El ser patria (ante el cuerpo de Eva)

Maximiliano Feroleto

Introducción

Las decisiones y acciones tomadas y llevadas a cabo por la cúpula peronista y, posteriormente, por los líderes de La Revolución Libertadora respecto al cadáver de Evita, dejan al descubierto -una vez más- el drama pasional que, periódicamente, va trazando una topografía peculiar sobre nuestro corpus social. Por eso, reflexionar acerca de aquello que se hallaba inscripto en ese cuerpo capaz de despertar al mismo tiempo el deseo de conservarlo impoluto y el de exterminarlo, es también una forma de interpelar la idea de Patria y poner en cuestión el sentido de unidad circunscriptos a un territorio delimitado.

Puesto que se trata de una complejidad configurada por una red de pasiones en pugna, pasiones que rayan nuestra tierra dejando grietas y estigmas en nuestros cuerpos, cabe preguntarse si: con todo y a pesar de todo, ¿es posible hablar de Identidad Nacional y del Gran Pueblo al que saludan los libres del mundo? Teniendo en cuenta ese carácter pasional y la tradición literaria que nos caracteriza, se considerarán ciertos escritos a través de los cuales se expresaron determinadas figuras influyentes en la construcción del ideario social argentino que, con su lenguaje poético supieron interpelar -y lo continúan haciendo- nuestro pensamiento, más allá de cualquier prejuicio.

Hacer este ejercicio es ya una forma de pararse frente a una problemática que nos atañe desde hace tiempo y que en reiteradas oportunidades quedó relegada por el carácter imperativo de lo coyuntural, pero que subsiste como condición de superación y horizonte de verdad. Una problemática que contiene en sí misma su respuesta, cuyo peso específico es de una magnitud tal que, por más que se intente, resulta imposible de esconder.

 

CONSTITUIDOS-CONSTITUYENTES

Tantas veces estuvimos a punto de enfrentar nuestro verdadero problema, esa marca fundacional que nos aqueja. Tantas veces como la cantidad de giros esquivos que dimos a cuenta de cuestiones coyunturales: conquistas, bloqueos, amenazas externas, guerras civiles, etc. Es cierto que el tiempo es tirano y apremia, tan cierto como falsa es su capacidad para curar las heridas. Conocer la cantidad de tiempo transcurrido entre un momento y otro sirve a los fines de sistematizar acontecimientos de características afines dentro de un conjunto, es decir, para aislar una muestra y poder analizarla extrayéndola de un universo inconmensurable; pero esa manta, ese envoltorio abstracto, no conoce cualidades ni ejerce voluntades. El tiempo, tal que unidad de medida, es contrafáctico, no antecede a los hechos puesto que no puede medir lo que no existe. Entonces podremos conocer cuánto tiempo lleva abierta una herida o cuanto ha transcurrido hasta que cicatrice, pero el proceso dependerá de cada cuerpo y su potencia vital.

Desde el comienzo –no importa dónde lo situemos cronológicamente, no es una cuestión histórica sino ontológica-, nos encontramos en una situación incómoda, nos ponemos de pie frente a un horizonte que nos parece infinito y de pronto, como si nos faltase el equilibrio, un mareo que obliga a bajar la vista; tomamos conciencia de nuestra exposición a los avatares del mundo: si levantamos la cabeza nos descubren, si no alzamos la mirada nos perdemos el paraíso. ¿Qué es este suelo que nos soporta? ¿Cuántas capas culturales tiene nuestra tierra? Es un alivio estar de este lado, pero aquello de abajo se mueve, late. El pasado nos muestra un posible futuro que podemos imitar –lo cual resultaría un fracaso a priori- o bien, modificar; lo cierto es que el primero siempre tendrá injerencia en el último y que ambos confluyen en este momento. Nuestro pensamiento parece estar fijado según ese sistema de coordenadas.

Entonces hay redención, pero también condena. Nuestra situación paradójica es la de un disfrute subsidiado por la sangre que hidrató este suelo. Ante esto, algunos sentirán entusiasmo ante un porvenir provechoso[1] y otros, por el contrario, verán el fatal fracaso cultural propinado por las fuerzas telúricas[2]. Pronósticos que, en cada caso, encontraron su correlación empírica o, mejor dicho, la experiencia de su época fue materia de sus reflexiones. Lo interesante es que ambas posturas dan cuenta de un enigma que, a pesar de intentarlo, aún no hemos resuelto; una paz interior que no conseguimos conciliar. Y eso configura la trama pasional del cuerpo argentino.

