El corazón sobre sus ruinas

Crónica de una Reforma que fue revolución, de Juan Cruz Taborda Varela.*

Por Luis Rodeiro
(Ediciones Recovecos, 2018)

Como ven este libro que me toca presentar se titula: El corazón sobre sus ruinas. Buen título, me dije, antes de comenzar el desafío de leerlo;  es decir, antes de navegar por sus páginas.  Buen título, que es –a su vez y siempre- un buen presagio. 

El desprevenido es posible que se pregunte ¿un libro de amor? Y sí, puede ser un libro de amor. ¿Un libro de pasiones? Y sí, puede ser mejor dicho, es un libro de pasiones.

El corazón alberga tantos temas: dolor, alegría, calor, color, esperanzas, luchas, amores, rechazos, fuerza espiritual…. Sí, pasiones. El corazón siempre tiene un latido para cada tema, para cada vivencia. ¿Qué latidos propios tendrá este libro? El corazón sobre sus ruinas. Título y presagio. Buen título, buen presagio.

Más abajo, con letra más pequeña se lee: Crónica de una reforma que fue revolución. Todas las palabras están escritas con mayúsculas: Crónica, Reforma, Revolución. Aparentemente, esas palabras claves, así escritas, quieren tener el mismo peso, el mismo valor ¿Lo tendrán en el libro? ¿Una reforma puede ser una revolución? En ese antes de navegar por sus páginas, la pregunta que surge espontánea: ¿podrá probar esta aseveración el autor? ¿Qué reforma? ¿Qué revolución? ¿Qué corazón? ¿Cuáles ruinas?

Doy vuelta las primeras páginas y me encuentro dos invocaciones poéticas. La de Aguirre, José Luis, que habla del algarrobito, que “da más vainas cuando el agua es más escasa”. Y la de Yupanqui, que habla de “algo más importante que dios y es que naides escupa sangre, pa que otro viva mejor”. Me digo, este corazón habla de lucha, de solidaridad, de poner el cuerpo. Reforma que es Revolución. ¿Por qué?

El autor dedica este libro a sus hijos y les dice que es un manual de instrucciones, poesía y fuego, para saber cómo rebelarse. Y agrega contundente: incluso contra vuestro propio padre. O sea, el corazón, habla de rebelión, incita a la rebelión, incluso contra los propios padres, cuando esos padres han aceptado el orden de lo perimido, de lo injusto.

Y allí aparece, en el momento oportuno el Juan Delfini, como decimos los cordobeses, un monstruo de ilustrador, que me presenta el corazón –que yo lo siento palpitar y que ustedes lo van a sentir-  con la forma del escudo de la Universitas Cordubensis Tucumane, encadenado con un rosario.

Un corazón que quiere liberarse, que puja por liberarse,  que se libera al menos momentáneamente y necesariamente asocio: Hombres de una república libre acabamos de romper la última cadena que en pleno siglo XX nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica. Hemos resuelto llamar a todas las cosas por el nombre que tienen. Córdoba se redime. Desde hoy contamos en el país una vergüenza menos y una libertad más. Los dolores que quedan son las libertades que faltan. Creemos no equivocarnos: las resonancias del corazón nos los advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana”. El histórico Manifiesto.

Todo claro, Juan Cruz, colega, amigo y quizá una de las palabras más sublime, compañero, escribe sobre la historia de una lucha, la  historia de una pasión, la historia de una rebelión. Nos presenta una crónica de las resonancias de un corazón que late juvenil, pero que es obrerista, que se nutre de una línea revolucionaria, que comienza allá lejos, en el Mayo original.  De la Reforma que fue Revolución. De la Reforma Universitaria de 1918. Inmensa empresa.

Me pongo por un momento en su lugar. Sin duda, los cien años son una tentación para escribir un texto que sea memoria y homenaje. Pero cuando nos asomamos al tema, nos encontramos miles y miles de páginas que hablan de aquel movimiento, en tono histórico, en búsquedas ideológicas, en evaluaciones comparativas, en testimonios anecdóticos, con rasgos de crítica y de autocrítica. Líneas y líneas de textos en libros, en ensayos, en tesis, en revistas. Acá y allá. Fronteras adentro y afuera superando toda frontera.

