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Because the night

Por Pia Bouzas

Era salir de casa. Sentarme en el asiento de copiloto del Chevrolet o del Citroen y aceptar que ella manejara sin destino fijo. Solo fuera de la ciudad, solo unas horas, esa era la clave. Podía ser un domingo o un día de semana, a la vuelta de la escuela. Dependía de mi madre, si hacía sonar las llaves entre los dedos o las buscaba mientras hablaba por teléfono, ese día nos íbamos. A veces llegábamos hasta algún pueblo y a veces coincidía con

alguna celebración, una feria popular, una kermesse, y todo parecía tener más sentido; otras simplemente llegábamos hasta el medio del campo. Estacionaba en la banquina y nos bajábamos. Mirábamos lo que tuviéramos enfrente; alguna sierra, un campo cultivado, la llanura seca o una ruta sin curvas. Lo importante: que los ojos no encontraran final, respirar otro aire; incluso mejor si hasta cambiaba el clima, si salía el sol o nevaba; ver que había mundo más allá de casa, decía ella. Lo repetía como un mantra, aunque yo me lo sabía de memoria. En la guantera del auto teníamos un arsenal de casetes para no depender de las radios locales. Siempre en constante reposición porque después de cierto uso las cintas se trababan, se enganchaban en el cabezal o patinaban como si el cantante se estuviera derritiendo. Al final se plegaban como el film de una película vieja y había que estirarlas, aplanarlas y volver a enrollarlas haciendo girar un lápiz en el carrete del casete, pero al rato ya no se podían usar. A medida que se iban rompiendo los dejábamos en algún restaurante de la ruta. En esos restaurantes donde parábamos a tomar un café con leche o comer un sándwich. Donde había una camarera desalineada o triste, y un hombre con panza atrás de la caja registradora. Restaurantes donde nunca había mucha gente. Los dejábamos sobre la mesa cuando nos íbamos, como si no nos diéramos cuenta, como si fuera algo que había quedado olvidado y que después lamentaríamos. Algo que quizás la camarera al principio guardaba en el bolsillo de su uniforme o ponía sobre la barra por si volvíamos a buscarlo, algo que quizás después se llevaba a su casa, que al final desechaba con algún diario viejo. La guantera de todas formas siempre estaba llena. No sé de dónde aparecían, si ella los compraba o alguien se los grababa. Sonaban durante todo el viaje. Era lo único que se escuchaba en el auto porque prácticamente no hablábamos, o si lo hacíamos era para señalar la aparición de una liebre o de un caballo suelto. Decíamos uy, un caballo salvaje, pero en realidad siempre tenían una soga atada a una pata, o un cabestro, o algo. Nunca encontramos un caballo salvaje. Había canciones para escuchar y otras para cantar a los gritos. Esta que ahora escucho otra vez, después de muchos años, ella la cantaba apasionadamente. Cada vez que aparecía la cantaba con la misma pasión. Con los primeros acordes se preparaba. Largaba el humo del cigarrillo por la ventanilla baja, tamborileaba en el volante y movía la cabeza. Because the night belongs to lovers, because the night belongs to lust. Y repetía. Yo apenas alcanzaba a entender la palabra because por más que ya estuviera habituada al inglés; ella en cambio la sabía desde el comienzo al final. El estribillo tenía la fuerza de un himno. Ahora me pregunto si era la letra lo que la conmovía o la voz de la cantante, como hambrienta, con el cuerpo tenso, un animal a la espera. ¿Quién canta?, me pregunta de repente mi hija mayor y su pregunta es tan intempestiva como su pelo violeta.  Eargasm es el comentario que alguien dejó en internet al video, descubre al googlear la canción de Patti Smith. Pienso que la palabra es perfecta y extraña, la combinación propia de un idioma extranjero. Sigo el ritmo con los dedos en el volante, y es mi hija quien se deja llevar por la corriente del estribillo como si fuera un himno. Es salvaje, dice. Es un domingo de fines de invierno, y el auto se desliza con suavidad, en parte porque es el primer auto que tenemos que no es tan viejo, en parte porque la ruta está en excelentes condiciones, como casi todas en este país ajeno. Mi hija mayor viaja en el asiento de copiloto. Se mira insistentemente en el espejo para reconocerse en su peinado nuevo, estallado. Mi hija menor mira por la ventanilla, no participa de la conversación, escucha su propia música con unos auriculares rosados clavados como vincha en su cabeza infantil.  A la derecha se extiende un campo amarillo ocre, recién cosechado; los fardos de pasturas quedaron allí, como desparramados. Pero nada más lejos del desorden, tienen formas tubulares perfectas, de boca ancha, y están recubiertos con un nylon blanco para protegerlos de la lluvia. Es un paisaje común que sin embargo remite a un mundo extraño. De repente, mi hija menor se quita los auriculares, me toca en el hombro y dice: hay una nube redonda perfecta en el horizonte. Miramos. Es verdad. Es tan blanca. Una señal, dice la más chica. Y al rato ¿Podemos parar?

Mis hijas acaban de bajarse del auto y caminan hacia el restaurante que encontramos al lado de la ruta. Una casa de madera oscura, con alero y un cartel luminoso roto. Caminan casi a la par, la más chica apunta con el dedo hacia la nube, que sigue a la vista. Hablan entre ellas. Hace frío. Me pongo mi viejo abrigo de corderoy azul, y tanteo en los bolsillos como quien busca algo; qué tonta, ya nadie escucha la música en casetes. Las chicas me llaman desde la puerta del restaurante. Voy. El aire es filoso y estimulante. Solo hay una camioneta estacionada frente a la puerta. Estará casi vacío, como todos los restaurantes donde siempre paramos. Después de comer algo podemos volver a casa, les digo. Mañana hay clases. Me observan sorprendidas, casi decepcionadas. O seguir, dicen las chicas casi al mismo tiempo. Nos quedamos en la puerta un rato. Para tomar una decisión. Miro hacia adelante. La nube sigue clavada en el cielo, perfecta. No se ven autos en la ruta. Parece dibujada, pienso. O un sueño, dicen ellas. ¿Qué habrá más allá? La ruta gira hacia la derecha en un movimiento amplio y lento. Amable, invitando a seguir. Incluso si llega la noche.

Sale Papusa #17

La fiesta. Roger Caillois y la fiesta como suspensión de la norma. La fiesta como el día más feliz: Catulo y la orgía. Ovidio y los Fastos romanos: saturnalia, matronalia y lupercalia. Carnevale y carnelevare, la fiesta religiosa en el origen del carnaval. Bajtin y su teoría del carnaval. La inversión de las jerarquías. Gauguin y su Martes de Carnaval en su Diario. La droga, los excesos y muerte. ¿Cuáles son los límites de la fiesta? La fiesta poética rioplatense de Ida Vitale y Estela Figueroa. Ernest Hemingway y cómo se vive la fiesta en la Generación Perdida en plena guerra. Los locos años veinte en Scott Fitzgerald. John Cheever y cómo nadar en los suburbios un domingo de verano en plena festividades. ¿Hay que pagar la fiesta? Borges, Bioy y la fiesta del Monstruo. Lo cíclico de las fiestas patrias. La fiesta exclusiva: desde tirar manteca al techo hasta la fiesta menemista. Los globos de Macri versus la fiesta popular del Bicentenario. Federico Peralta Ramos y la fiesta pagada con la beca Guggenheim.

Poemas

Por Verónica Laurino.

Estos poemas inéditos pertenecen a un futuro libro que se llamaría Universo familiar.

A la deriva.

Harta ya de policiales
me sumerjo en la paz de los poetas entrerrianos.
Tomás me habla de los cantos de Pound
los lee a las siete de la mañana
como un samurái de la poesía.
Mientras ellos se toman uno porrones.
Ian convertido en Juan
me explica en el supermercado chino
la plusvalía:
siempre todo, es a su favor.
Suspendida en la palabra góndola
me paseo por esos canales comparando precios.
Compro atún desmenuzado y al natural
para mi gato Groucho
que en su enorme sabiduría
decidió dejar de comer alimento balanceado.
Vio a su madre morir de insuficiencia renal.

