Sueltos

 

Sueltos es el espacio donde publicamos textos inéditos de narrativa y ensayo para que los amigos de Caburé puedan disfrutar de buenas lecturas.

 

Monita y Pili se aman*

Vanesa Guerra

 

El rostro de una mujer es especialmente atractivo cuando se levanta a la mañana

Sei Shônagon

La angustia arranca las ideas de cuajo – lo leyó en voz alta como para retener la idea que ya parecía serle arrancada de cuajo, un manotazo que desgarra toda reflexión; la angustia es una mierda, resumió, de manera vehemente pero vencida. Entonces Pili consideró matarse, recordó la soga de nylon, gordita y fuerte, una trenza sensata de nylons blancos y negros, altanera como para escalar montañas o en su defecto tender ropa húmeda y vaporosa hasta el manchón oscuro, bajo el sol iracundo de esta ciudad irreflexiva, atestada de locos, furibundos, mierditos, resentidos y desclasados.

Monita no hubiese admitido tal manera de referirse a la gente, no hubiera dejado pasar así nomás el comentario, hubiese deslizado qué sutileza xenófoba, versión híbrida, según ella, del racismo de Pili, tan precario en sus bases teóricas, tan meloso, sentimental… porque para Monita, Pili, pobrecita, apenas sabe pensar.

Que Pili hubiese devenido planta furiosa en última macetita ahogada de La tiendita del horror, era asunto del destino humano en sus insospechados decursos; así debatía Monita su interior, frente a Pili –que andaba cada día más boba y como si esto fuera poco, cada día más triste y enojada. Pili: una frustración con patas, algo irremediable y lo que no tiene remedio remediado está; quizá podría probar un poco de Tai Chi.

Mientras Monita tomaba sus avanzadas clases de Tai Chi en el parque cercano, Pili empezó a buscar la soga en el galponcito de la casa. Varios días, por la mañana, al levantarse, pensó que no sería tan difícil, porque en el fondo de la casa hay un gran árbol que nadie identifica en la especie; la mamá de Pili creería que es el árbol de las barbas de la cabra; a Pili siempre le gustaron los árboles, y algo conoce: aprobó un curso en el Jardín Botánico; pero ese nombre no lo había escuchado antes, un árbol barbudo… sí, puede ser; puede ser porque muy pasado el otoño y casi entrando en una demorada primavera, el árbol éste largó como unos pelos amarillos, sedosos, nada dóciles, más bien pinchudos y lo hizo antes de mostrar alguna hojita. Al llegar por vez primera a esta nueva casa, Pili creyó que el árbol estaba muerto y varias veces durante ese invierno sin nombre y hastiado de grises, sin que Monita la viera, hirió al tronco muerto con una sevillanita desafilada para ver si corría un poco de savia en su interior; y por supuesto que no corría nada; un buen día introdujo un pincho de parrilla por el ombligo oscuro del árbol y escarbó hasta ensartar una asquerosidad de bicho baboso, verde, gusanazo regordete y viscoso que retorcía su cuerpecito como broqueta de tripa viva; ensartado, bajo el sol que le daba a rayo partido, entre nube y nube, el bichazo enroscaba sus verdores fluorescentes sin ojos, sin patas diminutas, lampiño hasta el brillo –como brilla, tan sedoso, tan globoso, que ganas de tocarlo; pero Pili acotó la curiosidad con inquietud, con pálpito y recelo y después de vencer la impresión y después de gozar con el sufrimiento animal, lo mató: lo aplastó; escuchó el gloub de las entrañas jugosas porque seguramente esa inmundicia habría vampirizado al árbol; habría tragado toda la savia y la habría cagado, rastrero, haciendo lentos rombos por el lomo muerto del tronco y con increíble destreza o paciencia animal habría desparramado resina inservible, puro veneno, hasta ultimar la magnífica planta, por dentro y por fuera. En las noches, el cadáver taciturno, bajo el clamor impúdico de la luna, destellaba una red de lucecitas gelatinosas, fosforescencias lunares, que no eran más que el vómito o la deyección de ese gusano traslúcido y turgente lleno de alma verde del árbol sin nombre.

Muerto y sin nombre era lo más parecido a Pili.

