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7 de Agosto

Dialogo entre traductores

A las 19 hs.

Con Edgardo Scott y Matías Battistón

Invitan Editorial Interzona y Caburé libros

Reforma y revolución

El derecho a la Universidad: del Manifiesto Liminar al kirchnerismo

Sobre 18. Huellas de la Reforma Universitaria de Eduardo Rinesi (Ediciones UNGS, 2018).
Por Darío Capelli

Lo primero a destacar de 18. Huellas de la Reforma Universitaria es su performatividad ya que, como podemos observar en su mismo soporte (tapa, contratapa y solapas) o leer en los agradecimientos escritos por el propio autor, 18… es bastante más que un mero libro de un pensador argentino contemporáneo. Su autor, Eduardo Rinesi, además de eso -un pensador, digo- es un funcionario universitario que ha asumido distintos roles en diversas instituciones sin dejar ninguna de sus convicciones políticas en las puertas de algún rectorado ni sacrificar sus compromisos militantes en el altar del pragmatismo. 

 

Como politólogo -incluso como politólogo que no ve con malos ojos el aparato de ideas y la forma en que se condujo la transición democrática en la Argentina-; como polítólogo, entonces -o a pesar de serlo-, Eduardo Rinesi ha ido mucho mas allá de todo posibilismo cada vez que ejerció funciones: desde la gestión universitaria corrió siempre el límite de lo aceptable y, junto a un cuerpo comunitario del que supo hacerse acompañar, puso en pie no sólo una “casa de altos estudios” (como, con tierna ridiculez, se suelen autodesignar las universidades) sino sobre todo una universidad popular entre cuyas tareas la de enseñar contenidos es una más entre otras, pues la Universidad Nacional de General Sarmiento es, por cierto, una usina de conocimientos académicos que además (o principalmente) tiene su canal de TV, su radio, su sistema de publicaciones, su editorial, su centro cultural, sus museos. En ese sentido, decía que el autor de 18… es bastante más que un pensador que nos convida sus reflexiones y que el libro -este libro- no es meramente un texto bien editado que expresa esas reflexiones sino un producto salido de la intensa vida cultural que Rinesi, desde sus diferentes cargos, supo imprimirle a la UNGS.

Para quienes gusten de la crítica genética (según mi opinión no demasiado fundada, una disciplina insulsa más parecida a la paleografía que a la teoría literaria) quizás sea un dato interesante que en el origen de 18… haya un artículo para la revista “El Ojo Mocho” -revista que también nuestro autor fundó hace más de 25 años junto a Horacio González y de la cual sigue participando como colaborador habitual-. Tratándose de “El Ojo Mocho” (o por lo menos de la etapa actual de “El Ojo Mocho”), el libro terminó saliendo antes que la revista y no tanto por una cuestión de recursos sino quizás porque los tiempos de una publicación periódica están más atados a la coyuntura; y porque, paradójicamente, esta actualidad que no da respiros inhibe por momentos la creatividad o eleva el riesgo del articulista que no termina de escribir un párrafo y ve cómo sus ideas son

arrasadas por los nuevos acaeceres. Pero no importa ahora hablar de “El Ojo Mocho” más que para señalar que forma parte de otra de las travesuras (como suele referirse él al activismo intelectual) que Rinesi alentó a lo largo de su vida. Lo que sí importa es que este texto, que en principio fue artículo, se transformó luego en columnas radiales ¿de qué radio? de la radio de la propia Universidad y que luego, ya engordado, terminó siendo un libro que sale publicado ¿por cuál editorial? por Ediciones UNGS.

Entonces, a esto quería referirme en principio cuando aludimos a la performatividad: al libro como artefacto, como digno producto de una institución cultural fundamental y notable del noroeste del conurbano bonaerense pese a las infamias de la gobernadora Vidal.

