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28 de junio

Veladas literarias latinoamericanas

A las 19 hs.

El ciclo se inició en marzo de 2018, a través de la idea y de la gestión de Ana Ojeda y de Jimena Néspolo, con el objeto de reunir a escritorxs y especialistas a fin de reflexionar, leer, discutir y/o polemizar sobre problemáticas inherentes al quehacer literario y cultural a partir de la escritura de mujeres argentinas.

En 2019 se proyecta el mismo ideario sobre la escena latinoamericana, intentando superar ya toda normatividad de género. En todo caso se asume a la “tradición” como heterodoxia que es preciso construir y de-construir desde el presente de la enunciación. En este escenario complejo, se privilegian pues los temas acuciantes hoy.

Idea y coordinación: Jimena Néspolo

Imagen fotográfica a cargo de Sebastián Freyre.

Puerco  (fábula inmoral)

Por Mariana Docampo

El hijo único de Ersilia Smith, intendenta de De la Cruz, fue maldecido el día de su nacimiento por la partera, que le propinó este destino: se convertiría en un cerdo.  En sus primeros días de vida, y pese al horrible pronóstico, el bebé fue hermoso: tenía rulitos delicados y un rostro de capullo.  La madre olvidó de inmediato la maldición; pero a los pocos meses, el bebito tornose rechoncho y feo.  Los lagrimales se le ahuecaron,  la cara se ensanchó, los rulitos cayeron y se quedó pelado.  La nariz era redonda, rosada y chata, y la boca parecía un tajo con dientes.  Ersilia se negó a criar a su hijo como un animal y lo mandó al colegio.  Dentro de esa institución le pusieron de sobrenombre “Puerco”.  Los compañeros de grado, las maestras y directivos se reían de él a sus espaldas; pero como era el hijo de la intendenta no eran sinceros con él y le decían en cambio que era muy bonito.  Su madre construyó un corral dentro de la habitación para hacerlo sentir cómodo, pero estaba tan ocupada en cuestiones de política que apenas lo veía un ratito cada mes.  Lo cuidaban las mucamas, que sentían por Puerco una gran repulsión, pues estaba siempre sucio y oloroso por más que lo bañaran y cepillaran todos los días.

Cuando Puerco cumplió dieciocho años y Ersilia fuera reelecta como intendenta por quinta vez, decidió prepararle una cena para agasajarlo.  Estaba atravesando un período de gran satisfacción profesional y sintió que era hora de compensar el tiempo que no había podido dedicarle a su hijo hasta entonces.  Esa noche, Puerco habló muy poco, y al observarlo comer, Ersilia notó con preocupación que el joven tenía maneras refinadas a pesar de ser un cerdo.  Había comprado para él un gran pote de bellotas que sirvió sobre el mantel de puntillas.  Notó que el hijo hundía el hocico, olía las bellotas y las lamía con delicadeza antes de comerlas.  Tras algunas indagaciones, se enteró Ersilia de que Puerco no tenía ni había tenido nunca novia, y que casi no salía del corral desde que terminara el colegio.  De pronto, sintió un aguijón en el pecho: temió que su hijo fuera homosexual.  Para evitar que la inclinación se desarrollara, Ersilia decidió llevarlo al prostíbulo de la ruta a fin de que perdiera su virginidad con una mujer.  Fue sola al local, una noche, y como era una persona muy importante en De la Cruz y podían reconocerla, entró por la puerta trasera cubierto el rostro por un pañuelo.  Era un pequeño saloncito lleno de espejos y grueso tapizado rojo.  Mandó llamar al dueño y éste la saludó con respeto.  Ersilia le explicó la situación, y le pidió que preparara para su hijo “carne fresca”, recordándole que le debía algunos favores.

Cuando Puerco escuchó los propósitos de su madre, se negó a ir al prostíbulo, y enseguida comenzó a referirse a él como “ese inmundo piringundín”.  Exclamaba a viva voz, paseándose por el corral, que las mujeres de ahí le daban asco.  No quería perder su virginidad con una profesional o sometida por muchos; quería elegir a su chica.   La madre trató de calmarlo.  Le dijo que lo entendía, y que no se preocupara por nada; ella lo ayudaría con este tema.   Ersilia sintió que comenzaba a gestarse una transformación en su interior, el amor maternal afloraba por primera vez en su vida con una potencia arrolladora.  “Se trata de un sentimiento muy hermoso, incontenible”.  Se decía mientras miraba al cerdo dormir en el corral con sus anchas ancas desparramadas. 