Por las mañanas, aun con los ojos pegados, recordaba a Robert Walser –un genio que nunca conquistó el nudo, por eso cada tanto caía de su corbata mal atada; pero para el caso, ni ella era Walser, ni Walser tuvo un padre marino que acopiara cuadritos con infinidad de nudos para amarrar, desamarrar y otras lindezas marítimas y lacustres. Así que en esas mañanas terribles, Pili ensayaba en la virtualidad del pensamiento maniobras para realizar una suerte de tres vueltas y después para arriba o para abajo o… había que probarlo, porque la angustia destruye los conocimientos, los arrasa… ¿dónde están los cuadritos del padre? y ¿dónde el libro de los nudos? Del tronco mayor, que al fin y al cabo, después de varios meses de nadería, se pobló de retoños y hojas inmediatas en los inicios tardíos de la primavera, emergía, desfachatada, una rama gruesa al centro del parque, fuerte como la trompa de un elefante joven; era factible, entonces, que soportara cincuenta kilos de angustia sin hacer de la escena un franco papelón. La escalerita blanca escondida a la vista de las pocas visitas, la soga envolviendo cruzado hombro y cintura, una subida sin ideas a los escalones del altar, un movimiento ágil para atar el extremo de la cuerda a la trompa paquidérmica, un lazo contundente, un coraje premonitorio para asomar hasta meter el cuello en la otra escena, patear la escalera, dejarse caer y aguantar el grito para que la chusma del barrio quedara sordamente excluida desde la ventana lindera que es todo paneo.

Una tarea muy fácil ¿pero dónde mierda está la soga?

Cuando Monita llegó con el atuendo blanco de Tai Chi  y sus frases sabias babeaban las comisuras de una sonrisa levemente fruncida, Pili, revuelta, había sacado al parque todas las imbecilidades acumuladas en el galpón; diseminadas o alborotadas en ilógicos montoncitos, supo, con una certeza luminosa y arrobadora, que debía incendiarlas: rociar kerosene, y lanzar un fósforo; con el pensamiento espeso, Pili ya escuchaba el reclamo del orden, un llamado sargentoso que Monita esmeraba en la dicción sugerente al pronunciar la elle, la y griega, la ce hache, las eses;

¿qué rayos hacés, che? ¿Llamó alguien para mí? Ya vengo, y ordená eso, querés.

De pronto, pensó en matarla. Primero sintió el odio que toda la vida profesó por Graciela Borges, después recordó que amó a Graciela Borges y que la amará toda la vida porque la dirigió Lucrecia Martel en La ciénaga; así es el amor: hay que saber dirigir. Pili compró la película en Blockbuster, la vio 22 veces, la seguirá viendo si no se mata, porque Pili yace abombada en una de las reposeras envueltas de selva y humedad, Pili yace, inerte, en la reposera que falta en el parque rancio de la película La ciénaga; Pili pantano, pilicenagosa, pilicosa, pilivana, pilivana inservible.

El agua caería sobre el cuerpo majestuoso de Monita, una ducha diría cualquiera, pero nunca se sabe a ciencia cierta cómo es la química real del agua en la piel tersa y solitaria de Monita, pues hasta donde el recuerdo se presiente, hasta donde palpita con último estertor, en el borde delicado donde acaba la imagen del pasado y pulveriza los hechos, Monita y Pili supieron bañarse juntas, amarse con flujo eterno, darse caricias insospechadas, reírse de la finitud, morir y renacer tras cada orgasmo.

Pero hoy va a matarla, porque Pili cambió de idea, y en esa mente opaca y confusa intenta gestar un plan, ella, pobrecita, que ni siquiera sabe ganar al Tatetí.

Monita reapareció en el parque envuelta en una toalla y vio a Pili apenas apoyada, como caída de un banquito de madera, en la misma incómoda posición de un par de horas atrás; era evidente que estaba insolada porque el sol laceraba todo, caía a pleno sobre la tierra yerma donde apenas crecen yuyos hirsutos… antes, a esta casa la alquilaban gitanos de rara lengua, tuvieron un gallinero y una sucia manía por revolear basura sobre basura, casi siempre inorgánica; un día los gitanos enloquecieron de alegría, las vecinas cuentan que las cucharas de plata escalaban las medianeras, que asomaban todas juntas como niños curiosos los ojos cóncavos argentos, dicen que retorcían cimientos de hierro con esas mentes mágicas y magnéticas; que entre gritos, rosas y cantes de una fiesta que no acababa, demolieron a saltos de tablao los techos del gallinero con unas pocas gallinas dentro y luego pa´ festejo de boda quemaron las partes no vendibles de algunos autos robados. Bomberos, jueces, policías y oscurajes, desalojaron a las familias, le impusieron su identidad nómada y el dueño de la propiedad con las manos en su masa rellenó el terreno rotoso con escombros, lo que equivale a decir: con más polvo que tierra; por eso las veces que Pili y Monita probaron cavar un pozo para plantar un ajenjo y un jazmín, toparon las ilusiones con vidrios, azulejos, hierros, cucharas, cascotes y grandes huesos de caracú.

El dueño de la casa –Pili y Monita la alquilan hace cuatro meses- dejó caer que si acaso prefieren un parque con buena tierra, entraña fértil, tendrían que comprar un par de camiones o matar a varios –le pareció leer a Pili en la mente usurera del locador- enterrarlos con esmero y al cabo lograr un parque bello como esos pintorescos cementerios de pueblo chico, donde los frutales dan duraznos enormes como melones, hermosos frutos, bien abonados.

