iso_header

El corazón sobre sus ruinas

Crónica de una Reforma que fue revolución, de Juan Cruz Taborda Varela.*

Por Luis Rodeiro
(Ediciones Recovecos, 2018)

Como ven este libro que me toca presentar se titula: El corazón sobre sus ruinas. Buen título, me dije, antes de comenzar el desafío de leerlo;  es decir, antes de navegar por sus páginas.  Buen título, que es –a su vez y siempre- un buen presagio. 

El desprevenido es posible que se pregunte ¿un libro de amor? Y sí, puede ser un libro de amor. ¿Un libro de pasiones? Y sí, puede ser mejor dicho, es un libro de pasiones.

El corazón alberga tantos temas: dolor, alegría, calor, color, esperanzas, luchas, amores, rechazos, fuerza espiritual…. Sí, pasiones. El corazón siempre tiene un latido para cada tema, para cada vivencia. ¿Qué latidos propios tendrá este libro? El corazón sobre sus ruinas. Título y presagio. Buen título, buen presagio.

Más abajo, con letra más pequeña se lee: Crónica de una reforma que fue revolución. Todas las palabras están escritas con mayúsculas: Crónica, Reforma, Revolución. Aparentemente, esas palabras claves, así escritas, quieren tener el mismo peso, el mismo valor ¿Lo tendrán en el libro? ¿Una reforma puede ser una revolución? En ese antes de navegar por sus páginas, la pregunta que surge espontánea: ¿podrá probar esta aseveración el autor? ¿Qué reforma? ¿Qué revolución? ¿Qué corazón? ¿Cuáles ruinas?

Doy vuelta las primeras páginas y me encuentro dos invocaciones poéticas. La de Aguirre, José Luis, que habla del algarrobito, que “da más vainas cuando el agua es más escasa”. Y la de Yupanqui, que habla de “algo más importante que dios y es que naides escupa sangre, pa que otro viva mejor”. Me digo, este corazón habla de lucha, de solidaridad, de poner el cuerpo. Reforma que es Revolución. ¿Por qué?

El autor dedica este libro a sus hijos y les dice que es un manual de instrucciones, poesía y fuego, para saber cómo rebelarse. Y agrega contundente: incluso contra vuestro propio padre. O sea, el corazón, habla de rebelión, incita a la rebelión, incluso contra los propios padres, cuando esos padres han aceptado el orden de lo perimido, de lo injusto.

Y allí aparece, en el momento oportuno el Juan Delfini, como decimos los cordobeses, un monstruo de ilustrador, que me presenta el corazón –que yo lo siento palpitar y que ustedes lo van a sentir-  con la forma del escudo de la Universitas Cordubensis Tucumane, encadenado con un rosario.

Un corazón que quiere liberarse, que puja por liberarse,  que se libera al menos momentáneamente y necesariamente asocio: Hombres de una república libre acabamos de romper la última cadena que en pleno siglo XX nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica. Hemos resuelto llamar a todas las cosas por el nombre que tienen. Córdoba se redime. Desde hoy contamos en el país una vergüenza menos y una libertad más. Los dolores que quedan son las libertades que faltan. Creemos no equivocarnos: las resonancias del corazón nos los advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana”. El histórico Manifiesto.

Todo claro, Juan Cruz, colega, amigo y quizá una de las palabras más sublime, compañero, escribe sobre la historia de una lucha, la  historia de una pasión, la historia de una rebelión. Nos presenta una crónica de las resonancias de un corazón que late juvenil, pero que es obrerista, que se nutre de una línea revolucionaria, que comienza allá lejos, en el Mayo original.  De la Reforma que fue Revolución. De la Reforma Universitaria de 1918. Inmensa empresa.

Me pongo por un momento en su lugar. Sin duda, los cien años son una tentación para escribir un texto que sea memoria y homenaje. Pero cuando nos asomamos al tema, nos encontramos miles y miles de páginas que hablan de aquel movimiento, en tono histórico, en búsquedas ideológicas, en evaluaciones comparativas, en testimonios anecdóticos, con rasgos de crítica y de autocrítica. Líneas y líneas de textos en libros, en ensayos, en tesis, en revistas. Acá y allá. Fronteras adentro y afuera superando toda frontera.