Fue entonces que Ersilia decidió comprar para Puerco a una de las tres bellas hijas de una peona.  Era una mujer pobrísima que vivía en una casita de chapa, cerca del riacho de aguas podridas al que iban a parar los desagües de la fábrica.  Al escuchar el ofrecimiento de Ersilia, la mujer se angustió.  No sabía cómo negarse a la patrona.  Pero se armó de valor y dijo: “No, señora, mis hijas no tienen precio”.  Ersilia argumentó: “Yo tengo un solo hijo, Juanita, y todas las mujeres lo rechazan.  En cambio vos tenés tres hermosas hijas que todos desean.  Nada te cuesta pedirle a alguna de ellas que haga hombre a Puerco”.  La mujer, con lágrimas en los ojos, convenció a Adela, la mayor, de subirse sin resistencias a la camioneta de la patrona.

Ersilia había hecho construir una casa en el bosque que va camino a Los Sauces para que su hijo tuviera los encuentros sexuales con la hija de la peona y allí la llevó.  Puerco había pedido a su madre que la maquillara y la vistiera con ropas elegantes.  Él estaba en la cama cuando Adela entró.  Se revolcaba entre las sábanas ofreciendo a la mirada femenina sus nalgas rosadas y grasosas.  Ella quedó desconcertada.  Puerco comía ahora inmundicias de un balde que estaba a un costado.  Entonces la joven dijo en voz alta, sin darse cuenta de que el otro entendería su lengua humana “¿Qué voy a hacer yo con esta maloliente bestia?  Me repugna. ¡Voy a matarlo!”.  Cuando Puerco escuchó estas palabras se entristeció y apenas ella se hubo sentado al borde de la cama, le pegó un tarascón en el cuello y, con ávidas  dentelladas, la mató.

La madre esperaba en el saloncito.  Había oído los ensordecedores chillidos pero creyéndolos parte del coito, no intervino.  Después de algunas horas, y al sentir que la casa había quedado sumida en un  hondo silencio, entró en la habitación y vio que el cadáver de Adela yacía en el suelo cubierto de sangre.  Ersinia decidió tapar el crimen y con la ayuda de un peón de confianza, enterró a Adela en el jardín, a la luz de la luna.  Volvieron juntos a la casa familiar.

A los pocos días, Puerco comenzó a pedirle a Ersilia que le consiguiera otra chica.  El deseo de la madre se había convertido en el deseo del hijo: quería sentirse hombre poseyendo a una mujer.   Ersilia le dijo a Puerco que tuviera un poco de paciencia, pues no debía olvidar que ella ocupaba un alto cargo en el pueblo.  Temía que hubiera rumores por el asesinato.  Pero tanta fue la insistencia de Puerco, que volvió  a la casa de Juanita y le pidió a su segunda hija, Magdalena.  Si había cedido una, bien podía ceder otra, y a Puerco ésta le gustaba mucho, mucho.  Juanita no preguntó qué había pasado con Adela, y negó tres veces.  Pero al comprender que la decisión ya estaba tomada, fue a preparar una vianda para su hija, se la puso en una carterita y la acompañó hasta la camioneta.

Cuando Magdalena estuvo encerrada a solas con Puerco en la habitación, dijo en voz alta que ese era un cerdo inmundo y que lo mataría.   Puerco le pegó un tarascón y la despedazó con violencia.  Corrió al saloncito donde esperaba la madre; caminaba en cuatro patas.  Ella vio por el marco de la puerta el cuerpo ensangrentado de la joven y se llevó las manos al pecho.  Le gritó a Puerco, sin mirarlo, que qué había hecho.  Él ahora lloraba.  Le juraba que no había querido hacerlo, pero es que Magdalena había amenazado con matarlo.  De pronto, Ersilia se agachó y abrazó el lomo de su hijo, le daba besos en el hocico y lo acariciaba.  Puerco le suplicaba a la mamá que le consiguiera una mujer nueva, una que lo tratara bien y que lo quisiera de verdad.  Ersilia, loca de amor por este hijo, enjugó sus lágrimas con un pañuelo y le pidió que se quedara tranquilo; ella se haría cargo de todo.