Ahora sí, yendo al contenido del libro, que en todo caso es una modulación conceptual de lo que el propio libro es ya de por sí: no recuerdo haber escrito tanto los margenes de un texto como en este caso. Creo que eso se debe a un par de razones. La primera de ellas es que 18… es un “gran librito”. Intencionalmente digo “gran librito” porque, en efecto y aunque parezca paradojal, 18… es, en cierto sentido más o menos literal y evidente, un libro pequeño pero que a la vez -y éste es el otro sentido-, en las páginas apretadas de sus cortos 18 capítulos están planteados de manera sumamente sugerente y sugerentemente sumaria los temas más importantes que nos corresponde tomar, abordar, interpretar, construir, si queremos munirnos de un adecuado marco de comprensión acerca de lo que somos como pueblo (palabra que aparece en reiteradas ocasiones) pero como “pueblo” en tanto que sujeto de derechos a lo que hasta aquí sólo habían sido privilegios para las élites. La educación superior universitaria, con toda evidencia, es una de esas experiencias de la vida social argentina y latinoamericana que hasta el ciclo de los gobiernos populares de nuestra región y de manera muy marcada en la Argentina, pasa de ser un privilegio de las minorías a ser un derecho para todos y para todas. Desde ya que el acontecimiento que logrará abrir la puerta para esta discusión -aunque no haya resuleto la cuestión- sobre el derecho del pueblo a la universidad es el de la Reforma del 18. Y su texto insignia -el Manifiesto Liminar- da buena cuenta de hasta dónde pudieron/estuvieron en condiciones de avanzar en este aspecto el movimiento de los estudiantes cordobeses. Vamos a volver sobre esto y fundamentalmente sobre las estaciones intermedias que propone Eduardo entre la Reforma del 18 y el ciclo de gobiernos populares de principios del SXXI en América Latina. Decíamos entonces que 18… proporciona un marco de comprensión. Pero no tan sólo: 18… -además de sugerir un marco de comprensión de nuestra actualidad política (para el politólogo Rinesi la política poco o nada tiene que ver con las roscas superestructurales, o como suele decir la ciencia política con el dedo índice sobre la sien: el

sistema de partidos y las instituciones que ordenan el tumulto social; para el politólogo Rinesi, decimos entonces, la política es -insistimos- la vida organizada de un pueblo que busca acrecentar sus grados de libertad y confirmar sus niveles de igualdad)-; 18… además de sugerir un marco de comprensión de nuestra actualidad política -estábamos en eso- es un arma retórica pues Rinesi (ilustrado al fin) cree en la potencia de las palabras para intervenir en la escena pública con afán transformador, sólo que para que eso suceda deberemos poner a esas mismas palabras que pretendemos usar de ariete, en estado de discusión interna hasta hacerlas estallar en sentidos que hasta ahora no habíamos tenido en cuenta o sólo lo habíamos hecho de modo muy tangencial o subordinándolas -a las palabras, nos referimos- a sus significados de diccionario, con cierta delectación filológica pero casi sin vocación política. 18… es, y es lo que me gustaría decir, un escrito político: no sólo para entender tal o cual cosa (en este caso, los ecos/huellas/reverberaciones de la Reforma Universitaria en una serie de acontecimientos o incluso prácticas políticas posteriores con las que la Reforma no parecía trazar líneas posibles, y que sin embargo Rinesi demuestra de qué manera las prefigura: desde Fidel Castro hablando en las escalinatas de la Facultad de Derecho de la UBA en el 2003 durante su visita a propósito de la asunción presidencial de Néstor Kirchner hasta la foto que acompaña un texto de Habermas en la que Marcuse discute con un estudiante parisino del 68 en una escena de proxémica perfectamente horizontal); retomamos: no sólo para entender el significado de estos hechos que consuman lo que la Reforma prefigura es que leemos 18…, sino que además lo hacemos para -como lectores- salir de la experiencia de su lectura con más conciencia de lo que de ahora en adelante ya nos pertenece para siempre (el derecho a la universidad) y nos compromete para siempre (la obligación que tenemos, en tanto que profesores universitarios, de garantizarle al pueblo ese derecho que desde ahora le asiste). Por esto último es que decimos que 18… es un texto político: no sólo ayuda a comprender sino que además interviene. No lo hace ni se espera que lo haga, viniendo de un pensamiento tan potente pero a la vez tan delicado como el de Eduardo Rinesi, en el estilo panfletario. Interviene mediante ciertas insinuaciones. Sobre todo, como decíamos antes, mediante la insinuación principal de que las palabras del Manifiesto Liminar, que cierta tradición leyó hasta hoy en un sentido determinado, pues bien, es posible que también puedan querer significar otra cosa.

Ésta es la otra razón por la que los márgenes del libro han sido tan garabateados: es necesario reponer cuál es, cuáles son esos otros sentidos de las palabras que Rinesi sugiere para las del Manifiesto Liminar. Verbigracia: a qué se refieren los reformistas cuando hablan de “libertad”, de “república libre”, de “autonomía”.