Hay gente que mata y entierra su víctima en el fondo de la casa; pese a que siempre los descubren, insisten con la mala coartada; hay que aceptar que no es una buena idea enterrar nada impropio en las entrañas de uno mismo, hay que tener mucho más que plata para no enredarse en tamaño escándalo. No es el caso de Pili. Tampoco el de Monita.

Mientras Monita, envuelta con turbante y pareo de toalla azul, augura, desde la puerta de la cocina que da al jardín, vaya a saber qué cosa, Pili, incandescente, rodeada de trastos diseminados y montoncitos ilógicos como al descuido, abandonados a una suerte de indolencia involuntaria, vio, como ve el  recuerdo cuando se impone, la mandíbula de Tía Zharita flotar y dar vueltas sobre el agua del jardín desbordado de lluvia, en la vieja casa de Tapiales; todo barrial ese día, todo ese fondo de niñez entrañable era barro, pantano, barro negro, espeso, aroma a tormenta y más barro el tío, loco, que chapoteaba a gritos sobre las cenizas, que nunca son tan cenizas, las de su amada muerta, mucho más amada muerta que viva. Unos días atrás, el tío, con cinco infartos encima, abalanzó su torpe pero invencible cuerpo sobre el cajón abierto de la tía Zhara, balbuceaba inhóspitas frases en catalán y escupía horribles amenazas a todo el que intentaba acercarse; ya conseguía que nadie pudiera despedir a Tía: abrazado al féretro tambaleante, amarreteaba en su infinita incoherencia un cadáver; la prima a último momento tuvo la astucia de ofrecerle una copita generosa de Legui; desde la puerta de la cocinita del velatorio acertó a levantar su brindis, un convite frente a los ojos acechantes y furtivos del Tío Manón; entonces, la prima caminó con paso lento hacia la capilla ardiente y lo miró hilvanando alguna una cosa entre ellos; y el tío estiró la mano y bebió hasta empinar la copa; un fondo de ojos blancos. Después se supo que la prima Ercilia había disuelto a fuerza de cucharita contra el fondo dos comprimidos de Halopidol o Fluoxetina; tal vez, ya no pueda precisar con qué tipo de cóctel obligó al padre aquella noche; pero lo que sea que haya sido, al cabo de un rato, tranquilizó alguna de las miles de fallidas conexiones en esa fugada cabeza, y a las horas, varias horas, quién sabrá cuántas, digamos después, digamos al día siguiente, cremaron a la tía, y él, sin ninguna pasta encima, y con una urnita de madera ataviada con las vendas que usaba Tía por la flebitis, desvistió los restos de su Zharita y desparramó las cenizas sobre el jardincito huérfano de la casa de Tapiales; una nube oscura de polvo y mineral anticipó el chaparrón certero de aquella tarde de verano, bajo un cielo surcado por aviones ruidosos, un cielo inmenso de fugitivos colores al ocaso que enloqueció con los truenos y vibró aún más en las ventanas, en una atmósfera metálica, densa, apenas ventosa, la lluvia lo inundó todo, lavó la tierra, las baldosas, las rejillas, y los restos que nunca llegaron a ceniza impusieron su presencia: la mandíbula flotaba en los canteros de las rosas, y luego, huidiza, presa de una fuerza hidráulica paseó dando tumbos por canaletas hechas a fuerza de pala sobre la tierra; el agua discurría su firulete y su remolino y conectaba unas islas florales con otras, envolvía matas de margaritas, espesuras de ruda macho, montes de dalias, hortensias, crisantemos, bajo la caudalosa lluvia, bajo la lluvia cantarina, la mandíbula de Zharita era balsa salvaje difícil de asir, y Tío no cesaba de pisotearlo todo, chapotearse de barro, correr cerdos imaginarios, rengo y trastabillado, tras la nunca ceniza del amor; Ercilia, ya no pensó en más pastillas maceradas, ni en revueltos, ni en jarabes, sólo le dejó hacer: que fluya el viejo, hoy no vamos atarlo, dijo. Al rato lo perdieron de vista, la lluvia más el silencio inquietó la tarde y las primas salieron al barro y lo buscaron por las afueras de la casa, en medio de un descampado, en las afueras descampadas donde todo es posible; y allá el galponcito, a paso rápido sobre charcos, alzándose entre chapones, el galponcito, como a las perdidas del terreno, entre árboles viejos y fuertes, cobijado, camuflado, y las primas abrieron la puerta y ahí estaba, él, Don Manón, esmerado en su arte, esmerado y con obra expuesta: una soguita negra parecida a un cordón desteñido ahorcaba por el medio a la mandíbula andariega; te hice un colgante, m´hija.