Ayudada por el peón, Ersilia enterró a Magdalena en el jardín, al lado del cadáver de Adela.  Se engalanó con suntuosas joyas, y se presentó en el rancho de Juanita.  Pidió a la tercera hija.  “De ningún modo”, dijo con firmeza la peona.  Era ésta la más pequeña y más querida de las tres hijas, la que la cuidaría en su vejez.  La mujer corrió a la habitación en donde estaba la niña y se interpuso entre ella y la patrona.  Pero para su sorpresa, la hija habló desde adentro.  Pidió a su mamá que se hiciera a un lado.  Mientras daba pasos firmes hacia adelante, dijo a la poderosa con voz clara y sin titubeos, que aceptaba desvirgar al puerco.  Sabía que en el fondo era un hombre bueno, y que ella podía brindarle el amor que necesitaba.  Tras decir estas palabras, la niña se despidió de Juanita, abrazola y lloró abundantes lágrimas.  Ersilia aprovechó para hacerle un gesto rápido al chofer para que abriera la puerta de la camioneta.  “Quedate tranquila —le dijo a la mujer, al verla pálida—  va a estar bien con nosotros”.

La camioneta se detuvo en la casa rumbo a Los Sauces, y allí bajó Ersilia con la tercera hija de la peona, a la que vistió con las mejores ropas del placard, y maquilló según las apetencias del hijo.  Una vez que la niña estuvo a solas con el cerdo, se acercó a éste y le acarició las orejas, el hocico y lo llevó a la cama para hacerle cosquillas en las pezuñas, mientras él la lamía y reía de gozo.  La púber se tendió desnuda sobre las sábanas, con mucha excitación, para dejarse penetrar por Puerco, que estaba totalmente eufórico.  Sin embargo, cuando él se ubicó sobre ella, sintió un deseo feroz de someter a la santa y la violó brutalmente, a pesar de su consentimiento.  La lastimó, mordiéndola en el cuello y en los brazos con tanta vehemencia que la niña se desmayó. La tuvo encerrada en esa habitación durante varios meses saciando, cada vez, sus ganas.

Al cabo de un año, la joven tuvo un hijo, nieto de la patrona y de la peona, al que llamaron Raulito, y que sobrevivió a su madre, muerta en el parto, y enterrada en el jardín al lado de sus dos hermanas.  Con el correr del tiempo, el padre perdió su aspecto de cerdo y dedicado a la política igual que su mamá, crió a Raulito en la casa familiar junto con Ersilia y las viejas mucamas.  Por sus pasadas andanzas, lo bautizaron en el pueblo  “el Rey Puerco”, y a su hijo, “el Principito”.

Al lado del mar.

Acerca de Marea, de Graciela Batticuore.

(Caterva-2019)
Por Gloria Peirano

 

En un antiguo hotel al lado del mar, Graciela baja una breve escalera exterior que conduce a la pileta. Lleva un solero y una laptop. Yo leo y observo. Nos saludamos. Ese ritual se cumple diariamente. O yo decido, ahora, que ese encuentro brevísimo entre ambas, algunos veranos atrás, se haya cumplido diariamente. Tal vez ocurrió solo una vez. Así trabaja el trazo de la memoria cuando intenta construir una escena significativa. Esta presentación es la continuación de ese ir y venir de Graciela en el Viejo Hotel Ostende, hace algunos años. Ese verano, en otras escenas posteriores, también hablamos, nos contamos sobre nuestros libros, nuestros amores, nuestros hijos. Es decir, ampliamos ese encuentro fugaz y, al hacerlo, lo olvidamos. “No se olvida lo necesario, se olvida lo que se desea”, dice Nicolás Rosa, en el El arte del olvido. Ahora, recupero ese encuentro original del olvido, le establezco una serie, lo ubico en un equilibrio que parece conveniente, pero no lo es, porque, precisamente, una marea no es controlable de ningún modo.