Juan Cruz Taborda lo sabía y lo escribe en el prólogo: “De la reforma universitaria se ha hablado mucho durante estos cien largos años”. En distintos tonos, en disímiles interpretaciones, en múltiples evaluaciones.

Un bosque tupido, espeso, que produce un temor. ¿Cómo escribir algo original? ¿Cómo transitar un camino propio? Tremenda duda, que Juan Cruz imagino,  habrá tenido y que resuelve, sí que resuelve con precisión y estilo elegante, basado en documentos, en información periodística del momento preciso en que suceden los hechos, que tienen una historia y que se prolongan el tiempo.

 

¿Qué hace? Como buen creador, sopla sobre esos documentos y sobre esas informaciones, y le da Vida, le da Movimiento, le otorga el dinamismo de las luchas, le descubre –revelándolo- la fuerza increíble de las convicciones y las decisiones políticas en juego. Crónica de los hechos, pero por sobre todo crónica de una pasión, que es la de los luchadores del 18, pero también su propia pasión.

Como ya lo había hecho en su exitosa aventura anterior –su texto sobre Gustavo Roca- a medida que avanza Juan Cruz va “enamorándose de sus personajes” y toma partido.

Seguramente ese tomar partido esté  -también- desde el comienzo de la historia de escribir el libro, pero tiene la virtud, la capacidad, para presentar esa toma de partido en un proceso continuo que va incrementando esa complicidad.

Nos hace sentir protagonista. Concurrimos a clases en la Universidad Popular creada por Arturo Orgaz; participamos de la formación de los centros estudiantiles; nos unimos en huelga: ganamos la calle; nos adentramos en el estilo oratorio de Deodoro Roca o de Saúl Taborda; no tenemos miedo, tomamos por asalto el Rectorado. Sí, usamos la violencia “como ejercicio de puras ideas”, dirían los revoltosos. De repente me encuentro con el cuadro de un obispo retardatario y lo arrojo a la calle. Sí, estamos allí. Es el aporte de Juan Cruz.

Reforma: gobierno tripartito, autonomía, libertad de cátedra. Revolución: una emancipación histórica política, dice Diego Tatián, romper con la antigua dominación “monástica y monárquica”, a la vez que borrar para siempre el recuerdo de los contrarrevolucionarios de mayo.

Una liberación –dice- del lenguaje que parecía por siglos postergada. Las cosas por su nombre en la universidad claustro: mediocridad, ignorancia, insensibilidad, burocracia, rutina, sumisión, enumera Tatián, con base en el Manifiesto. Y las nuevas palabras que surgen como contrapartida en un corazón palpitante: fuerzas espirituales, vida, amor, democracia, reforma social, revolución cultural. Revolución de las conciencias. Todas esas palabras están en la crónica de Juan Cruz, encarnadas en personas vivas, de las que nos sentimos compañeros, a pesar de los 100 años.

¿Qué queda, después de transitar la travesía que nos propone Juan Cruz? El libro nos ha removido todo. Ahora, nos quedan satisfacciones, aseveraciones, preguntas, huellas profundas por donde transitar.

En primer lugar, la fuerza de la juventud, la inmensidad del compromiso, el espíritu jacobino de la rebelión, la actitud de llevarse el mundo por delante. Como todo tembladeral en que participan los jóvenes. Sin cálculos. No es un paseo. Lo relata Juan, “la Reforma dejó decenas de enfrentamientos callejeros, cientos de detenidos, brutales represiones policiales, heridos de bala y al líder estudiantil más destacado al borde de la muerte por el ataque de dos jóvenes que llevaban una cruz en la mano derecha y rebenque y cachiporra en la izquierda. La Reforma fue la disputa explícita de dos Córdobas. Esa historia es la que cuenta El Corazón sobre sus ruinas.””

Es increíble pero en el mayo francés del 68, tan loco, tan iconoclasta, tan creativo, uno encuentra huellas que ocurrieron en 1918, hace 100 años, acá, en las calles de Córdoba.

