Novela

No tenemos apuro

Por Fernanda García Lao

Texto para la presentación de No tenemos apuro, de Carolina Bruck, en Caburé Libros el pasado viernes 18 de noviembre.
Prestó su garganta: Nelson Mallach

Desde el mutismo que me impone la laringe, resuelvo estas líneas. Hubiera preferido contarles, sin recurrir a la ausencia, las impresiones que me dejó No tenemos apuro, lo nuevo de Carolina Bruck.

Pero me temo que su prosa se trasladó del cuerpo del libro al mío propio y, siguiendo esa lógica, estas líneas podrían ser un cuento suyo: una de las escritoras convocadas para presentar No tenemos apuro se enferma el lunes y suspende cada una de sus actividades para llegar recuperada al viernes, el día convenido. Sin embargo, va enmudeciendo y empeorando con el correr de las horas. A pesar de las gárgaras con sal, del jengibre, de los caramelos de propóleo o los baños de vapor, sus cuerdas vocales no se recuperan. La fiebre de los primeros días la lleva a pernoctar con una serie de seres estrafalarios que pululan por los diez cuentos leídos. Junto a ellos, escribe notas que olvida en la mañana. Apenas el viernes, cuando ya no hay más tiempo y tiene que resolver qué hacer, descubre, sobre el manuscrito en su mesita de luz, apostillas que no recuerda haber escrito. Decide transcribirlas sin moverse de la cama:
Una niña árbol se balancea y se cae de sí misma. Newton es cubano. La Soledad vive en Almagro y rebosa de leche. Poner carne picada entre las uñas es una idea genital. El futuro será de los contorsionistas, o no será. Los suicidas a veces no son escritores, y viceversa. El mingitorio de Duchamp no huele a pis pero es un objeto terminal. La tele y la felicidad nunca se encuentran en Constitución. En Argentina hay una Frida judía y sin bigote. Kafka es comestible.
Ahora, sin fiebre, puedo observar el libro con un poco más de frialdad, de distancia. Y encuentro que Bruck tiene la vitalidad y la osadía de desdecir cada una de sus construcciones en la siguiente. Cuando creí estar leyendo un libro de mujeres, me desmintió. Cuando reí, las comisuras se me torcieron hacia abajo en los cuentos sucesivos. Se maneja desde distintas perspectivas siempre con una mirada irónica pero desprovista de cinismo. Logra empatarse con sus personajes como una vitalista: dando la sensación de haber vivido lo que cuenta, y de que uno estuvo ahí con ella. Construye voces, abre y cierra historias, con la soltura del que sabe ver y desplazarse. Trabaja una suerte de hiperrealismo sensitivo que no es impostado ni tibio, donde el territorio de lo leído participa desde la referencia menos pensada. Bruck hace sistema entre sujeto, lenguaje, trama y objeto para narrar cada cosmogonía, y es ahí donde se vuelve sumamente original: en la construcción de esos espacios y sus cosas en función del argumento. Cosas usadas, objets trouvés desprovistos de literatura. No es coleccionismo ilustrado, Bruck sabe que cada tragedia requiere de una puesta en escena particular. No decora, habita con la exactitud de una documentalista.
Antes de cerrar y hacer un mutis elegante mientras mastico un limón ya sin esperanza de recuperarme, transcribo aquí un fragmento de su cuento Naked Almagro:
“La única mesa del departamento estaba cubierta de un vinílico de ositos, y sobre los ositos que (como Luciana) nunca dejaban de sonreír, se amontonaban el sacaleche eléctrico y el manual, las pezoneras, diferentes tipos de chupete que no habían funcionado con Matilde, óleo calcáreo y un pedazo de pan a esta altura un tanto verdoso. El sacaleche eléctrico me había pegado una patada y no lo usaba más; el manual me recordaba a un novio de la adolescencia que insistía en morderme los pezones como si fueran un pedazo de chicle jirafa. Así que tenía los dos sacaleches de centro de mesa y me ordeñaba en un tupper con agua tibia. Mientras me apretaba las tetas y veía cómo una anguila blanca y delgadísima salía de mi pezón, y se desplazaba haciendo espirales en el agua, me sentía una especie de animal fantástico, autosuficiente”.