Tierra a la deriva

Sobre La parva muerte, de Sebastían Russo

(Milena Caserola, 2018)
Por Hernán Ronsino

“Como quien tantea un cuerpo en la oscuridad”, es la cita que Sebastián Russo toma de Haroldo Conti para abrir La parva muerte (o la memoria de los otros), una crónica o bitácora de los viajes, recurrentes, insistentes que el autor realiza durante un tiempo por la isla Paulino.

No es casual, claro, la presencia de Conti en la cita inicial ni tampoco en la trama del libro. Conti escribe uno de sus últimos textos, precisamente, sobre la isla Paulino. Una especie de crónica, de invención –como se atreven a decir algunos habitantes de la isla, acusándolo de no conocerla bien– o de homenaje que aparece en la revista Crisis. Conti, de este modo, deja una huella mítica en la isla. No sólo por el texto que escribe, también por su presencia.  

Una presencia recortada sobre su ausencia. Una ausencia fantasmagórica. Y es, justamente, sobre esa materia espectral sobre la que trabaja Russo en un territorio, a su vez, inestable: una isla que no es a ciencia cierta una isla sino una aproximación a la orilla: cuando hay bajada, incluso, se dice, se puede unir caminando el continente, Berisso, con esa porción de tierra a la deriva. Un lugar, como se menciona recurrentemente en el texto, que todo el tiempo desnuda lo frágil que es la vida.

El rastreo narrativo y fotográfico que Russo hace de la isla es minucioso y explora no sólo un paisaje desacoplado del mundo, congelado en el tiempo; indagada, como un satélite en ruinas, el linaje de una familia, su familia: los vínculos de esa familia con la violencia sistemática del estado en los años setenta. ¿Quién es ese hombre que compone la trama familiar y, por razones nunca explicitadas, es decir, por complicidad o por obediencia debida o por tibieza, fue parte de todo eso? ¿Cómo se piensa una herencia? ¿Quiénes son los otros?

La escritura de Russo, despojada, funciona como si fueran pisadas, huellas precisas en la tierra; se despliega con un ritmo constante, un sonido poético que, de pronto, se desnuda abiertamente como huesos en verdaderos poemas. Esa poética se sostiene en la construcción de imágenes que determinan el clima del texto, es decir, del lugar: una noche de tormenta, el cruce en lancha – una lancha que no responde a un horario determinado sino que tiene su tiempo propio –, caballos en la orilla.

¿Es posible esta escena?, se pregunta Russo sobre un casual cruce imaginado entre Conti y ese hombre de la familia, esa sombra en el corazón del afecto, en la isla que no es isla. Conti y el hombre de la familia son en el texto dos ejes medulares y, a la vez, contracara. En esa escena posible, fantaseada, imaginada por el autor se condesa, finalmente, lo siniestro clavado en el centro de la trama cotidiana.