Ya Monita insistía en que la dermatóloga y el cáncer de piel. Entonces, esquivando los trastos, le acercó a Pili un sombrero de paja, chino, una sombrilla de cabeza para trabajar el arrozal y también una crema anaranjada que manchaba cuanta cosa anduviera cerca; con un gesto indeciso, como volviendo de otro mundo barroso y licuo, Pili, fingió leer el nombre del producto para detenerse un ratito más en aquello, para no desintegrar del todo el recuerdo de la familia, de la Tía Zharita, del Tío Manón, pero Monita la preñaba de voces, de alertas, la frenaba con chirridos acorralándola en los rincones del ser y entonces, sin refugio, las ideas lábiles de Pili, comenzaban a errar, espesas y rancias desvanecían sus figuras gallardas, caían inoculadas de miedo, las ciudades del recuerdo eran sitiadas y todo parecía desgranarse: el alma secreta de las cosas del pasado evaporaba su existencia y desalojaba el infinito jardín del barrio de Tapiales, y otra vez todo era yerto, escombro y yuyo.

La angustia es barro y escombro –pensó; y cree haberlo dicho mientras  embadurnaba la cara con esa crema mandarinosa; ¿es mandarina o mandado? ponete la crema te digo, ¿no ves el sol?, ¿mandarina o mandado? ¡qué me mandás! donde manda capitán no manda mi papá, mi marinero. Desparramate de una vez, dale que te quedó un montoncito naranja en la ceja. La Borges camina hacia la reposera, no necesita cremas con tanto pantano cerca la piel respira mejor. Monita y Pili se aman. Monita le da la crema, le cuida la piel de bebé, la rodea con brazos certeros, le mima una frase al oído: que sería de vos sin mí, Pilita de mi corazón, no te dejes caer en la tentación. Tomá tu clonazepan, te lo parto en cuatro así no te ahogás, o te lo piso en una cucharita con azúcar y agua. Hoy viene a comer Cococho y Bimbo. Hay que ir al súper, comprar vinos, velitas, caviar, y arregláme este revoltijo que parece una rebelión de estropajos… hay algo tan ingenuo en los estropajos ¿viste? mirá esos pobres trastos bajo el sol, recalentando su existencia bajo una mirada indolente… Pili, el Feng Shui en la casa no considera semejante desborde de cosas, porque todo desborde, todo desorden, además de impuro, es sucio, Pili; dale, tragá nomás, tomá agua, más… que chica tan macaca… bueno, ya está, y ahora acomodame el galponcito; che, cuánta cosa hay en el galponcito, ¿no?; dale, mové, no te me cuelgues, Pilina.

*Del libro: La sombra del animal. Vanesa Guerra. Editorial Bajo la luna, 2008 Buenos Aires. Págs 15-23// Primer Premio (libro de cuentos) Fondo Nacional de las Artes, Argentina 2007.

 

Perdí la confianza en la historia y la volví a recobrar.

Memoria lúdica: viajes en Berlín hacia el 2018

Por Martín Glozman

 

GloZa

 

Ocupación de la cita

 

 En este caso la cita abarca un libro entero, un libro fuera de lo común, agitado y vivo, que nos excede. En su traducción de El libro de David, Robert Alter dice que no se sabe si, entre los judíos, narradores y contadores de historias encargados de entretener a la audiencia, a la manera de los bardos griegos, pero que la historia del rey David fue escrita sin conformidad para establecer que existirá testimonio del peso del tiempo, del grosor de cada grano de arena digna de medirlo, cuando detengamos toda ocupación y restablezcamos el recodo y el reposo de la lectura.#

 Con una convicción si se puede llamar de esta naturaleza (si resulta imprescindible buscarle un nombre) actúa “con las palabras” Martín Glozman. David establece: “Hacia él me dirijo. Él nunca volverá a mí.”, y esta… Podemos cambiarle el valor a la oración cambiando de sujeto, sin alterar el predicado. Con esa exactitud de itinerario (¿Calvario?), clavándole la mirada al desierto y sabiendo cuánta sed es necesaria exactamente para ir que (“Él nunca volverá a mí”), librándonos a la vez de la luz del día y la fatiga de la jornada solo porque la oscuridad es un camino que no exige frío ni renuncia a la dulzura, fue escrita Documento de María. Su libertad de expresión está en relación directa con el uso de la materialidad de la palabra como bien diametral, que lejos de dividir las cosas, va imponiéndole el peso mientras avanza: alforja, limo, salmo, río…

 De modo que no hay imprecisión alguna aunque el grito se ahogue en el llanto incontenible o la risa estruendosa de la metáfora. No hay arrepentimiento porque no hay regreso. “Lo inferior está dotado de poder desde el origen; lo superior es naturalmente impotente”. En Documento de María se ejerce hasta el silencio una justicia que deja de ser circunstancial cuando advertimos que nunca cumplió el propósito de un divertimento. La ficción no nos deja mentir.

Luis Chitarroni[i]

 

 

Llegué a Berlín el día 24 de septiembre de 2018, acompañado por Elisa Petroni, mi esposa.