Juan Cruz Taborda lo sabía y lo escribe en el prólogo: “De la reforma universitaria se ha hablado mucho durante estos cien largos años”. En distintos tonos, en disímiles interpretaciones, en múltiples evaluaciones.

Un bosque tupido, espeso, que produce un temor. ¿Cómo escribir algo original? ¿Cómo transitar un camino propio? Tremenda duda, que Juan Cruz imagino,  habrá tenido y que resuelve, sí que resuelve con precisión y estilo elegante, basado en documentos, en información periodística del momento preciso en que suceden los hechos, que tienen una historia y que se prolongan el tiempo.

 

¿Qué hace? Como buen creador, sopla sobre esos documentos y sobre esas informaciones, y le da Vida, le da Movimiento, le otorga el dinamismo de las luchas, le descubre –revelándolo- la fuerza increíble de las convicciones y las decisiones políticas en juego. Crónica de los hechos, pero por sobre todo crónica de una pasión, que es la de los luchadores del 18, pero también su propia pasión.

Como ya lo había hecho en su exitosa aventura anterior –su texto sobre Gustavo Roca- a medida que avanza Juan Cruz va “enamorándose de sus personajes” y toma partido.

Seguramente ese tomar partido esté  -también- desde el comienzo de la historia de escribir el libro, pero tiene la virtud, la capacidad, para presentar esa toma de partido en un proceso continuo que va incrementando esa complicidad.

Nos hace sentir protagonista. Concurrimos a clases en la Universidad Popular creada por Arturo Orgaz; participamos de la formación de los centros estudiantiles; nos unimos en huelga: ganamos la calle; nos adentramos en el estilo oratorio de Deodoro Roca o de Saúl Taborda; no tenemos miedo, tomamos por asalto el Rectorado. Sí, usamos la violencia “como ejercicio de puras ideas”, dirían los revoltosos. De repente me encuentro con el cuadro de un obispo retardatario y lo arrojo a la calle. Sí, estamos allí. Es el aporte de Juan Cruz.

Reforma: gobierno tripartito, autonomía, libertad de cátedra. Revolución: una emancipación histórica política, dice Diego Tatián, romper con la antigua dominación “monástica y monárquica”, a la vez que borrar para siempre el recuerdo de los contrarrevolucionarios de mayo.

Una liberación –dice- del lenguaje que parecía por siglos postergada. Las cosas por su nombre en la universidad claustro: mediocridad, ignorancia, insensibilidad, burocracia, rutina, sumisión, enumera Tatián, con base en el Manifiesto. Y las nuevas palabras que surgen como contrapartida en un corazón palpitante: fuerzas espirituales, vida, amor, democracia, reforma social, revolución cultural. Revolución de las conciencias. Todas esas palabras están en la crónica de Juan Cruz, encarnadas en personas vivas, de las que nos sentimos compañeros, a pesar de los 100 años.

¿Qué queda, después de transitar la travesía que nos propone Juan Cruz? El libro nos ha removido todo. Ahora, nos quedan satisfacciones, aseveraciones, preguntas, huellas profundas por donde transitar.

En primer lugar, la fuerza de la juventud, la inmensidad del compromiso, el espíritu jacobino de la rebelión, la actitud de llevarse el mundo por delante. Como todo tembladeral en que participan los jóvenes. Sin cálculos. No es un paseo. Lo relata Juan, “la Reforma dejó decenas de enfrentamientos callejeros, cientos de detenidos, brutales represiones policiales, heridos de bala y al líder estudiantil más destacado al borde de la muerte por el ataque de dos jóvenes que llevaban una cruz en la mano derecha y rebenque y cachiporra en la izquierda. La Reforma fue la disputa explícita de dos Córdobas. Esa historia es la que cuenta El Corazón sobre sus ruinas.””

