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Sale papusa #3

Lo cómico y la risa. Sergio Massa y los payasos. Los titiriteros y los ventrílocuos. La risa como ejercicio de la superioridad en Hobbes. Stendhal y su fracaso por convertirse en gigoló o en cómico. Tartufo: solo dos risas en el teatro de París. Bergson y el eco de lo risible. La risa cínica y la risa alegre. Andrés Barba y la risa caníbal. La risa en la voz de los poetas Fabio Mórabito y Susana Thénon. Los ángeles y diablos se enfrentan en La risa y el olvido de Kundera. En la oscuridad se ríe Nabokov y lo absurdo de la búsqueda del reír en Los payasos de Gabriel Payares. El miedo a los payasos. Reír y temer. La parodia. Hitler y Chaplin: el bigote de El gran dictador. Foucault y la risa que conmueve al leer un texto de Borges. Deleuze: leer Nietzsche a carcajadas. La risa frente a la Academia: Historia funambulesca del profesor Landormy de Arturo Cancela y “El hombre que habló en la Sorbona” de Gerchunoff. El delirio gauchesco: Michel Nieva y Sueñan los gauchoides con ñandúes eléctricos. La risa grotesca.

Comentario al libro de Oscar del Barco 

Sobre Esencia y apariencia en El Capital

( Editorial Marat, 2017)
Por Armando Pinto

En nuestros días no es común encontrar textos que resulten tan provocadores como el que Oscar del Barco nos entrega bajo el, aparentemente inocuo, título de Esencia y apariencia en El Capital.

Para comenzar es difícil clasificarlo. Una lectura poco atenta de las primeras páginas parece confirmarnos que se trata de un texto filosófico, pues encontramos nombres como el de Hegel, Schelling y Kant. Sin embargo, conforme avanzamos en la lectura percibimos con creciente claridad que el discurso que desarrolla O. del B. para rendirnos cuenta del uso que Marx hace de términos procedentes de la tradición filosófica pertenece al mismo ámbito en el cual él (O. del B.) sitúa el discurso marxiano. Es decir, un ámbito no filosófico. 

Efectivamente, O. del B. sostiene que el marxismo no pertenece al ámbito filosófico ni tampoco al científico. Pero no se crea que el carácter provocador del libro que comentamos deriva de esta afirmación. No, deriva de la rigurosidad y coherencia del discurso que la apoya. Este es un discurso complejo (pero claro), sin pausas, y relativamente breve, pues no supera las cien páginas. Aunque, en realidad, debemos considerar como parte de él a una serie de trabajos aparecidos en diferentes revistas (Algunos de esos artículos son: “Althusser en su encrucijada” y “Concepto y realidad en Marx”, en Dialéctica números 3 y 7, respectivamente; “Notas sobre el problema de la ciencia”, en Crítica, revista de la Universidad de Puebla número 3; “Respuesta a Paramio y Reverte”, en Controversia número 2-3; “Las raíces del teoricismo marxista”, ponencia al Tercer Coloquio Nacional de Filosofía, etc.).

Un elemento siempre presente en sus escritos, y fundamentalmente en el libro que motiva esta nota, es la consideración de O. del B. de que el marxismo es un pensamiento originario. Es este carácter lo que nos permite comprender el significado del marxismo en relación con la filosofía y la ciencia. ¿Pero qué quiere decir que el marxismo sea un pensamiento originario, y en qué se funda esa originalidad? O. del B. nos recuerda −siguiendo a Marx− que “los conceptos, antes de ser pensados, existen en la realidad, no como realidad-concepto (Hegel) sino como lo real del concepto”. Así, por ejemplo, la razón por la que Marx puede descubrir el “trabajo abstracto” −descubrimiento que para Aristóteles estaba completamente vedado− estriba en que el trabajo abstracto sólo se da en la “economía moderna”. Es sólo en esta sociedad, en la cual “los individuos pueden pasar fácilmente de un trabajo a otro”, que podemos hablar de trabajo en general. O. del B. cita a Marx: “la indiferencia frente a un género determinado de trabajo supone una totalidad muy desarrollada de géneros reales de trabajo”. La existencia de este trabajo indeterminado se funda en el hecho de que el trabajador ha cambiado de lugar: de sujeto se ha convertido en predicado, pero a esto tendremos que volver más adelante. Por ahora veamos las consecuencias que O. del B. deduce de lo anterior. Si admitimos que todo concepto lo es de un real y que, por tanto, no existe ningún concepto puro (pues ni el más abstracto carece de correlato real): ¿podemos concebir al marxismo como teoría, o como ciencia, creada por Marx (o por quien sea) y que luego es proporcionada a la clase obrera para que guíe su acción o, por el contrario, debemos considerar que el marxismo es la expresión teórica de un real: el concepto que existe antes de ser pensado? Si es así, Marx deja de tener importancia como individuo para convertirse en un nombre: el que adopta lo real cuando se manifiesta teóricamente. ¿Pero de qué real se trata? De la clase obrera. Aquí llegamos a un punto neurálgico pues, desde este punto de vista, es imposible sostener, como hace Althusser, que la originalidad del marxismo consista en una ruptura epistemológica, en una revolución teórica. O. del B. reconoce la ruptura, pero no la sitúa en el nivel teórico sino en el material. El marxismo es originario porque expresa la irrupción de un originario social: el proletariado.

Ahora bien: ¿cuáles son las características de ese originario social? Marx −señala O. del B.− lo dice en El capital: es una “aberración”, “un accesorio del taller capitalista”, “un mero fragmento de su propio cuerpo”, y cuya situación no es más que “contradicción absoluta”, “hecatombe ininterrumpida”. En suma lo propio del proletariado es el no-ser, la negatividad pura. Pero es precisamente esta negatividad real, material, que funda la capacidad de Marx (es decir, del proletariado) para descubrir lo que los economistas clásicos, por su piel burguesa, no pueden ver.

La diferencia del marxismo con la ciencia consiste en que por medio de esta última podemos conocer el funcionamiento de la sociedad (lo cual, por supuesto, no está vedado a los científicos burgueses), pero no podemos acceder a la crítica de ella. Esta capacidad crítica se pone de relieve en el hecho de que mientras Ricardo descubre que el valor está dado por el tiempo de trabajo, Marx puede preguntarse ¿por qué? y al hacerlo descubre la razón (la esencia de ese funcionamiento) y abre el camino para la crítica y la destrucción de la realidad que descubre. Aquí nos enfrentamos a un elemento que determina la capacidad de descubrimiento y que es ajeno a la ciencia: la posición de clase. Estamos, si se quiere emplear esa terminología, ante un nuevo estatuto de cientificidad en el cual lo político es constitutivo de lo científico, lo que significa, por tanto, el abandono de la objetividad y neutralidad de la ciencia. Con la aparición del marxismo la verdad se convierte en un acto de fuerza.

