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AYESHA

El miercoles 1 de agosto a las 19 hs.

Revista + Libro
Leerán: Alina Diaconú, Miguel Tenreiro, Alejandro Stilman, Sebastián Zaiper
Revista invitada: La Pluma. Del Círculo de Estudiantes de Artes de la Escritura (UNA)
Coordina: Alejandro Margulis

La definición por los opuestos

Sobre Señora Planta, de Cecilia Ferreiroa

(Blatt y Ríos, 2016)
Por Fernando Berton

 

La lectura de los cuentos que integran Señora Planta nos lleva a mirar más de cerca el modo en que nos relacionamos con las personas: amigos, parejas, familiares, conocidos y hasta con desconocidos.

Con sus matices, estos cuentos nos llevan a interrogarnos acerca del modo en que nos definimos como personas. ¿Nos identificamos con el otro? ¿O, mejor, nos definimos por oposición? En una primera lectura, estamos tentados a pensar que los personajes se definen más por oposición que por asimilación a las características de las/los protagonistas del libro.

En cuanto a la escritura, diremos que salvo tres de los diez cuentos que forman el volumen (“Señora Planta”, “Las novias de Diego” y “El visitante”) todos los relatos están contados en primera del singular, con una narradora femenina, que no se identifica con un nombre. El fraseo es corto: predomina el uso del punto seguido para separar las oraciones. Y la sintaxis es tradicional, no llama la atención sobre sí. Es decir, entendemos que Ferreiroa nos plantea que las preguntas están en otro lado en sus cuentos y no tanto en la escritura misma. Que, de cualquier modo, cumple la función de facilitar la intriga del lector para determinar qué es lo que está pasando en cada historia.

Por otra parte, en los cuentos “La vuelta mala”, “Señora Planta” y “Lluvia” el agua es determinante. Para bien o para mal, en esas historias los personajes se verán inmersos en luchar contra la corriente, que en diversas formas los pondrán de frente a sus temores, sus sueños, sus fracasos.

De regreso a lo que decíamos al comienzo, la mayor parte de los cuentos se plantea desde el modo en que sus protagonistas se ven en relación a los co protagonistas. En efecto, salvo en los que no están contados en primera persona, en todos los otros el contraste, la tensión entre las amigas, la oposición entre unas y otras va perfilando las historias.

Valeria y yo íbamos y veníamos por el parque. Nos lastimábamos todo el tiempo, nos embarrábamos. Mirábamos el río correr y llevarse cosas. Observábamos bichos y pájaros. Ella tenía un libro de pájaros que a mí me encantaba. Tenía las imágenes y algunos rasgos de su comportamiento. Jugábamos a identificarlos y competíamos a ver quién lo hacía primero. Muchas veces yo decía cualquier nombre, con tal de decir algo. Valeria, en cambio, siempre decía el nombre correcto. (“La vuelta mala”, págs.. 15-16)

En este párrafo podemos ver cómo se dan los temas mencionados: frases cortas, tensión entre las amigas, comparación por los opuestos.

También es posible ver este tema de los opuestos en el cuento “Talle 12”, donde la narradora protagonista se cruza con una desconocida en un micro, que le va contando la relación tensa con su hija adolescente:

Terminamos cansándonos una de la otra. Lo espantoso era cómo me hacía verme a mi misma, con todas mis imposibilidades, que eran también las de ella”. (“Talle 12”, pág. 31)

Esta tensión, en este caso aportada por una desconocida, se va a mantener a lo largo de todo el libro –con excepción del cuento que da nombre al volumen- y va a desembocar en “El visitante”, único cuento con un protagonista masculino y que ronda el trhiller psicológico.

En síntesis, Señora Planta es un conjunto de cuentos que explora cómo se definen los personajes: como hemos dicho, los cuentos narrados en primera persona por mujeres que no tienen nombre, a diferencia de los que están en tercera; de qué manera entienden –o intentan entender- las relaciones que mantienen, cómo se comportan frente a las calamidades. Y casi siempre nos queda la duda de cómo lo consiguen.