En su libro Estructura del iki, Kuki Shūzō describe el “iki”, palabra que no tiene traducción al español, como un lazo social de orden principalmente estético, que implica la atracción y, sobre todo, el coraje necesario para detener el encuentro en ese primer movimiento, en preservar solo el rumbo, la tensión, la distancia, la ilusión de la posibilidad. Es interesante porque introduce la noción de coraje, de valentía, y no la de retracción o la de distancia. El encuentro que se desea no se produce, porque se preserva osadamente la belleza de su posibilidad y se le niega el recorrido, el desarrollo, y con él, la matriz de una relación consumada. Configurado en un universo de detalles, el arte de vivir denominado “iki”, se centra más en siluetas que en figuras plenas. Cuando Graciela me propuso presentar su libro, pensé en que ya estamos lejos de la verdadera naturaleza de nuestro encuentro, que, insisto, gira, para mí, en su silueta, de espaldas, bajando por la escalera del hotel. Pero, al mismo tiempo, entendí que esta bienvenida a su libro podría, de alguna imperfecta manera, rendirle homenaje a esa circunstancia. Espero, entonces, que esto sea como una conversación entre ambas, en la que se escucha solo mi voz, hablando de su libro, pero que contiene, en el silencio de Graciela, el vaivén imprescindible y la piedra de toque de toda lectura.

Leí Marea en días sucesivos. Me sumé, en días sucesivos, al movimiento de la temporalidad que propone, fragmentaria, arremolinada, escurridiza. La marea de esta temporalidad está cruzada por cuerdas de amarre: los capítulos están numerados, pero absolutamente todos los textos que los componen están titulados por sustantivos y, en ocasiones, por su vasallaje de atributos: Camping, Niebla, La inundación, El relato, Fiesta, Trenes y aviones, Lo íntimo, Intersercción, Embudo, Té con limón y otros. Dentro del perímetro nominal, la permanencia y la fugacidad. Respondo con sustantivos, en el diálogo que construyo. La novela se construye del lado de la permanencia y del lado de la fugacidad. En esta ceremonia privadísima, del lado de la permanencia está la madre, como figura que vigila, interroga, dispone. Dice Kristeva, “la entrada en la sintaxis constituye una primera victoria sobre la madre”. El posible, pero nunca diáfano, alcance de esa victoria, se lee en la sintaxis de Marea, en esta ceremonia privadísima, del lado de la fugacidad, de la intermitencia. Los hombres, los sueños, los recuerdos de infancia. Marea es una novela que se construye como un oleaje de diversos grados de intensidad, dentro del vaivén perturbador, sí, pero también perimetral, de un modo de la permanencia y de un modo de la intermitencia y de la fugacidad. La voz está en tercera persona, asignada a un personaje que se llama Nina, una mujer que es actriz, tiene una hija, está separada y, además, escribe, pero esa voz en tercera juega con la idea de constituirse en un ropaje narrativo de un yo autobiográfico. Ropaje, envoltorio, veladura, y, tal vez, fundamentalmente, imprevistamente, incluso en el campo léxico (ropaje, envoltorio, veladura) que se formula para describir el procedimiento, se trate de un atajo, para lograr esa entrada en la sintaxis. La victoria sobre la madre, la entrada en la sintaxis, ese asalto al sentido, parece darse, en Marea, a partir de una escritura que se vuelve legible para los otros, pero indescifrable para sí misma. El núcleo de lo indescifrable bascula en ese “para sí”. Durante la lectura de Marea, me lo pregunté varias veces. ¿Cómo se despliega ese “para sí” en esta novela? “No sé componer un relato que me crea”, dice la voz narrativa, en la única oración del texto que lleva hasta el límite la ambigüedad. Nos movemos entre estas interpretaciones, mecidos por la marea del significado: ¿un sujeto que es creado por un relato?, un relato que le crea ¿a quién?, ¿a ese mismo sujeto?, ¿la voz no sabe componer un relato que la invente? Y, por último, ¿se trata de un relato creíble? ¿para quién? Esa frase es una inflexión