Veníamos de Praga, escala en el camino desde Brno, una hermosa ciudad fronteriza con Austria, donde disfrutamos de la compañía de amigos y colegas en un seminario de duración de cinco días sobre psicoterapia y dialogismo, organizado por la Red Internacional de Prácticas Dialógicas. Nunca sé cómo describir de qué se trata esta disciplina, cada uno se interesa de otra manera, pero no siempre se hace asequible a la escucha.

Afortunadamente la quinta Conferencia de Prácticas Dialógicas se va a realizar en Buenos Aires en noviembre de 2019 y va a ser una oportunidad para presentar este modelo de trabajo en Latinoamérica e intercambiar con otros modelos locales.

Algo similar sucedió el día 25 de septiembre en la Librería la Escalera en Berlín al presentar mi novela Documento de María. Fue tanto lo que sucedió en tan poco tiempo que me ha sido muy difícil poder relatarlo. Un efecto tren de la distancia.

Una condensación contemporánea de las relaciones.

 

Después de volver de Berlín, luego de una semana porteña de retomar las viejas funciones y de nuevos trabajos en contexto de incertidumbre social y económica, venir a escribir a Varela Varelita es como una bocanda de aire, no sé si fresco, pero seguro como una transfusión de sangre.

Desde que me fui a escribir a Tigre en verano empecé a tener visiones con serpientes a la altura de la frente, proyectadas por mi mente. Pero luego de realizar una constelación familiar en lo de María de Los Hoyos esa serpiente se superpuso con una espada, que entendí era una cruz, y después sobre bastones de esculapio, dándome a entender que el veneno y la salud van muy de la mano.

María y espada con serpientes. Diseño Juan Pablo Cambariere.

 

Así pude saber que las concentraciones de veneno que estos días siento en el vientre o a veces en el espesor de la vida cotidiana, cuando entran en movimiento son saludables, siempre que eviten la explosión, recordando la experiencia del 2001.

A veces envenenarse un poco es bueno, como ahora que me tomo una Stella Artois, es viernes, son las 15 de la tarde, y ya no podía estar en casa por la invasión de ansiedad y deseos de acciones simultáneas. ¿Cómo ordenar el tiempo? Si no es el tiempo el que nos ordena a nosotros.

Hablando de tiempo y de orden quisiera referirme a la memoria del Holocausto en Berlín, suena muy magnificante, pero quiero decir para empezar que este tema en esta ciudad está tratado lúdicamente, hay un espacio para entrar en la memoria y jugar.

íbamos a ir a Polonia, Varsovia y los campos, donde estuvo prisionero mi abuelo Salomón Rotenberg.

Pero prohibieron la entrada de Federico Pavlovsky que iba a viajar con nosotros por una nota que había publicado en Página 12 sobre una matanza de judíos a manos de polacos en el pueblo Jedwabne en Polonia.

Decidimos ir a Berlín. Nunca había estado en Alemania pese a haber viajado mucho en Europa, por elección, y no estaba seguro de que fuera la decisión adecuada.

Tomé una cerveza en el tren mirando el rio que recorría el territorio previo a las montañas a mi lado. Richard, un viejo inglés me había sugerido que lo hiciera al entrar al país germano, al finalizar el seminario checo.

Entrada a Berlín.

 

Lo hice. Estaba conmocionado. Al bajar de la estación de subte para llegar al departamento Airbnb odiaba a todos en lo secreto de mi alma, veía los nietos de los nazis, y así me explicaba que fueran tan libres y heterogéneos. Terribles emociones. Me prometía evitar exteriorizar ese odio.

En cambio hacía una respiración zen para que el odio circulara sin llegar a los otros. Lo lograba o no lo lograba, no lo sé. Un muchacho alemán descalzo y borracho arrastrado por su amigo se tiró encima de mí en las escaleras al salir del subte, y me dijo we are the fucking germans.

Al llegar al departamento Airbnb a eso de las 12 de la noche ya que habíamos perdido una conexión del tren en Praga por un retraso, vi que la casa estaba llena de raíces y maderas elegidas con cuidados entre otros objetos. Plantas especiales, la piel de una oveja, situada en el centro del sillón en L exactamente como yo había colocado en casa esa piel que compré en San Antonio de Areco antes de partir. Y lo más llamativo: en el baño una menorá con velas, de bronce, antigua. La menorá es un símbolo judío muy importante vinculado con las celebraciones y la memoria. Y así, lleno de detalles, algunos vinculados con Rusia. No habíamos conocido personalmente a la dueña, pero le había prometido que me ocuparía de sus plantas con cuidado y así lo hice.

En la presentación de la Escalera, Germán el dueño de la librería, luego de atender especialmente a la lectura junto al grupo que asistió me propuso el desconcierto frente a una voz que pasa de la humillación a la soberbia, de la mística y la lectura del Zohar a la simpleza de las palabras, y lo que me pareció fundamental, de la confianza en la verdad a la desconfianza en los significados y las alianzas. Me habló de Primo Levi y Isaac Bashevi Singer, como de otros escritores que no traicionaron la búsqueda de la verdad y la fe en la comunicación y la poesía.

