Because the night

Por Pia Bouzas

Era salir de casa. Sentarme en el asiento de copiloto del Chevrolet o del Citroen y aceptar que ella manejara sin destino fijo. Solo fuera de la ciudad, solo unas horas, esa era la clave. Podía ser un domingo o un día de semana, a la vuelta de la escuela. Dependía de mi madre, si hacía sonar las llaves entre los dedos o las buscaba mientras hablaba por teléfono, ese día nos íbamos. A veces llegábamos hasta algún pueblo y a veces coincidía con

alguna celebración, una feria popular, una kermesse, y todo parecía tener más sentido; otras simplemente llegábamos hasta el medio del campo. Estacionaba en la banquina y nos bajábamos. Mirábamos lo que tuviéramos enfrente; alguna sierra, un campo cultivado, la llanura seca o una ruta sin curvas. Lo importante: que los ojos no encontraran final, respirar otro aire; incluso mejor si hasta cambiaba el clima, si salía el sol o nevaba; ver que había mundo más allá de casa, decía ella. Lo repetía como un mantra, aunque yo me lo sabía de memoria. En la guantera del auto teníamos un arsenal de casetes para no depender de las radios locales. Siempre en constante reposición porque después de cierto uso las cintas se trababan, se enganchaban en el cabezal o patinaban como si el cantante se estuviera derritiendo. Al final se plegaban como el film de una película vieja y había que estirarlas, aplanarlas y volver a enrollarlas haciendo girar un lápiz en el carrete del casete, pero al rato ya no se podían usar. A medida que se iban rompiendo los dejábamos en algún restaurante de la ruta. En esos restaurantes donde parábamos a tomar un café con leche o comer un sándwich. Donde había una camarera desalineada o triste, y un hombre con panza atrás de la caja registradora. Restaurantes donde nunca había mucha gente. Los dejábamos sobre la mesa cuando nos íbamos, como si no nos diéramos cuenta, como si fuera algo que había quedado olvidado y que después lamentaríamos. Algo que quizás la camarera al principio guardaba en el bolsillo de su uniforme o ponía sobre la barra por si volvíamos a buscarlo, algo que quizás después se llevaba a su casa, que al final desechaba con algún diario viejo. La guantera de todas formas siempre estaba llena. No sé de dónde aparecían, si ella los compraba o alguien se los grababa. Sonaban durante todo el viaje. Era lo único que se escuchaba en el auto porque prácticamente no hablábamos, o si lo hacíamos era para señalar la aparición de una liebre o de un caballo suelto. Decíamos uy, un caballo salvaje, pero en realidad siempre tenían una soga atada a una pata, o un cabestro, o algo. Nunca encontramos un caballo salvaje. Había canciones para escuchar y otras para cantar a los gritos. Esta que ahora escucho otra vez, después de muchos años, ella la cantaba apasionadamente. Cada vez que aparecía la cantaba con la misma pasión. Con los primeros acordes se preparaba. Largaba el humo del cigarrillo por la ventanilla baja, tamborileaba en el volante y movía la cabeza. Because the night belongs to lovers, because the night belongs to lust. Y repetía. Yo apenas alcanzaba a entender la palabra because por más que ya estuviera habituada al inglés; ella en cambio la sabía desde el comienzo al final. El estribillo tenía la fuerza de un himno. Ahora me pregunto si era la letra lo que la conmovía o la voz de la cantante, como hambrienta, con el cuerpo tenso, un animal a la espera. ¿Quién canta?, me pregunta de repente mi hija mayor y su pregunta es tan intempestiva como su pelo violeta.  Eargasm es el comentario que alguien dejó en internet al video, descubre al googlear la canción de Patti Smith. Pienso que la palabra es perfecta y extraña, la combinación propia de un idioma extranjero. Sigo el ritmo con los dedos en el volante, y es mi hija quien se deja llevar por la corriente del estribillo como si fuera un himno. Es salvaje, dice. Es un domingo de fines de invierno, y el auto se desliza con suavidad, en parte porque es el primer auto que tenemos que no es tan viejo, en parte porque la ruta está en excelentes condiciones, como casi todas en este país ajeno. Mi hija mayor viaja en el asiento de copiloto. Se mira insistentemente en el espejo para reconocerse en su peinado nuevo, estallado. Mi hija menor mira por la ventanilla, no participa de la conversación, escucha su propia música con unos auriculares rosados clavados como vincha en su cabeza infantil.  A la derecha se extiende un campo amarillo ocre, recién cosechado; los fardos de pasturas quedaron allí, como desparramados. Pero nada más lejos del desorden, tienen formas tubulares perfectas, de boca ancha, y están recubiertos con un nylon blanco para protegerlos de la lluvia. Es un paisaje común que sin embargo remite a un mundo extraño. De repente, mi hija menor se quita los auriculares, me toca en el hombro y dice: hay una nube redonda perfecta en el horizonte. Miramos. Es verdad. Es tan blanca. Una señal, dice la más chica. Y al rato ¿Podemos parar?

Mis hijas acaban de bajarse del auto y caminan hacia el restaurante que encontramos al lado de la ruta. Una casa de madera oscura, con alero y un cartel luminoso roto. Caminan casi a la par, la más chica apunta con el dedo hacia la nube, que sigue a la vista. Hablan entre ellas. Hace frío. Me pongo mi viejo abrigo de corderoy azul, y tanteo en los bolsillos como quien busca algo; qué tonta, ya nadie escucha la música en casetes. Las chicas me llaman desde la puerta del restaurante. Voy. El aire es filoso y estimulante. Solo hay una camioneta estacionada frente a la puerta. Estará casi vacío, como todos los restaurantes donde siempre paramos. Después de comer algo podemos volver a casa, les digo. Mañana hay clases. Me observan sorprendidas, casi decepcionadas. O seguir, dicen las chicas casi al mismo tiempo. Nos quedamos en la puerta un rato. Para tomar una decisión. Miro hacia adelante. La nube sigue clavada en el cielo, perfecta. No se ven autos en la ruta. Parece dibujada, pienso. O un sueño, dicen ellas. ¿Qué habrá más allá? La ruta gira hacia la derecha en un movimiento amplio y lento. Amable, invitando a seguir. Incluso si llega la noche.