iso_header

Sale Papusa #13

El dinero. La libra de carne de Shylock. Ezra Pound y la usura. El gasto improductivo en Bataille. Marcel Mauss y el potlatch. El pecado original de América: vinieron a rapiñar y tuvieron que quedarse, según Murena. Argentum y la dimensión imaginaria del dinero. Mil mesetas y la inflación galopante: un problema lingüístico para Deleuze y Guattari. Kafka y su editor sobre la inflación alemana. Tarjeta roja de Leo Masliah, las crisis y su delirio. La pobreza y el dinero en la poesía de César Vallejo. El Plano Americano según Leila Guerreiro y porqué vale mil dólares el segundo de Nicanor Parra. Juan José Becerra y sus monografías sobre el verde en los fenómenos argentinos. Maneras de narrar sobre el dinero según Roberto Arlt, Flannery O’ Connor y Thomas Wolfe. Marx y las heladas aguas del cálculo egoísta. El quid pro quo del fetichismo de la mercancía. Mark Fisher y el realismo capitalista. La crisis subprime y el salvataje del sistema financiero bancario por parte del Estado. El neoliberalismo de Macri.

Banda de sonido del episodio – Vía Dra. Melómana

27 de Abril

Alas, sobre Jacobo Regen

Proyección del segundo documental de Fabián Soberón

A las 19 hs.

Presenta: Fabián Soberón

más sobre Fabián Soberón en Caburé libros

Los sapiens fuking inventos

Por Claudia Aboaf

 

Dinero

“Dios no murió. Se transformó en Dinero” Agambem

Encuentra dinero en su bolsillo. Sacude la suciedad del billete fetiche que jamás se lava, contaminado con todas las bacterias hospitalarias, y ni aún así alguien reconoce que ese papel desecho no vale nada.

El dinero es fealdad que subió por la grieta en un antiguo terremoto, una erupción metálica desde el magma inferno que sigue quemando bosques y ciudades.

Tiempo

   Cronos, el tiempo horario come a sus hijos masticando lento restregando los dientes, o de un solo bocado. Sus mensajeros preferidos son las enfermedades y cada tanto, de un golpe manda una epidemia y acorta los plazos, son la vanguardia que avanza alcanzando al corredor más rápido. En la retaguardia esperan los accidentes. Y si no es suficiente triunfa el hambre.

¡Qué nadie pierda el tiempo porque no podrán volver para encontrarlo! Para los que creen multiplicarlo accionando veloces sus días, volviéndolos provechosos, se vende tiempo minutario en fracciones preciosas pero atención: una vez abierto el frasco, como el mercurio, se escabulle y es imposible sujetarlo.

El tiempo vivo ya no se exhibe pero hay tiempo muerto en mesas de saldos. Hay tiempo encogido, imposible de cumplir -Cronos se divierte jugando-, viene con gran variedad de culpas y castigos. Finalmente en el “Tiempo futuro” hay grandes negociados.

 

Trabajo

que se me pida que crea en el trabajo, que reverencie el míoPrefiero una vez más, caminar durante la noche a creerme aquel que anda durante el día”. Bretón

¿De qué trabaja?

No la convence la enumeración remunerada: profesora, tallerista, empleada, ni las tareas gratuitas que hace con los roles: madre, hermana, compañera. ¿En verdad, de qué trabaja? ¿De buscar la claridad como una planta? Sin desmerecer a las plantas, tan arraigadas, activas, nada mecánicas pero que al respirar trabajan. La Botánica, sin dioses propios y última en la cadena alimentaria, tiene además en su variedad, toda la farmacia.

Trabaja de mirar, piensa, de buscar la claridad como un girasol que rota el cuello para respirar el mismo cielo que sus compañeras. Se convence, porque sin el reporte de las miradas quién podría afirmar que las nubes viajan o que existe algo más que uno: persona, animal o planta. No va cerrar los ojos aunque la luz reflejada en latas y en el brillo eterno de las bolsas plásticas la encandile. No va renunciar al trabajo de ejercer una mirada y reportarla aunque sea un trabajo insalubre por el que nada pagan. De eso trabaja.