Hay un cuerpo que siente a través nuestro. Un cuerpo trascendental, para algunos, atemporal[3], para otros, tan vasto que aqueja[4]. Lo hemos ignorado tantas veces y sin embargo seguimos enraizados. Cuando alzamos la mirada a la vez que nos afirmamos en la tierra cuyos poros son también los nuestros y sentimos cómo sus vibraciones marcan el pulso de nuestros días, hay Patria. Todo cuanto hagamos repercute en este cuerpo compuesto que constituimos a la vez que nos constituye. Somos constituyentes-constituidos. Esta dialéctica constitutiva se actualiza a cada momento y es parte nutritiva de nuestro inconsciente puesto que va tomando formas y manifestaciones ignoradas en nuestra cotidianeidad. Y si es posible hablar de un inconsciente colectivo se debe a que hay un cuerpo social que lo alimenta con sus experiencias, las cuales son posteriormente transformadas y vertidas sobre el plano sociopolítico.

 

DIVISIÓN POLÍTICA Y ENCARNACIÓN

Cuando nos adentramos en la ruta y vemos a nuestro alrededor aparece esa sensación de inmensidad que nos impresiona, pero también nos agobia. Y ese agobio, esa pesadumbre, se explica, por un lado, porque al compararla con nuestra extensión individual se nos vuelve inabarcable, y, por otro -el lado más oscuro-, porque nos damos cuenta que todo eso con lo que estamos conectados siempre tuvo dueño y nos está vedado.

La división política de nuestros cuerpos es, al igual que la de nuestro territorio, un producto cultural y no una mera cuestión de accidentes geográficos. Sangre y ríos, carne y tierra, piel y vegetación, son los soportes materiales donde se hallan inscriptos los signos que nos definen como sociedad. Cada hecho histórico queda escrito, solo hay que buscar en las piedras, en los músculos, en las orillas, o en las fibras su relato. En los títulos de propiedad solo encontraremos rastros de tinta estéril frente al derecho consuetudinario que yerra[5] nuestro pellejo.

Las biografías de aquellas figuras que marcaron hitos en la historia no aportan lo suficiente para comprender esos hechos sociales que protagonizaron, allí reside la importancia de una sociología que buscará identificar y sistematizar las relaciones de fuerza inscriptas en la cosa pública, esto es: lucha de poder entre cuerpos transfigurados[6] que están interpelando las formas establecidas según un mandato colectivo encarnado en ellos. Analizar la vida de esos exponentes que en determinado momento sobresalen de la muchedumbre, puesto que son empujados por voluntades demandantes y asoman su cabeza eclipsando al resto, contribuye al armado del despiece social. Se trata de piezas que no tienen un lugar asignado, sino que obligan replantear todo lo realizado y permiten pensar nuevas perspectivas.

El cuerpo de Evita[7] fue el territorio donde se pusieron en juego la voluntad y la estética argentina. Todas sus células se agitaron entre el afecto y el desprecio de un pueblo por su patria. En aquella época la tierra volvió a convulsionarse, a inflamarse, como decía Scalabrini Ortiz[8], pero esta vez su inflamación no fue por el “vigor europeo” sino por los cabecitas negras[9] que llegaban a la ciudad atraídos por la fuerza inmanente de un volcán que pretendía dar sepultura a una estructura de clases que había muerto luego de haber agonizado durante más de una década en la infamia. Buenos Aires, que se había acostumbrado a replegarse sobre sí misma, era ahora una dermis expandida que alojaba a los “sin tierra”. Ese esfuerzo del cuerpo contorsionado presuponía dolor en cada una de sus fibras. Por eso los gritos y la indignación de aquellos que habitaban en la comodidad de un cuerpo dormido e insensible.

 

FANTASÍA Y REALIDAD: POLÍTICA LITERARIA ARGENTINA

El género literario argentino es la ficción, sin dudas. Si ésta nos resulta tan apetecible de leer y tan natural de escribir es porque encontramos en ella la manera de enunciar lo que desde el lenguaje formal parece indecible. Fue el caso, por citar un clásico, de Facundo o Civilización y Barbarie; en ella Sarmiento pudo plasmar sus ideas acerca de aquella “imposibilidad” de la sociedad argentina y al mismo tiempo embeber en la poesía su proyecto político. Ficción no es otra cosa que el resultado dialéctico de la estrecha relación entre literatura y política, donde lo real se vuelve posible, donde se vuelve: realidad, y buscará legitimarse como verdad por encima del resto de las interpretaciones, puesto que ésta es construida de acuerdo al sentido y la significación que el autor logre imponer hegemónicamente sobre el resto.[10]