  1. del B. releva un hecho de capital importancia, el de la inversión. Cuando Marx dice que ha puesto a la dialéctica hegeliana sobre sus pies considera que la filosofía está invertida, pero luego descubre que es la vida real la que está invertida y que por ello su expresión ideal, filosófica, se encuentra invertida también. De modo tal que, mientras exista esa inversión real, seguirá existiendo la inversión ideal. Si el concepto no fuera el concepto de un real (el concepto que existe antes de ser pensado) la inversión filosófica se solucionaría filosóficamente, pero como no es así la reinversión puede alcanzarse con la revolución. Vemos también como, bajo esta óptica, la limitación de Ricardo y Smith se convierte en limitación real de la clase de la cual ellos no son sino expresión teórica.

Hemos dicho −siguiendo a O. del B.− que en el capitalismo el trabajador, de sujeto, se ha convertido en predicado. Ha sido despojado del saber (hilar, cortar, pulir, armar) y su lugar ha sido ocupado por la máquina, convertida en la concretización de la técnica y de la ciencia. Pues bien, esta inversión concreta y esencial del capitalismo (que privilegia la máquina ciencia sobre el trabajo vivo) explica también los intentos de convertir al marxismo en una teoría o en una ciencia y enclaustrarlo en las aulas universitarias. Se trata −dice O. del B.− de someter “lo real material a lo ideal que actúa como centro externo y dador de sentido”. Mas cómo pretender encerrar al marxismo dentro de los límites del discurso unitario de la filosofía o de la ciencia, si es el correlato teórico de la(s) clase(s) explotada(s), de un real excluido, reprimido, polimorfo, sin centro, sin sentido, un verdadero simulacro (dice O. del B. siguiendo a Deleuze), un no-lugar que si, desde otro punto de vista, tiene un lugar, éste es errático, amenazado por la desocupación, por los paros, por los desplazamientos forzados. El marxismo como concepto de esta realidad carece del atributo común a la tradición filosófica: la unificación ideal del mundo, por Dios, la Idea, la Finalidad, el Progreso, que da cuenta de la totalidad de lo real y que no es otra cosa sino la expresión de la unificación real que ejerce el capitalismo en su marcha homogeneizadora bajo el imperativo absoluto de la riqueza.

El marxismo, como expresión de la realidad heterogénea (lo otro del sistema) se manifiesta en un discurso igualmente heterogéneo que presagia la desaparición de todo lo considerado estable, uno, trascendente. Si Marx consideró que el partido comunista no era (no podía ser) una organización determinada sino el conjunto del movimiento proletario, para O. del B. el marxismo no es la teoría elaborada por los marxistas sino el conjunto de las prácticas polimorfas del proletariado, o, como él dice, el conjunto de las formas teóricas que adoptan esas prácticas.

Pero: ¿por qué el proletariado (Marx) tiene que hacer uso de términos, como los de esencia y apariencia, procedentes de la tradición filosófica? ¿No contradice este uso al supuesto carácter originario del marxismo, sobre todo cuando conocemos la dificultad que enfrentan los discursos “destructores” de la metafísica ya que “no disponemos −O. del B. cita a Derrida− de ningún lenguaje −de ninguna sintaxis y de ningún léxico− que sea extraño a esa historia (de la metafísica); no podemos enunciar ninguna proposición destructora que no se deslice en la forma, en la lógica y en las postulaciones implícitas de aquello mismo que se quiere negar”? Pero el mismo Derrida dice, refiriéndose al uso que de los “viejos conceptos” hacen Nietzsche, Freud y Lévi-Strauss, que los emplearon como útiles que “aún pueden servir” pero sin otorgarles “ningún valor de verdad, ni ninguna significación rigurosa, y se está pronto a abandonarlos en el momento en que otros instrumentos parezcan más cómodos”. A esta posición adhiere O. del B. Efectivamente, Marx hace uso del único lenguaje que tiene a su disposición, pero este lenguaje está desprovisto de su sistematicidad filosófica por la sencilla razón de que la aparición del proletariado lo sitúa en otro campo que no es el de la filosofía, sino el del materialismo absoluto. O. del B. tiene cuidado en explicitar que, en este caso, el enunciado materialismo no es un término del binomio materialismo-idealismo sino que lo implica. El sentido de esta afirmación ha quedado definido en el momento en que, hemos visto, no existe un concepto puro, que todo concepto lo es de un real: el concepto que existe antes de ser pensado. Así la negatividad del marxismo tiene su correlato en la positividad (en la existencia material) de la clase de la cual es expresión. Esta clase se apropia de los conceptos despojándolos de su sistematicidad. Esta apropiación se da en dos momentos. En el primero de ellos, que O. del B. llama la subsunción formal, el proletariado utiliza el pensamiento teórico existente en el nivel teórico burgués: en este momento Marx piensa que basta poner la dialéctica hegeliana sobre sus pies para que el funcionamiento de la sociedad capitalista quede evidenciado. En un segundo momento critica la inversión real de la cual la filosofía es sólo expresión: la inversión capitalista. Pero esta segunda crítica no implica cabalmente la subsunción material, es sólo el principio de ella. La negatividad de la clase no ha sido aún conceptualizada. Este vacío es llenado por las categorías burguesas. Incluso los modelos éticos de la sociedad “socialista” (releva O. del B.) son en gran parte los modelos éticos de la sociedad burguesa. Sin embargo, la conceptualización de la negatividad de la clase se abre paso a través de la aparición política de esa misma clase, así como por la aparición de pueblos y culturas exóticas, y encuentra su expresión en el lenguaje de Marx: en sus insultos y en sus sarcasmos. No se crea que esas expresiones son un problema de estilo −dice O. del B.− señalan, por el contrario, la falta de sentido trascendental, la falta de “unidad”, de finalidad, de continuidad, de la clase que se expresa. Por ello la revolución no debe pensarse como acto político únicamente sino como concepto. “La verdad es revolucionaria” de Gramsci se torna en O. del B. en “la revolución es la verdad”: el acto de fuerza por antonomasia que trae consigo el fin del episteme occidental y su mundo de categorías.

Al principio de esta nota decíamos que el texto de O. del B. era difícil de clasificar. Queremos ahora explicitar dicha afirmación. Por un lado, responder la pregunta que él se plantea (por qué hace uso Marx de conceptos pertenecientes a la tradición filosófica) conduce a abordar una problemática sumamente compleja (que halla su expresión en la complejidad del texto y de la cual es imposible dar cuenta en un comentario como éste) que atañe al conjunto del marxismo y que podríamos resumir en una pregunta: ¿qué es el marxismo? Una pregunta que, sin embargo, coincidimos con O. del B., no tiene respuesta si se piensa que ésta pueda ser una definición, lo que significaría despojar al marxismo de su negatividad para circunscribirlo en el discurso científico o filosófico. El discurso de O. del B. no pretende clausurar al marxismo en una práctica determinada; su mirada no surge de un solo punto, lo que nos permitiría decir que es un análisis filosófico o que es un análisis político, etc., sino de infinidad de puntos, y tampoco se dirige a un solo lugar sino a todos los lugares del marxismo. Por otro lado, y adoptando su punto de vista, debemos decir que el suyo es parte de ese discurso polimorfo del proletariado que, como El capital, no tiene lugar en el ámbito de la filosofía o de la economía política, sino en el de la lucha de clases.