Pero no queda ahí la cosa. Todo nos hace suponer que, en un rulo de su propio método, las palabras del propio Rinesi tienen un segundo sentido al que literalmente expresan. Por eso creo que cada uno de los capítulos de 18… hablan de lo que dicen hablar pero que además a todos ellos los subyace un segundo tema que es posible entresacar del sentido más inmediato del texto -en un ejercicio de lectura hermenéutica al que Rinesi nos viene acostumbrando en todos sus libros anteriores: por ejemplo, cuando nos habla de lo que posiblemente haya querido decir Shakespeare en el contexto de su época al poner en boca de Hamlet tal palabra que tanto puede querer significar una cosa como otra a lo que sus espectadores históricos vincularían con destreza-. Rinesi, entonces, es para nosotros -sus lectores- un poco el Hamlet interepretado por el propio Rinesi y somos nosotros -sus lectores- ahora los Rinesis que debemos interpretarlo a él y para ello nos permitimos entresacar del contenido semántico de su texto, otros posibles significados -o segundos temas- que no necesariamente están explicitados pero que bien podemos detectar y ponernos a discutir; no con jactancia de mero discutidor sino con la urgencia del militante que no acepta ni debería estar dispuesto a dejar que suceda una nueva vulneración de derechos conquistados.

Varios capítulos de 18…, por ejemplo, están dedicados a la perspectiva latinoamericanista (como punto de vista pero también como proyecto) del movimiento reformista. Algunos de esos capítulos son: “Escalinatas” -a partir del ya referido discurso de Fidel Castro en la facultad de Derecho de la UBA-, “Tensiones” (tales las que hay entre las tradiciones liberal-democrática y nacional-popular, como dos proyectos posibles herederos de la Reforma y que muchas veces se reportan como impugnándose mutuamente pero que en sordina establecen diálogos a los que deberíamos ser capaces de o aprender a escuchar) y “Las Villas” (en referencia al discurso del Che en la Universidad Central de Las Villas en ocasión de recibir el doctorado honoris causa). Como dijimos, el tema más evidente de estos capítulos es el la perspectiva y proyecto latinoamericanista de la Reforma; no obstante, el tema subyacente es el de los vínculos entre izquierdas y peronismo o, para decirlo de un modo más directo, el del kirchnerismo como síntesis entre esas dos tendencias que por momentos construye un pueblo-objeto y por momentos aloja, si no directamente expresa, un pueblo-sujeto. En otros capítulos, el tema será el de las reverberaciones de la reforma en el mayo francés. Los motivos por los que se entra al tema son de una gran delicadeza. Como ya apuntamos: una foto de Marcuse, otra -más conocida- de los reformistas en el techo de la Universidad Nacional de Córdoba, un texto de Habermas del ´68 en el que el autor de la Teoría de la acción comunicativa retoma de algún modo El Conflicto de las Facultades de Kant (vía por la que Rinesi introduce la discusión sobre la autonomía). Pero en otro nivel de lectura, en ese nivel que decimos que es posible entresacar del más literal, hay una discusión sobre las dos grandes figuras en torno a las cuales se organiza un orden social y que son la base de un escrito que sabemos que Rinesi tiene como uno de sus horizontes de discusión (Metáforas de la Política de Emilio de Ípola es el libro). Nos referimos a las figuras de de la Revolución y el Orden. Y aquí de nuevo, y ya para terminar y engarzar el tema profundo de esta segunda tirada de capítulos con el de los capítulos finales de 18…, cuyo definitivo tema es el del derecho a la Universidad: si el kirchnerismo es el movimiento ideológico capaz de sintetizar, sin perder la perspectiva regional, las tradiciones nacional-popular, de izquierda nacional y aun la liberal-democrática, también ha sido capaz de constituir un orden (o de empezar a hacerlo sin llegar a terminar de consumarlo, interrumpido como fue por la emergencia de las derechas a nivel nacional y continental) que transformó ciertas prerrogativas de las que hasta entonces muy pocos podían gozar -en el caso específico del libro, se trata de la educación superior universitaria- en derechos de alcance universal. Y eso, por poco que pueda parecer, no logra hacerse sin un impulso revolucionario.

