Sueltos

 

Sueltos es el espacio donde publicamos textos inéditos de narrativa y ensayo para que los amigos de Caburé puedan disfrutar de buenas lecturas.

 

LAS GALLINAS

Por Fabián Soberón

*

   Mi jefe era el encargado de un observatorio en La Cocha. Todos los días anotaba mensajes del cielo. Escribía lo que veía a través de esos lentes especiales del observatorio. Era ingeniero, mi jefe. Era alemán. Era delgado, y parco y tranquilo y amable. Era un buen hombre. Desde hacía años trabajaba en ese observatorio perdido en el monte de La Cocha. Yo siempre le tendré agradecimiento. Si no hubiera sido por él, yo no sería el que soy. Si no fuera por él, yo, Antonio Soldati, no habría entendido la suerte adversa de esa raza y no los odiaría como los odio.

Mi jefe se llamaba Ricardo Klement y observaba la noche y deletreaba el orden de las estrellas. ¿Quién podría imaginar que en 1949 un ingeniero alemán estaba perdido en un observatorio, leyendo el orden de las estrellas, en un pueblo de Tucumán?

*

Conocí al ingeniero una noche negra y amplia, de esas que hay en el campo, a cielo abierto, al frente de la plaza principal, cerca de la casa de los Montag. Yo había salido del ejército y él estaba parado, en la esquina, antes de cruzar la calle.

El ingeniero miraba cómo el agua de la lluvia mojaba las baldosas de la vereda. Estaba solo, como casi siempre, y su mirada recia se perdía en el agua de los charcos. Esa mirada es un recuerdo imborrable. Nunca olvidaré su mirada de hombre.

Ese día me contó del proyecto. Aunque yo era un extraño, me habló del observatorio. Él tenía una percepción especial. Eso es así. Él supo desde el primer momento que yo podía ayudarlo. Y por eso me habló de las mediciones y los cálculos.

Cuando hablaba no miraba a la cara. Dejaba que sus ojos se fugaran hacia los cerros. Yo observaba los cerros y esperaba encontrar algo distinto, aquello que él estuviera siguiendo. Pero no había nada. Sólo dejaba que sus ojos se perdieran en la lejanía, como si allí radicara una parte de su escondida felicidad.

*

Esa noche me ofreció trabajo. Me dijo que necesitaba un ayudante en el observatorio. Yo había escuchado hablar de una torre oculta en el monte. Pero nunca pensé que mi destino estaría ligado a sus paredes y a sus silencios. ¿Cuántas noches estrelladas, cuántos crepúsculos solitarios estuvimos sentados en la sala cuadrada y blanca del observatorio?

Aun hoy escucho el viento que atraviesa las ventanas pequeñas, el agua que chapotea en los alerones y que habla en una lengua muerta. ¿Cuánta agua se pierde en la memoria?

Yo estaba solo. Había abandonado a mi familia. El ejército había sido una cura para mí. El ejército violento y crudo me había obligado a pensar en otra cosa y olvidar por un tiempo –aunque el olvido sea un espejo falso– a mi mujer y al bebé. El ejército fue lo mejor que hice. Pero la culpa no se va, siempre retorna como un boomerang irreversible.

*

Cuando lo vi al día siguiente, frente a la luz, me impactó su aspecto físico. Aunque era un hombre mayor que yo, parecía más joven. Tenía los músculos marcados en los brazos, el rostro anguloso, la frente recta, los labios finos, los dientes enteros y limpios. Llevaba anteojos y un poncho encima de la espalda. Era un gringo delgado pero fuerte y decidido. Sus ojos celestes brillaban con el sol.

*

Amaba las máquinas. Era un devoto de todo lo que fuera mecánico. Una tarde trajo su cámara y la puso sobre la mesa. La miró un rato sin decir nada. Tenía unas fotos viejas en una caja. Las sacó de ahí. Olían a humedad. Yo las miré desde la banqueta. Y después me acerqué. Había una mujer, rubia, una beba y un cochecito tirado en el pasto. Supuse que era su familia. Él no dijo nada. No quería hablar. ¿Tenía los ojos llorosos por el sol?

*

La casa de Doña Berta tenía un frente ancho y dos amplias ventanas, una a cada lado de la única puerta. Ella la había convertido en un improvisado restaurante.

Doña Berta era una morocha de caderas gruesas. Una matrona. Su voz y su tonada abrumaban a los comensales. Era una voz aguda, histérica. Esa noche entramos a la casa como dos amigos que se conocen desde hace tiempo. Ella supuso que iríamos a almorzar.

Doña Berta, la llamó Klement, traiga el plato de la casa. Y ella hizo trancos cortos desde el mostrador hasta la cocina, y nos trajo la comida.

Mientras almorzábamos, Klement sacó de su bolso, de repente, un libro de tapas gruesas y rojas. Lo destapó y me lo mostró. Era sobre masonería. Yo no sabía nada del tema. Alguna vez había leído algo sobre eso en la Rider digest pero nada más. Me habló de nombres, escudos, banderas, fechas, títulos. Se entusiasmó tanto que hasta doña Berta se acercó y empezó a opinar. Klement se sonrió y la dejó hablar. Ellos se conocían. Sin darse cuenta, la mujer habló y habló y Klement se levantó y se paró en el marco de la puerta. Sacó un cigarrillo y empezó a fumar. El humo se perdió en el horizonte y doña Berta siguió con su historia de desaparecidos. En esa época, hablar de eso no era un crimen. La mujer se ubicó en la silla y no le importó que Klement se hubiera levantado. Me contaba a mí sus historias y se reía cada tanto. Era una carcajada fuerte, estridente, que hacía que los otros comensales se dieran la vuelta y mirasen hacia nuestra mesa. Klement seguía fumando, plácido y solitario, al lado de la puerta.

En un instante, me di la vuelta y no lo encontré. Me sorprendió. Doña Berta se levantó y se fue a servir un vaso de vino para otro cliente. Yo me paré y vi que Klement estaba mirando el cielo. ¿Qué miraba?

Al rato volvió a la mesa y se quedó callado un buen rato, como si no quisiera volver al tema de los masones. Algo le había pasado. Parecía que había encontrado la clave para algún problema. Me dijo algo sobre las sectas y sobre los grupos religiosos. Estaba distendido y relajado. Este pueblo me gusta, dijo, y se tocó la frente.

Le propuse un brindis. Miró hacia la mesa vecina y volvió a sonreír. Un hombre leía el diario y se rascaba la cabeza haciendo ruido. Aquí son todos ruidosos, dijo. Y se sonrió. Él estaba acostumbrado a los silencios. Creo que por eso se fue afuera cuando doña Berta había hablado. Se había aturdido.

Bueno, dijo enseguida, me tengo que ir. Se paró y partió bruscamente.

Yo me quedé un rato solo, intrigado. Pero no podía preguntarle a nadie sobre mi jefe. Después me fui con mi inquietud a la pensión.

*

Klement fue protegido por Helmut Montag. Montag vivía en La Cocha desde los años veinte. Había llegado en busca de un horizonte mejor que la terrible hambruna que destilaba Alemania.

Helmut Montag era un militar que había llegado después de la Primera Guerra y era uno de los hombres más ricos del pueblo. Helmut recibió a Klement en su casa y le dio trabajo y comida. Ingrid, la hija de Montag, me dijo que al principio Klement vivía en una casa que estaba al lado de su casa. Después se fue a vivir a la pieza del fondo.

Klement era adorado por los Montag. Charlaba y cenaba con ellos, y siempre tenía reuniones con Helmut.

Ingrid fue mi confidente. Ella decía que su padre había llegado a la Argentina por un premio que le había otorgado el gobierno alemán debido a su excelente desempeño como militar.

Mi papá no quería quedarse aquí, me dijo Ingrid debajo de una parra, pero se enamoró de una criolla y ya no se pudo ir. Lo que pasa es que él quería conocer la Argentina. Le habían dicho que aquí tendría trabajo, que era una llanura fértil, que estaba todo por hacerse y quiso conocer. Cuando se enamoró de mi mamá se tuvo que quedar.

Helmut Montag lo atendía como si fuera de la familia. Le prestaba dinero, le regalaba comida. Eran íntimos.

*

Después del trabajo en el observatorio, lo vi pasar por el frente de la plaza. En la esquina lo paró un hombre sentado en una moto. La máquina hacía un ruido incomparable. El hombre le hizo una seña y Klement se subió a la moto. Y después se fueron.

El amigo de la moto era alemán, también. A partir de ese día, el amigo lo buscó muchas veces. Pero nunca habló con nadie. Yo nunca quise preguntarle nada. Le tenía un poco de miedo, un respeto reverencial, como si fuera un sacerdote o un fantasma.

*

Klement recordaba a su esposa y a su hija como si las tuviera al frente. Sus siluetas se dibujaban en la sombra de la mora o en el espejo moteado de la pensión.

A veces no hablaba mucho. Decía algunas palabras sueltas, como si ahí se cifrara la silueta de esas personas desconocidas.

El sentido de sus palabras era escurridizo. Yo sentía que cuando hablaba, las palabras dejaban hilos, motas de polvo, granos, puntos inconexos.

Hablaba de esos puntos como si fueran hebras de una trama enorme. A mí me llegaban sólo los pozos y los huecos. Klement se guardaba para sí una red infinita y rica, algo que había brillado en el pasado con todo su esplendor. Yo me quedaba con las huellas, con las cenizas del pasado. Pero sentía el calor del fuego, el horno que ardía ante mis ojos como una llama de humo rojo.

Yo creo que Klement ocultaba algo. No sé por qué. Los hombres importantes siempre ocultan cosas. Él actuaba con mucha humildad y sólo recordaba una parte (y sólo una parte) para no parecer vanidoso.

Sé que él era un grande, un grande de corazón.

*

Una vez él me pidió que le alcanzara unos papeles. Y entonces entré a su pieza.

Llevaba una vida ascética. Su pieza era una especie de tumba seca y despojada. Un foco, una cama larga, una mesa chica de pino sin lijar.

Los anteojos estaban apoyados en la mesa rústica. Al lado de la cama, en el piso, había un libro. Me fijé bien en su posición. No quería desordenar nada. Levanté el libro despacio, con precaución. Era un estudio de la religión judía. Estaba en alemán.

Yo sabía que Klement era muy lector. Pero nunca le preguntaba por lo que leía. En ese momento no me resultaba extraño.

Saqué los papeles que me pedía. Me senté en la cama. Quería estar un momento en su lugar. Miré el árbol alto que se veía desde su ventana. El canto de los pájaros inundaba la pieza. Las paredes sin pintura, el espacio estrecho, la ventana angosta y la rigidez de todo me hicieron pensar en la pobreza. ¿Por qué el gobierno no destinaba más dinero a los trabajadores del cielo? ¿Por qué?

Después pensé: la astronomía no ha enriquecido a nadie.

*

Klement y el amigo paseaban en la moto por las calles de La Cocha. El ruido del escape causaba un gran revuelo. La Cocha era un villorrio de unas pocas casas bajas. Aún hoy, después de tantos años, está compuesto por barrios de casas bajas en medio de una frondosa vegetación.

Klement llevaba un casco ajustado a la cabeza. Era un hombre ario quemado por el sol. Tenía la cara roja.

Cuando recuerdo los viajes de Klement en la moto, lo veo con la cara tostada por el sol terco del monte detrás de los anteojos finos y elegantes. Las muchas horas al aire libre le quemaban la piel, esa piel que él cuidaba con tanto esmero.

*

Un día me dijo que tenía una doble vida. Me quedé paralizado. Cruzó su mirada hacia los cerros y se quejó por el mal tiempo. Hacía una semana que llovía.

¿Cómo es eso, jefe?

Me dijo que tenía dos trabajos. El amigo de la moto lo llevaba a Alberdi. Trabajaba en la construcción del Dique Escaba. ¿Con qué fuerza podía hacer todo lo que hacía? Era un hombre rudo, duro. Parecía Jack Palance.

Lo que pasa es que el sueldo no alcanza, agregó.

Y tenía razón.

*

Klement tocó el violín en la noche de su cumpleaños, en casa de los Kappeck. Estábamos de festejo. Había vino espumoso y mucha comida.

Klement tocó una música de Bach en medio del barullo respetuoso de las gallinas.

Lo único que sonaba era el violín en medio de las gallinas y del titilar de las estrellas.

Esto es para ellas, dijo de manera misteriosa. Ellas me acompañaron toda la vida, dijo y señaló a las gallinas.

A la mañana siguiente, en el observatorio, mientras preparaba el telescopio, me dijo que él no era otra cosa que un criador de gallinas.

*

Yo no escuchaba las charlas de Klement y Helmut Montag. Eran charlas privadas. Solo asistía a las reuniones de la familia. Ahí estaban Ingrid, la esposa de Montag y los dos hermanos, como le decía Ingrid. Kappeck y Montag vivían como siameses. Se reían juntos y contaban cosas de Berlín y del esplendor alemán. A veces hacían chistes y nadie los entendía.

*

Klement no era un hombre violento.

Ingrid me dijo una vez que para ella era un hombre con cara de niño, delgado y parco.

Solía tomar la merienda con los Montag. Yo fui una vez.

Klement se paró y levantó la tetera. Sirvió el té para todos. Incluso puso la infusión en mi taza. Era muy servicial con esas cosas.

Dejó la tetera al lado y puso sus ojos en el horizonte, como solía hacer. No miró a nadie. Yo pensé que rezaba.

Ingrid se rió. Soltó una risita cómplice, como si ella supiera lo que él estaba pensando. Quizás pensaba en ella, en el cuerpo de ella. Quizás ella pensaba en él.