La Argentina que encarnó en Evita recuperó su capacidad erógena. Se despertó exaltada de la siesta; no sabe si fueron las pesadillas provocadas por el último banquete o, por el contrario, el hambre acumulada de los arrabales –en cualquier caso, se trató de una inequidad, un desequilibrio. Debió vestirse rápido para llegar a la reunión donde el monstruo festejaría[11] con su “séquito de acólitos” el inicio del caos. Todo orden entró en disputa, lo único seguro es que se habría una reconfiguración. El corpus se estaba transformando y eso repercutía en cada fibra de La Patria.

Aquella siesta, aquel reposo patriótico fue el último de su adolescencia y la antesala de una adultez cuya inauguración estaría signada por los traumas de su infancia. El crisol argentino colapsó y estalló en síntomas que poblaron las ciudades grises y los pueblitos de la República. Y ahí estaba, producto de una adolescencia larga, insensible y ciega, el síndrome del Gran Pueblo caprichoso que encontró, al mismo tiempo, en la figura carismática de la pareja presidencial, el afecto y la tiranía hechos carne y hueso. Por un lado, el líder y su jefa espiritual -símbolos de la justicia social- redimiendo a las bastardeadas familias humildes y, simultáneamente, por el otro, un militar demagogo junto a su prostituta de turno ofendiendo la moral del Jockey Club y los estándares de la intelligenzia[12]. Otra vez, la sombra de Facundo.

El sujeto nacional, proyectó una escena fantástica –“increíble pero cierta”, como ocurre en los cuentos borgeanos-, que tuvo entre sus aristas la emancipación de la clase obrera[13] así como también el asesinato del tirano y el goce profano de la diosa.

El bombardeo del ‘55[14], el exilio de Juan. D. Perón y la proscripción política del peronismo fueron la representación material de un asesinato. Un asesinato a la amenaza de castración del decenio precedente: castración de una realidad reflejada en el espejo de un ideario que excluía las partes más íntimas, esas zonas del cuerpo que al ser desvestidas causarían vergüenza y escozor ante las miradas aristocráticas. Asesinato cuya culpabilidad presupuesta e ineludible quiso abordarse mediante el diseño de una estrategia basada en el extermino y la amnesia[15], cuyo fracaso estaba inscripto en las huellas mnémicas que habían dejado aquellos “años peronistas” en el sujeto argentino.

En el robo y la manipulación del cadáver de Evita quedó al descubierto la perversidad que habita las profundidades de la República. La señora muerta fue objeto de goce para los “libertadores revolucionarios” y sus seguidores. Quiso despojársele de toda historia. Sin embargo, esa imagen que nos pinta David Viñas en su cuento sobre el funeral de Eva Duarte muestra de manera elocuente cómo el poder simbólico opera sobre las pasiones y es más fuerte que el oportunismo que busca aprovecharse de la debilidad coyuntural; porque si ese muchacho –Moure- no concretó su plan, a pesar de toda la vulnerabilidad que revestía a su pretendida, fue gracias al trabajo de dignificación y empoderamiento femenino que practicó la señora muerta:

—Estaba de Dios que tenía que pasar esto —cabeceó Moure.

—Hay que aguantarse —el chofer permanecía rígido, conciliador—. Es por la señora.

—¿Por la muerte de?… —necesitó Moure que le precisaran.

—Sí, sí.

—¡Es demasiado por la yegua esa!

Entonces bruscamente, esa mujer dejó de reírse y empezó a decir que no, con un gesto arisco, no, no, y a buscar la manija de la puerta.

—Ah, no… Eso sí que no —murmuraba hasta que encontró la manija y abrió la puerta—. Eso sí que no se lo permito…, — y se bajó.[16]

Para entender nuestra realidad es preciso afirmar que lo simbólico da sentido a los hechos, pero poniendo énfasis en el soporte físico que todo símbolo necesita para operar: la cosa, el cuerpo. De otra manera el relato –mítico, científico, político, etc.- no se cumple y pierde su capacidad exegética.

