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La fugada

Por Alejandra Zina

Estábamos sentados en el jardín del fondo, en un banco de cemento con cerámicas de colores incrustadas. Papá me contó que el día anterior se había escapado una mujer, a las seis de la mañana aprovechó el descuido de alguna enfermera y se fugó. Recién se dieron cuenta de que faltaba un par de horas después, entonces hicieron la denuncia, la policía la buscó por la ciudad y al rato una vecina la trajo de vuelta, la había encontrado perdida a pocas cuadras del geriátrico. No sé el nombre de la mujer que se escapó, pude habérselo preguntado porque un rato después la conocí y hablé con ella. Pero no lo hice.

Ella se acercó sigilosa a nuestra mesa.

-Señorita, ¿cuando termine de hablar puedo hacerle una pregunta?

Papá me hizo un cabeceo como para avivarme de que la mujer que acababa de sentarse con nosotros era la que se había escapado. Intentamos seguir nuestra conversación pero la presencia extraña nos había cortado el hilo. En cuanto hicimos una pausa, la mujer volvió a hablarme pero esta vez acercó su cara a centímetros de la mía. Una enfermera que salió a fumar me dijo que le hablara fuerte porque era sorda.

-Señorita, ¿sabe dónde queda la comisaría?

Le contesté que yo no era de la ciudad.

Papá me dijo que no era la única que se había escapado. Unos meses antes un viejo había logrado cruzar el alambrado que daba a la casa vecina y salió por la puerta de calle como si nada. Fue hasta la agencia a jugar unos números al Quini y de ahí siguió derecho hasta la casa de un amigo que vivía cerca de la laguna. Lo trajo de vuelta su hijo después de que lo llamaran para avisarle que había desaparecido, se ve que ya sabía dónde buscarlo.

La mujer se levantó de la mesa y se fue para dentro. Al rato volvió a sentarse en un banco cercano y nos preguntó cómo podía hacer para salir de ese lugar y volver a Monte. Papá alzó las cejas como hacía cada vez que la situación no merecía tanta atención, cambió la yerba del mate mientras le contestaba sin mirarla.

-Esto es Monte. Estamos en Monte.

La mujer lo miraba muda, como si no entendiera muy bien el significado de esas palabras. Papá se fue al baño y quedamos las dos solas.

-Vos sos mujer, ¿qué te parece? –me preguntó convencida de que ahora iba a oír algo más razonable.

Yo miré alrededor por si pudiese aparecer alguien dispuesto a tomar mi lugar. La mujer volvió a ponerse a centímetros de mi cara.

-¿Y?

-Que debe ser muy difícil –respondí sin saber qué decir.

-Es tremendo. Estar lejos, querer salir –me dijo la mujer con voz quejumbrosa y bajó el mentón sobre el pecho-. Dios Todopoderoso, ayudáme a salir. Amén, amén, amén –rogaba en voz baja.

Le pregunté por qué quería salir.

-¡¿Cómo por qué?! Para volver a mi casa, a mis cosas, a mis hijos. Me están esperando –contestó indignada.

Ella creía que había dejado una vida afuera. Pero la casa y las cosas que ella recordaba seguramente ya no existían. Y sus hijos ya tenían sus familias. Nada ni nadie la estaba esperando.

La mujer escarbó en sus bolsillos y se palpó la ropa que llevaba puesta, quería darme plata para que la ayudara a salir, pero en la mano solo tenía caramelos ácidos, papelitos y pelusas. Me dijo varias veces que si tuviera plata me la daría, que la ayude, que por favor la ayude a volver a su casa.

Papá volvió a la mesa en donde estábamos sentados. En cualquier momento vendría el juez de paz para certificar que él estaba vivo, me daría un papel firmado y con eso yo iba a poder cobrar la jubilación en el banco. Papá siguió cebando sin darle bolilla a los ruegos de la fugada, los oía todo el día y no tenía paciencia para esas mujeres y sus demencias. Él observaba la vida de las viejas y los viejos que lo rodeaban como si no tuviera nada que ver con ellos, como si un barco lo hubiese dejado en ese lugar por error: tarde o temprano se daría cuenta y volvería a buscarlo. Papá era una persona tan extraña, tan impredecible.

Cuando volvimos a quedarnos solos, estuve por preguntarle si él también había querido escaparse alguna vez, pero no lo hice. Intuyo que me hubiese respondido con otra pregunta:

-¿Y adónde voy a ir?