Klement levantó la taza y se puso a tomar lentamente. Levantaba la taza y bebía como si fuera una ceremonia religiosa. Como todos estaban callados y parecía una misa, Helmut, su amigo del alma, dijo algo sobre las carreras de caballos que se organizaban en el pueblo. Y ahí yo dije que me encantaban los caballos. Klement se quedó callado.

De él aprendí a escuchar. Por él supe que más importante que hablar es atender.

Después del té y las masitas, se fue a su pieza del fondo y sacó un cigarro armado por él mismo. Dejó que el humo se perdiera en el aire. Dejó que las volutas formaran una hilera larga y sentenciosa. Hizo una pitada. Y después otras. Fumó, parco, apoyado en la pared de cemento pelado durante una hora, al menos.

Después yo lo saludé desde lejos, y le hice una seña con la mano. Le indiqué que nos veíamos al otro día.

No quise hablarle. No quise interrumpir su pitada.

Pensé que el silencio era lo mejor que tenía.

*

De lunes a viernes trabajaba en el observatorio. Los domingos solía visitar a Estela.

Ella era mi perdición.

De lunes a viernes, por las noches, jugaba a las cartas con el gordo y el chino en el bar.

*

Klement conoció a un director de cine norteamericano. Un tipo extraño. Me quería filmar, dijo Klement, estaba interesado en hacer una película sobre mi vida. Era un tipo pobre que quería hacer plata con mi vida.

Yo nunca entendí cómo un director de Hollywood se podía interesar por un ingeniero alemán que vivía en el campo y que se dedicaba a la astronomía.

En fin. Klement decía que recordaba conversaciones completas con el director. A él no le gustaban los yanquis. Decía que eran agrandados, vanidosos, que se creían los dueños del mundo.

*

Escuchar el ruido de la roca que explota en medio del silencio del monte es uno de los mayores placeres, decía Klement.

Klement era amigo del profesor Armín. Me contó que Armín era el autor de un tratado de ingeniería hidráulica. Junto con su amigo de la moto, iban todas las semanas a Alberdi. Entre viaje y viaje, yo me daba cuenta de que descuidaba el observatorio. Pero atendía a una de sus pasiones: poner dinamita en la roca.

Una tarde me contó que cuando era chico le ayudaba a su padre en la búsqueda de petróleo. El oro negro, decía Klement, es el futuro. Mi papá lo sabía. Y por eso me llevaba a dinamitar la roca, allá, en la vieja Austria. ¿Dónde están los días pasados? ¿Dónde se han ido?, se preguntaba y se tocaba la barbilla, melancólico. Cada vez que hablaba de su padre se ponía muy triste.

Pero se ponía contento al retomar la tarea. Por eso volvía feliz cada vez que venía de Alberdi.

Romper la roca. Eso es lo que hacía en el laboratorio y en las montañas. Eso es lo que hizo toda su vida.

*

Pensar que viví solo tanto tiempo. Lo único que tenía era el laboratorio, Estela y los muchachos del bar. Vivía como un paria, como un perro solo y triste. Pero esa era mi vida. Y me gustaba. Había algo ahí que me gustaba. Más me envolvían el trabajo y las cartas que la inteligencia o el amor. Pagaba la pieza, trabajaba como negro y me encamaba con Estela.

Esa era mi vida. No tenía otra. Yo estaba conforme, como los perros que se bastan con la comida en el plato tirado en el piso.

Mi familia estaba en el pasado. Era una mancha en mi memoria, un torbellino lento de motas de polvo.

Cuando hablaba con Klement me olvidaba de todo. Cuando jugaba a las cartas con el chino y el gordo me olvidaba de todo. Cuando me iba con Estela me olvidaba de todo. Y a veces me perdía en el monte, solo, como si quisiera escapar de la monotonía del trabajo. Pero nadie puede escapar de sí mismo.

*

Helmut Montag era un hombre risueño y generoso. Un hombre que había sido rico y que seguía siendo rico. Tenía sus tierras y de eso vivía. Y solía ayudar a los pobres. Les regalaba comida cuando no tenían qué comer. Era un hombre increíble.

Solía enojarse mucho cuando los muchachos miraban a Ingrid. Tenía corazón de militar. Era celoso y recio. Yo creo que él sabía lo de Ingrid y Klement. Nunca quiso decir nada. Era una cosa que lo hostigaba, seguramente. Helmut hacía como que no pasaba nada. Esa fue la mejor forma de saltar por encima de las cosas. Klement era su mejor amigo. Con él compartía todo: el esplendor que ya no tenían, el amor por las ciudades europeas, la música alemana, las canciones, el gusto por los autos y las máquinas, la infancia en una tierra lejana y perdida. Klement era él mismo pero visto en otra persona.

Ahora que Helmut ha muerto puedo decir algunas cosas que vi. Helmut tenía unas fotos extrañas. Sé que eran fotos muy queridas. Klement nunca me habló de esas fotos. Jamás mencionó nada relacionado con ellas. Y eso que él era un fotógrafo aficionado.

En lugar de hablar de las fotos, una vez me dijo que quería ser escritor. Me dijo que estaba escribiendo una novela. Y me lo dijo cerca del árbol del fondo, ese eucalipto grande que tiraba las hojas en el techo de su pieza.

¿Qué historias habrá contado Klement?

*

A él le gustaba la caza. El día que salimos a cazar montó en un caballo y nos dirigimos al monte. Llevaba un poncho marrón. Tenía la cara aniñada, muy blanca, pequeña, y eso le daba un rostro limpio y cuidado. Ese día llevaba en su cabeza un sombrero alón. No estaba solo. Iba con el baquiano. A veces se perdía y miraba al cielo por varios minutos. Y después hablaba solo, en alemán.

No se bajó nunca del caballo. Hizo dos tiros. Y eso le bastó para matar dos comadrejas, como si nada. Yo me quedé con la boca abierta.

*

Antonio, me llamaba mi jefe. Yo sentía que esa voz gruesa y tranquila guardaba en sus pliegues algo de un pasado esplendor. No había razones para pensar eso. Pero yo lo pensaba. Él fue el que me enseñó todo sobre el escrutamiento de los cielos y sobre la diferencia entre las razas.

*

Si no fuera por el cielo estrellado, si no fuera por las charlas con Klement, si no fuera por las confesiones de Ingrid, si no fuera por el cuerpo moreno de Estela, yo no sería el que soy.

Esas noches largas y perdidas en la cama maltrecha de la pensión son inolvidables. Estela se metía en el baño y se demoraba para generar suspenso. Yo veía las fotos de las mujeres en las revistas prohibidas y se las mostraba y ella quería ser de las mujeres que los hombres desean.

Salía del baño, envuelta en una colcha y se metía denuda en la cama y empezaba el ritual. Primero me chupaba todo lo que podía y después yo me perdía en ella como me perdía en las miles de estrellas con el telescopio.

Y cuando Estela me tocaba en la oscuridad, yo pensaba en su cuerpo abrasivo y quería comerla hasta el tuétano y la besaba y la acariciaba hasta que no podía más.

Esa fue una parte de mi vida en La Cocha. La otra, la del dolor inevitable, también existió.

*

Klement dijo que el cielo es como una mujer desnuda tirada en una alfombra negra, muerta. Un cadáver.

*

Golpeé las manos en casa de los Montag. Ingrid me abrió la puerta.

Pasá, dijo. Están en el fondo. Ya vienen.

Lo espero acá.

No, no. Pasá.

Bueno.

Me senté en la mesa del comedor. Todo estaba ordenado. Ingrid se sentó a mi lado.

¿Cómo va el trabajo?

Muy bien.

El señor Klement está conversando con mi padre. Hablan de cosas que ellos dos entienden.

Claro.

Al rato entró Oscar.

Nos vamos a demorar, dijo. Vení.

Me invitó al gallinero. Yo no entendía nada. ¿Qué hacían ahí? Había un olor a caca impresionante y las gallinas estaban alborotadas. Klement levantaba un brazo con un palo y decía unas frases en alemán y Helmut lo seguía con la mirada de alguien que observa a un maestro. En un instante, Klement se detuvo y me miró.

¿Entiendes algo?, me preguntó

No, dije con vergüenza.

Hizo dos pasos. Levantó de las gradas de madera una gallina y la dejó colgando en el vacío. La gallina hizo un ruido ensordecedor.

Hablaba de las gallinas. Son animalitos de Dios, dijo y la soltó.

La gallina saltó y corrió, despavorida, en el espacio estrecho del gallinero.

Hay gallinas buenas, de buena raza, y otras malas, mezcladas. Lo que importa con las gallinas es la raza pura, dijo.

Helmut asintió.

Tiene toda la razón, agregó.

Yo no dije nada. No podía opinar sobre algo que no sabía.
*

Klement era un hombre rutinario. Por todo lo que hacía era un hombre común. Se levantaba a la mañana muy temprano, iba hacia el observatorio, observaba minuciosamente el cielo, realizaba sus mediciones acostumbradas, me dictaba las mediciones, yo anotaba lo que me dictaba, almorzábamos juntos la mayoría de las veces, dormíamos una siesta y volvíamos a la tarde al observatorio. Repetíamos la rutina todos los días. Después del trabajo diario y del cansancio diario, él se iba a dormir.

Mi jefe era un hombre rutinario. Hablaba muy poco, pero a veces, cuando hablaba, yo le escuchaba un tono raro, un no sé qué en sus palabras.

Muy pocas veces me preguntó por mi vida. Yo le dije que mi familia quedó en Rosario, le dije que me tuve que ir, que ya no podía aguantar más, le dije que Rosario es una gran mancha en mi memoria, pero que, por el momento, es imposible volver.

Y él me dijo algo parecido. Me dijo que su familia había quedado en Europa. Por la guerra, todo se perdió. Muchos hombres murieron en la guerra y muchas personas se perdieron.

Mi familia se perdió, me dijo. Y yo le dije, yo he perdido a mi familia. No sé por qué, le dije, pero yo sentí que ya no aguantaba más, que me tenía que ir, que ya era suficiente, que había llegado al borde de todo. Sentí, le dije, que debía partir, que debía sacrificar todo lo que tenía y que tenía que buscar mi salvación.

Y mi jefe me dijo que a él le había pasado lo mismo. Toda su vida estaba arruinada por la guerra, pero, a veces, la vida nos juega una mala pasada, me dijo. Él había sentido que tenía que empezar de nuevo. Y así, consiguió un pasaporte para venir a la Argentina. Me dijo que él no sabía dónde estaba la Argentina y que nunca había visto un mapa de América del Sur. Y yo le dije, no se preocupe jefe, no se preocupe, muy pocos gringos saben dónde está la Argentina. Y él me dijo que me pedía disculpas, que él no sabía dónde estaba mi país, pero que sí sabía quién era Perón. Y yo le dije, claro, todo el mundo conoce al general Perón, todo el mundo.

Sin darnos cuenta, habíamos llegado a la conclusión de que nuestras vidas se parecían.

Él me dijo que había perdido a su familia, que no sabía dónde estaban su esposa querida y sus hijos, que no tenía la menor idea de si habían muerto o de si estaban vivos, o de si vivían recluidos en algún hospital del Estado alemán.

He perdido a mi familia y he quedado solo en el mundo, dijo.

Yo le dije que había abandonado a mi familia, que había quedado solo y que ellos no tenían la menor idea de dónde estaba yo.

Qué miseria la nuestra, me dijo, nuestras vidas se parecen, nuestras tristezas se parecen.

Y yo le dije, tiene razón, jefe, tiene toda la razón.

*

El chino se sentaba en la mesa de la ventana. Y solía llegar temprano. Desde ahí podía ver las chicas. Esa era su estrategia. Y yo también miraba. ¿Quién no?

En un abrir y cerrar de ojos el chino sacó una carta y la escondió debajo de la pierna. El gordo y yo nos dimos cuenta. Siempre hacía lo mismo. Era un pícaro, el chino. Mientras manejaba la baraja, se las arreglaba para sacarla.

Pero esa noche me cansé. Le dije que tenía que mostrar lo que había robado. El chino se hizo el tonto y se rió. El gordo también le pidió que saque y que muestre. El chino pidió asilo político en la mesada y Doña Berta le guiñó el ojo. Doña Berta le tenía hambre al chino así que esa fue su oportunidad.

Doña Berta se vino a la mesa y dijo que lo teníamos que perdonar. Que el chino era un tipo bueno y que era un ganador. Yo me paré, lo empujé, se cayó y vi la carta que había quedado intacta en la silla.

Desde el piso, el chino lanzó la carcajada y se paró. Doña Berta lo llevó a la mesada y le invitó un trago. El gordo y yo estábamos expectantes y nos miramos con bronca.

Vení chino, dijo el gordo. Vení y arreglá esto. No jugamos más con vos si no venís, dije.  Doña Berta hizo una mueca desde la mesada y se rieron con el chino.

Bueno, hagamos una cosa, le dije al gordo en un murmullo. Si el chino no viene, le vamos a hacer lo mismo a partir de mañana. El gordo estuvo de acuerdo.

El chino se quedó en la mesada con Doña Berta.

Yo me cansé de esperar. Y el gordo, también.

Esa noche iniciamos la guerra.

*

Klement no era un hombre joven. Pero disfrutaba del aire libre, de las vacas, del monte y de las tareas en el campo. Una vez me dijo que había querido dedicarse a la pintura, como un viejo amigo de Munich. Pero que nunca había podido hacerlo. A Klemnet le gustaba el arte y el cine. Un día me invitó a que fuéramos a ver una película al cine de la anguila Torres, en Alberdi. Era el único que había a la redonda. Así que nos subimos al ómnibus y nos bajamos en la terminal.  En la vereda de la sala había algunas personas esperando.

