Los libros

En este espacio que lleva por nombre “Los libros” en homenaje a aquella enorme revista fundada por Héctor Schmucler a fines de los 60, les acercamos a los amigos de Caburé, un conjunto de reseñas sobre los libros que más nos gustan.

Hechizo del tiempo

Sobre Las Tormentas de Santiago Craig

(Entropía, 2017)
Por Alejandra Zina

 

Llegué a Las tormentas, primer libro de cuentos de Santiago Craig, por Facebook. Las recomendaciones en el muro son casi infinitas y cualquiera tiene voz autorizada para hacerlas, sin importar edad, profesión o procedencia. El muro es como el mar, adentro todos somos iguales. Basta un buen posteo para tomar nota y salir a buscar ese libro, esa película o esa serie que promete gustarnos.

Mi encuentro con Las tormentas no pudo ser más deslumbrante ni más inesperado. 

Me gustan los cuentos que no pretenden ser perfectos. Incluso me gusta que se vean imperfectos. La sensación de no saber bien para dónde va lo que leo, de no saber por qué tiene el final que tiene, de por qué los personajes hacen lo que hacen. Me gusta que me pidan (silenciosamente) más lecturas. Que me atraviesen.

En un momento del largo relato que da título al libro, Miqui, la narradora, dice que las casas del barrio están hechas como de juguete y que el pueblo se ve como la escenografía de un teatro, pero también dice que aunque las construcciones parezcan muy frágiles no se derrumban. Los cuentos de Craig son iguales, parecen frágiles pero no se derrumban.

Me gusta la atmósfera densa, la forma poética de cada frase, la extrañeza de cada situación que me obliga a leer lentamente. Me  gusta que se respire aliento de novela, de poesía, de relato breve, de relato largo, sin esfuerzo ni pretensión. Como si la forma fuera completamente anecdótica. Es completamente anecdótica. Y la libertad total.

La escritura poética tensa la trama, los diálogos, y llega a su punto máximo justamente en “Tormentas”, donde ya no interesa tanto lo que se está contando sino el cómo, donde las imágenes y comparaciones se atiborran y la lengua se vuelve un poco loca, como la madre de Miqui.

Son historias distantes y a la vez vitales, con protagonistas hombres que se sienten agobiados por sus vidas desencantadas, sus trabajos grises, sus hijos reclamando atención; mientras las mujeres en segundo plano, parecen mejor preparadas para dar batalla o, al menos, para creer que algo puede ser diferente.

El fantástico y la ciencia ficción viborean en casi todos los relatos sin asentarse completamente, como si estuvieran ahí para salvar algo que finalmente no salvan.

Invasores venidos de Formosa, ovnis, tormentas feroces, casas tenebrosas, los cuentos de Santiago Craig siempre están al borde de la catástrofe o el apocalipsis, pero pareciera que el absurdo de la vida cotidiana termina neutralizándolos. Ni lo sobrenatural resiste a lo doméstico. En este sentido son cuentos desesperanzados. No esperan un futuro mejor para sus protagonistas. Lo mejor que podría pasarles, pasa de largo. Como una tormenta de verano, cuando de golpe oscurece y se cae el cielo, y a la media hora escampa y otra vez el sol, el calor agobiante, el mismo estado de antes de la lluvia.

Así es el Día de la marmota, un día literalmente rayado que se repite sin parar, una y otra vez. La película, con el siempre desconcertado Bill Murray, es todo un ícono para los que caímos en el mundo adulto en los ´90. Pensándolo mejor quizá sea el gran leitmotiv de Las tormentas, los ocho relatos como variaciones de una misma situación: personajes atrapados en el tiempo preparándose para vivir cuando se rompa el hechizo.

 

 

 

Manuel Gálvez, una historia del nacionalismo argentino

de Eduardo Toniolli

(Editorial Remanso, 2018)
Por Horacio González

Estamos ante un estudio decisivo, el de Eduardo Toniolli sobre Manuel Gálvez. Pues como dice el subtítulo, es el vía crucis de un hombre y a la vez una historia del nacionalismo argentino. Obedecería pues al modelo de “un hombre y su escenario mayor de ideas”, pero esto lo digo solamente para señalar la recurrente incerteza que caracteriza a las biografías intelectuales, cual es la de la inexistencia clara de una delimitación segura entre lo que pertenece a una autoría que se privilegia sobre otras -en este caso la de Gálvez, no las de Ernesto Palacio o de los hermanos Irazusta-, y lo que se pierde como problemas de semejante calidad ideológica, si fueran tratados otros autores y en otras épocas. La singularidad es siempre la de un hombre, pero la “época” no quiere perder su parte y siempre pugna para que pronunciemos la frase “fue un hombre de su época”. Una biografía consciente de sí misma debe evitarla.  

El libro de Toniolli permite una primera observación al respecto. Por ejemplo, las páginas enteramente sugestivas dedicadas al pensamiento de Burke, de Bonald y de De Maistre -junto a otros adversarios teóricos de la Revolución francesa-, que son pensamientos que sobrevuelan el problema general del nacionalismo argentino. Una verdadera biografía intelectual, entonces, es la que evoca los nombres que la cruza o la interceptan, y que son envíos que el pasado de una idea, le remite al presente, que tampoco es siempre receptivo. Ninguna vida encaja enteramente en otra, y todas piden su compañía en las voces provenientes de la galería penumbrosa de un pasado sin tiempo.

Los nacionalismos trascendentalistas han percibido con temor el mundo histórico trágicamente abierto hacia los tumultos de masas y el efecto era que no solo se debilitaban las jerarquías que provienen del esquema de las monarquías de origen divino, sino que esas revoluciones cargadas de profanaciones, exigían una contrarrevolución. El nacionalismo místico de aquellos caballeros enemigos de la Revolución Francesa podía encarnarla, luego de pasar a limpio sus relaciones con la catolicidad, la salvación por la sangre y el elogio del verdugo. Esto lo propone De Maistre, en Las Veladas de San Petersburgo, aludido por Toniolli en la busca de detalles fundamentales para su tesis. Podía así ingresarse al problema de si los accesos ultramontanos y antiroussonianos de los partidarios de la “ciencia del Señor”, caben solo en una época cuyos contornos siempre quedan para definir, o son linajes abiertos a ecos que solo conoce el futuro. El trabajo de Toniolli abre un gran debate hacia esta perspectiva de las corrientes de ideas, su resonancia diacrónica y la construcción de sus continuadores y predecesores. En el caso del estudio del nacionalismo argentino esto interesa especialmente, pues sus aspectos más tormentosos y milenaristas no siempre han sido contemplados por la bibliografía no tan extensa, pero muy rica que existe.

Se sabe de la reacción de Saavedra ante el jacobinismo de Moreno -aquél mismo lo llama así-, y de las lecturas de Rosas que frecuentaba viejos textos ultramontanos y de ciertos clásicos, pues alguna vez había citado a Burke y a De Maistre, y su concepción del absolutismo político no es floración espontánea sino que proviene de textos sobre el Príncipe, escritos por consejeros finamente reaccionarios, entre otros –como lo prueba Arturo Sampay- un remoto teórico de las monarquías del siglo XVIII, Gaspard Réal de Curban. Pero la verdadera cuestión aquí es la del lugar que ocupan Bonald y De Maistre -cuyos últimos exorcismos del Cristo Sangrante pueden encontrarse en Ignacio Anzoátegui-, en los eslabones más reconocibles de nacionalismo en la Argentina, en el del periódico La Nueva República de los hermanos Irazusta y de Ernesto Palacio. La influencia de este diario es notable, es una de las trincheras publicísticas del golpe del 30 y entre sus lectores se encuentra el joven mayor Perón. Toniolli estudia muy bien este periódico, así como la revista Criterio. En esta última escribe el Gálvez más ligado a un cristianismo de revelación, a través de las masas populares que se catequizan sobre el pavimento urbano en las jornadas del Congreso Eucarístico. El problema aquí es el mismo que el de la interpretación de las multitudes por el positivismo, a la luz de la literatura francesa de la naciente psicología social de masas. Gálvez redime al plebeyo que inmerso en la indiferenciación grosera de la plebe urbana, encuentra en ese desdibujamiento de su yo a la experiencia redentora gracias a una religión del sacrificio. Es la sombra aligerada de De Maistre. ¿El nacionalismo republicano jerárquico de los Irazusta es el de los lúmpenes rescatados de la indiferencia religiosa por Gálvez? No lo es. Gálvez agrega la reflexión sobre las conciencias turbias, que los análisis económico-políticos de los Irazusta, siempre algo conspirativos, no contienen. Para Gálvez se hallan en el sentido de los redentores de prostitutas, los señoritos que desean experiencias incendiarias para probar su vesanía nietzscheana o la bohemia anarquizante que vaga sin orientaciones bienhechoras. Se trata de ver entonces, a la luz de la investigación de Toniolli, si aquel nacionalismo francés puede verse en el desvaído eco que encuentra en los escritores nacionalistas argentinos o si éstos lo ponen a circular según las características singulares de un país periférico.

El mismo tema nos ocuparía si analizáramos las compatibilidades entre Maurras y Lugones, o más atrás, las de Maurice Barrés con Lucio V. Mansilla, donde apenas insinuado también podría verse el “modo moral” de los orígenes del nacionalismo argentino (donde las categorías de duelo y de dandismo lo van diseñando levemente). Sin embargo, las ventajas que tiene Gálvez para el estudio de la vida intelectual, es su carácter escurridizo como poseedor de una ideología nacionalista católica cuyos bordes son difusos y cuando toca áreas muy consolidadas, por ejemplo, el fascismo o el corporativismo, suele retroceder como si tocara un cable eléctrico pelado.  La condición auto atribuida de Gálvez de ser uno de los escritores más leídos del país, junto a Hugo Wast, sin duda influye decisivamente en el modo en que regula sus excedentes ideológicos y luego va puliendo sus excesos.

El balance real entre nacionalismo, catolicismo, aristocratismo, tradicionalismo y “revolucionarismo contrarrevolucionario” (revolución inglesa de 1688 sí, revolución francesa de 1879 no), no es un balance quieto y de proporciones asequibles. Los itinerarios cambiantes de Gálvez lo demuestran, y sus novelas decadentistas como sustento de su inmediato trazado regenerativo de almas caídas, siguen como una sombra irregular las peripecias del nacionalismo, sin ningún dogmatismo estacionado para siempre y con un privilegio hacia las vidas más aplastadas. No hay en Gálvez proletarios o si los hay están revestidos por el espíritu de los buscan explicarse su caída y mostrar (o que le muestren) el camino de su salvación.

Si no tuviera otras virtudes, el trabajo de Eduardo ya podría ser considerado en la primera fila de la bibliografía sobre el nacionalismo como un integrante de igual derecho con las más consultadas o elogiadas. Por lo pronto, las que él cita, de Devoto o Buchrucker. Pero va más allá al considerar otros problemas, que son los que específicamente revelan las secuencias que emanan del derrotero de Gálvez. Son los el de una vida intelectual que se autocorrige permanentemente, que es prudente a la hora de tomar toda la galería de próceres del rosismo, que no desdeña la visión mitrista en su trilogía sobre la Guerra del Paraguay, y que al discutir con Monseñor Franceschi sobre las propiedades del idioma vulgar o soez, que según el obispo no sería el indicado para el cristiano, demuestra que es la única salida para el que desea escribir novelas sociales comprometidas con las almas errantes. Así siempre Gálvez está a punto de ser el que desea una purificación nacional por medio de una guerra, pero siempre consigue el momento de desequilibrio que crea otra nueva tonalidad tranquilizadora. Es el cristiano verdadero el que conociendo otros lenguajes, debe emplear la forma más ruda de los que hay que salvar.

En esto mucho tiene que ver el modo que que se aprecia en tanto escritor de vastos públicos lectores, como lo evidencian sus memorias, que Toniolli cita como fuente privilegiada, así como con la misma pertinencia va dando vida a sus innumerables materiales de trabajo, obtenidos de lecturas de gran alcance y revisión de archivos donde reviven escritos inesperados. Aparece así el Gálvez que se ve en tensión entre el nacionalismo social cristiano y el fascismo -al que, si toca, le provocará luego el deseo de apartamiento como quien se asusta de sus propias tentaciones- y la justicia que le merecen los “desmunidos” -con este vocablo los define Toniolli-, a los que sí toca permanentemente, pero de los que también escapa, si percibe que hacen temblar los cimientos del orden. Gálvez se compara favorablemente en relación con Lugones, lo que lo diferencia del modo en que Borges hará esa misma cotejo, sin desdén ni adulaciones, y con buen tino rechaza fundar un partido político con las ideas que había expresado en el folleto quasi fascista titulado Este pueblo necesita… Es cierto que no es posible detectar fácilmente las razones por las que los trabajos realizados bajo la égida del nacionalismo popular o de izquierda, desde los 60 en adelante, no lo consideraron a Gálvez como materia de interés. Ya no era un novelista leído, y sus intervenciones doctrinarias se estudiaban a través de los Irazusta, de Pepe Rosa o de Scalabrini, cuando no de un Jauretche totalmente alejado del cuño hispanizante de Gálvez, muchas veces comparado con Pérez Galdós, tanto por su interés por las vidas prostibularias como por la revisión interna de las grandes masacres militares. Trafalgar en Galdós, Humaitá en Gálvez.

Ahora, con esta gran contribución de Toniolli a la historia del nacionalismo argentino a través de una biografía específica, podemos ver cómo oscilan las creencias o como las creencias son un ser oscilatorio, que no es importante cuánto de pétreo puedan tener en la conciencia, sino cómo buscan permanentemente vivir a través de la incorporación súbita de su contrario o del pasaje a la situación contraria, una vez agotados todos los sedimentos que contenía la primera elección realizada. Esto es propio del sentido de redención que vive dentro de las ideologías, y en el nacionalismo precisamente esto es lo que abunda. Así, un mismo contenido heroico puede admitir semblantes anárquicos, socialistas o jerárquicos como en Lugones, y un mismo contenido de piedad aristocrática puede sobrevivir en el Gálvez hispano aristocrático, en el asimilacionista social y en el misericordioso católico. En ese sentido un valor adicional del libro de Toniolli es que pone a prueba el resto del andamiaje nacionalista, sus lecturas, sus aires golpistas, sus fracasaos políticos, sus derivas hacia la izquierda o hacia el populismo, con lo cual escribe un libro fundamental dónde lo que primero percibimos es cuánto de homogéneo tiene una idea, y cuánto dispone de ella misma para marchar hacia otras infinitas combinatorias posibles. 