Imagen fotográfica a cargo de Laura Rivas

Los árboles

Sobre Los árboles de Hugo Correa Luna

(Modesto Rimba, 2017)
Por Fernando Berton

Una forma posible de encarar la reseña de Los árboles es tratar de ver en la novela qué nos dice sobre ella misma, ya que, desde el epígrafe de Saer, Los árboles se presenta como una escritura que va en distintos sentidos. Todos a la vez, claro, ya que de lo contrario no valdría la pena remarcar esto. Veamos un ejemplo de la página 142:

El tiempo corría de un modo diferente, se decía Valerio Gardini (h), cuando uno estaba así; ni más rápido, ni más lento, ni normal, diferente. Por ejemplo, seguía diciéndose, podía pasar y simultáneamente no pasar, como si se pareciese a las raíces de un árbol: unas más delgadas, otras gruesas, algunas profundas, algunas casi al ras de la tierra –que era, para Valerio Gardini (h), el ras de la tierra, se entiende, el tiempo normal–, y él iba y venía por ellas.  Era así: como si perdiera la consciencia de su paso.

Decíamos que con esta cita la novela de Hugo Correa Luna se autodefine: es una escritura que va y viene por sus propias raíces, va a lo profundo para luego ramificarse en las alturas, y sube y baja por el tronco, desde el cielo hasta lo más hondo de la tierra. Es que el árbol simboliza, entre otras cosas, el eterno renacer: después del invierno, esas ramas secas, yermas, vuelven a brotar y a cubrirse de verde. Pero ¿cómo describir un árbol en su totalidad?

En un sentido estricto, el héroe tendría que dejar de vivir para poder escribir, de lo contrario, nunca sería capaz de ponerse al día. Si quisiera ser exhaustivo, además debería incluir en su biografía el acto de escribir esa biografía … Narrar es un intento de plasmar de forma secuencial una realidad que no es secuencial en absoluto. [1]

Esto mismo parece decirnos la novela un poco más adelante:

Naturalmente, como pasa con los sueños, no conseguía recordar nada fidedigno, por momentos le parecía que sí, pero cuando lo ponía en palabra sabía que no, que no era así como lo estaba diciendo. Y pensaba que si sabía que no era así, así como le estaba diciendo, entonces quería decir que sí lo recordaba, sí. Es pero no es, pensó en seguida. Los sueños tienen esas cosas, les comentaría más tarde al Turco Bezerra, a Panizza y al Gringo Lódola, todavía extrañado: son pero no son.

Ahora bien, por más que aquí se hable de un sueño, que de por sí suelen tener una lógica bastante alocada, ¿no pasa lo mismo con la realidad, con lo que llamamos realidad? Pretender plasmar de forma secuencial una realidad que no es secuencial en absoluto, como dice Eagleton, es casi un absurdo. Tal vez por ser consciente de ello es que Los árboles empieza con una dedicatoria y epígrafe de Juan José Saer, que tan bien mostró ese intento de ir en diversas direcciones a la vez con su escritura:

AMANECE

Y YA ESTÁ CON LOS OJOS ABIERTOS

Parece no escuchar el ladrido de los perros ni el canto agudo y largo de los gallos ni el de los pájaros reunidos en el paraíso del patio delantero que suena interminable y rico, ni a los perros de la casa, el Negro y el Chiquito, que recorren el patio inquietos, ronroneando excitados por el alba, respondiendo con ladridos secos a los llamados intermitentes de perros lejanos que vienen desde la otra orilla del río. La voz de los gallos viene de muchas direcciones. Con los ojos abiertos, echado de espaldas, las manos cruzadas flojas sobre el abdomen, Wenceslao no oye nada salvo el tumulto oscuro del sueño, que se retira de su mente como cuando una nube negra va deslizándose en el cielo y deja ver el círculo brillante de la luna; no oye nada, porque cincuenta años de oír en el amanecer la voz de los gallos, de los perros y de los pájaros, la voz de los caballos, no le permiten en el presente escuchar otra cosa que no sea el silencio.[2]

