NOVELA DE DANIEL KRUPA

EL SOBRETODO METAFÍSICO

por Jorge Consiglio

El pasado miércoles en Cabure libros, Jorge Consiglio junto a Julian Axat y el autor, presentaron la ultima novela de Daniel Krupa, El sobretodo metafísico, publicada por el sello Club Hem (que tambien presentó El Maguey de Eric Schierloh). Aquí el texto que leyó Consiglio.

El sobretodo metafísico empieza con una escena potentísima. Si hay algo que le preocupa al sujeto desde el comienzo de la civilización es saber quién es. Las preguntas sobre el ser —qué soy y, de inmediato, quién soy— son planteos que se relacionan directamente con el sentido —la justificación, digamos— de la existencia. Me refiero a que no se trata de una cuestión de DNI (fecha, lugar de nacimiento, domicilio) sino que en este conocimiento —o quizás desconocimiento—se cifra una cuestión ontológica. Entonces, volviendo un poco: les comentaba sobre el potente inicio de esta novela. Les leo el primer párrafo:

Klausen no soy yo, es la primer frase que articula en su regreso a la realidad, todavía recostado en el banco de metal sobre el que acaba de descubrirlo un guardia privado de la Cámara Argentina de la Construcción quien, aferrado al Manual de Procedimiento, le pregunta al intruso qué está haciendo ahí. Cómo entró. Para qué. Si está solo o acompañado. Y quién es, pregunta esta última a la que Klausen responde: Klausen no soy yo”.

La novela abre con la más absoluta perplejidad. Es un estado desesperante: el protagonista está convencido de que no es Klausen, pero no sabe quién es en realidad. Es decir, no dice: “Klausen no soy yo. Soy Juan Pérez o soy Krupa o soy Consiglio”. No, nada de eso. Lo que hace es quedarse —fijarse o, mejor, anclarse, como diría el psicoanálisis— en la negativa: “Klausen no soy yo”, dice nuestro héroe y a partir de esta definición radical empieza a edificar algo incierto, algo —una deriva— que podríamos llamar una Nueva Historia Personal de alguien que lo único que sabe es que no es Klausen. No deja de ser paradójico que el lugar de nacimiento de este nuevo hombre, que debe rehacerse de 0, sea justamente la Cámara Argentina de la Construcción.

En otro orden, pero siguiendo con la misma línea, esta perplejidad que sufre el protagonista, por la extraordinaria virtud del narrador —una tercera persona que se mueve en el relato como pez en el agua— muy pronto pasa al lector. Este comienzo lo empuja, lo sacude, lo interpela, lo pone —mediante una estrategia narrativa sagacísima— exactamente en el mismo lugar en el que se encuentra el personaje. Entonces, uno —como lector— lo único que quiere hacer es avanzar en el relato en busca de certezas. Esta primera línea de la novela, “Klausen no soy yo, es un formidable anzuelo de intriga que no se desactiva hasta que se llega a la última línea del texto. La tensión del relato es constante. Quizás esto se deba a que el problema sustancial que aborda la novela sea el de la identidad. Y es sabido que es un asunto complejo que generalmente se presenta en capas superpuestas, como si se tratara de las láminas de una cebolla.

“Klausen no soy yo”, dice el protagonista e, inmediatamente, recuerdo otra novela clave si hablamos de identidad, tema siempre relacionado con la responsabilidad y con el compromiso moral. Se trata de No soy Stiller del suizo Max Frisch. En ella, por un incidente en la aduana, un ciudadano norteamericano, mister White, es retenido en prisión preventiva en Suiza. Se le acusa de ser Anatol Stiller, un suizo relacionado con un caso de espionaje. Para que demuestre la falsedad de la acusación, se le entrega un cuaderno en blanco. La idea es que escriba “sencillamente la verdad”. Es decir, mister White debería narrar su vida, pero en lugar de hacer eso —que, sin ninguna duda, sería lo que más le conviene— acaba escribiendo lo que sus visitas le cuentan sobre Stiller. Este relato, construido con el principio de las cajas chinas, guarda relación con El sobretodo metafísico. Los dos textos parten de un rechazo a una identidad establecida como válida. En ambos, los protagonistas se definen a partir de quien no creen ser; sin embargo, en el caso de El sobretodo metafísico no existe, como en la novela de Frisch, una institución —el estado, las fuerzas policiales, los servicios de inteligencia o como quieran llamarle— que, por error o confusión, imponga un nombre al sujeto —con el peso simbólico que esto significa— sino que es él mismo quien decide dejar de ser quien venía siendo. Hay —más allá de súbitas amnesias— una voluntad concreta de Klausen de dejar de ser Klausen. Y también una razón muy clara. Ni más ni menos que el mal metafísico, por excelencia, de nuestro siglo: el aburrimiento.

