La convención: entre el ascenso y el abismo

Sobre La convención, de Débora Mundani

(Corregidor, 2018)
Por Laura Pérez Gras

Desde Roberto Arlt y Roberto Mariani encuentro pocos escritores argentinos que se asomaron al mundo del trabajo corporativo desde la ficción. Ya comenzado el siglo XXI, Aníbal Jarkowski, en El trabajo (2007), Guillermo Saccomanno, en El oficinista (2010), y Máximo Chehin, en La vida interesante (2014), son algunos de ellos. Debora Mundani es, ciertamente, un caso de excepción si profundizamos esta búsqueda entre las autoras de género feminino. Por lo tanto, La Convención, su tercera y reciente novela, nos interpela, al menos, en dos sentidos: por un lado, nos coloca de bruces frente al insolente mundo del capitalismo tardío y sus juegos salvajes; por el otro, nos habla de ese mundo desde el punto de vista de una mujer, aunque el narrador sea omnisciente, porque la focalización está construida a partir de las experiencias de su protagonista, Emma Dorá.  

El grupo de personas que conforman el banco donde transcurre la novela está organizado en relaciones jerárquicas que se parecen a las de una gigante cadena alimenticia en una jungla de cemento, boxes y oficinas, regida por la misma ley de la selva: la de la supervivencia del más fuerte. Allí no hay espacio para la sensibilidad de una estudiante de Filosofía como Emma, ni para el pensamiento propio, libre de ataduras. Nada parece ser más peligroso que estar ahí y no pertenecer ni demostrar obediencia. El intruso es visto como una amenaza. Y tiene dos opciones: someterse o salir.

En esta carrera hacia el éxito económico institucional e individual, son varias las máscaras que los personajes necesitan ir incorprando para poder resisitir la crueldad de esa lucha por ascender sin desmoronarse. Esas máscaras están representadas en la novela a través de la descripción de la vestimenta que cada uno de ellos lleva, los accesorios, las poses, los gestos, los tonos de voz. Cuanto más máscaras y más efectivas son las que los personajes portan, más temible es el monstruo que ocultan. Temible, porque puede revelarse vulnerable, o salirse de control.

Las mujeres del banco, en sus distintos cargos, parecen tener que usar máscaras en función de las reglas de juego de ese espacio regido por hombres. Desde la Presidenta del Banco, que ha adoptado un estilo masculino de conducción, hasta las secretarias que deben “complacer” a sus jefes para conservar sus puestos, todo está sostenido por la pirámide del falo. Tanto es así que el sexo, quién penetra a quién, también define y jerarquiza las relaciones dentro de la cadena de supervivencia. Por ende, Emma decide irse, para no perderse en esa jungla, para poder elegir.

En este sentido, la novela presenta un cierto perspectivismo nietzscheano: las bestias rubias no miden las consecuencias de sus actos y, conducidas por el deseo, arrastran con ellas a los hombres y mujeres débiles, que no logran agruparse para protegerse, debido a sus propias limitaciones y miserias. Emma Dorá es una mujer por encima de la media, una “súper-mujer”, que no renuncia a la construcción de un pensamiento y de valores propios. Por eso debe irse, antes de ser arrasada también.

Por último, los fragmentos de prosa poética en que aparece un hombre al borde de un acantilado, apenas retenido por la rama de un árbol –como si su vida pendiera literalmente de un hilo–, se intercalan y repiten a lo largo de la novela en el intento de construir un alegato: la carrera ciega de este hombre, tanto como corredor de alta montaña como director del banco, no puede encontrar otro destino que el precipicio. En consecuencia, el leitmotiv del hombre que pende de una rama pasa de la metáfora al espanto en el transcurso de una noche. La luz de la mañana descubre para él una claridad profundamente insoportable.