Cuidados.

Mi padre improvisa un cerco
alrededor del árbol de nísperos,
no es para evitar
el robo de sus frutos
sino porque protege
el nido del zorzal
que este año decidió
vivir en el perfume de sus ramas.

Las recolectoras.

Fuimos a recoger flores de manzanilla.
Mi papá insistió y nos llevó en el auto hasta allí.
Mi mamá nos enseñó a poner los dedos como una tijera
de abajo hacia arriba arrancamos las hermosas margaritas.
Caen en la palma de nuestras manos
las guardamos en una bolsa de papel.
Nos queda por un momento su perfume.
Lo principal es retirar la parte amarilla del centro.
Somos tres las recolectoras:
Mi madre, la experta;
yo, siempre fui la curiosa
y Mercedes, mi sobrina niña.
Los perros no nos siguieron
por haber venido en auto.
Mi papá piensa en todo.
Estamos en el campo de los polleros,
esos misterios de las semillas
que hacen que aquí,
en medio de esta pampa inmensa
sigan creciendo estas flores silvestres.

Verónica Laurino nació en Rosario en 1967 y actualmente vive allí, trabaja de bibliotecaria. Su primera novela “Breves Fragmentos” ganó el Concurso del Concejo Municipal y se publicó en 2007. Su libro de poesía “25 malestares y algunos placeres” se publica en Ciudad Gótica en 2006. En 2007 publica por Vox su libro de poesía “Ruta 11” y en coautoría con Carlos Descarga sale en editorial Alción “Comida china”. La novela infanto juvenil “Vergüenza” escrita junto a Tomás Boasso se publicó en Sigmar en 2011. En 2013 Erizo publica la novela “Jardines del Infierno”. En 2014 sale “Sanguíneo” escrito junto con Fernando Marquínez (Baltasara) y en 2016 publica un libro para niños “Paren de pisar a ese gato” (Libros Silvestres) En 2019 publica dos libros infantiles: “Mula” (Ciudad Gótica) y “Alimañas en la casa nueva” (Libros Silvestres). Participó de numerosas antologías: “El libro oscuro”, “Nada que ver”, “De la calle inclinada”, “Los reinos de Poesía” y también de numerosas lecturas y festivales.

 

 

Sale Papusa #16

El cuerpo. Su materialidad y afecciones. El famoso dictum platónico del cuerpo como cárcel. El dualismo de Cartesio. Sade y el cuerpo en literatura, el monstruoso cuerpo en Frankenstein de Mary Shelley, Irving y El estudiante alemán. Antropología del cuerpo en Le Breton: el cuerpo separado del hombre y el origen del individualismo moderno. Bajtin y el cuerpo grotesco. El cuerpo poético según Federico García Lorca y el paso de tiempo en Sharon Olds. Ningún cuerpo permanece nómade según Tomás Eloy Martínez en Santa Evita. Las transformaciones del cuerpo post violencia en El desierto y la semilla de Jorge Barón Biza y la distopía en Nunca me abandones de Kazuo Ishiguro. El viajero inconformista desde Vastos. Paul B. Preciado y el control de los cuerpos: su discusión contemporánea. Corpus: Jean-Luc Nancy y los indicios del cuerpo. El cuerpo como extensión del alma. La reivindicación del cuerpo: Nietzsche y Spinoza. El cuerpo sin órganos de Artaud y sus repercusiones.

El poeta constante

Por Jimena Néspolo

Aquello era bastante bochornoso y nadie se imaginaba cómo podía terminar. Mariana había sido designada como coordinadora del Foro desde hacía unos meses; si bien no le agradaba totalmente su rol de moderadora, tampoco le disgustaba. Contaba con tiempo: sus hijos se habían independizado y su marido la había dejado pocos meses después de que se fuera de la casa el más chico. Siempre había pensado que su esposo era un hijo más y él parecía empecinado en confirmárselo. “¡Hace vida de pendejo! —le contaba a sus amigas—: va al club, sale a bailar, cambia de novia cada dos por tres”. Era como si quisiera volver a vivir la juventud, enterado de pronto de todo lo que años atrás no había hecho.

—¡Es que nos casamos muy jóvenes! —explicaba Mariana al finalizar las asambleas del Foro, cuando se hacían esas rondas espontáneas donde cada una aprovechaba para monologar sus problemas—. Entonces casarse era la única forma de que los padres te dejaran ir de casa. ¡Si no: olvídate! Y los hijos vinieron luego por obligación, con el trabajo y los horarios… ¡Ahora es muy distinto todo!

Mariana comprendía tanto a su marido que su comprensión más bien parecía una invitación a la huida. Eso le había soltado una de sus compañeras militantes; esa actitud maternal que había asumido al interior de la pareja había sellado la suerte de su matrimonio. Aunque era una mujer madura sentía que tenía mucha vida por delante y con sus cincuenta años deseaba afrontar cada experiencia como si fuera nueva. Ahora tenía en sus manos el caso del escrache al poeta editor, debía redactar la carta pública y entre una frase y otra le parecía escuchar el coro de las más jóvenes, alentándola: —¡Deconstruite Mariana! ¡Vamos Mariana! ¡Deconstruite!

¿“Deconstruirse”? ¿Qué quería decir eso? La palabrita le empezó a dar vueltas en la cabeza desde la primera vez que cayó en una de las reuniones del Foro de Mujeres, casi llevada a la fuerza por una de sus amigas de yoga que se había cansado de escuchar una y otra vez sus lamentos. De esto hacía ya casi dos años, y todavía no entendía bien qué significaba “deconstruirse”. Pero a falta de una comprensión total, Mariana se plegaba a cada una de las acciones del colectivo con la fe ciega del idólatra. Siempre había querido tener una hija mujer, y aunque sus compañeras más jóvenes se burlaran de su “maternismo” (¡otra palabreja que había aprendido ahí!), le era imposible no ver en cada una de ellas a esa hija que no se había decidido a tener. Si había que ponerse un mapamundi en la cabeza y marchar vestida con una túnica blanca chorreada de pintura roja alrededor del Congreso durante toda una madrugada y la mañana del 25 de noviembre, para conmemorar el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia hacia la Mujer: allí estaba ella, cosiendo las túnicas para decenas de compañeras e inflando los globos terráqueos antes de colocarse primera en la columna. Si había que plantarse un antifaz con plumas y un arnés de rayos solares y marchar entangada en los festejos del Día del Orgullo Gay, ¡allí estaba Mariana!: munida de conchero y de plumas en la línea de avanzada del LGBT.

Ahora se debatía entre palabreja y palabrita, viendo dónde diablos debía meter la “e” del lenguaje inclusivo, cuyo uso —le habían indicado sus compañeras— era absolutamente necesario en todas las comunicaciones del Foro, incluso en esta carta pública que estaba redactando.

Pobre muchacho, el poeta constante. Mariana no podía evitar sentir pena ante semejante idiota. Hacía quince años que gestionaba una editorial que se decía independiente, tenía un hijo con una profesora universitaria y estaba divorciado. Todo empezó con el testimonio de una de las más jóvenes del grupo, una chica que apenas superaba los veinte años se había largado a contar que el editor le había puesto una mano sobre la rodilla y le había guiñado un ojo cuando le hacía la devolución de sus poemas, con vistas a ser publicados en su editorial. Dos escritoras, ya maduras y con libros publicados, se despacharon contando escenas más subidas de tono. Hubo quien sumó comentarios sobre su esposa, que estaba en tratamiento psiquiátrico, que lo había dejado porque era violento, etc. etc. La indignación fue creciendo, como una bola de totora desovillando la ira, atizada por el grupo de lesbianas más radical. La primera chica que había denunciado el acoso estaba indignada, no tanto por el lance en sí, decía la misma implicada, sino porque el editor se había negado a publicar sus poemas; ella aseguraba que era porque no había accedido a los favores sexuales que el editor solicitaba.