Klausen termina recostado en un banco de metal en la Cámara Argentina de la Construcción sin saber quién es porque fue la única manera que encontró de escapar de una realidad que lo estaba asfixiando a fuerza de tautología. Klausen, definitivamente, es el héroe moderno; un héroe singular —un poeta de la acción y no de la palabra— que se enfrenta al peor de los enemigos posibles: el vacío. Porque ante la lógica implacable —reduccionista— de un mundo ordenado a partir de la estricta sinónima, Klausen elige el absurdo y organiza un Plan Maestro de Cagadas. Es la estrategia que se le ocurre para generar el caos, alternativa deseada por compleja y rica en matices, por revolucionaria, por vital, por anárquica, por difusa e inconducente. Es la forma más inmediata que encuentra para subvertir la repetición (espuria) de lo real, es “el camino más alto y más desierto”, para citar, de paso, a Jacobo Fijman. Se trata de un gesto extremo, cargado de vehemencia. A poco de empezar la novela, el narrador lo enuncia. Dice: “Subirse las solapas de un sobretodo lírico, acomodarse la chalina de seda negra y trepar por una enredadera gótica hacia el Castillo de la Nada; o hacia ese horizonte en llamas o lo que sea que buscan los poetas desesperados; cualquier cosa que aparente más complejidad estética que la de su actual remera Soho y de ese jean que devino en bermudas raídas y mal tijereteadas por él mismo en un rapto de corte y confección”.

Entonces, nuestro héroe se revela ante el aburrimiento, esa forma módica de la melancolía, ese malestar que crece en sordina con una constancia inquebrantable. Es un sopor (el aburrimiento) que avanza inadvertido pero con constancia; un sopor que no para hasta colonizar la última neurona. Klausen reacciona a tiempo frente a él. Decide sacudirse la abulia y para eso es inevitable el movimiento. Klausen, en El sobretodo metafísico, se sacude intempestivamente. Eso hace durante toda la novela. Procura sacarse de encima el moho del tedio. Este movimiento para ser efectivo no tiene que estar demasiado programado —recordemos que uno de los objetivos es lograr el caos—. Se trata de, como el narrador mismo lo dice, “un movimiento en falso”, una “fuga hacia ningún lugar”. Lo que Klausen consigue con este dinamismo es alterar el sentido común y, de esta manera, generar una mirada extrañada, una mirada que, más allá de los daños físicos que le acarree, lo preservará de la languidez de lo homogéneo. O, por lo menos, ese es el intento. Klausen pone en práctica la épica del frenesí, la épica del sin sentido. Decide que esa será el arma más efectiva para combatir la monotonía.  Y si hablamos de monotonía, hay un factor que no se puede pasar por alto: el tiempo. Klausen, ese personaje que Daniel Krupa hace deambular por La Plata, es un titán existencial que confronta cara a cara contra el tiempo vacío, contra la oquedad de las horas. Cuenta, eso sí, en todo momento, con el amparo indispensable de su sobretodo metafísico. Elemento que resulta clave para el sentido de esta novela. Se levanta las solapas y, como un Philip Marlowe platense, avanza por el mundo. Todos en esta sala sabemos lo indispensable que resulta esos gestos a la hora de dar dos pasos.

Para cerrar, quería hacer un par de comentarios sobre el humor en la novela. Daniel Krupa maneja este recurso de manera admirable. En su mano maestra parece algo simple, un flujo natural que el narrador dosifica de acuerdo a la necesidad del texto. A grandes rasgos, los dispositivos humorísticos se manifiestan en El sobretodo metafísico a través del planteo de situaciones grotescas y, sobre todo, de un tratamiento muy particular del discurso —una destreza notable para manejar la distancia entre quien enuncia y la materia narrativa—. Krupa consigue un tono —un poco al modo de Arturo Cancela en Tres relatos porteños—, un sonido que acompaña el relato, que es altamente efectivo: cada oración está barnizada por una mordacidad que, a un mismo tiempo, hace reír y provoca escalofrío. Entonces, para no demorarlos más, por todas estas razones que acabo exponer, creo que se impone, por una parte, felicitar al autor por este nuevo libro, y por otra, levantarnos las solapas de nuestros sobretodos metafísicos e ir, poco menos que corriendo, a comprar nuestro ejemplar.