A nuestro juicio, hay una apuesta a la madurez de las relaciones, como este posible diálogo entre “El visitante” :

Ese hombre en su baño ya no le resultaba ajeno ni amenazante, lo sentía cercano e íntimo, como un hermano. (Pág. 150)

y “Las novias de Diego”:

como esas amistades hechas de grandes, que se asientan en intereses comunes, en vidas comunes. (Pág. 135)

No por nada, creemos, estos son los cuentos que cierran el libro.

 

Taller: El orden de los factores

Postales

Sobre El silencio. Postales de La Perla, de Ana Iliovich

(Los Ríos Editorial, 2017)
Por Virginia Carranza*

 

¿Cómo se presenta un libro? ¿Cómo el libro de Ana?

Cuando empezamos a armar esta actividad, y Ana me dice que le encantaría que yo sea una de las presentadoras, el corazón empezó a acelerarse. Porque es este libro, y porque es Ana.

Porque es una temática que, en rigor, estudio. Porque conocí y adoré a Ana desde nuestro primer encuentro, que ya no sé cómo ni cuándo fue, pero fue amor a primera vista.

Porque no podría pensar estas palabras desde mi oficio de profesora de historia. O no sólo desde ahí.

Porque Ana vive en Villa Allende, y yo en Salsipuedes. Y cuando en el febrero de 2015 la fuerza arrolladora del agua nos atravesó, derrumbando paredes, puentes, fotos y jardines; cuando no sabíamos por dónde empezar, el agua se había llevado la ferretería del Osvaldo, el inmenso compañero de Ana. Y nos abrazamos, y nos embarramos para sacar barro, nos sacudimos el moho y la humedad, y allí estaban ellos, firmes, dignos, apuntalando los cimientos. Y cuando en 2016 rajaron a medio país de sus laburos, me llega un mensaje de Osvaldo: “Hola hermosa, con los compas de Villa Allende hemos pensado en darles un abrazo solidario a los compañeros despedidos y para tal fin se nos ocurrió mimarlos con una choripaneada, la cual corre por nuestra cuenta por supuesto, decime que opinás”. Así es Ana y su mundo, nuestro mundo.

Y desde que le dije que sí, que claro, que me encantaba la idea de tener otra conversación con ella a través del libro, que El silencio. Postales de la Perla, me atravesó, como un río.

Recuerdo que terminé de leerlo en el colectivo, llegando a mi casa. Bajé y no sé si lloviznaba o eran lágrimas. Pero yo sentía que llovía en mi corazón.

Hablé del libro en asados de amigos, lo tuve en la mesa de luz semanas enteras. Me acompañó cada viaje a trabajar. Hablé incluso con Ana, varias veces, en cruces o por teléfono. Sin embargo siento que me faltan las palabras. Paradoja si las hay. Ana encontró las palabras para nombrar lo indecible, y yo, acá, dándole vueltas.

II.

“Entonces empecé a escribir y dejé de sentirme sólo una cucaracha, que es lo que habían logrado” dice Ana, cuando comienza ese cuadernito Gloria, con diez nombres cada quince días.

La palabra que humaniza. En el Campo. En el exilio. En la sobre vida. En el juicio. Nombrar es una manera de dar existencia, esa que arrebataron, que negaron, que exterminaron.

Las palabras, estas palabras de Ana; la decisión, compleja y contradictoria, siempre valiente y comprometida, de hacer rodar la palabra en la arena de lo público, a ser escuchada (o no), machacada o complementada; la palabra como un acto de salvación; sentarse a escribir antes que empiecen los suicidios, cita Ana a Pilar Calveiro; la palabra deviene acción, reconstituyendo existencias e identidades. Y deviene, también, en aporte insustituible para la construcción del conocimiento social.

Estos textos de Ana evidencian el contexto de lucha, la permanente disputa, material y simbólica que supone la construcción del conocimiento, la identidad y la cultura política de los pueblos. En los estudios de memoria, en mi opinión, es la palabra de las y los sobrevivientes, es esa narrativa de la experiencia la que permite acercarse a comprender las múltiples dimensiones y los pliegues del terrorismo de Estado. No podríamos conceptualizar, categorizar, desde un gabinete, las capas, las lógicas, los colores, nunca del todo evidentes, del poder concentracionario y del horror.

