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Manuel Gálvez, una historia del nacionalismo argentino

de Eduardo Toniolli

(Editorial Remanso, 2018)
Por Horacio González

Estamos ante un estudio decisivo, el de Eduardo Toniolli sobre Manuel Gálvez. Pues como dice el subtítulo, es el vía crucis de un hombre y a la vez una historia del nacionalismo argentino. Obedecería pues al modelo de “un hombre y su escenario mayor de ideas”, pero esto lo digo solamente para señalar la recurrente incerteza que caracteriza a las biografías intelectuales, cual es la de la inexistencia clara de una delimitación segura entre lo que pertenece a una autoría que se privilegia sobre otras -en este caso la de Gálvez, no las de Ernesto Palacio o de los hermanos Irazusta-, y lo que se pierde como problemas de semejante calidad ideológica, si fueran tratados otros autores y en otras épocas. La singularidad es siempre la de un hombre, pero la “época” no quiere perder su parte y siempre pugna para que pronunciemos la frase “fue un hombre de su época”. Una biografía consciente de sí misma debe evitarla.  

El libro de Toniolli permite una primera observación al respecto. Por ejemplo, las páginas enteramente sugestivas dedicadas al pensamiento de Burke, de Bonald y de De Maistre -junto a otros adversarios teóricos de la Revolución francesa-, que son pensamientos que sobrevuelan el problema general del nacionalismo argentino. Una verdadera biografía intelectual, entonces, es la que evoca los nombres que la cruza o la interceptan, y que son envíos que el pasado de una idea, le remite al presente, que tampoco es siempre receptivo. Ninguna vida encaja enteramente en otra, y todas piden su compañía en las voces provenientes de la galería penumbrosa de un pasado sin tiempo.

Los nacionalismos trascendentalistas han percibido con temor el mundo histórico trágicamente abierto hacia los tumultos de masas y el efecto era que no solo se debilitaban las jerarquías que provienen del esquema de las monarquías de origen divino, sino que esas revoluciones cargadas de profanaciones, exigían una contrarrevolución. El nacionalismo místico de aquellos caballeros enemigos de la Revolución Francesa podía encarnarla, luego de pasar a limpio sus relaciones con la catolicidad, la salvación por la sangre y el elogio del verdugo. Esto lo propone De Maistre, en Las Veladas de San Petersburgo, aludido por Toniolli en la busca de detalles fundamentales para su tesis. Podía así ingresarse al problema de si los accesos ultramontanos y antiroussonianos de los partidarios de la “ciencia del Señor”, caben solo en una época cuyos contornos siempre quedan para definir, o son linajes abiertos a ecos que solo conoce el futuro. El trabajo de Toniolli abre un gran debate hacia esta perspectiva de las corrientes de ideas, su resonancia diacrónica y la construcción de sus continuadores y predecesores. En el caso del estudio del nacionalismo argentino esto interesa especialmente, pues sus aspectos más tormentosos y milenaristas no siempre han sido contemplados por la bibliografía no tan extensa, pero muy rica que existe.

Se sabe de la reacción de Saavedra ante el jacobinismo de Moreno -aquél mismo lo llama así-, y de las lecturas de Rosas que frecuentaba viejos textos ultramontanos y de ciertos clásicos, pues alguna vez había citado a Burke y a De Maistre, y su concepción del absolutismo político no es floración espontánea sino que proviene de textos sobre el Príncipe, escritos por consejeros finamente reaccionarios, entre otros –como lo prueba Arturo Sampay- un remoto teórico de las monarquías del siglo XVIII, Gaspard Réal de Curban. Pero la verdadera cuestión aquí es la del lugar que ocupan Bonald y De Maistre -cuyos últimos exorcismos del Cristo Sangrante pueden encontrarse en Ignacio Anzoátegui-, en los eslabones más reconocibles de nacionalismo en la Argentina, en el del periódico La Nueva República de los hermanos Irazusta y de Ernesto Palacio. La influencia de este diario es notable, es una de las trincheras publicísticas del golpe del 30 y entre sus lectores se encuentra el joven mayor Perón. Toniolli estudia muy bien este periódico, así como la revista Criterio. En esta última escribe el Gálvez más ligado a un cristianismo de revelación, a través de las masas populares que se catequizan sobre el pavimento urbano en las jornadas del Congreso Eucarístico. El problema aquí es el mismo que el de la interpretación de las multitudes por el positivismo, a la luz de la literatura francesa de la naciente psicología social de masas. Gálvez redime al plebeyo que inmerso en la indiferenciación grosera de la plebe urbana, encuentra en ese desdibujamiento de su yo a la experiencia redentora gracias a una religión del sacrificio. Es la sombra aligerada de De Maistre. ¿El nacionalismo republicano jerárquico de los Irazusta es el de los lúmpenes rescatados de la indiferencia religiosa por Gálvez? No lo es. Gálvez agrega la reflexión sobre las conciencias turbias, que los análisis económico-políticos de los Irazusta, siempre algo conspirativos, no contienen. Para Gálvez se hallan en el sentido de los redentores de prostitutas, los señoritos que desean experiencias incendiarias para probar su vesanía nietzscheana o la bohemia anarquizante que vaga sin orientaciones bienhechoras. Se trata de ver entonces, a la luz de la investigación de Toniolli, si aquel nacionalismo francés puede verse en el desvaído eco que encuentra en los escritores nacionalistas argentinos o si éstos lo ponen a circular según las características singulares de un país periférico.