Morar la orilla

Sobre El hemisferio del lado en que quedamos de Claudia Díaz

(Baltasara editora, 2018)
Por Josefina Fonseca

 

En “El hemisferio del lado en que quedamos” (Baltasara Editora, 2018), Ana Claudia Díaz demuestra, una vez más, que no hay paisaje que se agote en la poesía cuando es el paisaje mismo la materia que construye la voz. Porque es en “la orilla como una morada” donde se aloja el “cuerpo muelle” de la autora, y desde donde “la palabra se desagua/ la grieta entre lo tangible y lo otro/ toma el cuerpo”.  

Se trata del cuarto libro de una poeta en tránsito continuo entre la playa en la que se crió -y a la cual vuelve cada temporada- y la Capital que habita a diario; entre el pasado melancólico de una niñez cerca del agua y el desandar minucioso de los registros sensoriales como una clave para construir un camino hacia adelante. “La imagen infinita, exagerada/ de algo que miramos mucho tiempo/ para desarticular lo otro dentro nuestro”. Podríamos pensar que eso que la voz mira con insistencia es el mar fundacional. Y ahí la paradoja de mirar afuera como si se mirara adentro, de desarmar y rearmar el paisaje para que eso repercuta en otro lugar: “El significado y el significante de la idea vaga de algo/ que ahora encuentra su razón”.

La dimensión del recuerdo, “lo que elegimos ver borroso”, eso filtrado que “se desprende sobre el horizonte”, “una idea obsesiva que se repite en el mar”. La desconfianza en la memoria, en la “inocencia imaginaria del recuerdo”, aparece como un arma. Dudar, pero aferrarse a esa posibilidad como única llave para abrir el devenir, porque “la tierra es tierna en su detalle/ en cada recoveco donde se apoya/ el peso del cuerpo”, y entonces la indagación sensorial de quien entra en la naturaleza puede ser también un amparo para sopesar los recuerdos. Y para reconocer en los días por venir esos elementos ya transitados que servirán de arneses para amortiguar la incertidumbre.

Los poemas de Ana Claudia Díaz brillan en la belleza barroca y exótica de su sonido, en un despliegue sostenido pero matizado de sus capacidades líricas, como escenas que prenden una chispa que queda titilando sin desenlace. Porque no parece haber búsqueda de un mensaje, sino más bien construcción de estados, permanencias en una escena. No llegaremos al final de un poema con una conclusión efectista: volveremos sobre los versos para contemplar el misterio de las palabras que componen su universo y la manera en que permanecen resonando como un eco tierno e incierto. Un eco que se abre y vuelve, un búmeran.

Comentario al libro de Oscar del Barco 

Sobre Esencia y apariencia en El Capital

( Editorial Marat, 2017)
Por Armando Pinto

En nuestros días no es común encontrar textos que resulten tan provocadores como el que Oscar del Barco nos entrega bajo el, aparentemente inocuo, título de Esencia y apariencia en El Capital.

Para comenzar es difícil clasificarlo. Una lectura poco atenta de las primeras páginas parece confirmarnos que se trata de un texto filosófico, pues encontramos nombres como el de Hegel, Schelling y Kant. Sin embargo, conforme avanzamos en la lectura percibimos con creciente claridad que el discurso que desarrolla O. del B. para rendirnos cuenta del uso que Marx hace de términos procedentes de la tradición filosófica pertenece al mismo ámbito en el cual él (O. del B.) sitúa el discurso marxiano. Es decir, un ámbito no filosófico. 

Efectivamente, O. del B. sostiene que el marxismo no pertenece al ámbito filosófico ni tampoco al científico. Pero no se crea que el carácter provocador del libro que comentamos deriva de esta afirmación. No, deriva de la rigurosidad y coherencia del discurso que la apoya. Este es un discurso complejo (pero claro), sin pausas, y relativamente breve, pues no supera las cien páginas. Aunque, en realidad, debemos considerar como parte de él a una serie de trabajos aparecidos en diferentes revistas (Algunos de esos artículos son: “Althusser en su encrucijada” y “Concepto y realidad en Marx”, en Dialéctica números 3 y 7, respectivamente; “Notas sobre el problema de la ciencia”, en Crítica, revista de la Universidad de Puebla número 3; “Respuesta a Paramio y Reverte”, en Controversia número 2-3; “Las raíces del teoricismo marxista”, ponencia al Tercer Coloquio Nacional de Filosofía, etc.).

Un elemento siempre presente en sus escritos, y fundamentalmente en el libro que motiva esta nota, es la consideración de O. del B. de que el marxismo es un pensamiento originario. Es este carácter lo que nos permite comprender el significado del marxismo en relación con la filosofía y la ciencia. ¿Pero qué quiere decir que el marxismo sea un pensamiento originario, y en qué se funda esa originalidad? O. del B. nos recuerda −siguiendo a Marx− que “los conceptos, antes de ser pensados, existen en la realidad, no como realidad-concepto (Hegel) sino como lo real del concepto”. Así, por ejemplo, la razón por la que Marx puede descubrir el “trabajo abstracto” −descubrimiento que para Aristóteles estaba completamente vedado− estriba en que el trabajo abstracto sólo se da en la “economía moderna”. Es sólo en esta sociedad, en la cual “los individuos pueden pasar fácilmente de un trabajo a otro”, que podemos hablar de trabajo en general. O. del B. cita a Marx: “la indiferencia frente a un género determinado de trabajo supone una totalidad muy desarrollada de géneros reales de trabajo”. La existencia de este trabajo indeterminado se funda en el hecho de que el trabajador ha cambiado de lugar: de sujeto se ha convertido en predicado, pero a esto tendremos que volver más adelante. Por ahora veamos las consecuencias que O. del B. deduce de lo anterior. Si admitimos que todo concepto lo es de un real y que, por tanto, no existe ningún concepto puro (pues ni el más abstracto carece de correlato real): ¿podemos concebir al marxismo como teoría, o como ciencia, creada por Marx (o por quien sea) y que luego es proporcionada a la clase obrera para que guíe su acción o, por el contrario, debemos considerar que el marxismo es la expresión teórica de un real: el concepto que existe antes de ser pensado? Si es así, Marx deja de tener importancia como individuo para convertirse en un nombre: el que adopta lo real cuando se manifiesta teóricamente. ¿Pero de qué real se trata? De la clase obrera. Aquí llegamos a un punto neurálgico pues, desde este punto de vista, es imposible sostener, como hace Althusser, que la originalidad del marxismo consista en una ruptura epistemológica, en una revolución teórica. O. del B. reconoce la ruptura, pero no la sitúa en el nivel teórico sino en el material. El marxismo es originario porque expresa la irrupción de un originario social: el proletariado.

Ahora bien: ¿cuáles son las características de ese originario social? Marx −señala O. del B.− lo dice en El capital: es una “aberración”, “un accesorio del taller capitalista”, “un mero fragmento de su propio cuerpo”, y cuya situación no es más que “contradicción absoluta”, “hecatombe ininterrumpida”. En suma lo propio del proletariado es el no-ser, la negatividad pura. Pero es precisamente esta negatividad real, material, que funda la capacidad de Marx (es decir, del proletariado) para descubrir lo que los economistas clásicos, por su piel burguesa, no pueden ver.

La diferencia del marxismo con la ciencia consiste en que por medio de esta última podemos conocer el funcionamiento de la sociedad (lo cual, por supuesto, no está vedado a los científicos burgueses), pero no podemos acceder a la crítica de ella. Esta capacidad crítica se pone de relieve en el hecho de que mientras Ricardo descubre que el valor está dado por el tiempo de trabajo, Marx puede preguntarse ¿por qué? y al hacerlo descubre la razón (la esencia de ese funcionamiento) y abre el camino para la crítica y la destrucción de la realidad que descubre. Aquí nos enfrentamos a un elemento que determina la capacidad de descubrimiento y que es ajeno a la ciencia: la posición de clase. Estamos, si se quiere emplear esa terminología, ante un nuevo estatuto de cientificidad en el cual lo político es constitutivo de lo científico, lo que significa, por tanto, el abandono de la objetividad y neutralidad de la ciencia. Con la aparición del marxismo la verdad se convierte en un acto de fuerza.

  1. del B. releva un hecho de capital importancia, el de la inversión. Cuando Marx dice que ha puesto a la dialéctica hegeliana sobre sus pies considera que la filosofía está invertida, pero luego descubre que es la vida real la que está invertida y que por ello su expresión ideal, filosófica, se encuentra invertida también. De modo tal que, mientras exista esa inversión real, seguirá existiendo la inversión ideal. Si el concepto no fuera el concepto de un real (el concepto que existe antes de ser pensado) la inversión filosófica se solucionaría filosóficamente, pero como no es así la reinversión puede alcanzarse con la revolución. Vemos también como, bajo esta óptica, la limitación de Ricardo y Smith se convierte en limitación real de la clase de la cual ellos no son sino expresión teórica.

Hemos dicho −siguiendo a O. del B.− que en el capitalismo el trabajador, de sujeto, se ha convertido en predicado. Ha sido despojado del saber (hilar, cortar, pulir, armar) y su lugar ha sido ocupado por la máquina, convertida en la concretización de la técnica y de la ciencia. Pues bien, esta inversión concreta y esencial del capitalismo (que privilegia la máquina ciencia sobre el trabajo vivo) explica también los intentos de convertir al marxismo en una teoría o en una ciencia y enclaustrarlo en las aulas universitarias. Se trata −dice O. del B.− de someter “lo real material a lo ideal que actúa como centro externo y dador de sentido”. Mas cómo pretender encerrar al marxismo dentro de los límites del discurso unitario de la filosofía o de la ciencia, si es el correlato teórico de la(s) clase(s) explotada(s), de un real excluido, reprimido, polimorfo, sin centro, sin sentido, un verdadero simulacro (dice O. del B. siguiendo a Deleuze), un no-lugar que si, desde otro punto de vista, tiene un lugar, éste es errático, amenazado por la desocupación, por los paros, por los desplazamientos forzados. El marxismo como concepto de esta realidad carece del atributo común a la tradición filosófica: la unificación ideal del mundo, por Dios, la Idea, la Finalidad, el Progreso, que da cuenta de la totalidad de lo real y que no es otra cosa sino la expresión de la unificación real que ejerce el capitalismo en su marcha homogeneizadora bajo el imperativo absoluto de la riqueza.

El marxismo, como expresión de la realidad heterogénea (lo otro del sistema) se manifiesta en un discurso igualmente heterogéneo que presagia la desaparición de todo lo considerado estable, uno, trascendente. Si Marx consideró que el partido comunista no era (no podía ser) una organización determinada sino el conjunto del movimiento proletario, para O. del B. el marxismo no es la teoría elaborada por los marxistas sino el conjunto de las prácticas polimorfas del proletariado, o, como él dice, el conjunto de las formas teóricas que adoptan esas prácticas.

Pero: ¿por qué el proletariado (Marx) tiene que hacer uso de términos, como los de esencia y apariencia, procedentes de la tradición filosófica? ¿No contradice este uso al supuesto carácter originario del marxismo, sobre todo cuando conocemos la dificultad que enfrentan los discursos “destructores” de la metafísica ya que “no disponemos −O. del B. cita a Derrida− de ningún lenguaje −de ninguna sintaxis y de ningún léxico− que sea extraño a esa historia (de la metafísica); no podemos enunciar ninguna proposición destructora que no se deslice en la forma, en la lógica y en las postulaciones implícitas de aquello mismo que se quiere negar”? Pero el mismo Derrida dice, refiriéndose al uso que de los “viejos conceptos” hacen Nietzsche, Freud y Lévi-Strauss, que los emplearon como útiles que “aún pueden servir” pero sin otorgarles “ningún valor de verdad, ni ninguna significación rigurosa, y se está pronto a abandonarlos en el momento en que otros instrumentos parezcan más cómodos”. A esta posición adhiere O. del B. Efectivamente, Marx hace uso del único lenguaje que tiene a su disposición, pero este lenguaje está desprovisto de su sistematicidad filosófica por la sencilla razón de que la aparición del proletariado lo sitúa en otro campo que no es el de la filosofía, sino el del materialismo absoluto. O. del B. tiene cuidado en explicitar que, en este caso, el enunciado materialismo no es un término del binomio materialismo-idealismo sino que lo implica. El sentido de esta afirmación ha quedado definido en el momento en que, hemos visto, no existe un concepto puro, que todo concepto lo es de un real: el concepto que existe antes de ser pensado. Así la negatividad del marxismo tiene su correlato en la positividad (en la existencia material) de la clase de la cual es expresión. Esta clase se apropia de los conceptos despojándolos de su sistematicidad. Esta apropiación se da en dos momentos. En el primero de ellos, que O. del B. llama la subsunción formal, el proletariado utiliza el pensamiento teórico existente en el nivel teórico burgués: en este momento Marx piensa que basta poner la dialéctica hegeliana sobre sus pies para que el funcionamiento de la sociedad capitalista quede evidenciado. En un segundo momento critica la inversión real de la cual la filosofía es sólo expresión: la inversión capitalista. Pero esta segunda crítica no implica cabalmente la subsunción material, es sólo el principio de ella. La negatividad de la clase no ha sido aún conceptualizada. Este vacío es llenado por las categorías burguesas. Incluso los modelos éticos de la sociedad “socialista” (releva O. del B.) son en gran parte los modelos éticos de la sociedad burguesa. Sin embargo, la conceptualización de la negatividad de la clase se abre paso a través de la aparición política de esa misma clase, así como por la aparición de pueblos y culturas exóticas, y encuentra su expresión en el lenguaje de Marx: en sus insultos y en sus sarcasmos. No se crea que esas expresiones son un problema de estilo −dice O. del B.− señalan, por el contrario, la falta de sentido trascendental, la falta de “unidad”, de finalidad, de continuidad, de la clase que se expresa. Por ello la revolución no debe pensarse como acto político únicamente sino como concepto. “La verdad es revolucionaria” de Gramsci se torna en O. del B. en “la revolución es la verdad”: el acto de fuerza por antonomasia que trae consigo el fin del episteme occidental y su mundo de categorías.

Al principio de esta nota decíamos que el texto de O. del B. era difícil de clasificar. Queremos ahora explicitar dicha afirmación. Por un lado, responder la pregunta que él se plantea (por qué hace uso Marx de conceptos pertenecientes a la tradición filosófica) conduce a abordar una problemática sumamente compleja (que halla su expresión en la complejidad del texto y de la cual es imposible dar cuenta en un comentario como éste) que atañe al conjunto del marxismo y que podríamos resumir en una pregunta: ¿qué es el marxismo? Una pregunta que, sin embargo, coincidimos con O. del B., no tiene respuesta si se piensa que ésta pueda ser una definición, lo que significaría despojar al marxismo de su negatividad para circunscribirlo en el discurso científico o filosófico. El discurso de O. del B. no pretende clausurar al marxismo en una práctica determinada; su mirada no surge de un solo punto, lo que nos permitiría decir que es un análisis filosófico o que es un análisis político, etc., sino de infinidad de puntos, y tampoco se dirige a un solo lugar sino a todos los lugares del marxismo. Por otro lado, y adoptando su punto de vista, debemos decir que el suyo es parte de ese discurso polimorfo del proletariado que, como El capital, no tiene lugar en el ámbito de la filosofía o de la economía política, sino en el de la lucha de clases.