Es la memoria puesta en acto, siendo ejercicio, la que nos permite comprender un poco más las dimensiones objetivas y subjetivas de lo siniestro y la maldad, los alcances y límites del ser humano, pensar acerca del poder y las tramas y dispositivos de la dominación, resignificar nuestra historia en el horizonte del nunca más. De otra manera tendríamos un conocimiento, claro que sí, pero superficial, descriptivo, cuantificado, cristalizado, positivista.

La palabra valiente, porque este libro no le esquiva a las contradicciones, a la complejidad de la experiencia concentracionaria, no edulcora ni adapta  textos, respeta los momentos en que cada uno fue escrito, nos interpela como sociedad frente a la pregunta, a la angustia, al grito “¿Cómo fue posible?”. La palabra compleja, la palabra dialéctica, la palabra que libera. La palabra como relámpago, que irrumpe e ilumina, en un instante de peligro.

“Y uno se pasa la vida, la sobre vida, ensayando reflexiones, buscando palabras que funcionen como cura… Escribir, palabras que salvan”, dice Ana. Que nos salvan, me animo a decir yo, en esta sala.

III.

“El Horror como la cercanía con lo siniestro. El juicio como la repetición de la cercanía”, escribe Ana.

Contar, decir, nombrar, escribir. ¿Cómo?, cuando no hay quienes escuchen, anoten, lean, conversen con eso que acontece como palabra de lo vivido. ¿Cómo? Cuando no hay interlocutores con la verdad. Cómo cuando la garganta se anuda, el aire se asfixia, cuando no se puede.

No existe la palabra lanzada al vacío. Existe nuestra lengua en un tiempo y en un espacio, que habilita -o no- la circulación de aquello que nos daña saber, de lo que nos abre heridas al ser escuchado. Será que la palabra circulará, conjurando el hueco del horror y del silencio, si construimos orillas, cobijos. Si nos arropamos.

En una charla una vez decía un amigo que hay palabras que se necesitan mutuamente, que en sus definiciones, o cuando echan a andar, se buscan para dotar de sentido lo que quieren significar.

Será que la Verdad necesita de la Memoria, como esa orilla que nos protege del hueco, que se consolida con las raíces que fijan la tierra, porque la memoria es un ejercicio necesariamente colectivo y político, como uno sueña que sea el trabajo en la tierra. Será que la Justicia es esa colcha que arropa, que le da un sentido de reconstitución, a esa verdad, a esas memorias.

Los juicios, el Juicio, estas fotos, condensan en andamiajes sociales e institucionales aquello que circula, desde mucho antes. La Justicia le pone oídos (y le da la entidad socialmente reconocida como tal) a la verdad; una verdad sostenida a fuerza de enunciar, de decir, de luchar por encontrar una escucha que no culpe, sostenida en rondas de pañuelos y de memorias, haciendo de la orilla un lugar cada vez más grande y generoso.

En esta sala, con estas fotos, me gustaría sumar una palabra más.

Gracias. Gracias Ana, por tu valentía, por tu poesía, por tu luz, por tu colcha de memoria, por tu potencia de verdad, que nos permite entender un poco más, que nos ayuda a conjurar el desamparo del hoy en este lugar del mundo; que nos permite reconocer quiénes y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.

*Texto leído en la presentación del libro y publicado previamente en la revista: alfilo de la UNC

 

Sale Papusa #0

En la edición #0 de Sale Papusa hablamos del arte de la gastronomía, “Una cena muy especial” de Fernando Pessoa, Brillat-Savarin y su fisiología del gusto, bacanales y metafísica en el “Banquete de Severo Arcángelo” de Marechal, ¿cómo eran las cenas de Emmanuel Kant?, James Bosswell y su caminata silenciosa con el filósofo alemán, feminismos, Borges y el aborto desde la razón y desde la intuición, el abortero Fogwill, los lenguajes inclusivos, Pérez-Reverte y su narcisismo en la Real Académia Española, la vida y la belleza de Adèle Exarchopoulos, John Kennedy Toole y el turismo como cosa de degenerados, Laurence Sterne y los viajes, la Venecia de Borges, y más, más, mucho más en la primera emisión de este programa fenomenal.

