*

Helmut me pidió que cuidara a Klement. Me dijo que era el hombre más importante del pueblo. Él quería que se postulara como intendente.

Si él se queda, este pueblo puede evolucionar, me dijo Helmut. Yo me quedé tieso. Pensé que Klement se podía ir. Pensé que Oscar sabía algo que yo no sabía. Pero no me animé a preguntar.

*

Klement me contó que había tenido un criadero de gallinas en el norte de Alemania, cuando se había separado de su esposa.

Fue una época muy dura, dijo, durísima.

Hablaba con inevitable tristeza. Miraba a las gallinas con ternura, como si en ellas se cifrara esa parte del pasado que ya no volvería a ver.

Estaba solo y me visitaba la vecina, agregó, una chica muy buena que me ayudaba con el gallinero. Si no hubiera sido por ese negocio yo no habría sobrevivido.

¿Y su esposa?

Ya nos habíamos separado. Ahí empezó la soledad. Los chicos quedaron con ella. Hace muchos años que no la veo. A veces la sueño y sueño la cara de mis hijos.

Yo pensé que él era mejor que yo. Klement había dejado a su familia pero él lo había hecho porque escapaba de la guerra. Y yo, ¿por qué había dejado a mi esposa?

¿Cómo sería la cara del bebé? Los había abandonado en una etapa crucial.

Son hermosas las gallinas, dijo. Y miró hacia el gallinero con una dulzura acentuada. ¿Qué hubiera sido mi vida sin ellas?

Suspiró.

Bueno, dijo, vamos a trabajar. Esto es lo mejor que tenemos.

*

El gordo llegó temprano. Yo, después. El chino entró tarde.

Repartimos las cartas sobre la mesa. Doña Berta estaba cansada. Tirada sobre la mesada, miraba a los comensales que llegaban de a poco.

El gordo empezó con la jugada. Siguió el chino. Cuando se dio la vuelta, saqué una carta y la puse debajo de la mesa. La pegué con un chicle. El chino ni se enteró.

Afuera, un camión lanzó su humareda negra y tóxica. El día estaba soleado, lleno de ese aire fresco y puro que había los domingos. Era un día peronista.

Qué hacemos esta noche, dijo el chino.

Nada. Qué vamos a hacer.

Yo me voy con la mina.

Y yo no sé, dije.

El gordo lanzó otra jugada. Doña Berta se acercó al chino. Le rozó el hombro y el chino se hizo al costado. Al chino no le gustaba. Pero ella le daba comida, lo atendía, lo hacía sentir un rey.

Era una mujer mayor. Y el chino era como yo. Joven, feo pero empujador. Era un mujeriego de mala vida. A él le convenía tener una mujer que lo atendiera. Pero no quería nada en público. Le daba vergüenza.

Cómo anda doña Berta, le dijo.

Bien. ¿Y vos, chinito?

Acá, con los muchachos.

¿Cuándo nos vemos?

El chino seguía mirando las cartas. Tenía los ojos pegados a la mesa y no se quería dar la vuelta. La tenía a ella en la espalda, pegada como una mosca.

Mañana, mañana arreglamos, respondió el chino.

Yo saqué la carta de debajo de la mesa y la puse ahí. Gané la partida. Le hice un guiño al gordo y los dos festejamos en silencio.

El chino se tuvo que aguantar.

*

Las gallinas apiñadas estaban tranquilas. El gallinero era chico. Con maderas destartaladas, era como un estadio minúsculo y desordenado. Las gallinas empollaban y miraban al vacío.

Klement las acariciaba. Mientras le hacía muecas a una, golpeó las manos Villagrita. Desde la mesa, Klement le hizo señas de que pasara.

Villagrita se sentó en una silla enclenque. Yo pensé que se podía caer. Por suerte, no pasó nada.

Villagrita miró hacia los cerros y suspiró. Algo del aire lo motivaba a quedarse quieto, pensativo.

Hubo un silencio.

Miró su bolso y sacó un paquete con las fotos. Las puso sobre la mesa. Klement levantó una.

Están muy buenas, dijo.

Me miró.

Llamala a Ingrid.

Ella vio las fotos con embelesamiento. Estaba conmovida. No sé si no era la primera vez que veía unas fotos así.

Villagrita pidió un brindis.

¿Cómo no?

Klement entró a la pieza. Volvió con una botella de vino y con su arma.

La tengo que limpiar, dijo.

Estupefacto, vi cómo lustraba con un trapo y con crema, con esmero, el acero.

Lentamente, sacaba la crema, la untaba y repasaba la superficie.

Así estuvimos un rato. La luz del atardecer pasó del rojo al violeta tenue.

Villagrita le pidió el dinero.

Klement volvió a la pieza. Dejó el arma. Puso los billetes sobre la mesa. Villagrita los contó, con lentitud.

*

Klement fumaba apoyado en la ventana de su pieza y el humo se mezclaba con la niebla espesa de los cerros. Las vacas estaban dispersas en el verde rugoso y los carneros reían entre nosotros y las gallinas.

Estábamos tan contentos con el trabajo diario en el laboratorio que el ingeniero casi no se acordaba de su pasado en Alemania. Pero esa noche dijo que Europa era la miseria que no había asumido la necesidad de un centro en Alemania. Y dijo, soltando una pitada larga, que un laboratorio en La Cocha era como un castillo de cristal en el desierto. Un observatorio en el monte olvidado de La Cocha, un observatorio cerrado en el monte abierto. Desde cualquier lugar del mundo se pueden ver las estrellas, pero desde La Cocha tiene un encanto superior, dijo Klement.

Era un hombre educado. Ayudaba a los ancianos a cruzar las calles llenas de barro por las tormentas de verano. Había leído mucho sobre la religión judía y eso lo convertía en un extraño entre los católicos del pueblo.

*

Hacía varios días que el chino no venía a jugar a las cartas. Doña Berta lo había conquistado. Entre el hambre y el deseo, había ganado la comodidad.

El chino se había convertido en una marioneta. Doña Berta decidía cuándo venía y cuando no.

Tenía la camisa arrugada y lagañas en los ojos.

Eh, no te dejan en paz, le dijo el gordo desde la mesa.

Tengo mucho sueño. Hoy no puedo, changos, dijo el chino, y bostezó.

Yo también había pasado una linda noche con Estela.

Hagamos una cosa, aclaró el gordo, qué les parece si nos vemos mañana.

El chino y yo estuvimos de acuerdo.

Sin responder, el chino enfiló para la mesada y se perdió en la cocina.

*

Me invitó al cine de nuevo. Estaba entusiasmado.

La lluvia era pálida y triste como el beso lejano de alguien que no está. Era un día ideal para perderse en la oscuridad de la sala.

En la mitad de la película me dijo algo que nunca entendí. En medio de un motín, explotó una bomba. Unos ladrones se escapaban y el militar que los seguía les hizo un tiro desde la vereda de enfrente.

El ejército es el alma de la patria, dijo.

La película terminó y Klement se quedó inmóvil. Leía los títulos con la obsesión de un purista.

¿Qué pasa, jefe?

Nada.

Seguía leyendo cada uno de los títulos.

La sala quedó vacía.

Klement escuchó el último estertor de la música y se paró.

Ya podemos irnos, dijo.

Nos paramos en la esquina. Se quedó mirando el agua sucia, estancada, como si fuera un espejo del pasado.

Yo vi la cara del bebé en la penumbra amnésica. Y vi la cara de mi esposa en la cama, pegada a la almohada, la noche de mi huida.

Qué pasa, Antonio, me despertó Klement. El cine te lleva, ¿no?

Sí, el cine te lleva.

*

Al día siguiente, durante el almuerzo, le dije que había estado pensando en mi familia y en mi hijo. ¿Cuántos años tendrá el bebé, ahora? ¡Debe ser un muchacho hecho y derecho!

Mi jefe me miró y no pronunció palabra. Me sentí incómodo. Le estaba contando mi vida desde hacía varios minutos y Klement solamente comía y, cuando no comía, miraba el horizonte por la amplia ventana del frente de la casa.

En La Cocha todas las casas eran bajas. No había edificios, ni rascacielos ni antenas exóticas. Solo casas bajas y campo, mucho campo. La iglesia, la casa de policía, el registro civil y el banco rodeaban la plaza principal. Las calles pedregosas acumulaban y dispersaban el polvo cuando pasaba un carro llevando caña de azúcar para el cargadero o para el ingenio.

Ese día Klement estaba particularmente callado. Encendió un cigarrillo y lanzó la primera pitada.

¿Qué le pasa hoy, jefe?

Estoy muy preocupado por mi trabajo, Antonio, dijo con cierta perturbación en el tono.

¿Por qué?

No sé.

Klement parecía estar pensando en otra cosa, quizás en su enfermedad silenciosa. Yo había quedado inquieto y preocupado con lo que le acababa de decir. Sin embargo, ninguno se atrevía a confesar lo que pensaba.

Yo esperaba que Klement ampliara su comentario, pero él seguía pensando lo inconfesable. Un silencio largo y por fin habló.

No sé. Creo que el trabajo que hago me gusta mucho, pero me estoy aburriendo.

*

Me voy por unos días, dijo. La confesión me hizo pensar lo peor.

Subió a la moto de su amigo, suavemente. Con parsimonia se colocó los lentes. El amigo encendió el motor y el escape rugió. Los vecinos salieron a la calle.