El mismo tema nos ocuparía si analizáramos las compatibilidades entre Maurras y Lugones, o más atrás, las de Maurice Barrés con Lucio V. Mansilla, donde apenas insinuado también podría verse el “modo moral” de los orígenes del nacionalismo argentino (donde las categorías de duelo y de dandismo lo van diseñando levemente). Sin embargo, las ventajas que tiene Gálvez para el estudio de la vida intelectual, es su carácter escurridizo como poseedor de una ideología nacionalista católica cuyos bordes son difusos y cuando toca áreas muy consolidadas, por ejemplo, el fascismo o el corporativismo, suele retroceder como si tocara un cable eléctrico pelado.  La condición auto atribuida de Gálvez de ser uno de los escritores más leídos del país, junto a Hugo Wast, sin duda influye decisivamente en el modo en que regula sus excedentes ideológicos y luego va puliendo sus excesos.

El balance real entre nacionalismo, catolicismo, aristocratismo, tradicionalismo y “revolucionarismo contrarrevolucionario” (revolución inglesa de 1688 sí, revolución francesa de 1879 no), no es un balance quieto y de proporciones asequibles. Los itinerarios cambiantes de Gálvez lo demuestran, y sus novelas decadentistas como sustento de su inmediato trazado regenerativo de almas caídas, siguen como una sombra irregular las peripecias del nacionalismo, sin ningún dogmatismo estacionado para siempre y con un privilegio hacia las vidas más aplastadas. No hay en Gálvez proletarios o si los hay están revestidos por el espíritu de los buscan explicarse su caída y mostrar (o que le muestren) el camino de su salvación.

Si no tuviera otras virtudes, el trabajo de Eduardo ya podría ser considerado en la primera fila de la bibliografía sobre el nacionalismo como un integrante de igual derecho con las más consultadas o elogiadas. Por lo pronto, las que él cita, de Devoto o Buchrucker. Pero va más allá al considerar otros problemas, que son los que específicamente revelan las secuencias que emanan del derrotero de Gálvez. Son los el de una vida intelectual que se autocorrige permanentemente, que es prudente a la hora de tomar toda la galería de próceres del rosismo, que no desdeña la visión mitrista en su trilogía sobre la Guerra del Paraguay, y que al discutir con Monseñor Franceschi sobre las propiedades del idioma vulgar o soez, que según el obispo no sería el indicado para el cristiano, demuestra que es la única salida para el que desea escribir novelas sociales comprometidas con las almas errantes. Así siempre Gálvez está a punto de ser el que desea una purificación nacional por medio de una guerra, pero siempre consigue el momento de desequilibrio que crea otra nueva tonalidad tranquilizadora. Es el cristiano verdadero el que conociendo otros lenguajes, debe emplear la forma más ruda de los que hay que salvar.

En esto mucho tiene que ver el modo que que se aprecia en tanto escritor de vastos públicos lectores, como lo evidencian sus memorias, que Toniolli cita como fuente privilegiada, así como con la misma pertinencia va dando vida a sus innumerables materiales de trabajo, obtenidos de lecturas de gran alcance y revisión de archivos donde reviven escritos inesperados. Aparece así el Gálvez que se ve en tensión entre el nacionalismo social cristiano y el fascismo -al que, si toca, le provocará luego el deseo de apartamiento como quien se asusta de sus propias tentaciones- y la justicia que le merecen los “desmunidos” -con este vocablo los define Toniolli-, a los que sí toca permanentemente, pero de los que también escapa, si percibe que hacen temblar los cimientos del orden. Gálvez se compara favorablemente en relación con Lugones, lo que lo diferencia del modo en que Borges hará esa misma cotejo, sin desdén ni adulaciones, y con buen tino rechaza fundar un partido político con las ideas que había expresado en el folleto quasi fascista titulado Este pueblo necesita… Es cierto que no es posible detectar fácilmente las razones por las que los trabajos realizados bajo la égida del nacionalismo popular o de izquierda, desde los 60 en adelante, no lo consideraron a Gálvez como materia de interés. Ya no era un novelista leído, y sus intervenciones doctrinarias se estudiaban a través de los Irazusta, de Pepe Rosa o de Scalabrini, cuando no de un Jauretche totalmente alejado del cuño hispanizante de Gálvez, muchas veces comparado con Pérez Galdós, tanto por su interés por las vidas prostibularias como por la revisión interna de las grandes masacres militares. Trafalgar en Galdós, Humaitá en Gálvez.