profunda, ya que la marea parece, entonces, articularse en una entrada en la sintaxis, con la consiguiente victoria sobre la madre, si esto fuera posible, a partir de la zona fronteriza de la ambigüedad. No sé, dice la voz. Y luego el deslizamiento se produce hacia una región en la que el modo verbal es tensionado. En ese vaivén, en esa intermitencia, en esa erótica de detalles en la que aquello que es entrevisto es más pregnante que aquello es que visto de modo pleno, es que esta novela parece construirse a sí misma, para sí misma, como el afán de escribir. El ansia de escribir. Escribir sueños, escribir recuerdos, escribir hombres, escribir la sexualidad, escribir la genealogía familiar, escribir a la madre, pero, sobre todo, revertir el procedimiento sobre sí mismo, nunca como una metaescritura, sino como un cincelado material y doloroso que se ofrece, se manifiesta, se desnuda ante el lector, sobre la experiencia misma de lo que significa el lenguaje reflexionándose a sí mismo. Esta es la victoria, si es que puede considerarse como tal. Lo que se construye es la marea que empuja y resiste en relación a esa posibilidad. “El escritor puede taparse con toda la trama del texto”, dice la voz. Y también: “las veladuras del tiempo son ecos en las paredes del agua”. Y Pavese, en uno de los epígrafes de la novela: “…recordar no es moverse en el tiempo, sino salir de él y saber qué somos”. La marea arrastra, remueve y deposita en la orilla elementos que permanecen flotando en la profundidad. La voz distribuye tres exactas palabras del padre, hecho narrativo que configura otro núcleo de sentido en el texto, y que no revelaré aquí, en diferentes momentos de la trama, precisamente como una rasgadura que permite observar aquello que centellea entre los pliegues, el fulgor en la intermitencia, los ecos en las paredes del agua. “El rostro primitivo fue el de mi madre. Su cara podía a voluntad darme la vista, la vida, quitármelas. A causa de la pasión por el primer rostro, durante mucho tiempo esperé la muerte por ese lado. Con la ferocidad de un animal, no quitaba la vista de mi madre. Cálculo erróneo. En el tablero yo mimaba a la dama, y el que cayó fue el rey”, dice Hélène Cixous. Tres palabras del padre que la voz no sabe cómo componer y, por eso, la inmersión profunda, la flotación invisible, la aparición y la desaparición, son el sesgo material que distribuye la marea. Este recurso tan logrado lleva a preguntarse por otras veladuras superpuestas y desconocidas de la trama, que no son tan explícitas. Abre, de este modo, un interrogante retrospectivo sobre lo que leímos y progresivo, sobre lo que leeremos, acerca de las costuras escondidas. ¿Serán esos elementos que se preanuncian en una zona y aparecen en otra, que se hallan secretamente a la deriva, el efecto de lectura fundamental que esta novela deja? ¿Será el barrido de la propia mirada sobre el texto un modo de interceptar el ansia de escribir “para sí”? Este verbo, interceptar, aparece en la novela en varias ocasiones. Nina es interceptada por un personaje masculino, corre peligro, se salva. La mirada de Nina intercepta una escena entre los padres, y la reescribe. Nina intercepta la imagen de su abuela, confinada a un cuarto del fondo, ya enferma. La intercepta y la vislumbra detrás de una ventana. Entonces, sobre la marea, sobre la permanencia, por un lado, y la intermitencia, por el otro, se inscribe la posibilidad de ser interceptada o de interceptar. Doble movimiento, también, que fluye hacia el miedo. Un miedo atávico a la caída. Dice también Hélène Cixous: “Biograficamente, desde la infancia, vengo de una revuelta, de un rechazo inmediatamente violento y angustioso por aceptar que ocurre una escena en cuyo borde me encuentro destituida al final de una combinación de accidentes.” Si se escribe, parece decirnos esta novela, si se escribe la marea, si la voz se hace responsable materialmente de la ambigüedad, en el sentido de un asalto al sentido, ya no habrá ninguna protección para la caída.

