Los rastros del despojo

Sobre Matrimonio à la mode y otros cuentos, de Katherine Mansfield

(Editorial Mil Botellas)
Por Pablo Puel

“¡Ah, Chejov!! ¿Por qué moriste? ¿Por qué no te puedo hablar en una habitación grande, medio a oscuras, al atardecer, cuando los árboles que se balancean allí fuera tiñen la luz de verde? Me gustaría escribir una serie de Mis paraísos; este sería uno de ellos”, escribió Katherine Mansfield en su Diario

Como tantos otros grandes escritores, pertenecía a una tradición y no renegaba de ello. Sobre esa tradición caminó, transformando a su vez el camino a cada paso. Matrimonio à la mode y otros cuentos, publicado por la editorial platense Mil Botellas, es un rastro indeleble de ese andar. Reúne textos de La fiesta en el jardín (1922), El nido de la paloma (1923), y Algo infantil y otros cuentos (1924). La necesaria y cuidada traducción, a cargo de la argentina Mariángel Mauri, respeta y expone las características particulares del estilo de Mansfield: economía, austeridad, contención, despojo. Hace más palpable una contemporaneidad que le es propia, intrínseca, pero que la mano añeja de algunos traductores supo disimular. La frase breve como latigazo (lugar destacado para el punto y coma); los diálogos dinámicos (de ida y vuelta), intensos, precisos; los finales justos, libres de ornamentos, libres de artificios, o al menos, de la apariencia de artificiosidad, como si el final cayera desnudo y en esa especie de desamparo encontrara paradójicamente su máxima potencia.

Estas características comunes se encarnan en personajes y circunstancias que sería forzado unificar. Hay, por ejemplo, un bloque de cuentos en el que la autora enfrenta a sus personajes a una situación particular de no retorno. Dos se destacan especialmente. En “Matrimonio à la mode”, cuento que le da título al libro, un grupo de artistas, bohemios, ociosos, frívolos, afectados hasta lo paródico, crueles, que recuerdan, tal vez, a ciertos personajes de Scott Fitzgerald, interceden entre un hombre y la mujer que él quisiera que ella volviera a ser. Mansfield traza, con humor e ironía,  una implacable crítica de la banalidad, sin dejar  de reconocerle su atractivo, su fuerza centrípeta, hacia la que la mujer se dejará llevar, irreversiblemente. En “El desconocido”, será el fantasma de un hombre “muy joven”, recientemente muerto en brazos de la protagonista, el que se interponga entre ella y su marido. “Los muertos” de Joyce, cuento publicado unos años antes, aparecerá en la cabeza del lector. Dos mujeres, dos puntos de inflexión contrastantes (lo superficial, en el primer caso, lo auténtico por antonomasia, en el segundo), dos modos de lo irreparable. Varias décadas después, Carver radicalizará esta propuesta, utilizándola como columna vertebral de algunos de sus cuentos, a través del desarrollo de una ilusión de retorno. Lo que se consigue, ante la inevitable caída de esa ilusión, es la doblemente certera, y en algunos casos devastadora, conciencia de una imposibilidad.

Se podría hablar también de la ausencia y los modos de asumirla o de huirle, o de lo engañoso e inestable de las percepciones, o de los prejuicios y la marginalidad,  pero siguiendo las conexiones con la cuentística posterior, será mejor hacer pie en “Un viaje imprudente”. Ahí Mansfield trabaja, como en algunos cuentos de su primer libro, una primera persona que no está apresada en la mera funcionalidad a una trama preconcebida, sino que ésta (que por momentos puede dar la idea, falsa, de no estar, de no existir) se va definiendo en el despliegue de una subjetividad. El orden jerárquico de factores no es superfluo ni casual. Es una marca que podríamos pensar como antecedente de autores de la talla de Lucia Berlín, entre otros; una mirada, que nunca es una tabula rasa, arrojada, si se permite el término existencialista, a un devenir, lo cual, de alguna manera, sería un modo de mirarse a sí mismo.

Lo mejor de la tradición realista se expresa en estos once cuentos de Katherine Mansfield, donde no hay espejos que reflejan, sino una percepción que se dispara hacia el encuentro de las formas, para volver y atravesar las cáscaras y llegar así extrañado al núcleo de lo percibido.