Presentacion

Actores y soldados

Por Daniel Alvaro

Ante un nuevo libro de Eduardo Rinesi no podemos más que celebrar. En este caso se trata de una celebración por partida doble o, más exactamente, de una celebración local que acompaña y engrandece una celebración global.

Actores y soldados: cinco ensayos hamletianos se publica precisamente a 400 años de la muerte de William Shakespeare. Este nuevo aniversario, se advierte al comienzo del libro, es en verdad una excusa para dar a conocer una serie de reflexiones sobre las que el autor viene trabajando desde hace algunos años. En efecto, quienes conocen medianamente la obra de Eduardo —y por “obra” no me refiero única ni principalmente a sus numerosos artículos y libros, sino también a sus clases y de modo general a sus intervenciones públicas— saben de su amor por Shakespeare. Quienes hayan leído Política y tragedia (2003) o Las máscaras de Jano (2009), por solo nombrar dos bellísimos libros suyos que se centran en la obra del dramaturgo inglés; quienes hayan leído su notable y a mi entender superadora traducción de Hamlet (2000); pero sobre todo, quienes hayan asistido a alguna de sus inolvidables clases sobre el carácter trágico del pensamiento político moderno, saben del amor de Eduardo por Shakespeare. Me arriesgo a decir que lo que está en juego en esos textos y en esas clases es un amor que entrelaza dos pasiones. Por un lado la pasión estética, y más precisamente, la pasión por las tragedias y las comedias de Shakespeare, la pasión por el teatro y la representación, por las lenguas y los idiomas, por las traducciones y los juegos de palabras. Y por otro lado, pero indisociablemente, la pasión política, esto es, la pasión por todo aquello que el texto de Shakespeare permite pensar en términos políticos, tanto sobre la definición o la naturaleza de la cosa política como sobre problemas concretos de la vida pública (problemas modernos y contemporáneos, nacionales y foráneos).
Actores y soldados: cinco ensayos hamletianos es el movimiento más reciente de una larga serie: un nuevo pliegue que se añade al conjunto de pliegues de un pensamiento que se entrega sin reservas a eso mismo que impulsa el despliegue, a saber, la estética y la política. Si hubiera que decirlo en una palabra, y esa palabra necesariamente debe contemplar las dos pasiones que se juegan en este amor por Shakespeare, diría que Actores y soldados es un libro sobre la decisión, sobre la necesidad de decidir en una situación o coyuntura particular. El hecho de tener que decidir es una experiencia constitutiva de nuestra subjetividad. Ningún sujeto puede sustraerse a ella. Y en este sentido puede decirse que se trata de una experiencia decisiva, justamente, porque es la existencia misma la que a través de ella se encuentra comprometida. Ahora bien, el libro de Eduardo se interesa específicamente por la experiencia que comparten el traductor o la traductora que debe decidir frente una variedad de opciones lingüísticas y el sujeto político que siempre está obligado a decidir entre más de un camino a seguir. Lo que hace que esta cuestión sea problemática y al mismo tiempo del mayor interés es que la decisión nunca se toma con plena certeza ni con dominio absoluto sobre aquello que se decide. Quien decide, lo único que sabe a ciencia cierta es que su opción, incluso si se presenta como la mejor entre todas las posibles, implica una pérdida: ni más ni menos que la pérdida de aquello por lo que no se optó. Decidir conlleva entonces una doble responsabilidad: la responsabilidad ante lo que se decidió y la responsabilidad ante lo que se resignó. El simple hecho de que, se haga lo que se haga, para lo mejor o para lo peor, tenga como consecuencia necesaria una pérdida, convierte a la decisión en uno de los problemas clásicos de la tragedia. Aquí radica el interés de la cuestión y la razón por la cual la idea de decisión aparece como el hilo conductor de estos cinco ensayos hamletianos.
El verbo “decidir” viene del latín decidĕre, que significa separar cortando, zanjar, resolver. Decidir quiere decir cortar, separar, dejar de lado o dejar caer. Puesto que nadie en su sano juicio está dispuesto a experimentar una pérdida que se sabe insalvable desde el momento en que se actúa, puesto que nadie en sus cabales, como suele decirse, se dispone así como así a perder alguna cosa a la hora de actuar, podemos decir que hay locura en la decisión. El acto de decidir es siempre un decidirse, y por lo tanto una escisión de sí mismo, una división del “yo” o del “nosotros”. A propósito de esta cuestión, Søren Kierkegaard escribió una frase iluminadora que por lo demás nos mete de lleno en el problema de Hamlet. Kierkegaard escribió: “El instante de la decisión es una locura”.