Ahora, con esta gran contribución de Toniolli a la historia del nacionalismo argentino a través de una biografía específica, podemos ver cómo oscilan las creencias o como las creencias son un ser oscilatorio, que no es importante cuánto de pétreo puedan tener en la conciencia, sino cómo buscan permanentemente vivir a través de la incorporación súbita de su contrario o del pasaje a la situación contraria, una vez agotados todos los sedimentos que contenía la primera elección realizada. Esto es propio del sentido de redención que vive dentro de las ideologías, y en el nacionalismo precisamente esto es lo que abunda. Así, un mismo contenido heroico puede admitir semblantes anárquicos, socialistas o jerárquicos como en Lugones, y un mismo contenido de piedad aristocrática puede sobrevivir en el Gálvez hispano aristocrático, en el asimilacionista social y en el misericordioso católico. En ese sentido un valor adicional del libro de Toniolli es que pone a prueba el resto del andamiaje nacionalista, sus lecturas, sus aires golpistas, sus fracasaos políticos, sus derivas hacia la izquierda o hacia el populismo, con lo cual escribe un libro fundamental dónde lo que primero percibimos es cuánto de homogéneo tiene una idea, y cuánto dispone de ella misma para marchar hacia otras infinitas combinatorias posibles. 

Veladas literarias

El próximo 21 de septiembre una nueva velada literaria

El objetivo del ciclo #LasVeladasLiterarias es reunir a escritoras, especialistas y público a fin de reflexionar, leer, discutir y/o polemizar sobre problemáticas inherentes al quehacer literario, así como también difundir las propias producciones individuales de cada una de las panelistas. Conscientes de la fuerte impronta patriarcal que articula el canon actual de la literatura argentina (y de la literatura en general), estos encuentros están motorizados por la necesidad de poner en valor la literatura escrita por mujeres a lo largo de dos siglos y hacer dialogar ese rico acervo con las producciones del presente, creando vasos comunicantes. 

Idea y coordinación: Jimena Néspolo y Ana Ojeda

Participan del próximo encuentro: Ivonne Bordelois, Gabriela Cabezón Cámara, Flavia Costa y Laura Estrin

Morar la orilla

Sobre El hemisferio del lado en que quedamos de Claudia Díaz

(Baltasara editora, 2018)
Por Josefina Fonseca

 

En “El hemisferio del lado en que quedamos” (Baltasara Editora, 2018), Ana Claudia Díaz demuestra, una vez más, que no hay paisaje que se agote en la poesía cuando es el paisaje mismo la materia que construye la voz. Porque es en “la orilla como una morada” donde se aloja el “cuerpo muelle” de la autora, y desde donde “la palabra se desagua/ la grieta entre lo tangible y lo otro/ toma el cuerpo”.  

Se trata del cuarto libro de una poeta en tránsito continuo entre la playa en la que se crió -y a la cual vuelve cada temporada- y la Capital que habita a diario; entre el pasado melancólico de una niñez cerca del agua y el desandar minucioso de los registros sensoriales como una clave para construir un camino hacia adelante. “La imagen infinita, exagerada/ de algo que miramos mucho tiempo/ para desarticular lo otro dentro nuestro”. Podríamos pensar que eso que la voz mira con insistencia es el mar fundacional. Y ahí la paradoja de mirar afuera como si se mirara adentro, de desarmar y rearmar el paisaje para que eso repercuta en otro lugar: “El significado y el significante de la idea vaga de algo/ que ahora encuentra su razón”.

La dimensión del recuerdo, “lo que elegimos ver borroso”, eso filtrado que “se desprende sobre el horizonte”, “una idea obsesiva que se repite en el mar”. La desconfianza en la memoria, en la “inocencia imaginaria del recuerdo”, aparece como un arma. Dudar, pero aferrarse a esa posibilidad como única llave para abrir el devenir, porque “la tierra es tierna en su detalle/ en cada recoveco donde se apoya/ el peso del cuerpo”, y entonces la indagación sensorial de quien entra en la naturaleza puede ser también un amparo para sopesar los recuerdos. Y para reconocer en los días por venir esos elementos ya transitados que servirán de arneses para amortiguar la incertidumbre.

Los poemas de Ana Claudia Díaz brillan en la belleza barroca y exótica de su sonido, en un despliegue sostenido pero matizado de sus capacidades líricas, como escenas que prenden una chispa que queda titilando sin desenlace. Porque no parece haber búsqueda de un mensaje, sino más bien construcción de estados, permanencias en una escena. No llegaremos al final de un poema con una conclusión efectista: volveremos sobre los versos para contemplar el misterio de las palabras que componen su universo y la manera en que permanecen resonando como un eco tierno e incierto. Un eco que se abre y vuelve, un búmeran.

Sale papusa #3

Lo cómico y la risa. Sergio Massa y los payasos. Los titiriteros y los ventrílocuos. La risa como ejercicio de la superioridad en Hobbes. Stendhal y su fracaso por convertirse en gigoló o en cómico. Tartufo: solo dos risas en el teatro de París. Bergson y el eco de lo risible. La risa cínica y la risa alegre. Andrés Barba y la risa caníbal. La risa en la voz de los poetas Fabio Mórabito y Susana Thénon. Los ángeles y diablos se enfrentan en La risa y el olvido de Kundera. En la oscuridad se ríe Nabokov y lo absurdo de la búsqueda del reír en Los payasos de Gabriel Payares. El miedo a los payasos. Reír y temer. La parodia. Hitler y Chaplin: el bigote de El gran dictador. Foucault y la risa que conmueve al leer un texto de Borges. Deleuze: leer Nietzsche a carcajadas. La risa frente a la Academia: Historia funambulesca del profesor Landormy de Arturo Cancela y “El hombre que habló en la Sorbona” de Gerchunoff. El delirio gauchesco: Michel Nieva y Sueñan los gauchoides con ñandúes eléctricos. La risa grotesca.