Tierra a la deriva

Sobre La parva muerte, de Sebastían Russo

(Milena Caserola, 2018)
Por Hernán Ronsino

“Como quien tantea un cuerpo en la oscuridad”, es la cita que Sebastián Russo toma de Haroldo Conti para abrir La parva muerte (o la memoria de los otros), una crónica o bitácora de los viajes, recurrentes, insistentes que el autor realiza durante un tiempo por la isla Paulino.

No es casual, claro, la presencia de Conti en la cita inicial ni tampoco en la trama del libro. Conti escribe uno de sus últimos textos, precisamente, sobre la isla Paulino. Una especie de crónica, de invención –como se atreven a decir algunos habitantes de la isla, acusándolo de no conocerla bien– o de homenaje que aparece en la revista Crisis. Conti, de este modo, deja una huella mítica en la isla. No sólo por el texto que escribe, también por su presencia.  

Una presencia recortada sobre su ausencia. Una ausencia fantasmagórica. Y es, justamente, sobre esa materia espectral sobre la que trabaja Russo en un territorio, a su vez, inestable: una isla que no es a ciencia cierta una isla sino una aproximación a la orilla: cuando hay bajada, incluso, se dice, se puede unir caminando el continente, Berisso, con esa porción de tierra a la deriva. Un lugar, como se menciona recurrentemente en el texto, que todo el tiempo desnuda lo frágil que es la vida.

El rastreo narrativo y fotográfico que Russo hace de la isla es minucioso y explora no sólo un paisaje desacoplado del mundo, congelado en el tiempo; indagada, como un satélite en ruinas, el linaje de una familia, su familia: los vínculos de esa familia con la violencia sistemática del estado en los años setenta. ¿Quién es ese hombre que compone la trama familiar y, por razones nunca explicitadas, es decir, por complicidad o por obediencia debida o por tibieza, fue parte de todo eso? ¿Cómo se piensa una herencia? ¿Quiénes son los otros?

La escritura de Russo, despojada, funciona como si fueran pisadas, huellas precisas en la tierra; se despliega con un ritmo constante, un sonido poético que, de pronto, se desnuda abiertamente como huesos en verdaderos poemas. Esa poética se sostiene en la construcción de imágenes que determinan el clima del texto, es decir, del lugar: una noche de tormenta, el cruce en lancha – una lancha que no responde a un horario determinado sino que tiene su tiempo propio –, caballos en la orilla.

¿Es posible esta escena?, se pregunta Russo sobre un casual cruce imaginado entre Conti y ese hombre de la familia, esa sombra en el corazón del afecto, en la isla que no es isla. Conti y el hombre de la familia son en el texto dos ejes medulares y, a la vez, contracara. En esa escena posible, fantaseada, imaginada por el autor se condesa, finalmente, lo siniestro clavado en el centro de la trama cotidiana.

 

 

 

La orilla infinita

Sobre El tiempo ilusionado, de Paula Prengler

Por Pablo Delgado
(Editorial Modesto Rimba, 2018)

Pablo Rubinstein pasó los cincuenta años y está sentado en una mesa del Petit Colón, frente a la plaza Lavalle. Del otro lado de la mesa, una mujer con la que arregló una cita a través de un sitio de Internet le habla de cosas que no le interesan en lo más mínimo. Pero el problema más grande para Rubinstein, en ese momento, es que no puede acordarse del nombre de la mujer, que ahora está contándole sobre una mascota.  

“Silvia o Sandra”, se esfuerza el protagonista, “pero me suena más a Claudia. Claudia puede ser”. Enseguida queda claro que, para él —jean gastado, blazer escolar que “apenas le cerraba sobre una remera desteñida con la leyenda Say no more”—, esa mujer y esa noche vienen siendo lo mismo que otras noches y otras mujeres, una serie de encuentros de los que se decepciona más pronto que tarde y que él mismo se apura a desmantelar. Es la aparición de Laura —el primer amor de la adolescencia— lo que va a darle un rumbo concreto a los hechos, y a trastocar todos los vínculos de un personaje anclado en el pasado.

Más allá de la construcción impecable de la trama, que alterna entre la adolescencia de Rubinstein en tiempos de la última dictadura militar y el presente; y del pulso con el que la autora de El pez globo (Del dragón, 2009) va delineando los escenarios donde transcurre la acción —la Avenida de Mayo, los bares, la casa de antigüedades que la familia del protagonista conserva en San Telmo y en especial el Palacio Barolo, insólito domicilio de Rubintesin—, lo que atrapa en El tiempo ilusionado es la construcción y el tratamiento de los personajes, inconfundibles en su fisonomía, en su carácter, y, lo que es más valioso, en sus motivaciones más complejas: las tensiones con el padre; la marca indeleble que le imprimió la madre; las discusiones con Miriam, la ex mujer, y con Nico, el hijo adolescente; la relación con Osvaldo, mano derecha del abuelo de Rubinstein y puntal de Casiopea, el local de antigüedades, y las sesiones con Monte, el analista, a quien el protagonista sólo visita “para cumplir con un simulacro”, pero con el que va descubriendo la verdad de su propia historia.

Narrada en tercera persona, con un trabajo notable del punto de vista y una prosa directa, puesta al servicio de las acciones y las voces de los personajes, en El tiempo ilusionado prevalece algo que se respira de principio a fin, y es el modo en el que la autora instala una intriga —con reminiscencias del policial— de la que es imposible sustraerse: no mediante “una sucesión de sorpresas”, citando a John Gardner acerca de la narrativa de calidad, sino a través de “una sucesión cada vez más emocionante de descubrimientos, o de momentos de comprensión”.

Da la sensación de que Paula Prengler no concibió la novela desde una ambición desmedida, como sería el caso de haberse fijado, en primer lugar, la elaboración de un brillante alegato histórico, sino por un camino inverso y bastante más delimitado, a partir de una zona que va de Avenida de Mayo a San Telmo, y en ese espacio compuso un personaje entrañable, un marginal repleto de contradicciones, alguien que fue determinado por un episodio de su juventud, por el impacto que los acontecimientos de la historia argentina reciente tuvieron en su familia y en él, y que en el presente, sobre todo, podría definir su propio tiempo.

Un tiempo ilusionado, como si fuera la respuesta a una sustancia que sobrevuela cada escena, y que podría formularse con las palabras que la autora utilizó en la presentación de esta novela excepcional: “¿Quién deja afuera el amor, quién puede hacer esa operación?, ¿qué historia hay detrás de alguien que decididamente no quiere enamorarse?”.

El corazón sobre sus ruinas

Crónica de una Reforma que fue revolución, de Juan Cruz Taborda Varela.*

Por Luis Rodeiro
(Ediciones Recovecos, 2018)

Como ven este libro que me toca presentar se titula: El corazón sobre sus ruinas. Buen título, me dije, antes de comenzar el desafío de leerlo;  es decir, antes de navegar por sus páginas.  Buen título, que es –a su vez y siempre- un buen presagio. 

El desprevenido es posible que se pregunte ¿un libro de amor? Y sí, puede ser un libro de amor. ¿Un libro de pasiones? Y sí, puede ser mejor dicho, es un libro de pasiones.

El corazón alberga tantos temas: dolor, alegría, calor, color, esperanzas, luchas, amores, rechazos, fuerza espiritual…. Sí, pasiones. El corazón siempre tiene un latido para cada tema, para cada vivencia. ¿Qué latidos propios tendrá este libro? El corazón sobre sus ruinas. Título y presagio. Buen título, buen presagio.

Más abajo, con letra más pequeña se lee: Crónica de una reforma que fue revolución. Todas las palabras están escritas con mayúsculas: Crónica, Reforma, Revolución. Aparentemente, esas palabras claves, así escritas, quieren tener el mismo peso, el mismo valor ¿Lo tendrán en el libro? ¿Una reforma puede ser una revolución? En ese antes de navegar por sus páginas, la pregunta que surge espontánea: ¿podrá probar esta aseveración el autor? ¿Qué reforma? ¿Qué revolución? ¿Qué corazón? ¿Cuáles ruinas?

Doy vuelta las primeras páginas y me encuentro dos invocaciones poéticas. La de Aguirre, José Luis, que habla del algarrobito, que “da más vainas cuando el agua es más escasa”. Y la de Yupanqui, que habla de “algo más importante que dios y es que naides escupa sangre, pa que otro viva mejor”. Me digo, este corazón habla de lucha, de solidaridad, de poner el cuerpo. Reforma que es Revolución. ¿Por qué?

El autor dedica este libro a sus hijos y les dice que es un manual de instrucciones, poesía y fuego, para saber cómo rebelarse. Y agrega contundente: incluso contra vuestro propio padre. O sea, el corazón, habla de rebelión, incita a la rebelión, incluso contra los propios padres, cuando esos padres han aceptado el orden de lo perimido, de lo injusto.

Y allí aparece, en el momento oportuno el Juan Delfini, como decimos los cordobeses, un monstruo de ilustrador, que me presenta el corazón –que yo lo siento palpitar y que ustedes lo van a sentir-  con la forma del escudo de la Universitas Cordubensis Tucumane, encadenado con un rosario.

Un corazón que quiere liberarse, que puja por liberarse,  que se libera al menos momentáneamente y necesariamente asocio: Hombres de una república libre acabamos de romper la última cadena que en pleno siglo XX nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica. Hemos resuelto llamar a todas las cosas por el nombre que tienen. Córdoba se redime. Desde hoy contamos en el país una vergüenza menos y una libertad más. Los dolores que quedan son las libertades que faltan. Creemos no equivocarnos: las resonancias del corazón nos los advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana”. El histórico Manifiesto.

Todo claro, Juan Cruz, colega, amigo y quizá una de las palabras más sublime, compañero, escribe sobre la historia de una lucha, la  historia de una pasión, la historia de una rebelión. Nos presenta una crónica de las resonancias de un corazón que late juvenil, pero que es obrerista, que se nutre de una línea revolucionaria, que comienza allá lejos, en el Mayo original.  De la Reforma que fue Revolución. De la Reforma Universitaria de 1918. Inmensa empresa.

Me pongo por un momento en su lugar. Sin duda, los cien años son una tentación para escribir un texto que sea memoria y homenaje. Pero cuando nos asomamos al tema, nos encontramos miles y miles de páginas que hablan de aquel movimiento, en tono histórico, en búsquedas ideológicas, en evaluaciones comparativas, en testimonios anecdóticos, con rasgos de crítica y de autocrítica. Líneas y líneas de textos en libros, en ensayos, en tesis, en revistas. Acá y allá. Fronteras adentro y afuera superando toda frontera.

Juan Cruz Taborda lo sabía y lo escribe en el prólogo: “De la reforma universitaria se ha hablado mucho durante estos cien largos años”. En distintos tonos, en disímiles interpretaciones, en múltiples evaluaciones.

Un bosque tupido, espeso, que produce un temor. ¿Cómo escribir algo original? ¿Cómo transitar un camino propio? Tremenda duda, que Juan Cruz imagino,  habrá tenido y que resuelve, sí que resuelve con precisión y estilo elegante, basado en documentos, en información periodística del momento preciso en que suceden los hechos, que tienen una historia y que se prolongan el tiempo.

 

¿Qué hace? Como buen creador, sopla sobre esos documentos y sobre esas informaciones, y le da Vida, le da Movimiento, le otorga el dinamismo de las luchas, le descubre –revelándolo- la fuerza increíble de las convicciones y las decisiones políticas en juego. Crónica de los hechos, pero por sobre todo crónica de una pasión, que es la de los luchadores del 18, pero también su propia pasión.

Como ya lo había hecho en su exitosa aventura anterior –su texto sobre Gustavo Roca- a medida que avanza Juan Cruz va “enamorándose de sus personajes” y toma partido.

Seguramente ese tomar partido esté  -también- desde el comienzo de la historia de escribir el libro, pero tiene la virtud, la capacidad, para presentar esa toma de partido en un proceso continuo que va incrementando esa complicidad.

Nos hace sentir protagonista. Concurrimos a clases en la Universidad Popular creada por Arturo Orgaz; participamos de la formación de los centros estudiantiles; nos unimos en huelga: ganamos la calle; nos adentramos en el estilo oratorio de Deodoro Roca o de Saúl Taborda; no tenemos miedo, tomamos por asalto el Rectorado. Sí, usamos la violencia “como ejercicio de puras ideas”, dirían los revoltosos. De repente me encuentro con el cuadro de un obispo retardatario y lo arrojo a la calle. Sí, estamos allí. Es el aporte de Juan Cruz.

Reforma: gobierno tripartito, autonomía, libertad de cátedra. Revolución: una emancipación histórica política, dice Diego Tatián, romper con la antigua dominación “monástica y monárquica”, a la vez que borrar para siempre el recuerdo de los contrarrevolucionarios de mayo.

Una liberación –dice- del lenguaje que parecía por siglos postergada. Las cosas por su nombre en la universidad claustro: mediocridad, ignorancia, insensibilidad, burocracia, rutina, sumisión, enumera Tatián, con base en el Manifiesto. Y las nuevas palabras que surgen como contrapartida en un corazón palpitante: fuerzas espirituales, vida, amor, democracia, reforma social, revolución cultural. Revolución de las conciencias. Todas esas palabras están en la crónica de Juan Cruz, encarnadas en personas vivas, de las que nos sentimos compañeros, a pesar de los 100 años.

¿Qué queda, después de transitar la travesía que nos propone Juan Cruz? El libro nos ha removido todo. Ahora, nos quedan satisfacciones, aseveraciones, preguntas, huellas profundas por donde transitar.

En primer lugar, la fuerza de la juventud, la inmensidad del compromiso, el espíritu jacobino de la rebelión, la actitud de llevarse el mundo por delante. Como todo tembladeral en que participan los jóvenes. Sin cálculos. No es un paseo. Lo relata Juan, “la Reforma dejó decenas de enfrentamientos callejeros, cientos de detenidos, brutales represiones policiales, heridos de bala y al líder estudiantil más destacado al borde de la muerte por el ataque de dos jóvenes que llevaban una cruz en la mano derecha y rebenque y cachiporra en la izquierda. La Reforma fue la disputa explícita de dos Córdobas. Esa historia es la que cuenta El Corazón sobre sus ruinas.””