Una chica saltaba en el cordón, entusiasmada. Era blanca, de pelo rojo y dientes muy claros. Lo recuerdo porque había un contraste muy grande con las otras chicas. Todos llevaban paraguas. Era la época de las lluvias. Y Klement tenía un piloto y yo estaba sin nada. Me puse debajo del techo para protegerme. Klement sacó su cigarro y empezó a lanzar el humo como una forma de esperar.

Yo era ansioso. Ya había ido al cine en mi ciudad. Pero en La Cocha era la primera vez.    Vimos una película de espías. Eso lo gustaba mucho a mi jefe.

Los espías son reales, me dijo a la salida del cine. Son muy útiles. Los americanos los hacen falsos y ridículos. Pero entre nosotros son útiles, dijo con un sentido críptico.

Caminamos hasta la esquina y él se paró y miró cómo el agua turbia recorría la calle. Se quedó un rato, quieto, mirando, y yo miré hacia el cielo nuboso y gris y recordé la cara de mi bebé. La espera se hizo una tortura.

Qué hacemos, jefe, le dije para salir del infierno interior.

Nos volvemos, dijo, y enfilamos para la terminal de ómnibus.

El pueblo de Alberdi era chico, también, había más autos y tenían una plaza bonita y llena de caballos y naranjos. Ahí se podía uno tomar unas fotos y entrar a la iglesia a confesarse.

*

El médico alemán vino en un Ford desde Bariloche. A mí me llamó la atención que viniera de tan lejos. Fue directo a la casa de los Montag. Klement me dijo que él desconfiaba de los médicos de la zona, que prefería que lo viera uno de los suyos. Eso dijo: uno de los suyos. Él se sentía de allá. Yo a veces pensaba que él estaba lejos, que nunca había salido de Europa.

El auto del médico era plateado, un poco gastado, como un caballo de plata.

Se metió en el gallinero y ahí se puso a hablar con Helmut y con Klement. No sé de qué hablaron. Klement no contó nada. Yo vi, desde el comedor de la casa (estaba con Ingrid escuchando radio) que él le mostraba la panza. Se levantó la camisa y le mostró la panza hinchada. Eso fue todo. Después salieron del gallinero y entraron a la pieza de Klement. Ahí estuvieron como media hora.

Sólo dijo que el hombre era médico y que lo visitaba por un problema de salud. Yo pensé que estaba enfermo y que no quería contar nada.

Klement era muy desconfiado. Por eso se hacía atender por un compatriota. El médico se fue al día siguiente. Y klement se quedó varias noches sentado en el gallinero, como si quisiera captar alguna energía que había quedado flotando.

Ahí no había luz. Solo brillaba el foco de la pieza. Su cuerpo era una silueta negra en medio del ruido de las gallinas.

 

*

Un poco después, se hizo amigo de Villagrita, un fotógrafo que vivía en Alberdi. Supongo que se conocieron cuando él iba a trabajar al Dique.

Villagrita era petiso, algo rubicundo, hablaba lento, con una voz rasposa y aguda, como una trompeta rota o perdida en un vagón. Su cuerpo tenía la forma de un cono invertido. Usaba pantalón ancho y largos zapatos marrones, de punta fina. Caminaba despacio, casi de costado. Llevaba un sombrero de ala ancha, tenía bigote corto y fino, como un Chaplin gordo.

Las nubes horadaban la tarde y el gordo Villagrita levantó su brazo para mirar el cielo y se tropezó con el cordón antes de entrar a la casa de los Montag.

Llegó agitado, con demora. Pero no explicó su tardanza. En Alberdi o en La Cocha todo estaba cerca. No había razón para los contratiempos. Salvo un casamiento o una comunión arreglada a último momento.

Villagrita era risueño, aunque guardaba un tono melancólico y canyengue cuando contaba su vida. Al presentarse, decía con alegría que era fotógrafo y que lo suyo era un oficio centenario. Él había heredado la cámara de su padre, el mejor fotógrafo del norte.

Klement estaba en la galería, con la radio encendida. No estaba solo. También estaba Ingrid. Ella le acercó un mate y él sopló con fuerza, haciendo ruido hasta el fondo.

Villagrita lo saludó y se rió, casi como un acto reflejo. Ingrid le estiró el brazo y dejó el mate sobre la mesa.

Villagrita corrió su bolso de cuero y lo apoyó en el brazo. Sacó la cámara y la mostró con orgullo.

Ya la conozco, dijo Klement, con la autoridad del experto. La cámara era del padre de Villagrita. La  levantó y ostentó sus formas. Estaba orgulloso del legado de su padre. Sentía que en esa máquina se cifraba el apellido y el esplendor.

Qué hacemos, le dijo Klement.

Lo que tenemos pensado, dijo Villagrita con un tono enigmático.

Lo que yo dije, reafirmó.

Eso, eso.

Vení muchacha, dijo Klement y caminó unos pasos hacia Ingrid.

Aquí voy, respondió ella. Klement le guiñó un ojo y ella se sonrojó. Creo que le recordaba a su hija.

Tenemos que hacer la foto.

Allá, indicó Villagrita y señaló un montón de ladrillos rojos que estaban detrás del gallinero. Klement la agarró del abrazo y la ayudó como si fuera una niña.

Ingrid también lo quería.

Klement se puso de costado y la tomó del brazo. Ella miró a las gallinas, como si no quisiera olvidar el momento. klement tenía el mate en la otra mano, con cierta osadía, como si se jactara de una pose cinematográfica. Aunque no trabajó en el cine, sí lo hizo en el teatro cuando era muy joven. Esa marca histriónica y burlesca se mantenía en su gesto.

Villagrita apoyó el trípode en un pequeño montículo de tierra. Midió la distancia. Miró el visor pequeño, como un punto infinito. La panza le colgaba por el peso y él trató de acomodar la tela que caía pero no pudo.

Miró nuevamente el visor. Klement se rió e Ingrid apenas abrió la boca.

Recuerde amigo que esto es historia, documento, alardeó Villagrita.

No dé tantas vueltas, dijo Klement, con un tono severo.

Sonó en el aire el ladrido de un perro lejano e Ingrid levantó la cara siguiendo el eco. Sabía que era el perro del vecino.

Ese debe ser el caschi de Belindo, dijo.

¿Listos?

Klement miró hacia arriba. Murmuró algo, ininteligible. Parecía que rezaba. Ingrid estaba inquieta. Ella era muy religiosa y en la iglesia le decían que no había que confiar en las imágenes.

Sonó un click extraño, desencajado, distante.

Klement se movió y ella, también.

Ya está, dijo Villagrita.

Klement se corrió rápidamente y dejó a Ingrid sola, abandonada. Le pidió que se quede quieta e hizo un gesto mudo con la mano: le dijo a Villagrita que la tome de perfil sin que elle se dé cuenta.

Qué pasa, don Klement, dijo ella, con sospecha. Era un poco ingenua.

Nada, Ingrid, nada.

Villagra sacó la foto. En la quietud escultórica de la tarde, Villagrita tomó un retrato de perfil. La nariz aguileña y la boca fina aparecieron en primer plano. Tenía el gesto torcido, como si guardara una huella de ingenuidad, como si supiera algo del futuro violento o de lo que ocurriría fuera de Argentina.

Esa fue la primera imagen de Klement y de Ingrid.

Y Klement le pidió a Villagrita que las revele lo antes posible. Villagrita prometió traerlas rápidamente.

Yo estoy seguro de que ella lo quería, como si hubiera sido su primer novio.

*

Helmut me pidió que cuidara a Klement. Me dijo que era el hombre más importante del pueblo. Él quería que se postulara como intendente.

Si él se queda, este pueblo puede evolucionar, me dijo Helmut. Yo me quedé tieso. Pensé que Klement se podía ir. Pensé que Oscar sabía algo que yo no sabía. Pero no me animé a preguntar.

*

Klement me contó que había tenido un criadero de gallinas en el norte de Alemania, cuando se había separado de su esposa.

Fue una época muy dura, dijo, durísima.

Hablaba con inevitable tristeza. Miraba a las gallinas con ternura, como si en ellas se cifrara esa parte del pasado que ya no volvería a ver.

Estaba solo y me visitaba la vecina, agregó, una chica muy buena que me ayudaba con el gallinero. Si no hubiera sido por ese negocio yo no habría sobrevivido.

¿Y su esposa?

Ya nos habíamos separado. Ahí empezó la soledad. Los chicos quedaron con ella. Hace muchos años que no la veo. A veces la sueño y sueño la cara de mis hijos.

Yo pensé que él era mejor que yo. Klement había dejado a su familia pero él lo había hecho porque escapaba de la guerra. Y yo, ¿por qué había dejado a mi esposa?

¿Cómo sería la cara del bebé? Los había abandonado en una etapa crucial.

Son hermosas las gallinas, dijo. Y miró hacia el gallinero con una dulzura acentuada. ¿Qué hubiera sido mi vida sin ellas?

Suspiró.

Bueno, dijo, vamos a trabajar. Esto es lo mejor que tenemos.

*

El gordo llegó temprano. Yo, después. El chino entró tarde.

Repartimos las cartas sobre la mesa. Doña Berta estaba cansada. Tirada sobre la mesada, miraba a los comensales que llegaban de a poco.

El gordo empezó con la jugada. Siguió el chino. Cuando se dio la vuelta, saqué una carta y la puse debajo de la mesa. La pegué con un chicle. El chino ni se enteró.

Afuera, un camión lanzó su humareda negra y tóxica. El día estaba soleado, lleno de ese aire fresco y puro que había los domingos. Era un día peronista.

Qué hacemos esta noche, dijo el chino.

Nada. Qué vamos a hacer.

Yo me voy con la mina.

Y yo no sé, dije.

El gordo lanzó otra jugada. Doña Berta se acercó al chino. Le rozó el hombro y el chino se hizo al costado. Al chino no le gustaba. Pero ella le daba comida, lo atendía, lo hacía sentir un rey.

Era una mujer mayor. Y el chino era como yo. Joven, feo pero empujador. Era un mujeriego de mala vida. A él le convenía tener una mujer que lo atendiera. Pero no quería nada en público. Le daba vergüenza.

Cómo anda doña Berta, le dijo.

Bien. ¿Y vos, chinito?

Acá, con los muchachos.

¿Cuándo nos vemos?

El chino seguía mirando las cartas. Tenía los ojos pegados a la mesa y no se quería dar la vuelta. La tenía a ella en la espalda, pegada como una mosca.

Mañana, mañana arreglamos, respondió el chino.

Yo saqué la carta de debajo de la mesa y la puse ahí. Gané la partida. Le hice un guiño al gordo y los dos festejamos en silencio.

El chino se tuvo que aguantar.

*

Las gallinas apiñadas estaban tranquilas. El gallinero era chico. Con maderas destartaladas, era como un estadio minúsculo y desordenado. Las gallinas empollaban y miraban al vacío.

Klement las acariciaba. Mientras le hacía muecas a una, golpeó las manos Villagrita. Desde la mesa, Klement le hizo señas de que pasara.

Villagrita se sentó en una silla enclenque. Yo pensé que se podía caer. Por suerte, no pasó nada.

Villagrita miró hacia los cerros y suspiró. Algo del aire lo motivaba a quedarse quieto, pensativo.

Hubo un silencio.

Miró su bolso y sacó un paquete con las fotos. Las puso sobre la mesa. Klement levantó una.

Están muy buenas, dijo.

Me miró.

Llamala a Ingrid.

Ella vio las fotos con embelesamiento. Estaba conmovida. No sé si no era la primera vez que veía unas fotos así.

Villagrita pidió un brindis.

¿Cómo no?

Klement entró a la pieza. Volvió con una botella de vino y con su arma.

La tengo que limpiar, dijo.

Estupefacto, vi cómo lustraba con un trapo y con crema, con esmero, el acero.

Lentamente, sacaba la crema, la untaba y repasaba la superficie.

Así estuvimos un rato. La luz del atardecer pasó del rojo al violeta tenue.

Villagrita le pidió el dinero.

Klement volvió a la pieza. Dejó el arma. Puso los billetes sobre la mesa. Villagrita los contó, con lentitud.

*

Klement fumaba apoyado en la ventana de su pieza y el humo se mezclaba con la niebla espesa de los cerros. Las vacas estaban dispersas en el verde rugoso y los carneros reían entre nosotros y las gallinas.

Estábamos tan contentos con el trabajo diario en el laboratorio que el ingeniero casi no se acordaba de su pasado en Alemania. Pero esa noche dijo que Europa era la miseria que no había asumido la necesidad de un centro en Alemania. Y dijo, soltando una pitada larga, que un laboratorio en La Cocha era como un castillo de cristal en el desierto. Un observatorio en el monte olvidado de La Cocha, un observatorio cerrado en el monte abierto. Desde cualquier lugar del mundo se pueden ver las estrellas, pero desde La Cocha tiene un encanto superior, dijo Klement.

Era un hombre educado. Ayudaba a los ancianos a cruzar las calles llenas de barro por las tormentas de verano. Había leído mucho sobre la religión judía y eso lo convertía en un extraño entre los católicos del pueblo.

*

Hacía varios días que el chino no venía a jugar a las cartas. Doña Berta lo había conquistado. Entre el hambre y el deseo, había ganado la comodidad.

El chino se había convertido en una marioneta. Doña Berta decidía cuándo venía y cuando no.

Tenía la camisa arrugada y lagañas en los ojos.

Eh, no te dejan en paz, le dijo el gordo desde la mesa.

