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Un libro inquietante

Sobre Serrano de Gonzalo León (Mansalva, 2018)

Por Alejandro Boverio

El último libro de Gonzalo León nace de la conmoción que le provocó al autor conocer en vida al personaje que le da título a la novela. Difícil llamar a este libro únicamente novela, pues en verdad es una estampida de géneros. No sólo una ambivalencia con el ensayo, aunque también, sino fundamentalmente una carrera en donde los géneros corren, se pisan y se relevan en su marcha. Epistolario, diario, biografía, ensayo, narrativa: este libro es inquietante menos porque trata sobre un nazi que por su forma.

Acaso uno de los célebres libros de narrativa sobre el nazismo haya sido La literatura nazi en América, curiosamente escrito también por un chileno: Roberto Bolaño. Pero a diferencia de Bolaño, que hace una suerte de enciclopedia que reseña vida y obra de autores nazis completamente inventados, León toma a un extravagante escritor nazi de carne y hueso, Miguel Serrano, y lo convierte en personaje literario. “La realidad es ilusión” es el epígrafe de uno de los libros de Serrano y, sin lugar a dudas, también podría ser el epígrafe de éste que nos ocupa, puesto que Serrano ha sido realmente un personaje literario.

Sobrino de Vicente Huidobro, nazi, hitlerista esotérico, embajador de la India, amigo de Hermann Hesse, vamos conociendo al personaje fragmentariamente, mientras el propio proyecto del libro se nos revela en su acontecimiento de producción, a través de correos del narrador con un amigo que se intercalan en el flujo del relato, y que nos hablan de las dudas que le genera su factura.

Serrano es un libro conjetural además de inquietante. No está fundado sobre hechos, o al menos no podemos estar seguros acerca de la veracidad de los hechos que son narrados en el libro. Sabemos que algunos hechos son verdaderos, nos lo adelanta la introducción, pero no sabemos cuáles no. Por lo tanto el libro entero se vuelve una gran conjetura, y eso es lo que lo vuelve enigmático. A través del enigma comparte naturaleza con aquello que se supone que narra: un mito.

La Argentina manuscrita

La cautiva en la conciencia nacional

de Horacio González

Por Gabriela García Cedro

 

(Texto leído en la presentación de La Argentina manuscrita en Caburé libros)

 

Hace unos días, Matías y Horacio me convocaron para participar de esta mesa a propósito de uno de los últimos libros de González… confieso que nunca sé cuál es el último y me cuesta seguir una escritura tan constante y profusa. Pues bien, una vez que supe de qué estábamos hablando, acepté el convite. Tuve una charla telefónica con Horacio, un poco breve tal vez, condicionada por el vértigo de las obligaciones cotidianas, pero fructífera por varios motivos. Por un lado, porque actualizó un sentimiento de respetuoso cariño, distante quizás, no por falta de afecto sino, digamos, por desencuentros barriales. Y a la vez fue fructífera porque me proporcionó el punto de partida para leer La Argentina manuscrita. Maliciosamente, me hago cargo, le pregunté por el “contexto” actual. Palabra que lo horrorizó, en algún modo. También hubo otras palabras que fueron cuestionadas. Cierta jerga académica que incomoda y a la que, a veces inevitablemente, terminamos recurriendo. Me dijo que el libro en cuestión eran las “palabras de un improvisado” y deslizó que había una intención de evitar el binarismo y, en algún punto, expandir la idea de cautiverio. El pretexto, en su doble sentido, texto o textos anteriores y excusa, es el tema de la cautiva.