Es increíble pero en el mayo francés del 68, tan loco, tan iconoclasta, tan creativo, uno encuentra huellas que ocurrieron en 1918, hace 100 años, acá, en las calles de Córdoba.

El sello de los fuegos juveniles. La mística de lo subversivo, cuando participa la juventud, cuando aparece la necesidad de rebelarse contra un orden perimido. Pura entrega. Cuando es sacudida por la historia, empujada por acontecimientos como la revolución mexicana, por la dimensión original de la revolución rusa. Cuando harta de toda hartura, se revela contra un orden conservador elitista, oligárquico, fraudulento. Cuando se juega y se abre a la causa de los trabajadores contra la explotación, cuando denuncia el imperialismo, cuando se declara americanista y, así,  la reforma propiamente universitaria es sólo un capítulo de un grito de liberación.

Es como la vio el peruano Haya de la Torre a la reforma, pero no la reforma estancada en un simple entredicho de profesores y estudiantes, como la rescatan los que quieren despojarla de su sentido verdadero.  Ese fuego arde, en el texto de Juan Cruz. Su libro es un antídoto contra los que pretenden –como dice Tatián- congelarla en un mero hecho pedagógico.

Es cierto, aquella lucha fue contra un adversario poderoso: los jóvenes –decía el gran Deodoro- se levantaban contra la Universidad, contra la Iglesia, contra la familia, contra la propiedad y contra el Estado.

La lucha por cierto es desigual. Hay quienes piensan que las revoluciones generacionales, como dice Lacolla hablando del mayo francés, parecen agotarse no bien sus protagonistas llegan a la adultez. Suele pasar.

Saúl Taborda, hacia los años 30, se siente frustrado por las derivas de la Reforma, “siente que en el extravío y la vacilación del pulso rebelde en el mayor número de los reformistas, hizo que la gesta se cosificara en la rigidez de la norma legal, la mera cuestión reglamentaria y en un remiendo de los planes de estudio, centrados en un craso profesionalismo utilitario, divorciado de la totalidad del proceso de formación de la personalidad. Por eso, piensa y lo escribe en 1936, es que todo está hoy como era antes.

“Vamos perdiendo el fresco optimismo”, confiesa, aunque impertérrito, sigue en la lucha.

Rescata el movimiento como expresión juvenil de una insurrección contra el orden. Rescata el acercamiento entre los estudiantes y los obreros, en el 18, pero piensa con desazón que mientras ese acercamiento se acentúa en el Tiempo del Estudiante, no se prolonga siempre en el Tiempo del Profesional.

Una Reforma que fue revolución, no cabe duda, pero fugaz en el tiempo histórico ¿Cómo toda rebelión puramente juvenil? El mayo francés también fue una revolución de ideas. No cabe duda. Alguien recordó que los estudiantes, no los proletarios, ganaron las calles y pusieron en jaque el poder. Era una lucha contra la asfixia del sistema capitalista. Una revolución cultural que ponía en cuestión sus valores y sus mitos. Y es lo que queda de 1918 y de 1968. Este libro rescata, precisamente, lo que debe perdurar.

María Teresa Andrueto, en el prólogo del libro Contra Córdoba de Tatián, dice algo que bien vale para este libro que ahora comentamos: habla de la celebración de una fuerza que cada tanto brota en su vocación de ruptura ante lo que permanece clausurado o dormido… un país en el que las luchas sociales y el deseo de inclusión cada tanto revienta los diques ganados por la desidia, el desconocimiento o el adormecimiento. Explosiones y experiencias que a veces son relámpagos y otras veces logran sostenerse un tiempo y una vez desplazadas, reprimidas o asfixiadas, duermen en los corazones de las nuevas generaciones, como duerme el sueño de los olvidados… hasta que esa misma fuerza –como otras veces, como siempre- se despierta y nos despierta.

Creo, que al manual de instrucciones que escribió Juan Cruz, para saber cómo rebelarse, le faltaría un epílogo. Se me ocurren las palabras para Julia que escribe Goytisolo: Nunca te entregues / Ni te apartes / junto al camino digas / No puedo más / y aquí me quedo / Entonces siempre acuérdate / de lo que un día escribí / pensando en ti / pensando en ti”. Siempre acuérdense de la Reforma de 1918 y de los reformistas consecuentes, de las ideas y de las pasiones, de los que escribió para ustedes. Acuérdense de la conclusión del Gran Deodoro, tiempo después, la Reforma Universitaria no será posible sin una Revolución social, en paz, en unión con los trabajadores y en la calle.

Gracias, Juan Cruz, por este libro indispensable.

 

*texto leído en la presentación del libro en   en el Auditorio de la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano, Córdoba, 27/6.

Cómo narrar el naufragio

Sobre Noche cerrada, mar abierto, de Juan Bautista Duizeide

(editorial Leteo, 2018).
Por Cecilia Ferreiroa.

Sarmiento escribió su Argirópolis cuando vio que la caída de Rosas era una posibilidad cierta. En ese libro planteó, con toda la esperanza puesta en el futuro del país, su proyecto de constituir una flota para la navegación de los ríos internos, buscando facilitar la distribución de la producción, imaginada a lo grande. Perón hizo crecer una flota mercante marina –creada en 1941– que llegó a establecer una circulación fluida de las mercancías por el país y por el mundo.  

Entre esos proyectos y 2018, año en que la editorial Leteo publica Noche cerrada, mar abierto de Juan Bautista Duizeide, pasaron mucho tiempo y muchas cosas, de las que el libro se ocupa de manera fragmentaria a lo largo de los cuentos, que se desarrollan en diferentes épocas y lugares. La flota mercante argentina fue destruida por distintos gobiernos y en la actualidad es una sombra de lo que fue. Si bien Argirópolis fue pensada como proyecto o plan de gobierno y no como literatura, las condiciones de escritura implicaban el imaginario de tener el futuro abierto y la esperanza de construir el país como se lo pensaba. Más allá de si eso luego se llevó a cabo, estaba esa convicción. Las condiciones de escritura de Noche cerrada, mar abierto no son las mismas. El libro de Duizeide da cuenta de la decadencia de esos proyectos y del país, del peso de haber perdido lo que una vez se pensó o lo que una vez existió. No hay mirada al futuro sino al presente y al pasado. Una mirada espantada. Y, en tanto literatura, busca establecer cierta problematización de una tradición literaria, junto con una situación social, y poner el foco sobre las subjetividades que resultan de esa determinada situación.

Noche cerrada, mar abierto mantiene un tono melancólico. Los personajes están muchas veces en su vejez. Ellos han vivido mucho, han sido hombres de mar toda la vida, y son testigos del deterioro del país, expresado en el declive de su flota mercante, en la violencia de los vínculos, en las condiciones actuales de navegación. Les queda recordar lo que hubo, lo que alguna vez vivieron, y ver lo que ya no está. En “Brindis” aparece la flota mercante que existía durante el gobierno de Perón, en “Ricercare” el marino que vuelve a la ciudad en la que nació, luego de muchos años, ya no encuentra el movimiento de barcos de comercio que había antes. Los signos de esa navegación que una vez existió se esfumaron, y lo que el personaje ve es ese vacío. El pasado queda como huella en aquellos que fueron testigos y protagonistas. No desaparece simplemente, queda su ausencia y su memoria.

La nostalgia que sienten los personajes no se limita al movimiento marino desaparecido, sino también a un pasado glorioso de la navegación que se perdió y, a su vez, a su propio pasado, su vida vivida que ya no está. Pero esta pérdida no lleva a idealizar las condiciones de trabajo en los barcos. No son mejores para los marineros que las que existen en otros ámbitos laborales. La vida en los barcos tampoco es mejor que en tierra firme. El dinero, la explotación y el autoritarismo dominan también ese mundo. “Y por dinero zarpan los barcos”, dice el capitán en “Ricercare”, “la plata en serio no la hacen los que navegan sino los dueños de los barcos” (“Brindis”). Y los capitanes son déspotas y autoritarios. El capitán Gonzaga es recordado siempre así. Esa continuidad entre el mundo de tierra firme y el del barco se ve muy clara en el relato “Odio los sábados”. Un cuento de un exmarino que tiene una pelea en un bar con un rugbier que muestra los signos de una sociedad autoritaria, que legitima los crímenes cometidos por la dictadura militar y pide más. Pero el mundo del barco tampoco está exento de autoritarismo. El exmarino añora sus tiempos de navegación con el capitán Gonzaga, que según él mismo dice, era el peor de todos los déspotas con los que navegó. A su vez, añora, como un quijote de mar, la época heroica y dorada de la navegación, que, en realidad, nunca vivió sino que leyó en los libros.

Los relatos clásicos de Melville o de Conrad están plagados de historias de mar y narran experiencias extremas en las que los hombres (el mundo de esos autores y el de Noche cerrada, mar abierto es casi exclusivamente de hombres) se ponen a prueba. No pasar esa prueba con el valor y la fuerza de espíritu necesaria tiene consecuencias desastrosas y determinantes en la subjetividad, como lo podemos ver en Lord Jim o en Moby Dick. A pesar de que en Noche cerrada, mar abierto hay muchas referencias a autores clásicos, los cuentos no se dedican a narrar experiencias extremas. Incluso cuando parece que lo hacen, resulta que lo que se cuenta va en otra dirección. En el cuento “En círculos” lo que al principio parece ser la historia de la lucha del hombre con la naturaleza y con sus propias fuerzas físicas para salvar la vida luego de un naufragio, se revela como la rebeldía de los marineros ante las autoridades que incendiaron el barco para cobrar el seguro, y provocaron un accidente fatal.

Con el capitán Gonzaga sucede algo similar. Es un personaje que aparece a lo largo de todo el libro. Los marineros lo mencionan como un déspota autoritario y a su vez como alguien especial: haber navegado con él no es un asunto insignificante ni algo que se olvida fácilmente. Pero las veces que se narra su accionar, Gonzaga no parece tan malo como se lo describe, incluso en “Volver” su aparición llega a ser mínima. Ni lo vemos heroico, ni déspota, ni grandioso: un hombre de mar, que pasó toda su vida en los barcos. En el último cuento Gonzaga aparece en su declinación física, retirado, viejo, con olor a orín. Y narra su experiencia de mar, o más bien dice que le narra a otros, pero no podemos escuchar su narración: no es para nosotros, los lectores del libro. Apenas nos hace una mención o un listado de las cosas que cuenta, muchas de ellas, impresiones, imágenes -como una especie de poema inserto en el relato-, que no llevan a transmitir su experiencia; al tiempo que reflexiona sobre si es posible hacerlo.

Noche cerrada, mar abierto plantea una aparente paradoja: es un libro enteramente sobre hombres de mar, pero casi no se narran experiencias de mar. Y esto es algo consciente.

El libro tiene dos líneas importantes relacionadas con esta decisión. Una de ellas se inserta en la tradición literaria que reflexiona sobre la posibilidad –o imposibilidad– de narrar experiencias vividas. No sólo el capitán Gonzaga plantea la imposibilidad de transmitir sus experiencias, sino también el capitán de “Liberty Ship”: “¿Cómo poner en palabras todo aquello que resulta salvajemente refractario a volverse palabras?”. Desde esta perspectiva la experiencia vivida en los barcos, múltiple e indefinida, modifica a los sujetos pero resulta intransmisible y conduce a desistir del intento. Se hacen menciones, como imágenes yuxtapuestas de lo vivido en el mar, que no están presentadas de manera narrativa. Y la otra línea va en la dirección de plantear una crítica de la literatura clásica de tema marino. Esa literatura ya no es posible, parece decirnos Duizeide, porque ese mundo –esa manera de navegar– ya no está. Las condiciones actuales de la navegación no dan lugar para grandes experiencias heroicas: “En un mundo ya completamente cartografiado, amojonado y reglamentado, [Gonzaga] era una especie de camionero de los mares” (“Liberty Ship”). Y en esta línea podemos pensar que el libro a la vez que critica la literatura de mar clásica intenta postular la literatura marina que para el autor tiene sentido en los tiempos presentes. Así, los relatos están dedicados a contar episodios de la vida de los marineros o exmarineros, muchas veces fuera de los barcos. La reflexión sobre la existencia de los hombres de mar es el interés general del libro: interrogarse sobre el sentido de esas vidas, lo que significa el mar para esos hombres, las razones para navegar y el desarraigo, las condiciones de trabajo en los barcos, la conflictiva relación con tierra firme, la soledad, lo perdido.

Y dentro de esta misma línea, el libro pone el acento también en mostrar la razón comercial del movimiento marino en “esta época de contadores, gerentes de relaciones públicas y expertos en marketing”. En “Ricercare” el barco se queda esperando el amanecer para atracar en el puerto y no pagar más caro a los prácticos, en “Distancias” el capitán describe las tareas aburridas y burocráticas que deben hacerse cuando un barco mercante llega a puerto. Si bien algún personaje puede añorar la navegación llena de heroísmo (conocida a través de la literatura), está claro que se está en un tiempo de decadencia.

“Brindis” ofrece una manera de expresar el sentido general del libro, cuando los marineros brindan “por todo lo que habían creído invencible y naufragó con el tiempo”. Noche cerrada, mar abierto despliega todos esos naufragios: el naufragio de la vida de esos marineros, de la época dorada de la navegación, de la posibilidad de transmitir la experiencia vivida en el mar, del interés en construir o mantener una flota mercante del país, de la posibilidad de la literatura de tema marino tal como se la conocía. Son significativas las ilustraciones de Fabiana Di Luca que acompañan el libro. De manera borrosa, casi fantasmal, aparecen barcos, cielos tormentosos que apenas podemos distinguir pero que percibimos amenazantes e imponentes. Imágenes sugestivas, como huellas de lo perdido, de lo inasible.

La convención: entre el ascenso y el abismo

Sobre La convención, de Débora Mundani

(Corregidor, 2018)
Por Laura Pérez Gras

Desde Roberto Arlt y Roberto Mariani encuentro pocos escritores argentinos que se asomaron al mundo del trabajo corporativo desde la ficción. Ya comenzado el siglo XXI, Aníbal Jarkowski, en El trabajo (2007), Guillermo Saccomanno, en El oficinista (2010), y Máximo Chehin, en La vida interesante (2014), son algunos de ellos. Debora Mundani es, ciertamente, un caso de excepción si profundizamos esta búsqueda entre las autoras de género feminino. Por lo tanto, La Convención, su tercera y reciente novela, nos interpela, al menos, en dos sentidos: por un lado, nos coloca de bruces frente al insolente mundo del capitalismo tardío y sus juegos salvajes; por el otro, nos habla de ese mundo desde el punto de vista de una mujer, aunque el narrador sea omnisciente, porque la focalización está construida a partir de las experiencias de su protagonista, Emma Dorá.  