Tengo mucho sueño. Hoy no puedo, changos, dijo el chino, y bostezó.

Yo también había pasado una linda noche con Estela.

Hagamos una cosa, aclaró el gordo, qué les parece si nos vemos mañana.

El chino y yo estuvimos de acuerdo.

Sin responder, el chino enfiló para la mesada y se perdió en la cocina.

*

Me invitó al cine de nuevo. Estaba entusiasmado.

La lluvia era pálida y triste como el beso lejano de alguien que no está. Era un día ideal para perderse en la oscuridad de la sala.

En la mitad de la película me dijo algo que nunca entendí. En medio de un motín, explotó una bomba. Unos ladrones se escapaban y el militar que los seguía les hizo un tiro desde la vereda de enfrente.

El ejército es el alma de la patria, dijo.

La película terminó y Klement se quedó inmóvil. Leía los títulos con la obsesión de un purista.

¿Qué pasa, jefe?

Nada.

Seguía leyendo cada uno de los títulos.

La sala quedó vacía.

Klement escuchó el último estertor de la música y se paró.

Ya podemos irnos, dijo.

Nos paramos en la esquina. Se quedó mirando el agua sucia, estancada, como si fuera un espejo del pasado.

Yo vi la cara del bebé en la penumbra amnésica. Y vi la cara de mi esposa en la cama, pegada a la almohada, la noche de mi huida.

Qué pasa, Antonio, me despertó Klement. El cine te lleva, ¿no?

Sí, el cine te lleva.

*

Al día siguiente, durante el almuerzo, le dije que había estado pensando en mi familia y en mi hijo. ¿Cuántos años tendrá el bebé, ahora? ¡Debe ser un muchacho hecho y derecho!

Mi jefe me miró y no pronunció palabra. Me sentí incómodo. Le estaba contando mi vida desde hacía varios minutos y Klement solamente comía y, cuando no comía, miraba el horizonte por la amplia ventana del frente de la casa.

En La Cocha todas las casas eran bajas. No había edificios, ni rascacielos ni antenas exóticas. Solo casas bajas y campo, mucho campo. La iglesia, la casa de policía, el registro civil y el banco rodeaban la plaza principal. Las calles pedregosas acumulaban y dispersaban el polvo cuando pasaba un carro llevando caña de azúcar para el cargadero o para el ingenio.

Ese día Klement estaba particularmente callado. Encendió un cigarrillo y lanzó la primera pitada.

¿Qué le pasa hoy, jefe?

Estoy muy preocupado por mi trabajo, Antonio, dijo con cierta perturbación en el tono.

¿Por qué?

No sé.

Klement parecía estar pensando en otra cosa, quizás en su enfermedad silenciosa. Yo había quedado inquieto y preocupado con lo que le acababa de decir. Sin embargo, ninguno se atrevía a confesar lo que pensaba.

Yo esperaba que Klement ampliara su comentario, pero él seguía pensando lo inconfesable. Un silencio largo y por fin habló.

No sé. Creo que el trabajo que hago me gusta mucho, pero me estoy aburriendo.

*

Me voy por unos días, dijo. La confesión me hizo pensar lo peor.

Subió a la moto de su amigo, suavemente. Con parsimonia se colocó los lentes. El amigo encendió el motor y el escape rugió. Los vecinos salieron a la calle.

La moto avanzó y dejó una humareda negra.

Yo lo saludé desde un banco de la plaza. Y sentí un escozor amargo. Ahora que se va, siento que es como mi padre, pensé.

Yo pensé que se iba para siempre. No quería pensar en su ausencia.

Adiós, Klement, me dije para adentro. Adiós. Y lo saludé aunque ya no estaba. Sólo quedó la estela de humo negro. Y reinó el silencio de la siesta.

Desde hacía días se tocaba el pecho cada tanto. Supuse que se iba al médico. Un día había dicho: debo ver un médico especialista.

Lo imaginé en la estación: tiene el bolso pequeño, la máquina de fotos, el cuaderno azul, la camisa y las botas de fajina. Lleva un libro y lo lee en el vagón, inclinado en el asiento. Busca que la pequeña luz amarilla pegue en la hoja.

¿Qué hará por las calles de esa gran ciudad? ¿Qué hará sin los lentes del laboratorio? Nadie puede vivir sin mirar a las estrellas. Los informes indicaban que estábamos cerca. Estábamos muy cerca de conquistar el espacio exterior. Las mediciones del señor Klement ayudaban a la conquista del espacio. Yo, Antonio Soldati, me sentía útil. El trabajo que hacíamos estaba contribuyendo al avance de la ciencia.

*

Desde la gran ciudad mandó una carta. Fue extraño. Fue como si su carta fuera un mensaje secreto. Yo pensé que la carta diría que no iba a volver. Pesaban los días de ausencia, el trabajo solitario en el observatorio, la desconexión con el pueblo.

En ese lapso, me encontré con Estela varias veces y dejé de ir a jugar a las cartas.

Una sola vez hablé con Ingrid. Mientras la lluvia mojaba los sembradíos, lo recordamos juntos: sus gestos, el típico movimiento de labios cuando estaba por decir algo, su buena fe.

La carta era breve. Mandaba saludos a Helmut, a Ingrid, a mí, y me preguntaba por los equipos. Me decía que cuidara todo con mucho esmero. Las cosas que no se cuidan se pierden para siempre, decía.

*

Cuando volvió pensé en hacer un festejo. Klement estuvo de acuerdo. Creo que quería olvidarse de la enfermedad.

Las sillas y la mesa estaban al lado del gallinero. La tarde despedía ese olor fuerte y rancio que tiene el piso de tierra después de la lluvia. En la galería había una tarima de madera. La orquesta estaba compuesta por un bandoneón, una guitarra y una batería elemental. El cantor era alto y usaba un bigote grueso, como de cantor de tango.

Klement se ubicó despacio en la silla y sacó su cigarrillo armado. Helmut se sentó a su lado. Los dos hablaban solos. Yo estaba en la galería, junto con los músicos. Desde chico tuve esa manía de ponerme cerca de las luces. Le pregunté al cantor y él me adelantó el repertorio.

Conectaron los equipos.

Al rato, Ingrid se paró a mi lado y me preguntó si sabía bailar. Me dijo que me invitaba. Yo sabía que ella quería bailar con Klement pero que le daba vergüenza salir a la pista delante de sus padres.

Empezó a reír. A carcajadas.

Klement se paró y miró hacia la galería. Estaba interesado en la risa de Ingrid.
Helmut se paró y vino hacia nosotros. Klement se quedó en la mesa.

Helmut le tocó el pelo a su hija. Yo lo miré con detenimiento. Era una caricia que se había forjado durante años. Le rozaba el pelo, lentamente, y miraba hacia el horizonte.

Klement, solo, levantó un vaso de vino e hizo una mueca vacía.

Los vecinos empezaron a llegar. Se sentaron en la única mesa y llenaron el fondo. Entre todos, hacían una veintena.

El cantor dijo que la noche estaba en sus inicios.

El murmullo se convirtió en griterío y la música inundó el lugar. En un momento, Helmut corrió la mesa y armó la pista de baile.

Helmut sacó a su esposa y rasparon el suelo. Los movimientos eran controlados y medidos. Helmut la sostenía de la cintura y ella se meneaba con soltura. Ingrid los miraba con cierta envidia, como si allí se cifrara una parte de su deseo.

Yo me había desplazado. Ahora estaba en la mesa, al frente de Klement. Él estaba callado, pensativo, y seguía los pasos de Helmut con su mujer.

Al rato, en medio del jolgorio –se habían sumado otras parejas– el cantor paró la música y anunció la sorpresa de la noche.

Ahora, dijo, vamos a recibir el número de oro de la noche.

Klement se sonrojó. Sabía que estaban hablando de él.

Se levantó y tomó el violín que estaba debajo de la mesa. Caminó hasta el escenario. Subió.
Una polka, dijo Klement.

Con el sonido hiriente de su instrumento empezó la pieza. Los otros músicos lo miraban atentos.

Klement tocaba, poseído. La noche se encendía.

Cuando terminó, todos aplaudieron. Extasiado, Klement miró hacia el gallinero. Un silencio hermoso reinaba en las gradas de las gallinas. Estaban extasiadas, también.

Klement bajó su cuerpo lentamente como muestra de agradecimiento. Su incipiente timidez se había ido. En el escenario era otro, ahí encontraba su forma y su destino.

Bajó los escalones. Se sentó en la silla. Yo di la vuelta a la mesa y lo felicité. Ingrid, Helmut y su mujer también lo hicieron. Los vecinos, entusiastas, lo saludaron desde sus lugares.

La orquesta retomó la estridente y rítmica música y la fiesta se extendió hasta la madrugada.

*

Después de un mes, hizo un segundo viaje a Buenos Aires. No creo que se haya ido por motivos de salud. ¿Por qué se fue? Nadie lo sabe. Sólo recuerdo que las paredes solitarias congelaban la piel en el tremendo invierno de La Cocha.

Tengo la cara de Ingrid después de que él se subió a la moto. Tengo las piernas de Klement que colgaban como banderas remotas en la lejanía. Su mano hizo un gesto rápido desde la esquina y levantó el brazo como si quisiera hacer un saludo.

Unas lágrimas claras desfilaron por el rostro blanco y terso. Ingrid lo esperó día por día.

Klement se fue sin dar ninguna explicación. Y, para mí, ese viaje fue un anticipo del futuro.

Debo confesarlo: cuando él me dejó a cargo del observatorio, yo sentí un poco de miedo. ¿Quién vigilaría las ventanas, los equipos, las mediciones? ¿Quién controlaría los estudios con la precisión que lo hacía él?

*

La noche del regreso, Klement se emborrachó. Se paró, caminó lento y se apoyó en la mesada que tenía doña Berta. Miró hacia los cerros y se quedó un rato, pensando, como si quisiera evitar la caída. Yo lo miré desde la mesa. También había tomado mucho. Pero no tenía problemas con la expectativa de los otros. Él, en cambio, no quería que lo vieran así.

Empezó a caminar de nuevo y se balanceó hacia los costados. Estaba visiblemente mareado. Se detuvo en la puerta. Sacó un cigarrillo, como pudo. Se dio la vuelta. El humo le rozó la frente y se expandió en el aire frío. Me miró. Me penetró con los ojos. Levantó la mano y me llamó con un gesto de la cabeza. Me levanté, despacio. No me podía parar. Tambaleaba. Klement me esperó en la puerta.

Empezó a llover. El agua se expandió en la tierra y conformó la primera senda de charcos.

Alcancé a Klement. Él me tomó del hombro y me abrazó. Caminamos juntos un trecho. Yo pisé un charco y casi me caí. Él me agarró del brazo y esquivó un charco y se resbaló. Como yo lo tenía agarrado, no se cayó.

Estaba avergonzado. Yo lo notaba. En silencio, seguimos hasta la vereda de Montag. Ahí lo dejé y siguió solo. Empujó la puerta de alambre y se pinchó un dedo. Vi sangre en su mano desnuda. Klement la miró y se pasó la otra mano. Quería limpiarla. El agua que caía del cielo lo ayudó.

El barro abundaba en el pasillo hacia el fondo. Como pudo, con esfuerzo, caminó hasta la pared que enfilaba hacia el gallinero. Las gallinas estaban dormidas, debajo del techo precario de cartón y madera. Klement alcanzó la puerta de su pieza. Desde ahí se dio la vuelta y me estiró el brazo, saludándome. Se metió. Quedó a oscuras un buen rato. Aunque me estaba mojando, me quedé bajo el agua bendita, y seguí los movimientos. La ventana estaba abierta. Klement se sacó la camisa. Vi su torso desnudo en la penumbra. Vi su mano herida. Encendió el único foco. La penumbra gris de la lluvia empezó a penetrar en la pieza y se mezcló con la luz amarillenta. Ese resplandor hizo que brillara el arma que Klement levantó después.

Empecé a caminar hasta la pensión. Cuando me senté en la cama, empapado, pensé en que Klement tenía un gran autocontrol. No sé cómo hacía. Estaba borracho pero él se mantenía incólume, como si el alcohol no le hiciera ningún efecto.

Ahora pienso en lo hermoso que era tomar un poco vino en medio de los cerros. Y en lo hermoso que era besar a Estela bajo el efecto del alcohol.

*

Solo, frente a las aguas fugaces del río, recuerdo las tardes íntegras en las que iba con mi esposa, muy joven, radiante, a disfrutar del sol rojo y el viento suave.

El bebé tenía una cara de ángel. Y se reía como se ríen los ángeles. Él no llegó a conocerme. Sentados en la arena, mirábamos las olas bravas que llegaban hasta nuestros pies. Tengo en mi piel la huella de esos días hermosos y lejanos. Ella miraba conmigo y se perdía conmigo en el agua del mar. Acá, en este río tucumano, el infinito está cerca. Acá, como en el mar, en el borde del río, el sol está más cerca y más lejos.

*

Klement se sentó en la mesa del fondo, al lado del gallinero. Sacó un poco de tabaco y armó, con parsimonia, un cigarrillo. Levantó su cara aniñada hacia el cerro. Suspiró.

Se paró, caminó hasta las gradas improvisadas, y levantó una gallina. Ésta trató de soltarse. Klement, con fuerza, la retuvo. La miró.

¿Ves?, dijo, todas quieren escapar.

La volvió a mirar. Con esmero, con un interés científico, como si fuera un biólogo, la examinó.

Esta es pura. No tiene mezcla.

Miró hacia el cerro. Reparó en la ceniza breve del cigarrillo y aspiró. Lanzó el aire con mesura, como si quisiera controlar, incluso, la salida contenida del humo.