Los rastros del despojo

Sobre Matrimonio à la mode y otros cuentos, de Katherine Mansfield

(Editorial Mil Botellas)
Por Pablo Puel

“¡Ah, Chejov!! ¿Por qué moriste? ¿Por qué no te puedo hablar en una habitación grande, medio a oscuras, al atardecer, cuando los árboles que se balancean allí fuera tiñen la luz de verde? Me gustaría escribir una serie de Mis paraísos; este sería uno de ellos”, escribió Katherine Mansfield en su Diario

Como tantos otros grandes escritores, pertenecía a una tradición y no renegaba de ello. Sobre esa tradición caminó, transformando a su vez el camino a cada paso. Matrimonio à la mode y otros cuentos, publicado por la editorial platense Mil Botellas, es un rastro indeleble de ese andar. Reúne textos de La fiesta en el jardín (1922), El nido de la paloma (1923), y Algo infantil y otros cuentos (1924). La necesaria y cuidada traducción, a cargo de la argentina Mariángel Mauri, respeta y expone las características particulares del estilo de Mansfield: economía, austeridad, contención, despojo. Hace más palpable una contemporaneidad que le es propia, intrínseca, pero que la mano añeja de algunos traductores supo disimular. La frase breve como latigazo (lugar destacado para el punto y coma); los diálogos dinámicos (de ida y vuelta), intensos, precisos; los finales justos, libres de ornamentos, libres de artificios, o al menos, de la apariencia de artificiosidad, como si el final cayera desnudo y en esa especie de desamparo encontrara paradójicamente su máxima potencia.

Estas características comunes se encarnan en personajes y circunstancias que sería forzado unificar. Hay, por ejemplo, un bloque de cuentos en el que la autora enfrenta a sus personajes a una situación particular de no retorno. Dos se destacan especialmente. En “Matrimonio à la mode”, cuento que le da título al libro, un grupo de artistas, bohemios, ociosos, frívolos, afectados hasta lo paródico, crueles, que recuerdan, tal vez, a ciertos personajes de Scott Fitzgerald, interceden entre un hombre y la mujer que él quisiera que ella volviera a ser. Mansfield traza, con humor e ironía,  una implacable crítica de la banalidad, sin dejar  de reconocerle su atractivo, su fuerza centrípeta, hacia la que la mujer se dejará llevar, irreversiblemente. En “El desconocido”, será el fantasma de un hombre “muy joven”, recientemente muerto en brazos de la protagonista, el que se interponga entre ella y su marido. “Los muertos” de Joyce, cuento publicado unos años antes, aparecerá en la cabeza del lector. Dos mujeres, dos puntos de inflexión contrastantes (lo superficial, en el primer caso, lo auténtico por antonomasia, en el segundo), dos modos de lo irreparable. Varias décadas después, Carver radicalizará esta propuesta, utilizándola como columna vertebral de algunos de sus cuentos, a través del desarrollo de una ilusión de retorno. Lo que se consigue, ante la inevitable caída de esa ilusión, es la doblemente certera, y en algunos casos devastadora, conciencia de una imposibilidad.

Se podría hablar también de la ausencia y los modos de asumirla o de huirle, o de lo engañoso e inestable de las percepciones, o de los prejuicios y la marginalidad,  pero siguiendo las conexiones con la cuentística posterior, será mejor hacer pie en “Un viaje imprudente”. Ahí Mansfield trabaja, como en algunos cuentos de su primer libro, una primera persona que no está apresada en la mera funcionalidad a una trama preconcebida, sino que ésta (que por momentos puede dar la idea, falsa, de no estar, de no existir) se va definiendo en el despliegue de una subjetividad. El orden jerárquico de factores no es superfluo ni casual. Es una marca que podríamos pensar como antecedente de autores de la talla de Lucia Berlín, entre otros; una mirada, que nunca es una tabula rasa, arrojada, si se permite el término existencialista, a un devenir, lo cual, de alguna manera, sería un modo de mirarse a sí mismo.

Lo mejor de la tradición realista se expresa en estos once cuentos de Katherine Mansfield, donde no hay espejos que reflejan, sino una percepción que se dispara hacia el encuentro de las formas, para volver y atravesar las cáscaras y llegar así extrañado al núcleo de lo percibido.

 

 

 

AYESHA

El miercoles 1 de agosto a las 19 hs.

Revista + Libro
Leerán: Alina Diaconú, Miguel Tenreiro, Alejandro Stilman, Sebastián Zaiper
Revista invitada: La Pluma. Del Círculo de Estudiantes de Artes de la Escritura (UNA)
Coordina: Alejandro Margulis

La definición por los opuestos

Sobre Señora Planta, de Cecilia Ferreiroa

(Blatt y Ríos, 2016)
Por Fernando Berton

 

La lectura de los cuentos que integran Señora Planta nos lleva a mirar más de cerca el modo en que nos relacionamos con las personas: amigos, parejas, familiares, conocidos y hasta con desconocidos.