—¡Despachar poemitas y publicaciones por aquí y por allá, todo para cojer! ¡Qué hijo de puta!

—¿¡Cuántos casos de acoso habrá!? ¿¡Cuántas cumpas que no se atreven a denunciar habrán sufrido a este pejerto!? —se azoraba alguna más.

—¡Definitivamente aberrante!

—¡Qué bruto miserable! Eso que llaman “amor” es un polvo no remunerado —espetaba otra, que pujaba por desterrar del Foro a las militantes Abolicionistas.

—Algo hay que hacer.

—¡Constante no sabe la que le espera! —vaticinaba una más.

—¿Y si un día Constante se violenta ante la negativa de una joven poeta y la asesina? ¿Debemos esperar a que esto suceda para actuar? —preguntaba otra.

—¡Un femicidio cada treinta horas!

—¡Este tipo tiene que pagar por todo lo que nos han hecho sufrir! —auguraba aquélla.

—Un castigo ejemplar, sí, ¡venga!

Pasaban los días y los ánimos se enardecían cada vez más. Alguien llevó a una de las reuniones el libro Cien poemas de amor y una leche desesperada, publicado en la década de los noventa, con el que Constante se había dado a conocer en el mundillo de las letras y leyó a viva voz varios de sus versos. Allí donde decía “entro a la cancha como Maradona, dispuesto a hacer un gol con la mano”, tempranamente se anunciaba al editor manoseador; en “cumplidora a las cinco, serviste el té mirándome la bragueta” había una clara provocación a su sirvienta (las compañeras eran fanáticas de la novela y la teleserie The Handmaidʼs Tale); en “hoy probé culo en un bar de Constitución” el yo-poético ya se declaraba abiertamente culpable de sodomía. ¿Es que nadie había leído al monstruo?, se preguntaban unas y otras en el Foro.

Como se había formado en el taller del poeta Arturo Capeletti, la vaca sagrada de la poesía en esos años, los poemas de Constante habían encontrado pronta circulación en el Diario de Cuitas Literarias, la prestigiosa revista donde pastaba la vaca y su grupo. De ahí a entrar en los programas de estudio de académicos y amanuenses de toda laya sólo fue cuestión de tiempo… y de la asunción del padre del poeta, Julio Constante, al Ministerio de Economía. El poder, como la lectura retrospectiva, produce espejismos por sobre-interpretación. De pronto ese joven pelilargo, que solía transitar por las tertulias con un estilo ropavejero harto desastroso, jeans de marca rotos, zapatillas agujereadas y pullovers apolillados, que escribía esos poemas de un minimalismo sencillista y procaz, estaba dotado de un encanto especial: el aura romántica de quien abandona sus peculios por abrazar su vocación de poeta, la pobreza, la intemperie, ¡el espanto! Hasta su nombre sonaba profético: ¡Santiago Constante! De buenas a primeras se convirtió en “la” promesa de la poesía argentina, mientras su padre hacía negocios con el capital extranjero que sólo una década más tarde habrían de conocerse. Nadie elije a sus padres, repetía Mariana, cada vez que alguna compañera del Foro le acercaba a su casilla un nuevo dato sobre el prontuario familiar, que también era económico y político, del poeta Constante. El padre había hundido económicamente a la Argentina y, aunque nadie podía demostrar que algún denario espurio hubiera robustecido el emprendimiento editorial del hijo, más de una militante se inmolaba asegurando que allí se lavaba dinero sucio: ¿Quién compra hoy poesía, cómo sobrevive ese emprendimiento si no? —argüían.

En los últimos meses, la nominación de Constante para ser jurado en los Juegos Florales y Poéticos de la Juventud había terminado de sellar su suerte. “¿Y si yo quiero presentarme? —barruntó la veinteañera— ¿Qué: me voy a tener que cojer a todo el Jurado?”. La carta pública iba tomando forma en los sucesivos borradores presentados por Mariana. Navegando por las redes, había dado también con el e-mail del poeta. Después de titubear durante unos días, se animó a escribirle un mensaje breve pero conciso. Estaba segura de que apenas saliera publicada la carta, Santiago Constante iba a resultar envuelto en un escándalo que sería su ruina. Intentaría hacerlo recapacitar de su actitud equivocada con el género femenino, que se comunicara con las dos chicas que estaban dispuestas a sostener la denuncia, que les pidiera disculpas y, finalmente, que considerara renunciar a los Juegos Florales. Eran personas adultas y hablando tenían que poder solucionar sus diferencias.

Pasaron unos días hasta que la respuesta llegó a su casilla de e-mail. Constante la citaba en su departamento del barrio de Palermo, su “oficina” decía; fijaba el día y la hora sin siquiera consultarla. ¡Qué extraño, parece un nene déspota! ¡Podría ser mi hijo! —se dijo, en un arrebato de sentimentalidad, sin calibrar a ciencia cierta la edad del poeta. ¿Creerá que quiero publicar en su editorial? Mariana había solicitado la entrevista, anunciando un asunto urgente. Sonrió para sus adentros por su picardía: ser una señora mayor otorgaba la licencia del misterio.

El día de la cita llegó sin que Mariana hubiera encontrado la oportunidad de comentar en el Foro su iniciativa. Antes de cursar la comunicación no se le había ocurrido consultar; y después de cursada, temió que sus compañeras la tomaran a mal, los ánimos seguían incendiarios y todo llamado a la mesura parecía una afrenta. La carta pública estaba redactada, y se sospechaba incluso que había sido filtrada porque un par de compañeras habían sido amenazadas. No obstante, apenas se terminara de recabar las firmas de puño y letra de las adherentes, sería entregada en varios portales de noticas a través de la comisión de prensa del Foro.

Mariana llegó al edificio donde vivía el poeta Constante y antes de anunciarse desde el portero eléctrico, revisó su cartera, no fuera que se hubiera olvidado la copia de la carta que presurosamente había impreso antes de salir. Allí estaban los tres folios de letra apretada, con los pormenores de la acusación y las sanciones públicas que se esperaba obtener. Aprovechó para ponerse unas gotas de perfume atrás de las orejas y en el cuello. También buscó su teléfono, para revisar si tenía algún mensaje, pero no: se lo había olvidado en su casa. ¡Qué despistada soy, qué cabeza de novia! —se dijo. Nadie de su entorno sabía que estaba allí.

Apretó el botón del 6° B y franqueó el umbral del hall, sin que voz alguna se hiciera oír o preguntara quién estaba llamando. Este muchacho es muy poco precavido —pensó Mariana—, así pasan las cosas después. Esa misma noche llamaría al menor de sus hijos, que era el más despistado de sus tres varoncitos, y al que siempre estaba temiendo que le sucediera algo. El ascensor la llevó al sexto piso y sus piernas la depositaron frente a una puerta que golpeó indecisa, por no encontrar el timbre. La puerta se abrió y ella entró con pasos dudosos, buscando en la semioscuridad un punto de apoyo, de pronto sentía las piernas flojas y la garganta cerrada porque comprendía también, como si la usina eléctrica de su mente se hubiera puesto al fin a funcionar, la diferencia entre la palabra “deconstruirse” y la palabra “destruirse”. Hilachas del atardecer entraban por el balcón, dejando en penumbras una sala escueta. Sobre la mesa ratona y los sillones de estilo vintage se amontonaban libros. Una voz de hombre que en nada se parecía a la de sus hijos dijo algo atrás suyo, pero Mariana sólo escuchó el ruido de la puerta cerrándose con un golpe seco.