Me hizo acordar a Iair Kon, quien me conectó con José Luis Pizzi para hacer esta presentación, ya que él transmite esos valores vinculados con la tradición de la izquierda, la memoria, las experiencias del exilio. Expliqué a Germán que yo creía en él y en Iair, pero que en mi caso había sido defraudado tantas veces que solo podía creer en algo si en simultáneo dudaba de la fe. Solo en la ambivalencia dialéctica del compromiso podía mantenerme cerca del otro.

Me parece que esto es algo propio de generaciones más jóvenes que perdimos la fe en la palabra, aunque podamos haberla vuelto a recobrar. Creo que las opciones oscilan pendularmente entre el cinismo que por suerte va quedando en las décadas anteriores al 2001 y la búsqueda de la creencia, pero con la sabiduría de que aun así esa fe no se puede probar y las operaciones que conlleva están del lado de la construcción. Horadar la lengua para llegar al laberinto del encuentro perdido en la voz.

Lectura del Documento de María en el Memorial del Holocausto

 

Dónde están los padres que no nos hayan defraudado, dónde están los ideales.

Había una sobreviviente que se identificó mucho conmigo y me quiso enseñar sus certezas. Me saqué una foto con Dorita.

La Escalera es una casa de encuentro. Para mí fue importante rescatar que el libro Documento de María refería a una experiencia pero era una articulación estética, con operaciones de lenguaje, que disputaba un espacio social para afirmarse como literatura en un conjunto de instituciones compartidas.

El domingo fuimos al Memorial de las víctimas de asesinatos en el Holocausto, ubicado en el centro de Berlín, grande como su plaza central, paseamos por sus laberintos con Carsten Regling, el traductor de Piglia al alemán, amigo de Elisa y mío, Friedrerike, su mujer, y Julius, su hermoso hijo de 9 años, también estábamos con Khatharina, nuestra amiga alemana que vive en Londres. Vino a vernos especialmente y compartir estos días. Nos perdíamos y encontrábamos en esas hermosas columnas que no sé qué recuerdan pero no me lo pregunté porque no son más que concreto erigiéndose hacia el cielo evocando presencias que ya no están, y los pasadizos de aquellos que vivos nos escurrimos por allí. Leí una tira de Documento, lo firmé para los muertos, los sobrevivientes, los descendientes y las víctimas de todas las guerras.

Tiré el libro luego a los lápices bien arriba, como los llamó Timo Berger después.

Julius preguntó a Elisa qué estaba haciendo y le conté.

Después nos fuimos esparciendo espontáneamente, las mujeres fueron hacia un bloque y se subieron, varios pasillos más allá, Carsten, Julius y yo hicimos lo mismo, luego Julius jugó hasta reunirse con la madre. Carsten y yo fuimos hacia ellos para hacernos todos juntos una foto.

Bajamos al museo debajo del juego de paredes, y pude empezar a ver que la información sobre el Holocausto se divide en dos, en tercera persona y en primera. La neta información narrada objetivamente, y la “información” contada en primera muchas veces en forma de carta dirigida a otro, o bien en diarios.

La primera parte, que era la información objetiva la salteé por molestia, por naturaleza, y por acumulación de gente, eran cuadros, fechas, hechos. La segunda sala en cambio me resultó atrapante, eran recuadros de texto en el suelo con iluminación cuidada en lenguas originales y traducciones al inglés, leí uno por uno esos fragmentos de cartas y cuadernos, diarios, fotos y poemas. Es esa voz en primera, esa subjetividad en el discurso la que me permite construir la historia. Dialogo con el otro.

Esto recobró sentido porque un día después fuimos a la New Sinagogue, una sinagoga que en el siglo XIX reunió a la comunidad judía en Berlín y que fue bombardeada en la guerra. Hay un monumento a la ausencia y un museo, donde se enseñan algunas fotos.

Fachada restaurada de la New Sinagogue

 

Una reproducción sonora del Hasan, cantor litúrgico, en la ceremonia superpuesta con una imagen en movimiento de la escena ceremonial llena de gente, y luego relatos en tercera persona con documentos de las familias que pasaron por allí. Leí una por una esas historias documentadas, aunque estuvieran escritas en tercera. Si me iba hacia atrás con el cuerpo me distraía con pensamientos y fantasmas, como ver películas de terror con ideas nefastas, sobre mí, sobre mi memoria, sobre mis muertos y mi infancia. En cambio, si me adelantaba y proyectaba mi mente en la imagen y el texto, me sentía conectado profundamente, y ahí me di cuenta de que lo que en verdad me pasa es que no confío en la voz del narrador.

Perdí la confianza en la voz de la historia. De los narradores en tercera. Me había prometido en ese contexto volver a creer y lo hice pero fue un gasto de energía enorme y un proceso cognitivo complejísimo.