Señala González que el relato de la cautiva Lucía Miranda, que Ruy Díaz de Guzmán inserta en su manuscrito de principios del siglo XVII y muy posteriormente llamado La Argentina, tiene un valor documental de la envergadura de un mito clásico. Y uno de los primeros propósitos que el autor explicita en el Prólogo apunta, justamente, a cuestionar el peso de su época. Dice: “Toda literatura obtiene una misteriosa justificación por el mero hecho de existir, y en su inmanencia, posee el alarde de no desear explicar sus ataduras con la época, con sus aires intelectuales, sus inflexiones problemáticas, el espíritu de su idioma, los lazos inmersos en arcanos con las razones y armazones del poder que le es coetáneo. Admitiendo todo esto, ¿es posible que los escritos de un “cronista de Indias” puedan hoy seguir entusiasmándonos por sus anacronismos y vecindades con los prodigios incomprobables del mito? La sospecha que aseguraría esta posibilidad se aferra también a cómo ‘una leyenda son todas las leyendas’.” En el caso de este libro, me atrevería a decir que “una lectura son las todas las lecturas”. Al menos, las que se ponen en juego. Una sucesión de textos –más o menos conocidos, más o menos transitados– que proponen una nueva serie para ampliar más los sentidos, para expandir la misma red de lecturas. Si quisiera provocar una reacción antiacadémica hablaría de una biblioteca mental en funcionamiento, pero no voy a ser tan malvada….

Pero lo que sí me voy a permitir señalar es que este libro de González ofrece, al menos, dos textos inescindibles: el de la lectura del manuscrito de Guzmán y el de las digresiones, que demoran a la vez que cargan de sentidos nuevos el texto leído.

Antes de hablar de Guzmán, González se detiene en Pedro de Angelis, en las “copias inseguras” que enhebran la historia de la civilización. Y así, a lo largo de varios capítulos nos cuenta el derrotero de esas ediciones. Tan importante resulta este arranque que no vacila en afirmar que “una época también la determinan los editores” especialmente cuando no creen hacerlo, cuando están distraídos, abstraídos. Esto lo lleva a González a explayarse sobre De Angelis, a aludir extensamente a la historia (no voy a decir contexto), a hablar de la Ciudad de los Césares y recalar, inevitablemente, en Sarmiento. En Rosas. Y en los orígenes de la literatura nacional, otro de los temas que se discute en este libro que estamos presentando. Es más, tema que lo recorre y hasta lo sostiene.

En un momento, González menciona el capítulo de la infancia y la juventud de Quiroga en el Facundo. Todos sabemos que Sarmiento hace y no hace la biografía del caudillo riojano. Eso explica que recién el V capítulo se titule: “Vida de Juan Facundo Quiroga. Infancia y juventud”. Y será recién en el quinto capítulo de La Argentina manuscrita que Horacio nos recuerde el tema. “Capítulo 5: Los raptos de mujeres: fabulario universal”. Introduce la noción de una base económica y una base cultural para comprender los raptos de mujeres, desde la mitología griega en adelante. Y también puntualiza que en el capítulo VII de La Argentina, Ruy Díaz nos cuenta la historia de Lucía Miranda. Y en esa introducción al tema también se pregunta: “¿Es allí entre tantas otras partes donde se sitúa el discurso ficcional o todo este escrito lo es?” Lucía Miranda, su trama, trae otro tema que subyace a estas notas: la vacilación entre la ficción y la historia. O su coexistencia.

González se demora y lo sabe. En el capítulo VI, entre Schmidl y Levi Strauss, advierte: “Y recuérdese que no abandonamos, solo postergamos un poco, nuestro tema de La Argentina de Díaz de Guzmán”. Y así como hizo Guzmán en su manuscrito, en el Capítulo VII, González ofrece “Lucía Miranda, la gran cautiva nacional”. Nos cuenta el argumento y recordamos a los hermanos Mangoré y Siripó y a Lucía Miranda, esa cautiva heredada fraternalmente.

Pero se detiene y abre reflexiones que involucran textos que van desde Del Barco Centenera hasta Groussac, por lo menos. Al capítulo siguiente, vuelve: “La culpa amorosa en el origen de la nación”. Aparece también el marido de Lucía, Sebastián Hurtado y con él, el amor pasional, el amor cortés, la delación por celos y el castigo. La historia de la cautiva es también la historia del origen nacional. González arriesga que otra resolución del conflicto entre Siripó y Lucía habría cambiado “toda la orientación de la literatura del colectivo humano y social luego llamado Argentina”. También aparece Borges y su resolución de este primer nudo de la literatura argentina. Cito: “con una hipótesis magna relacionada con la seducción, y al mismo tiempo señuelo fascinante que la civilización implica para la barbarie, y viceversa. La reversibilidad de este esquema es menos interesante, desde luego, que lo que Borges llamaría “ejecución” de una idea o de un tema”.