Es increíble pero en el mayo francés del 68, tan loco, tan iconoclasta, tan creativo, uno encuentra huellas que ocurrieron en 1918, hace 100 años, acá, en las calles de Córdoba.

El sello de los fuegos juveniles. La mística de lo subversivo, cuando participa la juventud, cuando aparece la necesidad de rebelarse contra un orden perimido. Pura entrega. Cuando es sacudida por la historia, empujada por acontecimientos como la revolución mexicana, por la dimensión original de la revolución rusa. Cuando harta de toda hartura, se revela contra un orden conservador elitista, oligárquico, fraudulento. Cuando se juega y se abre a la causa de los trabajadores contra la explotación, cuando denuncia el imperialismo, cuando se declara americanista y, así,  la reforma propiamente universitaria es sólo un capítulo de un grito de liberación.

Es como la vio el peruano Haya de la Torre a la reforma, pero no la reforma estancada en un simple entredicho de profesores y estudiantes, como la rescatan los que quieren despojarla de su sentido verdadero.  Ese fuego arde, en el texto de Juan Cruz. Su libro es un antídoto contra los que pretenden –como dice Tatián- congelarla en un mero hecho pedagógico.

Es cierto, aquella lucha fue contra un adversario poderoso: los jóvenes –decía el gran Deodoro- se levantaban contra la Universidad, contra la Iglesia, contra la familia, contra la propiedad y contra el Estado.

La lucha por cierto es desigual. Hay quienes piensan que las revoluciones generacionales, como dice Lacolla hablando del mayo francés, parecen agotarse no bien sus protagonistas llegan a la adultez. Suele pasar.

Saúl Taborda, hacia los años 30, se siente frustrado por las derivas de la Reforma, “siente que en el extravío y la vacilación del pulso rebelde en el mayor número de los reformistas, hizo que la gesta se cosificara en la rigidez de la norma legal, la mera cuestión reglamentaria y en un remiendo de los planes de estudio, centrados en un craso profesionalismo utilitario, divorciado de la totalidad del proceso de formación de la personalidad. Por eso, piensa y lo escribe en 1936, es que todo está hoy como era antes.

“Vamos perdiendo el fresco optimismo”, confiesa, aunque impertérrito, sigue en la lucha.

Rescata el movimiento como expresión juvenil de una insurrección contra el orden. Rescata el acercamiento entre los estudiantes y los obreros, en el 18, pero piensa con desazón que mientras ese acercamiento se acentúa en el Tiempo del Estudiante, no se prolonga siempre en el Tiempo del Profesional.

Una Reforma que fue revolución, no cabe duda, pero fugaz en el tiempo histórico ¿Cómo toda rebelión puramente juvenil? El mayo francés también fue una revolución de ideas. No cabe duda. Alguien recordó que los estudiantes, no los proletarios, ganaron las calles y pusieron en jaque el poder. Era una lucha contra la asfixia del sistema capitalista. Una revolución cultural que ponía en cuestión sus valores y sus mitos. Y es lo que queda de 1918 y de 1968. Este libro rescata, precisamente, lo que debe perdurar.

María Teresa Andrueto, en el prólogo del libro Contra Córdoba de Tatián, dice algo que bien vale para este libro que ahora comentamos: habla de la celebración de una fuerza que cada tanto brota en su vocación de ruptura ante lo que permanece clausurado o dormido… un país en el que las luchas sociales y el deseo de inclusión cada tanto revienta los diques ganados por la desidia, el desconocimiento o el adormecimiento. Explosiones y experiencias que a veces son relámpagos y otras veces logran sostenerse un tiempo y una vez desplazadas, reprimidas o asfixiadas, duermen en los corazones de las nuevas generaciones, como duerme el sueño de los olvidados… hasta que esa misma fuerza –como otras veces, como siempre- se despierta y nos despierta.