El sello de los fuegos juveniles. La mística de lo subversivo, cuando participa la juventud, cuando aparece la necesidad de rebelarse contra un orden perimido. Pura entrega. Cuando es sacudida por la historia, empujada por acontecimientos como la revolución mexicana, por la dimensión original de la revolución rusa. Cuando harta de toda hartura, se revela contra un orden conservador elitista, oligárquico, fraudulento. Cuando se juega y se abre a la causa de los trabajadores contra la explotación, cuando denuncia el imperialismo, cuando se declara americanista y, así,  la reforma propiamente universitaria es sólo un capítulo de un grito de liberación.

Es como la vio el peruano Haya de la Torre a la reforma, pero no la reforma estancada en un simple entredicho de profesores y estudiantes, como la rescatan los que quieren despojarla de su sentido verdadero.  Ese fuego arde, en el texto de Juan Cruz. Su libro es un antídoto contra los que pretenden –como dice Tatián- congelarla en un mero hecho pedagógico.

Es cierto, aquella lucha fue contra un adversario poderoso: los jóvenes –decía el gran Deodoro- se levantaban contra la Universidad, contra la Iglesia, contra la familia, contra la propiedad y contra el Estado.

La lucha por cierto es desigual. Hay quienes piensan que las revoluciones generacionales, como dice Lacolla hablando del mayo francés, parecen agotarse no bien sus protagonistas llegan a la adultez. Suele pasar.

Saúl Taborda, hacia los años 30, se siente frustrado por las derivas de la Reforma, “siente que en el extravío y la vacilación del pulso rebelde en el mayor número de los reformistas, hizo que la gesta se cosificara en la rigidez de la norma legal, la mera cuestión reglamentaria y en un remiendo de los planes de estudio, centrados en un craso profesionalismo utilitario, divorciado de la totalidad del proceso de formación de la personalidad. Por eso, piensa y lo escribe en 1936, es que todo está hoy como era antes.

“Vamos perdiendo el fresco optimismo”, confiesa, aunque impertérrito, sigue en la lucha.

Rescata el movimiento como expresión juvenil de una insurrección contra el orden. Rescata el acercamiento entre los estudiantes y los obreros, en el 18, pero piensa con desazón que mientras ese acercamiento se acentúa en el Tiempo del Estudiante, no se prolonga siempre en el Tiempo del Profesional.

Una Reforma que fue revolución, no cabe duda, pero fugaz en el tiempo histórico ¿Cómo toda rebelión puramente juvenil? El mayo francés también fue una revolución de ideas. No cabe duda. Alguien recordó que los estudiantes, no los proletarios, ganaron las calles y pusieron en jaque el poder. Era una lucha contra la asfixia del sistema capitalista. Una revolución cultural que ponía en cuestión sus valores y sus mitos. Y es lo que queda de 1918 y de 1968. Este libro rescata, precisamente, lo que debe perdurar.

María Teresa Andrueto, en el prólogo del libro Contra Córdoba de Tatián, dice algo que bien vale para este libro que ahora comentamos: habla de la celebración de una fuerza que cada tanto brota en su vocación de ruptura ante lo que permanece clausurado o dormido… un país en el que las luchas sociales y el deseo de inclusión cada tanto revienta los diques ganados por la desidia, el desconocimiento o el adormecimiento. Explosiones y experiencias que a veces son relámpagos y otras veces logran sostenerse un tiempo y una vez desplazadas, reprimidas o asfixiadas, duermen en los corazones de las nuevas generaciones, como duerme el sueño de los olvidados… hasta que esa misma fuerza –como otras veces, como siempre- se despierta y nos despierta.

Creo, que al manual de instrucciones que escribió Juan Cruz, para saber cómo rebelarse, le faltaría un epílogo. Se me ocurren las palabras para Julia que escribe Goytisolo: Nunca te entregues / Ni te apartes / junto al camino digas / No puedo más / y aquí me quedo / Entonces siempre acuérdate / de lo que un día escribí / pensando en ti / pensando en ti”. Siempre acuérdense de la Reforma de 1918 y de los reformistas consecuentes, de las ideas y de las pasiones, de los que escribió para ustedes. Acuérdense de la conclusión del Gran Deodoro, tiempo después, la Reforma Universitaria no será posible sin una Revolución social, en paz, en unión con los trabajadores y en la calle.

Gracias, Juan Cruz, por este libro indispensable.

 

*texto leído en la presentación del libro en   en el Auditorio de la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano, Córdoba, 27/6.