Después de Borges, llegan Platón y Shakespeare. Y la insistencia de González de evitar un binarismo ineludible: “una contradicción aparentemente simple: civilización y barbarie es la que viene de inmediato a la mente. Pero –cito a González, claro– ese tipo de contradicción simple es portadora de una dificultad, que de no haberse rechazado, hubiera arrojado ese tema de oposiciones tan llanas al baúl de los restos más despreciados. Se trata entonces de rescatar las contradicciones simples con su superación a través de una versión más generosa que aquellas que la toman como escisión definitiva para separar de un tajo la comunidad humana. ¿Cómo se produciría esta superación?”

En este discurrir por lecturas, algunas compartidas por varios de nosotros aunque no con la misma intensidad, el nombre de David Viñas como lector de la literatura argentina del siglo XIX es insoslayable. El capítulo X abre con Literatura argentina y política (aunque González la mencione como Literatura y realidad política, versión llamativa del título original que sí portaba el gentilicio argentina).

Y es en la distancia que pone entre él y Viñas que podemos encontrar una clave de lectura para estas notas no tan al margen del texto de Guzmán. A propósito de Lavardén, González pregunta si es poeta y además comerciante. Y responde: “En el pensamiento de Viñas esta situación se convierte en una paradoja insoluble, pues si por un lado debe verse que el espíritu flotante y aéreo de sus ninfas mitológicas “está preñado de materia”, por otro lado hay estilos y modos retóricos que hacen a una historia inherente a las fórmulas generales de la expresión poética. Nunca está claro cuando ambos campos se hacen tributarios de algún ente mayor, y como decían los antiguos estructuralistas, “forman sistema”. Por nuestro lado, preferimos verlos en el instante anterior al que deberían formar tal sistema, pero sin figurarlo todavía, con lo que no perdemos la libertad de verlos a cada cual en sus inherencias. En lo que son como singularidades irreductibles, teniendo en cuenta lo que significa el peligro que corre cada cosa: no consumarse en lo que probablemente debía ser, para abandonarse en su ser inamovible. Por eso decimos de la historicidad de cada cosa, mejor verlas en su proyecto supuestamente dado –la conjunción con otra cosa, su subordinación o señorío sobre ella-, un minuto antes de que eso acontezca”. Podemos pensar que donde Viñas propone o formula la síntesis, Horacio González busca la apertura. La historia de la literatura de Viñas ordena series en busca de emergentes y concluye en síntesis que se vuelven categóricas; González expande esos límites, vuelve elásticas las lecturas.

En los capítulos siguientes, varias otras cautivas aparecen. La historia de María y Brian, según Echeverría, los malones –escritos pero también pintados desde Rugendas hasta Santoro– otras cautivas, como la Maldonado. También retoma la inversión de los términos, iniciada por Alberdi, “la barbarie de los hombres cultos”. González continúa este discurrir incluyendo, también, una digresión que nos remite a la quema de libros en el Quijote y que le sirve para llegar a Ercilla y su “Araucana”. Sarmiento, Darío, Chocano, Neruda. La lista abarca siglos, lecturas y espacios. Nos lleva a repensar el cautivo en El entenado de Juan José Saer y enseguida, a repensar la figura del mito-leyenda de la Malinche, que pudo haber sido una cautiva pero cuyo debate “se refiere a la ambigüedad entre la traición, la tradición y la traducción”.

Recién en el capítulo XVIII, González retoma la lectura de La Argentina de Guzmán, a propósito de las nomenclaturas, el espacio y una forma de parentesco con Borges. Poco después, la versión de Eduarda Mansilla y las reelaboraciones del mito del otro lado del Atlántico. La visión del desierto, el desierto y la nación, vuelve a convocar la dicotomía. Concluye González que “Una vez definido el binomio, la literatura estalla. Civilización y barbarie eran categorías de conciencia y no territoriales”. Y nos aclara aún más: “No nos parece aceptable entonces que bajo una sola noción de barbarie, y su contraria, la civilización, ambas cerradas sobre sí como empanadas siempre completas en su goce identificatorio, puedan mantenerse de continuo bajo un único juego interpretativo. Si bien es cierto que es la más notoria de las oposiciones, es por eso que todo aquel que la invoca genera sospechas, es sospechado, o no sospecha de sí mismo el modo en que incurre en error”. Y este cuestionamiento lo lleva también a cuestionar el comienzo mismo de la literatura argentina.