Definición de Agosto

Crisis democrática en Argentina

I

La economía está en crisis, la salud está en crisis, la educación está en crisis, el trabajo está en crisis: la democracia está en crisis. Como trabajadoras y trabajadores de la educación y la cultura observamos con preocupación y alarma esta situación y la utilización de resortes estatales para atacar conquistas y derechos democráticos elementales, así como el recrudecimiento de la persecución política contra opositores que viene llevando adelante el Gobierno de Mauricio Macri.

El ajuste dictado por el FMI y el capital financiero no ha hecho más que acentuar una tendencia generalizada, arrastrando a vastas capas de la sociedad a una situación en la que el empobrecimiento general amenaza aún más la precaria paz social. Esa tendencia que condujo a la crisis, es preciso subrayar, no es obvia ni natural, sino que es producto de las decisiones políticas tomadas por el actual gobierno. Se extiende así la sospecha de que el macrismo y todo lo que él expresa carece de Patria, o de alguna noción cierta de bien común que vaya más allá del enriquecimiento de una minoría favorecida. Sólo eso explica la liviandad con la que llevaron al país a una situación de altísima vulnerabilidad económica, cuando es más que sabido que las élites de las principales potencias del mundo –que ellos admiran– exigen estas políticas para los países periféricos, pero las evitan en sus propios Estados.

Es en estas condiciones que Macri ha decidido no tomar medidas contra la crisis, sino contra la oposición. Optando siempre por la fuerza y el chantaje contra la razón y la sensibilidad, haciendo de la provocación una política, y en alianza con las fuerzas más oscuras de los poderes mediáticos y judiciales, Cambiemos opera para encerrar dirigentes sociales y políticos e intervenir partidos opositores, al tiempo que multa sindicatos y persigue manifestaciones disidentes con una saña y una belicosidad que no se habían visto desde la recuperación democrática en 1983. Este uso de la sanción judicial puede generar un punto de no retorno en la democracia argentina. Si esta máquina punitiva triunfa le dará forma a una herramienta política “legal” de supresión y domesticación de la oposición que disolverá los principios básicos de la independencia de poderes y la construcción plural de la sociedad. Una democracia no puede durar con este tipo de herramientas políticas. El gobierno que las crea se verá pronto obligado a defender su monopolio, inventando otros atajos y mecanismos institucionales que pondrán en serio riesgo la vida democrática. Ese es el peligro que abre la construcción mediático-judicial del linchamiento de toda práctica social, cultural y política que no responda a los mandatos gubernamentales. Peligro que se incrementa con el decreto que autoriza a las FFAA a volver a ocuparse de asuntos de seguridad interior y le da un carácter aún más siniestro a aquella belicosidad, en tanto lesiona acuerdos mínimos de la convivencia legal que tan trabajosamente se construyeron durante los primeros años de la postdictadura.

En este sentido, enumerar algunos de los hitos de la progresiva degradación del Estado de Derecho a la que asistimos en los últimos dos años y medio es inevitable: desde la prisión ilegal de Milagro Sala y todas las vejaciones que aún sufre, pasando por la desaparición forzada seguida de muerte de Santiago Maldonado, el asesinato por la espalda de Rafael Nahuel, los casos de gatillo fácil que se repiten a la vez que se consagra la doctrina Chocobar, la represión a la protesta social que empieza a instalarse como paisaje “normal”, hasta el encarcelamiento injustificado y circense de referentes opositores, en el que no sienta jurisprudencia el derecho sino la venganza. En esta larga y no exhaustiva serie, el último episodio es el intento manifiesto de proscribir y encarcelar a Cristina Fernández de Kirchner, figura central de la oposición, que tiene la adhesión militante de una parte muy importante de la sociedad, y que ha denunciado tanto el empeoramiento de las condiciones de vida de la población como la subordinación de importantes sectores de la política institucional al gobierno de los grupos concentrados. Tal como hicieron con Lula en Brasil y como quieren hacer con Correa en Ecuador, se agitan “causas de corrupción” que privilegian el impacto mediático sobre las pruebas y transgreden toda garantía procesal: así, la derecha y las clases dominantes se proponen dejar sin expresión electoral a millones de argentinos y argentinas, y a la vez disciplinar las disidencias más activas del colectivo social. Si Cristina Kirchner es impedida de participar en condiciones legítimas, democráticas y transparentes, Argentina se habrá convertido en lo que ya fue durante buena parte del siglo XX: una ex-democracia con mayorías populares proscriptas.

 

Por eso no hay que engañarse: la persecución apunta a los líderes, pero también a las organizaciones y los ciudadanos. Las universidades e institutos de formación docente protestan por las condiciones de enseñanza y reciben recortes presupuestarios, avasallamiento institucional y amedrentamiento policial; un multitudinario movimiento feminista reclama por la legalización del aborto y su presentación amplia y transversal es denegada por los votos de un grupo de senadores y senadoras; los gremios piden paritarias y son multados con montos millonarios por el Ministerio de Trabajo; los sectores de la economía popular reclaman por los trabajadores desocupados y precarizados mientras no deja de subir la carestía de vida; los hospitales públicos carecen de insumos y de la cantidad de profesionales necesarios para la adecuada atención de la población; la ciencia argentina es rematada por falta del financiamiento prometido; las escuelas públicas son abandonadas y se derrumban, igual que los comercios y la producción industrial. Sólo crecen la inflación, los tarifazos, la desesperación del pueblo y la falsa moralina de las élites, que se sienten más allá de toda ley porque tienen decenas de jueces adictos y más allá de toda crisis porque acuñan sus ganancias en moneda extranjera, y que escriben el presente más oscuro porque aplican la mano dura de los medios concentrados.

II

Esto que describimos debería entenderse también como una advertencia. Desoír las protestas sociales, negarles incluso la mera existencia desde la alianza –estrecha como pocas veces– entre un gobierno y los grandes medios de comunicación; tratar como trasnochados o delincuentes a quienes nos oponemos a un modelo que condena a generaciones a un endeudamiento que ya es una nueva prisión; todo esto asegura más y más desgarramientos en nuestro país que, irremediablemente, se encamina a un proceso de encendidas luchas sociales y políticas. Lo que siembran hoy en su afán de venganza, tarde o temprano se volverá contra ellos.

Por eso llamamos a todos los actores con incidencia en la vida pública argentina a sostener la democracia en su más amplio sentido, con vistas a proyectar un futuro común. La democracia es creación de libertades, de derechos y garantías individuales y colectivas –fundamentalmente– para la expresión del disenso y la manifestación de posicionamientos antagónicos, junto con el sostenimiento de condiciones equitativas de disputa electoral para todos y todas. Exigimos, entonces, restablecer el pleno funcionamiento del Estado de Derecho y el fin de la persecución a opositores y opositoras del campo político y social. Es mucho lo que se pierde si gana el autoritarismo persecutorio, la estigmatización y el odio. Pero, además, responder a la crisis actual con ajuste, denegación del otro y violencias de todo tipo es ahondar las injusticias y ocultar las verdaderas causas de nuestros problemas. Entendemos que profundizar la democracia como forma de elección libre e invención de condiciones de vida cada vez más justas para las mayorías es el único camino ante la crisis: esta es la enseñanza más convincente que nos ha dado la historia argentina.