Otro recurso del que se vale Correa Luna para esta cuestión de mostrar varios planos simultáneamente es poner a reflexionar a un personaje que, después de uno o varios párrafos, vuelve al lugar de partida. En Los árboles, por ejemplo, entre las páginas 68 y 69, don Antonio piensa en su mujer, Tita, en el viaje que la alejó de él, en si los hijos separan a las parejas, si es mejor no tenerlos. Abre y cierra casi con la misma frase:

No habían sido, pues / por lo tanto, semanas fáciles para Marchiarena, que había andado de aquí para allá, desasosegado, en definitiva. Y quizás sea este el desasosiego de querer narrar esa realidad huidiza[3]:

Pero además, la pregunta del padre Lima –de apariencia tan inocente, tan desinteresada, por así decir, aunque lo que revelara fuese un interés humano, una mera curiosidad, pero que se ubica en el límite entre el mundo de Dios y el de los hombres–, la pregunta del padre Lima le devolvió además, entonces, las urgencias teológicas que lo habían asaltado al salir de la misa del domingo –quizá, pensó Valerio Gardini (h) al darse cuenta de ello, también esa hubiera sido la causa del mal dormir–, esas urgencias, pues, que le asaltaban la consciencia, a saber: si quien acostumbra comulgar cada domingo disminuye a los ojos del Señor cuando falta por una vez al hábito, y si no hay soberbia, además, por otro lado, en ello, puesto que la razón, así, está postulando un Dios domesticado por la costumbre del feligrés. Todo eso lo paralizaba ante el bondadoso sacerdote, y sólo atinó a mirar su reloj desacomodadamente y sintió, al mismo tiempo, que al hacerlo, al mirar con descortesía el reloj, ofendía su ministerio y estaba, de esa manera, como quien dice, entre que me voy y que me quedo. (Págs. 86-87)

Lo que aquí nos muestra Los árboles es que la intención de contar la simultaneidad de los hechos se choca con lo fragmentario de la realidad vista por una sola persona: en efecto, uno no puede abarcarlo todo, ni siquiera contarlo, como se ha dicho. Por eso recurre a una prosa fragmentada, que junta pedacitos de realidad entre comas, guiones, cambios de tiempo y, extrañamente, sin paréntesis. Se vale de una escritura que, para lograr ese efecto de contarlo todo a un tiempo, lo que sabe y lo que no, lo que pasa o podría pasar, lo lleva, como quien amasa, para un lado, para el otro, hace un bollo y lo vuelve a estirar.

Tal vez quede también dicho nítidamente casi al final:

La fiesta –pensó entonces, sin melancolía (*)– [4]había alcanzado su clímax antes de que llegasen los invitados. No era que lo que seguía no importara, pero tal vez, en realidad, no importara verdaderamente: acaso todo el esfuerzo había sido necesario para lograr ese instante.

[1] Eagleton, Terry; Cómo leer literatura; Ariel; 2016; Buenos Aires; Págs. 130 / 131

[2] Saer, Juan José; El limonero real;Planeta; Buenos Aires; 2002; Pág. 7

[3] Comparar con el discurso de Giulio Padova en El enigma de Herbert Hjortsberg; El Cobre; Buenos Aires; 2005; Páginas 203 a 206

[4] Valerio Gardini (h)

Sale Papusa #14

El deseo. La sobrevaloración contemporánea del deseo. El deseo consumado y la administración del deseo. Alexander Kojève y la historia humana como historia de deseos deseados. El deseo animal versus el deseo humano. Andy Warhol, sexo, nostalgia y deseo. El Quijote como pulsión del deseo para volverse escritor. Saer y el deseo de escribir como acto de libertad. Escrituras donde habita el deseo erótico: la apócrifa novela Grushenka en el siglo XIX, Pantaleón y las visitadoras, de Vargas Llosa, y Las aventuras de la China Iron, de Gabriela Cabezón Cámara. Edith Södergran, Mirtha Rosenberg y el deseo poético. Enfrentamos a dos escritores polémicos: Michel Houllebecq en Plataforma y Elfriede Jelinek en Deseo. Leer y desear en El Lector de Bernhard Schlink. Dormir y desear en La Casa de Las Bellas Durmientes de Yasunari Kawabata. La autoayuda y el deseo estandarizado. El deseo y el goce sin riesgos de Ulises. La contrapartida de Butes: el deseo y la muerte.

Banda de sonido del episodio – Vía Dra. Melómana

17 de mayo

Freud´s bar

A las 19.30 hs.