El grupo de personas que conforman el banco donde transcurre la novela está organizado en relaciones jerárquicas que se parecen a las de una gigante cadena alimenticia en una jungla de cemento, boxes y oficinas, regida por la misma ley de la selva: la de la supervivencia del más fuerte. Allí no hay espacio para la sensibilidad de una estudiante de Filosofía como Emma, ni para el pensamiento propio, libre de ataduras. Nada parece ser más peligroso que estar ahí y no pertenecer ni demostrar obediencia. El intruso es visto como una amenaza. Y tiene dos opciones: someterse o salir.

En esta carrera hacia el éxito económico institucional e individual, son varias las máscaras que los personajes necesitan ir incorprando para poder resisitir la crueldad de esa lucha por ascender sin desmoronarse. Esas máscaras están representadas en la novela a través de la descripción de la vestimenta que cada uno de ellos lleva, los accesorios, las poses, los gestos, los tonos de voz. Cuanto más máscaras y más efectivas son las que los personajes portan, más temible es el monstruo que ocultan. Temible, porque puede revelarse vulnerable, o salirse de control.

Las mujeres del banco, en sus distintos cargos, parecen tener que usar máscaras en función de las reglas de juego de ese espacio regido por hombres. Desde la Presidenta del Banco, que ha adoptado un estilo masculino de conducción, hasta las secretarias que deben “complacer” a sus jefes para conservar sus puestos, todo está sostenido por la pirámide del falo. Tanto es así que el sexo, quién penetra a quién, también define y jerarquiza las relaciones dentro de la cadena de supervivencia. Por ende, Emma decide irse, para no perderse en esa jungla, para poder elegir.

En este sentido, la novela presenta un cierto perspectivismo nietzscheano: las bestias rubias no miden las consecuencias de sus actos y, conducidas por el deseo, arrastran con ellas a los hombres y mujeres débiles, que no logran agruparse para protegerse, debido a sus propias limitaciones y miserias. Emma Dorá es una mujer por encima de la media, una “súper-mujer”, que no renuncia a la construcción de un pensamiento y de valores propios. Por eso debe irse, antes de ser arrasada también.

Por último, los fragmentos de prosa poética en que aparece un hombre al borde de un acantilado, apenas retenido por la rama de un árbol –como si su vida pendiera literalmente de un hilo–, se intercalan y repiten a lo largo de la novela en el intento de construir un alegato: la carrera ciega de este hombre, tanto como corredor de alta montaña como director del banco, no puede encontrar otro destino que el precipicio. En consecuencia, el leitmotiv del hombre que pende de una rama pasa de la metáfora al espanto en el transcurso de una noche. La luz de la mañana descubre para él una claridad profundamente insoportable.

Reforma y revolución

El derecho a la Universidad: del Manifiesto Liminar al kirchnerismo

Sobre 18. Huellas de la Reforma Universitaria de Eduardo Rinesi (Ediciones UNGS, 2018).
Por Darío Capelli

Lo primero a destacar de 18. Huellas de la Reforma Universitaria es su performatividad ya que, como podemos observar en su mismo soporte (tapa, contratapa y solapas) o leer en los agradecimientos escritos por el propio autor, 18… es bastante más que un mero libro de un pensador argentino contemporáneo. Su autor, Eduardo Rinesi, además de eso -un pensador, digo- es un funcionario universitario que ha asumido distintos roles en diversas instituciones sin dejar ninguna de sus convicciones políticas en las puertas de algún rectorado ni sacrificar sus compromisos militantes en el altar del pragmatismo. 

 

Como politólogo -incluso como politólogo que no ve con malos ojos el aparato de ideas y la forma en que se condujo la transición democrática en la Argentina-; como polítólogo, entonces -o a pesar de serlo-, Eduardo Rinesi ha ido mucho mas allá de todo posibilismo cada vez que ejerció funciones: desde la gestión universitaria corrió siempre el límite de lo aceptable y, junto a un cuerpo comunitario del que supo hacerse acompañar, puso en pie no sólo una “casa de altos estudios” (como, con tierna ridiculez, se suelen autodesignar las universidades) sino sobre todo una universidad popular entre cuyas tareas la de enseñar contenidos es una más entre otras, pues la Universidad Nacional de General Sarmiento es, por cierto, una usina de conocimientos académicos que además (o principalmente) tiene su canal de TV, su radio, su sistema de publicaciones, su editorial, su centro cultural, sus museos. En ese sentido, decía que el autor de 18… es bastante más que un pensador que nos convida sus reflexiones y que el libro -este libro- no es meramente un texto bien editado que expresa esas reflexiones sino un producto salido de la intensa vida cultural que Rinesi, desde sus diferentes cargos, supo imprimirle a la UNGS.

Para quienes gusten de la crítica genética (según mi opinión no demasiado fundada, una disciplina insulsa más parecida a la paleografía que a la teoría literaria) quizás sea un dato interesante que en el origen de 18… haya un artículo para la revista “El Ojo Mocho” -revista que también nuestro autor fundó hace más de 25 años junto a Horacio González y de la cual sigue participando como colaborador habitual-. Tratándose de “El Ojo Mocho” (o por lo menos de la etapa actual de “El Ojo Mocho”), el libro terminó saliendo antes que la revista y no tanto por una cuestión de recursos sino quizás porque los tiempos de una publicación periódica están más atados a la coyuntura; y porque, paradójicamente, esta actualidad que no da respiros inhibe por momentos la creatividad o eleva el riesgo del articulista que no termina de escribir un párrafo y ve cómo sus ideas son

arrasadas por los nuevos acaeceres. Pero no importa ahora hablar de “El Ojo Mocho” más que para señalar que forma parte de otra de las travesuras (como suele referirse él al activismo intelectual) que Rinesi alentó a lo largo de su vida. Lo que sí importa es que este texto, que en principio fue artículo, se transformó luego en columnas radiales ¿de qué radio? de la radio de la propia Universidad y que luego, ya engordado, terminó siendo un libro que sale publicado ¿por cuál editorial? por Ediciones UNGS.

Entonces, a esto quería referirme en principio cuando aludimos a la performatividad: al libro como artefacto, como digno producto de una institución cultural fundamental y notable del noroeste del conurbano bonaerense pese a las infamias de la gobernadora Vidal.

Ahora sí, yendo al contenido del libro, que en todo caso es una modulación conceptual de lo que el propio libro es ya de por sí: no recuerdo haber escrito tanto los margenes de un texto como en este caso. Creo que eso se debe a un par de razones. La primera de ellas es que 18… es un “gran librito”. Intencionalmente digo “gran librito” porque, en efecto y aunque parezca paradojal, 18… es, en cierto sentido más o menos literal y evidente, un libro pequeño pero que a la vez -y éste es el otro sentido-, en las páginas apretadas de sus cortos 18 capítulos están planteados de manera sumamente sugerente y sugerentemente sumaria los temas más importantes que nos corresponde tomar, abordar, interpretar, construir, si queremos munirnos de un adecuado marco de comprensión acerca de lo que somos como pueblo (palabra que aparece en reiteradas ocasiones) pero como “pueblo” en tanto que sujeto de derechos a lo que hasta aquí sólo habían sido privilegios para las élites. La educación superior universitaria, con toda evidencia, es una de esas experiencias de la vida social argentina y latinoamericana que hasta el ciclo de los gobiernos populares de nuestra región y de manera muy marcada en la Argentina, pasa de ser un privilegio de las minorías a ser un derecho para todos y para todas. Desde ya que el acontecimiento que logrará abrir la puerta para esta discusión -aunque no haya resuleto la cuestión- sobre el derecho del pueblo a la universidad es el de la Reforma del 18. Y su texto insignia -el Manifiesto Liminar- da buena cuenta de hasta dónde pudieron/estuvieron en condiciones de avanzar en este aspecto el movimiento de los estudiantes cordobeses. Vamos a volver sobre esto y fundamentalmente sobre las estaciones intermedias que propone Eduardo entre la Reforma del 18 y el ciclo de gobiernos populares de principios del SXXI en América Latina. Decíamos entonces que 18… proporciona un marco de comprensión. Pero no tan sólo: 18… -además de sugerir un marco de comprensión de nuestra actualidad política (para el politólogo Rinesi la política poco o nada tiene que ver con las roscas superestructurales, o como suele decir la ciencia política con el dedo índice sobre la sien: el

sistema de partidos y las instituciones que ordenan el tumulto social; para el politólogo Rinesi, decimos entonces, la política es -insistimos- la vida organizada de un pueblo que busca acrecentar sus grados de libertad y confirmar sus niveles de igualdad)-; 18… además de sugerir un marco de comprensión de nuestra actualidad política -estábamos en eso- es un arma retórica pues Rinesi (ilustrado al fin) cree en la potencia de las palabras para intervenir en la escena pública con afán transformador, sólo que para que eso suceda deberemos poner a esas mismas palabras que pretendemos usar de ariete, en estado de discusión interna hasta hacerlas estallar en sentidos que hasta ahora no habíamos tenido en cuenta o sólo lo habíamos hecho de modo muy tangencial o subordinándolas -a las palabras, nos referimos- a sus significados de diccionario, con cierta delectación filológica pero casi sin vocación política. 18… es, y es lo que me gustaría decir, un escrito político: no sólo para entender tal o cual cosa (en este caso, los ecos/huellas/reverberaciones de la Reforma Universitaria en una serie de acontecimientos o incluso prácticas políticas posteriores con las que la Reforma no parecía trazar líneas posibles, y que sin embargo Rinesi demuestra de qué manera las prefigura: desde Fidel Castro hablando en las escalinatas de la Facultad de Derecho de la UBA en el 2003 durante su visita a propósito de la asunción presidencial de Néstor Kirchner hasta la foto que acompaña un texto de Habermas en la que Marcuse discute con un estudiante parisino del 68 en una escena de proxémica perfectamente horizontal); retomamos: no sólo para entender el significado de estos hechos que consuman lo que la Reforma prefigura es que leemos 18…, sino que además lo hacemos para -como lectores- salir de la experiencia de su lectura con más conciencia de lo que de ahora en adelante ya nos pertenece para siempre (el derecho a la universidad) y nos compromete para siempre (la obligación que tenemos, en tanto que profesores universitarios, de garantizarle al pueblo ese derecho que desde ahora le asiste). Por esto último es que decimos que 18… es un texto político: no sólo ayuda a comprender sino que además interviene. No lo hace ni se espera que lo haga, viniendo de un pensamiento tan potente pero a la vez tan delicado como el de Eduardo Rinesi, en el estilo panfletario. Interviene mediante ciertas insinuaciones. Sobre todo, como decíamos antes, mediante la insinuación principal de que las palabras del Manifiesto Liminar, que cierta tradición leyó hasta hoy en un sentido determinado, pues bien, es posible que también puedan querer significar otra cosa.

Ésta es la otra razón por la que los márgenes del libro han sido tan garabateados: es necesario reponer cuál es, cuáles son esos otros sentidos de las palabras que Rinesi sugiere para las del Manifiesto Liminar. Verbigracia: a qué se refieren los reformistas cuando hablan de “libertad”, de “república libre”, de “autonomía”.

Pero no queda ahí la cosa. Todo nos hace suponer que, en un rulo de su propio método, las palabras del propio Rinesi tienen un segundo sentido al que literalmente expresan. Por eso creo que cada uno de los capítulos de 18… hablan de lo que dicen hablar pero que además a todos ellos los subyace un segundo tema que es posible entresacar del sentido más inmediato del texto -en un ejercicio de lectura hermenéutica al que Rinesi nos viene acostumbrando en todos sus libros anteriores: por ejemplo, cuando nos habla de lo que posiblemente haya querido decir Shakespeare en el contexto de su época al poner en boca de Hamlet tal palabra que tanto puede querer significar una cosa como otra a lo que sus espectadores históricos vincularían con destreza-. Rinesi, entonces, es para nosotros -sus lectores- un poco el Hamlet interepretado por el propio Rinesi y somos nosotros -sus lectores- ahora los Rinesis que debemos interpretarlo a él y para ello nos permitimos entresacar del contenido semántico de su texto, otros posibles significados -o segundos temas- que no necesariamente están explicitados pero que bien podemos detectar y ponernos a discutir; no con jactancia de mero discutidor sino con la urgencia del militante que no acepta ni debería estar dispuesto a dejar que suceda una nueva vulneración de derechos conquistados.

Varios capítulos de 18…, por ejemplo, están dedicados a la perspectiva latinoamericanista (como punto de vista pero también como proyecto) del movimiento reformista. Algunos de esos capítulos son: “Escalinatas” -a partir del ya referido discurso de Fidel Castro en la facultad de Derecho de la UBA-, “Tensiones” (tales las que hay entre las tradiciones liberal-democrática y nacional-popular, como dos proyectos posibles herederos de la Reforma y que muchas veces se reportan como impugnándose mutuamente pero que en sordina establecen diálogos a los que deberíamos ser capaces de o aprender a escuchar) y “Las Villas” (en referencia al discurso del Che en la Universidad Central de Las Villas en ocasión de recibir el doctorado honoris causa). Como dijimos, el tema más evidente de estos capítulos es el la perspectiva y proyecto latinoamericanista de la Reforma; no obstante, el tema subyacente es el de los vínculos entre izquierdas y peronismo o, para decirlo de un modo más directo, el del kirchnerismo como síntesis entre esas dos tendencias que por momentos construye un pueblo-objeto y por momentos aloja, si no directamente expresa, un pueblo-sujeto. En otros capítulos, el tema será el de las reverberaciones de la reforma en el mayo francés. Los motivos por los que se entra al tema son de una gran delicadeza. Como ya apuntamos: una foto de Marcuse, otra -más conocida- de los reformistas en el techo de la Universidad Nacional de Córdoba, un texto de Habermas del ´68 en el que el autor de la Teoría de la acción comunicativa retoma de algún modo El Conflicto de las Facultades de Kant (vía por la que Rinesi introduce la discusión sobre la autonomía). Pero en otro nivel de lectura, en ese nivel que decimos que es posible entresacar del más literal, hay una discusión sobre las dos grandes figuras en torno a las cuales se organiza un orden social y que son la base de un escrito que sabemos que Rinesi tiene como uno de sus horizontes de discusión (Metáforas de la Política de Emilio de Ípola es el libro). Nos referimos a las figuras de de la Revolución y el Orden. Y aquí de nuevo, y ya para terminar y engarzar el tema profundo de esta segunda tirada de capítulos con el de los capítulos finales de 18…, cuyo definitivo tema es el del derecho a la Universidad: si el kirchnerismo es el movimiento ideológico capaz de sintetizar, sin perder la perspectiva regional, las tradiciones nacional-popular, de izquierda nacional y aun la liberal-democrática, también ha sido capaz de constituir un orden (o de empezar a hacerlo sin llegar a terminar de consumarlo, interrumpido como fue por la emergencia de las derechas a nivel nacional y continental) que transformó ciertas prerrogativas de las que hasta entonces muy pocos podían gozar -en el caso específico del libro, se trata de la educación superior universitaria- en derechos de alcance universal. Y eso, por poco que pueda parecer, no logra hacerse sin un impulso revolucionario.