Creo, que al manual de instrucciones que escribió Juan Cruz, para saber cómo rebelarse, le faltaría un epílogo. Se me ocurren las palabras para Julia que escribe Goytisolo: Nunca te entregues / Ni te apartes / junto al camino digas / No puedo más / y aquí me quedo / Entonces siempre acuérdate / de lo que un día escribí / pensando en ti / pensando en ti”. Siempre acuérdense de la Reforma de 1918 y de los reformistas consecuentes, de las ideas y de las pasiones, de los que escribió para ustedes. Acuérdense de la conclusión del Gran Deodoro, tiempo después, la Reforma Universitaria no será posible sin una Revolución social, en paz, en unión con los trabajadores y en la calle.

Gracias, Juan Cruz, por este libro indispensable.

 

*texto leído en la presentación del libro en   en el Auditorio de la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano, Córdoba, 27/6.

Cómo narrar el naufragio

Sobre Noche cerrada, mar abierto, de Juan Bautista Duizeide

(editorial Leteo, 2018).
Por Cecilia Ferreiroa.

Sarmiento escribió su Argirópolis cuando vio que la caída de Rosas era una posibilidad cierta. En ese libro planteó, con toda la esperanza puesta en el futuro del país, su proyecto de constituir una flota para la navegación de los ríos internos, buscando facilitar la distribución de la producción, imaginada a lo grande. Perón hizo crecer una flota mercante marina –creada en 1941– que llegó a establecer una circulación fluida de las mercancías por el país y por el mundo.  

Entre esos proyectos y 2018, año en que la editorial Leteo publica Noche cerrada, mar abierto de Juan Bautista Duizeide, pasaron mucho tiempo y muchas cosas, de las que el libro se ocupa de manera fragmentaria a lo largo de los cuentos, que se desarrollan en diferentes épocas y lugares. La flota mercante argentina fue destruida por distintos gobiernos y en la actualidad es una sombra de lo que fue. Si bien Argirópolis fue pensada como proyecto o plan de gobierno y no como literatura, las condiciones de escritura implicaban el imaginario de tener el futuro abierto y la esperanza de construir el país como se lo pensaba. Más allá de si eso luego se llevó a cabo, estaba esa convicción. Las condiciones de escritura de Noche cerrada, mar abierto no son las mismas. El libro de Duizeide da cuenta de la decadencia de esos proyectos y del país, del peso de haber perdido lo que una vez se pensó o lo que una vez existió. No hay mirada al futuro sino al presente y al pasado. Una mirada espantada. Y, en tanto literatura, busca establecer cierta problematización de una tradición literaria, junto con una situación social, y poner el foco sobre las subjetividades que resultan de esa determinada situación.

Noche cerrada, mar abierto mantiene un tono melancólico. Los personajes están muchas veces en su vejez. Ellos han vivido mucho, han sido hombres de mar toda la vida, y son testigos del deterioro del país, expresado en el declive de su flota mercante, en la violencia de los vínculos, en las condiciones actuales de navegación. Les queda recordar lo que hubo, lo que alguna vez vivieron, y ver lo que ya no está. En “Brindis” aparece la flota mercante que existía durante el gobierno de Perón, en “Ricercare” el marino que vuelve a la ciudad en la que nació, luego de muchos años, ya no encuentra el movimiento de barcos de comercio que había antes. Los signos de esa navegación que una vez existió se esfumaron, y lo que el personaje ve es ese vacío. El pasado queda como huella en aquellos que fueron testigos y protagonistas. No desaparece simplemente, queda su ausencia y su memoria.

La nostalgia que sienten los personajes no se limita al movimiento marino desaparecido, sino también a un pasado glorioso de la navegación que se perdió y, a su vez, a su propio pasado, su vida vivida que ya no está. Pero esta pérdida no lleva a idealizar las condiciones de trabajo en los barcos. No son mejores para los marineros que las que existen en otros ámbitos laborales. La vida en los barcos tampoco es mejor que en tierra firme. El dinero, la explotación y el autoritarismo dominan también ese mundo. “Y por dinero zarpan los barcos”, dice el capitán en “Ricercare”, “la plata en serio no la hacen los que navegan sino los dueños de los barcos” (“Brindis”). Y los capitanes son déspotas y autoritarios. El capitán Gonzaga es recordado siempre así. Esa continuidad entre el mundo de tierra firme y el del barco se ve muy clara en el relato “Odio los sábados”. Un cuento de un exmarino que tiene una pelea en un bar con un rugbier que muestra los signos de una sociedad autoritaria, que legitima los crímenes cometidos por la dictadura militar y pide más. Pero el mundo del barco tampoco está exento de autoritarismo. El exmarino añora sus tiempos de navegación con el capitán Gonzaga, que según él mismo dice, era el peor de todos los déspotas con los que navegó. A su vez, añora, como un quijote de mar, la época heroica y dorada de la navegación, que, en realidad, nunca vivió sino que leyó en los libros.

