QUIÉNES SOMOS

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Y TAMBIÉN

QUIÉNES NO SOMOS

POR XXX

Resulta de interés el momento de aparición en nuestro país de esta edición en español de Realismo capitalista de Mark Fisher (publicado originalmente en Reino Unido hacia fines de 2009), puesto que desbroza una serie de dilemas que si bien nunca dejaron de aguzar nuestra experiencia contemporánea, hoy se muestran de una manera descarnada en el contexto local, y acaso la ocasión de acometer este volumen sirva para repensar algunos de los modos de lo político que no dejan de asediarnos en la actualidad.

El concepto de “realismo capitalista”, además de ser un explícito guiño irónico al de “realismo socialista”, parece no diferir en mucho del de posmodernismo de Jameson, en tanto pretende aprehender los sentidos de la atmósfera cultural (y aquí cultural se entiende en un sentido amplio) que reviste el capitalismo realmente existente: sentidos que van del trabajo a la política, de la educación a la salud, sin dejar de lado los proliferantes modos de consumo y las nuevas formas afectivas. En este contexto, el posmodernismo filosófico (de Deleuze a Zizek, pasando entre otros por Baudrillard), viene al auxilio para pensar una época en donde imaginar el fin del mundo parece más fácil que imaginar el fin del capitalismo.

Hay una tesis deslizada al pasar por el ensayista que sin embargo me gustaría destacar porque acaso sea un punto de partida para revisar algunas ideas corrientes en torno al neoliberalismo, ideas que podrían obturar la comprensión de nuestra situación actual: “El neoliberalismo aunque presume de una retórica anti-Estado, dice Fisher, en la práctica no se opone al Estado de por sí, como lo demuestran los salvatajes bancarios de 2008, sino a un empleo particular de los fondos públicos”. El salvataje posterior a la crisis subprime ha mostrado la centralidad que el Estado ha tenido dentro del esquema neoliberal, en tanto transfirió enormes cantidades de recursos al sector financiero. Debe quedar claro: con el neoliberalismo no desaparece el Estado, sino que cambia su función.

A su vez el libro repara en que la rapacidad del capitalismo, para operar, necesita del branding como forma de enmascaramiento: del mismo modo en que se difunde una cultura oficial de la “responsabilidad empresaria” que convive con una corrupción inocultable, en el marco de lo político una retórica e imaginería de la felicidad puede volverse cosustancial a una transferencia de recursos a sectores concentrados de la economía.

Con escritura veloz, Fisher se aboca a estos problemas centrales de la cultura contemporánea atravesando, por ejemplo, escenas de la película Children of men de Alfonso Cuarón, la conciencia desgarrada de Kurt Cobain o el subgenero del gangsta rap. Toda expresión cultural es ocasión para pensar las formas por las cuales el capitalismo ha devenido lo que es, pero también la que lo constituye desde siempre, tal como afirma el Manifiesto: “ha ahogado el sagrado éxtasis del fervor religioso, el entusiasmo caballeresco y el sentimentalismo filisteo en las aguas heladas del cálculo egoísta”.