Firman:

Facundo Abalo / Sebastián Amarilla / Jens Andermann / Claudia Bacci / Julia Barba / Emilio Bernini / Emmanuel Biset / Pablo Bruzzone / Mario Cámara / Virginia Cano / Darío Capelli / Diego Caramés / Mariana Casullo Amado / Gisela Catanzaro / Juan Ciucci / María Rita Ciucci / Irene Cosoy / Américo Cristófalo / Gabriel D’Iorio / Esteban Dipaola / Carlos Echeverría / Ximena Espeche / Matías Farías / Roque Farrán / Alejandro Fernández Mouján / Mariana Gainza / Evelyn Galiazo / Germán Gallino / Luis García / Francisco García Laval / Juan Garrido / Luciano Guiñazú / Gabriel Giorgi / Mara Glozman / Florencia Gomez / Horacio González / Adriana Habra / María Habra / José Hage / Ezequiel Ipar / Roberto Jacoby / Oscar Jalil / Alejandro Kaufman / Violeta Kesselman / Guillermo Korn / Mariana Lewkowicz / María Pia López / Diego Makedonsky / Nelson Mallach / Julián Manacorda / Elena Mancinelli / Marcela Martínez / Ana Mazzoni / Gustavo Míguez / Mauro Miletti / Rodrigo Mirto / Mariano Molina / Carla Muccillo / Luciano Nosetto / Pablo Pineau / Carolina Ramallo / Alejandro Ravazzani / Eduardo Rinesi / Matías Rodeiro / Cinthia Rogovsky / Natalia Romé / Julia Rosemberg / María José Rossi / Sebastián Russo / Lisandro Sague / Damián Selci / Matías Soich / Jaime Sorín / Oscar Steimberg / Natalia Taccetta / Leandro Tartaglia / Diego Tatián / Javier Trímboli / Florencia Ubertalli / Gustavo Varela / Esteban Vergalito / Nicolás Vilela / Fabio Wasserman / y siguen las firmas…

Tierra a la deriva

Sobre La parva muerte, de Sebastían Russo

(Milena Caserola, 2018)
Por Hernán Ronsino

“Como quien tantea un cuerpo en la oscuridad”, es la cita que Sebastián Russo toma de Haroldo Conti para abrir La parva muerte (o la memoria de los otros), una crónica o bitácora de los viajes, recurrentes, insistentes que el autor realiza durante un tiempo por la isla Paulino.

No es casual, claro, la presencia de Conti en la cita inicial ni tampoco en la trama del libro. Conti escribe uno de sus últimos textos, precisamente, sobre la isla Paulino. Una especie de crónica, de invención –como se atreven a decir algunos habitantes de la isla, acusándolo de no conocerla bien– o de homenaje que aparece en la revista Crisis. Conti, de este modo, deja una huella mítica en la isla. No sólo por el texto que escribe, también por su presencia.  

Una presencia recortada sobre su ausencia. Una ausencia fantasmagórica. Y es, justamente, sobre esa materia espectral sobre la que trabaja Russo en un territorio, a su vez, inestable: una isla que no es a ciencia cierta una isla sino una aproximación a la orilla: cuando hay bajada, incluso, se dice, se puede unir caminando el continente, Berisso, con esa porción de tierra a la deriva. Un lugar, como se menciona recurrentemente en el texto, que todo el tiempo desnuda lo frágil que es la vida.

El rastreo narrativo y fotográfico que Russo hace de la isla es minucioso y explora no sólo un paisaje desacoplado del mundo, congelado en el tiempo; indagada, como un satélite en ruinas, el linaje de una familia, su familia: los vínculos de esa familia con la violencia sistemática del estado en los años setenta. ¿Quién es ese hombre que compone la trama familiar y, por razones nunca explicitadas, es decir, por complicidad o por obediencia debida o por tibieza, fue parte de todo eso? ¿Cómo se piensa una herencia? ¿Quiénes son los otros?

La escritura de Russo, despojada, funciona como si fueran pisadas, huellas precisas en la tierra; se despliega con un ritmo constante, un sonido poético que, de pronto, se desnuda abiertamente como huesos en verdaderos poemas. Esa poética se sostiene en la construcción de imágenes que determinan el clima del texto, es decir, del lugar: una noche de tormenta, el cruce en lancha – una lancha que no responde a un horario determinado sino que tiene su tiempo propio –, caballos en la orilla.

¿Es posible esta escena?, se pregunta Russo sobre un casual cruce imaginado entre Conti y ese hombre de la familia, esa sombra en el corazón del afecto, en la isla que no es isla. Conti y el hombre de la familia son en el texto dos ejes medulares y, a la vez, contracara. En esa escena posible, fantaseada, imaginada por el autor se condesa, finalmente, lo siniestro clavado en el centro de la trama cotidiana.

 

 

 

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Sale Papusa #2

¿Qué son las sobras? ¿Se puede hablar de obras que no abordan la centralidad? Estas preguntas las han respondido de algún modo Shakespeare, Gombrowicz, Kafka, Idea Vilariño, Macedonio Fernández, Mansilla, Bukowski, Barthes y muchos más. Sobras como restos o como aquello que escapa a la totalidad de una obra. No se pierdan este tercer programa y la imperdible columna de Azul Álvarez.

La orilla infinita

Sobre El tiempo ilusionado, de Paula Prengler

Por Pablo Delgado
(Editorial Modesto Rimba, 2018)

Pablo Rubinstein pasó los cincuenta años y está sentado en una mesa del Petit Colón, frente a la plaza Lavalle. Del otro lado de la mesa, una mujer con la que arregló una cita a través de un sitio de Internet le habla de cosas que no le interesan en lo más mínimo. Pero el problema más grande para Rubinstein, en ese momento, es que no puede acordarse del nombre de la mujer, que ahora está contándole sobre una mascota.  

“Silvia o Sandra”, se esfuerza el protagonista, “pero me suena más a Claudia. Claudia puede ser”. Enseguida queda claro que, para él —jean gastado, blazer escolar que “apenas le cerraba sobre una remera desteñida con la leyenda Say no more”—, esa mujer y esa noche vienen siendo lo mismo que otras noches y otras mujeres, una serie de encuentros de los que se decepciona más pronto que tarde y que él mismo se apura a desmantelar. Es la aparición de Laura —el primer amor de la adolescencia— lo que va a darle un rumbo concreto a los hechos, y a trastocar todos los vínculos de un personaje anclado en el pasado.

Más allá de la construcción impecable de la trama, que alterna entre la adolescencia de Rubinstein en tiempos de la última dictadura militar y el presente; y del pulso con el que la autora de El pez globo (Del dragón, 2009) va delineando los escenarios donde transcurre la acción —la Avenida de Mayo, los bares, la casa de antigüedades que la familia del protagonista conserva en San Telmo y en especial el Palacio Barolo, insólito domicilio de Rubintesin—, lo que atrapa en El tiempo ilusionado es la construcción y el tratamiento de los personajes, inconfundibles en su fisonomía, en su carácter, y, lo que es más valioso, en sus motivaciones más complejas: las tensiones con el padre; la marca indeleble que le imprimió la madre; las discusiones con Miriam, la ex mujer, y con Nico, el hijo adolescente; la relación con Osvaldo, mano derecha del abuelo de Rubinstein y puntal de Casiopea, el local de antigüedades, y las sesiones con Monte, el analista, a quien el protagonista sólo visita “para cumplir con un simulacro”, pero con el que va descubriendo la verdad de su propia historia.