Cuando custodiaba ese negocio de gallinas en el hermoso brezal, dijo, los judíos del pueblo me compraban huevos y carne de gallina. Yo estaba en contacto con ellos. Y nadie decía nada. Cerca de ahí, estaban los restos de la guerra.

Por ese entonces yo sabía muy poco de la guerra. Sabía que los alemanes habían perdido y que los aliados habían buscado, con ansiedad y esmero, a los perdedores. Pero no sabía nada más.

Klement escuchó con tranquilidad las quejas de la gallina. Y la lanzó en el aire. La gallina elevó sus alas y se acomodó  en el vacío y logró caer en una posición favorable.

Siempre caen paradas, dijo, como los gatos. Las gallinas son aguerridas. Y andan en grupo y se ayudan entre sí.

Jefe, dije, ¿por qué le interesan tanto las gallinas?

Yo las estudié, dijo. Y me ayudaron mucho. Son animalitos de Dios. Y Dios sabe lo que hace. Ellas sobreviven de cualquier forma. Yo aprendí eso de ellas.

Esa noche, Klement preparó un pollo a la parrilla. Un asado en la parrilla. El olor en las brasas ardientes se expandió en toda la casa, en toda la cuadra. El olor fue tan fuerte que hasta los vecinos vinieron a preguntar qué le habían puesto a la carne.

Nada, dijo Helmut, orgulloso. El señor Klement preparó todo. Él le ha dado un toque especial. Nada más.

Todos comieron. Todos brindaron por Alemania y por las gallinas asadas.

Esta es una de las épocas más felices de mi vida, dijo Klement en medio del silencio oscuro, y levantó la copa y se rió con fuerza, con una fuerza inusitada.

*

Klement me dijo que había estudiado ingeniería en su ciudad natal.

Un día, vino un vecino y me dijo que Klement no era ingeniero. Yo no le creí.

Esa noche klement me hablaba y yo lo escuchaba casi mecánicamente. Sólo un pensamiento atravesaba mi mente: me preguntaba, obsesivamente, por las razones del comentario del vecino.

¿Qué quiere este hombre?, pensé. ¿Será cierto lo que me dijo? ¿Por qué me mentiría?

La repetición del trabajo aturde a cualquiera, me dijo Klement y yo me sobresalté. Me había perdido en las elucubraciones y la voz seca de Klement me trajo, repentinamente, al restaurante.

Sí, sí, asentí, como si me despertara.

Además, dijo Klement, no se puede hacer una sola cosa en la vida.

¿Qué quiere hacer?

Creo que ya es hora de irse.

Me sorprendió. Abandoné los cubiertos y junté mis manos sobre la mesa. No esperaba una respuesta breve y radical.

Por… ¿Por qué? Turbado, pensé que nunca había pensado que mi jefe se podía ir.

No sé, dijo fríamente Klement, como si hablara para sí mismo.

Nos callamos. Yo no sabía qué decirle. Klement no tenía ninguna preocupación por mis dudas y lo único que le importaba era su destino.

Después de un rato, Klement habló:

¿Y vos que hacés si yo me voy?

No sé, jefe, nunca había pensado en eso.

Yo volvía insistentemente en lo que había dicho el vecino. Me mordía los labios, estaba nervioso y me frotaba las manos involuntariamente.

¿Qué va a pasar con el observatorio si usted se va?, dije con miedo.

Me imagino que vendrá otro ingeniero, dijo Klement y lanzó una bocanada de humo. Se quedó con la cara hacia la ventana y su mirada perdida en el horizonte. Pasó su mano suavemente por la mesa y después dio dos golpecitos con un dedo.

Yo me quiero ir porque me necesitan. Unos compatriotas han decidido reunirse en Buenos Aires y me llaman.

Klement hizo una pausa como revisando cada una de las palabras que había dicho.

Sí, me llaman.

*

Villagrita llegó con su máquina espectacular. La ocasión lo ameritaba. Klement quería tener una sesión de fotos con las gallinas. Tanta era su devoción, que le pidió a Villagrita que hiciera un documento.

Yo quiero tener un recuerdo de estas gallinas tucumanas, dijo. Vení, Antonio, vení, ponete aquí, me dijo.

Me pidió que pose al lado de él.

¿No son tiernas?

Me paré al lado y vi el cerro y el crepúsculo rojo y unos pájaros que volaban, lejos.

Estás distraído, me dijo. Mirá a la cámara.

Me incomodé.

Esperá. Ya vengo.

Entró a la habitación y sacó su poncho. Se puso las botas lustradas por él mismo y se quedó quieto.

Dale, Villagrita, dijo. Y se paró con su poncho y sus botas impecables.

Klement, las gallinas alborotadas y yo estamos en la foto de Villagrita. Desde ese día la guardo con cariño.

*

Hermosa y añorada Estela. Si pudiera ahora acariciar tu cara, tu pelo lacio, tus labios gruesos y ondulantes.

El último encuentro fue el último domingo de las vacaciones de invierno. Fui hasta la callecita donde vivía ella. Estaba parada en la esquina, esperando que algún cliente la subiera en un sulqui o la levantara en un auto. Solían ir los autos de Alberdi. Gente con guita. Gente bien. Yo no era el mejor partido. Pero ella me quería. O yo me hacía la ilusión de que me quería. Era una mujer rubia, teñida. Llevaba la falda corta. Usaba minifalda, esa prenda del demonio. Y la llevé a la pensión. Entramos muy tarde, para evitar que la dueña de la casa nos dijera algo.

Estela se metió en la pieza y encendió el velador. Yo le saqué el pullover y la blusa. Ella me hizo olvidar del infierno (en que vivía), por última vez.

*

Era un día gris, con nubes abundantes, antes de la lluvia. Una neblina sólida sobrevolaba los techos. Las antenas parecían captar la timidez de la tarde. La humedad crecía como una enredadera en una pared sucia y alta.

El ingeniero pasó caminando y no me vio. Me parece que iba a comprar algo a casa de Doña Berta. Yo estaba tirado en un banco de la plaza, detrás de los pastos crecidos, y miraba el desplazamiento lento de las nubes.

En la esquina se paró y sacó un papel manchado. Habló solo. Dijo algo en alemán, como si tuviera la necesidad de recuperar la lengua.

Yo pensé: qué feo es vivir en el pasado. Lo mejor es vivir ligado al futuro. Y eso es lo que yo quería. Pero yo no podía y él tampoco. Había algo que nos atrapaba. Era como un imán.

*

El gordo puso el mazo en la mesa. El chino estaba con Doña Berta, en alguna pieza del fondo. El gordo sacó una carta.

Las cosas estaban duras.

Yo estaba muy triste. Me acordaba de mi bebé y presentía que el final estaba cerca. El trabajo se podía terminar. El observatorio quedaría abandonado. Las máquinas se convertirían en una chatarra gruesa y ostentosa.

¿Volvería a ver a mi hijo alguna vez?

*

La clave de la vida es el orden, había dicho Klement unos días antes. Y la mejor forma de organizar una vida es llevar un archivo. Es fundamental para el observatorio que el archivo sea conducido y organizado por alguien trabajador y responsable. Y me miró, como si el mensaje fuera una orden para el futuro.

A pesar del mandato, yo no lo hice. No pude hacerlo.

Él sabía que se iría y estaba preparando el terreno.

*

La noche de la partida, ocurrió algo. Helmut Montag descubrió que una gallina había sido asesinada.

A la madrugada yo escuché un escándalo, dijo Helmut. Pero nunca imaginé esto.

Esa noche, la noche más oscura en el pueblo, una gallina apareció muerta. Su muerte no era una muerte común.

La red del gallinero estaba sana, continuó Helmut. No había ningún agujero. La operación fue hecha con absoluto conocimiento. Fue hecho por alguien que sabe lo que hace.

Yo me fijé en la tela metálica. Estaba perfecta. No tenía ningún agujero.

Pero a mí lo que más me causaba dolor era que él no se hubiese despedido. Si bien es cierto que yo ya presentía lo que iba a ocurrir, nunca pensé que se iría sin decir nada.

A la mañana siguiente, Ingrid se encontró conmigo para hablar del señor Klement.

Fue en un banco de la plaza. La lluvia profusa había hecho crecer los pastos. Estábamos sentados en medio de una pequeña selva. Ingrid llevaba un vestido negro, como de señora mayor.

Estoy de luto, dijo cuando se sentó, como si alguien se hubiera muerto. Pero nadie sabe nada.

¿Nadie sabe dónde se fue?, le pregunté.

Nada. Mi papá no dice nada. Y mi mamá tampoco. Por algo habrá sido, dijo Ingrid.

Ella estaba triste. Lloraba como si fuera su novio.

Yo lo quería mucho, dijo, y se tapó la cara. Las lágrimas aumentaron.

No hacía falta que ella dijera nada. Para mí, había sido así desde el principio.

Algo que me duele es lo del gallinero, dijo Ingrid.

¿Por qué decís eso?

Fue él. Yo sé que fue él. La gallina estaba degollada.

¿Tenía bronca?, le pregunté.

Pero ella no me respondió. Siguió llorando y yo traté de calmarla mientras unas lágrimas finas y silenciosas corrían por mi cara.

*

Unos meses después de su desaparición, abrí el diario. Leí algo sobre un alemán que  llevaban a Israel. Decían que era Klement. Decían que Klement era un apodo. Pero yo no lo creí. Ese no era mi jefe. Ese hombre de la foto no podía ser mi jefe. Nadie podía asegurar que era él.

Siempre pensé que Klement era el hombre más honrado del pueblo.

*

Yo, Antonio Soldati, agradezco a Dios el nacimiento del químico que descubrió las propiedades del gas. Seguramente fue un soldado amante de su patria. Desde La Cocha, desde Tucumán, desde el turbio río Marapa, recuerdo las heladas mañanas reflejadas en el río Paraná. Ese espejo líquido era el testigo de las vivencias con mi querida esposa y mi bebé. Las vivencias flotaban mejorando el agua del río. Hoy, 29 de diciembre de 1950, al borde del río Marapa, Soldati, el ayudante Antonio Soldati, escribe su primer testamento. Soldati escribe: escribo mi primer testamento. Escribo leyendo en mi memoria las palabras de la Biblia. Mi madre me leía la Biblia, por las noches, junto al fuego. Las brasas azules iluminaban la casa y mi madre leía los “Proverbios”, lentos. Y cuando releo la oración divina, pienso en las vivencias insuperables frente al espejo de agua. Dios ha creado el río, el gas, los recuerdos y las bolsas en las que envolvían a los enemigos del pueblo. Y ha creado al químico que estudió el bendito gas. Desde mi ventana, escucho el rumor del río, desde los vidrios húmedos de mi ventana escucho el interminable recorrido del río Marapa, el interminable recorrido del río Paraná.

Descifrar la noche, eso es lo que hacía el ingeniero Klement, leer el orden de las estrellas. Aquí, en La Cocha, al borde del turbio río Marapa, recuerdo las mañanas claras de la costa y siento el dolor agudo por haber abandonado a mi familia. Nadie perdonará mi olvido. Nadie me perdonará.

Los sapiens fuking inventos

Por Claudia Aboaf

 

Dinero

“Dios no murió. Se transformó en Dinero” Agambem

Encuentra dinero en su bolsillo. Sacude la suciedad del billete fetiche que jamás se lava, contaminado con todas las bacterias hospitalarias, y ni aún así alguien reconoce que ese papel desecho no vale nada.

El dinero es fealdad que subió por la grieta en un antiguo terremoto, una erupción metálica desde el magma inferno que sigue quemando bosques y ciudades.

Tiempo

   Cronos, el tiempo horario come a sus hijos masticando lento restregando los dientes, o de un solo bocado. Sus mensajeros preferidos son las enfermedades y cada tanto, de un golpe manda una epidemia y acorta los plazos, son la vanguardia que avanza alcanzando al corredor más rápido. En la retaguardia esperan los accidentes. Y si no es suficiente triunfa el hambre.

¡Qué nadie pierda el tiempo porque no podrán volver para encontrarlo! Para los que creen multiplicarlo accionando veloces sus días, volviéndolos provechosos, se vende tiempo minutario en fracciones preciosas pero atención: una vez abierto el frasco, como el mercurio, se escabulle y es imposible sujetarlo.

El tiempo vivo ya no se exhibe pero hay tiempo muerto en mesas de saldos. Hay tiempo encogido, imposible de cumplir -Cronos se divierte jugando-, viene con gran variedad de culpas y castigos. Finalmente en el “Tiempo futuro” hay grandes negociados.

 

Trabajo

que se me pida que crea en el trabajo, que reverencie el míoPrefiero una vez más, caminar durante la noche a creerme aquel que anda durante el día”. Bretón

¿De qué trabaja?

No la convence la enumeración remunerada: profesora, tallerista, empleada, ni las tareas gratuitas que hace con los roles: madre, hermana, compañera. ¿En verdad, de qué trabaja? ¿De buscar la claridad como una planta? Sin desmerecer a las plantas, tan arraigadas, activas, nada mecánicas pero que al respirar trabajan. La Botánica, sin dioses propios y última en la cadena alimentaria, tiene además en su variedad, toda la farmacia.

Trabaja de mirar, piensa, de buscar la claridad como un girasol que rota el cuello para respirar el mismo cielo que sus compañeras. Se convence, porque sin el reporte de las miradas quién podría afirmar que las nubes viajan o que existe algo más que uno: persona, animal o planta. No va cerrar los ojos aunque la luz reflejada en latas y en el brillo eterno de las bolsas plásticas la encandile. No va renunciar al trabajo de ejercer una mirada y reportarla aunque sea un trabajo insalubre por el que nada pagan. De eso trabaja.