Jimena Néspolo nació y vive en Argentina. Narradora, poeta, dirige la revista Boca de Sapo (www.bocadesapo.com.ar). Es investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina. En 2011 publicó la novela El pozo y las ruinas, seleccionada por el diario El País (España) como una de las novedades editoriales destacadas del año. Su libro de cuentos Las cuatro patas del amor fue galardonado en la 59° edición del Premio Casa de las Américas (Cuba, 2018). Su distopía feminista Pentalogía de Artemisa, lleva publicada las dos primeras entregas: Episodios de cacería (2015) y Círculo polar (2017).  Publicó varios ensayos, libros de poesía, y la crónica ¿Quién mató a Cafrune? (2018).

 

26 de julio

Veladas literarias latinoamericanas

A las 19 hs.

El ciclo se inició en marzo de 2018, a través de la idea y de la gestión de Ana Ojeda y de Jimena Néspolo, con el objeto de reunir a escritorxs y especialistas a fin de reflexionar, leer, discutir y/o polemizar sobre problemáticas inherentes al quehacer literario y cultural a partir de la escritura de mujeres argentinas.

En 2019 se proyecta el mismo ideario sobre la escena latinoamericana, intentando superar ya toda normatividad de género. En todo caso se asume a la “tradición” como heterodoxia que es preciso construir y de-construir desde el presente de la enunciación. En este escenario complejo, se privilegian pues los temas acuciantes hoy.

Idea y coordinación: Jimena Néspolo

El ser patria (ante el cuerpo de Eva)

Por Maximiliano Feroleto

Introducción

Las decisiones y acciones tomadas y llevadas a cabo por la cúpula peronista y, posteriormente, por los líderes de La Revolución Libertadora respecto al cadáver de Evita, dejan al descubierto -una vez más- el drama pasional que, periódicamente, va trazando una topografía peculiar sobre nuestro corpus social. Por eso, reflexionar acerca de aquello que se hallaba inscripto en ese cuerpo capaz de despertar al mismo tiempo el deseo de conservarlo impoluto y el de exterminarlo, es también una forma de interpelar la idea de Patria y poner en cuestión el sentido de unidad circunscriptos a un territorio delimitado.

Puesto que se trata de una complejidad configurada por una red de pasiones en pugna, pasiones que rayan nuestra tierra dejando grietas y estigmas en nuestros cuerpos, cabe preguntarse si: con todo y a pesar de todo, ¿es posible hablar de Identidad Nacional y del Gran Pueblo al que saludan los libres del mundo? Teniendo en cuenta ese carácter pasional y la tradición literaria que nos caracteriza, se considerarán ciertos escritos a través de los cuales se expresaron determinadas figuras influyentes en la construcción del ideario social argentino que, con su lenguaje poético supieron interpelar -y lo continúan haciendo- nuestro pensamiento, más allá de cualquier prejuicio.

Hacer este ejercicio es ya una forma de pararse frente a una problemática que nos atañe desde hace tiempo y que en reiteradas oportunidades quedó relegada por el carácter imperativo de lo coyuntural, pero que subsiste como condición de superación y horizonte de verdad. Una problemática que contiene en sí misma su respuesta, cuyo peso específico es de una magnitud tal que, por más que se intente, resulta imposible de esconder.

 

CONSTITUIDOS-CONSTITUYENTES

Tantas veces estuvimos a punto de enfrentar nuestro verdadero problema, esa marca fundacional que nos aqueja. Tantas veces como la cantidad de giros esquivos que dimos a cuenta de cuestiones coyunturales: conquistas, bloqueos, amenazas externas, guerras civiles, etc. Es cierto que el tiempo es tirano y apremia, tan cierto como falsa es su capacidad para curar las heridas. Conocer la cantidad de tiempo transcurrido entre un momento y otro sirve a los fines de sistematizar acontecimientos de características afines dentro de un conjunto, es decir, para aislar una muestra y poder analizarla extrayéndola de un universo inconmensurable; pero esa manta, ese envoltorio abstracto, no conoce cualidades ni ejerce voluntades. El tiempo, tal que unidad de medida, es contrafáctico, no antecede a los hechos puesto que no puede medir lo que no existe. Entonces podremos conocer cuánto tiempo lleva abierta una herida o cuanto ha transcurrido hasta que cicatrice, pero el proceso dependerá de cada cuerpo y su potencia vital.

Desde el comienzo –no importa dónde lo situemos cronológicamente, no es una cuestión histórica sino ontológica-, nos encontramos en una situación incómoda, nos ponemos de pie frente a un horizonte que nos parece infinito y de pronto, como si nos faltase el equilibrio, un mareo que obliga a bajar la vista; tomamos conciencia de nuestra exposición a los avatares del mundo: si levantamos la cabeza nos descubren, si no alzamos la mirada nos perdemos el paraíso. ¿Qué es este suelo que nos soporta? ¿Cuántas capas culturales tiene nuestra tierra? Es un alivio estar de este lado, pero aquello de abajo se mueve, late. El pasado nos muestra un posible futuro que podemos imitar –lo cual resultaría un fracaso a priori- o bien, modificar; lo cierto es que el primero siempre tendrá injerencia en el último y que ambos confluyen en este momento. Nuestro pensamiento parece estar fijado según ese sistema de coordenadas.

Entonces hay redención, pero también condena. Nuestra situación paradójica es la de un disfrute subsidiado por la sangre que hidrató este suelo. Ante esto, algunos sentirán entusiasmo ante un porvenir provechoso[1] y otros, por el contrario, verán el fatal fracaso cultural propinado por las fuerzas telúricas[2]. Pronósticos que, en cada caso, encontraron su correlación empírica o, mejor dicho, la experiencia de su época fue materia de sus reflexiones. Lo interesante es que ambas posturas dan cuenta de un enigma que, a pesar de intentarlo, aún no hemos resuelto; una paz interior que no conseguimos conciliar. Y eso configura la trama pasional del cuerpo argentino.

Hay un cuerpo que siente a través nuestro. Un cuerpo trascendental, para algunos, atemporal[3], para otros, tan vasto que aqueja[4]. Lo hemos ignorado tantas veces y sin embargo seguimos enraizados. Cuando alzamos la mirada a la vez que nos afirmamos en la tierra cuyos poros son también los nuestros y sentimos cómo sus vibraciones marcan el pulso de nuestros días, hay Patria. Todo cuanto hagamos repercute en este cuerpo compuesto que constituimos a la vez que nos constituye. Somos constituyentes-constituidos. Esta dialéctica constitutiva se actualiza a cada momento y es parte nutritiva de nuestro inconsciente puesto que va tomando formas y manifestaciones ignoradas en nuestra cotidianeidad. Y si es posible hablar de un inconsciente colectivo se debe a que hay un cuerpo social que lo alimenta con sus experiencias, las cuales son posteriormente transformadas y vertidas sobre el plano sociopolítico.

 

DIVISIÓN POLÍTICA Y ENCARNACIÓN

Cuando nos adentramos en la ruta y vemos a nuestro alrededor aparece esa sensación de inmensidad que nos impresiona, pero también nos agobia. Y ese agobio, esa pesadumbre, se explica, por un lado, porque al compararla con nuestra extensión individual se nos vuelve inabarcable, y, por otro -el lado más oscuro-, porque nos damos cuenta que todo eso con lo que estamos conectados siempre tuvo dueño y nos está vedado.

La división política de nuestros cuerpos es, al igual que la de nuestro territorio, un producto cultural y no una mera cuestión de accidentes geográficos. Sangre y ríos, carne y tierra, piel y vegetación, son los soportes materiales donde se hallan inscriptos los signos que nos definen como sociedad. Cada hecho histórico queda escrito, solo hay que buscar en las piedras, en los músculos, en las orillas, o en las fibras su relato. En los títulos de propiedad solo encontraremos rastros de tinta estéril frente al derecho consuetudinario que yerra[5] nuestro pellejo.