La moto avanzó y dejó una humareda negra.

Yo lo saludé desde un banco de la plaza. Y sentí un escozor amargo. Ahora que se va, siento que es como mi padre, pensé.

Yo pensé que se iba para siempre. No quería pensar en su ausencia.

Adiós, Klement, me dije para adentro. Adiós. Y lo saludé aunque ya no estaba. Sólo quedó la estela de humo negro. Y reinó el silencio de la siesta.

Desde hacía días se tocaba el pecho cada tanto. Supuse que se iba al médico. Un día había dicho: debo ver un médico especialista.

Lo imaginé en la estación: tiene el bolso pequeño, la máquina de fotos, el cuaderno azul, la camisa y las botas de fajina. Lleva un libro y lo lee en el vagón, inclinado en el asiento. Busca que la pequeña luz amarilla pegue en la hoja.

¿Qué hará por las calles de esa gran ciudad? ¿Qué hará sin los lentes del laboratorio? Nadie puede vivir sin mirar a las estrellas. Los informes indicaban que estábamos cerca. Estábamos muy cerca de conquistar el espacio exterior. Las mediciones del señor Klement ayudaban a la conquista del espacio. Yo, Antonio Soldati, me sentía útil. El trabajo que hacíamos estaba contribuyendo al avance de la ciencia.

*

Desde la gran ciudad mandó una carta. Fue extraño. Fue como si su carta fuera un mensaje secreto. Yo pensé que la carta diría que no iba a volver. Pesaban los días de ausencia, el trabajo solitario en el observatorio, la desconexión con el pueblo.

En ese lapso, me encontré con Estela varias veces y dejé de ir a jugar a las cartas.

Una sola vez hablé con Ingrid. Mientras la lluvia mojaba los sembradíos, lo recordamos juntos: sus gestos, el típico movimiento de labios cuando estaba por decir algo, su buena fe.

La carta era breve. Mandaba saludos a Helmut, a Ingrid, a mí, y me preguntaba por los equipos. Me decía que cuidara todo con mucho esmero. Las cosas que no se cuidan se pierden para siempre, decía.

*

Cuando volvió pensé en hacer un festejo. Klement estuvo de acuerdo. Creo que quería olvidarse de la enfermedad.

Las sillas y la mesa estaban al lado del gallinero. La tarde despedía ese olor fuerte y rancio que tiene el piso de tierra después de la lluvia. En la galería había una tarima de madera. La orquesta estaba compuesta por un bandoneón, una guitarra y una batería elemental. El cantor era alto y usaba un bigote grueso, como de cantor de tango.

Klement se ubicó despacio en la silla y sacó su cigarrillo armado. Helmut se sentó a su lado. Los dos hablaban solos. Yo estaba en la galería, junto con los músicos. Desde chico tuve esa manía de ponerme cerca de las luces. Le pregunté al cantor y él me adelantó el repertorio.

Conectaron los equipos.

Al rato, Ingrid se paró a mi lado y me preguntó si sabía bailar. Me dijo que me invitaba. Yo sabía que ella quería bailar con Klement pero que le daba vergüenza salir a la pista delante de sus padres.

Empezó a reír. A carcajadas.

Klement se paró y miró hacia la galería. Estaba interesado en la risa de Ingrid.
Helmut se paró y vino hacia nosotros. Klement se quedó en la mesa.

Helmut le tocó el pelo a su hija. Yo lo miré con detenimiento. Era una caricia que se había forjado durante años. Le rozaba el pelo, lentamente, y miraba hacia el horizonte.

Klement, solo, levantó un vaso de vino e hizo una mueca vacía.

Los vecinos empezaron a llegar. Se sentaron en la única mesa y llenaron el fondo. Entre todos, hacían una veintena.

El cantor dijo que la noche estaba en sus inicios.

El murmullo se convirtió en griterío y la música inundó el lugar. En un momento, Helmut corrió la mesa y armó la pista de baile.

Helmut sacó a su esposa y rasparon el suelo. Los movimientos eran controlados y medidos. Helmut la sostenía de la cintura y ella se meneaba con soltura. Ingrid los miraba con cierta envidia, como si allí se cifrara una parte de su deseo.

Yo me había desplazado. Ahora estaba en la mesa, al frente de Klement. Él estaba callado, pensativo, y seguía los pasos de Helmut con su mujer.

Al rato, en medio del jolgorio –se habían sumado otras parejas– el cantor paró la música y anunció la sorpresa de la noche.

Ahora, dijo, vamos a recibir el número de oro de la noche.

Klement se sonrojó. Sabía que estaban hablando de él.

Se levantó y tomó el violín que estaba debajo de la mesa. Caminó hasta el escenario. Subió.
Una polka, dijo Klement.

Con el sonido hiriente de su instrumento empezó la pieza. Los otros músicos lo miraban atentos.

Klement tocaba, poseído. La noche se encendía.

Cuando terminó, todos aplaudieron. Extasiado, Klement miró hacia el gallinero. Un silencio hermoso reinaba en las gradas de las gallinas. Estaban extasiadas, también.

Klement bajó su cuerpo lentamente como muestra de agradecimiento. Su incipiente timidez se había ido. En el escenario era otro, ahí encontraba su forma y su destino.

Bajó los escalones. Se sentó en la silla. Yo di la vuelta a la mesa y lo felicité. Ingrid, Helmut y su mujer también lo hicieron. Los vecinos, entusiastas, lo saludaron desde sus lugares.

La orquesta retomó la estridente y rítmica música y la fiesta se extendió hasta la madrugada.

*

Después de un mes, hizo un segundo viaje a Buenos Aires. No creo que se haya ido por motivos de salud. ¿Por qué se fue? Nadie lo sabe. Sólo recuerdo que las paredes solitarias congelaban la piel en el tremendo invierno de La Cocha.

Tengo la cara de Ingrid después de que él se subió a la moto. Tengo las piernas de Klement que colgaban como banderas remotas en la lejanía. Su mano hizo un gesto rápido desde la esquina y levantó el brazo como si quisiera hacer un saludo.

Unas lágrimas claras desfilaron por el rostro blanco y terso. Ingrid lo esperó día por día.

Klement se fue sin dar ninguna explicación. Y, para mí, ese viaje fue un anticipo del futuro.

Debo confesarlo: cuando él me dejó a cargo del observatorio, yo sentí un poco de miedo. ¿Quién vigilaría las ventanas, los equipos, las mediciones? ¿Quién controlaría los estudios con la precisión que lo hacía él?

*

La noche del regreso, Klement se emborrachó. Se paró, caminó lento y se apoyó en la mesada que tenía doña Berta. Miró hacia los cerros y se quedó un rato, pensando, como si quisiera evitar la caída. Yo lo miré desde la mesa. También había tomado mucho. Pero no tenía problemas con la expectativa de los otros. Él, en cambio, no quería que lo vieran así.

Empezó a caminar de nuevo y se balanceó hacia los costados. Estaba visiblemente mareado. Se detuvo en la puerta. Sacó un cigarrillo, como pudo. Se dio la vuelta. El humo le rozó la frente y se expandió en el aire frío. Me miró. Me penetró con los ojos. Levantó la mano y me llamó con un gesto de la cabeza. Me levanté, despacio. No me podía parar. Tambaleaba. Klement me esperó en la puerta.

Empezó a llover. El agua se expandió en la tierra y conformó la primera senda de charcos.

Alcancé a Klement. Él me tomó del hombro y me abrazó. Caminamos juntos un trecho. Yo pisé un charco y casi me caí. Él me agarró del brazo y esquivó un charco y se resbaló. Como yo lo tenía agarrado, no se cayó.

Estaba avergonzado. Yo lo notaba. En silencio, seguimos hasta la vereda de Montag. Ahí lo dejé y siguió solo. Empujó la puerta de alambre y se pinchó un dedo. Vi sangre en su mano desnuda. Klement la miró y se pasó la otra mano. Quería limpiarla. El agua que caía del cielo lo ayudó.

El barro abundaba en el pasillo hacia el fondo. Como pudo, con esfuerzo, caminó hasta la pared que enfilaba hacia el gallinero. Las gallinas estaban dormidas, debajo del techo precario de cartón y madera. Klement alcanzó la puerta de su pieza. Desde ahí se dio la vuelta y me estiró el brazo, saludándome. Se metió. Quedó a oscuras un buen rato. Aunque me estaba mojando, me quedé bajo el agua bendita, y seguí los movimientos. La ventana estaba abierta. Klement se sacó la camisa. Vi su torso desnudo en la penumbra. Vi su mano herida. Encendió el único foco. La penumbra gris de la lluvia empezó a penetrar en la pieza y se mezcló con la luz amarillenta. Ese resplandor hizo que brillara el arma que Klement levantó después.

Empecé a caminar hasta la pensión. Cuando me senté en la cama, empapado, pensé en que Klement tenía un gran autocontrol. No sé cómo hacía. Estaba borracho pero él se mantenía incólume, como si el alcohol no le hiciera ningún efecto.

Ahora pienso en lo hermoso que era tomar un poco vino en medio de los cerros. Y en lo hermoso que era besar a Estela bajo el efecto del alcohol.

*

Solo, frente a las aguas fugaces del río, recuerdo las tardes íntegras en las que iba con mi esposa, muy joven, radiante, a disfrutar del sol rojo y el viento suave.

