Cómo narrar el naufragio

Sobre Noche cerrada, mar abierto, de Juan Bautista Duizeide

(editorial Leteo, 2018).
Por Cecilia Ferreiroa.

Sarmiento escribió su Argirópolis cuando vio que la caída de Rosas era una posibilidad cierta. En ese libro planteó, con toda la esperanza puesta en el futuro del país, su proyecto de constituir una flota para la navegación de los ríos internos, buscando facilitar la distribución de la producción, imaginada a lo grande. Perón hizo crecer una flota mercante marina –creada en 1941– que llegó a establecer una circulación fluida de las mercancías por el país y por el mundo.  

Entre esos proyectos y 2018, año en que la editorial Leteo publica Noche cerrada, mar abierto de Juan Bautista Duizeide, pasaron mucho tiempo y muchas cosas, de las que el libro se ocupa de manera fragmentaria a lo largo de los cuentos, que se desarrollan en diferentes épocas y lugares. La flota mercante argentina fue destruida por distintos gobiernos y en la actualidad es una sombra de lo que fue. Si bien Argirópolis fue pensada como proyecto o plan de gobierno y no como literatura, las condiciones de escritura implicaban el imaginario de tener el futuro abierto y la esperanza de construir el país como se lo pensaba. Más allá de si eso luego se llevó a cabo, estaba esa convicción. Las condiciones de escritura de Noche cerrada, mar abierto no son las mismas. El libro de Duizeide da cuenta de la decadencia de esos proyectos y del país, del peso de haber perdido lo que una vez se pensó o lo que una vez existió. No hay mirada al futuro sino al presente y al pasado. Una mirada espantada. Y, en tanto literatura, busca establecer cierta problematización de una tradición literaria, junto con una situación social, y poner el foco sobre las subjetividades que resultan de esa determinada situación.

Noche cerrada, mar abierto mantiene un tono melancólico. Los personajes están muchas veces en su vejez. Ellos han vivido mucho, han sido hombres de mar toda la vida, y son testigos del deterioro del país, expresado en el declive de su flota mercante, en la violencia de los vínculos, en las condiciones actuales de navegación. Les queda recordar lo que hubo, lo que alguna vez vivieron, y ver lo que ya no está. En “Brindis” aparece la flota mercante que existía durante el gobierno de Perón, en “Ricercare” el marino que vuelve a la ciudad en la que nació, luego de muchos años, ya no encuentra el movimiento de barcos de comercio que había antes. Los signos de esa navegación que una vez existió se esfumaron, y lo que el personaje ve es ese vacío. El pasado queda como huella en aquellos que fueron testigos y protagonistas. No desaparece simplemente, queda su ausencia y su memoria.

La nostalgia que sienten los personajes no se limita al movimiento marino desaparecido, sino también a un pasado glorioso de la navegación que se perdió y, a su vez, a su propio pasado, su vida vivida que ya no está. Pero esta pérdida no lleva a idealizar las condiciones de trabajo en los barcos. No son mejores para los marineros que las que existen en otros ámbitos laborales. La vida en los barcos tampoco es mejor que en tierra firme. El dinero, la explotación y el autoritarismo dominan también ese mundo. “Y por dinero zarpan los barcos”, dice el capitán en “Ricercare”, “la plata en serio no la hacen los que navegan sino los dueños de los barcos” (“Brindis”). Y los capitanes son déspotas y autoritarios. El capitán Gonzaga es recordado siempre así. Esa continuidad entre el mundo de tierra firme y el del barco se ve muy clara en el relato “Odio los sábados”. Un cuento de un exmarino que tiene una pelea en un bar con un rugbier que muestra los signos de una sociedad autoritaria, que legitima los crímenes cometidos por la dictadura militar y pide más. Pero el mundo del barco tampoco está exento de autoritarismo. El exmarino añora sus tiempos de navegación con el capitán Gonzaga, que según él mismo dice, era el peor de todos los déspotas con los que navegó. A su vez, añora, como un quijote de mar, la época heroica y dorada de la navegación, que, en realidad, nunca vivió sino que leyó en los libros.

Los relatos clásicos de Melville o de Conrad están plagados de historias de mar y narran experiencias extremas en las que los hombres (el mundo de esos autores y el de Noche cerrada, mar abierto es casi exclusivamente de hombres) se ponen a prueba. No pasar esa prueba con el valor y la fuerza de espíritu necesaria tiene consecuencias desastrosas y determinantes en la subjetividad, como lo podemos ver en Lord Jim o en Moby Dick. A pesar de que en Noche cerrada, mar abierto hay muchas referencias a autores clásicos, los cuentos no se dedican a narrar experiencias extremas. Incluso cuando parece que lo hacen, resulta que lo que se cuenta va en otra dirección. En el cuento “En círculos” lo que al principio parece ser la historia de la lucha del hombre con la naturaleza y con sus propias fuerzas físicas para salvar la vida luego de un naufragio, se revela como la rebeldía de los marineros ante las autoridades que incendiaron el barco para cobrar el seguro, y provocaron un accidente fatal.