Comentario al libro de Oscar del Barco 

Sobre Esencia y apariencia en El Capital

( Editorial Marat, 2017)
Por Armando Pinto

En nuestros días no es común encontrar textos que resulten tan provocadores como el que Oscar del Barco nos entrega bajo el, aparentemente inocuo, título de Esencia y apariencia en El Capital.

Para comenzar es difícil clasificarlo. Una lectura poco atenta de las primeras páginas parece confirmarnos que se trata de un texto filosófico, pues encontramos nombres como el de Hegel, Schelling y Kant. Sin embargo, conforme avanzamos en la lectura percibimos con creciente claridad que el discurso que desarrolla O. del B. para rendirnos cuenta del uso que Marx hace de términos procedentes de la tradición filosófica pertenece al mismo ámbito en el cual él (O. del B.) sitúa el discurso marxiano. Es decir, un ámbito no filosófico. 

Efectivamente, O. del B. sostiene que el marxismo no pertenece al ámbito filosófico ni tampoco al científico. Pero no se crea que el carácter provocador del libro que comentamos deriva de esta afirmación. No, deriva de la rigurosidad y coherencia del discurso que la apoya. Este es un discurso complejo (pero claro), sin pausas, y relativamente breve, pues no supera las cien páginas. Aunque, en realidad, debemos considerar como parte de él a una serie de trabajos aparecidos en diferentes revistas (Algunos de esos artículos son: “Althusser en su encrucijada” y “Concepto y realidad en Marx”, en Dialéctica números 3 y 7, respectivamente; “Notas sobre el problema de la ciencia”, en Crítica, revista de la Universidad de Puebla número 3; “Respuesta a Paramio y Reverte”, en Controversia número 2-3; “Las raíces del teoricismo marxista”, ponencia al Tercer Coloquio Nacional de Filosofía, etc.).

Un elemento siempre presente en sus escritos, y fundamentalmente en el libro que motiva esta nota, es la consideración de O. del B. de que el marxismo es un pensamiento originario. Es este carácter lo que nos permite comprender el significado del marxismo en relación con la filosofía y la ciencia. ¿Pero qué quiere decir que el marxismo sea un pensamiento originario, y en qué se funda esa originalidad? O. del B. nos recuerda −siguiendo a Marx− que “los conceptos, antes de ser pensados, existen en la realidad, no como realidad-concepto (Hegel) sino como lo real del concepto”. Así, por ejemplo, la razón por la que Marx puede descubrir el “trabajo abstracto” −descubrimiento que para Aristóteles estaba completamente vedado− estriba en que el trabajo abstracto sólo se da en la “economía moderna”. Es sólo en esta sociedad, en la cual “los individuos pueden pasar fácilmente de un trabajo a otro”, que podemos hablar de trabajo en general. O. del B. cita a Marx: “la indiferencia frente a un género determinado de trabajo supone una totalidad muy desarrollada de géneros reales de trabajo”. La existencia de este trabajo indeterminado se funda en el hecho de que el trabajador ha cambiado de lugar: de sujeto se ha convertido en predicado, pero a esto tendremos que volver más adelante. Por ahora veamos las consecuencias que O. del B. deduce de lo anterior. Si admitimos que todo concepto lo es de un real y que, por tanto, no existe ningún concepto puro (pues ni el más abstracto carece de correlato real): ¿podemos concebir al marxismo como teoría, o como ciencia, creada por Marx (o por quien sea) y que luego es proporcionada a la clase obrera para que guíe su acción o, por el contrario, debemos considerar que el marxismo es la expresión teórica de un real: el concepto que existe antes de ser pensado? Si es así, Marx deja de tener importancia como individuo para convertirse en un nombre: el que adopta lo real cuando se manifiesta teóricamente. ¿Pero de qué real se trata? De la clase obrera. Aquí llegamos a un punto neurálgico pues, desde este punto de vista, es imposible sostener, como hace Althusser, que la originalidad del marxismo consista en una ruptura epistemológica, en una revolución teórica. O. del B. reconoce la ruptura, pero no la sitúa en el nivel teórico sino en el material. El marxismo es originario porque expresa la irrupción de un originario social: el proletariado.

Ahora bien: ¿cuáles son las características de ese originario social? Marx −señala O. del B.− lo dice en El capital: es una “aberración”, “un accesorio del taller capitalista”, “un mero fragmento de su propio cuerpo”, y cuya situación no es más que “contradicción absoluta”, “hecatombe ininterrumpida”. En suma lo propio del proletariado es el no-ser, la negatividad pura. Pero es precisamente esta negatividad real, material, que funda la capacidad de Marx (es decir, del proletariado) para descubrir lo que los economistas clásicos, por su piel burguesa, no pueden ver.

La diferencia del marxismo con la ciencia consiste en que por medio de esta última podemos conocer el funcionamiento de la sociedad (lo cual, por supuesto, no está vedado a los científicos burgueses), pero no podemos acceder a la crítica de ella. Esta capacidad crítica se pone de relieve en el hecho de que mientras Ricardo descubre que el valor está dado por el tiempo de trabajo, Marx puede preguntarse ¿por qué? y al hacerlo descubre la razón (la esencia de ese funcionamiento) y abre el camino para la crítica y la destrucción de la realidad que descubre. Aquí nos enfrentamos a un elemento que determina la capacidad de descubrimiento y que es ajeno a la ciencia: la posición de clase. Estamos, si se quiere emplear esa terminología, ante un nuevo estatuto de cientificidad en el cual lo político es constitutivo de lo científico, lo que significa, por tanto, el abandono de la objetividad y neutralidad de la ciencia. Con la aparición del marxismo la verdad se convierte en un acto de fuerza.