 

Lenguaje

En la escuela, el lenguaje común había derrapado en su cabeza: las leyendas que acompañaban los dibujitos de la casa-papá-mamá ascendieron por su oído pero no se ensamblaron con las imágenes y le quebraron el sistema de correspondencias. Además estaba lo que no se nombraba. ¿A cuántos otros nenes o nenas les pasaría lo mismo? Esas frases acuñadas con las imágenes eran un cálculo fallido: papá cuida- mamá ama-pero mira de lado-no de frente como en la lámina.

Necesitaba proposiciones específicas para unirlas con su vida, pero no las hubo y la operación resultó anulada. El sistema de signos era el mismo, pero no las correspondencias. En su propio juego restallaban informaciones que la liberaban; en el de ellos estaba acusada y devuelta a los grilletes. Una boca embanderada pronunció “ro-jo” separando las sílabas mientras señalaba una manzana, pero nadie señaló a una nena temblorosa, enrojecida y fresca como la fruta, ni mencionó una sola palabra que la liberara. Por eso ella ya no escogerá palabras ni levantará piedras de la playa: no colecciona cosas muertas.

 

Religión

“El infierno son los otros”. Sartre

Las “pibas” del mito de Perséfone son vibrantes y hermosas, de imaginación luminosa.  Distraídas con sus cantos y bailes, los otros, los cancerberos del infierno, cavaron en el asfato una trampa para que cayeran en la grieta castigadas por su primavera de derechos. Las guiaron a un tour antiguo, oscuro y voluptuoso. Las empujaron a un invierno donde viven anestesistas sin anestesia y mujeres-marsupiales-perras-gatas. Allí, las pibas de ojos transparentes sufrieron los rituales alrededor de un bebé plástico. En ese infierno donde les gustaría encerrarlas, las miradas pesquizantes de los otros las señalaron al grito de “¡¡Asesinas!!”  Satanás –gritaban- las atormentará hasta el suicidio. Esas voces oscuras hablaban una lengua distinta a las proclamas de las pibas, usaban el diccionario de la tenebrosa fantasía religiosa: fetos, fetos, cementerio de fetos, repetían. Pero ellos, los cancerberos, eran apenas sombras grises en el inframundo.

Allí gobernaba Plutón que imponía las leyes y controlaba el mundo. Sin embargo, Plutón, el más temido de los dioses tuvo que negociar al darse cuenta de que nada más podría florecer con tanta sangre de ninfa derramada y no tardó en liberarlas. Al salir de esa visión atormentada, las pibas afirmaron que: “ese infierno no es nuestro”.  El infierno son los otros.

 

*Imagen que acompaña el texto: Obra sin título de Soledad James

Sale Papusa #12

Los sueños. Macedonio Fernández y No toda vigilia es la de los ojos abiertos. La pregunta por el criterio de diferencia entre la vigilia y el sueño (y realidad/ficción). Hobbes en Buenos Aires en 1928. Schopenhauer: el sueño y la vigilia como páginas diferentes de un mismo libro. Quique Fogwill y La gran ventana de los sueños: sueño versus memoria. Mario Levrero contra la sobrevaloración de los sueños: ¿cómo recordamos? Proust y la imaginación. Las ruinas circulares: Borges y el soñador soñado. Jules Michelet, “cada época sueña la siguiente”. Los epitafios como poesía según Edgar Lee Master. Soñar con Emily Dickinson y Jorge Luis Borges y aullar con Allen Ginsberg. El psiconálisis te salvará de Gino Germani y cómo sacarle fotos a los sueños por Grete Stern. El breve relato soñado de Arthur Schnitzler y su versión cinematográfica de Ojos Bien Cerrados de Stanley Kubrick. “Estamos hechos de la materia de los sueños”, según Próspero en La tempestad. Walter Benjamin: la infancia, los libros y los sueños. Goya y el sueño de la razón que engendra monstruos.

Banda de sonido del episodio – Vía Dra. Melómana

17 de abril

Presentación de El actor de José Luis Pizzi

19 hs.

Presentan Iair Kon y el autor

Más sobre El actor de José Luis Pizzi
Entrevista a José Luis Pizzi

26 de abril

Veladas Literarias Latinoamericanas

A las 19 hs.

El ciclo se inició en marzo de 2018, a través de la idea y de la gestión de Ana Ojeda y de Jimena Néspolo, con el objeto de reunir a escritorxs y especialistas a fin de reflexionar, leer, discutir y/o polemizar sobre problemáticas inherentes al quehacer literario y cultural a partir de la escritura de mujeres argentinas.