Con sus matices, estos cuentos nos llevan a interrogarnos acerca del modo en que nos definimos como personas. ¿Nos identificamos con el otro? ¿O, mejor, nos definimos por oposición? En una primera lectura, estamos tentados a pensar que los personajes se definen más por oposición que por asimilación a las características de las/los protagonistas del libro.

En cuanto a la escritura, diremos que salvo tres de los diez cuentos que forman el volumen (“Señora Planta”, “Las novias de Diego” y “El visitante”) todos los relatos están contados en primera del singular, con una narradora femenina, que no se identifica con un nombre. El fraseo es corto: predomina el uso del punto seguido para separar las oraciones. Y la sintaxis es tradicional, no llama la atención sobre sí. Es decir, entendemos que Ferreiroa nos plantea que las preguntas están en otro lado en sus cuentos y no tanto en la escritura misma. Que, de cualquier modo, cumple la función de facilitar la intriga del lector para determinar qué es lo que está pasando en cada historia.

Por otra parte, en los cuentos “La vuelta mala”, “Señora Planta” y “Lluvia” el agua es determinante. Para bien o para mal, en esas historias los personajes se verán inmersos en luchar contra la corriente, que en diversas formas los pondrán de frente a sus temores, sus sueños, sus fracasos.

De regreso a lo que decíamos al comienzo, la mayor parte de los cuentos se plantea desde el modo en que sus protagonistas se ven en relación a los co protagonistas. En efecto, salvo en los que no están contados en primera persona, en todos los otros el contraste, la tensión entre las amigas, la oposición entre unas y otras va perfilando las historias.

Valeria y yo íbamos y veníamos por el parque. Nos lastimábamos todo el tiempo, nos embarrábamos. Mirábamos el río correr y llevarse cosas. Observábamos bichos y pájaros. Ella tenía un libro de pájaros que a mí me encantaba. Tenía las imágenes y algunos rasgos de su comportamiento. Jugábamos a identificarlos y competíamos a ver quién lo hacía primero. Muchas veces yo decía cualquier nombre, con tal de decir algo. Valeria, en cambio, siempre decía el nombre correcto. (“La vuelta mala”, págs.. 15-16)

En este párrafo podemos ver cómo se dan los temas mencionados: frases cortas, tensión entre las amigas, comparación por los opuestos.

También es posible ver este tema de los opuestos en el cuento “Talle 12”, donde la narradora protagonista se cruza con una desconocida en un micro, que le va contando la relación tensa con su hija adolescente:

Terminamos cansándonos una de la otra. Lo espantoso era cómo me hacía verme a mi misma, con todas mis imposibilidades, que eran también las de ella”. (“Talle 12”, pág. 31)

Esta tensión, en este caso aportada por una desconocida, se va a mantener a lo largo de todo el libro –con excepción del cuento que da nombre al volumen- y va a desembocar en “El visitante”, único cuento con un protagonista masculino y que ronda el trhiller psicológico.

En síntesis, Señora Planta es un conjunto de cuentos que explora cómo se definen los personajes: como hemos dicho, los cuentos narrados en primera persona por mujeres que no tienen nombre, a diferencia de los que están en tercera; de qué manera entienden –o intentan entender- las relaciones que mantienen, cómo se comportan frente a las calamidades. Y casi siempre nos queda la duda de cómo lo consiguen.

A nuestro juicio, hay una apuesta a la madurez de las relaciones, como este posible diálogo entre “El visitante” :

Ese hombre en su baño ya no le resultaba ajeno ni amenazante, lo sentía cercano e íntimo, como un hermano. (Pág. 150)

y “Las novias de Diego”:

como esas amistades hechas de grandes, que se asientan en intereses comunes, en vidas comunes. (Pág. 135)

No por nada, creemos, estos son los cuentos que cierran el libro.

 

Taller: El orden de los factores

Postales

Sobre El silencio. Postales de La Perla, de Ana Iliovich

(Los Ríos Editorial, 2017)
Por Virginia Carranza*

 

¿Cómo se presenta un libro? ¿Cómo el libro de Ana?

Cuando empezamos a armar esta actividad, y Ana me dice que le encantaría que yo sea una de las presentadoras, el corazón empezó a acelerarse. Porque es este libro, y porque es Ana.