  1. del B. releva un hecho de capital importancia, el de la inversión. Cuando Marx dice que ha puesto a la dialéctica hegeliana sobre sus pies considera que la filosofía está invertida, pero luego descubre que es la vida real la que está invertida y que por ello su expresión ideal, filosófica, se encuentra invertida también. De modo tal que, mientras exista esa inversión real, seguirá existiendo la inversión ideal. Si el concepto no fuera el concepto de un real (el concepto que existe antes de ser pensado) la inversión filosófica se solucionaría filosóficamente, pero como no es así la reinversión puede alcanzarse con la revolución. Vemos también como, bajo esta óptica, la limitación de Ricardo y Smith se convierte en limitación real de la clase de la cual ellos no son sino expresión teórica.

Hemos dicho −siguiendo a O. del B.− que en el capitalismo el trabajador, de sujeto, se ha convertido en predicado. Ha sido despojado del saber (hilar, cortar, pulir, armar) y su lugar ha sido ocupado por la máquina, convertida en la concretización de la técnica y de la ciencia. Pues bien, esta inversión concreta y esencial del capitalismo (que privilegia la máquina ciencia sobre el trabajo vivo) explica también los intentos de convertir al marxismo en una teoría o en una ciencia y enclaustrarlo en las aulas universitarias. Se trata −dice O. del B.− de someter “lo real material a lo ideal que actúa como centro externo y dador de sentido”. Mas cómo pretender encerrar al marxismo dentro de los límites del discurso unitario de la filosofía o de la ciencia, si es el correlato teórico de la(s) clase(s) explotada(s), de un real excluido, reprimido, polimorfo, sin centro, sin sentido, un verdadero simulacro (dice O. del B. siguiendo a Deleuze), un no-lugar que si, desde otro punto de vista, tiene un lugar, éste es errático, amenazado por la desocupación, por los paros, por los desplazamientos forzados. El marxismo como concepto de esta realidad carece del atributo común a la tradición filosófica: la unificación ideal del mundo, por Dios, la Idea, la Finalidad, el Progreso, que da cuenta de la totalidad de lo real y que no es otra cosa sino la expresión de la unificación real que ejerce el capitalismo en su marcha homogeneizadora bajo el imperativo absoluto de la riqueza.

El marxismo, como expresión de la realidad heterogénea (lo otro del sistema) se manifiesta en un discurso igualmente heterogéneo que presagia la desaparición de todo lo considerado estable, uno, trascendente. Si Marx consideró que el partido comunista no era (no podía ser) una organización determinada sino el conjunto del movimiento proletario, para O. del B. el marxismo no es la teoría elaborada por los marxistas sino el conjunto de las prácticas polimorfas del proletariado, o, como él dice, el conjunto de las formas teóricas que adoptan esas prácticas.

Pero: ¿por qué el proletariado (Marx) tiene que hacer uso de términos, como los de esencia y apariencia, procedentes de la tradición filosófica? ¿No contradice este uso al supuesto carácter originario del marxismo, sobre todo cuando conocemos la dificultad que enfrentan los discursos “destructores” de la metafísica ya que “no disponemos −O. del B. cita a Derrida− de ningún lenguaje −de ninguna sintaxis y de ningún léxico− que sea extraño a esa historia (de la metafísica); no podemos enunciar ninguna proposición destructora que no se deslice en la forma, en la lógica y en las postulaciones implícitas de aquello mismo que se quiere negar”? Pero el mismo Derrida dice, refiriéndose al uso que de los “viejos conceptos” hacen Nietzsche, Freud y Lévi-Strauss, que los emplearon como útiles que “aún pueden servir” pero sin otorgarles “ningún valor de verdad, ni ninguna significación rigurosa, y se está pronto a abandonarlos en el momento en que otros instrumentos parezcan más cómodos”. A esta posición adhiere O. del B. Efectivamente, Marx hace uso del único lenguaje que tiene a su disposición, pero este lenguaje está desprovisto de su sistematicidad filosófica por la sencilla razón de que la aparición del proletariado lo sitúa en otro campo que no es el de la filosofía, sino el del materialismo absoluto. O. del B. tiene cuidado en explicitar que, en este caso, el enunciado materialismo no es un término del binomio materialismo-idealismo sino que lo implica. El sentido de esta afirmación ha quedado definido en el momento en que, hemos visto, no existe un concepto puro, que todo concepto lo es de un real: el concepto que existe antes de ser pensado. Así la negatividad del marxismo tiene su correlato en la positividad (en la existencia material) de la clase de la cual es expresión. Esta clase se apropia de los conceptos despojándolos de su sistematicidad. Esta apropiación se da en dos momentos. En el primero de ellos, que O. del B. llama la subsunción formal, el proletariado utiliza el pensamiento teórico existente en el nivel teórico burgués: en este momento Marx piensa que basta poner la dialéctica hegeliana sobre sus pies para que el funcionamiento de la sociedad capitalista quede evidenciado. En un segundo momento critica la inversión real de la cual la filosofía es sólo expresión: la inversión capitalista. Pero esta segunda crítica no implica cabalmente la subsunción material, es sólo el principio de ella. La negatividad de la clase no ha sido aún conceptualizada. Este vacío es llenado por las categorías burguesas. Incluso los modelos éticos de la sociedad “socialista” (releva O. del B.) son en gran parte los modelos éticos de la sociedad burguesa. Sin embargo, la conceptualización de la negatividad de la clase se abre paso a través de la aparición política de esa misma clase, así como por la aparición de pueblos y culturas exóticas, y encuentra su expresión en el lenguaje de Marx: en sus insultos y en sus sarcasmos. No se crea que esas expresiones son un problema de estilo −dice O. del B.− señalan, por el contrario, la falta de sentido trascendental, la falta de “unidad”, de finalidad, de continuidad, de la clase que se expresa. Por ello la revolución no debe pensarse como acto político únicamente sino como concepto. “La verdad es revolucionaria” de Gramsci se torna en O. del B. en “la revolución es la verdad”: el acto de fuerza por antonomasia que trae consigo el fin del episteme occidental y su mundo de categorías.