En 2019 se proyecta el mismo ideario sobre la escena latinoamericana, intentando superar ya toda normatividad de género. En todo caso se asume a la “tradición” como heterodoxia que es preciso construir y de-construir desde el presente de la enunciación. En este escenario complejo, se privilegian pues los temas acuciantes hoy.

Idea y coordinación: Jimena Néspolo

El grito silencioso

Sobre Carrusel de Enrique Decarli

(Kintsugi Editora-2018)
Por Pablo Puel

 

Enrique Decarli (Buenos Aires, 1973) es escritor, abogado y músico. Carrusel (Kitsugi Editora, 2018), su último libro publicado, está compuesto por seis cuentos largos que ofrecen, entre otras, las siguientes características: tramas en movimiento, con un ritmo intenso que no desprecia ni relega la complejidad. Un estilo atado al tempo y al  fraseo, aplicando intencionadamente dos conceptos más musicales que literarios. Oraciones breves: aceleración, corte, aceleración. Una sintaxis al servicio de una postura estética y del enfoque psíquico de los personajes. Son cuentos anclados, más que en lo cotidiano, en lo íntimo, sin  importar en este caso la cantidad de personajes o espacios que intervengan.

La realidad objetiva introduce en estos personajes una imposibilidad, una limitación. Una más, otra gota, y el vaso rebalsa. Realidad que amenaza con desmoronar (o que desmorona) el andamiaje construido durante toda una vida. Hay quienes lo rearmarían construyendo un piso racionalmente sólido, indestructible, donde apoyarlo. Los personajes de Decarli, por el contrario, reaccionan en un desborde fantástico, en el sentido de que tensionan, que interpelan la claridad de lo instituido como existente, en un corrimiento kafkiano, alejándose de las lógicas dominantes, diurnas. Corrimiento que deviene literariamente, no en el abandono del verosímil, lo cual significaría un hundimiento, sino en la ampliación de su espectro. Y es la sensorialidad, y no la razón, la que se abre como resistencia, como antídoto.

Por ejemplo, “Desfragmentar”: una pesadilla postmoderna donde para Guillermo, protagonista y narrador, la totalidad no es posible ni siquiera en un viaje en colectivo. (Piglia en las clases sobre Borges: “El sujeto se maneja como una totalidad, sino cómo hace, no puede ni tomar el colectivo. Si no sabe que el 60 va hacia tal lugar, si no sabe la totalidad y piensa: “No, está todo fragmentado”, qué va a hacer.”) Para Guillermo, desmemoriado cuya característica produce una penosa inadecuación como efecto, las cosas van perdiendo su definición normal, racional, sensata. Las imágenes son “aceitosas” y llegan “desde otra vida”. Catalina, su secretaria, está, a los ojos, “liviana”. Un golpe es usado como herramienta contra la pérdida de memoria: “Para matar moscas, por ejemplo, en vez de insecticida, uso el repasador. Tal vez así emerjan más episodios olvidados”.

Para el personaje de “Sonda”, que, desde su departamento, mientras el edificio se desmorona, se conecta con lo que lo rodea a través de lo que le “comunica” una sonda que asoma desde el inodoro, los mosaicos de su baño no son meros mosaicos, tienen “una entidad de piel”.

Por su parte, el protagonista de “Yo estuve casado con papá”, luego de la muerte de su padre, desestima la verdad establecida por la psiquiatría y se instala en la superstición. Otra vez, incluso en este cuento de corte realista, la subjetividad no acepta o enfrenta racionalmente los golpes de la realidad, sino que, en su necesidad de cobijo emocional, se entrega a las elucubraciones fantásticas derivadas del trato con farsantes reales. Se aferra, al igual que sucede en los otros personajes, desde la sensorialidad y la fe, a absolutos a medida.

¿Es esta la cara actual de lo trágico?

Los personajes de Decarli gritan silenciosamente, desde lo más hondo de sus necesidades, lo que reza el epígrafe de Horacio Quiroga que encabeza uno de los cuentos: “Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea”.