Los relatos clásicos de Melville o de Conrad están plagados de historias de mar y narran experiencias extremas en las que los hombres (el mundo de esos autores y el de Noche cerrada, mar abierto es casi exclusivamente de hombres) se ponen a prueba. No pasar esa prueba con el valor y la fuerza de espíritu necesaria tiene consecuencias desastrosas y determinantes en la subjetividad, como lo podemos ver en Lord Jim o en Moby Dick. A pesar de que en Noche cerrada, mar abierto hay muchas referencias a autores clásicos, los cuentos no se dedican a narrar experiencias extremas. Incluso cuando parece que lo hacen, resulta que lo que se cuenta va en otra dirección. En el cuento “En círculos” lo que al principio parece ser la historia de la lucha del hombre con la naturaleza y con sus propias fuerzas físicas para salvar la vida luego de un naufragio, se revela como la rebeldía de los marineros ante las autoridades que incendiaron el barco para cobrar el seguro, y provocaron un accidente fatal.

Con el capitán Gonzaga sucede algo similar. Es un personaje que aparece a lo largo de todo el libro. Los marineros lo mencionan como un déspota autoritario y a su vez como alguien especial: haber navegado con él no es un asunto insignificante ni algo que se olvida fácilmente. Pero las veces que se narra su accionar, Gonzaga no parece tan malo como se lo describe, incluso en “Volver” su aparición llega a ser mínima. Ni lo vemos heroico, ni déspota, ni grandioso: un hombre de mar, que pasó toda su vida en los barcos. En el último cuento Gonzaga aparece en su declinación física, retirado, viejo, con olor a orín. Y narra su experiencia de mar, o más bien dice que le narra a otros, pero no podemos escuchar su narración: no es para nosotros, los lectores del libro. Apenas nos hace una mención o un listado de las cosas que cuenta, muchas de ellas, impresiones, imágenes -como una especie de poema inserto en el relato-, que no llevan a transmitir su experiencia; al tiempo que reflexiona sobre si es posible hacerlo.

Noche cerrada, mar abierto plantea una aparente paradoja: es un libro enteramente sobre hombres de mar, pero casi no se narran experiencias de mar. Y esto es algo consciente.

El libro tiene dos líneas importantes relacionadas con esta decisión. Una de ellas se inserta en la tradición literaria que reflexiona sobre la posibilidad –o imposibilidad– de narrar experiencias vividas. No sólo el capitán Gonzaga plantea la imposibilidad de transmitir sus experiencias, sino también el capitán de “Liberty Ship”: “¿Cómo poner en palabras todo aquello que resulta salvajemente refractario a volverse palabras?”. Desde esta perspectiva la experiencia vivida en los barcos, múltiple e indefinida, modifica a los sujetos pero resulta intransmisible y conduce a desistir del intento. Se hacen menciones, como imágenes yuxtapuestas de lo vivido en el mar, que no están presentadas de manera narrativa. Y la otra línea va en la dirección de plantear una crítica de la literatura clásica de tema marino. Esa literatura ya no es posible, parece decirnos Duizeide, porque ese mundo –esa manera de navegar– ya no está. Las condiciones actuales de la navegación no dan lugar para grandes experiencias heroicas: “En un mundo ya completamente cartografiado, amojonado y reglamentado, [Gonzaga] era una especie de camionero de los mares” (“Liberty Ship”). Y en esta línea podemos pensar que el libro a la vez que critica la literatura de mar clásica intenta postular la literatura marina que para el autor tiene sentido en los tiempos presentes. Así, los relatos están dedicados a contar episodios de la vida de los marineros o exmarineros, muchas veces fuera de los barcos. La reflexión sobre la existencia de los hombres de mar es el interés general del libro: interrogarse sobre el sentido de esas vidas, lo que significa el mar para esos hombres, las razones para navegar y el desarraigo, las condiciones de trabajo en los barcos, la conflictiva relación con tierra firme, la soledad, lo perdido.