Narrada en tercera persona, con un trabajo notable del punto de vista y una prosa directa, puesta al servicio de las acciones y las voces de los personajes, en El tiempo ilusionado prevalece algo que se respira de principio a fin, y es el modo en el que la autora instala una intriga —con reminiscencias del policial— de la que es imposible sustraerse: no mediante “una sucesión de sorpresas”, citando a John Gardner acerca de la narrativa de calidad, sino a través de “una sucesión cada vez más emocionante de descubrimientos, o de momentos de comprensión”.

Da la sensación de que Paula Prengler no concibió la novela desde una ambición desmedida, como sería el caso de haberse fijado, en primer lugar, la elaboración de un brillante alegato histórico, sino por un camino inverso y bastante más delimitado, a partir de una zona que va de Avenida de Mayo a San Telmo, y en ese espacio compuso un personaje entrañable, un marginal repleto de contradicciones, alguien que fue determinado por un episodio de su juventud, por el impacto que los acontecimientos de la historia argentina reciente tuvieron en su familia y en él, y que en el presente, sobre todo, podría definir su propio tiempo.

Un tiempo ilusionado, como si fuera la respuesta a una sustancia que sobrevuela cada escena, y que podría formularse con las palabras que la autora utilizó en la presentación de esta novela excepcional: “¿Quién deja afuera el amor, quién puede hacer esa operación?, ¿qué historia hay detrás de alguien que decididamente no quiere enamorarse?”.

El corazón sobre sus ruinas

Crónica de una Reforma que fue revolución, de Juan Cruz Taborda Varela.*

Por Luis Rodeiro
(Ediciones Recovecos, 2018)

Como ven este libro que me toca presentar se titula: El corazón sobre sus ruinas. Buen título, me dije, antes de comenzar el desafío de leerlo;  es decir, antes de navegar por sus páginas.  Buen título, que es –a su vez y siempre- un buen presagio. 

El desprevenido es posible que se pregunte ¿un libro de amor? Y sí, puede ser un libro de amor. ¿Un libro de pasiones? Y sí, puede ser mejor dicho, es un libro de pasiones.

El corazón alberga tantos temas: dolor, alegría, calor, color, esperanzas, luchas, amores, rechazos, fuerza espiritual…. Sí, pasiones. El corazón siempre tiene un latido para cada tema, para cada vivencia. ¿Qué latidos propios tendrá este libro? El corazón sobre sus ruinas. Título y presagio. Buen título, buen presagio.

Más abajo, con letra más pequeña se lee: Crónica de una reforma que fue revolución. Todas las palabras están escritas con mayúsculas: Crónica, Reforma, Revolución. Aparentemente, esas palabras claves, así escritas, quieren tener el mismo peso, el mismo valor ¿Lo tendrán en el libro? ¿Una reforma puede ser una revolución? En ese antes de navegar por sus páginas, la pregunta que surge espontánea: ¿podrá probar esta aseveración el autor? ¿Qué reforma? ¿Qué revolución? ¿Qué corazón? ¿Cuáles ruinas?

Doy vuelta las primeras páginas y me encuentro dos invocaciones poéticas. La de Aguirre, José Luis, que habla del algarrobito, que “da más vainas cuando el agua es más escasa”. Y la de Yupanqui, que habla de “algo más importante que dios y es que naides escupa sangre, pa que otro viva mejor”. Me digo, este corazón habla de lucha, de solidaridad, de poner el cuerpo. Reforma que es Revolución. ¿Por qué?

El autor dedica este libro a sus hijos y les dice que es un manual de instrucciones, poesía y fuego, para saber cómo rebelarse. Y agrega contundente: incluso contra vuestro propio padre. O sea, el corazón, habla de rebelión, incita a la rebelión, incluso contra los propios padres, cuando esos padres han aceptado el orden de lo perimido, de lo injusto.

Y allí aparece, en el momento oportuno el Juan Delfini, como decimos los cordobeses, un monstruo de ilustrador, que me presenta el corazón –que yo lo siento palpitar y que ustedes lo van a sentir-  con la forma del escudo de la Universitas Cordubensis Tucumane, encadenado con un rosario.

Un corazón que quiere liberarse, que puja por liberarse,  que se libera al menos momentáneamente y necesariamente asocio: Hombres de una república libre acabamos de romper la última cadena que en pleno siglo XX nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica. Hemos resuelto llamar a todas las cosas por el nombre que tienen. Córdoba se redime. Desde hoy contamos en el país una vergüenza menos y una libertad más. Los dolores que quedan son las libertades que faltan. Creemos no equivocarnos: las resonancias del corazón nos los advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana”. El histórico Manifiesto.

Todo claro, Juan Cruz, colega, amigo y quizá una de las palabras más sublime, compañero, escribe sobre la historia de una lucha, la  historia de una pasión, la historia de una rebelión. Nos presenta una crónica de las resonancias de un corazón que late juvenil, pero que es obrerista, que se nutre de una línea revolucionaria, que comienza allá lejos, en el Mayo original.  De la Reforma que fue Revolución. De la Reforma Universitaria de 1918. Inmensa empresa.

Me pongo por un momento en su lugar. Sin duda, los cien años son una tentación para escribir un texto que sea memoria y homenaje. Pero cuando nos asomamos al tema, nos encontramos miles y miles de páginas que hablan de aquel movimiento, en tono histórico, en búsquedas ideológicas, en evaluaciones comparativas, en testimonios anecdóticos, con rasgos de crítica y de autocrítica. Líneas y líneas de textos en libros, en ensayos, en tesis, en revistas. Acá y allá. Fronteras adentro y afuera superando toda frontera.

Juan Cruz Taborda lo sabía y lo escribe en el prólogo: “De la reforma universitaria se ha hablado mucho durante estos cien largos años”. En distintos tonos, en disímiles interpretaciones, en múltiples evaluaciones.

Un bosque tupido, espeso, que produce un temor. ¿Cómo escribir algo original? ¿Cómo transitar un camino propio? Tremenda duda, que Juan Cruz imagino,  habrá tenido y que resuelve, sí que resuelve con precisión y estilo elegante, basado en documentos, en información periodística del momento preciso en que suceden los hechos, que tienen una historia y que se prolongan el tiempo.

 

¿Qué hace? Como buen creador, sopla sobre esos documentos y sobre esas informaciones, y le da Vida, le da Movimiento, le otorga el dinamismo de las luchas, le descubre –revelándolo- la fuerza increíble de las convicciones y las decisiones políticas en juego. Crónica de los hechos, pero por sobre todo crónica de una pasión, que es la de los luchadores del 18, pero también su propia pasión.