Además y sobre todo creo que hubo algo espiritual y de deber religioso respecto de esas familias, como si leerlas con esa atención fuera resucitarlas en el fugaz sentido del deber de la historia. Elisa y Emma, nuestra amiga inglesa, que nos acompañaba, no me entendían pero tampoco se animaban a interrumpirme, se paraban frente a mí para observarme y hablaban de lo que veían pero no me interrumpían y yo no podía y no quería salir de mi trance puesto que era un imperativo impuesto, una suerte de misión. Una locura.

¿Cuántas veces se puede hacer algo así?

Necesitaba hablar con alguien de estas emociones, con alguien que entendiera de literatura, que pudiera entender lo que significaba para mí darme cuenta de la sutileza de desconfiar del narrador en tercera.

Cuando alguien narra en primera no me importa la verdad del referente, simplemente le creo a la verdad de la articulación de su discurso, pero cuando hay un narrador que se presta a ser objetivo y narrar en tercera me mata su soberbia, su pretensión de moral, de autoridad, y me traiciona de entrada, no puedo encomendarme a esa misión que se propone con tanta autoestima. Mientras escribo siento olor a flores.

Antes de viajar, junto con mi primo Adrián hicimos una sesión de Foley para la postproducción de sonido de nuestro documental sobre la historia del Holocausto en nuestras familias, y en la última escena, que plantamos un árbol, de duración de diez minutos hicimos la mímica de toda la operación riéndonos, disfrutando, recordando ese cierre del documental en el campo de Javi y Curu en Tomas Jofré donde además me casé con Elisa. Esa escena de síntesis, de dolor, de cierre, de alegría, se repitió en el Foley en una dimensión superior atravesada por el sonido. Se me abrió una nueva dimensión que atraviesa los oídos. Una dimensión poderosa, creo que más que la vista.

Después de la New Sinagogue me encontraba con Cristian Forte, y esperaba poder hablar con él de la experiencia que me tenía impactado. Es un amigo de Matías Reck que hizo Milena Berlín durante muchos años. Llegué al lugar de encuentro, era una plaza poblada por la comunidad turca con una feria de comidas. Pedí un café y observé mientras era observado. El café turco era el mejor que probé. Veía a los jóvenes charlar con los mayores, darse las manos, saludarse apoyando las palmas en los corazones y pasé en un rato de ser forastero a estar adentro. Muy raro.

Temía que me preguntaran si era judío.

Hace poco leí en Maldita Ginebra y unos chicos de una banda de rock que tenían espíritu palestino querían medio asesinarme.

Estoy por la paz de los pueblos pero poner la corporeidad en la frontera por más alma beduina que se tenga no da garantía de continuidad. Miré unos souvenirs en plata y metales, un búho parecido al que traje de Luján, pero esperaba encontrar una serpiente enroscada en una espada. La simpatía con el vendedor era cautivante, me hacía acordar a la tarde en el mercado de pulgas de Jerusalem a los 8 años, cuando vi la serpiente hipnotizada por el flautista, bailando al son de su música.

Cristian Forte llegó retrasado, yo ya había tirado la bora del café y leía las mil vainas.

Lectura de café y Zohar con Reck antes de la partida

 

Fuimos en subte a otro barrio para conocer una librería de libros objeto y charlar con el librero para que él hiciera una presentación, compartimos en un café adorable con mesas en la calle una pieza de harina y espinaca que él había comprado en la feria, y unas aguas. Vi sus libros e intercambiamos materiales. Le conté de mi experiencia en la Sinagoga, creo que entendió. Además estaba trabajando en el sonido de la muestra “Mastur Beer” de la Bienale de Berlín donde yo había estado esa misma mañana, y entendía perfectamente esta nueva dimensión sonora.

Cristian se estaba yendo a vivir a Jordania por un proyecto artístico llevado adelante por su pareja.

Después de esto quedé tildado, había abierto un montón de cosas, no me quedaba otra, pero era demasiado. No sé a dónde llevará esto, tanta tierra sembrada con alguien que apenas conozco.

El paseo por el cementerio judío junto a Carsten y Elisa, y la visita al Museo judío que hice, alternaron también con los encuentros con Jorge Locane y Timo Berger, con quienes me introdujeron Matías Reck -con quien hago la Colección Naufragios en Milena Caserola- y Daniela Szpilbarg, su pareja. Jorge me resultó una persona extremadamente amable por su recepción previa a llegar y su estilo de fuerte presencia dispuesta al otro.

Además, todos los paseos con los amigos más cercanos, las cenas, las cervezas y los momentos de disfrute, incluido el paseo en bici por el antiguo aeropuerto Tempelhof, ahora convertido en parque pero sin modificaciones, por el que nos guió nuestra muy querida amiga Dita, de Eslovaquia, que conocimos en el Seminario en Brno, alternaron con el juego y recorrido de la memoria, que fue radical.