Porque es una temática que, en rigor, estudio. Porque conocí y adoré a Ana desde nuestro primer encuentro, que ya no sé cómo ni cuándo fue, pero fue amor a primera vista.

Porque no podría pensar estas palabras desde mi oficio de profesora de historia. O no sólo desde ahí.

Porque Ana vive en Villa Allende, y yo en Salsipuedes. Y cuando en el febrero de 2015 la fuerza arrolladora del agua nos atravesó, derrumbando paredes, puentes, fotos y jardines; cuando no sabíamos por dónde empezar, el agua se había llevado la ferretería del Osvaldo, el inmenso compañero de Ana. Y nos abrazamos, y nos embarramos para sacar barro, nos sacudimos el moho y la humedad, y allí estaban ellos, firmes, dignos, apuntalando los cimientos. Y cuando en 2016 rajaron a medio país de sus laburos, me llega un mensaje de Osvaldo: “Hola hermosa, con los compas de Villa Allende hemos pensado en darles un abrazo solidario a los compañeros despedidos y para tal fin se nos ocurrió mimarlos con una choripaneada, la cual corre por nuestra cuenta por supuesto, decime que opinás”. Así es Ana y su mundo, nuestro mundo.

Y desde que le dije que sí, que claro, que me encantaba la idea de tener otra conversación con ella a través del libro, que El silencio. Postales de la Perla, me atravesó, como un río.

Recuerdo que terminé de leerlo en el colectivo, llegando a mi casa. Bajé y no sé si lloviznaba o eran lágrimas. Pero yo sentía que llovía en mi corazón.

Hablé del libro en asados de amigos, lo tuve en la mesa de luz semanas enteras. Me acompañó cada viaje a trabajar. Hablé incluso con Ana, varias veces, en cruces o por teléfono. Sin embargo siento que me faltan las palabras. Paradoja si las hay. Ana encontró las palabras para nombrar lo indecible, y yo, acá, dándole vueltas.

II.

“Entonces empecé a escribir y dejé de sentirme sólo una cucaracha, que es lo que habían logrado” dice Ana, cuando comienza ese cuadernito Gloria, con diez nombres cada quince días.

La palabra que humaniza. En el Campo. En el exilio. En la sobre vida. En el juicio. Nombrar es una manera de dar existencia, esa que arrebataron, que negaron, que exterminaron.

Las palabras, estas palabras de Ana; la decisión, compleja y contradictoria, siempre valiente y comprometida, de hacer rodar la palabra en la arena de lo público, a ser escuchada (o no), machacada o complementada; la palabra como un acto de salvación; sentarse a escribir antes que empiecen los suicidios, cita Ana a Pilar Calveiro; la palabra deviene acción, reconstituyendo existencias e identidades. Y deviene, también, en aporte insustituible para la construcción del conocimiento social.

Estos textos de Ana evidencian el contexto de lucha, la permanente disputa, material y simbólica que supone la construcción del conocimiento, la identidad y la cultura política de los pueblos. En los estudios de memoria, en mi opinión, es la palabra de las y los sobrevivientes, es esa narrativa de la experiencia la que permite acercarse a comprender las múltiples dimensiones y los pliegues del terrorismo de Estado. No podríamos conceptualizar, categorizar, desde un gabinete, las capas, las lógicas, los colores, nunca del todo evidentes, del poder concentracionario y del horror.

Es la memoria puesta en acto, siendo ejercicio, la que nos permite comprender un poco más las dimensiones objetivas y subjetivas de lo siniestro y la maldad, los alcances y límites del ser humano, pensar acerca del poder y las tramas y dispositivos de la dominación, resignificar nuestra historia en el horizonte del nunca más. De otra manera tendríamos un conocimiento, claro que sí, pero superficial, descriptivo, cuantificado, cristalizado, positivista.

La palabra valiente, porque este libro no le esquiva a las contradicciones, a la complejidad de la experiencia concentracionaria, no edulcora ni adapta  textos, respeta los momentos en que cada uno fue escrito, nos interpela como sociedad frente a la pregunta, a la angustia, al grito “¿Cómo fue posible?”. La palabra compleja, la palabra dialéctica, la palabra que libera. La palabra como relámpago, que irrumpe e ilumina, en un instante de peligro.

“Y uno se pasa la vida, la sobre vida, ensayando reflexiones, buscando palabras que funcionen como cura… Escribir, palabras que salvan”, dice Ana. Que nos salvan, me animo a decir yo, en esta sala.

III.