Como ya lo había hecho en su exitosa aventura anterior –su texto sobre Gustavo Roca- a medida que avanza Juan Cruz va “enamorándose de sus personajes” y toma partido.

Seguramente ese tomar partido esté  -también- desde el comienzo de la historia de escribir el libro, pero tiene la virtud, la capacidad, para presentar esa toma de partido en un proceso continuo que va incrementando esa complicidad.

Nos hace sentir protagonista. Concurrimos a clases en la Universidad Popular creada por Arturo Orgaz; participamos de la formación de los centros estudiantiles; nos unimos en huelga: ganamos la calle; nos adentramos en el estilo oratorio de Deodoro Roca o de Saúl Taborda; no tenemos miedo, tomamos por asalto el Rectorado. Sí, usamos la violencia “como ejercicio de puras ideas”, dirían los revoltosos. De repente me encuentro con el cuadro de un obispo retardatario y lo arrojo a la calle. Sí, estamos allí. Es el aporte de Juan Cruz.

Reforma: gobierno tripartito, autonomía, libertad de cátedra. Revolución: una emancipación histórica política, dice Diego Tatián, romper con la antigua dominación “monástica y monárquica”, a la vez que borrar para siempre el recuerdo de los contrarrevolucionarios de mayo.

Una liberación –dice- del lenguaje que parecía por siglos postergada. Las cosas por su nombre en la universidad claustro: mediocridad, ignorancia, insensibilidad, burocracia, rutina, sumisión, enumera Tatián, con base en el Manifiesto. Y las nuevas palabras que surgen como contrapartida en un corazón palpitante: fuerzas espirituales, vida, amor, democracia, reforma social, revolución cultural. Revolución de las conciencias. Todas esas palabras están en la crónica de Juan Cruz, encarnadas en personas vivas, de las que nos sentimos compañeros, a pesar de los 100 años.

¿Qué queda, después de transitar la travesía que nos propone Juan Cruz? El libro nos ha removido todo. Ahora, nos quedan satisfacciones, aseveraciones, preguntas, huellas profundas por donde transitar.

En primer lugar, la fuerza de la juventud, la inmensidad del compromiso, el espíritu jacobino de la rebelión, la actitud de llevarse el mundo por delante. Como todo tembladeral en que participan los jóvenes. Sin cálculos. No es un paseo. Lo relata Juan, “la Reforma dejó decenas de enfrentamientos callejeros, cientos de detenidos, brutales represiones policiales, heridos de bala y al líder estudiantil más destacado al borde de la muerte por el ataque de dos jóvenes que llevaban una cruz en la mano derecha y rebenque y cachiporra en la izquierda. La Reforma fue la disputa explícita de dos Córdobas. Esa historia es la que cuenta El Corazón sobre sus ruinas.””

Es increíble pero en el mayo francés del 68, tan loco, tan iconoclasta, tan creativo, uno encuentra huellas que ocurrieron en 1918, hace 100 años, acá, en las calles de Córdoba.

El sello de los fuegos juveniles. La mística de lo subversivo, cuando participa la juventud, cuando aparece la necesidad de rebelarse contra un orden perimido. Pura entrega. Cuando es sacudida por la historia, empujada por acontecimientos como la revolución mexicana, por la dimensión original de la revolución rusa. Cuando harta de toda hartura, se revela contra un orden conservador elitista, oligárquico, fraudulento. Cuando se juega y se abre a la causa de los trabajadores contra la explotación, cuando denuncia el imperialismo, cuando se declara americanista y, así,  la reforma propiamente universitaria es sólo un capítulo de un grito de liberación.

Es como la vio el peruano Haya de la Torre a la reforma, pero no la reforma estancada en un simple entredicho de profesores y estudiantes, como la rescatan los que quieren despojarla de su sentido verdadero.  Ese fuego arde, en el texto de Juan Cruz. Su libro es un antídoto contra los que pretenden –como dice Tatián- congelarla en un mero hecho pedagógico.

Es cierto, aquella lucha fue contra un adversario poderoso: los jóvenes –decía el gran Deodoro- se levantaban contra la Universidad, contra la Iglesia, contra la familia, contra la propiedad y contra el Estado.

La lucha por cierto es desigual. Hay quienes piensan que las revoluciones generacionales, como dice Lacolla hablando del mayo francés, parecen agotarse no bien sus protagonistas llegan a la adultez. Suele pasar.

Saúl Taborda, hacia los años 30, se siente frustrado por las derivas de la Reforma, “siente que en el extravío y la vacilación del pulso rebelde en el mayor número de los reformistas, hizo que la gesta se cosificara en la rigidez de la norma legal, la mera cuestión reglamentaria y en un remiendo de los planes de estudio, centrados en un craso profesionalismo utilitario, divorciado de la totalidad del proceso de formación de la personalidad. Por eso, piensa y lo escribe en 1936, es que todo está hoy como era antes.

“Vamos perdiendo el fresco optimismo”, confiesa, aunque impertérrito, sigue en la lucha.

Rescata el movimiento como expresión juvenil de una insurrección contra el orden. Rescata el acercamiento entre los estudiantes y los obreros, en el 18, pero piensa con desazón que mientras ese acercamiento se acentúa en el Tiempo del Estudiante, no se prolonga siempre en el Tiempo del Profesional.

Una Reforma que fue revolución, no cabe duda, pero fugaz en el tiempo histórico ¿Cómo toda rebelión puramente juvenil? El mayo francés también fue una revolución de ideas. No cabe duda. Alguien recordó que los estudiantes, no los proletarios, ganaron las calles y pusieron en jaque el poder. Era una lucha contra la asfixia del sistema capitalista. Una revolución cultural que ponía en cuestión sus valores y sus mitos. Y es lo que queda de 1918 y de 1968. Este libro rescata, precisamente, lo que debe perdurar.

María Teresa Andrueto, en el prólogo del libro Contra Córdoba de Tatián, dice algo que bien vale para este libro que ahora comentamos: habla de la celebración de una fuerza que cada tanto brota en su vocación de ruptura ante lo que permanece clausurado o dormido… un país en el que las luchas sociales y el deseo de inclusión cada tanto revienta los diques ganados por la desidia, el desconocimiento o el adormecimiento. Explosiones y experiencias que a veces son relámpagos y otras veces logran sostenerse un tiempo y una vez desplazadas, reprimidas o asfixiadas, duermen en los corazones de las nuevas generaciones, como duerme el sueño de los olvidados… hasta que esa misma fuerza –como otras veces, como siempre- se despierta y nos despierta.

Creo, que al manual de instrucciones que escribió Juan Cruz, para saber cómo rebelarse, le faltaría un epílogo. Se me ocurren las palabras para Julia que escribe Goytisolo: Nunca te entregues / Ni te apartes / junto al camino digas / No puedo más / y aquí me quedo / Entonces siempre acuérdate / de lo que un día escribí / pensando en ti / pensando en ti”. Siempre acuérdense de la Reforma de 1918 y de los reformistas consecuentes, de las ideas y de las pasiones, de los que escribió para ustedes. Acuérdense de la conclusión del Gran Deodoro, tiempo después, la Reforma Universitaria no será posible sin una Revolución social, en paz, en unión con los trabajadores y en la calle.