En el cuento Emma Zunz, Borges recrea espectacularmente aquello que Spinoza resaltaba con respecto a “lo que puede un cuerpo”[17] y que Sarlo[18] analiza agudamente con respecto a la imposición de condiciones que el cuerpo de la señorita Zunz realiza sobre la conciencia. No obstante, podríamos ir más lejos en el análisis extrapolando esta cuestión con otro cuento borgeano –otra historia increíble- en el cual se narra un Simulacro[19](en alusión al funeral de Evita) y aparece sintetizada la representación que el autor tenía del peronismo: una farsa que constituyó “para el crédulo amor de los arrabales, una crasa mitología”. Empero, previamente, dice algo aún más elocuente y que sirve como punto nodal respecto a lo expuesto más arriba: “El enlutado no era Perón y la muñeca rubia no era la mujer Eva, pero tampoco Perón era Perón ni Eva era Eva…”. Y sería justo agregar que Emma no era Emma ni Loewenthal era Loewenthal, puesto que la escisión jerárquica cuerpo-mente o, mejor dicho: pasión-razón, cuyo ordenamiento asigna un nivel superior a una conciencia guiada por la razón que domina las pasiones del cuerpo, resulta inadecuada en tanto que éste es fuente de un conocimiento capaz de resignificar el montaje de cualquier escena alucinada, pasando así de lo simulado a lo vivido.

 

CONATUS. AFIRMACIÓN Y RESISTENCIA

El cuerpo de Eva aportó una verdad que fue ignorada por algunas conciencias individuales. Tanto la cúpula peronista como los líderes de la Libertadora desconocieron aquella revelación y desoyeron el reclamo incansable de la madre tierra. Ambas facciones concurrieron en el error de tomar el cadáver de Eva como reservorio simbólico de todo aquello que o bien quería conservarse impoluto, o bien extirpar de la sociedad argentina. El cuerpo de Eva había transmutado, ya no reconocía los límites esqueléticos, concluyó un proceso en el cual definitivamente pasó a formar parte íntegra del corpus social.

Su cuerpo embalsamado no pudo ser cubierto por el Monumento al Descamisado como imaginó Juan Perón. No hubo paz en el edificio de la CGT ni tampoco en los hogares de quienes -entre paranoia y perversión- quisieron ocultar a Esa Mujer[20]. Su falso entierro en Milán pergeñado por la cúpula militar y la católica Orden de San Pablo, tampoco perduró tanto como ellos hubiesen querido; aquel suelo no tardó en devolverla. La momia que Lanusse hizo llegar a Perón en Puerta de Hierro representaba más el resultado de una exitosa labor tanatológica que un instrumento de negociación política- uno de los hechos que prueban lo mal orientado que estuvo el GAN[21] desde el comienzo. Tampoco ocurrió en 1976 –a pesar de sus ocho metros de profundidad en Recoleta y de esas extremas medidas de seguridad[22]– el reencuentro de ambos cuerpos, puesto que nunca hubo separación ni tampoco repatriación, sino más bien y a pesar de los enormes gastos de energía invertidos, afirmación y resistencia de uno en y por el otro. Y esto último se debe a que esta “tierra argenta”, absorbente, atemporal y ávida por germinar, a la cual nuestros destinos están afectiva e inmodificablemente trenzados[23], había hecho su trabajo.

Las raíces que los cuerpos van echando son a veces invisibles, subterráneas, pero no así sus frutos, que florecen y marchitan recomenzando un ciclo interminable. Si es verdad lo que Spinoza creía, esto es: que “cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser”[24], entonces es posible explicar lo acontecido en nuestra sociedad durante aquellas décadas sin recurrir tanto a los detalles de la odisea atravesada por el cadáver, sino apuntando hacia los esfuerzos que el ser nacional hubo y ha de realizar para no perecer entre tanta oscuridad. De lo que se sigue, toda esa potencia de vida proviene del corpus Patria que encarna nuestro ser colectivo en tanto argentino; esto es: una res extensa cuya esencia nacional no reposa en un ideario abstracto sino en la carne y la tierra que la componen.

La verdad que aportó el cuerpo de Evita es la de un país cuya razón solo puede afirmarse en la medida que reconozca su pertenencia a esta porción de tierra que con cada latido marca el ritmo de sus días. Una verdad que deja expuestas las consecuencias del pensamiento individualista, desinteresado en el bien común del pueblo y abocado al imposible mérito personal que promulgan algunas falacias importadas a bajo costo. La pasión de ese cuerpo es un trozo de la verdad argentina, aquella que no encuentra paz porque su naturaleza es la de un territorio en disputa. Toda su historia está envuelta en una lucha por no sucumbir políticamente y afirmarse como Nación. Una verdad suspendida sobre una red de fuerzas vivas movidas por el deseo de prevalecer en su ser, cuya esencia es pura controversia.