 

Sale Papusa #11

La decadencia. El discurso panglosiano del macrismo. El Cándido de Voltaire. El presente desastroso y “el mejor de los mundos posibles”. La cena de Boswell con Voltaire y su insistencia en mostrar a sus ídolos en decadencia. Ezra Pound y Nicanor Parra: la cima de la poesía con los poetas provenzales y luego la decadencia. El tiempo cíclico: apogeo y caída. La aceleración del nihilismo en Nietzsche. Lo monstruoso y lo deforme: el decadentismo francés. William Carlos Williams y Olga Orozco con su poesía para abrazar la decadencia. Tres novelas para caer en desgracia lentamente: Una letra azul pálida femenina de Franz Werfel, Desgracia de J.M Coetzee y El traductor de Salvador Benesdra. La clase media como decadencia. El Fiord de Osvaldo Lamborghini. Kafka y sus lenguas: la decadencia de toda lengua mayor. Heidegger y el estado de caída en el lenguaje contemporáneo. El tedio y la desesperación en los Pensamientos de Pascal. Kavafis y la decadencia: “Esperando a los bárbaros”.

Banda de sonido del episodio – Vía Dra. Melómana

Epistolario

sobre Cartas de Liliana Lukin

(Ediciones del camino-2016)
Por Tununa Mercado y Eduardo Gruner

 

Buenos Aires, 8 de diciembre de 1992

(10 de la mañana)

Querido Eduardo:

Todos los días, a diferentes horas, la hoja se ha deslizado debajo de mi puerta, ha entrado en mi caja de dos hemisferios, el del norte mexicano y el

del sur argentino, y aun en un viaje por aire se ha obstinado en colarse en mi recinto para decir su mensaje. Tengo que describirte el físico de ese objeto, tratar de definir sus contornos y los diferentes planos de su arquitectura. La carta que me llega es como un balcón que se abre después de los dos puntos y desde allí alguien ve y distribuye, en redondo, como si creara condiciones para desplegarse, un espacio que me incluye, y acaso también te incluya, aunque eso es precisamente lo que nos inquieta y motiva mi carta: saber de qué manera podrías ser el otro de la epístola de las tituladas Cartas de nuestra amiga Liliana y, en la hipótesis que traté de formularte cuando nos bebimos esa cerveza en San Telmo, el que “desencadena el discurso”, este último término entrecomillado para despojarlo de cualquier  estridencia especulativa. Balcón entonces, plataforma si prefieres, pero balcón de enamorada que va transponiendo los peldaños de cada par de dos puntos y entrando cada vez más en el ámbito del poema que ha preferido y elegido poner o situar o emplazar justamente en el espacio individual de un yo mujer e imponer, por la pertinencia de su empeño, un yo múltiple, un nosotras. mi querida(:) así todo lo más se trata/ de envejecer, también bellamente/ ¿cierto? y que sabia parece una/ la mujer hermosa joven de perderlo todo/ en un sueño(:) que sabia puede/ ella ser(:) los niños llevan su verdad/ debajo de la manta y su deseo en la boca/ mordido para alimentarse siempre más / sí querida(:) puede una mal esperar/ lo que ya tiene y no saber cuál es/ su don. Los dos puntos: escalones, vanos entre habitaciones o zócalos, fronteras que vamos sorteando para entrar en el poema, en la inquisición del poema. Y quien traspone, transita o penetra es una figura erguida, que avanza atravesada por una idea de la perfección —(no produce sonido lo sin nombre/ lo que no sé nombrar no hace armonía)— prisionera de un devaneo que sería el conflicto entre lo alto y lo bajo, entre la imaginación y la realidad, la cabeza y las plantas, unos oídos que oyen un clave y buscan una clave: y habiendo de arder por los pies/ no conviene mojarse la cabeza, me escribe, y también me dice que los ojos arden antes que los pies, ella signada desde el vamos en su trayecto poético por el nombrar su nombre, verlo, y ver con él el mundo. Y físicamente también el objeto que es el texto y quien me dice querida, hermanita, amiga, la/el sujeto-sujeta, gira como los colores de un trompo/ suelta y en estado de fricción hasta alterar mi propia estática, incitadora: he aquí la llave de entrar y de salir, me dice.