Gracias, Juan Cruz, por este libro indispensable.

 

*texto leído en la presentación del libro en   en el Auditorio de la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano, Córdoba, 27/6.

Cómo narrar el naufragio

Sobre Noche cerrada, mar abierto, de Juan Bautista Duizeide

(editorial Leteo, 2018).
Por Cecilia Ferreiroa.

Sarmiento escribió su Argirópolis cuando vio que la caída de Rosas era una posibilidad cierta. En ese libro planteó, con toda la esperanza puesta en el futuro del país, su proyecto de constituir una flota para la navegación de los ríos internos, buscando facilitar la distribución de la producción, imaginada a lo grande. Perón hizo crecer una flota mercante marina –creada en 1941– que llegó a establecer una circulación fluida de las mercancías por el país y por el mundo.  

Entre esos proyectos y 2018, año en que la editorial Leteo publica Noche cerrada, mar abierto de Juan Bautista Duizeide, pasaron mucho tiempo y muchas cosas, de las que el libro se ocupa de manera fragmentaria a lo largo de los cuentos, que se desarrollan en diferentes épocas y lugares. La flota mercante argentina fue destruida por distintos gobiernos y en la actualidad es una sombra de lo que fue. Si bien Argirópolis fue pensada como proyecto o plan de gobierno y no como literatura, las condiciones de escritura implicaban el imaginario de tener el futuro abierto y la esperanza de construir el país como se lo pensaba. Más allá de si eso luego se llevó a cabo, estaba esa convicción. Las condiciones de escritura de Noche cerrada, mar abierto no son las mismas. El libro de Duizeide da cuenta de la decadencia de esos proyectos y del país, del peso de haber perdido lo que una vez se pensó o lo que una vez existió. No hay mirada al futuro sino al presente y al pasado. Una mirada espantada. Y, en tanto literatura, busca establecer cierta problematización de una tradición literaria, junto con una situación social, y poner el foco sobre las subjetividades que resultan de esa determinada situación.

Noche cerrada, mar abierto mantiene un tono melancólico. Los personajes están muchas veces en su vejez. Ellos han vivido mucho, han sido hombres de mar toda la vida, y son testigos del deterioro del país, expresado en el declive de su flota mercante, en la violencia de los vínculos, en las condiciones actuales de navegación. Les queda recordar lo que hubo, lo que alguna vez vivieron, y ver lo que ya no está. En “Brindis” aparece la flota mercante que existía durante el gobierno de Perón, en “Ricercare” el marino que vuelve a la ciudad en la que nació, luego de muchos años, ya no encuentra el movimiento de barcos de comercio que había antes. Los signos de esa navegación que una vez existió se esfumaron, y lo que el personaje ve es ese vacío. El pasado queda como huella en aquellos que fueron testigos y protagonistas. No desaparece simplemente, queda su ausencia y su memoria.

La nostalgia que sienten los personajes no se limita al movimiento marino desaparecido, sino también a un pasado glorioso de la navegación que se perdió y, a su vez, a su propio pasado, su vida vivida que ya no está. Pero esta pérdida no lleva a idealizar las condiciones de trabajo en los barcos. No son mejores para los marineros que las que existen en otros ámbitos laborales. La vida en los barcos tampoco es mejor que en tierra firme. El dinero, la explotación y el autoritarismo dominan también ese mundo. “Y por dinero zarpan los barcos”, dice el capitán en “Ricercare”, “la plata en serio no la hacen los que navegan sino los dueños de los barcos” (“Brindis”). Y los capitanes son déspotas y autoritarios. El capitán Gonzaga es recordado siempre así. Esa continuidad entre el mundo de tierra firme y el del barco se ve muy clara en el relato “Odio los sábados”. Un cuento de un exmarino que tiene una pelea en un bar con un rugbier que muestra los signos de una sociedad autoritaria, que legitima los crímenes cometidos por la dictadura militar y pide más. Pero el mundo del barco tampoco está exento de autoritarismo. El exmarino añora sus tiempos de navegación con el capitán Gonzaga, que según él mismo dice, era el peor de todos los déspotas con los que navegó. A su vez, añora, como un quijote de mar, la época heroica y dorada de la navegación, que, en realidad, nunca vivió sino que leyó en los libros.

Los relatos clásicos de Melville o de Conrad están plagados de historias de mar y narran experiencias extremas en las que los hombres (el mundo de esos autores y el de Noche cerrada, mar abierto es casi exclusivamente de hombres) se ponen a prueba. No pasar esa prueba con el valor y la fuerza de espíritu necesaria tiene consecuencias desastrosas y determinantes en la subjetividad, como lo podemos ver en Lord Jim o en Moby Dick. A pesar de que en Noche cerrada, mar abierto hay muchas referencias a autores clásicos, los cuentos no se dedican a narrar experiencias extremas. Incluso cuando parece que lo hacen, resulta que lo que se cuenta va en otra dirección. En el cuento “En círculos” lo que al principio parece ser la historia de la lucha del hombre con la naturaleza y con sus propias fuerzas físicas para salvar la vida luego de un naufragio, se revela como la rebeldía de los marineros ante las autoridades que incendiaron el barco para cobrar el seguro, y provocaron un accidente fatal.

Con el capitán Gonzaga sucede algo similar. Es un personaje que aparece a lo largo de todo el libro. Los marineros lo mencionan como un déspota autoritario y a su vez como alguien especial: haber navegado con él no es un asunto insignificante ni algo que se olvida fácilmente. Pero las veces que se narra su accionar, Gonzaga no parece tan malo como se lo describe, incluso en “Volver” su aparición llega a ser mínima. Ni lo vemos heroico, ni déspota, ni grandioso: un hombre de mar, que pasó toda su vida en los barcos. En el último cuento Gonzaga aparece en su declinación física, retirado, viejo, con olor a orín. Y narra su experiencia de mar, o más bien dice que le narra a otros, pero no podemos escuchar su narración: no es para nosotros, los lectores del libro. Apenas nos hace una mención o un listado de las cosas que cuenta, muchas de ellas, impresiones, imágenes -como una especie de poema inserto en el relato-, que no llevan a transmitir su experiencia; al tiempo que reflexiona sobre si es posible hacerlo.

Noche cerrada, mar abierto plantea una aparente paradoja: es un libro enteramente sobre hombres de mar, pero casi no se narran experiencias de mar. Y esto es algo consciente.