El bebé tenía una cara de ángel. Y se reía como se ríen los ángeles. Él no llegó a conocerme. Sentados en la arena, mirábamos las olas bravas que llegaban hasta nuestros pies. Tengo en mi piel la huella de esos días hermosos y lejanos. Ella miraba conmigo y se perdía conmigo en el agua del mar. Acá, en este río tucumano, el infinito está cerca. Acá, como en el mar, en el borde del río, el sol está más cerca y más lejos.

*

Klement se sentó en la mesa del fondo, al lado del gallinero. Sacó un poco de tabaco y armó, con parsimonia, un cigarrillo. Levantó su cara aniñada hacia el cerro. Suspiró.

Se paró, caminó hasta las gradas improvisadas, y levantó una gallina. Ésta trató de soltarse. Klement, con fuerza, la retuvo. La miró.

¿Ves?, dijo, todas quieren escapar.

La volvió a mirar. Con esmero, con un interés científico, como si fuera un biólogo, la examinó.

Esta es pura. No tiene mezcla.

Miró hacia el cerro. Reparó en la ceniza breve del cigarrillo y aspiró. Lanzó el aire con mesura, como si quisiera controlar, incluso, la salida contenida del humo.

Cuando custodiaba ese negocio de gallinas en el hermoso brezal, dijo, los judíos del pueblo me compraban huevos y carne de gallina. Yo estaba en contacto con ellos. Y nadie decía nada. Cerca de ahí, estaban los restos de la guerra.

Por ese entonces yo sabía muy poco de la guerra. Sabía que los alemanes habían perdido y que los aliados habían buscado, con ansiedad y esmero, a los perdedores. Pero no sabía nada más.

Klement escuchó con tranquilidad las quejas de la gallina. Y la lanzó en el aire. La gallina elevó sus alas y se acomodó  en el vacío y logró caer en una posición favorable.

Siempre caen paradas, dijo, como los gatos. Las gallinas son aguerridas. Y andan en grupo y se ayudan entre sí.

Jefe, dije, ¿por qué le interesan tanto las gallinas?

Yo las estudié, dijo. Y me ayudaron mucho. Son animalitos de Dios. Y Dios sabe lo que hace. Ellas sobreviven de cualquier forma. Yo aprendí eso de ellas.

Esa noche, Klement preparó un pollo a la parrilla. Un asado en la parrilla. El olor en las brasas ardientes se expandió en toda la casa, en toda la cuadra. El olor fue tan fuerte que hasta los vecinos vinieron a preguntar qué le habían puesto a la carne.

Nada, dijo Helmut, orgulloso. El señor Klement preparó todo. Él le ha dado un toque especial. Nada más.

Todos comieron. Todos brindaron por Alemania y por las gallinas asadas.

Esta es una de las épocas más felices de mi vida, dijo Klement en medio del silencio oscuro, y levantó la copa y se rió con fuerza, con una fuerza inusitada.

*

Klement me dijo que había estudiado ingeniería en su ciudad natal.

Un día, vino un vecino y me dijo que Klement no era ingeniero. Yo no le creí.

Esa noche klement me hablaba y yo lo escuchaba casi mecánicamente. Sólo un pensamiento atravesaba mi mente: me preguntaba, obsesivamente, por las razones del comentario del vecino.

¿Qué quiere este hombre?, pensé. ¿Será cierto lo que me dijo? ¿Por qué me mentiría?

La repetición del trabajo aturde a cualquiera, me dijo Klement y yo me sobresalté. Me había perdido en las elucubraciones y la voz seca de Klement me trajo, repentinamente, al restaurante.

Sí, sí, asentí, como si me despertara.

Además, dijo Klement, no se puede hacer una sola cosa en la vida.

¿Qué quiere hacer?

Creo que ya es hora de irse.

Me sorprendió. Abandoné los cubiertos y junté mis manos sobre la mesa. No esperaba una respuesta breve y radical.

Por… ¿Por qué? Turbado, pensé que nunca había pensado que mi jefe se podía ir.

No sé, dijo fríamente Klement, como si hablara para sí mismo.

Nos callamos. Yo no sabía qué decirle. Klement no tenía ninguna preocupación por mis dudas y lo único que le importaba era su destino.

Después de un rato, Klement habló:

¿Y vos que hacés si yo me voy?

No sé, jefe, nunca había pensado en eso.

Yo volvía insistentemente en lo que había dicho el vecino. Me mordía los labios, estaba nervioso y me frotaba las manos involuntariamente.

¿Qué va a pasar con el observatorio si usted se va?, dije con miedo.

Me imagino que vendrá otro ingeniero, dijo Klement y lanzó una bocanada de humo. Se quedó con la cara hacia la ventana y su mirada perdida en el horizonte. Pasó su mano suavemente por la mesa y después dio dos golpecitos con un dedo.

Yo me quiero ir porque me necesitan. Unos compatriotas han decidido reunirse en Buenos Aires y me llaman.

Klement hizo una pausa como revisando cada una de las palabras que había dicho.

Sí, me llaman.

*

Villagrita llegó con su máquina espectacular. La ocasión lo ameritaba. Klement quería tener una sesión de fotos con las gallinas. Tanta era su devoción, que le pidió a Villagrita que hiciera un documento.

Yo quiero tener un recuerdo de estas gallinas tucumanas, dijo. Vení, Antonio, vení, ponete aquí, me dijo.

Me pidió que pose al lado de él.

¿No son tiernas?

Me paré al lado y vi el cerro y el crepúsculo rojo y unos pájaros que volaban, lejos.

Estás distraído, me dijo. Mirá a la cámara.

Me incomodé.

Esperá. Ya vengo.

Entró a la habitación y sacó su poncho. Se puso las botas lustradas por él mismo y se quedó quieto.

Dale, Villagrita, dijo. Y se paró con su poncho y sus botas impecables.

Klement, las gallinas alborotadas y yo estamos en la foto de Villagrita. Desde ese día la guardo con cariño.

*

Hermosa y añorada Estela. Si pudiera ahora acariciar tu cara, tu pelo lacio, tus labios gruesos y ondulantes.

El último encuentro fue el último domingo de las vacaciones de invierno. Fui hasta la callecita donde vivía ella. Estaba parada en la esquina, esperando que algún cliente la subiera en un sulqui o la levantara en un auto. Solían ir los autos de Alberdi. Gente con guita. Gente bien. Yo no era el mejor partido. Pero ella me quería. O yo me hacía la ilusión de que me quería. Era una mujer rubia, teñida. Llevaba la falda corta. Usaba minifalda, esa prenda del demonio. Y la llevé a la pensión. Entramos muy tarde, para evitar que la dueña de la casa nos dijera algo.

Estela se metió en la pieza y encendió el velador. Yo le saqué el pullover y la blusa. Ella me hizo olvidar del infierno (en que vivía), por última vez.

*

Era un día gris, con nubes abundantes, antes de la lluvia. Una neblina sólida sobrevolaba los techos. Las antenas parecían captar la timidez de la tarde. La humedad crecía como una enredadera en una pared sucia y alta.

El ingeniero pasó caminando y no me vio. Me parece que iba a comprar algo a casa de Doña Berta. Yo estaba tirado en un banco de la plaza, detrás de los pastos crecidos, y miraba el desplazamiento lento de las nubes.

En la esquina se paró y sacó un papel manchado. Habló solo. Dijo algo en alemán, como si tuviera la necesidad de recuperar la lengua.

Yo pensé: qué feo es vivir en el pasado. Lo mejor es vivir ligado al futuro. Y eso es lo que yo quería. Pero yo no podía y él tampoco. Había algo que nos atrapaba. Era como un imán.

*

El gordo puso el mazo en la mesa. El chino estaba con Doña Berta, en alguna pieza del fondo. El gordo sacó una carta.

Las cosas estaban duras.

Yo estaba muy triste. Me acordaba de mi bebé y presentía que el final estaba cerca. El trabajo se podía terminar. El observatorio quedaría abandonado. Las máquinas se convertirían en una chatarra gruesa y ostentosa.

¿Volvería a ver a mi hijo alguna vez?

*

La clave de la vida es el orden, había dicho Klement unos días antes. Y la mejor forma de organizar una vida es llevar un archivo. Es fundamental para el observatorio que el archivo sea conducido y organizado por alguien trabajador y responsable. Y me miró, como si el mensaje fuera una orden para el futuro.

A pesar del mandato, yo no lo hice. No pude hacerlo.

Él sabía que se iría y estaba preparando el terreno.

*

La noche de la partida, ocurrió algo. Helmut Montag descubrió que una gallina había sido asesinada.

A la madrugada yo escuché un escándalo, dijo Helmut. Pero nunca imaginé esto.

Esa noche, la noche más oscura en el pueblo, una gallina apareció muerta. Su muerte no era una muerte común.

La red del gallinero estaba sana, continuó Helmut. No había ningún agujero. La operación fue hecha con absoluto conocimiento. Fue hecho por alguien que sabe lo que hace.

Yo me fijé en la tela metálica. Estaba perfecta. No tenía ningún agujero.

Pero a mí lo que más me causaba dolor era que él no se hubiese despedido. Si bien es cierto que yo ya presentía lo que iba a ocurrir, nunca pensé que se iría sin decir nada.

A la mañana siguiente, Ingrid se encontró conmigo para hablar del señor Klement.