Al principio de esta nota decíamos que el texto de O. del B. era difícil de clasificar. Queremos ahora explicitar dicha afirmación. Por un lado, responder la pregunta que él se plantea (por qué hace uso Marx de conceptos pertenecientes a la tradición filosófica) conduce a abordar una problemática sumamente compleja (que halla su expresión en la complejidad del texto y de la cual es imposible dar cuenta en un comentario como éste) que atañe al conjunto del marxismo y que podríamos resumir en una pregunta: ¿qué es el marxismo? Una pregunta que, sin embargo, coincidimos con O. del B., no tiene respuesta si se piensa que ésta pueda ser una definición, lo que significaría despojar al marxismo de su negatividad para circunscribirlo en el discurso científico o filosófico. El discurso de O. del B. no pretende clausurar al marxismo en una práctica determinada; su mirada no surge de un solo punto, lo que nos permitiría decir que es un análisis filosófico o que es un análisis político, etc., sino de infinidad de puntos, y tampoco se dirige a un solo lugar sino a todos los lugares del marxismo. Por otro lado, y adoptando su punto de vista, debemos decir que el suyo es parte de ese discurso polimorfo del proletariado que, como El capital, no tiene lugar en el ámbito de la filosofía o de la economía política, sino en el de la lucha de clases.

Recital de lecturas y licores

El viernes 7 de septiembre se viene un nuevo recital.

El ciclo “Lecturas y Licores”, que se desarrolla los primeros viernes de cada mes en el ámbito de la librería, es un espacio transversal en el que se convoca a leer a autores de narrativa, poesía y ensayismo con la voluntad de formar, como en una inmersión etílica, una comunidad de amistad y pensamiento. A las lecturas las corona la proyección de un corto realizado por un director invitado para cada ocasión. Y nunca termina ahí, puesto que las bacanales no concluyen.

Organiza Colectivo Bacchanalia

Espacio necesario para toda formación

El jueves 6 de septiembre a las 19.30 hs.

El “Espacio necesario para toda formación” surge como extensión del Centro de Lecturas: Debate y Transmisión. El propósito es recurrir a la opinión de especialistas para estimular el intercambio de ideas y abrir el sano espacio de la discusión imprescindible en la coyuntura en la que estamos viviendo. Participan filósofos, poetas, politólogos y críticos de arte y literatura.

Organizado por Guillermo Fernández y Carlos Quiroga

Definición de Agosto

Crisis democrática en Argentina

I

La economía está en crisis, la salud está en crisis, la educación está en crisis, el trabajo está en crisis: la democracia está en crisis. Como trabajadoras y trabajadores de la educación y la cultura observamos con preocupación y alarma esta situación y la utilización de resortes estatales para atacar conquistas y derechos democráticos elementales, así como el recrudecimiento de la persecución política contra opositores que viene llevando adelante el Gobierno de Mauricio Macri.

El ajuste dictado por el FMI y el capital financiero no ha hecho más que acentuar una tendencia generalizada, arrastrando a vastas capas de la sociedad a una situación en la que el empobrecimiento general amenaza aún más la precaria paz social. Esa tendencia que condujo a la crisis, es preciso subrayar, no es obvia ni natural, sino que es producto de las decisiones políticas tomadas por el actual gobierno. Se extiende así la sospecha de que el macrismo y todo lo que él expresa carece de Patria, o de alguna noción cierta de bien común que vaya más allá del enriquecimiento de una minoría favorecida. Sólo eso explica la liviandad con la que llevaron al país a una situación de altísima vulnerabilidad económica, cuando es más que sabido que las élites de las principales potencias del mundo –que ellos admiran– exigen estas políticas para los países periféricos, pero las evitan en sus propios Estados.