No quisiera que te hicieras una idea inconveniente de mí, que pensaras, por ejemplo, que para describir este objeto que se desliza por debajo de mis puertas, necesito inventar una novela en la que una mujer equívoca y perdida, privada, expuesta, extranjera, orgullosa, frágil, me escribe para decirme su sed doméstica y cruel de absoluto, o que apelo demasiado a los referentes para explicarme esa suspensión del hábito, como ella misma dice, que es buscar el poema. Yo por mi parte no puedo hacer otra cosa que imaginar posibles respuestas, encabezar en la vigilia y en el sueño cien veces la larga carta que dará cuenta de mi salud y de la de los míos, para quedar al fin francamente de ella, suya, e ingresar en lo que ella llama escena aceptando su idea de que estamos las dos cansadas de pulir, cuando cada vez creo más firmemente en la superficie pulida, como vos y ella y muchos otros lo saben, cuando no veo otro destino para la escritura que una posición despojada frente a esa superficie.

Desde mi balcón te digo, dos puntos: querido Eduardo: trataré de orientar mi fantasía en los próximos días para ver mejor en las entrelíneas de estas cartas de Liliana, obligándome a no glosar, tratando más bien de desglosar los pasos de un recorrido, que se quiere en el borde, de alguien que me dice: una es una inconsciente/ y sus actos son como un paseo distraído/ por la comisa a oscuras de la necesidad. Hasta pronto. Espero tus cartas con impaciencia. T.

 

Buenos Aires, 8 de diciembre

(2 de la tarde)

Eduardo:

Cuando me llegaron las cartas XI y XII había terminado por imponerse en mi lectura esa especie de referencialidad que me llevaba todo el tiempo a creer que alguien, ella, quien me convocaba a corresponder, había terminado por capturarme en una zona íntima pero no desconocida: la amistad entre mujeres. El texto, la carta, suscitaba la imagen de una habitación, y en ella dos mujeres entregadas a la confidencia o, mejor dicho, una mujer que parece incluir a otra en sus secretos, pero que mediante el subterfugio del diálogo no logra ocultar el cese de la interlocución que el poema instaura, la imagen autorreflejante que sólo el poema sabe crear cuando dice tú o vos y llega a constituir una retórica en los poemas de amor. Pero yo me había montado la película, y alejaba la posibilidad de semejante argucia, quería ser el yo a quien ella hablaba de tú y el nosotras que nos incluía, y aun parte de esa que declara ser como un ábaco: numerosa/ y golpeando mis cuentas entre si y me dejaba cautivar por ese poema que tenía todo por decirme y en particular hablarme del hombre o de los hombres, cuestión que no ha cesado de ser hablada desde la aurora de la especie humana cuando se juntan dos mujeres, y meterme en otro asunto más, el doméstico del reparto de la comida en la boca de todos, que seguramente ha de estar en el rango de las cosas que a vos también te preocupan desde otras economías.

Todo el tiempo, de una carta a otra que leía, rescataba esa dimensión de la confidencia, refugio para dos sobre el que se cierne la figura del ausente y la queja ineluctable de amor; confidencia: menos que confesión y más que confianza, vértigo de una tentación femenina de permanecer en lo femenino excluyente, de quedarse en el susurro de la alcoba —murmullo de palomas que cambiamos, me dice— para no arriesgarse en la vociferación de la plaza masculina. En ese sentido, no sé qué habrás pensado finalmente de ese doble sentido de la Carta XVI que te di a leer en el bar de San Telmo, en el que ella dice “los hombres nos envidian el penetrante/juego de intimidades sucesivas o, más adelante: los hombres es sabido nos envidian/ el impenetrable clima de las risas oblicuas, y cómo te habrá caído ser amado como el otro de nosotras, como el otro de dos mujeres en el interior del poema. En tu beneficio te regalo dos o tres presuntos lapsus suyos, de ella nada menos, que en la Carta XVIII me escribía, sorjuaniana: cuando leo mi querida sé una cosa/ pero no más sé de mí que quien me sos. De pronto vacila con el uso del uno o la una en la Carta XXIII: no siempre es una virtud ser/ como uno es poner el cuerpo, o en la XXIV: estar a la intemperie de uno mismo. Ese uno, Eduardo, es su gran lapsus. Tuya, T.