Las biografías de aquellas figuras que marcaron hitos en la historia no aportan lo suficiente para comprender esos hechos sociales que protagonizaron, allí reside la importancia de una sociología que buscará identificar y sistematizar las relaciones de fuerza inscriptas en la cosa pública, esto es: lucha de poder entre cuerpos transfigurados[6] que están interpelando las formas establecidas según un mandato colectivo encarnado en ellos. Analizar la vida de esos exponentes que en determinado momento sobresalen de la muchedumbre, puesto que son empujados por voluntades demandantes y asoman su cabeza eclipsando al resto, contribuye al armado del despiece social. Se trata de piezas que no tienen un lugar asignado, sino que obligan replantear todo lo realizado y permiten pensar nuevas perspectivas.

El cuerpo de Evita[7] fue el territorio donde se pusieron en juego la voluntad y la estética argentina. Todas sus células se agitaron entre el afecto y el desprecio de un pueblo por su patria. En aquella época la tierra volvió a convulsionarse, a inflamarse, como decía Scalabrini Ortiz[8], pero esta vez su inflamación no fue por el “vigor europeo” sino por los cabecitas negras[9] que llegaban a la ciudad atraídos por la fuerza inmanente de un volcán que pretendía dar sepultura a una estructura de clases que había muerto luego de haber agonizado durante más de una década en la infamia. Buenos Aires, que se había acostumbrado a replegarse sobre sí misma, era ahora una dermis expandida que alojaba a los “sin tierra”. Ese esfuerzo del cuerpo contorsionado presuponía dolor en cada una de sus fibras. Por eso los gritos y la indignación de aquellos que habitaban en la comodidad de un cuerpo dormido e insensible.

 

FANTASÍA Y REALIDAD: POLÍTICA LITERARIA ARGENTINA

El género literario argentino es la ficción, sin dudas. Si ésta nos resulta tan apetecible de leer y tan natural de escribir es porque encontramos en ella la manera de enunciar lo que desde el lenguaje formal parece indecible. Fue el caso, por citar un clásico, de Facundo o Civilización y Barbarie; en ella Sarmiento pudo plasmar sus ideas acerca de aquella “imposibilidad” de la sociedad argentina y al mismo tiempo embeber en la poesía su proyecto político. Ficción no es otra cosa que el resultado dialéctico de la estrecha relación entre literatura y política, donde lo real se vuelve posible, donde se vuelve: realidad, y buscará legitimarse como verdad por encima del resto de las interpretaciones, puesto que ésta es construida de acuerdo al sentido y la significación que el autor logre imponer hegemónicamente sobre el resto.[10]

La Argentina que encarnó en Evita recuperó su capacidad erógena. Se despertó exaltada de la siesta; no sabe si fueron las pesadillas provocadas por el último banquete o, por el contrario, el hambre acumulada de los arrabales –en cualquier caso, se trató de una inequidad, un desequilibrio. Debió vestirse rápido para llegar a la reunión donde el monstruo festejaría[11] con su “séquito de acólitos” el inicio del caos. Todo orden entró en disputa, lo único seguro es que se habría una reconfiguración. El corpus se estaba transformando y eso repercutía en cada fibra de La Patria.

Aquella siesta, aquel reposo patriótico fue el último de su adolescencia y la antesala de una adultez cuya inauguración estaría signada por los traumas de su infancia. El crisol argentino colapsó y estalló en síntomas que poblaron las ciudades grises y los pueblitos de la República. Y ahí estaba, producto de una adolescencia larga, insensible y ciega, el síndrome del Gran Pueblo caprichoso que encontró, al mismo tiempo, en la figura carismática de la pareja presidencial, el afecto y la tiranía hechos carne y hueso. Por un lado, el líder y su jefa espiritual -símbolos de la justicia social- redimiendo a las bastardeadas familias humildes y, simultáneamente, por el otro, un militar demagogo junto a su prostituta de turno ofendiendo la moral del Jockey Club y los estándares de la intelligenzia[12]. Otra vez, la sombra de Facundo.

El sujeto nacional, proyectó una escena fantástica –“increíble pero cierta”, como ocurre en los cuentos borgeanos-, que tuvo entre sus aristas la emancipación de la clase obrera[13] así como también el asesinato del tirano y el goce profano de la diosa.

El bombardeo del ‘55[14], el exilio de Juan. D. Perón y la proscripción política del peronismo fueron la representación material de un asesinato. Un asesinato a la amenaza de castración del decenio precedente: castración de una realidad reflejada en el espejo de un ideario que excluía las partes más íntimas, esas zonas del cuerpo que al ser desvestidas causarían vergüenza y escozor ante las miradas aristocráticas. Asesinato cuya culpabilidad presupuesta e ineludible quiso abordarse mediante el diseño de una estrategia basada en el extermino y la amnesia[15], cuyo fracaso estaba inscripto en las huellas mnémicas que habían dejado aquellos “años peronistas” en el sujeto argentino.

En el robo y la manipulación del cadáver de Evita quedó al descubierto la perversidad que habita las profundidades de la República. La señora muerta fue objeto de goce para los “libertadores revolucionarios” y sus seguidores. Quiso despojársele de toda historia. Sin embargo, esa imagen que nos pinta David Viñas en su cuento sobre el funeral de Eva Duarte muestra de manera elocuente cómo el poder simbólico opera sobre las pasiones y es más fuerte que el oportunismo que busca aprovecharse de la debilidad coyuntural; porque si ese muchacho –Moure- no concretó su plan, a pesar de toda la vulnerabilidad que revestía a su pretendida, fue gracias al trabajo de dignificación y empoderamiento femenino que practicó la señora muerta:

—Estaba de Dios que tenía que pasar esto —cabeceó Moure.

—Hay que aguantarse —el chofer permanecía rígido, conciliador—. Es por la señora.

—¿Por la muerte de?… —necesitó Moure que le precisaran.

—Sí, sí.

—¡Es demasiado por la yegua esa!

Entonces bruscamente, esa mujer dejó de reírse y empezó a decir que no, con un gesto arisco, no, no, y a buscar la manija de la puerta.

—Ah, no… Eso sí que no —murmuraba hasta que encontró la manija y abrió la puerta—. Eso sí que no se lo permito…, — y se bajó.[16]

Para entender nuestra realidad es preciso afirmar que lo simbólico da sentido a los hechos, pero poniendo énfasis en el soporte físico que todo símbolo necesita para operar: la cosa, el cuerpo. De otra manera el relato –mítico, científico, político, etc.- no se cumple y pierde su capacidad exegética.

En el cuento Emma Zunz, Borges recrea espectacularmente aquello que Spinoza resaltaba con respecto a “lo que puede un cuerpo”[17] y que Sarlo[18] analiza agudamente con respecto a la imposición de condiciones que el cuerpo de la señorita Zunz realiza sobre la conciencia. No obstante, podríamos ir más lejos en el análisis extrapolando esta cuestión con otro cuento borgeano –otra historia increíble- en el cual se narra un Simulacro[19](en alusión al funeral de Evita) y aparece sintetizada la representación que el autor tenía del peronismo: una farsa que constituyó “para el crédulo amor de los arrabales, una crasa mitología”. Empero, previamente, dice algo aún más elocuente y que sirve como punto nodal respecto a lo expuesto más arriba: “El enlutado no era Perón y la muñeca rubia no era la mujer Eva, pero tampoco Perón era Perón ni Eva era Eva…”. Y sería justo agregar que Emma no era Emma ni Loewenthal era Loewenthal, puesto que la escisión jerárquica cuerpo-mente o, mejor dicho: pasión-razón, cuyo ordenamiento asigna un nivel superior a una conciencia guiada por la razón que domina las pasiones del cuerpo, resulta inadecuada en tanto que éste es fuente de un conocimiento capaz de resignificar el montaje de cualquier escena alucinada, pasando así de lo simulado a lo vivido.