 

MUERTE POLÍTICA Y PARANOIA

“Esto es pueblo. Esto es el pueblo sufriente que representa el dolor de la tierra madre, que hemos de reivindicar. Es el pueblo de la Patria.”[25]

 

La historia de un país debe buscarse desentramando sus manifestaciones políticas –sus aciertos y fracasos- entendiendo que en ellas están condensadas y desplazadas las experiencias del corpus misterioso llamado Patria. De manera que en toda acción política encontraremos las puertas de acceso al autoconocimiento de nuestro devenir. Por lo tanto, un pueblo que aborrece la política se convierte en una sombra cuyo destino es estar condenado al olvido puesto que ha negado el acceso a su verdad histórica, sin la cual es imposible pensar un porvenir.

Una sociedad se quiebra cuando pierde el sentido político de la vida. Las pulsiones que agitan al pueblo hasta erizarle la piel encuentran sublimación en la política. Ésta las reconduce por los cauces de la moral y el sentido público. Las formas de gobierno que no cumplan ese rol se verán rebalsadas. Cuando el revanchismo está por encima del interés general, cuando se exacerba el carácter fragmentario del arquetipo individualista y el mérito personal se postula como la única forma verdadera de realización, se secan los vasos conductores que abastecen el espíritu colectivo. La cultura y la tradición ya no resignifican sus deseos. La flor de la moral pierde universalidad, sus valores cuyos colores y perfumes son el distintivo nacional, se marchitan. Los símbolos pierden el carácter arbitrario y el mito de la Patria se desconecta del presente. La retórica deja ser esa maravillosa música y se confunde con los estruendos de las bombas que caen sobre los esqueletos de cemento.

El cuerpo enferma rápidamente porque las células de su sistema inmunológico ya no reconocen, no sienten, la pertenencia al lugar que habitan. Se hace daño a sí mismo, se aísla del ambiente, se retuerce en la incomodidad. Ese auto-flagelo le produce úlceras, nidos, donde cuajan lo reprimido y la nostalgia de los años dorados. Vive atormentado alucinando espectros. Todo acontecimiento le parece un simulacro. Entra en pánico. Se acuartela y conspira. Lo envuelve una paranoia en la cual es su propio enemigo y la enfermedad su único aliado. El enemigo interno debe ser exterminado. ¡Viva el cáncer!

Pero no alcanza, no hay lugar donde no se sienta amenazado. Su auto-exterminio, esa parece ser la única salida. Desaparecer deja de ser una utopía, una ilusión, y se vuelve posible aceptando despojarse de toda humanidad. Entonces reza y se encomienda a la fe para ser un instrumento en la santa misión de salud pública al grito de ¡Cristo vence!

Lo acontecido a mediados de siglo pasado en nuestro país merece ser repensado siempre, cada vez que sea invocado. Porque permitirá entender lo que sucedió después en la escena nacional: sus repercusiones sociales inmediatas, los tipos de subjetividades que fueron forjándose al calor de las reivindicaciones, la sed de venganza, el desinterés y el tormento políticos, el terror, y esta democracia que hasta ahora no ha logrado conformarnos. Esa es nuestra tarea.

 

[1] Echeverría y Alberdi, por nombrar a algunos.

[2] Martínez Estrada, el mayor referente.

[3] “La pampa abate al hombre. La pampa no promete nada a la fantasía; no entrega nada a la imaginación. El espíritu patina sobre su lisura y vuela. Arriba está la fatídica idea del tiempo”. (Scalabrini Ortiz. La tierra invisible, en Obras Completas -Tomo I – El hombre que está solo y espera. Buenos Aires: Editorial Fundación Ross. 2008, pp. 35-37).

[4] “El mal que aqueja a la República Argentina es la extensión”. (Sarmiento. Facundo o Civilización y Barbarie en las Pampas Argentinas. Colección Biblioteca La Nación, Buenos aires.1999, p. 39).

[5] Acto que consiste en la marcación del ganado utilizando un hierro caliente.

[6] Cuerpos que salen de sus límites anatómicos, adoptando una topografía representativa del conjunto de valores y demandas de uno o más grupos sociales.

[7] María Eva Duarte de Perón, Primera Dama de la Nación Argentina (1946-1952).

[8] “La llanura se inflamó un rato, alborotada por el animoso vigor europeo”. Sarmiento. Op. cit., p. 36.