Fue en un banco de la plaza. La lluvia profusa había hecho crecer los pastos. Estábamos sentados en medio de una pequeña selva. Ingrid llevaba un vestido negro, como de señora mayor.

Estoy de luto, dijo cuando se sentó, como si alguien se hubiera muerto. Pero nadie sabe nada.

¿Nadie sabe dónde se fue?, le pregunté.

Nada. Mi papá no dice nada. Y mi mamá tampoco. Por algo habrá sido, dijo Ingrid.

Ella estaba triste. Lloraba como si fuera su novio.

Yo lo quería mucho, dijo, y se tapó la cara. Las lágrimas aumentaron.

No hacía falta que ella dijera nada. Para mí, había sido así desde el principio.

Algo que me duele es lo del gallinero, dijo Ingrid.

¿Por qué decís eso?

Fue él. Yo sé que fue él. La gallina estaba degollada.

¿Tenía bronca?, le pregunté.

Pero ella no me respondió. Siguió llorando y yo traté de calmarla mientras unas lágrimas finas y silenciosas corrían por mi cara.

*

Unos meses después de su desaparición, abrí el diario. Leí algo sobre un alemán que  llevaban a Israel. Decían que era Klement. Decían que Klement era un apodo. Pero yo no lo creí. Ese no era mi jefe. Ese hombre de la foto no podía ser mi jefe. Nadie podía asegurar que era él.

Siempre pensé que Klement era el hombre más honrado del pueblo.

*

Yo, Antonio Soldati, agradezco a Dios el nacimiento del químico que descubrió las propiedades del gas. Seguramente fue un soldado amante de su patria. Desde La Cocha, desde Tucumán, desde el turbio río Marapa, recuerdo las heladas mañanas reflejadas en el río Paraná. Ese espejo líquido era el testigo de las vivencias con mi querida esposa y mi bebé. Las vivencias flotaban mejorando el agua del río. Hoy, 29 de diciembre de 1950, al borde del río Marapa, Soldati, el ayudante Antonio Soldati, escribe su primer testamento. Soldati escribe: escribo mi primer testamento. Escribo leyendo en mi memoria las palabras de la Biblia. Mi madre me leía la Biblia, por las noches, junto al fuego. Las brasas azules iluminaban la casa y mi madre leía los “Proverbios”, lentos. Y cuando releo la oración divina, pienso en las vivencias insuperables frente al espejo de agua. Dios ha creado el río, el gas, los recuerdos y las bolsas en las que envolvían a los enemigos del pueblo. Y ha creado al químico que estudió el bendito gas. Desde mi ventana, escucho el rumor del río, desde los vidrios húmedos de mi ventana escucho el interminable recorrido del río Marapa, el interminable recorrido del río Paraná.

Descifrar la noche, eso es lo que hacía el ingeniero Klement, leer el orden de las estrellas. Aquí, en La Cocha, al borde del turbio río Marapa, recuerdo las mañanas claras de la costa y siento el dolor agudo por haber abandonado a mi familia. Nadie perdonará mi olvido. Nadie me perdonará.

Los sapiens fuking inventos

Por Claudia Aboaf

 

Dinero

“Dios no murió. Se transformó en Dinero” Agambem

Encuentra dinero en su bolsillo. Sacude la suciedad del billete fetiche que jamás se lava, contaminado con todas las bacterias hospitalarias, y ni aún así alguien reconoce que ese papel desecho no vale nada.

El dinero es fealdad que subió por la grieta en un antiguo terremoto, una erupción metálica desde el magma inferno que sigue quemando bosques y ciudades.

Tiempo

   Cronos, el tiempo horario come a sus hijos masticando lento restregando los dientes, o de un solo bocado. Sus mensajeros preferidos son las enfermedades y cada tanto, de un golpe manda una epidemia y acorta los plazos, son la vanguardia que avanza alcanzando al corredor más rápido. En la retaguardia esperan los accidentes. Y si no es suficiente triunfa el hambre.

¡Qué nadie pierda el tiempo porque no podrán volver para encontrarlo! Para los que creen multiplicarlo accionando veloces sus días, volviéndolos provechosos, se vende tiempo minutario en fracciones preciosas pero atención: una vez abierto el frasco, como el mercurio, se escabulle y es imposible sujetarlo.

El tiempo vivo ya no se exhibe pero hay tiempo muerto en mesas de saldos. Hay tiempo encogido, imposible de cumplir -Cronos se divierte jugando-, viene con gran variedad de culpas y castigos. Finalmente en el “Tiempo futuro” hay grandes negociados.

 

Trabajo

que se me pida que crea en el trabajo, que reverencie el míoPrefiero una vez más, caminar durante la noche a creerme aquel que anda durante el día”. Bretón

¿De qué trabaja?

No la convence la enumeración remunerada: profesora, tallerista, empleada, ni las tareas gratuitas que hace con los roles: madre, hermana, compañera. ¿En verdad, de qué trabaja? ¿De buscar la claridad como una planta? Sin desmerecer a las plantas, tan arraigadas, activas, nada mecánicas pero que al respirar trabajan. La Botánica, sin dioses propios y última en la cadena alimentaria, tiene además en su variedad, toda la farmacia.

Trabaja de mirar, piensa, de buscar la claridad como un girasol que rota el cuello para respirar el mismo cielo que sus compañeras. Se convence, porque sin el reporte de las miradas quién podría afirmar que las nubes viajan o que existe algo más que uno: persona, animal o planta. No va cerrar los ojos aunque la luz reflejada en latas y en el brillo eterno de las bolsas plásticas la encandile. No va renunciar al trabajo de ejercer una mirada y reportarla aunque sea un trabajo insalubre por el que nada pagan. De eso trabaja.

 

Lenguaje

En la escuela, el lenguaje común había derrapado en su cabeza: las leyendas que acompañaban los dibujitos de la casa-papá-mamá ascendieron por su oído pero no se ensamblaron con las imágenes y le quebraron el sistema de correspondencias. Además estaba lo que no se nombraba. ¿A cuántos otros nenes o nenas les pasaría lo mismo? Esas frases acuñadas con las imágenes eran un cálculo fallido: papá cuida- mamá ama-pero mira de lado-no de frente como en la lámina.

Necesitaba proposiciones específicas para unirlas con su vida, pero no las hubo y la operación resultó anulada. El sistema de signos era el mismo, pero no las correspondencias. En su propio juego restallaban informaciones que la liberaban; en el de ellos estaba acusada y devuelta a los grilletes. Una boca embanderada pronunció “ro-jo” separando las sílabas mientras señalaba una manzana, pero nadie señaló a una nena temblorosa, enrojecida y fresca como la fruta, ni mencionó una sola palabra que la liberara. Por eso ella ya no escogerá palabras ni levantará piedras de la playa: no colecciona cosas muertas.

 

Religión

“El infierno son los otros”. Sartre

Las “pibas” del mito de Perséfone son vibrantes y hermosas, de imaginación luminosa.  Distraídas con sus cantos y bailes, los otros, los cancerberos del infierno, cavaron en el asfato una trampa para que cayeran en la grieta castigadas por su primavera de derechos. Las guiaron a un tour antiguo, oscuro y voluptuoso. Las empujaron a un invierno donde viven anestesistas sin anestesia y mujeres-marsupiales-perras-gatas. Allí, las pibas de ojos transparentes sufrieron los rituales alrededor de un bebé plástico. En ese infierno donde les gustaría encerrarlas, las miradas pesquizantes de los otros las señalaron al grito de “¡¡Asesinas!!”  Satanás –gritaban- las atormentará hasta el suicidio. Esas voces oscuras hablaban una lengua distinta a las proclamas de las pibas, usaban el diccionario de la tenebrosa fantasía religiosa: fetos, fetos, cementerio de fetos, repetían. Pero ellos, los cancerberos, eran apenas sombras grises en el inframundo.

Allí gobernaba Plutón que imponía las leyes y controlaba el mundo. Sin embargo, Plutón, el más temido de los dioses tuvo que negociar al darse cuenta de que nada más podría florecer con tanta sangre de ninfa derramada y no tardó en liberarlas. Al salir de esa visión atormentada, las pibas afirmaron que: “ese infierno no es nuestro”.  El infierno son los otros.

 

*Imagen que acompaña el texto: Obra sin título de Soledad James

Monita y Pili se aman*

Vanesa Guerra

 

El rostro de una mujer es especialmente atractivo cuando se levanta a la mañana

Sei Shônagon

La angustia arranca las ideas de cuajo – lo leyó en voz alta como para retener la idea que ya parecía serle arrancada de cuajo, un manotazo que desgarra toda reflexión; la angustia es una mierda, resumió, de manera vehemente pero vencida. Entonces Pili consideró matarse, recordó la soga de nylon, gordita y fuerte, una trenza sensata de nylons blancos y negros, altanera como para escalar montañas o en su defecto tender ropa húmeda y vaporosa hasta el manchón oscuro, bajo el sol iracundo de esta ciudad irreflexiva, atestada de locos, furibundos, mierditos, resentidos y desclasados.

Monita no hubiese admitido tal manera de referirse a la gente, no hubiera dejado pasar así nomás el comentario, hubiese deslizado qué sutileza xenófoba, versión híbrida, según ella, del racismo de Pili, tan precario en sus bases teóricas, tan meloso, sentimental… porque para Monita, Pili, pobrecita, apenas sabe pensar.