 

CONATUS. AFIRMACIÓN Y RESISTENCIA

El cuerpo de Eva aportó una verdad que fue ignorada por algunas conciencias individuales. Tanto la cúpula peronista como los líderes de la Libertadora desconocieron aquella revelación y desoyeron el reclamo incansable de la madre tierra. Ambas facciones concurrieron en el error de tomar el cadáver de Eva como reservorio simbólico de todo aquello que o bien quería conservarse impoluto, o bien extirpar de la sociedad argentina. El cuerpo de Eva había transmutado, ya no reconocía los límites esqueléticos, concluyó un proceso en el cual definitivamente pasó a formar parte íntegra del corpus social.

Su cuerpo embalsamado no pudo ser cubierto por el Monumento al Descamisado como imaginó Juan Perón. No hubo paz en el edificio de la CGT ni tampoco en los hogares de quienes -entre paranoia y perversión- quisieron ocultar a Esa Mujer[20]. Su falso entierro en Milán pergeñado por la cúpula militar y la católica Orden de San Pablo, tampoco perduró tanto como ellos hubiesen querido; aquel suelo no tardó en devolverla. La momia que Lanusse hizo llegar a Perón en Puerta de Hierro representaba más el resultado de una exitosa labor tanatológica que un instrumento de negociación política- uno de los hechos que prueban lo mal orientado que estuvo el GAN[21] desde el comienzo. Tampoco ocurrió en 1976 –a pesar de sus ocho metros de profundidad en Recoleta y de esas extremas medidas de seguridad[22]– el reencuentro de ambos cuerpos, puesto que nunca hubo separación ni tampoco repatriación, sino más bien y a pesar de los enormes gastos de energía invertidos, afirmación y resistencia de uno en y por el otro. Y esto último se debe a que esta “tierra argenta”, absorbente, atemporal y ávida por germinar, a la cual nuestros destinos están afectiva e inmodificablemente trenzados[23], había hecho su trabajo.

Las raíces que los cuerpos van echando son a veces invisibles, subterráneas, pero no así sus frutos, que florecen y marchitan recomenzando un ciclo interminable. Si es verdad lo que Spinoza creía, esto es: que “cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser”[24], entonces es posible explicar lo acontecido en nuestra sociedad durante aquellas décadas sin recurrir tanto a los detalles de la odisea atravesada por el cadáver, sino apuntando hacia los esfuerzos que el ser nacional hubo y ha de realizar para no perecer entre tanta oscuridad. De lo que se sigue, toda esa potencia de vida proviene del corpus Patria que encarna nuestro ser colectivo en tanto argentino; esto es: una res extensa cuya esencia nacional no reposa en un ideario abstracto sino en la carne y la tierra que la componen.

La verdad que aportó el cuerpo de Evita es la de un país cuya razón solo puede afirmarse en la medida que reconozca su pertenencia a esta porción de tierra que con cada latido marca el ritmo de sus días. Una verdad que deja expuestas las consecuencias del pensamiento individualista, desinteresado en el bien común del pueblo y abocado al imposible mérito personal que promulgan algunas falacias importadas a bajo costo. La pasión de ese cuerpo es un trozo de la verdad argentina, aquella que no encuentra paz porque su naturaleza es la de un territorio en disputa. Toda su historia está envuelta en una lucha por no sucumbir políticamente y afirmarse como Nación. Una verdad suspendida sobre una red de fuerzas vivas movidas por el deseo de prevalecer en su ser, cuya esencia es pura controversia.

 

MUERTE POLÍTICA Y PARANOIA

“Esto es pueblo. Esto es el pueblo sufriente que representa el dolor de la tierra madre, que hemos de reivindicar. Es el pueblo de la Patria.”[25]

 

La historia de un país debe buscarse desentramando sus manifestaciones políticas –sus aciertos y fracasos- entendiendo que en ellas están condensadas y desplazadas las experiencias del corpus misterioso llamado Patria. De manera que en toda acción política encontraremos las puertas de acceso al autoconocimiento de nuestro devenir. Por lo tanto, un pueblo que aborrece la política se convierte en una sombra cuyo destino es estar condenado al olvido puesto que ha negado el acceso a su verdad histórica, sin la cual es imposible pensar un porvenir.

Una sociedad se quiebra cuando pierde el sentido político de la vida. Las pulsiones que agitan al pueblo hasta erizarle la piel encuentran sublimación en la política. Ésta las reconduce por los cauces de la moral y el sentido público. Las formas de gobierno que no cumplan ese rol se verán rebalsadas. Cuando el revanchismo está por encima del interés general, cuando se exacerba el carácter fragmentario del arquetipo individualista y el mérito personal se postula como la única forma verdadera de realización, se secan los vasos conductores que abastecen el espíritu colectivo. La cultura y la tradición ya no resignifican sus deseos. La flor de la moral pierde universalidad, sus valores cuyos colores y perfumes son el distintivo nacional, se marchitan. Los símbolos pierden el carácter arbitrario y el mito de la Patria se desconecta del presente. La retórica deja ser esa maravillosa música y se confunde con los estruendos de las bombas que caen sobre los esqueletos de cemento.

El cuerpo enferma rápidamente porque las células de su sistema inmunológico ya no reconocen, no sienten, la pertenencia al lugar que habitan. Se hace daño a sí mismo, se aísla del ambiente, se retuerce en la incomodidad. Ese auto-flagelo le produce úlceras, nidos, donde cuajan lo reprimido y la nostalgia de los años dorados. Vive atormentado alucinando espectros. Todo acontecimiento le parece un simulacro. Entra en pánico. Se acuartela y conspira. Lo envuelve una paranoia en la cual es su propio enemigo y la enfermedad su único aliado. El enemigo interno debe ser exterminado. ¡Viva el cáncer!

Pero no alcanza, no hay lugar donde no se sienta amenazado. Su auto-exterminio, esa parece ser la única salida. Desaparecer deja de ser una utopía, una ilusión, y se vuelve posible aceptando despojarse de toda humanidad. Entonces reza y se encomienda a la fe para ser un instrumento en la santa misión de salud pública al grito de ¡Cristo vence!

Lo acontecido a mediados de siglo pasado en nuestro país merece ser repensado siempre, cada vez que sea invocado. Porque permitirá entender lo que sucedió después en la escena nacional: sus repercusiones sociales inmediatas, los tipos de subjetividades que fueron forjándose al calor de las reivindicaciones, la sed de venganza, el desinterés y el tormento políticos, el terror, y esta democracia que hasta ahora no ha logrado conformarnos. Esa es nuestra tarea.

 

[1] Echeverría y Alberdi, por nombrar a algunos.

[2] Martínez Estrada, el mayor referente.

[3] “La pampa abate al hombre. La pampa no promete nada a la fantasía; no entrega nada a la imaginación. El espíritu patina sobre su lisura y vuela. Arriba está la fatídica idea del tiempo”. (Scalabrini Ortiz. La tierra invisible, en Obras Completas -Tomo I – El hombre que está solo y espera. Buenos Aires: Editorial Fundación Ross. 2008, pp. 35-37).

[4] “El mal que aqueja a la República Argentina es la extensión”. (Sarmiento. Facundo o Civilización y Barbarie en las Pampas Argentinas. Colección Biblioteca La Nación, Buenos aires.1999, p. 39).

[5] Acto que consiste en la marcación del ganado utilizando un hierro caliente.

[6] Cuerpos que salen de sus límites anatómicos, adoptando una topografía representativa del conjunto de valores y demandas de uno o más grupos sociales.

[7] María Eva Duarte de Perón, Primera Dama de la Nación Argentina (1946-1952).

[8] “La llanura se inflamó un rato, alborotada por el animoso vigor europeo”. Sarmiento. Op. cit., p. 36.

[9] También hubo participación de nueva sangre europea, pero esta vez no traían consigo el vigor sino el terror de lo que acontecía en sus lugares de origen.

[10] Estas ideas están conceptualizadas en otro ensayo de mi autoría titulado “Lengua, literatura y emancipación. Ficción literaria como estrategia política en Argentina”.