Y dentro de esta misma línea, el libro pone el acento también en mostrar la razón comercial del movimiento marino en “esta época de contadores, gerentes de relaciones públicas y expertos en marketing”. En “Ricercare” el barco se queda esperando el amanecer para atracar en el puerto y no pagar más caro a los prácticos, en “Distancias” el capitán describe las tareas aburridas y burocráticas que deben hacerse cuando un barco mercante llega a puerto. Si bien algún personaje puede añorar la navegación llena de heroísmo (conocida a través de la literatura), está claro que se está en un tiempo de decadencia.

“Brindis” ofrece una manera de expresar el sentido general del libro, cuando los marineros brindan “por todo lo que habían creído invencible y naufragó con el tiempo”. Noche cerrada, mar abierto despliega todos esos naufragios: el naufragio de la vida de esos marineros, de la época dorada de la navegación, de la posibilidad de transmitir la experiencia vivida en el mar, del interés en construir o mantener una flota mercante del país, de la posibilidad de la literatura de tema marino tal como se la conocía. Son significativas las ilustraciones de Fabiana Di Luca que acompañan el libro. De manera borrosa, casi fantasmal, aparecen barcos, cielos tormentosos que apenas podemos distinguir pero que percibimos amenazantes e imponentes. Imágenes sugestivas, como huellas de lo perdido, de lo inasible.

Veladas Literarias

El próximo 17 de agosto una nueva velada literaria

El objetivo del ciclo #LasVeladasLiterarias es reunir a escritoras, especialistas y público a fin de reflexionar, leer, discutir y/o polemizar sobre problemáticas inherentes al quehacer literario, así como también difundir las propias producciones individuales de cada una de las panelistas. Conscientes de la fuerte impronta patriarcal que articula el canon actual de la literatura argentina (y de la literatura en general), estos encuentros están motorizados por la necesidad de poner en valor la literatura escrita por mujeres a lo largo de dos siglos y hacer dialogar ese rico acervo con las producciones del presente, creando vasos comunicantes.

Idea y coordinación: Jimena Néspolo y Ana Ojeda

Participan del próximo encuentro: Natalia Gelós, Ana Ojeda, Liliana Viola y Florencia Werchowsky.

La convención: entre el ascenso y el abismo

Sobre La convención, de Débora Mundani

(Corregidor, 2018)
Por Laura Pérez Gras

Desde Roberto Arlt y Roberto Mariani encuentro pocos escritores argentinos que se asomaron al mundo del trabajo corporativo desde la ficción. Ya comenzado el siglo XXI, Aníbal Jarkowski, en El trabajo (2007), Guillermo Saccomanno, en El oficinista (2010), y Máximo Chehin, en La vida interesante (2014), son algunos de ellos. Debora Mundani es, ciertamente, un caso de excepción si profundizamos esta búsqueda entre las autoras de género feminino. Por lo tanto, La Convención, su tercera y reciente novela, nos interpela, al menos, en dos sentidos: por un lado, nos coloca de bruces frente al insolente mundo del capitalismo tardío y sus juegos salvajes; por el otro, nos habla de ese mundo desde el punto de vista de una mujer, aunque el narrador sea omnisciente, porque la focalización está construida a partir de las experiencias de su protagonista, Emma Dorá.  

El grupo de personas que conforman el banco donde transcurre la novela está organizado en relaciones jerárquicas que se parecen a las de una gigante cadena alimenticia en una jungla de cemento, boxes y oficinas, regida por la misma ley de la selva: la de la supervivencia del más fuerte. Allí no hay espacio para la sensibilidad de una estudiante de Filosofía como Emma, ni para el pensamiento propio, libre de ataduras. Nada parece ser más peligroso que estar ahí y no pertenecer ni demostrar obediencia. El intruso es visto como una amenaza. Y tiene dos opciones: someterse o salir.