Los rastros del despojo

Sobre Matrimonio à la mode y otros cuentos, de Katherine Mansfield

(Editorial Mil Botellas)
Por Pablo Puel

“¡Ah, Chejov!! ¿Por qué moriste? ¿Por qué no te puedo hablar en una habitación grande, medio a oscuras, al atardecer, cuando los árboles que se balancean allí fuera tiñen la luz de verde? Me gustaría escribir una serie de Mis paraísos; este sería uno de ellos”, escribió Katherine Mansfield en su Diario

Como tantos otros grandes escritores, pertenecía a una tradición y no renegaba de ello. Sobre esa tradición caminó, transformando a su vez el camino a cada paso. Matrimonio à la mode y otros cuentos, publicado por la editorial platense Mil Botellas, es un rastro indeleble de ese andar. Reúne textos de La fiesta en el jardín (1922), El nido de la paloma (1923), y Algo infantil y otros cuentos (1924). La necesaria y cuidada traducción, a cargo de la argentina Mariángel Mauri, respeta y expone las características particulares del estilo de Mansfield: economía, austeridad, contención, despojo. Hace más palpable una contemporaneidad que le es propia, intrínseca, pero que la mano añeja de algunos traductores supo disimular. La frase breve como latigazo (lugar destacado para el punto y coma); los diálogos dinámicos (de ida y vuelta), intensos, precisos; los finales justos, libres de ornamentos, libres de artificios, o al menos, de la apariencia de artificiosidad, como si el final cayera desnudo y en esa especie de desamparo encontrara paradójicamente su máxima potencia.

Estas características comunes se encarnan en personajes y circunstancias que sería forzado unificar. Hay, por ejemplo, un bloque de cuentos en el que la autora enfrenta a sus personajes a una situación particular de no retorno. Dos se destacan especialmente. En “Matrimonio à la mode”, cuento que le da título al libro, un grupo de artistas, bohemios, ociosos, frívolos, afectados hasta lo paródico, crueles, que recuerdan, tal vez, a ciertos personajes de Scott Fitzgerald, interceden entre un hombre y la mujer que él quisiera que ella volviera a ser. Mansfield traza, con humor e ironía,  una implacable crítica de la banalidad, sin dejar  de reconocerle su atractivo, su fuerza centrípeta, hacia la que la mujer se dejará llevar, irreversiblemente. En “El desconocido”, será el fantasma de un hombre “muy joven”, recientemente muerto en brazos de la protagonista, el que se interponga entre ella y su marido. “Los muertos” de Joyce, cuento publicado unos años antes, aparecerá en la cabeza del lector. Dos mujeres, dos puntos de inflexión contrastantes (lo superficial, en el primer caso, lo auténtico por antonomasia, en el segundo), dos modos de lo irreparable. Varias décadas después, Carver radicalizará esta propuesta, utilizándola como columna vertebral de algunos de sus cuentos, a través del desarrollo de una ilusión de retorno. Lo que se consigue, ante la inevitable caída de esa ilusión, es la doblemente certera, y en algunos casos devastadora, conciencia de una imposibilidad.

Se podría hablar también de la ausencia y los modos de asumirla o de huirle, o de lo engañoso e inestable de las percepciones, o de los prejuicios y la marginalidad,  pero siguiendo las conexiones con la cuentística posterior, será mejor hacer pie en “Un viaje imprudente”. Ahí Mansfield trabaja, como en algunos cuentos de su primer libro, una primera persona que no está apresada en la mera funcionalidad a una trama preconcebida, sino que ésta (que por momentos puede dar la idea, falsa, de no estar, de no existir) se va definiendo en el despliegue de una subjetividad. El orden jerárquico de factores no es superfluo ni casual. Es una marca que podríamos pensar como antecedente de autores de la talla de Lucia Berlín, entre otros; una mirada, que nunca es una tabula rasa, arrojada, si se permite el término existencialista, a un devenir, lo cual, de alguna manera, sería un modo de mirarse a sí mismo.

Lo mejor de la tradición realista se expresa en estos once cuentos de Katherine Mansfield, donde no hay espejos que reflejan, sino una percepción que se dispara hacia el encuentro de las formas, para volver y atravesar las cáscaras y llegar así extrañado al núcleo de lo percibido.

 

 

 

La definición por los opuestos

Sobre Señora Planta, de Cecilia Ferreiroa

(Blatt y Ríos, 2016)
Por Fernando Berton

 

La lectura de los cuentos que integran Señora Planta nos lleva a mirar más de cerca el modo en que nos relacionamos con las personas: amigos, parejas, familiares, conocidos y hasta con desconocidos.

Con sus matices, estos cuentos nos llevan a interrogarnos acerca del modo en que nos definimos como personas. ¿Nos identificamos con el otro? ¿O, mejor, nos definimos por oposición? En una primera lectura, estamos tentados a pensar que los personajes se definen más por oposición que por asimilación a las características de las/los protagonistas del libro.

En cuanto a la escritura, diremos que salvo tres de los diez cuentos que forman el volumen (“Señora Planta”, “Las novias de Diego” y “El visitante”) todos los relatos están contados en primera del singular, con una narradora femenina, que no se identifica con un nombre. El fraseo es corto: predomina el uso del punto seguido para separar las oraciones. Y la sintaxis es tradicional, no llama la atención sobre sí. Es decir, entendemos que Ferreiroa nos plantea que las preguntas están en otro lado en sus cuentos y no tanto en la escritura misma. Que, de cualquier modo, cumple la función de facilitar la intriga del lector para determinar qué es lo que está pasando en cada historia.

Por otra parte, en los cuentos “La vuelta mala”, “Señora Planta” y “Lluvia” el agua es determinante. Para bien o para mal, en esas historias los personajes se verán inmersos en luchar contra la corriente, que en diversas formas los pondrán de frente a sus temores, sus sueños, sus fracasos.

De regreso a lo que decíamos al comienzo, la mayor parte de los cuentos se plantea desde el modo en que sus protagonistas se ven en relación a los co protagonistas. En efecto, salvo en los que no están contados en primera persona, en todos los otros el contraste, la tensión entre las amigas, la oposición entre unas y otras va perfilando las historias.

Valeria y yo íbamos y veníamos por el parque. Nos lastimábamos todo el tiempo, nos embarrábamos. Mirábamos el río correr y llevarse cosas. Observábamos bichos y pájaros. Ella tenía un libro de pájaros que a mí me encantaba. Tenía las imágenes y algunos rasgos de su comportamiento. Jugábamos a identificarlos y competíamos a ver quién lo hacía primero. Muchas veces yo decía cualquier nombre, con tal de decir algo. Valeria, en cambio, siempre decía el nombre correcto. (“La vuelta mala”, págs.. 15-16)

En este párrafo podemos ver cómo se dan los temas mencionados: frases cortas, tensión entre las amigas, comparación por los opuestos.

También es posible ver este tema de los opuestos en el cuento “Talle 12”, donde la narradora protagonista se cruza con una desconocida en un micro, que le va contando la relación tensa con su hija adolescente:

Terminamos cansándonos una de la otra. Lo espantoso era cómo me hacía verme a mi misma, con todas mis imposibilidades, que eran también las de ella”. (“Talle 12”, pág. 31)

Esta tensión, en este caso aportada por una desconocida, se va a mantener a lo largo de todo el libro –con excepción del cuento que da nombre al volumen- y va a desembocar en “El visitante”, único cuento con un protagonista masculino y que ronda el trhiller psicológico.

En síntesis, Señora Planta es un conjunto de cuentos que explora cómo se definen los personajes: como hemos dicho, los cuentos narrados en primera persona por mujeres que no tienen nombre, a diferencia de los que están en tercera; de qué manera entienden –o intentan entender- las relaciones que mantienen, cómo se comportan frente a las calamidades. Y casi siempre nos queda la duda de cómo lo consiguen.

A nuestro juicio, hay una apuesta a la madurez de las relaciones, como este posible diálogo entre “El visitante” :

Ese hombre en su baño ya no le resultaba ajeno ni amenazante, lo sentía cercano e íntimo, como un hermano. (Pág. 150)

y “Las novias de Diego”:

como esas amistades hechas de grandes, que se asientan en intereses comunes, en vidas comunes. (Pág. 135)

No por nada, creemos, estos son los cuentos que cierran el libro.

 

Taller: El orden de los factores

Postales

Sobre El silencio. Postales de La Perla, de Ana Iliovich

(Los Ríos Editorial, 2017)
Por Virginia Carranza*

 

¿Cómo se presenta un libro? ¿Cómo el libro de Ana?

Cuando empezamos a armar esta actividad, y Ana me dice que le encantaría que yo sea una de las presentadoras, el corazón empezó a acelerarse. Porque es este libro, y porque es Ana.

Porque es una temática que, en rigor, estudio. Porque conocí y adoré a Ana desde nuestro primer encuentro, que ya no sé cómo ni cuándo fue, pero fue amor a primera vista.

Porque no podría pensar estas palabras desde mi oficio de profesora de historia. O no sólo desde ahí.

Porque Ana vive en Villa Allende, y yo en Salsipuedes. Y cuando en el febrero de 2015 la fuerza arrolladora del agua nos atravesó, derrumbando paredes, puentes, fotos y jardines; cuando no sabíamos por dónde empezar, el agua se había llevado la ferretería del Osvaldo, el inmenso compañero de Ana. Y nos abrazamos, y nos embarramos para sacar barro, nos sacudimos el moho y la humedad, y allí estaban ellos, firmes, dignos, apuntalando los cimientos. Y cuando en 2016 rajaron a medio país de sus laburos, me llega un mensaje de Osvaldo: “Hola hermosa, con los compas de Villa Allende hemos pensado en darles un abrazo solidario a los compañeros despedidos y para tal fin se nos ocurrió mimarlos con una choripaneada, la cual corre por nuestra cuenta por supuesto, decime que opinás”. Así es Ana y su mundo, nuestro mundo.

Y desde que le dije que sí, que claro, que me encantaba la idea de tener otra conversación con ella a través del libro, que El silencio. Postales de la Perla, me atravesó, como un río.

Recuerdo que terminé de leerlo en el colectivo, llegando a mi casa. Bajé y no sé si lloviznaba o eran lágrimas. Pero yo sentía que llovía en mi corazón.

Hablé del libro en asados de amigos, lo tuve en la mesa de luz semanas enteras. Me acompañó cada viaje a trabajar. Hablé incluso con Ana, varias veces, en cruces o por teléfono. Sin embargo siento que me faltan las palabras. Paradoja si las hay. Ana encontró las palabras para nombrar lo indecible, y yo, acá, dándole vueltas.

II.

“Entonces empecé a escribir y dejé de sentirme sólo una cucaracha, que es lo que habían logrado” dice Ana, cuando comienza ese cuadernito Gloria, con diez nombres cada quince días.

La palabra que humaniza. En el Campo. En el exilio. En la sobre vida. En el juicio. Nombrar es una manera de dar existencia, esa que arrebataron, que negaron, que exterminaron.

Las palabras, estas palabras de Ana; la decisión, compleja y contradictoria, siempre valiente y comprometida, de hacer rodar la palabra en la arena de lo público, a ser escuchada (o no), machacada o complementada; la palabra como un acto de salvación; sentarse a escribir antes que empiecen los suicidios, cita Ana a Pilar Calveiro; la palabra deviene acción, reconstituyendo existencias e identidades. Y deviene, también, en aporte insustituible para la construcción del conocimiento social.

Estos textos de Ana evidencian el contexto de lucha, la permanente disputa, material y simbólica que supone la construcción del conocimiento, la identidad y la cultura política de los pueblos. En los estudios de memoria, en mi opinión, es la palabra de las y los sobrevivientes, es esa narrativa de la experiencia la que permite acercarse a comprender las múltiples dimensiones y los pliegues del terrorismo de Estado. No podríamos conceptualizar, categorizar, desde un gabinete, las capas, las lógicas, los colores, nunca del todo evidentes, del poder concentracionario y del horror.

Es la memoria puesta en acto, siendo ejercicio, la que nos permite comprender un poco más las dimensiones objetivas y subjetivas de lo siniestro y la maldad, los alcances y límites del ser humano, pensar acerca del poder y las tramas y dispositivos de la dominación, resignificar nuestra historia en el horizonte del nunca más. De otra manera tendríamos un conocimiento, claro que sí, pero superficial, descriptivo, cuantificado, cristalizado, positivista.

La palabra valiente, porque este libro no le esquiva a las contradicciones, a la complejidad de la experiencia concentracionaria, no edulcora ni adapta  textos, respeta los momentos en que cada uno fue escrito, nos interpela como sociedad frente a la pregunta, a la angustia, al grito “¿Cómo fue posible?”. La palabra compleja, la palabra dialéctica, la palabra que libera. La palabra como relámpago, que irrumpe e ilumina, en un instante de peligro.

“Y uno se pasa la vida, la sobre vida, ensayando reflexiones, buscando palabras que funcionen como cura… Escribir, palabras que salvan”, dice Ana. Que nos salvan, me animo a decir yo, en esta sala.

III.

“El Horror como la cercanía con lo siniestro. El juicio como la repetición de la cercanía”, escribe Ana.

Contar, decir, nombrar, escribir. ¿Cómo?, cuando no hay quienes escuchen, anoten, lean, conversen con eso que acontece como palabra de lo vivido. ¿Cómo? Cuando no hay interlocutores con la verdad. Cómo cuando la garganta se anuda, el aire se asfixia, cuando no se puede.

No existe la palabra lanzada al vacío. Existe nuestra lengua en un tiempo y en un espacio, que habilita -o no- la circulación de aquello que nos daña saber, de lo que nos abre heridas al ser escuchado. Será que la palabra circulará, conjurando el hueco del horror y del silencio, si construimos orillas, cobijos. Si nos arropamos.

En una charla una vez decía un amigo que hay palabras que se necesitan mutuamente, que en sus definiciones, o cuando echan a andar, se buscan para dotar de sentido lo que quieren significar.