 

Lenguaje

En la escuela, el lenguaje común había derrapado en su cabeza: las leyendas que acompañaban los dibujitos de la casa-papá-mamá ascendieron por su oído pero no se ensamblaron con las imágenes y le quebraron el sistema de correspondencias. Además estaba lo que no se nombraba. ¿A cuántos otros nenes o nenas les pasaría lo mismo? Esas frases acuñadas con las imágenes eran un cálculo fallido: papá cuida- mamá ama-pero mira de lado-no de frente como en la lámina.

Necesitaba proposiciones específicas para unirlas con su vida, pero no las hubo y la operación resultó anulada. El sistema de signos era el mismo, pero no las correspondencias. En su propio juego restallaban informaciones que la liberaban; en el de ellos estaba acusada y devuelta a los grilletes. Una boca embanderada pronunció “ro-jo” separando las sílabas mientras señalaba una manzana, pero nadie señaló a una nena temblorosa, enrojecida y fresca como la fruta, ni mencionó una sola palabra que la liberara. Por eso ella ya no escogerá palabras ni levantará piedras de la playa: no colecciona cosas muertas.

 

Religión

“El infierno son los otros”. Sartre

Las “pibas” del mito de Perséfone son vibrantes y hermosas, de imaginación luminosa.  Distraídas con sus cantos y bailes, los otros, los cancerberos del infierno, cavaron en el asfato una trampa para que cayeran en la grieta castigadas por su primavera de derechos. Las guiaron a un tour antiguo, oscuro y voluptuoso. Las empujaron a un invierno donde viven anestesistas sin anestesia y mujeres-marsupiales-perras-gatas. Allí, las pibas de ojos transparentes sufrieron los rituales alrededor de un bebé plástico. En ese infierno donde les gustaría encerrarlas, las miradas pesquizantes de los otros las señalaron al grito de “¡¡Asesinas!!”  Satanás –gritaban- las atormentará hasta el suicidio. Esas voces oscuras hablaban una lengua distinta a las proclamas de las pibas, usaban el diccionario de la tenebrosa fantasía religiosa: fetos, fetos, cementerio de fetos, repetían. Pero ellos, los cancerberos, eran apenas sombras grises en el inframundo.

Allí gobernaba Plutón que imponía las leyes y controlaba el mundo. Sin embargo, Plutón, el más temido de los dioses tuvo que negociar al darse cuenta de que nada más podría florecer con tanta sangre de ninfa derramada y no tardó en liberarlas. Al salir de esa visión atormentada, las pibas afirmaron que: “ese infierno no es nuestro”.  El infierno son los otros.

 

*Imagen que acompaña el texto: Obra sin título de Soledad James

Monita y Pili se aman*

Vanesa Guerra

 

El rostro de una mujer es especialmente atractivo cuando se levanta a la mañana

Sei Shônagon

La angustia arranca las ideas de cuajo – lo leyó en voz alta como para retener la idea que ya parecía serle arrancada de cuajo, un manotazo que desgarra toda reflexión; la angustia es una mierda, resumió, de manera vehemente pero vencida. Entonces Pili consideró matarse, recordó la soga de nylon, gordita y fuerte, una trenza sensata de nylons blancos y negros, altanera como para escalar montañas o en su defecto tender ropa húmeda y vaporosa hasta el manchón oscuro, bajo el sol iracundo de esta ciudad irreflexiva, atestada de locos, furibundos, mierditos, resentidos y desclasados.

Monita no hubiese admitido tal manera de referirse a la gente, no hubiera dejado pasar así nomás el comentario, hubiese deslizado qué sutileza xenófoba, versión híbrida, según ella, del racismo de Pili, tan precario en sus bases teóricas, tan meloso, sentimental… porque para Monita, Pili, pobrecita, apenas sabe pensar.

Que Pili hubiese devenido planta furiosa en última macetita ahogada de La tiendita del horror, era asunto del destino humano en sus insospechados decursos; así debatía Monita su interior, frente a Pili –que andaba cada día más boba y como si esto fuera poco, cada día más triste y enojada. Pili: una frustración con patas, algo irremediable y lo que no tiene remedio remediado está; quizá podría probar un poco de Tai Chi.

Mientras Monita tomaba sus avanzadas clases de Tai Chi en el parque cercano, Pili empezó a buscar la soga en el galponcito de la casa. Varios días, por la mañana, al levantarse, pensó que no sería tan difícil, porque en el fondo de la casa hay un gran árbol que nadie identifica en la especie; la mamá de Pili creería que es el árbol de las barbas de la cabra; a Pili siempre le gustaron los árboles, y algo conoce: aprobó un curso en el Jardín Botánico; pero ese nombre no lo había escuchado antes, un árbol barbudo… sí, puede ser; puede ser porque muy pasado el otoño y casi entrando en una demorada primavera, el árbol éste largó como unos pelos amarillos, sedosos, nada dóciles, más bien pinchudos y lo hizo antes de mostrar alguna hojita. Al llegar por vez primera a esta nueva casa, Pili creyó que el árbol estaba muerto y varias veces durante ese invierno sin nombre y hastiado de grises, sin que Monita la viera, hirió al tronco muerto con una sevillanita desafilada para ver si corría un poco de savia en su interior; y por supuesto que no corría nada; un buen día introdujo un pincho de parrilla por el ombligo oscuro del árbol y escarbó hasta ensartar una asquerosidad de bicho baboso, verde, gusanazo regordete y viscoso que retorcía su cuerpecito como broqueta de tripa viva; ensartado, bajo el sol que le daba a rayo partido, entre nube y nube, el bichazo enroscaba sus verdores fluorescentes sin ojos, sin patas diminutas, lampiño hasta el brillo –como brilla, tan sedoso, tan globoso, que ganas de tocarlo; pero Pili acotó la curiosidad con inquietud, con pálpito y recelo y después de vencer la impresión y después de gozar con el sufrimiento animal, lo mató: lo aplastó; escuchó el gloub de las entrañas jugosas porque seguramente esa inmundicia habría vampirizado al árbol; habría tragado toda la savia y la habría cagado, rastrero, haciendo lentos rombos por el lomo muerto del tronco y con increíble destreza o paciencia animal habría desparramado resina inservible, puro veneno, hasta ultimar la magnífica planta, por dentro y por fuera. En las noches, el cadáver taciturno, bajo el clamor impúdico de la luna, destellaba una red de lucecitas gelatinosas, fosforescencias lunares, que no eran más que el vómito o la deyección de ese gusano traslúcido y turgente lleno de alma verde del árbol sin nombre.

Muerto y sin nombre era lo más parecido a Pili.

Por las mañanas, aun con los ojos pegados, recordaba a Robert Walser –un genio que nunca conquistó el nudo, por eso cada tanto caía de su corbata mal atada; pero para el caso, ni ella era Walser, ni Walser tuvo un padre marino que acopiara cuadritos con infinidad de nudos para amarrar, desamarrar y otras lindezas marítimas y lacustres. Así que en esas mañanas terribles, Pili ensayaba en la virtualidad del pensamiento maniobras para realizar una suerte de tres vueltas y después para arriba o para abajo o… había que probarlo, porque la angustia destruye los conocimientos, los arrasa… ¿dónde están los cuadritos del padre? y ¿dónde el libro de los nudos? Del tronco mayor, que al fin y al cabo, después de varios meses de nadería, se pobló de retoños y hojas inmediatas en los inicios tardíos de la primavera, emergía, desfachatada, una rama gruesa al centro del parque, fuerte como la trompa de un elefante joven; era factible, entonces, que soportara cincuenta kilos de angustia sin hacer de la escena un franco papelón. La escalerita blanca escondida a la vista de las pocas visitas, la soga envolviendo cruzado hombro y cintura, una subida sin ideas a los escalones del altar, un movimiento ágil para atar el extremo de la cuerda a la trompa paquidérmica, un lazo contundente, un coraje premonitorio para asomar hasta meter el cuello en la otra escena, patear la escalera, dejarse caer y aguantar el grito para que la chusma del barrio quedara sordamente excluida desde la ventana lindera que es todo paneo.

Una tarea muy fácil ¿pero dónde mierda está la soga?

Cuando Monita llegó con el atuendo blanco de Tai Chi  y sus frases sabias babeaban las comisuras de una sonrisa levemente fruncida, Pili, revuelta, había sacado al parque todas las imbecilidades acumuladas en el galpón; diseminadas o alborotadas en ilógicos montoncitos, supo, con una certeza luminosa y arrobadora, que debía incendiarlas: rociar kerosene, y lanzar un fósforo; con el pensamiento espeso, Pili ya escuchaba el reclamo del orden, un llamado sargentoso que Monita esmeraba en la dicción sugerente al pronunciar la elle, la y griega, la ce hache, las eses;

¿qué rayos hacés, che? ¿Llamó alguien para mí? Ya vengo, y ordená eso, querés.

De pronto, pensó en matarla. Primero sintió el odio que toda la vida profesó por Graciela Borges, después recordó que amó a Graciela Borges y que la amará toda la vida porque la dirigió Lucrecia Martel en La ciénaga; así es el amor: hay que saber dirigir. Pili compró la película en Blockbuster, la vio 22 veces, la seguirá viendo si no se mata, porque Pili yace abombada en una de las reposeras envueltas de selva y humedad, Pili yace, inerte, en la reposera que falta en el parque rancio de la película La ciénaga; Pili pantano, pilicenagosa, pilicosa, pilivana, pilivana inservible.

El agua caería sobre el cuerpo majestuoso de Monita, una ducha diría cualquiera, pero nunca se sabe a ciencia cierta cómo es la química real del agua en la piel tersa y solitaria de Monita, pues hasta donde el recuerdo se presiente, hasta donde palpita con último estertor, en el borde delicado donde acaba la imagen del pasado y pulveriza los hechos, Monita y Pili supieron bañarse juntas, amarse con flujo eterno, darse caricias insospechadas, reírse de la finitud, morir y renacer tras cada orgasmo.

Pero hoy va a matarla, porque Pili cambió de idea, y en esa mente opaca y confusa intenta gestar un plan, ella, pobrecita, que ni siquiera sabe ganar al Tatetí.

Monita reapareció en el parque envuelta en una toalla y vio a Pili apenas apoyada, como caída de un banquito de madera, en la misma incómoda posición de un par de horas atrás; era evidente que estaba insolada porque el sol laceraba todo, caía a pleno sobre la tierra yerma donde apenas crecen yuyos hirsutos… antes, a esta casa la alquilaban gitanos de rara lengua, tuvieron un gallinero y una sucia manía por revolear basura sobre basura, casi siempre inorgánica; un día los gitanos enloquecieron de alegría, las vecinas cuentan que las cucharas de plata escalaban las medianeras, que asomaban todas juntas como niños curiosos los ojos cóncavos argentos, dicen que retorcían cimientos de hierro con esas mentes mágicas y magnéticas; que entre gritos, rosas y cantes de una fiesta que no acababa, demolieron a saltos de tablao los techos del gallinero con unas pocas gallinas dentro y luego pa´ festejo de boda quemaron las partes no vendibles de algunos autos robados. Bomberos, jueces, policías y oscurajes, desalojaron a las familias, le impusieron su identidad nómada y el dueño de la propiedad con las manos en su masa rellenó el terreno rotoso con escombros, lo que equivale a decir: con más polvo que tierra; por eso las veces que Pili y Monita probaron cavar un pozo para plantar un ajenjo y un jazmín, toparon las ilusiones con vidrios, azulejos, hierros, cucharas, cascotes y grandes huesos de caracú.

El dueño de la casa –Pili y Monita la alquilan hace cuatro meses- dejó caer que si acaso prefieren un parque con buena tierra, entraña fértil, tendrían que comprar un par de camiones o matar a varios –le pareció leer a Pili en la mente usurera del locador- enterrarlos con esmero y al cabo lograr un parque bello como esos pintorescos cementerios de pueblo chico, donde los frutales dan duraznos enormes como melones, hermosos frutos, bien abonados.

Hay gente que mata y entierra su víctima en el fondo de la casa; pese a que siempre los descubren, insisten con la mala coartada; hay que aceptar que no es una buena idea enterrar nada impropio en las entrañas de uno mismo, hay que tener mucho más que plata para no enredarse en tamaño escándalo. No es el caso de Pili. Tampoco el de Monita.