Que Pili hubiese devenido planta furiosa en última macetita ahogada de La tiendita del horror, era asunto del destino humano en sus insospechados decursos; así debatía Monita su interior, frente a Pili –que andaba cada día más boba y como si esto fuera poco, cada día más triste y enojada. Pili: una frustración con patas, algo irremediable y lo que no tiene remedio remediado está; quizá podría probar un poco de Tai Chi.

Mientras Monita tomaba sus avanzadas clases de Tai Chi en el parque cercano, Pili empezó a buscar la soga en el galponcito de la casa. Varios días, por la mañana, al levantarse, pensó que no sería tan difícil, porque en el fondo de la casa hay un gran árbol que nadie identifica en la especie; la mamá de Pili creería que es el árbol de las barbas de la cabra; a Pili siempre le gustaron los árboles, y algo conoce: aprobó un curso en el Jardín Botánico; pero ese nombre no lo había escuchado antes, un árbol barbudo… sí, puede ser; puede ser porque muy pasado el otoño y casi entrando en una demorada primavera, el árbol éste largó como unos pelos amarillos, sedosos, nada dóciles, más bien pinchudos y lo hizo antes de mostrar alguna hojita. Al llegar por vez primera a esta nueva casa, Pili creyó que el árbol estaba muerto y varias veces durante ese invierno sin nombre y hastiado de grises, sin que Monita la viera, hirió al tronco muerto con una sevillanita desafilada para ver si corría un poco de savia en su interior; y por supuesto que no corría nada; un buen día introdujo un pincho de parrilla por el ombligo oscuro del árbol y escarbó hasta ensartar una asquerosidad de bicho baboso, verde, gusanazo regordete y viscoso que retorcía su cuerpecito como broqueta de tripa viva; ensartado, bajo el sol que le daba a rayo partido, entre nube y nube, el bichazo enroscaba sus verdores fluorescentes sin ojos, sin patas diminutas, lampiño hasta el brillo –como brilla, tan sedoso, tan globoso, que ganas de tocarlo; pero Pili acotó la curiosidad con inquietud, con pálpito y recelo y después de vencer la impresión y después de gozar con el sufrimiento animal, lo mató: lo aplastó; escuchó el gloub de las entrañas jugosas porque seguramente esa inmundicia habría vampirizado al árbol; habría tragado toda la savia y la habría cagado, rastrero, haciendo lentos rombos por el lomo muerto del tronco y con increíble destreza o paciencia animal habría desparramado resina inservible, puro veneno, hasta ultimar la magnífica planta, por dentro y por fuera. En las noches, el cadáver taciturno, bajo el clamor impúdico de la luna, destellaba una red de lucecitas gelatinosas, fosforescencias lunares, que no eran más que el vómito o la deyección de ese gusano traslúcido y turgente lleno de alma verde del árbol sin nombre.

Muerto y sin nombre era lo más parecido a Pili.

Por las mañanas, aun con los ojos pegados, recordaba a Robert Walser –un genio que nunca conquistó el nudo, por eso cada tanto caía de su corbata mal atada; pero para el caso, ni ella era Walser, ni Walser tuvo un padre marino que acopiara cuadritos con infinidad de nudos para amarrar, desamarrar y otras lindezas marítimas y lacustres. Así que en esas mañanas terribles, Pili ensayaba en la virtualidad del pensamiento maniobras para realizar una suerte de tres vueltas y después para arriba o para abajo o… había que probarlo, porque la angustia destruye los conocimientos, los arrasa… ¿dónde están los cuadritos del padre? y ¿dónde el libro de los nudos? Del tronco mayor, que al fin y al cabo, después de varios meses de nadería, se pobló de retoños y hojas inmediatas en los inicios tardíos de la primavera, emergía, desfachatada, una rama gruesa al centro del parque, fuerte como la trompa de un elefante joven; era factible, entonces, que soportara cincuenta kilos de angustia sin hacer de la escena un franco papelón. La escalerita blanca escondida a la vista de las pocas visitas, la soga envolviendo cruzado hombro y cintura, una subida sin ideas a los escalones del altar, un movimiento ágil para atar el extremo de la cuerda a la trompa paquidérmica, un lazo contundente, un coraje premonitorio para asomar hasta meter el cuello en la otra escena, patear la escalera, dejarse caer y aguantar el grito para que la chusma del barrio quedara sordamente excluida desde la ventana lindera que es todo paneo.

Una tarea muy fácil ¿pero dónde mierda está la soga?

Cuando Monita llegó con el atuendo blanco de Tai Chi  y sus frases sabias babeaban las comisuras de una sonrisa levemente fruncida, Pili, revuelta, había sacado al parque todas las imbecilidades acumuladas en el galpón; diseminadas o alborotadas en ilógicos montoncitos, supo, con una certeza luminosa y arrobadora, que debía incendiarlas: rociar kerosene, y lanzar un fósforo; con el pensamiento espeso, Pili ya escuchaba el reclamo del orden, un llamado sargentoso que Monita esmeraba en la dicción sugerente al pronunciar la elle, la y griega, la ce hache, las eses;

¿qué rayos hacés, che? ¿Llamó alguien para mí? Ya vengo, y ordená eso, querés.

De pronto, pensó en matarla. Primero sintió el odio que toda la vida profesó por Graciela Borges, después recordó que amó a Graciela Borges y que la amará toda la vida porque la dirigió Lucrecia Martel en La ciénaga; así es el amor: hay que saber dirigir. Pili compró la película en Blockbuster, la vio 22 veces, la seguirá viendo si no se mata, porque Pili yace abombada en una de las reposeras envueltas de selva y humedad, Pili yace, inerte, en la reposera que falta en el parque rancio de la película La ciénaga; Pili pantano, pilicenagosa, pilicosa, pilivana, pilivana inservible.

El agua caería sobre el cuerpo majestuoso de Monita, una ducha diría cualquiera, pero nunca se sabe a ciencia cierta cómo es la química real del agua en la piel tersa y solitaria de Monita, pues hasta donde el recuerdo se presiente, hasta donde palpita con último estertor, en el borde delicado donde acaba la imagen del pasado y pulveriza los hechos, Monita y Pili supieron bañarse juntas, amarse con flujo eterno, darse caricias insospechadas, reírse de la finitud, morir y renacer tras cada orgasmo.

Pero hoy va a matarla, porque Pili cambió de idea, y en esa mente opaca y confusa intenta gestar un plan, ella, pobrecita, que ni siquiera sabe ganar al Tatetí.

Monita reapareció en el parque envuelta en una toalla y vio a Pili apenas apoyada, como caída de un banquito de madera, en la misma incómoda posición de un par de horas atrás; era evidente que estaba insolada porque el sol laceraba todo, caía a pleno sobre la tierra yerma donde apenas crecen yuyos hirsutos… antes, a esta casa la alquilaban gitanos de rara lengua, tuvieron un gallinero y una sucia manía por revolear basura sobre basura, casi siempre inorgánica; un día los gitanos enloquecieron de alegría, las vecinas cuentan que las cucharas de plata escalaban las medianeras, que asomaban todas juntas como niños curiosos los ojos cóncavos argentos, dicen que retorcían cimientos de hierro con esas mentes mágicas y magnéticas; que entre gritos, rosas y cantes de una fiesta que no acababa, demolieron a saltos de tablao los techos del gallinero con unas pocas gallinas dentro y luego pa´ festejo de boda quemaron las partes no vendibles de algunos autos robados. Bomberos, jueces, policías y oscurajes, desalojaron a las familias, le impusieron su identidad nómada y el dueño de la propiedad con las manos en su masa rellenó el terreno rotoso con escombros, lo que equivale a decir: con más polvo que tierra; por eso las veces que Pili y Monita probaron cavar un pozo para plantar un ajenjo y un jazmín, toparon las ilusiones con vidrios, azulejos, hierros, cucharas, cascotes y grandes huesos de caracú.

El dueño de la casa –Pili y Monita la alquilan hace cuatro meses- dejó caer que si acaso prefieren un parque con buena tierra, entraña fértil, tendrían que comprar un par de camiones o matar a varios –le pareció leer a Pili en la mente usurera del locador- enterrarlos con esmero y al cabo lograr un parque bello como esos pintorescos cementerios de pueblo chico, donde los frutales dan duraznos enormes como melones, hermosos frutos, bien abonados.

Hay gente que mata y entierra su víctima en el fondo de la casa; pese a que siempre los descubren, insisten con la mala coartada; hay que aceptar que no es una buena idea enterrar nada impropio en las entrañas de uno mismo, hay que tener mucho más que plata para no enredarse en tamaño escándalo. No es el caso de Pili. Tampoco el de Monita.