“El Horror como la cercanía con lo siniestro. El juicio como la repetición de la cercanía”, escribe Ana.

Contar, decir, nombrar, escribir. ¿Cómo?, cuando no hay quienes escuchen, anoten, lean, conversen con eso que acontece como palabra de lo vivido. ¿Cómo? Cuando no hay interlocutores con la verdad. Cómo cuando la garganta se anuda, el aire se asfixia, cuando no se puede.

No existe la palabra lanzada al vacío. Existe nuestra lengua en un tiempo y en un espacio, que habilita -o no- la circulación de aquello que nos daña saber, de lo que nos abre heridas al ser escuchado. Será que la palabra circulará, conjurando el hueco del horror y del silencio, si construimos orillas, cobijos. Si nos arropamos.

En una charla una vez decía un amigo que hay palabras que se necesitan mutuamente, que en sus definiciones, o cuando echan a andar, se buscan para dotar de sentido lo que quieren significar.

Será que la Verdad necesita de la Memoria, como esa orilla que nos protege del hueco, que se consolida con las raíces que fijan la tierra, porque la memoria es un ejercicio necesariamente colectivo y político, como uno sueña que sea el trabajo en la tierra. Será que la Justicia es esa colcha que arropa, que le da un sentido de reconstitución, a esa verdad, a esas memorias.

Los juicios, el Juicio, estas fotos, condensan en andamiajes sociales e institucionales aquello que circula, desde mucho antes. La Justicia le pone oídos (y le da la entidad socialmente reconocida como tal) a la verdad; una verdad sostenida a fuerza de enunciar, de decir, de luchar por encontrar una escucha que no culpe, sostenida en rondas de pañuelos y de memorias, haciendo de la orilla un lugar cada vez más grande y generoso.

En esta sala, con estas fotos, me gustaría sumar una palabra más.

Gracias. Gracias Ana, por tu valentía, por tu poesía, por tu luz, por tu colcha de memoria, por tu potencia de verdad, que nos permite entender un poco más, que nos ayuda a conjurar el desamparo del hoy en este lugar del mundo; que nos permite reconocer quiénes y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.

*Texto leído en la presentación del libro y publicado previamente en la revista: alfilo de la UNC

 

Sale Papusa #0

En la edición #0 de Sale Papusa hablamos del arte de la gastronomía, “Una cena muy especial” de Fernando Pessoa, Brillat-Savarin y su fisiología del gusto, bacanales y metafísica en el “Banquete de Severo Arcángelo” de Marechal, ¿cómo eran las cenas de Emmanuel Kant?, James Bosswell y su caminata silenciosa con el filósofo alemán, feminismos, Borges y el aborto desde la razón y desde la intuición, el abortero Fogwill, los lenguajes inclusivos, Pérez-Reverte y su narcisismo en la Real Académia Española, la vida y la belleza de Adèle Exarchopoulos, John Kennedy Toole y el turismo como cosa de degenerados, Laurence Sterne y los viajes, la Venecia de Borges, y más, más, mucho más en la primera emisión de este programa fenomenal.

Las Cajas

 de Jorge Consiglio

(Editorial Excursiones, 2017)
Por Mariana Docampo

En el principio muy hermoso de uno de los textos  que componen el último libro de Jorge Consiglio,  el narrador lee un poema de Giannuzzi, “Uvas rosadas”.  Su lectura es, también, poesía: “la idea que subyace  es que los humanos vivimos exiliados de un reino exuberante y fresco, cargado de agua; un reino que está en el interior de las uvas y que nosotros, aturdidos por el rumor insensato de la existencia, apenas podemos intuir.  En el poema chocan estos dos órdenes.  Uno consagrado al silencio y a la quietud; el otro a la inutilidad de una vida ocupada.”  De cómo se pega el salto de esta bella glosa al encuentro artístico entre Motörhead y María Marta Serra Lima hacia el final del texto solo se explica mediante un breve párrafo conector que define el término “emulsión”: “mezcla de líquidos inmiscibles de manera más o menos homogénea”.

Podríamos decir que es la emulsión, también, la figura que mejor describe la lógica con la que se va fusionando el contenido de cada caja del libro de Consiglio, y la que propone a la vez un ensamblaje entre una y otra para formar un único libro.  Conexiones que no responden al método inductivo, ni deductivo, ni al fluir de la consciencia, a vaivenes de la memoria o a resonancias simbolistas.  Pareciera más bien tratarse de pensamientos, impresiones, personajes, espacios, episodios, que nada tienen que ver unos con otros hasta que se produce el enlace, por mera voluntad del narrador, que decide articular todo con todo de acuerdo a breves y controlados núcleos poéticos que funcionan como hipótesis o motores de escritura.