Como sabemos, la locura del príncipe Hamlet (locura real o simulada, no es esa la cuestión) está directamente relacionada con la decisión. Hamlet no se decide a actuar, pera esta indecisión, que no es otra cosa que una precipitación interminable y tortuosa al instante de la decisión, lo vuelve loco, lo saca de quicio. El problema de Hamlet, de la pieza y del personaje, es que todo se encuentra fuera de quicio.
Como sugiere Eduardo en el primero de los ensayos de su libro, el carácter trágico de Hamlet está signado por el desquicio que atraviesa la obra de principio a fin. The time is out of joint. La frase es conocida y sin duda una de las más comentadas de la literatura universal. Sin embargo, el abismo que abre en el lenguaje, en la lengua inglesa y en las lenguas que la traducen, es un abismo sin fondo. Por eso mismo, ninguna traducción es capaz de extenuarla, de darle un sentido único y verdadero, de estabilizarla y proporcionarle un fondo o un fundamento seguro. Toda traducción de esta frase es incierta, inestable, es un fondo sin fondo, un fondo siempre listo a desfondarse para continuar abismándose sin fin. La frase misma, The time is out of joint, está fuera de quicio. Frase desquiciada y desquiciante que, no obstante, dice lo que todos sabemos o estamos en condiciones de saber, esto es, que el “tiempo” o el “mundo” (dos acepciones de time con las que Shakespeare juega) está “fuera de quicio” o “fuera de sus goznes” (literalmente, out of joint), preso de una locura que nos arrastra y nos pierde.
La lectura que hace Eduardo de esta frase introduce una variable que me gustaría destacar. Su lectura sigue de cerca una de las grandes interpretaciones contemporáneas de esta frase que es la que nos ofrece Jacques Derrida en Espectros de Marx. En su libro, Derrida examina cuatro traducciones distintas de esta frase al francés y muestra los distintos acentos que podemos encontrar en cada una de estas versiones. Desde luego que no es lo mismo traducir time por “tiempo” que hacerlo por “mundo” y mucho menos por “época”, como es el caso de una de las traducciones analizadas. Para Derrida, el desquicio del tiempo es fundamental porque le permite introducir la cuestión de la espectralidad. Uno de los efectos de la aparición o reaparición de un espectro, ya se trate de la sombra del padre de Hamlet o se trate del fantasma del comunismo invocado por Marx y Engels al comienzo del Manifiesto, uno de los efectos de la espectralidad es el desarreglo de la sucesión lineal de los tiempos pasado, presente y futuro. El espectro nos visita del pasado o del futuro para recordarnos que el presente nunca es completamente contemporáneo de sí mismo, que no hay presente puro porque siempre hay contaminación entre los tiempos, del mismo modo que no hay presencia pura porque estamos habitados, rodeados y asediados por ausencias que muchas veces se nos presentan como fantasmas. Pero no solo es el tiempo el que está desquiciado, también es el mundo. El vocablo time también tiene este otro sentido, sin duda menos literal pero igualmente presente en la palabra y la frase de Shakespeare, que es el mundo, nuestro mundo, la marcha del mundo.
Cada uno de los sentidos de esta frase (de los sentidos que acabo de mencionar y aun de otros sobre los que no me puedo detener) tiene una evidente connotación política. No hay que olvidar que la frase The time is out of joint es pronunciada por el príncipe Hamlet en la explanada del castillo de Elsinor, objeto de disputa entre los reyes y asiento del poder político en Dinamarca. En boca de Hamlet la frase es una maldición y al mismo tiempo un diagnóstico del tiempo y el mundo que le toca vivir. Un tiempo y un mundo donde lo que se encuentra desquiciado es el significado de las palabras. La tragedia que Shakespeare pone en escena así como la tragedia que Hobbes transforma en uno de los vectores de su teoría sobre el Estado pasa, justamente, por el trastorno de los significados de las palabras. O bien, y para decirlo con la ingeniosa frase que Eduardo toma prestada de la película de Visconti, Grupo de familia, la tragedia consiste en que “no es posible que nos entendamos”. Cito un pasaje de Actores y soldados: “Es claro que hablando los hombres no se entienden […] Queremos y no podemos entendernos, o solo podemos entendernos parcialmente. Sabemos que es así, y porque lo sabemos hay psicoanálisis y hay lingüística moderna y hay filosofía moderna del lenguaje y hay […] traductores buenos y traductores malos” (p. 20).