Es en estas condiciones que Macri ha decidido no tomar medidas contra la crisis, sino contra la oposición. Optando siempre por la fuerza y el chantaje contra la razón y la sensibilidad, haciendo de la provocación una política, y en alianza con las fuerzas más oscuras de los poderes mediáticos y judiciales, Cambiemos opera para encerrar dirigentes sociales y políticos e intervenir partidos opositores, al tiempo que multa sindicatos y persigue manifestaciones disidentes con una saña y una belicosidad que no se habían visto desde la recuperación democrática en 1983. Este uso de la sanción judicial puede generar un punto de no retorno en la democracia argentina. Si esta máquina punitiva triunfa le dará forma a una herramienta política “legal” de supresión y domesticación de la oposición que disolverá los principios básicos de la independencia de poderes y la construcción plural de la sociedad. Una democracia no puede durar con este tipo de herramientas políticas. El gobierno que las crea se verá pronto obligado a defender su monopolio, inventando otros atajos y mecanismos institucionales que pondrán en serio riesgo la vida democrática. Ese es el peligro que abre la construcción mediático-judicial del linchamiento de toda práctica social, cultural y política que no responda a los mandatos gubernamentales. Peligro que se incrementa con el decreto que autoriza a las FFAA a volver a ocuparse de asuntos de seguridad interior y le da un carácter aún más siniestro a aquella belicosidad, en tanto lesiona acuerdos mínimos de la convivencia legal que tan trabajosamente se construyeron durante los primeros años de la postdictadura.

En este sentido, enumerar algunos de los hitos de la progresiva degradación del Estado de Derecho a la que asistimos en los últimos dos años y medio es inevitable: desde la prisión ilegal de Milagro Sala y todas las vejaciones que aún sufre, pasando por la desaparición forzada seguida de muerte de Santiago Maldonado, el asesinato por la espalda de Rafael Nahuel, los casos de gatillo fácil que se repiten a la vez que se consagra la doctrina Chocobar, la represión a la protesta social que empieza a instalarse como paisaje “normal”, hasta el encarcelamiento injustificado y circense de referentes opositores, en el que no sienta jurisprudencia el derecho sino la venganza. En esta larga y no exhaustiva serie, el último episodio es el intento manifiesto de proscribir y encarcelar a Cristina Fernández de Kirchner, figura central de la oposición, que tiene la adhesión militante de una parte muy importante de la sociedad, y que ha denunciado tanto el empeoramiento de las condiciones de vida de la población como la subordinación de importantes sectores de la política institucional al gobierno de los grupos concentrados. Tal como hicieron con Lula en Brasil y como quieren hacer con Correa en Ecuador, se agitan “causas de corrupción” que privilegian el impacto mediático sobre las pruebas y transgreden toda garantía procesal: así, la derecha y las clases dominantes se proponen dejar sin expresión electoral a millones de argentinos y argentinas, y a la vez disciplinar las disidencias más activas del colectivo social. Si Cristina Kirchner es impedida de participar en condiciones legítimas, democráticas y transparentes, Argentina se habrá convertido en lo que ya fue durante buena parte del siglo XX: una ex-democracia con mayorías populares proscriptas.

 

Por eso no hay que engañarse: la persecución apunta a los líderes, pero también a las organizaciones y los ciudadanos. Las universidades e institutos de formación docente protestan por las condiciones de enseñanza y reciben recortes presupuestarios, avasallamiento institucional y amedrentamiento policial; un multitudinario movimiento feminista reclama por la legalización del aborto y su presentación amplia y transversal es denegada por los votos de un grupo de senadores y senadoras; los gremios piden paritarias y son multados con montos millonarios por el Ministerio de Trabajo; los sectores de la economía popular reclaman por los trabajadores desocupados y precarizados mientras no deja de subir la carestía de vida; los hospitales públicos carecen de insumos y de la cantidad de profesionales necesarios para la adecuada atención de la población; la ciencia argentina es rematada por falta del financiamiento prometido; las escuelas públicas son abandonadas y se derrumban, igual que los comercios y la producción industrial. Sólo crecen la inflación, los tarifazos, la desesperación del pueblo y la falsa moralina de las élites, que se sienten más allá de toda ley porque tienen decenas de jueces adictos y más allá de toda crisis porque acuñan sus ganancias en moneda extranjera, y que escriben el presente más oscuro porque aplican la mano dura de los medios concentrados.

II

Esto que describimos debería entenderse también como una advertencia. Desoír las protestas sociales, negarles incluso la mera existencia desde la alianza –estrecha como pocas veces– entre un gobierno y los grandes medios de comunicación; tratar como trasnochados o delincuentes a quienes nos oponemos a un modelo que condena a generaciones a un endeudamiento que ya es una nueva prisión; todo esto asegura más y más desgarramientos en nuestro país que, irremediablemente, se encamina a un proceso de encendidas luchas sociales y políticas. Lo que siembran hoy en su afán de venganza, tarde o temprano se volverá contra ellos.

Por eso llamamos a todos los actores con incidencia en la vida pública argentina a sostener la democracia en su más amplio sentido, con vistas a proyectar un futuro común. La democracia es creación de libertades, de derechos y garantías individuales y colectivas –fundamentalmente– para la expresión del disenso y la manifestación de posicionamientos antagónicos, junto con el sostenimiento de condiciones equitativas de disputa electoral para todos y todas. Exigimos, entonces, restablecer el pleno funcionamiento del Estado de Derecho y el fin de la persecución a opositores y opositoras del campo político y social. Es mucho lo que se pierde si gana el autoritarismo persecutorio, la estigmatización y el odio. Pero, además, responder a la crisis actual con ajuste, denegación del otro y violencias de todo tipo es ahondar las injusticias y ocultar las verdaderas causas de nuestros problemas. Entendemos que profundizar la democracia como forma de elección libre e invención de condiciones de vida cada vez más justas para las mayorías es el único camino ante la crisis: esta es la enseñanza más convincente que nos ha dado la historia argentina.