Buenos Aires, 8 de diciembre

(10 de la noche)

Querido Eduardo:

La semana pasada le escribí para decirle que de alguna manera sus cartas pertenecían a ese universo tan remiso a revelarse como pródigo en señales que se llama escritura de mujer, y acaso también escritura feminista, pero una vez más no pude aislar los atributos que habrían fundamentado una operación, en la que por terquedad algunas veces insistimos. Vi incesancia y ella misma me hizo ver que había deseo en exceso, “falta”, entrecomillada, y “falta” corregida: ¿y no es acaso una la que no posee/ porque no quiere poseer la que sólo quiere/ el absoluto estar/ de una palabra piel que no termine? Vi una distribución del poema en estrofas regulares y respiraderos o blancos en las líneas que dejan ver una trama suelta marcada por paréntesis, interrogaciones y, desde luego, los dos puntos (enfoque, perspectiva, sitio de la mirada) a cuya condición de escalón me referí en una carta anterior. Nunca comas, nunca punto y coma, nunca signos de admiración ni puntos suspensivos, ni mayúsculas ni punto final, sólo la interrogación, la acotación y la plataforma de la enunciación desde donde se lanza al vacío el texto.

Todavía no me había respondido cuando se me ocurrió otra vislumbre sobre el texto. Creo que ella es una mujer-ojo, una Polifema polisémica y polimorfa, que se ve y ve, que tiene espejo y balcón, que se refleja y mira a su alrededor. Ella es toda ojos, mira, espía, se desdobla para verse o se incluye en el otro para verse al verlo, etcétera: como un ojo sobre mi/ el sueño lanza sus círculos concéntricos/ un ojo de agua para asomar la mano (…) cual un ojo que se mira viendo el fondo de un ojo {…) y yo miro la frases que te escribo (…) y escribo para mirarnos leer y de eso también vivo, etcétera, etcétera. Una última ocurrencia, que se desprende casi como una fruta liviana del entramado de esta numerosa poesía: los dos puntos son dos ojos, tal vez como ojos de lenguado (literariamente consagrado mejor como rodaballo), que avanzan por el fondo rastreando la línea del poema, registrando a su paso las evoluciones de un intercambio entre mujeres que sólo puede ser visto a través del vidrio, que no se dejaría tocar por manos torpes y oír por oídos bastos. Y te suelto, para terminar, esta línea: She is looking us, she is looking as Lukin. Espero tu respuesta, tuya, T.

 

***

 

Bs. As., 8 de diciembre (día de la Virgen) de 1992

Querida Tununa:

Me sorprendió mucho (y no sé si gratamente, pero dejemos eso para otro momento) tu carta sobre las poesías de LL. A tal punto llega la sorpresa, que no estoy seguro de que ésta sea, exactamente, una respuesta. Pero quizá no existan, también exactamente, respuestas: tal vez es una de las primeras ideas que me pareció leer en el libro de LL una co-respondencia no pueda reenviarse a ninguna solicitud, a ninguna ¿cómo se dice? demanda, como no sea una demanda de ausencia que permita seguir escribiendo.

Sea como sea, tu carta me sorprendió, no solamente sin haber terminado de leer el libro, sino también (y apelo a otra idea de LL) en el lugar equivocado Quiero decir: vos sabés perfectamente, cualquiera lo sabe que no soy un buen lector, y mucho menos un buen crítico, de poesía. Si es eso lo que estás buscando, es a otro al que deberías poner en el lugar de destinatario de tu búsqueda: ¿A Nicolás Rosa, tal vez? ¿A María Moreno? ¿A Noé Jitrik? ¿A Mirta Rosemberg? ¿A Libertella, a Martini Real? ¿A Tamara, a Liliana Heer? ¿A Lamborghini, a Fogwill, a Zelarayán, a Chitarroni, a Gusmán? ¿Y por qué no a la propia LL? ¿Por qué no confrontarla a ella con los efectos de tu lectura?

La verdad es que no sé, y no importa mucho: porque sabiendo que me buscás en el lugar equivocado, debo inferir que lo que buscás es precisamente el lugar del equívoco, vale decir vuelta al principio la correspondencia. Porque creo que coincidirás conmigo (y ambos, por lo tanto, coincidiremos con Kierkegaard, con Sklovski, con tantos que se han ocupado del tema, para no hablar de la mismísima LL) en que es un malentendido constitutivo lo único que puede sostener la ilusión de que una carta llegue a destino sin que se pierdan palabras. De todos modos, ese lugar del equívoco en el que me buscás es aquél en el que no puedo terminar, parece, de leer el libro de LL. Porque terminarlo sería, en cierto modo, serle infiel: ¿no dice ella misma que es del vacío que se espera una escritura? ¿Y no es ese vacío —ese cuerpo vaciado de imágenes, ese (cito) “estar a la intemperie de uno mismo”— lo que impone el deseo de escribir allí donde falta (cito) la ”carne de letra”, la de un tesoro que —eso también lo sabés muy bien— no se dejaría atrapar por ningún canon de alcoba?