Mientras Monita, envuelta con turbante y pareo de toalla azul, augura, desde la puerta de la cocina que da al jardín, vaya a saber qué cosa, Pili, incandescente, rodeada de trastos diseminados y montoncitos ilógicos como al descuido, abandonados a una suerte de indolencia involuntaria, vio, como ve el  recuerdo cuando se impone, la mandíbula de Tía Zharita flotar y dar vueltas sobre el agua del jardín desbordado de lluvia, en la vieja casa de Tapiales; todo barrial ese día, todo ese fondo de niñez entrañable era barro, pantano, barro negro, espeso, aroma a tormenta y más barro el tío, loco, que chapoteaba a gritos sobre las cenizas, que nunca son tan cenizas, las de su amada muerta, mucho más amada muerta que viva. Unos días atrás, el tío, con cinco infartos encima, abalanzó su torpe pero invencible cuerpo sobre el cajón abierto de la tía Zhara, balbuceaba inhóspitas frases en catalán y escupía horribles amenazas a todo el que intentaba acercarse; ya conseguía que nadie pudiera despedir a Tía: abrazado al féretro tambaleante, amarreteaba en su infinita incoherencia un cadáver; la prima a último momento tuvo la astucia de ofrecerle una copita generosa de Legui; desde la puerta de la cocinita del velatorio acertó a levantar su brindis, un convite frente a los ojos acechantes y furtivos del Tío Manón; entonces, la prima caminó con paso lento hacia la capilla ardiente y lo miró hilvanando alguna una cosa entre ellos; y el tío estiró la mano y bebió hasta empinar la copa; un fondo de ojos blancos. Después se supo que la prima Ercilia había disuelto a fuerza de cucharita contra el fondo dos comprimidos de Halopidol o Fluoxetina; tal vez, ya no pueda precisar con qué tipo de cóctel obligó al padre aquella noche; pero lo que sea que haya sido, al cabo de un rato, tranquilizó alguna de las miles de fallidas conexiones en esa fugada cabeza, y a las horas, varias horas, quién sabrá cuántas, digamos después, digamos al día siguiente, cremaron a la tía, y él, sin ninguna pasta encima, y con una urnita de madera ataviada con las vendas que usaba Tía por la flebitis, desvistió los restos de su Zharita y desparramó las cenizas sobre el jardincito huérfano de la casa de Tapiales; una nube oscura de polvo y mineral anticipó el chaparrón certero de aquella tarde de verano, bajo un cielo surcado por aviones ruidosos, un cielo inmenso de fugitivos colores al ocaso que enloqueció con los truenos y vibró aún más en las ventanas, en una atmósfera metálica, densa, apenas ventosa, la lluvia lo inundó todo, lavó la tierra, las baldosas, las rejillas, y los restos que nunca llegaron a ceniza impusieron su presencia: la mandíbula flotaba en los canteros de las rosas, y luego, huidiza, presa de una fuerza hidráulica paseó dando tumbos por canaletas hechas a fuerza de pala sobre la tierra; el agua discurría su firulete y su remolino y conectaba unas islas florales con otras, envolvía matas de margaritas, espesuras de ruda macho, montes de dalias, hortensias, crisantemos, bajo la caudalosa lluvia, bajo la lluvia cantarina, la mandíbula de Zharita era balsa salvaje difícil de asir, y Tío no cesaba de pisotearlo todo, chapotearse de barro, correr cerdos imaginarios, rengo y trastabillado, tras la nunca ceniza del amor; Ercilia, ya no pensó en más pastillas maceradas, ni en revueltos, ni en jarabes, sólo le dejó hacer: que fluya el viejo, hoy no vamos atarlo, dijo. Al rato lo perdieron de vista, la lluvia más el silencio inquietó la tarde y las primas salieron al barro y lo buscaron por las afueras de la casa, en medio de un descampado, en las afueras descampadas donde todo es posible; y allá el galponcito, a paso rápido sobre charcos, alzándose entre chapones, el galponcito, como a las perdidas del terreno, entre árboles viejos y fuertes, cobijado, camuflado, y las primas abrieron la puerta y ahí estaba, él, Don Manón, esmerado en su arte, esmerado y con obra expuesta: una soguita negra parecida a un cordón desteñido ahorcaba por el medio a la mandíbula andariega; te hice un colgante, m´hija.

Ya Monita insistía en que la dermatóloga y el cáncer de piel. Entonces, esquivando los trastos, le acercó a Pili un sombrero de paja, chino, una sombrilla de cabeza para trabajar el arrozal y también una crema anaranjada que manchaba cuanta cosa anduviera cerca; con un gesto indeciso, como volviendo de otro mundo barroso y licuo, Pili, fingió leer el nombre del producto para detenerse un ratito más en aquello, para no desintegrar del todo el recuerdo de la familia, de la Tía Zharita, del Tío Manón, pero Monita la preñaba de voces, de alertas, la frenaba con chirridos acorralándola en los rincones del ser y entonces, sin refugio, las ideas lábiles de Pili, comenzaban a errar, espesas y rancias desvanecían sus figuras gallardas, caían inoculadas de miedo, las ciudades del recuerdo eran sitiadas y todo parecía desgranarse: el alma secreta de las cosas del pasado evaporaba su existencia y desalojaba el infinito jardín del barrio de Tapiales, y otra vez todo era yerto, escombro y yuyo.

La angustia es barro y escombro –pensó; y cree haberlo dicho mientras  embadurnaba la cara con esa crema mandarinosa; ¿es mandarina o mandado? ponete la crema te digo, ¿no ves el sol?, ¿mandarina o mandado? ¡qué me mandás! donde manda capitán no manda mi papá, mi marinero. Desparramate de una vez, dale que te quedó un montoncito naranja en la ceja. La Borges camina hacia la reposera, no necesita cremas con tanto pantano cerca la piel respira mejor. Monita y Pili se aman. Monita le da la crema, le cuida la piel de bebé, la rodea con brazos certeros, le mima una frase al oído: que sería de vos sin mí, Pilita de mi corazón, no te dejes caer en la tentación. Tomá tu clonazepan, te lo parto en cuatro así no te ahogás, o te lo piso en una cucharita con azúcar y agua. Hoy viene a comer Cococho y Bimbo. Hay que ir al súper, comprar vinos, velitas, caviar, y arregláme este revoltijo que parece una rebelión de estropajos… hay algo tan ingenuo en los estropajos ¿viste? mirá esos pobres trastos bajo el sol, recalentando su existencia bajo una mirada indolente… Pili, el Feng Shui en la casa no considera semejante desborde de cosas, porque todo desborde, todo desorden, además de impuro, es sucio, Pili; dale, tragá nomás, tomá agua, más… que chica tan macaca… bueno, ya está, y ahora acomodame el galponcito; che, cuánta cosa hay en el galponcito, ¿no?; dale, mové, no te me cuelgues, Pilina.

*Del libro: La sombra del animal. Vanesa Guerra. Editorial Bajo la luna, 2008 Buenos Aires. Págs 15-23// Primer Premio (libro de cuentos) Fondo Nacional de las Artes, Argentina 2007.

 

Perdí la confianza en la historia y la volví a recobrar.

Memoria lúdica: viajes en Berlín hacia el 2018

Por Martín Glozman

 

GloZa

 

Ocupación de la cita

 

 En este caso la cita abarca un libro entero, un libro fuera de lo común, agitado y vivo, que nos excede. En su traducción de El libro de David, Robert Alter dice que no se sabe si, entre los judíos, narradores y contadores de historias encargados de entretener a la audiencia, a la manera de los bardos griegos, pero que la historia del rey David fue escrita sin conformidad para establecer que existirá testimonio del peso del tiempo, del grosor de cada grano de arena digna de medirlo, cuando detengamos toda ocupación y restablezcamos el recodo y el reposo de la lectura.#

 Con una convicción si se puede llamar de esta naturaleza (si resulta imprescindible buscarle un nombre) actúa “con las palabras” Martín Glozman. David establece: “Hacia él me dirijo. Él nunca volverá a mí.”, y esta… Podemos cambiarle el valor a la oración cambiando de sujeto, sin alterar el predicado. Con esa exactitud de itinerario (¿Calvario?), clavándole la mirada al desierto y sabiendo cuánta sed es necesaria exactamente para ir que (“Él nunca volverá a mí”), librándonos a la vez de la luz del día y la fatiga de la jornada solo porque la oscuridad es un camino que no exige frío ni renuncia a la dulzura, fue escrita Documento de María. Su libertad de expresión está en relación directa con el uso de la materialidad de la palabra como bien diametral, que lejos de dividir las cosas, va imponiéndole el peso mientras avanza: alforja, limo, salmo, río…

 De modo que no hay imprecisión alguna aunque el grito se ahogue en el llanto incontenible o la risa estruendosa de la metáfora. No hay arrepentimiento porque no hay regreso. “Lo inferior está dotado de poder desde el origen; lo superior es naturalmente impotente”. En Documento de María se ejerce hasta el silencio una justicia que deja de ser circunstancial cuando advertimos que nunca cumplió el propósito de un divertimento. La ficción no nos deja mentir.

Luis Chitarroni[i]

 

 

Llegué a Berlín el día 24 de septiembre de 2018, acompañado por Elisa Petroni, mi esposa.

Veníamos de Praga, escala en el camino desde Brno, una hermosa ciudad fronteriza con Austria, donde disfrutamos de la compañía de amigos y colegas en un seminario de duración de cinco días sobre psicoterapia y dialogismo, organizado por la Red Internacional de Prácticas Dialógicas. Nunca sé cómo describir de qué se trata esta disciplina, cada uno se interesa de otra manera, pero no siempre se hace asequible a la escucha.

Afortunadamente la quinta Conferencia de Prácticas Dialógicas se va a realizar en Buenos Aires en noviembre de 2019 y va a ser una oportunidad para presentar este modelo de trabajo en Latinoamérica e intercambiar con otros modelos locales.