Mientras Monita, envuelta con turbante y pareo de toalla azul, augura, desde la puerta de la cocina que da al jardín, vaya a saber qué cosa, Pili, incandescente, rodeada de trastos diseminados y montoncitos ilógicos como al descuido, abandonados a una suerte de indolencia involuntaria, vio, como ve el  recuerdo cuando se impone, la mandíbula de Tía Zharita flotar y dar vueltas sobre el agua del jardín desbordado de lluvia, en la vieja casa de Tapiales; todo barrial ese día, todo ese fondo de niñez entrañable era barro, pantano, barro negro, espeso, aroma a tormenta y más barro el tío, loco, que chapoteaba a gritos sobre las cenizas, que nunca son tan cenizas, las de su amada muerta, mucho más amada muerta que viva. Unos días atrás, el tío, con cinco infartos encima, abalanzó su torpe pero invencible cuerpo sobre el cajón abierto de la tía Zhara, balbuceaba inhóspitas frases en catalán y escupía horribles amenazas a todo el que intentaba acercarse; ya conseguía que nadie pudiera despedir a Tía: abrazado al féretro tambaleante, amarreteaba en su infinita incoherencia un cadáver; la prima a último momento tuvo la astucia de ofrecerle una copita generosa de Legui; desde la puerta de la cocinita del velatorio acertó a levantar su brindis, un convite frente a los ojos acechantes y furtivos del Tío Manón; entonces, la prima caminó con paso lento hacia la capilla ardiente y lo miró hilvanando alguna una cosa entre ellos; y el tío estiró la mano y bebió hasta empinar la copa; un fondo de ojos blancos. Después se supo que la prima Ercilia había disuelto a fuerza de cucharita contra el fondo dos comprimidos de Halopidol o Fluoxetina; tal vez, ya no pueda precisar con qué tipo de cóctel obligó al padre aquella noche; pero lo que sea que haya sido, al cabo de un rato, tranquilizó alguna de las miles de fallidas conexiones en esa fugada cabeza, y a las horas, varias horas, quién sabrá cuántas, digamos después, digamos al día siguiente, cremaron a la tía, y él, sin ninguna pasta encima, y con una urnita de madera ataviada con las vendas que usaba Tía por la flebitis, desvistió los restos de su Zharita y desparramó las cenizas sobre el jardincito huérfano de la casa de Tapiales; una nube oscura de polvo y mineral anticipó el chaparrón certero de aquella tarde de verano, bajo un cielo surcado por aviones ruidosos, un cielo inmenso de fugitivos colores al ocaso que enloqueció con los truenos y vibró aún más en las ventanas, en una atmósfera metálica, densa, apenas ventosa, la lluvia lo inundó todo, lavó la tierra, las baldosas, las rejillas, y los restos que nunca llegaron a ceniza impusieron su presencia: la mandíbula flotaba en los canteros de las rosas, y luego, huidiza, presa de una fuerza hidráulica paseó dando tumbos por canaletas hechas a fuerza de pala sobre la tierra; el agua discurría su firulete y su remolino y conectaba unas islas florales con otras, envolvía matas de margaritas, espesuras de ruda macho, montes de dalias, hortensias, crisantemos, bajo la caudalosa lluvia, bajo la lluvia cantarina, la mandíbula de Zharita era balsa salvaje difícil de asir, y Tío no cesaba de pisotearlo todo, chapotearse de barro, correr cerdos imaginarios, rengo y trastabillado, tras la nunca ceniza del amor; Ercilia, ya no pensó en más pastillas maceradas, ni en revueltos, ni en jarabes, sólo le dejó hacer: que fluya el viejo, hoy no vamos atarlo, dijo. Al rato lo perdieron de vista, la lluvia más el silencio inquietó la tarde y las primas salieron al barro y lo buscaron por las afueras de la casa, en medio de un descampado, en las afueras descampadas donde todo es posible; y allá el galponcito, a paso rápido sobre charcos, alzándose entre chapones, el galponcito, como a las perdidas del terreno, entre árboles viejos y fuertes, cobijado, camuflado, y las primas abrieron la puerta y ahí estaba, él, Don Manón, esmerado en su arte, esmerado y con obra expuesta: una soguita negra parecida a un cordón desteñido ahorcaba por el medio a la mandíbula andariega; te hice un colgante, m´hija.

Ya Monita insistía en que la dermatóloga y el cáncer de piel. Entonces, esquivando los trastos, le acercó a Pili un sombrero de paja, chino, una sombrilla de cabeza para trabajar el arrozal y también una crema anaranjada que manchaba cuanta cosa anduviera cerca; con un gesto indeciso, como volviendo de otro mundo barroso y licuo, Pili, fingió leer el nombre del producto para detenerse un ratito más en aquello, para no desintegrar del todo el recuerdo de la familia, de la Tía Zharita, del Tío Manón, pero Monita la preñaba de voces, de alertas, la frenaba con chirridos acorralándola en los rincones del ser y entonces, sin refugio, las ideas lábiles de Pili, comenzaban a errar, espesas y rancias desvanecían sus figuras gallardas, caían inoculadas de miedo, las ciudades del recuerdo eran sitiadas y todo parecía desgranarse: el alma secreta de las cosas del pasado evaporaba su existencia y desalojaba el infinito jardín del barrio de Tapiales, y otra vez todo era yerto, escombro y yuyo.

La angustia es barro y escombro –pensó; y cree haberlo dicho mientras  embadurnaba la cara con esa crema mandarinosa; ¿es mandarina o mandado? ponete la crema te digo, ¿no ves el sol?, ¿mandarina o mandado? ¡qué me mandás! donde manda capitán no manda mi papá, mi marinero. Desparramate de una vez, dale que te quedó un montoncito naranja en la ceja. La Borges camina hacia la reposera, no necesita cremas con tanto pantano cerca la piel respira mejor. Monita y Pili se aman. Monita le da la crema, le cuida la piel de bebé, la rodea con brazos certeros, le mima una frase al oído: que sería de vos sin mí, Pilita de mi corazón, no te dejes caer en la tentación. Tomá tu clonazepan, te lo parto en cuatro así no te ahogás, o te lo piso en una cucharita con azúcar y agua. Hoy viene a comer Cococho y Bimbo. Hay que ir al súper, comprar vinos, velitas, caviar, y arregláme este revoltijo que parece una rebelión de estropajos… hay algo tan ingenuo en los estropajos ¿viste? mirá esos pobres trastos bajo el sol, recalentando su existencia bajo una mirada indolente… Pili, el Feng Shui en la casa no considera semejante desborde de cosas, porque todo desborde, todo desorden, además de impuro, es sucio, Pili; dale, tragá nomás, tomá agua, más… que chica tan macaca… bueno, ya está, y ahora acomodame el galponcito; che, cuánta cosa hay en el galponcito, ¿no?; dale, mové, no te me cuelgues, Pilina.

*Del libro: La sombra del animal. Vanesa Guerra. Editorial Bajo la luna, 2008 Buenos Aires. Págs 15-23// Primer Premio (libro de cuentos) Fondo Nacional de las Artes, Argentina 2007.

 

Perdí la confianza en la historia y la volví a recobrar.

Memoria lúdica: viajes en Berlín hacia el 2018

Por Martín Glozman

 

GloZa

 

Ocupación de la cita

 

 En este caso la cita abarca un libro entero, un libro fuera de lo común, agitado y vivo, que nos excede. En su traducción de El libro de David, Robert Alter dice que no se sabe si, entre los judíos, narradores y contadores de historias encargados de entretener a la audiencia, a la manera de los bardos griegos, pero que la historia del rey David fue escrita sin conformidad para establecer que existirá testimonio del peso del tiempo, del grosor de cada grano de arena digna de medirlo, cuando detengamos toda ocupación y restablezcamos el recodo y el reposo de la lectura.#

 Con una convicción si se puede llamar de esta naturaleza (si resulta imprescindible buscarle un nombre) actúa “con las palabras” Martín Glozman. David establece: “Hacia él me dirijo. Él nunca volverá a mí.”, y esta… Podemos cambiarle el valor a la oración cambiando de sujeto, sin alterar el predicado. Con esa exactitud de itinerario (¿Calvario?), clavándole la mirada al desierto y sabiendo cuánta sed es necesaria exactamente para ir que (“Él nunca volverá a mí”), librándonos a la vez de la luz del día y la fatiga de la jornada solo porque la oscuridad es un camino que no exige frío ni renuncia a la dulzura, fue escrita Documento de María. Su libertad de expresión está en relación directa con el uso de la materialidad de la palabra como bien diametral, que lejos de dividir las cosas, va imponiéndole el peso mientras avanza: alforja, limo, salmo, río…

 De modo que no hay imprecisión alguna aunque el grito se ahogue en el llanto incontenible o la risa estruendosa de la metáfora. No hay arrepentimiento porque no hay regreso. “Lo inferior está dotado de poder desde el origen; lo superior es naturalmente impotente”. En Documento de María se ejerce hasta el silencio una justicia que deja de ser circunstancial cuando advertimos que nunca cumplió el propósito de un divertimento. La ficción no nos deja mentir.

Luis Chitarroni[i]

 

 

Llegué a Berlín el día 24 de septiembre de 2018, acompañado por Elisa Petroni, mi esposa.

Veníamos de Praga, escala en el camino desde Brno, una hermosa ciudad fronteriza con Austria, donde disfrutamos de la compañía de amigos y colegas en un seminario de duración de cinco días sobre psicoterapia y dialogismo, organizado por la Red Internacional de Prácticas Dialógicas. Nunca sé cómo describir de qué se trata esta disciplina, cada uno se interesa de otra manera, pero no siempre se hace asequible a la escucha.

Afortunadamente la quinta Conferencia de Prácticas Dialógicas se va a realizar en Buenos Aires en noviembre de 2019 y va a ser una oportunidad para presentar este modelo de trabajo en Latinoamérica e intercambiar con otros modelos locales.

Algo similar sucedió el día 25 de septiembre en la Librería la Escalera en Berlín al presentar mi novela Documento de María. Fue tanto lo que sucedió en tan poco tiempo que me ha sido muy difícil poder relatarlo. Un efecto tren de la distancia.

Una condensación contemporánea de las relaciones.

 

Después de volver de Berlín, luego de una semana porteña de retomar las viejas funciones y de nuevos trabajos en contexto de incertidumbre social y económica, venir a escribir a Varela Varelita es como una bocanda de aire, no sé si fresco, pero seguro como una transfusión de sangre.

Desde que me fui a escribir a Tigre en verano empecé a tener visiones con serpientes a la altura de la frente, proyectadas por mi mente. Pero luego de realizar una constelación familiar en lo de María de Los Hoyos esa serpiente se superpuso con una espada, que entendí era una cruz, y después sobre bastones de esculapio, dándome a entender que el veneno y la salud van muy de la mano.

María y espada con serpientes. Diseño Juan Pablo Cambariere.

 

Así pude saber que las concentraciones de veneno que estos días siento en el vientre o a veces en el espesor de la vida cotidiana, cuando entran en movimiento son saludables, siempre que eviten la explosión, recordando la experiencia del 2001.

A veces envenenarse un poco es bueno, como ahora que me tomo una Stella Artois, es viernes, son las 15 de la tarde, y ya no podía estar en casa por la invasión de ansiedad y deseos de acciones simultáneas. ¿Cómo ordenar el tiempo? Si no es el tiempo el que nos ordena a nosotros.

Hablando de tiempo y de orden quisiera referirme a la memoria del Holocausto en Berlín, suena muy magnificante, pero quiero decir para empezar que este tema en esta ciudad está tratado lúdicamente, hay un espacio para entrar en la memoria y jugar.

íbamos a ir a Polonia, Varsovia y los campos, donde estuvo prisionero mi abuelo Salomón Rotenberg.

Pero prohibieron la entrada de Federico Pavlovsky que iba a viajar con nosotros por una nota que había publicado en Página 12 sobre una matanza de judíos a manos de polacos en el pueblo Jedwabne en Polonia.

Decidimos ir a Berlín. Nunca había estado en Alemania pese a haber viajado mucho en Europa, por elección, y no estaba seguro de que fuera la decisión adecuada.

Tomé una cerveza en el tren mirando el rio que recorría el territorio previo a las montañas a mi lado. Richard, un viejo inglés me había sugerido que lo hiciera al entrar al país germano, al finalizar el seminario checo.

Entrada a Berlín.

 

Lo hice. Estaba conmocionado. Al bajar de la estación de subte para llegar al departamento Airbnb odiaba a todos en lo secreto de mi alma, veía los nietos de los nazis, y así me explicaba que fueran tan libres y heterogéneos. Terribles emociones. Me prometía evitar exteriorizar ese odio.

En cambio hacía una respiración zen para que el odio circulara sin llegar a los otros. Lo lograba o no lo lograba, no lo sé. Un muchacho alemán descalzo y borracho arrastrado por su amigo se tiró encima de mí en las escaleras al salir del subte, y me dijo we are the fucking germans.

Al llegar al departamento Airbnb a eso de las 12 de la noche ya que habíamos perdido una conexión del tren en Praga por un retraso, vi que la casa estaba llena de raíces y maderas elegidas con cuidados entre otros objetos. Plantas especiales, la piel de una oveja, situada en el centro del sillón en L exactamente como yo había colocado en casa esa piel que compré en San Antonio de Areco antes de partir. Y lo más llamativo: en el baño una menorá con velas, de bronce, antigua. La menorá es un símbolo judío muy importante vinculado con las celebraciones y la memoria. Y así, lleno de detalles, algunos vinculados con Rusia. No habíamos conocido personalmente a la dueña, pero le había prometido que me ocuparía de sus plantas con cuidado y así lo hice.

En la presentación de la Escalera, Germán el dueño de la librería, luego de atender especialmente a la lectura junto al grupo que asistió me propuso el desconcierto frente a una voz que pasa de la humillación a la soberbia, de la mística y la lectura del Zohar a la simpleza de las palabras, y lo que me pareció fundamental, de la confianza en la verdad a la desconfianza en los significados y las alianzas. Me habló de Primo Levi y Isaac Bashevi Singer, como de otros escritores que no traicionaron la búsqueda de la verdad y la fe en la comunicación y la poesía.

Me hizo acordar a Iair Kon, quien me conectó con José Luis Pizzi para hacer esta presentación, ya que él transmite esos valores vinculados con la tradición de la izquierda, la memoria, las experiencias del exilio. Expliqué a Germán que yo creía en él y en Iair, pero que en mi caso había sido defraudado tantas veces que solo podía creer en algo si en simultáneo dudaba de la fe. Solo en la ambivalencia dialéctica del compromiso podía mantenerme cerca del otro.