[9] También hubo participación de nueva sangre europea, pero esta vez no traían consigo el vigor sino el terror de lo que acontecía en sus lugares de origen.

[10] Estas ideas están conceptualizadas en otro ensayo de mi autoría titulado “Lengua, literatura y emancipación. Ficción literaria como estrategia política en Argentina”.

[11] En alusión a La fiesta del monstruo: cuento publicado en 1967 por Borges y Bioy Casares bajo el seudónimo Bustos Domeq. Allí se relata en clave grotesca el episodio del 17 de octubre de 1945 con el sarcasmo característico de los autores, donde Perón es el monstruo vivado por el populacho salvaje.

[12] Término acuñado por Jauretche, A. en referencia a los intelectuales que nutrían el colonialismo pedagógico.

[13] Véase, James, D. Resistencia e Integración. El peronismo y la clase trabajadora argentina. Buenos Aires: Siglo XXI Editores S.A. 2013.

[14] Hito dentro del proceso de La Revolución Libertadora iniciado el 16 de septiembre de 1955.

[15]La política del nuevo gobierno se basó en el supuesto de que el peronismo constituía una aberración que debía ser borrada de la sociedad argentina, un mal sueño que debía ser exorcizado de las mentes que había subyugado”. James. Op. cit., p. 82.

[16] El texto aparece publicado por primera vez en 1963. (Viñas, D. “La señora muerta”, en Las malas costumbres. Recuperado de: https://docplayer.es/73115605-La-senora-muerta-david-vinas-las-malas-costumbres-1963.html)

[17] “Y el hecho es que nadie, hasta ahora, ha determinado lo que puede el cuerpo (…) De donde se sigue que cuando los hombres dicen que tal o cual acción del cuerpo proviene del alma, por tener ésta imperio sobre el cuerpo, no saben lo que se dicen, y no hacen sino confesar, con palabras especiosas, su ignorancia…” (Spinoza, B. “Ética, Parte III, Proposición II, Escolio”, en Ética demostrada según el orden geométrico. Madrid: Editora Nacional. 1980, pp. 126-129).

[18] Sarlo, B. La Pasión y la excepción. Buenos Aires: Siglo XXI Editores S.A. 2003, p. 126.

[19] Así se titula el cuento de Borges, J. incluido en El Hacedor. Allí narra cómo en distintos pueblos del interior se realizaban falsos funerales en conmemoración a Evita, bajo el engaño y el cinismo –un señor hacía de Perón, se cobraba una entrada para ver a la “difunta” que era una muñeca, etc.-, trazando un paralelo con la expresión política del peronismo como verdadero simulacro. (Borges, J. L., “El simulacro”, en Biblioteca Esencial de La Nación (Ed.), El Hacedor. Buenos Aires: Emecé Editores S.A. 2005, pp. 23-24).

[20] En el cuento así titulado de Rodolfo Walsh aparecen los primeros detalles sobre el tratamiento del cadáver embalsamado luego de ser robado hasta su “desaparición”. Puesto que fue escrito en 1966, aún no había demasiadas certezas sobre su paradero. (Walsh, R., “Esa mujer”, en Los oficios terrestres. Recuperado de: http://www.oei.org.ar/edumedia/pdfs/T11_Docu8_Walsh.pdf

[21] Gran Acuerdo Nacional: propuesta lanzada en 1971 por el gobierno de facto de la Revolución Argentina que buscaba un acercamiento con las principales fuerzas políticas para encontrar una salida mediante elecciones y conformar un gobierno democrático.

[22] El último gobierno dictatorial determinó un régimen de visitas especial para quienes acudieran a su tumba. Al respecto, véase el testimonio brindado por Cristina Álvarez Rodríguez (sobrina nieta de Eva Duarte) en el documental: De Skalon, A. (productora), Bauer, T. (director), Bonasso, M. (guión). Evita, la tumba sin paz. Argentina-Reino Unido: South Productions Ltd. 1997.

[23] Scalabrini Ortiz, R. “Delegación de un destino”, en Obras Completas, Tomo I, El hombre que está solo y espera. Buenos Aires: Editorial Fundación Ross. 2008, pp. 56-58.

[24] Spinoza, B. Op. cit., p. 130.

 

[25] Fragmento del discurso que diera Juan D. Perón el 17 de octubre de 1945. Puede leerse completo en: https://www.educ.ar/recursos/129178/discurso-de-juan-d-peron-17-de-octubre-de-1945