Algo similar sucedió el día 25 de septiembre en la Librería la Escalera en Berlín al presentar mi novela Documento de María. Fue tanto lo que sucedió en tan poco tiempo que me ha sido muy difícil poder relatarlo. Un efecto tren de la distancia.

Una condensación contemporánea de las relaciones.

 

Después de volver de Berlín, luego de una semana porteña de retomar las viejas funciones y de nuevos trabajos en contexto de incertidumbre social y económica, venir a escribir a Varela Varelita es como una bocanda de aire, no sé si fresco, pero seguro como una transfusión de sangre.

Desde que me fui a escribir a Tigre en verano empecé a tener visiones con serpientes a la altura de la frente, proyectadas por mi mente. Pero luego de realizar una constelación familiar en lo de María de Los Hoyos esa serpiente se superpuso con una espada, que entendí era una cruz, y después sobre bastones de esculapio, dándome a entender que el veneno y la salud van muy de la mano.

María y espada con serpientes. Diseño Juan Pablo Cambariere.

 

Así pude saber que las concentraciones de veneno que estos días siento en el vientre o a veces en el espesor de la vida cotidiana, cuando entran en movimiento son saludables, siempre que eviten la explosión, recordando la experiencia del 2001.

A veces envenenarse un poco es bueno, como ahora que me tomo una Stella Artois, es viernes, son las 15 de la tarde, y ya no podía estar en casa por la invasión de ansiedad y deseos de acciones simultáneas. ¿Cómo ordenar el tiempo? Si no es el tiempo el que nos ordena a nosotros.

Hablando de tiempo y de orden quisiera referirme a la memoria del Holocausto en Berlín, suena muy magnificante, pero quiero decir para empezar que este tema en esta ciudad está tratado lúdicamente, hay un espacio para entrar en la memoria y jugar.

íbamos a ir a Polonia, Varsovia y los campos, donde estuvo prisionero mi abuelo Salomón Rotenberg.

Pero prohibieron la entrada de Federico Pavlovsky que iba a viajar con nosotros por una nota que había publicado en Página 12 sobre una matanza de judíos a manos de polacos en el pueblo Jedwabne en Polonia.

Decidimos ir a Berlín. Nunca había estado en Alemania pese a haber viajado mucho en Europa, por elección, y no estaba seguro de que fuera la decisión adecuada.

Tomé una cerveza en el tren mirando el rio que recorría el territorio previo a las montañas a mi lado. Richard, un viejo inglés me había sugerido que lo hiciera al entrar al país germano, al finalizar el seminario checo.

Entrada a Berlín.

 

Lo hice. Estaba conmocionado. Al bajar de la estación de subte para llegar al departamento Airbnb odiaba a todos en lo secreto de mi alma, veía los nietos de los nazis, y así me explicaba que fueran tan libres y heterogéneos. Terribles emociones. Me prometía evitar exteriorizar ese odio.

En cambio hacía una respiración zen para que el odio circulara sin llegar a los otros. Lo lograba o no lo lograba, no lo sé. Un muchacho alemán descalzo y borracho arrastrado por su amigo se tiró encima de mí en las escaleras al salir del subte, y me dijo we are the fucking germans.

Al llegar al departamento Airbnb a eso de las 12 de la noche ya que habíamos perdido una conexión del tren en Praga por un retraso, vi que la casa estaba llena de raíces y maderas elegidas con cuidados entre otros objetos. Plantas especiales, la piel de una oveja, situada en el centro del sillón en L exactamente como yo había colocado en casa esa piel que compré en San Antonio de Areco antes de partir. Y lo más llamativo: en el baño una menorá con velas, de bronce, antigua. La menorá es un símbolo judío muy importante vinculado con las celebraciones y la memoria. Y así, lleno de detalles, algunos vinculados con Rusia. No habíamos conocido personalmente a la dueña, pero le había prometido que me ocuparía de sus plantas con cuidado y así lo hice.

En la presentación de la Escalera, Germán el dueño de la librería, luego de atender especialmente a la lectura junto al grupo que asistió me propuso el desconcierto frente a una voz que pasa de la humillación a la soberbia, de la mística y la lectura del Zohar a la simpleza de las palabras, y lo que me pareció fundamental, de la confianza en la verdad a la desconfianza en los significados y las alianzas. Me habló de Primo Levi y Isaac Bashevi Singer, como de otros escritores que no traicionaron la búsqueda de la verdad y la fe en la comunicación y la poesía.

Me hizo acordar a Iair Kon, quien me conectó con José Luis Pizzi para hacer esta presentación, ya que él transmite esos valores vinculados con la tradición de la izquierda, la memoria, las experiencias del exilio. Expliqué a Germán que yo creía en él y en Iair, pero que en mi caso había sido defraudado tantas veces que solo podía creer en algo si en simultáneo dudaba de la fe. Solo en la ambivalencia dialéctica del compromiso podía mantenerme cerca del otro.

Me parece que esto es algo propio de generaciones más jóvenes que perdimos la fe en la palabra, aunque podamos haberla vuelto a recobrar. Creo que las opciones oscilan pendularmente entre el cinismo que por suerte va quedando en las décadas anteriores al 2001 y la búsqueda de la creencia, pero con la sabiduría de que aun así esa fe no se puede probar y las operaciones que conlleva están del lado de la construcción. Horadar la lengua para llegar al laberinto del encuentro perdido en la voz.

Lectura del Documento de María en el Memorial del Holocausto

 

Dónde están los padres que no nos hayan defraudado, dónde están los ideales.

Había una sobreviviente que se identificó mucho conmigo y me quiso enseñar sus certezas. Me saqué una foto con Dorita.

La Escalera es una casa de encuentro. Para mí fue importante rescatar que el libro Documento de María refería a una experiencia pero era una articulación estética, con operaciones de lenguaje, que disputaba un espacio social para afirmarse como literatura en un conjunto de instituciones compartidas.

El domingo fuimos al Memorial de las víctimas de asesinatos en el Holocausto, ubicado en el centro de Berlín, grande como su plaza central, paseamos por sus laberintos con Carsten Regling, el traductor de Piglia al alemán, amigo de Elisa y mío, Friedrerike, su mujer, y Julius, su hermoso hijo de 9 años, también estábamos con Khatharina, nuestra amiga alemana que vive en Londres. Vino a vernos especialmente y compartir estos días. Nos perdíamos y encontrábamos en esas hermosas columnas que no sé qué recuerdan pero no me lo pregunté porque no son más que concreto erigiéndose hacia el cielo evocando presencias que ya no están, y los pasadizos de aquellos que vivos nos escurrimos por allí. Leí una tira de Documento, lo firmé para los muertos, los sobrevivientes, los descendientes y las víctimas de todas las guerras.

Tiré el libro luego a los lápices bien arriba, como los llamó Timo Berger después.

Julius preguntó a Elisa qué estaba haciendo y le conté.

Después nos fuimos esparciendo espontáneamente, las mujeres fueron hacia un bloque y se subieron, varios pasillos más allá, Carsten, Julius y yo hicimos lo mismo, luego Julius jugó hasta reunirse con la madre. Carsten y yo fuimos hacia ellos para hacernos todos juntos una foto.

Bajamos al museo debajo del juego de paredes, y pude empezar a ver que la información sobre el Holocausto se divide en dos, en tercera persona y en primera. La neta información narrada objetivamente, y la “información” contada en primera muchas veces en forma de carta dirigida a otro, o bien en diarios.

La primera parte, que era la información objetiva la salteé por molestia, por naturaleza, y por acumulación de gente, eran cuadros, fechas, hechos. La segunda sala en cambio me resultó atrapante, eran recuadros de texto en el suelo con iluminación cuidada en lenguas originales y traducciones al inglés, leí uno por uno esos fragmentos de cartas y cuadernos, diarios, fotos y poemas. Es esa voz en primera, esa subjetividad en el discurso la que me permite construir la historia. Dialogo con el otro.

Esto recobró sentido porque un día después fuimos a la New Sinagogue, una sinagoga que en el siglo XIX reunió a la comunidad judía en Berlín y que fue bombardeada en la guerra. Hay un monumento a la ausencia y un museo, donde se enseñan algunas fotos.

Fachada restaurada de la New Sinagogue

 

Una reproducción sonora del Hasan, cantor litúrgico, en la ceremonia superpuesta con una imagen en movimiento de la escena ceremonial llena de gente, y luego relatos en tercera persona con documentos de las familias que pasaron por allí. Leí una por una esas historias documentadas, aunque estuvieran escritas en tercera. Si me iba hacia atrás con el cuerpo me distraía con pensamientos y fantasmas, como ver películas de terror con ideas nefastas, sobre mí, sobre mi memoria, sobre mis muertos y mi infancia. En cambio, si me adelantaba y proyectaba mi mente en la imagen y el texto, me sentía conectado profundamente, y ahí me di cuenta de que lo que en verdad me pasa es que no confío en la voz del narrador.

Perdí la confianza en la voz de la historia. De los narradores en tercera. Me había prometido en ese contexto volver a creer y lo hice pero fue un gasto de energía enorme y un proceso cognitivo complejísimo.

Además y sobre todo creo que hubo algo espiritual y de deber religioso respecto de esas familias, como si leerlas con esa atención fuera resucitarlas en el fugaz sentido del deber de la historia. Elisa y Emma, nuestra amiga inglesa, que nos acompañaba, no me entendían pero tampoco se animaban a interrumpirme, se paraban frente a mí para observarme y hablaban de lo que veían pero no me interrumpían y yo no podía y no quería salir de mi trance puesto que era un imperativo impuesto, una suerte de misión. Una locura.