La lectura de Hamlet a través de Hobbes viene a decirnos que aquello que no funciona en Dinamarca, lo que está podrido en Dinamarca, es el poder del Estado. Allí el Rey es incapaz de asegurar sentidos únicos para las palabras. El poder estatal fracasa al no poder instaurar un orden o un régimen de sentido que permita la comprensión y la inteligibilidad entre las personas. Este fracaso, nos explica Eduardo, se hace patente a través de los juegos de palabras, a través de los múltiples sentidos que tienen las palabras en la pieza de Shakespeare. La polisemia, o más bien la diseminación de sentido a las que nos confronta Hamlet, puede ser interpretada como un juego serio, cómico y trágico a la vez. Creo que es sobre la base de esta interpretación que se plantea una de las tesis más potentes de Actores y soldados, tesis que afirma la relación inextricable entre la tragedia política y la tragedia de la traducción en sentido amplio, tragedia común o compartida que consiste en la imposibilidad de dar orden al sentido y sentido al orden.
En Hamlet no se trata solamente de que existan o coexistan una multiplicidad de significados para una misma palabra o para una misma expresión. Además de polisemia hay diseminación, lo que mínimamente significa que algo del sentido irremediablemente se pierde. La diseminación es estallido y dispersión del sentido. La práctica política y la práctica de la traducción avanzan a condición de extraviar algo en el camino. Tal es la ley que las rige. Tal es el halo trágico que las envuelve. En ambas actividades —política y traducción— siempre algo se pierde. Algo resta. El resto y los restos, la aparición y desaparición de los cuerpos, la identidad y localización de las tumbas son solo algunas de las obsesiones que compartimos con Shakespeare. No es casual que en Hamlet los restos de los cuerpos muertos, los huesos y los gusanos sean tan relevantes a lo largo de la trama. Como tampoco es casualidad, evidentemente, que las últimas palabras de Hamlet antes de morir sean: “The rest is silence”. El resto es silencio; el resto es ceniza. Lo que resta o lo que queda es aquello sobre lo que ya no se tiene control, es un sentido sin apropiación o reapropiación posible, sin restitución. Es lo que viene a alterar cualquier pretensión de totalización del sentido político y lingüístico. El resto, y por lo tanto la pérdida, es la condición de posibilidad de la decisión, y con ella de lo que llamamos política y traducción.
Decimos que jugamos con las palabras simplemente para tranquilizarnos, para crearnos la ilusión de que las dominamos. Aunque sabemos que se trata de una verdad a medias. En cierta forma, son las palabras las que juegan con nosotros, son ellas las que nos dominan. Desde el momento en que se plantea una disyuntiva —por ejemplo entre “tiempo” y “mundo” para traducir time— la lengua nos saca de quicio, nos vuelve locos precisamente porque nos obliga a decidir. Quien crea que está decisión es menos trágica o menos significativa que la decisión que debe tomar un sujeto político, no habrá entendido una de las lecciones fundamentales de este libro: que la política es una lucha por el sentido en un mundo sin certezas y que la traducibilidad implica una política de la traducción.
Para sacar el mayor provecho de las lecciones de este libro, recomiendo fuertemente a las futuras lectoras y los futuros lectores que asistan a las clases que Eduardo da sobre estos temas en la materia “Teoría Estética y Teoría Política. Cátedra Horacio González” de la Universidad de Buenos Aires. El libro mantiene intacta la fuerza que despliega en esas clases, la respiración, el tono y el ritmo. Pero lo que por su propio formato el libro no permite, lo que aquí inevitablemente se pierde, es, por decirlo así, el carácter performativo de las clases. Para quienes nunca hayan asistido a estas singulares performances pedagógicas, debo decir que Eduardo no es solo un profesor extraordinario, sino también un gran actor. Conoce de memoria los parlamentos de Hamlet en inglés y en castellano. Él solo interpreta a todos los personajes y a cada uno según sus características más prominentes. Siempre admiré la capacidad con que despliega el doble rol de profesor y actor, que por lo demás recuerda la famosa escena de Hamlet donde se representa una pieza dentro de la pieza. De este modo, logra poner en obra uno de los temas capitales de la obra Hamlet: la relación y la analogía entre el teatro y el mundo. Mientras habla no sabemos si es un actor actuando de profesor o si es un profesor actuando de actor. Y nosotros mismos ya no sabemos si somos docentes, estudiantes o sencillamente los espectadores de una nueva y audaz puesta en escena de la más famosa creación de Shakespeare. Se habrá entendido, nada de esto ocurre sin amor, sin la pasión estética y política que nos invita a reflexionar sobre la historia y el porvenir de la existencia en común. Al menos esta es una de las claves en la que se puede leer Actores y soldados: como el movimiento más reciente de un pensamiento que, a sabiendas de la pérdida, avanza y nos hace avanzar.