Así, en “Inacción”, el comportamiento de Franca, la gata de Jorge, es punto de partida de una secuencia asociativa que va desde un carpintero húngaro hasta Juan Carlos Onetti, pasando por Oblómov, personaje de la novela de Iván Goncharov, y el protagonista de la película de Yves Robert “Buenas noches, Alejandro”, versiones todas de cierto modo del cansancio vital que deriva en la pasividad.

Cualquier tema o personaje, objeto o espacio puede formar parte de este libro sujeto a la lógica de la emulsión: una tía querida dueña de una opa, Simón Estilita, un genial aunque ignoto poeta entrerriano llamado Palo, Pieter van der Meer de Walcheren, el conscripto Bernardi, el café La Ópera, un tornillo, el ámbar, el vergonzoso crimen de un perro perpetrado por tío y sobrino, Bruno Schulz.

Nunca abismado o excedido, el narrador de Las cajas, expande lo cotidiano, con una subjetividad nutrida en el arte, la filosofía, la poesía, pero a la vez, con los pies muy firmes sobre la tierra; y ejercita una frágil convivencia entre lo abstracto y lo concreto, lo alto y lo bajo, lo profundo y lo superfluo.

La ciudad de Buenos Aires  y el conurbano bonaerense son el escenario reconocible de este libro de lenguaje y estilo muy porteños, en donde desfilan ante los ojos del lector el café La Ópera, la Estación Lacroze, la avenida Nazca, la calle California, la plaza de Merlo, y donde los personajes, los anónimos y los célebres, son vistos con la misma lupa filosófica y poética que hace tabula rasa sobre previas jerarquías y explora las experiencias de unos y otros de primera mano.

Solo en la infancia –dice Consiglio- “cualquier caballo distraído que huele el aire es un enigma”.  Sin embargo, una leve hendidura en la piel de las uvas de Giannuzzi, puede dejar verter el líquido ilícito, y redimensionar lo real, siempre un paso más allá de lo aparente.

La edición de la Editorial Excursiones merece comentario aparte.  Con dos reproducciones de Sivia Gurfein, una de las cuales se extiende al arte de tapa, el libro es un objeto precioso en sí mismo.

 

Un libro inquietante

Sobre Serrano de Gonzalo León (Mansalva, 2018)

Por Alejandro Boverio

El último libro de Gonzalo León nace de la conmoción que le provocó al autor conocer en vida al personaje que le da título a la novela. Difícil llamar a este libro únicamente novela, pues en verdad es una estampida de géneros. No sólo una ambivalencia con el ensayo, aunque también, sino fundamentalmente una carrera en donde los géneros corren, se pisan y se relevan en su marcha. Epistolario, diario, biografía, ensayo, narrativa: este libro es inquietante menos porque trata sobre un nazi que por su forma.

Acaso uno de los célebres libros de narrativa sobre el nazismo haya sido La literatura nazi en América, curiosamente escrito también por un chileno: Roberto Bolaño. Pero a diferencia de Bolaño, que hace una suerte de enciclopedia que reseña vida y obra de autores nazis completamente inventados, León toma a un extravagante escritor nazi de carne y hueso, Miguel Serrano, y lo convierte en personaje literario. “La realidad es ilusión” es el epígrafe de uno de los libros de Serrano y, sin lugar a dudas, también podría ser el epígrafe de éste que nos ocupa, puesto que Serrano ha sido realmente un personaje literario.

Sobrino de Vicente Huidobro, nazi, hitlerista esotérico, embajador de la India, amigo de Hermann Hesse, vamos conociendo al personaje fragmentariamente, mientras el propio proyecto del libro se nos revela en su acontecimiento de producción, a través de correos del narrador con un amigo que se intercalan en el flujo del relato, y que nos hablan de las dudas que le genera su factura.

Serrano es un libro conjetural además de inquietante. No está fundado sobre hechos, o al menos no podemos estar seguros acerca de la veracidad de los hechos que son narrados en el libro. Sabemos que algunos hechos son verdaderos, nos lo adelanta la introducción, pero no sabemos cuáles no. Por lo tanto el libro entero se vuelve una gran conjetura, y eso es lo que lo vuelve enigmático. A través del enigma comparte naturaleza con aquello que se supone que narra: un mito.

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