Coordina Chiara Bille

Luces y sombras de la composición

Sobre Ya pueden encender las luces de Ariel Urquiza

(Corregidor-2019)
Por Paula Prengler

Una noche cualquiera, Julián baja a comprar cigarrillos y se encuentra en el kiosco a uno de los hombres que suele ver en la oficina de la Secretaría, el lugar donde todos los meses retira un “sueldo”. El hombre lo reconoce, lo saluda. Le suelta algunas referencias. Finalmente, con tono resuelto, le da a entender que necesita un compañero, que van a irse juntos.

“Aguantame que termino el café y ya salimos”, dice.

Julián no sabe cómo reaccionar frente a la propuesta, improvisa. Su buena estrella como actor serio, comprometido, se había apagado. No conseguía papeles en el teatro ni ningún otro trabajo. Un primo le hizo llegar un ofrecimiento: cobrar un sueldo en una Secretaría de funciones dudosas, a cambio de nada, sin ninguna contraprestación. La propuesta le resultó despreciable, pero ya sin opciones, la necesidad había desplazado a la vocación y no tuvo más remedio que aceptar.

¿Qué hacer? Julián no quiere confesar a ese “compañero” de un trabajo que desconoce que es un impostor, un ñoqui, de modo que lo sigue y sube al auto.

Es el inicio de una travesía insólita y oscura, peligrosa, un derrotero donde los límites de la ciudad y los propios se borran y se traspasan. Julián empieza a actuar, improvisa a medida que vive las situaciones. Tiene que sobrevivir y, al igual que todo buen actor embebido en un personaje, no hace otra cosa que duplicar la apuesta. Como si el que estuviese eligiendo, en verdad, no fuese él; como si algo dentro de él tomara cada una de las decisiones, y esas decisiones no fuesen otra cosa que llevarlo hacia adelante.

Una novela dinámica que indaga en la actuación, los diversos y complejos aspectos de la composición teatral —algo que ya adelantaban el título y la tapa—, con diálogos de lenguaje llano y ambientes reconocibles, con una velocidad de road movie y una acción prácticamente cinematográficas: los personajes son actores que se mueven fuera de escena y que, a medida que transcurren los hechos, levantan telones, dejando al lector atrapado en una espiral magnética.

Uno de los puntos más altos se da en la estructura: entre capítulos, como catalizadores disfrazados de notas independientes, se intercalan reflexiones muy breves en las que irrumpe una voz neutra, como la de un apuntador, que explicita sentencias acerca de la actuación. Lo que aparece como transitorio, axiomas con otro registro, va tomando consistencia, y, a contrapelo de lo que se espera de una novela policial, construye un hilván que da a la trama un sentido único. Y es en esta articulación, precisamente, donde se ve la maestría del autor.

En esta obra, como un mar de fondo, pulsa la pregunta sobre cuáles son los límites del artista cuando recorre aquellos puntos oscuros donde la creación y la muerte se cruzan. Con un ritmo atrapante de principio a fin, imposible de soltar, la novela de Ariel Urquiza habla de semblantes, de asesinos que actúan una vida común, de artistas que actúan de asesinos, que una noche quedan atrapados en un escenario sin que nadie diga ya está, la obra terminó, ya pueden encender las luces.

 16 de mayo

Veladas Literarias Latinoamericanas

A las 19 hs.

El ciclo se inició en marzo de 2018, a través de la idea y de la gestión de Ana Ojeda y de Jimena Néspolo, con el objeto de reunir a escritorxs y especialistas a fin de reflexionar, leer, discutir y/o polemizar sobre problemáticas inherentes al quehacer literario y cultural a partir de la escritura de mujeres argentinas.

En 2019 se proyecta el mismo ideario sobre la escena latinoamericana, intentando superar ya toda normatividad de género. En todo caso se asume a la “tradición” como heterodoxia que es preciso construir y de-construir desde el presente de la enunciación. En este escenario complejo, se privilegian pues los temas acuciantes hoy.

Idea y coordinación: Jimena Néspolo

 

10 de Mayo

Bienvenido Bob

El segundo viernes de cada mes a las 19 hs.

“Bienvenido Bob” es un ciclo donde los autores invitados leen textos propios y conversan sobre la construcción de las historias, su relación con la escritura y su forma de trabajo.

Coordinan Mauricio Koch y Pablo Delgado.