En fin, Tununa, espero que entiendas que no estoy tratando de zafar armando un galimatías con frases sueltas de LL. Para empezar, esto no se podría hacer: no hay “frases sueltas” en el libro de LL. El texto sigue una perfecta lógica, en cierto nivel es una articuladísima estructura de los verosímiles del género epistolar: la vacilación, por ejemplo, entre el tono íntimo y coloquial ligado al uso de la segunda persona, y cierta ¿cómo llamarla? reflexión (también en el sentido de “especulación”, de vinculo especular pero irónico con algunos“lugares comunes del feminismo), reflexión que, si nunca tiene una pretensión universal, también desborda el “entre-dos-mujeres”, con su siempre contenido impudor. Es claro que la cosa no se detiene ahí, y a poco de leer (sospecho, por lo que me decís en tu carta, que a vos te pasó lo mismo), empecé a entender un poquito mejor la trampa. Porque para aislar esa estructura, para identificar esa lógica genérica, habría que decidir, antes, cuál es el género: ¿es un poemario disfrazado de correspondencia? ¿Es una novela epistolar que respeta puntillosamente esa venerable tradición erótica (porque relaciones, las hay; y peligrosas, lo son), pero disfrazándose de colección poética? Y en todo caso, ¿por qué es necesario el disfraz?

Escribo “necesario”, y de inmediato me arrepiento. Porque si hay algo explícito en el libro de LL es que no se trata de la necesidad, sino del deseo (deseo de escribir, deseo de desear, deseo de cansancio, puesto que “nada cansa tanto como desear”, dice ella). Y el deseo, desde luego, sólo lo es porque se disfraza de otra cosa y no se reconoce a sí mismo. De modo que mi retórica pregunta —menuda preguntita, esa por el deseo— ya está respondida (lo que no quita que vos, Tununa, te disfraces en otra respuesta): Lo que hace LL es disfrazar la escritura de su deseo para despertar el deseo del lector de despojar a esa escritura de su disfraz, de acceder a ella en su literalidad. Deseo, por supuesto —y por fortuna—, imposible de satisfacer: despojado de su disfraz, el deseo quedaría reducido a pura reivindicación, la carta a mera comunicación, el poema a expresión sentimental, la escritura a una emisión no de carta, sino de “mensaje”. Mientras que lo que aquí tenemos, Tununa —y es, al menos para mí, algo para inquietarse— es una escritura insidiosamente erótica, en el más estricto sentido bataillano de un trabajo en los límites imprecisos entre los géneros (y podés darle a este término los sentidos que quieras… o que puedas), de un juego de discontinuidades para restablecer la continuidad, de una seducción de los cuerpos por la palabra, todo eso que es, en definitiva, la condición erótica por excelencia: la ambigüedad.

De modo que —retomando, como se dice, el hilo de la cuestión— los múltiples disfraces que permiten esa ambigua existencia del libro de LL (los disfraces del deseo, pero también los de un género indecidible, y los de una escritura en diagonal dirigida a una mujer para ser espiada por un hombre), esos disfraces son, me parece, la argumentación misma del libro, constituyen —para decirlo lévistraussianamente— una “lógica de lo sensible” que es la que sostiene como equívoco, otra vez lo que pueda haber en él de inteligible.

Ellos, los disfraces, descolocan, des-localizan, una lectura que es así empujada a un deslizamiento imperceptible pero inexorable. Te remito, por ejemplo, a la carta XV, que no me voy a privar de llamar —admito que con muy pocas pretensiones de originalidad— mi metacarta, porque a través de ella he creído poder leer todas las otras (así como Sartre dice que en ciertas calles está presente toda la ciudad). Allí, en la carta XV, hay unas líneas que dicen: “y ese hombre / ahora / ha pedido una carta: / yo le escribo esta para vos / donde está ausente”.