Firman:

Facundo Abalo / Sebastián Amarilla / Jens Andermann / Claudia Bacci / Julia Barba / Emilio Bernini / Emmanuel Biset / Pablo Bruzzone / Mario Cámara / Virginia Cano / Darío Capelli / Diego Caramés / Mariana Casullo Amado / Gisela Catanzaro / Juan Ciucci / María Rita Ciucci / Irene Cosoy / Américo Cristófalo / Gabriel D’Iorio / Esteban Dipaola / Carlos Echeverría / Ximena Espeche / Matías Farías / Roque Farrán / Alejandro Fernández Mouján / Mariana Gainza / Evelyn Galiazo / Germán Gallino / Luis García / Francisco García Laval / Juan Garrido / Luciano Guiñazú / Gabriel Giorgi / Mara Glozman / Florencia Gomez / Horacio González / Adriana Habra / María Habra / José Hage / Ezequiel Ipar / Roberto Jacoby / Oscar Jalil / Alejandro Kaufman / Violeta Kesselman / Guillermo Korn / Mariana Lewkowicz / María Pia López / Diego Makedonsky / Nelson Mallach / Julián Manacorda / Elena Mancinelli / Marcela Martínez / Ana Mazzoni / Gustavo Míguez / Mauro Miletti / Rodrigo Mirto / Mariano Molina / Carla Muccillo / Luciano Nosetto / Pablo Pineau / Carolina Ramallo / Alejandro Ravazzani / Eduardo Rinesi / Matías Rodeiro / Cinthia Rogovsky / Natalia Romé / Julia Rosemberg / María José Rossi / Sebastián Russo / Lisandro Sague / Damián Selci / Matías Soich / Jaime Sorín / Oscar Steimberg / Natalia Taccetta / Leandro Tartaglia / Diego Tatián / Javier Trímboli / Florencia Ubertalli / Gustavo Varela / Esteban Vergalito / Nicolás Vilela / Fabio Wasserman / y siguen las firmas…

Tierra a la deriva

Sobre La parva muerte, de Sebastían Russo

(Milena Caserola, 2018)
Por Hernán Ronsino

“Como quien tantea un cuerpo en la oscuridad”, es la cita que Sebastián Russo toma de Haroldo Conti para abrir La parva muerte (o la memoria de los otros), una crónica o bitácora de los viajes, recurrentes, insistentes que el autor realiza durante un tiempo por la isla Paulino.

No es casual, claro, la presencia de Conti en la cita inicial ni tampoco en la trama del libro. Conti escribe uno de sus últimos textos, precisamente, sobre la isla Paulino. Una especie de crónica, de invención –como se atreven a decir algunos habitantes de la isla, acusándolo de no conocerla bien– o de homenaje que aparece en la revista Crisis. Conti, de este modo, deja una huella mítica en la isla. No sólo por el texto que escribe, también por su presencia.  

Una presencia recortada sobre su ausencia. Una ausencia fantasmagórica. Y es, justamente, sobre esa materia espectral sobre la que trabaja Russo en un territorio, a su vez, inestable: una isla que no es a ciencia cierta una isla sino una aproximación a la orilla: cuando hay bajada, incluso, se dice, se puede unir caminando el continente, Berisso, con esa porción de tierra a la deriva. Un lugar, como se menciona recurrentemente en el texto, que todo el tiempo desnuda lo frágil que es la vida.

El rastreo narrativo y fotográfico que Russo hace de la isla es minucioso y explora no sólo un paisaje desacoplado del mundo, congelado en el tiempo; indagada, como un satélite en ruinas, el linaje de una familia, su familia: los vínculos de esa familia con la violencia sistemática del estado en los años setenta. ¿Quién es ese hombre que compone la trama familiar y, por razones nunca explicitadas, es decir, por complicidad o por obediencia debida o por tibieza, fue parte de todo eso? ¿Cómo se piensa una herencia? ¿Quiénes son los otros?

La escritura de Russo, despojada, funciona como si fueran pisadas, huellas precisas en la tierra; se despliega con un ritmo constante, un sonido poético que, de pronto, se desnuda abiertamente como huesos en verdaderos poemas. Esa poética se sostiene en la construcción de imágenes que determinan el clima del texto, es decir, del lugar: una noche de tormenta, el cruce en lancha – una lancha que no responde a un horario determinado sino que tiene su tiempo propio –, caballos en la orilla.

¿Es posible esta escena?, se pregunta Russo sobre un casual cruce imaginado entre Conti y ese hombre de la familia, esa sombra en el corazón del afecto, en la isla que no es isla. Conti y el hombre de la familia son en el texto dos ejes medulares y, a la vez, contracara. En esa escena posible, fantaseada, imaginada por el autor se condesa, finalmente, lo siniestro clavado en el centro de la trama cotidiana.

 

 

 

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