No sabíamos, con Graciela, que esta presentación, este texto, nos crearía otro ropaje, otro envoltorio, otra veladura, de esa escena original en el Viejo Hotel Ostende entre ambas.

No sabemos, ahora, lo que vendrá.

14 de junio

Bienvenido Bob

El segundo viernes de cada mes a las 19 hs.

“Bienvenido Bob” es un ciclo donde los autores invitados leen textos propios y conversan sobre la construcción de las historias, su relación con la escritura y su forma de trabajo.

Coordinan Mauricio Koch y Pablo Delgado.

7 de junio

Cuarta lectura del año

Vienen a leer: Francisco Garamona, Alejandra Kamiya, Lila Gianelloni, Anahí Pérez Pavez, Eric Schierloh y Gabriela Elena.

Organizó: Colectivo Bacchanalia.

El registro fotográfico estuvo a cargo de Pamela Fadiga.

Ver lectura en vivo de Eric Schierloh
Ver lecturas en vivo de Alejandra Kamiya
Lectura en vivo de Anahí Pérez Pavez
Ver lectura en vivo de Lila Gianelloni
Ver actuación en vivo de Gabriela Elena

Sale Papusa #15

El futuro como lugar de incertidumbre. La vanguardia y su relación con el museo. Marinetti y el futurismo: «Un automóvil rugiente es más bello que la Victoria de Samotracia». La exaltación de la guerra y la resistencia que provocó en Maiakovski en Rusia y en el Grupo Boedo en Argentina. La ciencia ficción como tematización del interrogante de futuro: Vagabunda Bogotá (del escritor colombiano Luis Carlos Barragán). La poesía futurista de Julio Cortázar y Glauce Baldovin. La distopía en Margaret Atwood en El Cuento de la Criada y Rafael Pinedo en Plop. Stanislaw Lem desafía el tiempo y las convenciones en El Congreso de Futurología. Las utopías frente a las distopías. El hombre y el futuro: Nietzsche y el único animal capaz de hacer promesas. El futuro y la relación con la tradición. La idea de proyecto. El Pro y el grado cero de la historia. Lo nuevo como vacío.

Banda de sonido del episodio – Vía Dra. Melómana

Escrito de frontera

Sobre Evita. La militante en el camerín de Horacio González

(FFyH-UNC- 2019)
Por Guillermo Korn

Evita. La militante en el camarín fue escrito en los años en que el profesor González daba clases en la Escuela de Sociología y Política, en San Pablo y escribía en el suplemento “Folhetim” de la Folha. El libro dedicado a las Madres de Plaza de Mayo, se abre con una cita de Mallarmé. En su edición brasileña había también dos fotos: los rostros de un pueblo dolido por la muerte de Eva y las Madres de la Plaza –jóvenes y vitales– que reclamaban por sus hijos.

Evita. La militante en el camarín es un libro de frontera, de escurridiza clasificación. Biografía política. Perfil que bordea la ficción. Interpretación de la historia argentina.

El libro engarza una a una las cuentas de un rosario único, una vasta colección de gemas que la hacen una rara pieza del orfebre González. El autor ocupa el lugar del chef que guisa un suculento plato: cada ingrediente es un trozo de la historia cultural argentina. La voz afónica de Manuel Penella de Silva, escritor y periodista de origen español que escribió la versión primera de La razón de mi vida en el anonimato y cedió su autoría, es repuesta. De Silva fue un escritor “refugiado en las sombras”, alguien que “crea la conciencia discursiva de los hombres públicos”. Un narrador de los que no tienen voz propia ni visibilidad.

El autor de Evita. La militante en el camarín hace otro tanto: se corre y la figura del ghostwriter, el escritor fantasma, se duplica. Penella de Silva da su palabra a la abanderada de los humildes, pero toma en préstamo la del autor de este libro. Un amplio coro de voces aparecen como interlocutores del periodista español que trabaja en las sombras. Apold, Paco Jamandreu, Jauretche, Gombrowicz, Lopecito, quien merecía –en su versión en portugués– unas de las pocas frases escritas en castellano: “López Rega, la-puta-que-te-parió”, Borges, Cooke, Viñas, Walsh. Tras las bambalinas asoman Arlt, el Che, Cortázar, Martínez Estrada, Marechal.

Penella lleva consigo un libro, un santo y seña para sus encuentros: Macedonio, núcleo de las coincidencias del absurdo. En otra línea, la presencia de Francisco Muñoz Azpiri: el guionista de los radioteatros que protagonizó Eva y el redactor de sus discursos en el viaje a España. Muñoz Azpiri aparece frente a Penella de Silva, casi como un espectro. Los escritores fantasmas en torno a Eva Perón se multiplican. El guionista supone haber modelado la voz de Evita, Penella de Silva –en cambio– sólo pretende prestarle su pluma para el relato biográfico. Como dijera Néstor Perlongher: “el texto de Horacio tiene el mérito de jugar […] una multiplicidad de visiones, sin economizar escabullidas hacia la literatura”.

Para el final, un señalamiento. Hay dos temas, de los varios insinuados en este libro escrito en 1983, que vale señalar como fundamentales: el lenguaje folletinesco incorporado en la explicación de las luchas sociales, y la idea del peronismo como heredero de otras luchas y de otras memorias políticas.

 

 

Más sobre Evita, militante del carmín en Caburé libros.