¿No te parece, Tununa, que es ese desvío de la lectura, esa discreción —en el sentido etimológico de una discontinuidad— lo único que permite hablar del amor justo en el momento en que ese bien-decir está a punto de precipitarse en algo del orden del ridículo? (también con esa ambigüedad juega LL: sabe que es fácil, demasiado fácil, desplazarse de la tragedia al patetismo). Pero es llegar justo hasta el borde y desviar la atención con el señuelo de una ausencia lo que permite sostener el deseo, y construir un estilo poético y no simplemente retórico. El libro de LL consigue eso una y otra vez, hasta el punto de hacer que el lector (quiero decir: este lector) desespere de las metáforas sin dejar de esperarlas. Y sin poder evitar sentirse, no digo aludido, pero sí concernido por esa ausencia que es la de su lugar imposible de crítico/destinatario. O, más sencillamente, por esa ausencia determinante que es el lugar de lo masculino en estos poemas epistolares dirigidos a una mujer. Por favor, relee (releete a vos misma, en voz alta) este fragmento de la carta XX:

“una es una mujer provocadora que insiste

en la provocación: frases equívocas lugar equivocado

el hombre que no es en el lugar del que no ha sido”

Seguimos, como verás, en el tópico (o mejor: en la tópica, ya que de los lugares se trata) del equívoco. Más precisamente, del desplazamiento: ¿serán eso, también, estas cartas que nos intercambiamos ahora? Y de ser así, ¿de qué estamos hablando? Del libro de LL, sin duda. Y, como corresponde a ese libro, lo estamos haciendo de una manera desplazada. Pero, desde luego, no es nada de esto lo que pienso decir en la presentación del jueves próximo (en ese lugar donde seré, seguramente, ”el hombre que no es en el lugar del que no ha sido”, es decir el hombre que pueda dar cuenta, o rendir cuentas, de la lectura de LL). Me parecería una verdadera impertinencia endilgar estos balbuceos a los sufridos concurrentes. Aunque, por otra parte, si es cierto lo que dice la carta I (“estar en el lugar equivocado / es a veces una provocación inútil / y haber amado / haber amado / no asegura sufrimientos durables”), bueno, ellos tendrían que poder soportar eso, ¿no? Soportar, quiero decir, la idea de que (vuelvo a citar) “a la palabra / no se renuncia / así nomás: / en el camino quedan los mejores deseos”. Pero sí: te confieso que lo que estoy tentado de hacer en esa presentación es, justamente, renunciar a mi palabra para poner a prueba la tesis simétricamente inversa a la de la carta XXXVI: a saber, que también las mujeres pueden construir ficciones donde los hombres no les sean necesarios. Aunque, claro, ya nos pusimos de acuerdo (nos pusimos, ¿no?) en que no se trata de la necesidad, sino del deseo. Y en ese registro, el deseo de escribir de LL parece ser tan irresistible que la lleva, como en esos chistes judíos que contaba Freud, a construir la ficción de un epistolario erótico para hacernos creer que se trata de poesía cuando en realidad son cartas eróticas. ¿O será al revés? Sea como sea, lamento no haber podido juntarme con vos para ponernos de acuerdo sobre qué clase de desplazamientos podríamos operar en esa presentación que nos permitieran estar a la altura de las propias operaciones del libro. Aunque, pensándolo bien, tal vez sea mejor así: si LL tiene razón, no podríamos pretender lograr más que “metonimias de un paisaje de guerra”, antes de que se llevaran nuestros restos.

En fin, Tununa, no sé que más puedo decirte. No sé que más quiero decirte. Supongo que tendría que decirte —si es que hace falta— que el libro me gustó, y mucho. Desde ya que esto tampoco lo voy a decir el jueves: me parece que el libro merece mucho más que esa mera opinión, impresionista. Merece una verdadera lectura, o más aún, para decirlo con Bloom, una “deslectura” que rinda homenaje a esa pasión por el malentendido que es el que le da su fuerza. Otra cosa es que yo sea capaz de hacerlo. Pero estaré allí (y nunca mejor aplicado el lugar común) como un solo hombre.

Un beso, y hasta entonces.

Eduardo

CONVERSAS DEL CABURÉ

Ciclo de entrevistas en vivo

cabure_home

ESCRIBINOS

Preguntas? Comentarios?

Nombre (requerido)

Correo electrónico (requerido)

Asunto

Mensaje

Fotografía de inicio genitileza de la querida Majo Minatel