Será que la Verdad necesita de la Memoria, como esa orilla que nos protege del hueco, que se consolida con las raíces que fijan la tierra, porque la memoria es un ejercicio necesariamente colectivo y político, como uno sueña que sea el trabajo en la tierra. Será que la Justicia es esa colcha que arropa, que le da un sentido de reconstitución, a esa verdad, a esas memorias.

Los juicios, el Juicio, estas fotos, condensan en andamiajes sociales e institucionales aquello que circula, desde mucho antes. La Justicia le pone oídos (y le da la entidad socialmente reconocida como tal) a la verdad; una verdad sostenida a fuerza de enunciar, de decir, de luchar por encontrar una escucha que no culpe, sostenida en rondas de pañuelos y de memorias, haciendo de la orilla un lugar cada vez más grande y generoso.

En esta sala, con estas fotos, me gustaría sumar una palabra más.

Gracias. Gracias Ana, por tu valentía, por tu poesía, por tu luz, por tu colcha de memoria, por tu potencia de verdad, que nos permite entender un poco más, que nos ayuda a conjurar el desamparo del hoy en este lugar del mundo; que nos permite reconocer quiénes y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.

*Texto leído en la presentación del libro y publicado previamente en la revista: alfilo de la UNC

 

Las Cajas

 de Jorge Consiglio

(Editorial Excursiones, 2017)
Por Mariana Docampo

En el principio muy hermoso de uno de los textos  que componen el último libro de Jorge Consiglio,  el narrador lee un poema de Giannuzzi, “Uvas rosadas”.  Su lectura es, también, poesía: “la idea que subyace  es que los humanos vivimos exiliados de un reino exuberante y fresco, cargado de agua; un reino que está en el interior de las uvas y que nosotros, aturdidos por el rumor insensato de la existencia, apenas podemos intuir.  En el poema chocan estos dos órdenes.  Uno consagrado al silencio y a la quietud; el otro a la inutilidad de una vida ocupada.”  De cómo se pega el salto de esta bella glosa al encuentro artístico entre Motörhead y María Marta Serra Lima hacia el final del texto solo se explica mediante un breve párrafo conector que define el término “emulsión”: “mezcla de líquidos inmiscibles de manera más o menos homogénea”.

Podríamos decir que es la emulsión, también, la figura que mejor describe la lógica con la que se va fusionando el contenido de cada caja del libro de Consiglio, y la que propone a la vez un ensamblaje entre una y otra para formar un único libro.  Conexiones que no responden al método inductivo, ni deductivo, ni al fluir de la consciencia, a vaivenes de la memoria o a resonancias simbolistas.  Pareciera más bien tratarse de pensamientos, impresiones, personajes, espacios, episodios, que nada tienen que ver unos con otros hasta que se produce el enlace, por mera voluntad del narrador, que decide articular todo con todo de acuerdo a breves y controlados núcleos poéticos que funcionan como hipótesis o motores de escritura.

Así, en “Inacción”, el comportamiento de Franca, la gata de Jorge, es punto de partida de una secuencia asociativa que va desde un carpintero húngaro hasta Juan Carlos Onetti, pasando por Oblómov, personaje de la novela de Iván Goncharov, y el protagonista de la película de Yves Robert “Buenas noches, Alejandro”, versiones todas de cierto modo del cansancio vital que deriva en la pasividad.

Cualquier tema o personaje, objeto o espacio puede formar parte de este libro sujeto a la lógica de la emulsión: una tía querida dueña de una opa, Simón Estilita, un genial aunque ignoto poeta entrerriano llamado Palo, Pieter van der Meer de Walcheren, el conscripto Bernardi, el café La Ópera, un tornillo, el ámbar, el vergonzoso crimen de un perro perpetrado por tío y sobrino, Bruno Schulz.

Nunca abismado o excedido, el narrador de Las cajas, expande lo cotidiano, con una subjetividad nutrida en el arte, la filosofía, la poesía, pero a la vez, con los pies muy firmes sobre la tierra; y ejercita una frágil convivencia entre lo abstracto y lo concreto, lo alto y lo bajo, lo profundo y lo superfluo.

La ciudad de Buenos Aires  y el conurbano bonaerense son el escenario reconocible de este libro de lenguaje y estilo muy porteños, en donde desfilan ante los ojos del lector el café La Ópera, la Estación Lacroze, la avenida Nazca, la calle California, la plaza de Merlo, y donde los personajes, los anónimos y los célebres, son vistos con la misma lupa filosófica y poética que hace tabula rasa sobre previas jerarquías y explora las experiencias de unos y otros de primera mano.

Solo en la infancia –dice Consiglio- “cualquier caballo distraído que huele el aire es un enigma”.  Sin embargo, una leve hendidura en la piel de las uvas de Giannuzzi, puede dejar verter el líquido ilícito, y redimensionar lo real, siempre un paso más allá de lo aparente.

La edición de la Editorial Excursiones merece comentario aparte.  Con dos reproducciones de Sivia Gurfein, una de las cuales se extiende al arte de tapa, el libro es un objeto precioso en sí mismo.

 

Un libro inquietante

Sobre Serrano de Gonzalo León (Mansalva, 2018)

Por Alejandro Boverio

El último libro de Gonzalo León nace de la conmoción que le provocó al autor conocer en vida al personaje que le da título a la novela. Difícil llamar a este libro únicamente novela, pues en verdad es una estampida de géneros. No sólo una ambivalencia con el ensayo, aunque también, sino fundamentalmente una carrera en donde los géneros corren, se pisan y se relevan en su marcha. Epistolario, diario, biografía, ensayo, narrativa: este libro es inquietante menos porque trata sobre un nazi que por su forma.

Acaso uno de los célebres libros de narrativa sobre el nazismo haya sido La literatura nazi en América, curiosamente escrito también por un chileno: Roberto Bolaño. Pero a diferencia de Bolaño, que hace una suerte de enciclopedia que reseña vida y obra de autores nazis completamente inventados, León toma a un extravagante escritor nazi de carne y hueso, Miguel Serrano, y lo convierte en personaje literario. “La realidad es ilusión” es el epígrafe de uno de los libros de Serrano y, sin lugar a dudas, también podría ser el epígrafe de éste que nos ocupa, puesto que Serrano ha sido realmente un personaje literario.

Sobrino de Vicente Huidobro, nazi, hitlerista esotérico, embajador de la India, amigo de Hermann Hesse, vamos conociendo al personaje fragmentariamente, mientras el propio proyecto del libro se nos revela en su acontecimiento de producción, a través de correos del narrador con un amigo que se intercalan en el flujo del relato, y que nos hablan de las dudas que le genera su factura.

Serrano es un libro conjetural además de inquietante. No está fundado sobre hechos, o al menos no podemos estar seguros acerca de la veracidad de los hechos que son narrados en el libro. Sabemos que algunos hechos son verdaderos, nos lo adelanta la introducción, pero no sabemos cuáles no. Por lo tanto el libro entero se vuelve una gran conjetura, y eso es lo que lo vuelve enigmático. A través del enigma comparte naturaleza con aquello que se supone que narra: un mito.

La Argentina manuscrita

La cautiva en la conciencia nacional

de Horacio González

Por Gabriela García Cedro

 

(Texto leído en la presentación de La Argentina manuscrita en Caburé libros)

 

Hace unos días, Matías y Horacio me convocaron para participar de esta mesa a propósito de uno de los últimos libros de González… confieso que nunca sé cuál es el último y me cuesta seguir una escritura tan constante y profusa. Pues bien, una vez que supe de qué estábamos hablando, acepté el convite. Tuve una charla telefónica con Horacio, un poco breve tal vez, condicionada por el vértigo de las obligaciones cotidianas, pero fructífera por varios motivos. Por un lado, porque actualizó un sentimiento de respetuoso cariño, distante quizás, no por falta de afecto sino, digamos, por desencuentros barriales. Y a la vez fue fructífera porque me proporcionó el punto de partida para leer La Argentina manuscrita. Maliciosamente, me hago cargo, le pregunté por el “contexto” actual. Palabra que lo horrorizó, en algún modo. También hubo otras palabras que fueron cuestionadas. Cierta jerga académica que incomoda y a la que, a veces inevitablemente, terminamos recurriendo. Me dijo que el libro en cuestión eran las “palabras de un improvisado” y deslizó que había una intención de evitar el binarismo y, en algún punto, expandir la idea de cautiverio. El pretexto, en su doble sentido, texto o textos anteriores y excusa, es el tema de la cautiva.

Señala González que el relato de la cautiva Lucía Miranda, que Ruy Díaz de Guzmán inserta en su manuscrito de principios del siglo XVII y muy posteriormente llamado La Argentina, tiene un valor documental de la envergadura de un mito clásico. Y uno de los primeros propósitos que el autor explicita en el Prólogo apunta, justamente, a cuestionar el peso de su época. Dice: “Toda literatura obtiene una misteriosa justificación por el mero hecho de existir, y en su inmanencia, posee el alarde de no desear explicar sus ataduras con la época, con sus aires intelectuales, sus inflexiones problemáticas, el espíritu de su idioma, los lazos inmersos en arcanos con las razones y armazones del poder que le es coetáneo. Admitiendo todo esto, ¿es posible que los escritos de un “cronista de Indias” puedan hoy seguir entusiasmándonos por sus anacronismos y vecindades con los prodigios incomprobables del mito? La sospecha que aseguraría esta posibilidad se aferra también a cómo ‘una leyenda son todas las leyendas’.” En el caso de este libro, me atrevería a decir que “una lectura son las todas las lecturas”. Al menos, las que se ponen en juego. Una sucesión de textos –más o menos conocidos, más o menos transitados– que proponen una nueva serie para ampliar más los sentidos, para expandir la misma red de lecturas. Si quisiera provocar una reacción antiacadémica hablaría de una biblioteca mental en funcionamiento, pero no voy a ser tan malvada….

Pero lo que sí me voy a permitir señalar es que este libro de González ofrece, al menos, dos textos inescindibles: el de la lectura del manuscrito de Guzmán y el de las digresiones, que demoran a la vez que cargan de sentidos nuevos el texto leído.

Antes de hablar de Guzmán, González se detiene en Pedro de Angelis, en las “copias inseguras” que enhebran la historia de la civilización. Y así, a lo largo de varios capítulos nos cuenta el derrotero de esas ediciones. Tan importante resulta este arranque que no vacila en afirmar que “una época también la determinan los editores” especialmente cuando no creen hacerlo, cuando están distraídos, abstraídos. Esto lo lleva a González a explayarse sobre De Angelis, a aludir extensamente a la historia (no voy a decir contexto), a hablar de la Ciudad de los Césares y recalar, inevitablemente, en Sarmiento. En Rosas. Y en los orígenes de la literatura nacional, otro de los temas que se discute en este libro que estamos presentando. Es más, tema que lo recorre y hasta lo sostiene.

En un momento, González menciona el capítulo de la infancia y la juventud de Quiroga en el Facundo. Todos sabemos que Sarmiento hace y no hace la biografía del caudillo riojano. Eso explica que recién el V capítulo se titule: “Vida de Juan Facundo Quiroga. Infancia y juventud”. Y será recién en el quinto capítulo de La Argentina manuscrita que Horacio nos recuerde el tema. “Capítulo 5: Los raptos de mujeres: fabulario universal”. Introduce la noción de una base económica y una base cultural para comprender los raptos de mujeres, desde la mitología griega en adelante. Y también puntualiza que en el capítulo VII de La Argentina, Ruy Díaz nos cuenta la historia de Lucía Miranda. Y en esa introducción al tema también se pregunta: “¿Es allí entre tantas otras partes donde se sitúa el discurso ficcional o todo este escrito lo es?” Lucía Miranda, su trama, trae otro tema que subyace a estas notas: la vacilación entre la ficción y la historia. O su coexistencia.

González se demora y lo sabe. En el capítulo VI, entre Schmidl y Levi Strauss, advierte: “Y recuérdese que no abandonamos, solo postergamos un poco, nuestro tema de La Argentina de Díaz de Guzmán”. Y así como hizo Guzmán en su manuscrito, en el Capítulo VII, González ofrece “Lucía Miranda, la gran cautiva nacional”. Nos cuenta el argumento y recordamos a los hermanos Mangoré y Siripó y a Lucía Miranda, esa cautiva heredada fraternalmente.

Pero se detiene y abre reflexiones que involucran textos que van desde Del Barco Centenera hasta Groussac, por lo menos. Al capítulo siguiente, vuelve: “La culpa amorosa en el origen de la nación”. Aparece también el marido de Lucía, Sebastián Hurtado y con él, el amor pasional, el amor cortés, la delación por celos y el castigo. La historia de la cautiva es también la historia del origen nacional. González arriesga que otra resolución del conflicto entre Siripó y Lucía habría cambiado “toda la orientación de la literatura del colectivo humano y social luego llamado Argentina”. También aparece Borges y su resolución de este primer nudo de la literatura argentina. Cito: “con una hipótesis magna relacionada con la seducción, y al mismo tiempo señuelo fascinante que la civilización implica para la barbarie, y viceversa. La reversibilidad de este esquema es menos interesante, desde luego, que lo que Borges llamaría “ejecución” de una idea o de un tema”.

Después de Borges, llegan Platón y Shakespeare. Y la insistencia de González de evitar un binarismo ineludible: “una contradicción aparentemente simple: civilización y barbarie es la que viene de inmediato a la mente. Pero –cito a González, claro– ese tipo de contradicción simple es portadora de una dificultad, que de no haberse rechazado, hubiera arrojado ese tema de oposiciones tan llanas al baúl de los restos más despreciados. Se trata entonces de rescatar las contradicciones simples con su superación a través de una versión más generosa que aquellas que la toman como escisión definitiva para separar de un tajo la comunidad humana. ¿Cómo se produciría esta superación?”

En este discurrir por lecturas, algunas compartidas por varios de nosotros aunque no con la misma intensidad, el nombre de David Viñas como lector de la literatura argentina del siglo XIX es insoslayable. El capítulo X abre con Literatura argentina y política (aunque González la mencione como Literatura y realidad política, versión llamativa del título original que sí portaba el gentilicio argentina).