[11] En alusión a La fiesta del monstruo: cuento publicado en 1967 por Borges y Bioy Casares bajo el seudónimo Bustos Domeq. Allí se relata en clave grotesca el episodio del 17 de octubre de 1945 con el sarcasmo característico de los autores, donde Perón es el monstruo vivado por el populacho salvaje.

[12] Término acuñado por Jauretche, A. en referencia a los intelectuales que nutrían el colonialismo pedagógico.

[13] Véase, James, D. Resistencia e Integración. El peronismo y la clase trabajadora argentina. Buenos Aires: Siglo XXI Editores S.A. 2013.

[14] Hito dentro del proceso de La Revolución Libertadora iniciado el 16 de septiembre de 1955.

[15]La política del nuevo gobierno se basó en el supuesto de que el peronismo constituía una aberración que debía ser borrada de la sociedad argentina, un mal sueño que debía ser exorcizado de las mentes que había subyugado”. James. Op. cit., p. 82.

[16] El texto aparece publicado por primera vez en 1963. (Viñas, D. “La señora muerta”, en Las malas costumbres. Recuperado de: https://docplayer.es/73115605-La-senora-muerta-david-vinas-las-malas-costumbres-1963.html)

[17] “Y el hecho es que nadie, hasta ahora, ha determinado lo que puede el cuerpo (…) De donde se sigue que cuando los hombres dicen que tal o cual acción del cuerpo proviene del alma, por tener ésta imperio sobre el cuerpo, no saben lo que se dicen, y no hacen sino confesar, con palabras especiosas, su ignorancia…” (Spinoza, B. “Ética, Parte III, Proposición II, Escolio”, en Ética demostrada según el orden geométrico. Madrid: Editora Nacional. 1980, pp. 126-129).

[18] Sarlo, B. La Pasión y la excepción. Buenos Aires: Siglo XXI Editores S.A. 2003, p. 126.

[19] Así se titula el cuento de Borges, J. incluido en El Hacedor. Allí narra cómo en distintos pueblos del interior se realizaban falsos funerales en conmemoración a Evita, bajo el engaño y el cinismo –un señor hacía de Perón, se cobraba una entrada para ver a la “difunta” que era una muñeca, etc.-, trazando un paralelo con la expresión política del peronismo como verdadero simulacro. (Borges, J. L., “El simulacro”, en Biblioteca Esencial de La Nación (Ed.), El Hacedor. Buenos Aires: Emecé Editores S.A. 2005, pp. 23-24).

[20] En el cuento así titulado de Rodolfo Walsh aparecen los primeros detalles sobre el tratamiento del cadáver embalsamado luego de ser robado hasta su “desaparición”. Puesto que fue escrito en 1966, aún no había demasiadas certezas sobre su paradero. (Walsh, R., “Esa mujer”, en Los oficios terrestres. Recuperado de: http://www.oei.org.ar/edumedia/pdfs/T11_Docu8_Walsh.pdf

[21] Gran Acuerdo Nacional: propuesta lanzada en 1971 por el gobierno de facto de la Revolución Argentina que buscaba un acercamiento con las principales fuerzas políticas para encontrar una salida mediante elecciones y conformar un gobierno democrático.

[22] El último gobierno dictatorial determinó un régimen de visitas especial para quienes acudieran a su tumba. Al respecto, véase el testimonio brindado por Cristina Álvarez Rodríguez (sobrina nieta de Eva Duarte) en el documental: De Skalon, A. (productora), Bauer, T. (director), Bonasso, M. (guión). Evita, la tumba sin paz. Argentina-Reino Unido: South Productions Ltd. 1997.

[23] Scalabrini Ortiz, R. “Delegación de un destino”, en Obras Completas, Tomo I, El hombre que está solo y espera. Buenos Aires: Editorial Fundación Ross. 2008, pp. 56-58.

[24] Spinoza, B. Op. cit., p. 130.

 

[25] Fragmento del discurso que diera Juan D. Perón el 17 de octubre de 1945. Puede leerse completo en: https://www.educ.ar/recursos/129178/discurso-de-juan-d-peron-17-de-octubre-de-1945

Acerca de Spinoza disidente de Diego Tatián.

(Tinta Limón ediciones – 2019)
Por Cecilia Abdo Ferez (texto leído en la presentación de libro)

 

Ante una compilación como ésta, con textos escritos entre 2014 y 2018, una podría preguntarse por el criterio de inclusión. ¿Por qué se seleccionaron estos textos y no otros, para ser republicados? ¿Tienen alguna condición común, aparte de la referencia a Spinoza, la datación cercana o la autoría?

Y también una podría preguntarse por el orden. ¿Significa el devenir de los textos una suerte de evolución o de ampliación? Aunque no sea una linealidad, siempre tan denostada en la filosofía contemporánea, ¿significa este orden que el último de los textos porta alguna clave de lectura de los demás? ¿Está más cerca en el tiempo y es, por tanto, más presentificable que los otros? ¿Es el lector una suerte de escudriñador del estado de ánimo del autor, que es, además, un amigo?

La compilación “Spinoza disidente” es un río tranquilo. Hay en ella algunos puntos a partir de los cuales se vuelve y se parte de Spinoza (sobre todo: la libertad, la liberación y la emancipación), y que unifican los textos. Se vuelve a la obra de Spinoza no en su literalidad, no como lo haría una introducción o una hermenéutica, sino que se vuelve a lo que de la obra de Spinoza germina, en otros textos, en distintas lenguas como el italiano, el inglés, el francés, el portugués, el español, en diferentes geografías y tiempos.

 

Spinoza disidente es un río tranquilo, hasta el último texto.

 

Diego habla de Spinoza con su voz. Su voz está poblada de muchas. La de Diego es la que aloja a las demás, las conecta, las enhebra, las multiplica, las pone a conocerse. No habla de Spinoza como quién puede separarse de él y “explicarlo”. No hay nada explicable del todo, nada que se agote en el orden del sentido. Más bien, Diego comparte un hilo, una experiencia vital, un ovillo que puede retomarse por otros lectores y expandirse y que anuda diferencias y singularidades biográficas no asimilables en una identidad colectiva. Más allá de este nombre, el de Spinoza. Spinoza aparece como esa media tablita que en algún lado va a tener su contraparte y que develará un signo perdido y, a la vez, latente. Un signo universal, repuesto en lenguas indómitas, en tiempos sin clausura. Sobre todo, en tiempos sombríos. Spinoza como llave de una amistad con distancia, de una amistad entre solitarios, de una amistad de perdedores que no lo son tanto, porque saben de esta comunidad de afinidad espectral en la que son incluidos y de su persistencia y apertura transhistórica. De perdedores que confían, pese a todo.

La lectura de Spinoza de Diego sabe de tradiciones de lectura. Pero también es prevalente sobre ellas. Una de esas tradiciones es la de Maquiavelo, que es otro nombre para decir Tácito. Otra tradición es la de Marx. Otra es la de Althusser. Otra es la de Negri. Otra es la que hemos intentado, para poder seguir hablando con Spinoza en América latina y no pensar a los gobiernos que pasaron hace poco como parásitos de una potencia siempre efervescente. Spinoza no es una “ontología disponible”, al decir de Mariana de Gainza. Spinoza tiene que poder hablar acá también, donde no podemos decir Estado enemigo, sin despotenciarnos y sin embargo, también podemos decirlo, ante ciertos gobiernos, ante la policía, ante la banalidad y la pobreza que no son sólo ajenas, sino también en nuestro campo. Spinoza tiene que poder hablar en medio de nuestras tradiciones, que no tienen geometría sino barro, que no tienen horizontalidad, sino también preeminencias y liderazgos. Y sí, hemos forzado a Spinoza, porque eso también significa leer. Y seguro que no va a ser una interpretación que continúe en otros lados, porque Spinoza es un nombre también de las políticas académicas. Spinoza, como contrapelo de esas políticas, que hablan con palabras emancipadoras pero con nombres muy propios y en mayúsculas.