Las Cajas

 de Jorge Consiglio

(Editorial Excursiones, 2017)
Por Mariana Docampo

En el principio muy hermoso de uno de los textos  que componen el último libro de Jorge Consiglio,  el narrador lee un poema de Giannuzzi, “Uvas rosadas”.  Su lectura es, también, poesía: “la idea que subyace  es que los humanos vivimos exiliados de un reino exuberante y fresco, cargado de agua; un reino que está en el interior de las uvas y que nosotros, aturdidos por el rumor insensato de la existencia, apenas podemos intuir.  En el poema chocan estos dos órdenes.  Uno consagrado al silencio y a la quietud; el otro a la inutilidad de una vida ocupada.”  De cómo se pega el salto de esta bella glosa al encuentro artístico entre Motörhead y María Marta Serra Lima hacia el final del texto solo se explica mediante un breve párrafo conector que define el término “emulsión”: “mezcla de líquidos inmiscibles de manera más o menos homogénea”.

Podríamos decir que es la emulsión, también, la figura que mejor describe la lógica con la que se va fusionando el contenido de cada caja del libro de Consiglio, y la que propone a la vez un ensamblaje entre una y otra para formar un único libro.  Conexiones que no responden al método inductivo, ni deductivo, ni al fluir de la consciencia, a vaivenes de la memoria o a resonancias simbolistas.  Pareciera más bien tratarse de pensamientos, impresiones, personajes, espacios, episodios, que nada tienen que ver unos con otros hasta que se produce el enlace, por mera voluntad del narrador, que decide articular todo con todo de acuerdo a breves y controlados núcleos poéticos que funcionan como hipótesis o motores de escritura.

Así, en “Inacción”, el comportamiento de Franca, la gata de Jorge, es punto de partida de una secuencia asociativa que va desde un carpintero húngaro hasta Juan Carlos Onetti, pasando por Oblómov, personaje de la novela de Iván Goncharov, y el protagonista de la película de Yves Robert “Buenas noches, Alejandro”, versiones todas de cierto modo del cansancio vital que deriva en la pasividad.

Cualquier tema o personaje, objeto o espacio puede formar parte de este libro sujeto a la lógica de la emulsión: una tía querida dueña de una opa, Simón Estilita, un genial aunque ignoto poeta entrerriano llamado Palo, Pieter van der Meer de Walcheren, el conscripto Bernardi, el café La Ópera, un tornillo, el ámbar, el vergonzoso crimen de un perro perpetrado por tío y sobrino, Bruno Schulz.

Nunca abismado o excedido, el narrador de Las cajas, expande lo cotidiano, con una subjetividad nutrida en el arte, la filosofía, la poesía, pero a la vez, con los pies muy firmes sobre la tierra; y ejercita una frágil convivencia entre lo abstracto y lo concreto, lo alto y lo bajo, lo profundo y lo superfluo.

La ciudad de Buenos Aires  y el conurbano bonaerense son el escenario reconocible de este libro de lenguaje y estilo muy porteños, en donde desfilan ante los ojos del lector el café La Ópera, la Estación Lacroze, la avenida Nazca, la calle California, la plaza de Merlo, y donde los personajes, los anónimos y los célebres, son vistos con la misma lupa filosófica y poética que hace tabula rasa sobre previas jerarquías y explora las experiencias de unos y otros de primera mano.

Solo en la infancia –dice Consiglio- “cualquier caballo distraído que huele el aire es un enigma”.  Sin embargo, una leve hendidura en la piel de las uvas de Giannuzzi, puede dejar verter el líquido ilícito, y redimensionar lo real, siempre un paso más allá de lo aparente.

La edición de la Editorial Excursiones merece comentario aparte.  Con dos reproducciones de Sivia Gurfein, una de las cuales se extiende al arte de tapa, el libro es un objeto precioso en sí mismo.

 

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