Y es en la distancia que pone entre él y Viñas que podemos encontrar una clave de lectura para estas notas no tan al margen del texto de Guzmán. A propósito de Lavardén, González pregunta si es poeta y además comerciante. Y responde: “En el pensamiento de Viñas esta situación se convierte en una paradoja insoluble, pues si por un lado debe verse que el espíritu flotante y aéreo de sus ninfas mitológicas “está preñado de materia”, por otro lado hay estilos y modos retóricos que hacen a una historia inherente a las fórmulas generales de la expresión poética. Nunca está claro cuando ambos campos se hacen tributarios de algún ente mayor, y como decían los antiguos estructuralistas, “forman sistema”. Por nuestro lado, preferimos verlos en el instante anterior al que deberían formar tal sistema, pero sin figurarlo todavía, con lo que no perdemos la libertad de verlos a cada cual en sus inherencias. En lo que son como singularidades irreductibles, teniendo en cuenta lo que significa el peligro que corre cada cosa: no consumarse en lo que probablemente debía ser, para abandonarse en su ser inamovible. Por eso decimos de la historicidad de cada cosa, mejor verlas en su proyecto supuestamente dado –la conjunción con otra cosa, su subordinación o señorío sobre ella-, un minuto antes de que eso acontezca”. Podemos pensar que donde Viñas propone o formula la síntesis, Horacio González busca la apertura. La historia de la literatura de Viñas ordena series en busca de emergentes y concluye en síntesis que se vuelven categóricas; González expande esos límites, vuelve elásticas las lecturas.

En los capítulos siguientes, varias otras cautivas aparecen. La historia de María y Brian, según Echeverría, los malones –escritos pero también pintados desde Rugendas hasta Santoro– otras cautivas, como la Maldonado. También retoma la inversión de los términos, iniciada por Alberdi, “la barbarie de los hombres cultos”. González continúa este discurrir incluyendo, también, una digresión que nos remite a la quema de libros en el Quijote y que le sirve para llegar a Ercilla y su “Araucana”. Sarmiento, Darío, Chocano, Neruda. La lista abarca siglos, lecturas y espacios. Nos lleva a repensar el cautivo en El entenado de Juan José Saer y enseguida, a repensar la figura del mito-leyenda de la Malinche, que pudo haber sido una cautiva pero cuyo debate “se refiere a la ambigüedad entre la traición, la tradición y la traducción”.

Recién en el capítulo XVIII, González retoma la lectura de La Argentina de Guzmán, a propósito de las nomenclaturas, el espacio y una forma de parentesco con Borges. Poco después, la versión de Eduarda Mansilla y las reelaboraciones del mito del otro lado del Atlántico. La visión del desierto, el desierto y la nación, vuelve a convocar la dicotomía. Concluye González que “Una vez definido el binomio, la literatura estalla. Civilización y barbarie eran categorías de conciencia y no territoriales”. Y nos aclara aún más: “No nos parece aceptable entonces que bajo una sola noción de barbarie, y su contraria, la civilización, ambas cerradas sobre sí como empanadas siempre completas en su goce identificatorio, puedan mantenerse de continuo bajo un único juego interpretativo. Si bien es cierto que es la más notoria de las oposiciones, es por eso que todo aquel que la invoca genera sospechas, es sospechado, o no sospecha de sí mismo el modo en que incurre en error”. Y este cuestionamiento lo lleva también a cuestionar el comienzo mismo de la literatura argentina.

Y por más que en el capítulo XXII vuelve al mito de Lucía Miranda y su potencia como mito, tras unas reflexiones sobre Gramsci y Manzoni, retoma los orígenes de la literatura argentina y, una vez más, menciona a Viñas, quien “consideraba a Cambaceres uno de los iniciadores de la novela argentina”. González enfatiza que en Cambaceres “está” Zola.

También es Viñas, se sabe, quien propone el origen de la literatura argentina con una violación: “El matadero” y Amalia. Violación del cuerpo y violación de la propiedad. González concede que “ni vale la pena la discusión, ni es fácil destronar a Amalia”. Y si bien luego lleva sus reflexiones a otras zonas, a las diferencias entre cautivos y prisioneros y a otras versiones de la cautiva que le permiten comparar la escritura de Eduarda Mansilla con la de Cortázar, la cuestión de los orígenes de la literatura argentina sigue rondando.

Los últimos capítulos siguen intercalando la historia de Lucía Miranda con versiones y reversiones no sólo de esta historia sino de toda la literatura del desierto, del gaucho y de los malones. Hernández, Zeballos, Martínez Estrada. Y también versiones más recientes: Kohan, Aira, Benesdra y Cabezón Cámara. Más detalle, tal vez, merecen las reflexiones sobre Rojas, sobre Hudson, las intermitentes y constantes apariciones de Jorge Luis Borges. Porque es cierto que no todos los capítulos ni los textos mencionados tienen igual extensión; cosa que nos parece no sólo aceptable sino saludable. Ya lo planteamos al comienzo, se trata de una reflexión sobre textos. También de un interés sobre algunos temas.

En el prólogo, González explicita su intención de abordar estas lecturas a la luz de “un feminismo renovado”. La cautiva, como tema, como símbolo también, es una elección acertada. También resulta acertada la cantidad de trabajos críticos realizados por mujeres que incorpora: entre muchos otros, los escrupulosos trabajos de Tieffemberg y Mizraje o los ya canónicos textos de Ludmer y Masiello, entre muchas referencias bibliográficas más.

Este libro de Horacio González que propone hablar de la cautiva en la conciencia nacional es una excusa y, como tal, implica un pequeño punto de contacto con ese tema. Es más que un libro-comentario sobre el manuscrito de Guzmán. Este texto que tenemos acá nos ofrece una matriz de lectura para abordar la literatura argentina desde otra perspectiva y para eso, corre permanentemente los límites mismos de esa literatura nacional, para cuestionarlos, para que los cuestionemos. Se demora en los capítulos para volver aún más productivo su texto, para que el lector tenga también una lectura global de González. De estos materiales que el autor dice haber citado de memoria y cuyo orden se debe únicamente a cómo fueron surgiendo en el recuerdo. La memoria puede parecer improvisada, pero seguramente tiene un método. Personal, único tal vez como las huellas digitales, pero sin dudas deliberado. Esto es lo que nos ofrece Horacio en La Argentina manuscrita.

De la línea a la multiplicación de lapotencia.

Literatura transgénero y transubjetiva

 

por Martín Glozman

La novela de Mariana Docampo propone una forma positiva y moderna de la ascesis negativa. Acceso a la experiencia a través del dolor y la enfermedad. V, el personaje de la novela, se refleja en la imagen, en el tiempo y en el cuerpo.“Sus ojos se encontraron con sus ojos, años atrás”. V de vértice, de encuentro. V padece una enfermedad que es tratada desde la niñez, la multiplicación en el tiempo y el espacio, una memoria más allá de los límites, en la que el personaje es simultáneamente muchas personas.

También en la línea, trasciende los límites. Es el bebé en el útero, es el bebé sobre la ropa del médico y su violencia y el bebé después. De todos hay conciencia. Un cuerpo que se multiplica en todos los cuerpos, como el cuerpo de Cristo, pero también es un cuerpo arquetípico como el de Da Vinci, que habitamos, que es el eje del cosmos, pero que no es nuestro.

V está enfermx, pero en esa enfermedad, que primero se sufre está la liberación porque es en ese camino del personaje que se alcanza una verdad de supraconciencia (“Lo que con el correr del tiempo fue ampliación o expansión de la conciencia fue al principio larga agonía de V”) y un tema contemporáneo en que las verdades e identidades de género están mutando.

Por su padecer de multiplicarse en tiempo y espacio V fue apartada, “considerada chamana, divinidad, niño índigo o santa, fue presa en la cárcel o recluida en oscuros cuartos familiares, en otros casos se la vio como hombre.” La novela de Mariana Docampo permite adentrase en esta experiencia única y plural de modo que no la veamos solo desde afuera. El vía crucis transgénero será visto desde adentro y desde afuera a la vez. Será quién carga la cruz, y será quiénes veamos la carga de la cruz. Una multiplicación de la escena. Por eso podemos preguntarnos, ¿por qué hubo necesidad de apartar a V? Qué clase de experiencia fue necesaria que quedamos de un lado todos, y del otro V, sola, multiplicándose entre nostrxs. La novela de Docampo logra representar lo irrepresentable, una dinámica propia de lo moderno y contemporáneo.

Hubo más V-s. Es posible salir de esta experiencia solitaria. V se trama en una nueva forma de novela, que perdió la línea de la historia, su impostura, y a cambio entra en la profundidad de una desconcertante experiencia de lo actual, casi más allá de la palabra.

En la ampliación de conciencia es posible preguntar por qué el proceso de individuación es multiplicador de identidades. Esto no tiene aún respuesta en las teorías actuales más allá de las dinámicas aún no del todo representadas de las comunicaciones, pero asequibles en la literatura. Por un lado una teoría como la de Jung dió cuenta del sí mismo como integrador de una totalidad que incluye el colectivo más allá del yo. También la teoría de Bajtín, que pensó a la persona como totalidad que incluye al otro en una ontología dialógica y polifónica. Pero hasta ahora las teorías no pensaron tampoco la cuestión de género en ese lugar de la otredad, del otro y la otra. O de la otredad como la multiplicación de la mismidad en la misma escena de la diversidad, y no exactamente en la figura especular del dos. Cada cuerpo de V multiplicado es a la vez único y original. En V se pasa de la tercera persona a la primera y del femenino al masculino. El tránsito es necesario y contingente. V convoca a la experiencia de estas escenas por parte del lector, que quiera vivir en su piel la teoría, en el sentido de experimentar en su diálogo y su imaginario lo que aún no ha sido estabilizado en una red conceptual que no sea dinámica y se valga de la ficción creativa.

A esta crisis de la persona como totalidad que incluye la multiplicidad V encuentra una posible salida. Del encierro del dolor en la multiplicación el camino de ascesis ahora positiva es el deseo, la Voluntad lúdica, el placer. “Cuando algunas opciones del yo de V aprehendieron las nuevas coordenadas, mostraron curiosidad o voluntad lúdica, y pudieron adiestrarse en el control de los pasajes”.

La novela de V traza el dibujo de una toponimia trascendente post ciencia ficción. La Matrix de lo humano. Ella misma muchas veces se ve como androide. Se supera la paranoia para trascender al yo y disolverse en la acuática trama de las soledades multiplicadas en un todo compartidx.

Después de las escrituras del yo vienen las escrituras transubjetivas. De transubjetivación objetiva nodal de la experiencia. El pathos se transforma en potencia. El plano anteriormente inconsciente se hace supraconsciente, disolviendo las teorías, hacia nuevas formas de los cuerpos. Es la literatura de la transformación, del deseo, del futuro.

V de virgen, como María.

La letra V tiene algo de cósmico y secreto. Como en las santas escrituras la lectura ordenada no esconde una secuencia de signos sino una puerta por donde entra la luz. La V de victoria y de simiente. En el sentido mismo del vértice del vientre. La enfermedad como vértice rayada de la salud, como ascesis negativa de la religión trascendental, laica y múltiple, contemporánea.

 

V como los senderos que se bifurcan.
En Borges, Jardín de los senderos que se bifurcan, está el secreto de la idea de multiplicación, en el aventurarse único de la historia, “el presente en el que ocurren los hechos”. “Siglos y siglos y solo en el presente ocurren los hechos”.

Esa multiplicación, el cuerpo de V. El cuerpo que sufre la multiplicación. En la intersección de los caminos que se bifurcan, el acontecer.

El Aleph de la coexistencia de todos los imposibles como realidad que no acontecía en el amor corporal encontró en Fogwill el extremo opuesto, como el soma de un mundo feliz que ayuda al personaje en la transmutación y pérdida, somatizado, sometido, en el placer, perdidos los géneros, en Help a mí. Lo que no se encontró todavía y ya apareció es la Aleph, letra hebrea, clave sonora de la coexistencia y la presencia física.

Existen los binarios. El que se prepara para un duelo con una sola bala, reflejado con el otro, vivo o muerto, como en el cuento de Borges. Pero en la dinámica de V se ha superado esa imposibilidad de estar en más de un solo lugar. La línea recta se junta con la circular, la historia con lo que se repite, ya no como trauma, sino como naturaleza.

Cuando estamos vivos fluctuamos entre lo vivo y lo muerto. Como los samuráis encarnamos 7 vidas en nuestro clan. Es decir, que hay algo que fluctúa en la presencia física de la Aleph más allá de la limitación de la historia. Así V es consciente y narra las escenas uterinas previas al nacimiento y la violencia del límite, las ropas del médico, esas manos masculinas, o los claustros del padre, esos encierros de lo femenino. Aquello que no deja circular esa naturaleza viviente. Esa multiplicación de las escenas en el espacio.

De esta manera el tema del otro y del duelo se ve superado o se está superando en el plano de la experiencia de ser uno y el otro al mismo tiempo, ya el binario se multiplica en una diversidad. Femenino y masculino danzan una parte de música. Como dos totalidades danzan su esfera relacionada, ordenes diferentes.

De esta forma la religión está actualizada en la literatura contemporánea.

 

Pintura en Manzana de Nazaret. Cruz y serpiente.

 

La gran pregunta que cabe responder es cómo hacer un relato hoy, que vuelva a la línea y diga “Bajé”. “El tren corría con dulzura, entre fresnos. Se detuvo, casi en medio del campo. Nadie gritó el nombre de la estación. ¿Ashgrove? Les pregunté a unos chicos en el andén. Ashgrove, contestaron. Bajé.” El Jardín de los senderos que se bifurcan.

¿Es el relato una impostura? ¿Una fabricación? ¿Cómo narrar las experiencias múltiples?

Dilema que en el binarismo Borges supo responder. “En el tercer capítulo el héroe muere. En el cuarto está vivo.”

En Borges hay una idea de la coexistencia de tiempos. “Una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. En algunos existe usted y no yo. En otros yo y no usted.”

En Docampo hay un cuerpo que duele la coexistencia de los tiempos. La preocupación por existir no es real, sino el duelo de la existencia que de enfermedad se transforma en potencia y realidad de salud. En otro tiempo. En otra era. Algo cíclico y nuevo.

En los Jardines que se bifurcan V está en todos los caminos. La pregunta acerca de cuándo salimos de las realidades paralelas para reunirnos en un mundo vivo, está vigente, se milita.

 

Se perdió la línea en la multiplicación. Como se perdieron los afectos en un tiempo, invadidos por nuevas formas. ¿A dónde volvemos ahora? Esta gran pregunta busca respuesta en más preguntas, en más experiencias, en más relatos insólitos de los cuerpos. En esa búsqueda de V, de padecer más allá de certezas, en caída, a potencia, a encuentro, a placeres, deseo, formas dinámicas de la naturaleza, tangos entre cruces y serpientes, formas de ordenes diversxs, que se abrazan aportando su propiedad aún no propia. No hemos perdido los afectos, pero se transformaron nuestras identidades en formas más antiguas y más nuevas, nuevas vivencias de los cuerpos.

 

La otra tierra. Taller de escritura por Mariana Docampo