El Spinoza de Diego es pasado por tradiciones de lectura, pero no es un Spinoza de tradiciones. Más bien, es un Spinoza de biografías. Las notas al pie están pobladas de textos desconocidos, presentados en congresos o reunidos en libros perdidos. Dujovne editado por el Centro de Estudiantes de Filosofía y Letras de la UBA, un homenaje del Museo Judío de Buenos Aires, un libro polaco, que se cruzan con los campos de concentración rusos pero también con La perla y una referencia a la “casita” holandesa donde Spinoza alquilaba dos cuartos. El Spinoza de Diego forja igualdades, pone la atención en textos inatendidos, en detalles. Como si Spinoza fuese un dispositivo de recuperación, un reconocimiento que no hace entrar en ningún panteón, sino en una suerte de diálogo abierto con otros. Un reconocimiento que se desplaza del lugar de autoridad de quién puede reconocer. Es un Spinoza por momentos conspirativo y por momentos calmo. Por momentos, activista y por momentos, lector. Un Spinoza atento a cualquier cosa que aparezca para ver si se puede darle aire. Un Spinoza confiado, porque como dice Diego, algo siempre hay y la política spinocista es eso:

 

“una política spinozista, más bien, es potenciación de los embriones emancipatorios que toda sociedad aloja en su interior para su extensión cuantitativa y cualitativa. Una confianza en lo que efectivamente hay (siempre algo hay) como punto de partida de la acción política”.

 

Un Spinoza como confianza en la “politicidad inherente” de los hombres y mujeres, en la participación en una felicidad abismal que puede prevalecer, como eco en la felicidad encontrada, a pesar del dominio, contra el dominio, en algunas prácticas comunes imprevistas, a las que hay que hacer durar.

 

Y sin embargo, está también ese último texto del libro.

 

El Spinoza de Diego es minoritario, sin ser ilustrado. Es minoritario, pero no necesariamente empírico. No resuelve un problema si se quiere, marxista. ¿Cómo saber que se está ante algo imprevisto? ¿Cómo saber a qué hay que darle aire? ¿Cómo saber, sin confiar en los que saben, ni tener una concepción de la Historia con mayúsculas? ¿Cómo saber, sin caer en el voluntarismo? No hay resolución, sino intuición. Algo siempre hay y sabemos que estamos ante eso que hay, cuando aparece. Lo imprevisto, eso a lo que hay que hacer durar, aparece, no como futuro, sino como retorno. Retorno de algo perdido, que puede volver en este presente o en otros.

 

Crisis de confianza.

 

La convivencia de Diego con Spinoza, de largos años, desmiente que haya disciplinas y parcializaciones metodológicas. En él se cruzan las literaturas con la filosofía, en una pretensión acogedora de la filosofía, antiprofesionalista. Si se quiere, abarcadora pero incapaz de decirlo todo, de todos modos. Se está atento a la literatura, pero no se la confunde con la filosofía: Borges forzó el atributo pensamiento para releerlo como tiempo. Eso es Borges, no Spinoza.

Hay en el libro una afirmación del derecho a la disidencia. La disidencia, que es otra palabra para una soledad de los lectores, en una lectura que es siempre social. La disidencia como la posición de aquel que está en el borde, pero no abandona y se va, no rechaza, no impugna, sino que se esfuerza por estar ahí, dónde sabe, otra vez, que debe estar. Es una política realista de la vida común. Es saber dónde se debe estar a pesar de verle límites, porque esos límites que se ven pueden ser también intensidades, que puedan extenderse. Spinoza como otro nombre para decir que algo puede extenderse, que nada está dado sin más, que nada es coseidad, sino fuerza posible. Spinoza como otro nombre para asumir activismos incómodos.

Spinoza como realismo: las posiciones políticas están dadas. No son elegibles. No esperan a ninguna filosofía. Menos a una que descree del sujeto. No puede tomarse a la multitud como esa celebración demagógica y, sin embargo, tiene también que ser multitud y no sólo puntos de fuga o grupos. Minorías disidentes en la multitud, multitud de disidencias. Diego no habla de grupos, sino sólo de soledades y multitudes, de biografías y contextos, de izquierda y derecha, de universalismo e internacionalismos.

El último texto. Retoma el fascismo, que ya había aparecido antes, pero como necesidad de combatirlo, aunque se pierda. Algo acecha. Acecha el fascismo que anida en “toda sociedad”, dice citando a Pascal Quignard. Como la lectura de Matheron del Estado, en Spinoza: Diego repone la otra cara de la confianza y de las multitudes. No en el sentido de ambivalencia, de una posible reversibilidad aproblemática de la moneda, una reversibilidad rápida. No un gesto, sino un punto oscuro. Lo que anida y que puede decantar en violencia y exclusión. Lo que anida y deforma la democracia. Pero no llama a ser partisanes. No llama. El ultimo texto abre a la Disidencia como posibilidad de no llamado. A pesar del activismo, a pesar de la confianza, la disidencia es la reserva de un poder replegarse, aunque más no sea un momento, en una soledad amable, en las selvas que son los lugares poblados de libros. El texto sobre la lectura de Quignard de Spinoza da un vuelco al rio tranquilo que era Spinoza disidente. Si “en toda sociedad anida la posibilidad del fascismo”, si “a la vida pensante nadie la elige”, si “las sociedades humanas no siempre consiguen hacer retornar lo imprevisto”, hay una posibilidad también de disidencia, como repliegue, como saber del paralelismo de la soledad del que lee/piensa y la soledad del rebaño social. Esa desconfianza pero sin el llamado al activismo, también está en ese último texto. Es otra vuelta a un Spinoza sin spinocismo, sin comunidad aquí y ahora, sin salvaguarda mentiroso del presente. El último texto abre a la pregunta: ¿cómo vuelve lo que vuelve? ¿Cómo hacer ya no que dure, sino que lo que vuelva, vuelva de algún modo deseable? Esa sutileza entre el reconocer la limitación de la fuerza y generar otro retorno, un retorno de lo otro del fascismo, pero ahora sabiendo que anida, que está ahí, que no hay que focalizar en él pero no se puede dejar de verlo, es otra forma de la disidencia, otra forma de la política spinocista. No como alegría, ni como resistencia, ni como institución, sino como previsión lúcida de que andamos por andariveles frágiles y que ante la fragilidad no valen ni la exaltación, ni el abandono.

El Spinoza de Diego -el nuestro- ha sido/es un Spinoza de coyunturas periféricas, pero como presentificaciones de una eternidad. Como si la eternidad sólo pudiera atisbarse así, forzando un pensamiento en el tiempo, en la duración. Por eso, supongo que no se toma como estricta filosofía, sino como mediación lingüística de algo que se quería decir y que toma a Spinoza como atajo, para decirlo. Sin embargo, no es eso. Más bien es el trabajo sobre la materia Spinoza, que se resiste a decir algunas cosas y fuerza a decir otras, que no se dirían. Es la materia Spinoza, la que fuerza la lengua que tejimos en común y media lo que aparece espontáneo. Diego hace de Spinoza un signo visible de una práctica hospitalaria en filosofía y de una lectura de la política que pende en el filo entre lo mayoritario y lo minoritario. Que puede rescatar como propias las biografías de perdedores y sometidos de varios lados, sin pretender que por hacerlo, su sufrimiento se redima. Es un pensamiento sin épica, ni patetismo. Pero tampoco tiene indiferencia, ni negación. Eso ha distinguido su Spinoza de spinocismos fiesteros, en medio del desastre, de la pura confianza, que no era más que estupidez.

En algún sentido, es una soledad y una disidencia. Pero una que se preocupa por enhebrar un historial de soledades y disidencias, de raros, que se reconocen en una empatía no muy explicable, porque no se trata del sentido ni de la posesión de un dogma común. No es la comunidad cerrada de los amigos, sino la empatía distante de los que saben que quieren la emancipación y que esa emancipación es con otros, pero no saben cómo y no saben cómo, los otros.