Morar la orilla

Sobre El hemisferio del lado en que quedamos de Claudia Díaz

(Baltasara editora, 2018)
Por Josefina Fonseca

 

En “El hemisferio del lado en que quedamos” (Baltasara Editora, 2018), Ana Claudia Díaz demuestra, una vez más, que no hay paisaje que se agote en la poesía cuando es el paisaje mismo la materia que construye la voz. Porque es en “la orilla como una morada” donde se aloja el “cuerpo muelle” de la autora, y desde donde “la palabra se desagua/ la grieta entre lo tangible y lo otro/ toma el cuerpo”.  

Se trata del cuarto libro de una poeta en tránsito continuo entre la playa en la que se crió -y a la cual vuelve cada temporada- y la Capital que habita a diario; entre el pasado melancólico de una niñez cerca del agua y el desandar minucioso de los registros sensoriales como una clave para construir un camino hacia adelante. “La imagen infinita, exagerada/ de algo que miramos mucho tiempo/ para desarticular lo otro dentro nuestro”. Podríamos pensar que eso que la voz mira con insistencia es el mar fundacional. Y ahí la paradoja de mirar afuera como si se mirara adentro, de desarmar y rearmar el paisaje para que eso repercuta en otro lugar: “El significado y el significante de la idea vaga de algo/ que ahora encuentra su razón”.

La dimensión del recuerdo, “lo que elegimos ver borroso”, eso filtrado que “se desprende sobre el horizonte”, “una idea obsesiva que se repite en el mar”. La desconfianza en la memoria, en la “inocencia imaginaria del recuerdo”, aparece como un arma. Dudar, pero aferrarse a esa posibilidad como única llave para abrir el devenir, porque “la tierra es tierna en su detalle/ en cada recoveco donde se apoya/ el peso del cuerpo”, y entonces la indagación sensorial de quien entra en la naturaleza puede ser también un amparo para sopesar los recuerdos. Y para reconocer en los días por venir esos elementos ya transitados que servirán de arneses para amortiguar la incertidumbre.

Los poemas de Ana Claudia Díaz brillan en la belleza barroca y exótica de su sonido, en un despliegue sostenido pero matizado de sus capacidades líricas, como escenas que prenden una chispa que queda titilando sin desenlace. Porque no parece haber búsqueda de un mensaje, sino más bien construcción de estados, permanencias en una escena. No llegaremos al final de un poema con una conclusión efectista: volveremos sobre los versos para contemplar el misterio de las palabras que componen su universo y la manera en que permanecen resonando como un eco tierno e incierto. Un eco que se abre y vuelve, un búmeran.