Y por más que en el capítulo XXII vuelve al mito de Lucía Miranda y su potencia como mito, tras unas reflexiones sobre Gramsci y Manzoni, retoma los orígenes de la literatura argentina y, una vez más, menciona a Viñas, quien “consideraba a Cambaceres uno de los iniciadores de la novela argentina”. González enfatiza que en Cambaceres “está” Zola.

También es Viñas, se sabe, quien propone el origen de la literatura argentina con una violación: “El matadero” y Amalia. Violación del cuerpo y violación de la propiedad. González concede que “ni vale la pena la discusión, ni es fácil destronar a Amalia”. Y si bien luego lleva sus reflexiones a otras zonas, a las diferencias entre cautivos y prisioneros y a otras versiones de la cautiva que le permiten comparar la escritura de Eduarda Mansilla con la de Cortázar, la cuestión de los orígenes de la literatura argentina sigue rondando.

Los últimos capítulos siguen intercalando la historia de Lucía Miranda con versiones y reversiones no sólo de esta historia sino de toda la literatura del desierto, del gaucho y de los malones. Hernández, Zeballos, Martínez Estrada. Y también versiones más recientes: Kohan, Aira, Benesdra y Cabezón Cámara. Más detalle, tal vez, merecen las reflexiones sobre Rojas, sobre Hudson, las intermitentes y constantes apariciones de Jorge Luis Borges. Porque es cierto que no todos los capítulos ni los textos mencionados tienen igual extensión; cosa que nos parece no sólo aceptable sino saludable. Ya lo planteamos al comienzo, se trata de una reflexión sobre textos. También de un interés sobre algunos temas.

En el prólogo, González explicita su intención de abordar estas lecturas a la luz de “un feminismo renovado”. La cautiva, como tema, como símbolo también, es una elección acertada. También resulta acertada la cantidad de trabajos críticos realizados por mujeres que incorpora: entre muchos otros, los escrupulosos trabajos de Tieffemberg y Mizraje o los ya canónicos textos de Ludmer y Masiello, entre muchas referencias bibliográficas más.

Este libro de Horacio González que propone hablar de la cautiva en la conciencia nacional es una excusa y, como tal, implica un pequeño punto de contacto con ese tema. Es más que un libro-comentario sobre el manuscrito de Guzmán. Este texto que tenemos acá nos ofrece una matriz de lectura para abordar la literatura argentina desde otra perspectiva y para eso, corre permanentemente los límites mismos de esa literatura nacional, para cuestionarlos, para que los cuestionemos. Se demora en los capítulos para volver aún más productivo su texto, para que el lector tenga también una lectura global de González. De estos materiales que el autor dice haber citado de memoria y cuyo orden se debe únicamente a cómo fueron surgiendo en el recuerdo. La memoria puede parecer improvisada, pero seguramente tiene un método. Personal, único tal vez como las huellas digitales, pero sin dudas deliberado. Esto es lo que nos ofrece Horacio en La Argentina manuscrita.

18 de julio

Presentación de “18. Huellas de la reforma universitaria” de Eduardo Rinesi

19 horas.

Darío Capelli y Yamile Socolovsky y el autor presentan 18. Huellas de la reforma universitaria, el último libro de Eduardo Rinesi.

 

 

Veladas literarias

El viernes 20 de julio una nueva velada literaria

El objetivo del ciclo #LasVeladasLiterarias es reunir a escritoras, especialistas y público a fin de reflexionar, leer, discutir y/o polemizar sobre problemáticas inherentes al quehacer literario, así como también difundir las propias producciones individuales de cada una de las panelistas. Conscientes de la fuerte impronta patriarcal que articula el canon actual de la literatura argentina (y de la literatura en general), estos encuentros están motorizados por la necesidad de poner en valor la literatura escrita por mujeres a lo largo de dos siglos y hacer dialogar ese rico acervo con las producciones del presente, creando vasos comunicantes.

Idea y coordinación: Jimena Néspolo y Ana Ojeda

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