Con el capitán Gonzaga sucede algo similar. Es un personaje que aparece a lo largo de todo el libro. Los marineros lo mencionan como un déspota autoritario y a su vez como alguien especial: haber navegado con él no es un asunto insignificante ni algo que se olvida fácilmente. Pero las veces que se narra su accionar, Gonzaga no parece tan malo como se lo describe, incluso en “Volver” su aparición llega a ser mínima. Ni lo vemos heroico, ni déspota, ni grandioso: un hombre de mar, que pasó toda su vida en los barcos. En el último cuento Gonzaga aparece en su declinación física, retirado, viejo, con olor a orín. Y narra su experiencia de mar, o más bien dice que le narra a otros, pero no podemos escuchar su narración: no es para nosotros, los lectores del libro. Apenas nos hace una mención o un listado de las cosas que cuenta, muchas de ellas, impresiones, imágenes -como una especie de poema inserto en el relato-, que no llevan a transmitir su experiencia; al tiempo que reflexiona sobre si es posible hacerlo.

Noche cerrada, mar abierto plantea una aparente paradoja: es un libro enteramente sobre hombres de mar, pero casi no se narran experiencias de mar. Y esto es algo consciente.

El libro tiene dos líneas importantes relacionadas con esta decisión. Una de ellas se inserta en la tradición literaria que reflexiona sobre la posibilidad –o imposibilidad– de narrar experiencias vividas. No sólo el capitán Gonzaga plantea la imposibilidad de transmitir sus experiencias, sino también el capitán de “Liberty Ship”: “¿Cómo poner en palabras todo aquello que resulta salvajemente refractario a volverse palabras?”. Desde esta perspectiva la experiencia vivida en los barcos, múltiple e indefinida, modifica a los sujetos pero resulta intransmisible y conduce a desistir del intento. Se hacen menciones, como imágenes yuxtapuestas de lo vivido en el mar, que no están presentadas de manera narrativa. Y la otra línea va en la dirección de plantear una crítica de la literatura clásica de tema marino. Esa literatura ya no es posible, parece decirnos Duizeide, porque ese mundo –esa manera de navegar– ya no está. Las condiciones actuales de la navegación no dan lugar para grandes experiencias heroicas: “En un mundo ya completamente cartografiado, amojonado y reglamentado, [Gonzaga] era una especie de camionero de los mares” (“Liberty Ship”). Y en esta línea podemos pensar que el libro a la vez que critica la literatura de mar clásica intenta postular la literatura marina que para el autor tiene sentido en los tiempos presentes. Así, los relatos están dedicados a contar episodios de la vida de los marineros o exmarineros, muchas veces fuera de los barcos. La reflexión sobre la existencia de los hombres de mar es el interés general del libro: interrogarse sobre el sentido de esas vidas, lo que significa el mar para esos hombres, las razones para navegar y el desarraigo, las condiciones de trabajo en los barcos, la conflictiva relación con tierra firme, la soledad, lo perdido.

Y dentro de esta misma línea, el libro pone el acento también en mostrar la razón comercial del movimiento marino en “esta época de contadores, gerentes de relaciones públicas y expertos en marketing”. En “Ricercare” el barco se queda esperando el amanecer para atracar en el puerto y no pagar más caro a los prácticos, en “Distancias” el capitán describe las tareas aburridas y burocráticas que deben hacerse cuando un barco mercante llega a puerto. Si bien algún personaje puede añorar la navegación llena de heroísmo (conocida a través de la literatura), está claro que se está en un tiempo de decadencia.

“Brindis” ofrece una manera de expresar el sentido general del libro, cuando los marineros brindan “por todo lo que habían creído invencible y naufragó con el tiempo”. Noche cerrada, mar abierto despliega todos esos naufragios: el naufragio de la vida de esos marineros, de la época dorada de la navegación, de la posibilidad de transmitir la experiencia vivida en el mar, del interés en construir o mantener una flota mercante del país, de la posibilidad de la literatura de tema marino tal como se la conocía. Son significativas las ilustraciones de Fabiana Di Luca que acompañan el libro. De manera borrosa, casi fantasmal, aparecen barcos, cielos tormentosos que apenas podemos distinguir pero que percibimos amenazantes e imponentes. Imágenes sugestivas, como huellas de lo perdido, de lo inasible.