En esta carrera hacia el éxito económico institucional e individual, son varias las máscaras que los personajes necesitan ir incorprando para poder resisitir la crueldad de esa lucha por ascender sin desmoronarse. Esas máscaras están representadas en la novela a través de la descripción de la vestimenta que cada uno de ellos lleva, los accesorios, las poses, los gestos, los tonos de voz. Cuanto más máscaras y más efectivas son las que los personajes portan, más temible es el monstruo que ocultan. Temible, porque puede revelarse vulnerable, o salirse de control.

Las mujeres del banco, en sus distintos cargos, parecen tener que usar máscaras en función de las reglas de juego de ese espacio regido por hombres. Desde la Presidenta del Banco, que ha adoptado un estilo masculino de conducción, hasta las secretarias que deben “complacer” a sus jefes para conservar sus puestos, todo está sostenido por la pirámide del falo. Tanto es así que el sexo, quién penetra a quién, también define y jerarquiza las relaciones dentro de la cadena de supervivencia. Por ende, Emma decide irse, para no perderse en esa jungla, para poder elegir.

En este sentido, la novela presenta un cierto perspectivismo nietzscheano: las bestias rubias no miden las consecuencias de sus actos y, conducidas por el deseo, arrastran con ellas a los hombres y mujeres débiles, que no logran agruparse para protegerse, debido a sus propias limitaciones y miserias. Emma Dorá es una mujer por encima de la media, una “súper-mujer”, que no renuncia a la construcción de un pensamiento y de valores propios. Por eso debe irse, antes de ser arrasada también.

Por último, los fragmentos de prosa poética en que aparece un hombre al borde de un acantilado, apenas retenido por la rama de un árbol –como si su vida pendiera literalmente de un hilo–, se intercalan y repiten a lo largo de la novela en el intento de construir un alegato: la carrera ciega de este hombre, tanto como corredor de alta montaña como director del banco, no puede encontrar otro destino que el precipicio. En consecuencia, el leitmotiv del hombre que pende de una rama pasa de la metáfora al espanto en el transcurso de una noche. La luz de la mañana descubre para él una claridad profundamente insoportable.

Sale Papusa #1

En esta edición de Sale Papusa: el azar y la fortuna en las salas de juegos. Cómo ganarle a los casinos. ¿La ruleta como perdición?  Los diarios de Emilio Renzi de Piglia: Victoria Ocampo y la aristocracia jugadora. Dostoievsky y el juego compulsivo. El casino en la literatura argentina actual: Leandro Ávalos Blacha. ¿Todo el que escribe sobre los casinos es jugador? El microclima del Casino de Puerto Madero. Alexander Baron y su Jugador. Punto y banca. Juan José Saer, el ludópata: teoría del azar en Cicatrices. El todo o nada de Beatriz Sarlo. Contrapunto entre Saer y Borges, diálogo posible entre un jugador y un no-jugador. Ontología poética del azar: Un golpe de dados jamás abolirá el azar de Mallarmé. Blaise Pascal y la apuesta por la existencia de Dios. La fortuna y la virtú en política: Maquiavelo. ¿Cuál es la apuesta del macrismo? La banca juega con las cartas marcadas. Caputo y la mesa de dinero. El centauro de Gramsci.

Filosofía del pórtico

Taller de filosofía y literatura a cargo de Tomás Lamastra y Sofía Mónaco

Los viernes de agosto de 19 a 21 hs.

Informes e inscripción: filosofiadelportico@gmail.com

CONVERSAS DEL CABURÉ

Ciclo de entrevistas en vivo

cabure_home

ESCRIBINOS

Preguntas? Comentarios?

Nombre (requerido)

Correo electrónico (requerido)

Asunto

Mensaje

Fotografía de inicio genitileza de la querida Majo Minatel