Me parece que esto es algo propio de generaciones más jóvenes que perdimos la fe en la palabra, aunque podamos haberla vuelto a recobrar. Creo que las opciones oscilan pendularmente entre el cinismo que por suerte va quedando en las décadas anteriores al 2001 y la búsqueda de la creencia, pero con la sabiduría de que aun así esa fe no se puede probar y las operaciones que conlleva están del lado de la construcción. Horadar la lengua para llegar al laberinto del encuentro perdido en la voz.

Lectura del Documento de María en el Memorial del Holocausto

 

Dónde están los padres que no nos hayan defraudado, dónde están los ideales.

Había una sobreviviente que se identificó mucho conmigo y me quiso enseñar sus certezas. Me saqué una foto con Dorita.

La Escalera es una casa de encuentro. Para mí fue importante rescatar que el libro Documento de María refería a una experiencia pero era una articulación estética, con operaciones de lenguaje, que disputaba un espacio social para afirmarse como literatura en un conjunto de instituciones compartidas.

El domingo fuimos al Memorial de las víctimas de asesinatos en el Holocausto, ubicado en el centro de Berlín, grande como su plaza central, paseamos por sus laberintos con Carsten Regling, el traductor de Piglia al alemán, amigo de Elisa y mío, Friedrerike, su mujer, y Julius, su hermoso hijo de 9 años, también estábamos con Khatharina, nuestra amiga alemana que vive en Londres. Vino a vernos especialmente y compartir estos días. Nos perdíamos y encontrábamos en esas hermosas columnas que no sé qué recuerdan pero no me lo pregunté porque no son más que concreto erigiéndose hacia el cielo evocando presencias que ya no están, y los pasadizos de aquellos que vivos nos escurrimos por allí. Leí una tira de Documento, lo firmé para los muertos, los sobrevivientes, los descendientes y las víctimas de todas las guerras.

Tiré el libro luego a los lápices bien arriba, como los llamó Timo Berger después.

Julius preguntó a Elisa qué estaba haciendo y le conté.

Después nos fuimos esparciendo espontáneamente, las mujeres fueron hacia un bloque y se subieron, varios pasillos más allá, Carsten, Julius y yo hicimos lo mismo, luego Julius jugó hasta reunirse con la madre. Carsten y yo fuimos hacia ellos para hacernos todos juntos una foto.

Bajamos al museo debajo del juego de paredes, y pude empezar a ver que la información sobre el Holocausto se divide en dos, en tercera persona y en primera. La neta información narrada objetivamente, y la “información” contada en primera muchas veces en forma de carta dirigida a otro, o bien en diarios.

La primera parte, que era la información objetiva la salteé por molestia, por naturaleza, y por acumulación de gente, eran cuadros, fechas, hechos. La segunda sala en cambio me resultó atrapante, eran recuadros de texto en el suelo con iluminación cuidada en lenguas originales y traducciones al inglés, leí uno por uno esos fragmentos de cartas y cuadernos, diarios, fotos y poemas. Es esa voz en primera, esa subjetividad en el discurso la que me permite construir la historia. Dialogo con el otro.

Esto recobró sentido porque un día después fuimos a la New Sinagogue, una sinagoga que en el siglo XIX reunió a la comunidad judía en Berlín y que fue bombardeada en la guerra. Hay un monumento a la ausencia y un museo, donde se enseñan algunas fotos.

Fachada restaurada de la New Sinagogue

 

Una reproducción sonora del Hasan, cantor litúrgico, en la ceremonia superpuesta con una imagen en movimiento de la escena ceremonial llena de gente, y luego relatos en tercera persona con documentos de las familias que pasaron por allí. Leí una por una esas historias documentadas, aunque estuvieran escritas en tercera. Si me iba hacia atrás con el cuerpo me distraía con pensamientos y fantasmas, como ver películas de terror con ideas nefastas, sobre mí, sobre mi memoria, sobre mis muertos y mi infancia. En cambio, si me adelantaba y proyectaba mi mente en la imagen y el texto, me sentía conectado profundamente, y ahí me di cuenta de que lo que en verdad me pasa es que no confío en la voz del narrador.

Perdí la confianza en la voz de la historia. De los narradores en tercera. Me había prometido en ese contexto volver a creer y lo hice pero fue un gasto de energía enorme y un proceso cognitivo complejísimo.

Además y sobre todo creo que hubo algo espiritual y de deber religioso respecto de esas familias, como si leerlas con esa atención fuera resucitarlas en el fugaz sentido del deber de la historia. Elisa y Emma, nuestra amiga inglesa, que nos acompañaba, no me entendían pero tampoco se animaban a interrumpirme, se paraban frente a mí para observarme y hablaban de lo que veían pero no me interrumpían y yo no podía y no quería salir de mi trance puesto que era un imperativo impuesto, una suerte de misión. Una locura.

¿Cuántas veces se puede hacer algo así?

Necesitaba hablar con alguien de estas emociones, con alguien que entendiera de literatura, que pudiera entender lo que significaba para mí darme cuenta de la sutileza de desconfiar del narrador en tercera.

Cuando alguien narra en primera no me importa la verdad del referente, simplemente le creo a la verdad de la articulación de su discurso, pero cuando hay un narrador que se presta a ser objetivo y narrar en tercera me mata su soberbia, su pretensión de moral, de autoridad, y me traiciona de entrada, no puedo encomendarme a esa misión que se propone con tanta autoestima. Mientras escribo siento olor a flores.

Antes de viajar, junto con mi primo Adrián hicimos una sesión de Foley para la postproducción de sonido de nuestro documental sobre la historia del Holocausto en nuestras familias, y en la última escena, que plantamos un árbol, de duración de diez minutos hicimos la mímica de toda la operación riéndonos, disfrutando, recordando ese cierre del documental en el campo de Javi y Curu en Tomas Jofré donde además me casé con Elisa. Esa escena de síntesis, de dolor, de cierre, de alegría, se repitió en el Foley en una dimensión superior atravesada por el sonido. Se me abrió una nueva dimensión que atraviesa los oídos. Una dimensión poderosa, creo que más que la vista.

Después de la New Sinagogue me encontraba con Cristian Forte, y esperaba poder hablar con él de la experiencia que me tenía impactado. Es un amigo de Matías Reck que hizo Milena Berlín durante muchos años. Llegué al lugar de encuentro, era una plaza poblada por la comunidad turca con una feria de comidas. Pedí un café y observé mientras era observado. El café turco era el mejor que probé. Veía a los jóvenes charlar con los mayores, darse las manos, saludarse apoyando las palmas en los corazones y pasé en un rato de ser forastero a estar adentro. Muy raro.

Temía que me preguntaran si era judío.

Hace poco leí en Maldita Ginebra y unos chicos de una banda de rock que tenían espíritu palestino querían medio asesinarme.

Estoy por la paz de los pueblos pero poner la corporeidad en la frontera por más alma beduina que se tenga no da garantía de continuidad. Miré unos souvenirs en plata y metales, un búho parecido al que traje de Luján, pero esperaba encontrar una serpiente enroscada en una espada. La simpatía con el vendedor era cautivante, me hacía acordar a la tarde en el mercado de pulgas de Jerusalem a los 8 años, cuando vi la serpiente hipnotizada por el flautista, bailando al son de su música.

Cristian Forte llegó retrasado, yo ya había tirado la bora del café y leía las mil vainas.

Lectura de café y Zohar con Reck antes de la partida

 

Fuimos en subte a otro barrio para conocer una librería de libros objeto y charlar con el librero para que él hiciera una presentación, compartimos en un café adorable con mesas en la calle una pieza de harina y espinaca que él había comprado en la feria, y unas aguas. Vi sus libros e intercambiamos materiales. Le conté de mi experiencia en la Sinagoga, creo que entendió. Además estaba trabajando en el sonido de la muestra “Mastur Beer” de la Bienale de Berlín donde yo había estado esa misma mañana, y entendía perfectamente esta nueva dimensión sonora.

Cristian se estaba yendo a vivir a Jordania por un proyecto artístico llevado adelante por su pareja.

Después de esto quedé tildado, había abierto un montón de cosas, no me quedaba otra, pero era demasiado. No sé a dónde llevará esto, tanta tierra sembrada con alguien que apenas conozco.

El paseo por el cementerio judío junto a Carsten y Elisa, y la visita al Museo judío que hice, alternaron también con los encuentros con Jorge Locane y Timo Berger, con quienes me introdujeron Matías Reck -con quien hago la Colección Naufragios en Milena Caserola- y Daniela Szpilbarg, su pareja. Jorge me resultó una persona extremadamente amable por su recepción previa a llegar y su estilo de fuerte presencia dispuesta al otro.

Además, todos los paseos con los amigos más cercanos, las cenas, las cervezas y los momentos de disfrute, incluido el paseo en bici por el antiguo aeropuerto Tempelhof, ahora convertido en parque pero sin modificaciones, por el que nos guió nuestra muy querida amiga Dita, de Eslovaquia, que conocimos en el Seminario en Brno, alternaron con el juego y recorrido de la memoria, que fue radical.

Nunca había estado en Alemania y este fue el momento de madurez justo para entrar en contacto con esta difícil historia que obtura toda forma de información objetiva. Además, Berlín es una ciudad muy viva, donde la gente se conecta a través de la mirada de forma singular en la calle y sin saber por qué uno anda saludando y recibiendo saludos de otros. Pero sobre todo por este carácter lúdico de la memoria. Quiero decir que en el museo judío en la zona más intensa de la muestra, la curadería no trata de dar información sino de una selección intensiva, pensado a la disposición en que se presenta al espectador y caminante por los espacios vacío a recorrer. Incluye y propone una experiencia integradora, con lo espacial, lo sonoro y lo perceptivo en todo concepto, que habilita el recuerdo de lo vacío en la emoción y el tiempo de la coexistencia.

En diez vitrinas se logran ver cartas, historias, diarios, objetos reencontrados, una menorá, fotos, formas de llegar al otro y estar presentes en lo que pasó. Observamos estas pequeñas e iluminadas vitrinas desde cerca, para leer los originales y compartimos el espacio de la mirada con los demás visitantes al museo. Recuerdo el llanto de una joven frente a la vitrina que mirábamos juntos como compartiendo el cuerpo o spot de la mirada. Quería saber qué hacer, si seguir sintiendo esa emocionalidad o si desprenderme de la escena y era un total carpe diem. Podía decidir libremente sobre mi destino. También recuerdo la seriedad de un hombre, frente a quien me dividía reflexionando sobre otras formas de ver y de posicionarse ante lo mismo. Habitamos y cohabitamos los que recuerdan, y lo que recordamos, en un espacio llamado las tres cruces que invita a pensar sobre la continuidad de la historia. ¿Qué otras líneas posibles hubo? ¿Qué otras líneas hay ahora? ¿Cuántas cosas podríamos percibir, o cuántas estamos percibiendo sin saberlo en esta línea horizontal del tiempo en la que solo cabe una intensidad detrás de otra? ¿Y si todos los espectadores estamos conectados? ¿Y si todos somos bocas de expendio de una unidad mayor a la que percibimos y le damos nuestras percepciones? ¿Y si se pudiera tomar conciencia de esto? ¿Si pudiera percibir junto con el hombre serio, o con la mujer conmovida, si pudiera comunicarme supraconcientemente con esa expendedora de realidad, acaso podríamos curarnos un poco mejor, a último momento? ¿No nos haríamos bien, no recuperaríamos las huellas de nuestras heridas, nuestros daños? ¿No le haríamos bien a los muertos, sin necesidad de bronca y odio por los perpetradores del asesinato? ¿No es este un dilema de la humanidad? ¿No buscamos la paz, padre, hermano?

Es todo verdad, pero también hay sufrimiento.

Sus cuerpos, sus miradas, sus llantos, sus angustias. Al final de ese pasillo una sala espacial y especial abre un espacio para la memoria en cuerpo propio.

Hay tres cruces en esa muestra: del Holocausto, que acabo de describir, del exilio que tiene un pasillo vacío de información y termina en un laberinto de bloques que recuerda el memorial antes relatado y la x de la continuidad que subiendo de piso tiene una curadería de arte que evoca la reconstrucción de la memoria en el presente y más allá la sala de la 10000 hojas: 10000 caras de acero pesadas sobre las que se entra a un gran espacio vacío para caminar sobre ellas pensando que todas son lo mismo, puestos en el lugar del perpetrador que aniquila el objeto rememorado para luego llegar al fondo y experimentar que cada una es única y diferente, que se pueden tomar en las manos, usar de máscara, sentarse en ellas y en algún momento despedirse, habiendo dejado algo de la alegría del juego en un espacio triste, pero compartido, para reinventar.

El cementerio fue caminar entre tumbas históricas rodeados de naturaleza, en una modalidad que no corta árboles ni poda pasto, más recoge las hojas caídas en una zona que no es de guerra sino de recuerdo, a diferencia de lo que me pasó en la New Sinagogue destruida por la bomba, huella del agujero de la memoria, aquí la memoria fluye como el río de la naturaleza que se lleva todo hacia el más allá con la frescura del sol de verano colándose entre las tumbas de donde crecen a veces árboles mismos de sus centros.

Árboles de sus centros

 

¿Cuántos somos los que nos alegramos en los cementerios? Que sentimos la realidad de todo allí mismo, en ese eje que viene después del más allá, donde las familias se reúnen. Espacio sagrado de la consagración. Como si después de la guerra se terminaran los relatos, como si después de la muerte se terminara la guerra de los relatos.

 

Espacio hermoso para recorrer en paz entre los vivos.

Paraíso de la contemplación

 

Martín Glozman

24-9-2018

[i] Texto de presentación de Documento de María (Bestia Equilátera, 2017) en La Escalera, Berlín, 25-08-2018.

 

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