¿Cuántas veces se puede hacer algo así?

Necesitaba hablar con alguien de estas emociones, con alguien que entendiera de literatura, que pudiera entender lo que significaba para mí darme cuenta de la sutileza de desconfiar del narrador en tercera.

Cuando alguien narra en primera no me importa la verdad del referente, simplemente le creo a la verdad de la articulación de su discurso, pero cuando hay un narrador que se presta a ser objetivo y narrar en tercera me mata su soberbia, su pretensión de moral, de autoridad, y me traiciona de entrada, no puedo encomendarme a esa misión que se propone con tanta autoestima. Mientras escribo siento olor a flores.

Antes de viajar, junto con mi primo Adrián hicimos una sesión de Foley para la postproducción de sonido de nuestro documental sobre la historia del Holocausto en nuestras familias, y en la última escena, que plantamos un árbol, de duración de diez minutos hicimos la mímica de toda la operación riéndonos, disfrutando, recordando ese cierre del documental en el campo de Javi y Curu en Tomas Jofré donde además me casé con Elisa. Esa escena de síntesis, de dolor, de cierre, de alegría, se repitió en el Foley en una dimensión superior atravesada por el sonido. Se me abrió una nueva dimensión que atraviesa los oídos. Una dimensión poderosa, creo que más que la vista.

Después de la New Sinagogue me encontraba con Cristian Forte, y esperaba poder hablar con él de la experiencia que me tenía impactado. Es un amigo de Matías Reck que hizo Milena Berlín durante muchos años. Llegué al lugar de encuentro, era una plaza poblada por la comunidad turca con una feria de comidas. Pedí un café y observé mientras era observado. El café turco era el mejor que probé. Veía a los jóvenes charlar con los mayores, darse las manos, saludarse apoyando las palmas en los corazones y pasé en un rato de ser forastero a estar adentro. Muy raro.

Temía que me preguntaran si era judío.

Hace poco leí en Maldita Ginebra y unos chicos de una banda de rock que tenían espíritu palestino querían medio asesinarme.

Estoy por la paz de los pueblos pero poner la corporeidad en la frontera por más alma beduina que se tenga no da garantía de continuidad. Miré unos souvenirs en plata y metales, un búho parecido al que traje de Luján, pero esperaba encontrar una serpiente enroscada en una espada. La simpatía con el vendedor era cautivante, me hacía acordar a la tarde en el mercado de pulgas de Jerusalem a los 8 años, cuando vi la serpiente hipnotizada por el flautista, bailando al son de su música.

Cristian Forte llegó retrasado, yo ya había tirado la bora del café y leía las mil vainas.

Lectura de café y Zohar con Reck antes de la partida

 

Fuimos en subte a otro barrio para conocer una librería de libros objeto y charlar con el librero para que él hiciera una presentación, compartimos en un café adorable con mesas en la calle una pieza de harina y espinaca que él había comprado en la feria, y unas aguas. Vi sus libros e intercambiamos materiales. Le conté de mi experiencia en la Sinagoga, creo que entendió. Además estaba trabajando en el sonido de la muestra “Mastur Beer” de la Bienale de Berlín donde yo había estado esa misma mañana, y entendía perfectamente esta nueva dimensión sonora.

Cristian se estaba yendo a vivir a Jordania por un proyecto artístico llevado adelante por su pareja.

Después de esto quedé tildado, había abierto un montón de cosas, no me quedaba otra, pero era demasiado. No sé a dónde llevará esto, tanta tierra sembrada con alguien que apenas conozco.

El paseo por el cementerio judío junto a Carsten y Elisa, y la visita al Museo judío que hice, alternaron también con los encuentros con Jorge Locane y Timo Berger, con quienes me introdujeron Matías Reck -con quien hago la Colección Naufragios en Milena Caserola- y Daniela Szpilbarg, su pareja. Jorge me resultó una persona extremadamente amable por su recepción previa a llegar y su estilo de fuerte presencia dispuesta al otro.

Además, todos los paseos con los amigos más cercanos, las cenas, las cervezas y los momentos de disfrute, incluido el paseo en bici por el antiguo aeropuerto Tempelhof, ahora convertido en parque pero sin modificaciones, por el que nos guió nuestra muy querida amiga Dita, de Eslovaquia, que conocimos en el Seminario en Brno, alternaron con el juego y recorrido de la memoria, que fue radical.

Nunca había estado en Alemania y este fue el momento de madurez justo para entrar en contacto con esta difícil historia que obtura toda forma de información objetiva. Además, Berlín es una ciudad muy viva, donde la gente se conecta a través de la mirada de forma singular en la calle y sin saber por qué uno anda saludando y recibiendo saludos de otros. Pero sobre todo por este carácter lúdico de la memoria. Quiero decir que en el museo judío en la zona más intensa de la muestra, la curadería no trata de dar información sino de una selección intensiva, pensado a la disposición en que se presenta al espectador y caminante por los espacios vacío a recorrer. Incluye y propone una experiencia integradora, con lo espacial, lo sonoro y lo perceptivo en todo concepto, que habilita el recuerdo de lo vacío en la emoción y el tiempo de la coexistencia.

En diez vitrinas se logran ver cartas, historias, diarios, objetos reencontrados, una menorá, fotos, formas de llegar al otro y estar presentes en lo que pasó. Observamos estas pequeñas e iluminadas vitrinas desde cerca, para leer los originales y compartimos el espacio de la mirada con los demás visitantes al museo. Recuerdo el llanto de una joven frente a la vitrina que mirábamos juntos como compartiendo el cuerpo o spot de la mirada. Quería saber qué hacer, si seguir sintiendo esa emocionalidad o si desprenderme de la escena y era un total carpe diem. Podía decidir libremente sobre mi destino. También recuerdo la seriedad de un hombre, frente a quien me dividía reflexionando sobre otras formas de ver y de posicionarse ante lo mismo. Habitamos y cohabitamos los que recuerdan, y lo que recordamos, en un espacio llamado las tres cruces que invita a pensar sobre la continuidad de la historia. ¿Qué otras líneas posibles hubo? ¿Qué otras líneas hay ahora? ¿Cuántas cosas podríamos percibir, o cuántas estamos percibiendo sin saberlo en esta línea horizontal del tiempo en la que solo cabe una intensidad detrás de otra? ¿Y si todos los espectadores estamos conectados? ¿Y si todos somos bocas de expendio de una unidad mayor a la que percibimos y le damos nuestras percepciones? ¿Y si se pudiera tomar conciencia de esto? ¿Si pudiera percibir junto con el hombre serio, o con la mujer conmovida, si pudiera comunicarme supraconcientemente con esa expendedora de realidad, acaso podríamos curarnos un poco mejor, a último momento? ¿No nos haríamos bien, no recuperaríamos las huellas de nuestras heridas, nuestros daños? ¿No le haríamos bien a los muertos, sin necesidad de bronca y odio por los perpetradores del asesinato? ¿No es este un dilema de la humanidad? ¿No buscamos la paz, padre, hermano?

Es todo verdad, pero también hay sufrimiento.

Sus cuerpos, sus miradas, sus llantos, sus angustias. Al final de ese pasillo una sala espacial y especial abre un espacio para la memoria en cuerpo propio.

Hay tres cruces en esa muestra: del Holocausto, que acabo de describir, del exilio que tiene un pasillo vacío de información y termina en un laberinto de bloques que recuerda el memorial antes relatado y la x de la continuidad que subiendo de piso tiene una curadería de arte que evoca la reconstrucción de la memoria en el presente y más allá la sala de la 10000 hojas: 10000 caras de acero pesadas sobre las que se entra a un gran espacio vacío para caminar sobre ellas pensando que todas son lo mismo, puestos en el lugar del perpetrador que aniquila el objeto rememorado para luego llegar al fondo y experimentar que cada una es única y diferente, que se pueden tomar en las manos, usar de máscara, sentarse en ellas y en algún momento despedirse, habiendo dejado algo de la alegría del juego en un espacio triste, pero compartido, para reinventar.

El cementerio fue caminar entre tumbas históricas rodeados de naturaleza, en una modalidad que no corta árboles ni poda pasto, más recoge las hojas caídas en una zona que no es de guerra sino de recuerdo, a diferencia de lo que me pasó en la New Sinagogue destruida por la bomba, huella del agujero de la memoria, aquí la memoria fluye como el río de la naturaleza que se lleva todo hacia el más allá con la frescura del sol de verano colándose entre las tumbas de donde crecen a veces árboles mismos de sus centros.

Árboles de sus centros

 

¿Cuántos somos los que nos alegramos en los cementerios? Que sentimos la realidad de todo allí mismo, en ese eje que viene después del más allá, donde las familias se reúnen. Espacio sagrado de la consagración. Como si después de la guerra se terminaran los relatos, como si después de la muerte se terminara la guerra de los relatos.

 

Espacio hermoso para recorrer en paz entre los vivos.

Paraíso de la contemplación

 

Martín Glozman

24-9-2018

[i] Texto de presentación de Documento de María (Bestia Equilátera, 2017) en La Escalera, Berlín, 25-08-2018.

 

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