El libro tiene dos líneas importantes relacionadas con esta decisión. Una de ellas se inserta en la tradición literaria que reflexiona sobre la posibilidad –o imposibilidad– de narrar experiencias vividas. No sólo el capitán Gonzaga plantea la imposibilidad de transmitir sus experiencias, sino también el capitán de “Liberty Ship”: “¿Cómo poner en palabras todo aquello que resulta salvajemente refractario a volverse palabras?”. Desde esta perspectiva la experiencia vivida en los barcos, múltiple e indefinida, modifica a los sujetos pero resulta intransmisible y conduce a desistir del intento. Se hacen menciones, como imágenes yuxtapuestas de lo vivido en el mar, que no están presentadas de manera narrativa. Y la otra línea va en la dirección de plantear una crítica de la literatura clásica de tema marino. Esa literatura ya no es posible, parece decirnos Duizeide, porque ese mundo –esa manera de navegar– ya no está. Las condiciones actuales de la navegación no dan lugar para grandes experiencias heroicas: “En un mundo ya completamente cartografiado, amojonado y reglamentado, [Gonzaga] era una especie de camionero de los mares” (“Liberty Ship”). Y en esta línea podemos pensar que el libro a la vez que critica la literatura de mar clásica intenta postular la literatura marina que para el autor tiene sentido en los tiempos presentes. Así, los relatos están dedicados a contar episodios de la vida de los marineros o exmarineros, muchas veces fuera de los barcos. La reflexión sobre la existencia de los hombres de mar es el interés general del libro: interrogarse sobre el sentido de esas vidas, lo que significa el mar para esos hombres, las razones para navegar y el desarraigo, las condiciones de trabajo en los barcos, la conflictiva relación con tierra firme, la soledad, lo perdido.

Y dentro de esta misma línea, el libro pone el acento también en mostrar la razón comercial del movimiento marino en “esta época de contadores, gerentes de relaciones públicas y expertos en marketing”. En “Ricercare” el barco se queda esperando el amanecer para atracar en el puerto y no pagar más caro a los prácticos, en “Distancias” el capitán describe las tareas aburridas y burocráticas que deben hacerse cuando un barco mercante llega a puerto. Si bien algún personaje puede añorar la navegación llena de heroísmo (conocida a través de la literatura), está claro que se está en un tiempo de decadencia.

“Brindis” ofrece una manera de expresar el sentido general del libro, cuando los marineros brindan “por todo lo que habían creído invencible y naufragó con el tiempo”. Noche cerrada, mar abierto despliega todos esos naufragios: el naufragio de la vida de esos marineros, de la época dorada de la navegación, de la posibilidad de transmitir la experiencia vivida en el mar, del interés en construir o mantener una flota mercante del país, de la posibilidad de la literatura de tema marino tal como se la conocía. Son significativas las ilustraciones de Fabiana Di Luca que acompañan el libro. De manera borrosa, casi fantasmal, aparecen barcos, cielos tormentosos que apenas podemos distinguir pero que percibimos amenazantes e imponentes. Imágenes sugestivas, como huellas de lo perdido, de lo inasible.

La convención: entre el ascenso y el abismo

Sobre La convención, de Débora Mundani

(Corregidor, 2018)
Por Laura Pérez Gras

Desde Roberto Arlt y Roberto Mariani encuentro pocos escritores argentinos que se asomaron al mundo del trabajo corporativo desde la ficción. Ya comenzado el siglo XXI, Aníbal Jarkowski, en El trabajo (2007), Guillermo Saccomanno, en El oficinista (2010), y Máximo Chehin, en La vida interesante (2014), son algunos de ellos. Debora Mundani es, ciertamente, un caso de excepción si profundizamos esta búsqueda entre las autoras de género feminino. Por lo tanto, La Convención, su tercera y reciente novela, nos interpela, al menos, en dos sentidos: por un lado, nos coloca de bruces frente al insolente mundo del capitalismo tardío y sus juegos salvajes; por el otro, nos habla de ese mundo desde el punto de vista de una mujer, aunque el narrador sea omnisciente, porque la focalización está construida a partir de las experiencias de su protagonista, Emma Dorá.  

El grupo de personas que conforman el banco donde transcurre la novela está organizado en relaciones jerárquicas que se parecen a las de una gigante cadena alimenticia en una jungla de cemento, boxes y oficinas, regida por la misma ley de la selva: la de la supervivencia del más fuerte. Allí no hay espacio para la sensibilidad de una estudiante de Filosofía como Emma, ni para el pensamiento propio, libre de ataduras. Nada parece ser más peligroso que estar ahí y no pertenecer ni demostrar obediencia. El intruso es visto como una amenaza. Y tiene dos opciones: someterse o salir.

En esta carrera hacia el éxito económico institucional e individual, son varias las máscaras que los personajes necesitan ir incorprando para poder resisitir la crueldad de esa lucha por ascender sin desmoronarse. Esas máscaras están representadas en la novela a través de la descripción de la vestimenta que cada uno de ellos lleva, los accesorios, las poses, los gestos, los tonos de voz. Cuanto más máscaras y más efectivas son las que los personajes portan, más temible es el monstruo que ocultan. Temible, porque puede revelarse vulnerable, o salirse de control.

Las mujeres del banco, en sus distintos cargos, parecen tener que usar máscaras en función de las reglas de juego de ese espacio regido por hombres. Desde la Presidenta del Banco, que ha adoptado un estilo masculino de conducción, hasta las secretarias que deben “complacer” a sus jefes para conservar sus puestos, todo está sostenido por la pirámide del falo. Tanto es así que el sexo, quién penetra a quién, también define y jerarquiza las relaciones dentro de la cadena de supervivencia. Por ende, Emma decide irse, para no perderse en esa jungla, para poder elegir.

En este sentido, la novela presenta un cierto perspectivismo nietzscheano: las bestias rubias no miden las consecuencias de sus actos y, conducidas por el deseo, arrastran con ellas a los hombres y mujeres débiles, que no logran agruparse para protegerse, debido a sus propias limitaciones y miserias. Emma Dorá es una mujer por encima de la media, una “súper-mujer”, que no renuncia a la construcción de un pensamiento y de valores propios. Por eso debe irse, antes de ser arrasada también.

Por último, los fragmentos de prosa poética en que aparece un hombre al borde de un acantilado, apenas retenido por la rama de un árbol –como si su vida pendiera literalmente de un hilo–, se intercalan y repiten a lo largo de la novela en el intento de construir un alegato: la carrera ciega de este hombre, tanto como corredor de alta montaña como director del banco, no puede encontrar otro destino que el precipicio. En consecuencia, el leitmotiv del hombre que pende de una rama pasa de la metáfora al espanto en el transcurso de una noche. La luz de la mañana descubre para él una claridad profundamente insoportable.

Sale Papusa #1

En esta edición de Sale Papusa: el azar y la fortuna en las salas de juegos. Cómo ganarle a los casinos. ¿La ruleta como perdición?  Los diarios de Emilio Renzi de Piglia: Victoria Ocampo y la aristocracia jugadora. Dostoievsky y el juego compulsivo. El casino en la literatura argentina actual: Leandro Ávalos Blacha. ¿Todo el que escribe sobre los casinos es jugador? El microclima del Casino de Puerto Madero. Alexander Baron y su Jugador. Punto y banca. Juan José Saer, el ludópata: teoría del azar en Cicatrices. El todo o nada de Beatriz Sarlo. Contrapunto entre Saer y Borges, diálogo posible entre un jugador y un no-jugador. Ontología poética del azar: Un golpe de dados jamás abolirá el azar de Mallarmé. Blaise Pascal y la apuesta por la existencia de Dios. La fortuna y la virtú en política: Maquiavelo. ¿Cuál es la apuesta del macrismo? La banca juega con las cartas marcadas. Caputo y la mesa de dinero. El centauro de Gramsci.

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