Nunca había estado en Alemania y este fue el momento de madurez justo para entrar en contacto con esta difícil historia que obtura toda forma de información objetiva. Además, Berlín es una ciudad muy viva, donde la gente se conecta a través de la mirada de forma singular en la calle y sin saber por qué uno anda saludando y recibiendo saludos de otros. Pero sobre todo por este carácter lúdico de la memoria. Quiero decir que en el museo judío en la zona más intensa de la muestra, la curadería no trata de dar información sino de una selección intensiva, pensado a la disposición en que se presenta al espectador y caminante por los espacios vacío a recorrer. Incluye y propone una experiencia integradora, con lo espacial, lo sonoro y lo perceptivo en todo concepto, que habilita el recuerdo de lo vacío en la emoción y el tiempo de la coexistencia.

En diez vitrinas se logran ver cartas, historias, diarios, objetos reencontrados, una menorá, fotos, formas de llegar al otro y estar presentes en lo que pasó. Observamos estas pequeñas e iluminadas vitrinas desde cerca, para leer los originales y compartimos el espacio de la mirada con los demás visitantes al museo. Recuerdo el llanto de una joven frente a la vitrina que mirábamos juntos como compartiendo el cuerpo o spot de la mirada. Quería saber qué hacer, si seguir sintiendo esa emocionalidad o si desprenderme de la escena y era un total carpe diem. Podía decidir libremente sobre mi destino. También recuerdo la seriedad de un hombre, frente a quien me dividía reflexionando sobre otras formas de ver y de posicionarse ante lo mismo. Habitamos y cohabitamos los que recuerdan, y lo que recordamos, en un espacio llamado las tres cruces que invita a pensar sobre la continuidad de la historia. ¿Qué otras líneas posibles hubo? ¿Qué otras líneas hay ahora? ¿Cuántas cosas podríamos percibir, o cuántas estamos percibiendo sin saberlo en esta línea horizontal del tiempo en la que solo cabe una intensidad detrás de otra? ¿Y si todos los espectadores estamos conectados? ¿Y si todos somos bocas de expendio de una unidad mayor a la que percibimos y le damos nuestras percepciones? ¿Y si se pudiera tomar conciencia de esto? ¿Si pudiera percibir junto con el hombre serio, o con la mujer conmovida, si pudiera comunicarme supraconcientemente con esa expendedora de realidad, acaso podríamos curarnos un poco mejor, a último momento? ¿No nos haríamos bien, no recuperaríamos las huellas de nuestras heridas, nuestros daños? ¿No le haríamos bien a los muertos, sin necesidad de bronca y odio por los perpetradores del asesinato? ¿No es este un dilema de la humanidad? ¿No buscamos la paz, padre, hermano?

Es todo verdad, pero también hay sufrimiento.

Sus cuerpos, sus miradas, sus llantos, sus angustias. Al final de ese pasillo una sala espacial y especial abre un espacio para la memoria en cuerpo propio.

Hay tres cruces en esa muestra: del Holocausto, que acabo de describir, del exilio que tiene un pasillo vacío de información y termina en un laberinto de bloques que recuerda el memorial antes relatado y la x de la continuidad que subiendo de piso tiene una curadería de arte que evoca la reconstrucción de la memoria en el presente y más allá la sala de la 10000 hojas: 10000 caras de acero pesadas sobre las que se entra a un gran espacio vacío para caminar sobre ellas pensando que todas son lo mismo, puestos en el lugar del perpetrador que aniquila el objeto rememorado para luego llegar al fondo y experimentar que cada una es única y diferente, que se pueden tomar en las manos, usar de máscara, sentarse en ellas y en algún momento despedirse, habiendo dejado algo de la alegría del juego en un espacio triste, pero compartido, para reinventar.

El cementerio fue caminar entre tumbas históricas rodeados de naturaleza, en una modalidad que no corta árboles ni poda pasto, más recoge las hojas caídas en una zona que no es de guerra sino de recuerdo, a diferencia de lo que me pasó en la New Sinagogue destruida por la bomba, huella del agujero de la memoria, aquí la memoria fluye como el río de la naturaleza que se lleva todo hacia el más allá con la frescura del sol de verano colándose entre las tumbas de donde crecen a veces árboles mismos de sus centros.

Árboles de sus centros

 

¿Cuántos somos los que nos alegramos en los cementerios? Que sentimos la realidad de todo allí mismo, en ese eje que viene después del más allá, donde las familias se reúnen. Espacio sagrado de la consagración. Como si después de la guerra se terminaran los relatos, como si después de la muerte se terminara la guerra de los relatos.

 

Espacio hermoso para recorrer en paz entre los vivos.

Paraíso de la contemplación

 

Martín Glozman

24-9-2018

[i] Texto de presentación de Documento de María (Bestia Equilátera, 2017) en La Escalera, Berlín, 25-08-2018.

 

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